Sweetbriar
Capítulo 19
Butch Gather se reclinó en su silla, con las manos entrelazadas sobre su inmenso estómago.
—Si queréis saber mi opinión, tenemos un grave problema entre manos.
Yo no quiero arrojar la primera piedra, pero esto no me concierne a mí solo.
Me refiero a que también afecta a nuestros hijos. Sabe Dios la sarta de pecados que deben de haber aprendido de esa mujer. Yo estoy dispuesto a hacer algo. Todos me conocéis, no soy de los que se quedan sentados cuando hay trabajo que hacer.
Los demás presentes asintieron.
—Y luego está la mujer quemada —intervino Jule—. Imagino que todos recordaréis aquella ocasión en la que dejó morir a los Willis. Siempre me pareció muy sospechoso. Parecían recuperarse bien hasta que llegó ella.
Y algo que también me preocupa es su aspecto. Porque, os pregunto: ¿creéis posible que una persona normal sería capaz de superar semejantes quemaduras? ¿Podría alguien que no tuviera una conexión directa con Satanás sobrevivir a un incendio como aquel?
Los asistentes permanecieron en silencio, observando a Jule, y esta empezó a entusiasmarse al advertir la atención que le prestaban.
—Bien, así es como yo lo interpreto: ninguno de nosotros ha soportado nunca estar cerca de esa mujer quemada, y con toda la razón del mundo siendo todos cristianos como somos, pero en realidad nunca hemos entendido por qué no nos gustaba. Algo en nuestro interior nos empujaba a mantenernos muy lejos de ella, y creo que es porque nosotros sabemos en nuestro interior qué es bueno y qué es malo.
—¿Y os acordáis de cuando la chica inglesa llegó a Spring Lick? Lo intentamos, todos nosotros lo intentamos, pero a ninguno nos agradó. ¿Y
por qué?, os pregunto, ¿qué había en ella que nos obligaba a nosotros, gente cristiana, a mantener las distancias? —hizo una pausa y todo su cuerpo empezó a convulsionarse, poseído por el placer de tener a toda la audiencia en vilo—. Algo nace dentro de todo cristiano —prosiguió— que le permite
conocer el mal, intuirlo, y nosotros supimos que algo no andaba bien desde el principio.
Todos los presentes se pusieron de pie sin hacer el menor ruido, y Jule los inspeccionó con la mirada, de uno en uno.
Butch volvió a intervenir.
—Jule ha hablado por nosotros, así que, ahora, ¿qué vamos a hacer?
Todo el mundo permanecía en silencio, cuando Ova pareció recibir una inspiración.
—¿Sabéis por quién siento más todo esto? Por esa niña. Esa pobre criatura. La tienen embrujada. La están entrenando para ser como ellos.
—¡Ova tiene toda la razón! —dijo Jule—. Lo que deberíamos hacer es apartar a la niña de esas brujas y criarla nosotros. Tendríamos que luchar toda su vida para mantener al diablo alejado de ella, pero sería nuestro deber.
—Um... —murmuró Butch—. Están en lo cierto, señoras. Ahora todo lo que nos falta es decidir qué vamos a hacer con las dos mujeres y el hombre.
Sus ojillos brillaron al acudir a su mente algunas ideas de lo que él haría con la joven.
—Lynna, ven a sentarte al borde de la cama.
—Devon, tengo trabajo.
—¿Qué pasa si te digo que me duele mucho la espalda y que creo que tú podrías aliviar el dolor?
Linnet dejó su labor de calceta en su regazo.
—¿De veras sientes dolor? ¿Y yo puedo aliviarlo?
—¡Jesús! Ni siquiera recuerdo cómo es no sentir dolor y, sí, tú puedes ayudarme.
Se hallaban solos en la cabaña y, aunque Linnet sabía que aquello no era más que una burda artimaña, fue a sentarse a su lado y examinó las heridas que estaban empezando a sanar gradualmente.
—Podrías comer algo...
Devon volteó los ojos haciéndose el mártir.
—Por favor, no más comida.
Susurró algo que Linnet fue incapaz de oír, por lo que se inclinó para acercar el oído a su boca, instante que Devon aprovechó para besarle la oreja. Linnet se apartó enseguida, pero Devon la enlazó por la cintura con el brazo.
—No te alejes, Lynna, por favor. He estado pensando y me gustaría hablar contigo.
—¿De qué? —preguntó ella toda tiesa.
