Tanta sangre

Simon Brett · Capítulo 1 de 16

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Tanta sangre

Capítulo uno

«Mi cerebro está embotado, mi vista empañada, no soy capaz de leer ni escribir una línea.

Entonces Palas, llévate tu búho, y deja una alondra en su lugar».

Para Minerva - De los griegos

MAURICE SKELLERN, Representantes Artísticos —dijo la voz que contestó al teléfono—.

—Maurice…

—¿De parte de quién?

—Maurice, por Dios, ya sé que eres tú. No entiendo por qué tienes que hacer creer a todos que tienes miles de empleados. Soy yo, Charles.

—Ah, hola. Qué lástima lo de la serie de televisión.

—Sí, hubiera sido lindo.

—Y pagaban bien, Charles.

—Sí. Pero en teoría no han hecho más que posponerlo. Hasta que termine la huelga de los A. P.

—¿Y cuándo ocurrió eso?

—No se sabe.

—¿Y quiénes son estos A. P.? Nunca he podido entender las jerarquías de la BBC. ¿Sabes lo que es un A. P.?

—Vagamente —Charles París suponía que se trataba de un asistente de producción o de un asistente del productor, pero sus conocimientos provenían de una noche erótica en Fulham con una tal Angela después de

grabar un episodio de Dr. Who. Y no se habían dedicado precisamente a discutir los problemas laborales que llevaran a los A. P. a la huelga que en agosto de 1974 estaba paralizando el Departamento de Espectáculos de la televisión. ¿Hay alguna otra cosa en vista, Maurice?

—Me llamaron del Haymarket de Leicester. Estarían interesados en que dirigieras una obra… —dudó—… Head Gabbler o algo así.

—¿Hedda Gabler[1]?

—Eso es.

—Puede ser divertido. ¿Cuándo?

—Recién en primavera.

—Fabuloso —el sarcasmo era pesado.

—Podría haber un papelito en una película, mientras tanto. Un entrenador de fútbol alemán.

—¿Ah, sí?

—Pero todavía está en el aire.

—Excelente. Escucha, Maurice, tengo algo.

—Consiguiendo tu propio trabajo, ¿eh?

—Alguien tiene que hacerlo.

—Oye, eso me dolió, Charles. Sabes que hago lo posible.

—Sí. El corazón me sangra, el trabajo de representante no es algo fácil,

¿verdad? y, unos violines fúnebres tocan Corazones y Flores. No, eso pertenece a Tantos chistes, tanta sangre.

—¿Qué?

—Ya sabes, mi espectáculo unipersonal sobre Thomas Hood. Lo hice en el festival de York y en algunos recitales.

—Ah, sí —el tono de Maurice demostraba a las claras que recordaba las bajas recaudaciones del espectáculo, de las que había obtenido su diez por ciento.

—Un amigo mío que conocí en Oxford y que ahora enseña teatro en la Universidad de Derby, me ofreció una semana en el Festival de Edimburgo.

Una de las obras que preparaban los estudiantes falló y quieren algo barato de relleno durante la hora del almuerzo. Nada más que una semana.

—Charles, ¿cuántas veces te he dicho que nunca tienes que aceptar algo barato? No es en el festival oficial, ¿no?

—No, en el paralelo. Me dan el cincuenta por ciento de la recaudación.

—El cincuenta por ciento de la recaudación de un espectáculo a la hora del almuerzo en el festival paralelo de Edimburgo no te alcanzará ni para comprar un par de medias. No tiene sentido hacerlo, Charles. Acá siempre conseguirás algo mejor. Puede aparecer algún aviso comercial, o algo en la radio. Y además la estadía en Edimburgo te va a costar. Pasajes, alojamiento.

—Tengo adonde alojarme.

—Pero Charles, tienes que preguntarte si es algo correcto desde el punto de vista artístico —Maurice siempre recurría a esto cada vez que Charles sugería algo que no era tan lucrativo.

—No sé. Hace mucho que no voy a Edimburgo.

—Sigue mi consejo, Charles. No aceptes.

Al salir de la estación Waverley, Charles París husmeó en el aire aroma a caramelo de las destilerías y sintió la alegría que le inspiraba siempre Edimburgo. Es una ciudad teatral, pensó. El enorme castillo se destacaba desnudo contra el panorama y desde allí bajaban en una larga diagonal los techos de Royal Mile. Había tantos desniveles como en un escenario diseñado por un brillante escenógrafo. Lleno de posibilidades para un director con inventiva. El valle de la calle Princes atravesaba por una vía de ferrocarril en lugar de un río y el kitsch Victoriano del monumento a Scott, como imponente centro de atracción, era ideal para las entradas ceremoniosas. Desde allí, según la obra, el director podía optar por la ciudad nueva o la vieja. La nueva parecía haber sido construida especialmente para una comedia de costumbres. Tranquilas, bien ubicadas, y formales, la calle George y la Queen cortándose en forma regular y rodeadas por las hermosas plazas de Charlotte y Saint Andrews, como augustos testigos de la Edad de la Razón.