Devon la empujó a fin de tumbarla junto a él y hundió la cara en su cuello, manteniendo el brazo alrededor de su cintura y colocando una pierna sobre sus muslos. Ella forcejeó para liberarse pero, incluso estando tan débil, la fuerza de Devon superaba la suya.
—He estado pensando mucho en la noche en que hicimos a Miranda.
Ella volvió a empujar contra él con firmeza, a pesar de ser en todo momento consciente de que no deseaba alejarse de él.
—Solo deja que te hable, Lynna, ¿qué mal puede haber? ¿Recuerdas la noche que pasamos juntos? No, no te apartes. Te prometo que solamente pretendo hablar. ¿Qué crees que podría hacer en mi estado?
Linnet permaneció inmóvil, tumbada bajo su brazo, diciéndose a sí misma que debía alejarse de él, pero incapaz de forzar a su cuerpo a obedecer las órdenes que dictaba su mente.
—¿Sabes dónde desearía estar ahora? —le susurró al oído—. En la cima de una montaña, dentro de una pequeña cabaña, contigo. Dispondríamos de una buena pila de leña para el fuego y de una interminable provisión de comida y ¿sabes qué haría?
Ella no contestó.
—Quemaría todas tus ropas, hasta la última costura. Te vería andar, contemplando tu piel y tu forma de moverte, esa manera tan suave de contonearte. Entonces, después de haberte contemplado durante horas, tal vez días, te tomaría en mis brazos y te tumbaría en la cama.
Devon miró a Linnet, quien tenía los ojos cerrados. Sus labios suaves y cálidos se entreabrían mostrando el filo de sus dientes blancos.
—Me arrodillaría a tus pies, los contendría en mis manos —tus piececitos diminutos— y acariciaría los dedos uno a uno. Admiraría tu color, tu piel cremosa y blanca contrapuesta a la mía, roble y nogal, o tal
vez tú eres pino, pues eres tierna y yo soy... —contuvo la risa en la garganta.
»Mis manos recorrerían tus tobillos, para deslizarse después hacia tus pantorrillas, esas pantorrillas menudas que tantas veces he admirado, que tantas veces he contemplado cuando te levantas las faldas y hechas a correr.
Tus rodillas, con sus huesos menudos y sus concavidades talladas, dando paso a tus muslos, oh sí, tus muslos. Cómo desearía tocarlos, amar su contorno firme y ¡su interior! Ese interior aterciopelado, como el de una cajita de joyas que contiene algo precioso.
»En ese momento, comenzaría a reseguir los huesos de tus caderas con las yemas de mis dedos, y mis pulgares —¿qué harían mis pulgares?—, mis pulgares se enredarían en el suave tapiz de seda, donde sus sortijas negras los provocarían, jugarían con ellos. Acariciaría la cavidad de tu ombligo y, para entonces, mi boca sería incapaz de esperar más. Recorrería el pequeño ojal con mis dientes y te mordisquearía y te acariciaría con la lengua.
«Estrecharía tu cintura con tal fuerza, que mis manos se encontrarían, cerrando el círculo a su alrededor y haciéndote abrir los ojos. Al fin contemplaría el whisky de tus ojos, el color del whisky que los comerciantes traen desde Inglaterra, como el oro pero más intenso, y tus pupilas me contemplarían, Lynna, brillarían solo para mí —Devon recorrió el cuello de Linnet con los dientes.
«Acariciaría tus costillas con ternura, como si fueran frágiles pajaritos y, después, ummm, tus senos. Su dulzura. Iría despacio, muy despacio.
Primero, solo tocaría sus lados mullidos. Luego, cada uno de mis dedos, uno a uno, recorrería la jugosa suavidad de tus pechos y, lentamente, tan despacio que podría hacerte llorar, rozaría tus cúpulas rosadas.
«Lynna —susurró—. Lynna.
Devon colocó sus labios sobre los de Linnet con la delicadeza del roce, pero ella hundió las manos en su cabello y lo empujó hacia sí con brusquedad, aplastando su boca contra la boca de Devon, bebiéndola, muerta de sed, atragantándose en ella, ahogándose.
Ella rodó hacia su lado, ambos de costado, y su cuerpo se arqueó contra él. Linnet aferró los glúteos firmes de Devon y lo acercó aún más hacia ella, aumentando el dolor de su contacto, con el cuerpo sollozando por el de él.
La mano de Devon se enredó en el cabello de Linnet y empujó su cabeza hacia atrás, casi al punto de romperle el cuello, y la pasión de los dos se convirtió en una fiera, una bestia roja anaranjada.
La puerta de la cabaña se abrió de súbito, golpeando la pared y quebrando el hechizo. Linnet se volvió hacia la entrada con la respiración contenida, sin funcionar, pero no vio a nadie y supuso que habría sido el viento.
Volvía de nuevo a ser humana y corrió a cerrarla, aunque permaneció un momento en el umbral, absorbiendo el aire fresco de la primavera con el rostro, calmándose, aún sobrecogida por la emoción que acababa de experimentar.
Devon se desabrochó los pantalones para soltarlos y calmar la presión que sentía. Después, se volvió sobre su estómago sin mirar a Linnet, asombrado por la violencia de sus sentimientos.
Linnet corrió hacia afuera, esperando que el aire aclarara su mente.
—¡Linnet!
Oyó la voz de Nettie y, de repente, se alegró tremendamente de ver a su amiga.
—Nettie, cuántos días sin verte.
Se dieron la mano.
—¿Cómo está?
—Está... está... —Linnet agachó la cabeza, avergonzada.
—Entiendo que se está recuperando bien —dijo Nettie con los ojos centelleantes.
Linnet no pudo evitar reírse.
—Supongo que se podría decir que está bastante más que recuperado.
—Estupendo. Paseemos un poco. Tengo un puchero de índigo cuajándose al fuego, pero todavía tardará, así que dispongo de algo de tiempo. Linnet, me preocupa este pueblo.
—¿A qué te refieres?
—Está demasiado silencioso, y esta mañana todos se reunieron en el almacén de Butch y pasaron largas horas allí dentro. Rebekah me contó que vio entrar a algunas personas sonriendo. Cuando la gente de este pueblo sonríe, me preocupo.
—Adivino que estarían comentando que soy una vergüenza para la comunidad, que les debía enseñar a sus hijos actitudes indignas, y si es que les enseñé algo...
—No, creo que hay algo más, y el no saberlo es lo que me asusta.
Rebekah quería espiarlos y yo le dije que no, pero cada vez me siento más inclinada a permitirle que lo haga.
—Nettie, por favor, no la empujes a hacer algo así. Estoy convencida de que en cuanto me vaya...
—¿Irte? —la cortó Nettie—. No estarás pensando en marcharte...
Linnet la miró con sorpresa.
—Sí, me iré de aquí. Volveré a Sweetbriar.
—Con tu hombre —Nettie afirmó rotundamente.
Linnet sonrió.
—Sí, con mi hombre. Ya sé que no es perfecto, Nettie. Parece que nunca nos hemos llevado bien, que siempre hemos estado riñendo, pero también hay muchísimas cosas que adoro de él —Linnet alargó la vista hacia el comienzo del bosque, con una expresión soñadora en la mirada—. Siempre ayuda a la gente. Se queja, pero siempre ayuda a todo el mundo y acepta a las personas tal como son, sin importarle si son blancas, indias, ricas o pobres. Nunca se deja influir por la riqueza o el color de la piel. Y es valiente. Arriesgó su vida para salvarme y ni siquiera conocía mi nombre. Y
en el camino a Sweetbriar...
La risa de Nettie la interrumpió.
—Haces que suene como si estuviera a punto de abandonar la tierra para unirse a sus semejantes, los ángeles, de tan bueno que es.
—¡Oh, no! —Linnet se apresuró a corregir la interpretación de Nettie—.
Es muy humano. Se pasa la mitad del tiempo enojado conmigo y la otra mitad descargando su mal humor contra Gaylon y Doll, y...
—¡Linnet! —Nettie se echó a reír y Linnet la siguió en su risa.
—Lo sé, cuando me da por hablar... He vivido demasiado tiempo en Kentucky. Hace un año, no le hubiera contado mis sentimientos a nadie. Mi niñera siempre me enseñó que era preferible guardarse las cosas dentro, que de ese modo el mundo no podía herirte, al no conocer tus secretos.
Nettie le dio una palmadita en la espalda.
—Espero que te quedes lo bastante aún para poderme hablar de tu niñera y de la época en que viviste en Inglaterra, pero ahora debo ir a remover la lana. Quizá puedas ayudarme a hilarla.
—Espero que sí —Linnet respondió con franqueza y las dos mujeres se miraron a los ojos.
—De todos modos, sigo pensando en poner a Rebekah a investigar un poco y, si descubro algo, te lo haré saber.
—No me preocupa. Esta gente es muy chismosa, pero nada más.