El director debería usar la ciudad vieja para un drama más terrenal, con escenas de bajo fondo. Era un laberinto de calles que se entrecruzaban, recovecos y escaleras, un escenario ideal para asesinatos y misterio, con mil esquinas oscuras donde esconder a los villanos de ficción. Así veía París la ciudad de Burke y Haré, del crimen y la pasión.

La ciudad vieja hizo que Charles recordara a Melissa, una actriz que había actuado junto a él en el Lyceum, quince años antes. Después de tres desastrosos meses había vuelto a Londres y a su mujer, Frances, pero Edimburgo se convirtió para él en una ciudad sexy gracias a Melissa; como una niñera estirada sacándose el uniforme gris detrás de unos arbustos en el parque.

El domingo 11 de agosto de 1974 todavía la sentía sexy Y esta vez Charles París era un hombre libre. Estaba separado de Frances desde 1962.

Corría una brisa fresca después de un chaparrón. Charles se sentía fuerte y juvenil a pesar de sus cuarenta y siete años. Decidió caminar. Frances hubiera tomado un ómnibus; tenía una extraordinaria habilidad para ubicarse a través del sistema de transportes de una ciudad apenas pocos segundos después de haber llegado. Charles prefería caminar. Echó a andar entonces, balanceando su bolsón como un estudiante. La única sombra en su luminoso estado de ánimo era que los bares escoceses están cerrados los domingos.

No podía no encontrar la casa en Coates Gardens. Entre las anónimas casas y los hoteles de la parte burguesa de Edimburgo había una con las columnas y la puerta delantera cubierta de afiches.

¡D. U. D. S. EN EL PARALELO!

La sociedad Teatral de la Universidad de Derby presenta:

* ¡CUATRO ESTRENOS MUNDIALES Y UN CLASICO

IMPONENTE!

* Sueño de una Noche de Verano — la inmortal obra de Shakespeare a través de la nueva óptica de Stella Galpin-Lord.

* María, Reina de Beodia — una sátira sobre la desintegración de la sociedad, por Sam Wasserman.

* Los Amantes de Isadora — Lesley Petter examina el mito a través de la danza y la canción.

* ¿Ahora Quién? — una perturbadora obra nueva de Martin Warburton.

* Derby Oscuro — la revista nocturna más graciosa del festival paralelo.

A continuación estaban las listas de fechas, horas y precios del complicado repertorio, y Charles dedujo que su obra reemplazaría a Los Amantes de Isadora. Por alguna razón Lesley Petter no podría examinar el mito a través de la danza y la canción. Le molestó que no hubieran corregido el afiche, anunciando Tantos chistes, tanta sangre. Hacía más de una semana que sabían que vendría. Y la publicidad es enormemente importante cuando se está compitiendo con otras doscientas cincuenta obras.

Al tocar el timbre apareció una chica gordita con unos vaqueros manchados de pintura.

—Hola, soy Charles París.

—Ay, Dios, qué emocionante. Soy Pam Northcliffe, de Utilería. Voy camino al auditorio para fabricar el hacha de María. La voy a construir alrededor de esto —le mostró una botella plástica de limpiador líquido—.

Para que la sangre salga como es debido.

—Ah.

—Brian está en su oficina. Por allí —se alejó por el camino, rebotando como una pelota de goma.

La pintura brillante de las paredes internas del edificio, demostraban que no hacía mucho que lo habían adquirido. La puerta marcada «Oficina»

en eficientes Letrasets estaba entreabierta. Entró. La habitación era muy pequeña, y daba la impresión de que la hubieran olvidado al hacer las reformas. Un joven de camisa a cuadros y corbata chillona estaba muy ocupado hablando por teléfono. Le señaló una silla con la mano.