—Tienes más fe en ellos que yo —Nettie dio media vuelta y se alejó hacia su casa.
Linnet se volvió hacia su propia cabaña y siguió a Phetna y a Miranda, quienes, en ese momento, entraban dentro.
—Toma chico —decía Phetna—, una chica trajo esto para ti. Dijo que estaban en tu caballo —la mujer desfigurada le alargó un par de mocasines bordados con cuentas—. Te resguardarán un poco los pies.
Devon dedicó una sonrisa reluciente a Phetna, y Linnet presenció divertida cómo esta giraba la cabeza, como si fuera una joven ruborizada.
—Se lo agradezco de todo corazón, señorita Phetna.
—Señorita, no... —Phetna quiso decir algo, pero se detuvo.
Linnet pasó por su lado y comenzó a pelar patatas.
—Phetna conoció a tu padre, Devon —le informó, incapaz de mirarle a los ojos, recordando sus palabras con demasiada claridad y sus labios cerca de los suyos hacía apenas una hora.
—Algo de esto he oído, pero mi recuerdo de... de la mayor parte de las cosas —enarcó una ceja mirando a Linnet y ella apartó la vista— es vago.
¿Le conociste en Carolina del Norte?
Phetna se sentó en una silla y se quedó mirando a Devon.
—Desde luego, te le pareces muchísimo. Si no fuera por la diferencia de edad, hubiera creído que eras él.
—Cord también se le parece —dijo Linnet al tiempo que le tendía un trozo de patata cruda a Miranda—. Se mueve diferente y tiene una contextura distinta, pero guarda un parecido.
—¿Quiénes Cord?
Cuando Linnet alzó la vista y advirtió la expresión de Devon, se percató
de lo que acababa de decir. Era algo que sabía desde hacía tanto tiempo, que se había olvidado de que Devon no tenía ni la menor idea de que Cord era su hermanastro.
—Lo... lo siento, no debería haber dicho eso.
Se levantó y echó las peladuras de patata en el recipiente que reservaba para los cerdos de Nettie.
—¡Linnet! —dijo en voz queda—. Explícame eso.
Linnet se sentó en el banco y les contó la historia de Cord, que Cord y Devon eran hermanos. Cuando terminó, Devon había cerrado los ojos.
—Qué necio —dijo en voz baja.
—¿Slade? —interpuso Phetna, dispuesta a pelearse en defensa del buen nombre de Slade.
—No, Cord fue un necio —abrió los ojos—. Mi padre lo habría querido, lo habría acogido en su seno si hubiera sabido que Cord era suyo. A mi padre siempre le torturó la pérdida de Kevin, mi hermano gemelo. No hubo ni una caravana de carromatos, ni siquiera un jinete, que fuera hacia el este y no llevara una carta suya para Kevin y su madre.
Linnet advirtió que Devon no mencionaba a su madre como suya.
—Mi padre siempre creyó que algún día volverían a él. Cord le podría haber ayudado.
Linnet contempló a Devon con atención y percibió el amor por su padre en su voz. Lo único que le importaba a Devon era el bien que Cord podría haberle hecho a su padre.
—Cord habría sido diferente si hubiéramos compartido a mi padre.
Linnet sonrió, pues era obvio que se había precipitado en sus conclusiones.
—Hablando de padres, ¿eres consciente de que tú lo eres también?
Devon miró a Miranda, quien se hallaba sentada en el suelo, jugando con el gatito blanco y negro.
—Resulta difícil hacerse a la idea. Es tan pequeña y... Miranda, ¿me dejas ver al gatito?
Miranda alzó la vista, sorprendida de oír su nombre de boca de aquel hombre que dormía en la cama de su madre y acaparaba tanta atención. Se puso en pie y lo miró. Eran dos pares de ojos azules contemplándose
mutuamente. Devon le tendió la mano, y ella se la quedó mirando, pero retrocedió para esconderse tras las faldas de Phetna, sonriendo, no obstante, a su padre.
—Me gusta. Es muy bonita.
—Me alegra que te agrade —dijo Linnet en tono sarcástico—. No quisiera haber de devolverla al lugar de donde salió.
Phetna exhaló media risa y Devon le sonrió de oreja a oreja.
—¿No es la mujer con la lengua más afilada que has conocido?
Phetna sonrió.
—Sí mucha lengua afilada, pero me parece —dijo, mirando significativamente a Miranda— que en ocasiones no sabe decir lo que hace falta.
Linnet se sintió ridícula y cambió de tema.