—Mire, ya sé que es domingo. Ya sé que están trabajando hora tras hora. También nosotros. Pero tiene que estar listo. Bien… ¿mañana a qué hora? No, más temprano. A mediodía…

La discusión continuó. Charles miró el tablero cubierto de tela con el optimista encabezamiento en Letraset: «Lo que dice la prensa sobre D. U. D. S.». Hasta ahora la prensa no había dicho mucho, lo que no era extraño, ya que el festival recién comenzaba la semana siguiente. En el centro del tablero había un recorte. La fotografía de una chica y algo escrito abajo:

UNA REEMPLAZANTE SUBE A ESCENA

«Se dice que soplan malos vientos, pero la verdad es que han soplado algo buenos en dirección a Anna Duncan, miembro de la Sociedad Teatral de la Universidad de Derby. Cuando la semana pasada Lesley Petter se rompió la pierna en un accidente, Anna, que tiene solo veinte años, se encontró de pronto con dos papeles importantes entre manos —

en una obra y en una revista— que se pondrían en escena en el auditorio Masón de la calle Lauriston cuando comience el festival. Como dice Anna: “Siento mucho lo que le pasó a la pobre Lesley, pero para mí significa una gran oportunidad. Estoy muy excitada”. ¡Y con la preciosa Anna en el escenario, los concurrentes al paralelo, también van a excitarse bastante!».

Aunque el estilo del periodista fuera más bien pobre, en una cosa tenía razón: Aun en esta foto borrosa se veía que la chica era hermosa. Había posado delante de las rejas decorativas de Coates Gardens. Cuerpo esbelto, largas piernas cubiertas por vaqueros bien cortados, una barbilla firme y el pelo rubio muy bien arreglado.

Cuando el joven cortó la comunicación telefónica, Charles recibió un apretón de manos rápido y profesional.

—Soy Brian Cassells, el gerente de la compañía.

—Charles París.

—Ya lo reconocí. Me alegro de que haya podido venir a pesar de la poca anticipación del llamado. Es una buena nota —señaló el recorte—.

Tener una linda chica en el grupo ayuda bastante. La publicidad es fundamental.

—Sí —replicó Charles.

Brian Cassells notó el tono de su voz.

—Lo siento por la suya. De eso estaba hablando con la imprenta. Los afiches y los volantes van a estar listos para mañana.

—Bien. ¿Recibió lo que le mandé? ¿Los recortes y esas cosas?

—Sí. Usé algunos para los afiches. Son muy buenos.

Sí, pensó Charles, son buenos. Él prefería uno del Yorkshire Post: «Hay muchas cosas buenas en el festival de York pero la mejor es sin lugar a

dudas Tantos chistes, tanta sangre, de Charles París».

El gerente de la compañía se puso de pie, como si cualquier pausa o charla intrascendente pudiera amenazar su imagen de eficiencia.

—Venga, le mostraré el dormitorio y lo demás.

—Gracias. ¿Cuándo podré ir al auditorio para ensayar?

—Déjeme ver. Stella tiene un ensayo de vestuario para Sueños. Y

después está Mike con María. Eso es el martes por la mañana. El martes a la tarde debería estar libre. No hay más que una sesión de fotografías para María. Algunas fotos dramáticas del asesinato de Rizzio, algo así, que sirvan para la publicidad. No tomarán mucho tiempo.

Los dormitorios eran espartanos. Las habitaciones de la planta baja estaban cubiertas de catres del ejército para los hombres, y en el piso de arriba era igual pero para las mujeres. No había muchas perspectivas de confraternizar.

—No es por razones morales —aclaró Brian— sino logísticas. Por si quiere una taza de café o alguna otra cosa, la cocina y el comedor están en el sótano. Le ruego que me disculpe ahora, pero tengo que preparar unos afiches con Letraset.

Charles dejó caer su bolso en un catre desocupado que se sacudió en forma poco tranquilizadora. El cuarto olía a cuerpos masculinos. Le recordó el ejército, los deprimentes cuarteles a los que fuera enviado en 1945, a entrenarse para una guerra que ya había terminado cuando estuvo listo.

Abrió una ventana y disfrutó con alivio del aire húmedo.

Al llegar al sótano, se sintió mayor que sus cuarenta y siete años, mientras aguardaba un sospechoso café, rodeado de jovencitos en vaqueros.

Una pareja yacía abrazada en el sofá. Una chica gorda estaba tirada en el piso relajándose. Tres jóvenes con rulos se inclinaban sobre una mesa, discutiendo sobre teatro.

—Tiene que reflejar la sociedad, y si la sociedad es violenta, pues que la refleje.

La respuesta provino de un joven con acento ligeramente extranjero.

¿Alemán? ¿Holandés?

—Esas son tonterías, Martin. Es más complejo que eso. El teatro interpreta los hechos. Cuando estoy dirigiendo algo, no quiero que refleje solo la realidad. Por lo menos no la realidad de todos los días. Trato de crear una nueva realidad.

Charles se sacudió levemente cuando el otro retomó el argumento.

—¿Pero, qué es la realidad? Creo que si le están volando las piernas a la gente en Irlanda del Norte y si en Etiopía se mueren de hambre, hay que mostrarlo. Aunque eso signifique atacar físicamente a los espectadores para que reaccionen.

—¿Y dónde está la violencia entonces, Martin? ¿En escena? ¿En los espectadores?

—Está en todos lados. Es parte de la vida en el siglo veinte. Y tenemos que darnos cuenta de eso. Y si es necesario, estar preparados para ser violentos en una sociedad violenta. De eso se tratan mis obras.

—Eso, Martin, es una sarta de estupideces.

El que se llamaba Martin se puso de pie enrojecido por la ira y pareció que iba a golpear a su oponente. Luego el espasmo pasó y se retiró del cuarto con aire enfurruñado. Charles dedujo que debía tratarse de Martin Warburton, autor de ¿Ahora quién? , «una nueva y perturbadora obra».

Los otros dos jóvenes enrulados miraron a su alrededor para buscar algún otro con quién discutir.

—Usted es Charles París, ¿verdad?

—Así es.

—¿Qué opina de la violencia en el teatro?

—Tiene su importancia. Puede ser útil —Charles comprendió inevitablemente que sonaba como un hombre maduro.

El joven resopló.

—Sí, entrevista y suavizada en las comedias del West End.

Charles estaba enojado. No le gustaba que lo identificaran con el anquilosado teatro comercial. El otro continuó.

—Estoy dirigiendo María, Reina de Beodia. Tiene violencia. Mucha sangre —de pronto se volvió hacia Charles. ¿Alguna vez dirigió algo?

—Sí —replicó acalorado—. En el West End y en casi todas las salas importantes del país.

—Ah —el director de María, Reina de Beodia no parecía impresionado

—. ¿Cuándo? ¿Hace mucho?

—No, hace poco —el enojo de Charles lo obligó a seguir—. En este momento tengo en vista una producción de Hedda Gabler en el nuevo teatro Haymarket de Leicester.

—Qué bien —la cabeza enrulada se inclinó sobre el diario de domingo.

Charles abandonó la habitación sin demasiada alharaca. Una vez en el hall controló el programa de D. U. D. S. para saber detalles de su enemigo:

«MlCHAEL VANDERZEE - Después de trabajar en teatro experimental en Ámsterdam y Múnich bajo la tutela de Kostbach, debutó como directoren este país con Abuso, de Dokke, en el teatro Dark Brown.

Introdujo en Inglaterra las obras de Schmiss y Turzinski y hace poco dirigió Ideas para la Revolución de la Audiencia de este último, en el teatro Upstairs. Inspirándose en las disciplinas físicas y en las filosofías de Oriente y Occidente, crea un teatro indisolublemente integrado a la vida de trabajo».

—Umm —se dijo Charles. Cuando se dirigía a su dormitorio sintió girar una llave en la puerta de entrada y vio aparecer a un hombre maduro con un traje de tweed en tono arena. El hombre sonrió y extendió la mano.

—Hola, usted debe ser Charles París.

—Sí.

—Soy James Milne, conocido por los estudiantes como el Lord. Vivo en el departamento del último piso. ¿No quiere subir a tomar una copa?

Era la frase más amable que había escuchado Charles desde su llegada.

Edimburgo recuperó su encanto.

—Sí, estoy de acuerdo. No soy la persona más adecuada para tener algo que ver con la Sociedad Teatral de la Universidad de Derby. Es una coincidencia. Hace poco que me mudé a esta casa. Vendí la anterior, en Meadow Lane, a un tal Willy Mariello. ¿Ya lo conoció?

—No.

—Lo hará. Está en el grupo también.

Bueno, las reformas de esta casa estaban más o menos terminadas, pero el verano no es buena estación para conseguir inquilinos permanentes… las vacaciones, el festival… Así que cuando Willy dijo que este grupo estaba buscando un lugar donde alojarse, se los ofrecí por las seis semanas del festival.

—Qué valiente.

—No tanto. Pagan el alquiler. No hay muebles ni otras cosas que puedan romper. Y me han jurado que limpiarán todo antes de irse. Yo salgo y entro rápido para no ver el desorden.

—¿Y el ruido?

—No llega hasta aquí.

—Sobre todo por los libros, me imagino. ¿Y también esto ha sido reformado hace poco? Es increíble.