—Devon ¿cuándo piensas tallar una cabeza de muñeca para Miranda?
Ya pareces tener fuerzas suficientes.
Devon le lanzó una mirada que la obligó a bajar la vista y clavarla en su delantal lleno de judías verdes.
—En cuanto me lleves a buscar una buena pieza de madera.
—Dime qué necesitas y te lo traeré.
—¡Venga! Lo mejor sería que me trajeras un pedazo de roble o una pieza de nogal seco.
Linnet no entendía qué tenían de malo aquellas dos maderas y frunció el ceño en señal de frustración.
—Mira —Devon se dirigió a Phetna antes de volverse de nuevo hacia Linnet—, estoy tan harto de estar aquí dentro, que voy a empezar a tallar las paredes... ¡con los dientes! ¿Por qué no salimos un rato?
—¿Ahora? No podemos.
—¿Por qué no?
—Tus pies están aún en carne viva, y tengo que cocinar y...
—Vosotros dos id —dijo Phetna—. Miranda y yo nos encargaremos de todo lo que hay que hacer aquí.
Linnet abrió la boca para protestar.
—Vamos, Lynna, se diría que tienes miedo de estar a solas conmigo —
dijo Devon con un tono de complicidad en la voz—. ¿Qué mal puedo
hacerte en mi estado?
Linnet se esforzó por no sonrojarse de nuevo.
—Por supuesto que podemos salir. No te temo, Devon Macalister.
Comenzaron a salir juntos, Devon avanzaba muy despacio, soportando el dolor. Cuando llegaron a la parte frontal del porche, Devon hizo una pausa: tomó un serrucho pequeño y acarició el pelo en la sien de Linnet.
—Yo tampoco te temo a ti, Linnet... Macalister.
Ella lo adelantó sin decir nada, pero se sonrío al darle la espalda.
—Espera un minuto. No puedo ir tan rápido.
Linnet se volvió hacia él y advirtió la expresión de sufrimiento en el rostro de Devon, que se esforzaba por caminar penosamente sobre sus pies quemados. Lo tomó del brazo y él se apoyó en ella.
—Devon, creo que no deberías haber salido. No deberías andar aún.
Devon agachó la mirada para sonreír a Linnet. Fue una sonrisa un tanto torcida por el dolor, pero era una sonrisa al fin y al cabo.
—Pasar un día de primavera fuera, en compañía de la preciosa mujer a quien amo me hará mucho bien. No me privarías de ese placer, ¿verdad?
Linnet le dio un golpecito en el hombro con la cabeza.
—No, Devon, no sería capaz de negarte nada.
—¡Oh, no! Creo que este día promete ser especialmente placentero.
—No sigas por ese camino, o recibirá un empujón en tu espalda dolorida.
—¿Mi espalda? Recuerdo una noche que pasé tumbado sobre mi espalda mientras una inglesita...
—¡Devon!
Devon se rió, pero dio el tema por zanjado. Cuando al fin alcanzaron el campo de tréboles, Devon se sentó aliviado.
Linnet le quitó los mocasines y advirtió que sus pies se habían agrietado en diversas partes y estaban sangrando. Se le saltaron las lágrimas ante aquella visión.
—Ven aquí, tontina, y deja de poner esa cara. Acércate a aquel álamo blanco y córtame una rama.
No resultó muy fácil conseguir una pieza de madera que cumpliera con sus especificaciones exactas. Linnet comenzó a descubrir entonces la faceta
artística de Devon, a comprender la cantidad de tiempo y reflexión que dedicaba a cada una de sus tallas.
—Te advierto que, sin mis herramientas de tallado, esto va a quedar bastante tosco.
Mientras se sentaba a su lado, Linnet arqueó las cejas, pero no comentó nada. Se alegraba de verlo mejorado, moviéndose.
Cuando Devon tuvo la pieza de madera en las manos, sacó su navaja y empezó a tallar mientras hablaba.
—Dispuse de mucho tiempo para pensar mientras estuve ahí en cama, Lynna, y reflexioné acerca de las cosas que me dijiste la mañana del incendio.
—Devon, yo...
—No me interrumpas. Tú tuviste la palabra y ahora me toca a mí decir la mía. Nunca en la vida había tratado a alguien como te traté a ti, y lo siento mucho por más de una razón. Imagino que siempre sentí un profundo sentimiento hacia ti, pues de otro modo no me hubiera enfrentado a Lobo Moteado. No podía permitir que muriera alguien que, como tú, se preocupaba por los demás cuando su propia vida estaba a punto de terminar.