El Lord estaba encantado. Al parecer, Charles había dicho lo que correspondía. Aunque el departamento tenía el aspecto de estar abandonado desde hacía siglos. El tapizado de terciopelo marrón y los lomos de cuero de los libros le daban el aire de una vieja fotografía en tonos sepia. Ese sitio, la biblioteca, refugio en el altillo de un edificio, le recordó a Charles sus tiempos de estudiante en Oxford. Jerez seco y chistes secos del rector.

Es cierto que lo que bebía en ese momento no era jerez sino whisky de malta, pero James Milne tenía algo de rector.

—¿Le gustan los libros? —se levantó a medias de su sillón, ansioso, esperando el más mínimo gesto alentador.

Charles se lo proporcionó.

—Los adoro.

—No son primeras ediciones ni nada por el estilo. Bueno, por lo menos no muchos. Pero son buenas ediciones. Odio los libros de tapas blandas.

Algunos de los de Dickens son bastante buenos. Y ese ejemplar de Feria de Vanidades es valioso…

Charles se preguntó si no estaría por recibir una conferencia sobre libros antiguos, pero el peligro se disipó…

—… y esta edición de Scott puede valer algo. Aunque no para el lector moderno. Nadie lo lee ya hoy en día. Me pregunto por qué. ¿Será porque se trata de un terrible viejo aburrido? Debe ser por eso. Hasta nosotros los

escoceses lo consideramos como una penitencia, —rio. Era un hombre agradable, que andaría ya en la cincuentena, con el pelo como pelusa blanca y cejas espesas y negras.

Charles también rio.

—Leí la mitad de Ivanhoe. Unas siete veces. Como Ulises y el primer volumen de Proust. Nunca llegué más lejos. El Lord se acomodó en su sillón. —Todos estos libros me reconfortan. Sí, recuerdo una línea: «Ningún mueble es tan encantador como los libros, aunque nunca se los abra ni se les lea una sola palabra». El reverendo Sydney Smith, sin ser escocés fue durante mucho tiempo una luminaria en la sociedad de Edimburgo. Sí, los libros son mi vida.

Charles sonrió.

—¿No fue otra luminaria de Edimburgo, Robert Louis Stevenson, el que dijo: «Los libros están muy bien a su manera, pero son un mal sustituto de la vida real»?

James Milne cacareó encantado, lo que significó un alivio para Charles, que no estaba seguro de su cita.

—Excelente, Charles, excelente, aunque se puede discutir ese punto.

Déjeme servirle otra copa.

Resultó que el Lord había sido maestro en Kilbruce, una gran escuela privada en las afueras de Edimburgo.

—Me retiré hace unos cinco años. No, no soy tan viejo para jubilarme.

Pero cuando murió mi madre recibí algo de dinero y unas propiedades, esta casa, unos terrenos en la costa oeste, un grupo de casitas. Por primera vez en mi vida no tuve la obligación de trabajar. Y me dije que no tenía por qué aguantarme las tonterías adolescentes de esos muchachitos cuando deseaba tanto dedicarme a los libros.

—¿Y esos muchachitos no apreciaban los libros?

—No. Algunos parecían… daban la impresión de estar interesados, pero… —se levantó de golpe—. ¿No le gustaría picar algo?

Regresó con medio queso Stilton y galletitas. La velada transcurrió en forma agradable. Comieron y bebieron, intercambiaron citas y examinaron libros. Sus mentes inquisitivas giraban y las alusiones y las anécdotas daban vueltas en torno. Era el tipo de ejercicio intelectual que Charles no

practicaba desde sus días de estudiante. Muy agradable, especialmente si estaba flotando en una nube de whisky sobre la vida cotidiana. El cuerpo cubierto de libros se perfilaba como un confortable refugio contra la agitada turba vestida de vaqueros de allá abajo.

Charles miró su reloj. Casi la 01:00.

—Tengo que regresar a la guarida de los osos.

—Ni lo piense. Le prepararé el sofá aquí.

—No, no. Abajo está la cama que elegí y allí me acostaré.

La cama que había elegido estaba libre por muy buenas razones. A las tres se despertó al descubrir que se había plegado el medio y en un movimiento semejante al de un libro que se cierra. Luchó con ella sudoroso en el dormitorio pero se dio por vencido y se dirigió al baño.

Estaba cerrado, y desde adentro llegaba un extraño ruido. Mientras Charles usaba el lavatorio del otro baño, identificó el sonido a pesar de la nube de whisky que envolvía su cabeza. Era un hombre llorando.

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