No puedo decir que te amara, pero no hay duda de que sentía algo por ti.
Entonces, cuando te libraste de toda aquella mugre que llevabas encima y emergiste como una chica tan preciosa, supongo que me sentí traicionado.
Creo que estaba orgulloso de mi nobleza, por haber arriesgado mi vida por salvar aquella cosita horrenda, pero cuando descubrí que no eras fea, me sentí como si te hubieras reído de mí. Creo que no sé expresar mis sentimientos demasiado bien.
—Vuestro Thomas Jefferson no se hubiera expresado mejor.
Devon parpadeó desconcertado, pues nunca había oído hablar de aquel tal Jefferson.
—Bueno, supongo que eso significa que me entiendes. Yo... lamento sinceramente lo que te he hecho. Imagino que no hay mucho que pueda hacer ya, no después de haber dicho que nunca podrías volver a sentir nada por mí, pero quiero que sepas que lo siento de corazón y que deseo que seas verdaderamente feliz con tu Squire.
—¡Mi...! —Linnet empezó a decir, pero cambió de idea y continuó con
voz triste—. Seguro que lo seré, puesto que es un luchador.
—¡¿Un luchador?! Ese no sabría cómo luchar contra un niño de cuatro años. Ha vivido toda su vida entre algodones.
—¿Y tú no? Me refiero a que ¿no has tenido siempre todo lo que has deseado en la vida?
—¡Diablos, Linnet! ¿Cómo puedes decir eso cuando la mujer a la que amo más que a mi propia vida quiere a otro?
—Claro que tú nunca le has pedido que se case contigo ¿a qué no?
Puede que dijeras que te casarías con ella cuando descubriste que había dado a luz a tu hija, pero no se lo has preguntado desde entonces, desde que ella ha tenido tiempo de pensar y de percatarse de que no puede evitar amarte.
Los ojos de Linnet emitieron un destello al mirar a Devon. Al principio, Devon la observó con escepticismo, hasta que empezó a comprender sus palabras; entonces se relajó y comenzó a dibujar una lenta sonrisa.
—En ese caso, ¿crees que tal vez si se lo pidiera ahora, ella consideraría casarse conmigo?
—Me atrevería a suponer que consideraría seriamente tu proposición, sí.
Devon amplió su sonrisa.
—Si es así, ¿dónde tengo los mocasines?
Linnet frunció el ceño, desconcertada.
—Detrás de ti, pero ¿para qué los quieres ahora?
—Oh, los necesito —dijo al tiempo que se volvía hacía atrás y recogía uno—. Debo ir a pedirle a Phetna que se case conmigo. Nunca soñé que aceptara, pero ahora que tú me has abierto los ojos, yo...
—¡¿Phetna?! —exclamó Linnet—. ¡¿Phetna?!
Linnet no entendía nada, pero antes de que fuera capaz de decir nada, Devon la embistió, tiró de ella y la estrechó contra su pecho.
—Devon... —consiguió decir Linnet entrecortadamente.
Devon aflojó un poco la presión, pero no demasiado.
—Lynna, ¿te casarás conmigo y vivirás conmigo y pasarás cada noche de tu vida conmigo?
Linnet empujó su pecho para apartárselo y alzó la vista para mirar en sus felices y brillantes ojos azules.
—¿Qué clase de proposición es esa? ¿Pasar cada noche contigo?
Ningún caballero osaría jamás mencionar algo como... algo como las actividades nocturnas a una dama.
Devon se sintió algo perturbado y se puso muy serio.
—Yo no soy un caballero y, además, ha pasado mucho tiempo.
Linnet se echó a reír, con la cara hundida en el pecho desnudo y suave de Devon.
—Prefiero mil veces tu honestidad a cualquier caballero de delicado perfume y fino atavío. Espero que nunca dejes de desearme, Devon.
Devon se cansó de hablar; echó la cabeza de Linnet hacia atrás y besó su boca ansiosa y dulce. Ninguno de los dos advirtió a los dos hombres que los observaban desde el bosque.
A Linnet le costó trabajo hacer entender a Devon que deseaba que su noche de bodas fuera algo más que un rápido revolcón sobre un manto de tréboles y, aunque Devon puntualizó que, de hecho, ya habían compartido una noche de bodas, permitió, no obstante, que Linnet ganara la discusión.
Los dos regresaron a la cabaña felices y risueños, pero lo que vieron y oyeron dentro de la casa quebró su dicha.
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