Tanta sangre
Capítulo ocho
¡Oh, William querido! ¡Oh, William querido!
Mi eterno descanso ha terminado;
¡Ay! Mi duradera paz
en mil pedazos se ha quebrado.
El Fantasma de Mary
EL MARTES 20 de agosto fue un día agitado.
Empezó bien. Charles sé sentía en paz con Anna y con el mundo. A las 9:30 ella se fue al departamento (Michael Vanderzee quería comenzar con sus sesiones de trabajo después de la interrupción debida al estreno de la revista). Charles fue al Poppin a desayunar tranquilamente café y bollos con panceta y luego, como buen detective, se dirigió a la Galería Nacional de Retratos para ver si podía descubrir la razón de la visita de Martin.
La Galería estaba bien provista y debía ser interesante, pero Charles no estaba de humor para inspeccionar los rostros de gente de la que nunca había oído hablar. Todo ese asunto de buscar pistas y motivos lo estaba cansando.
Mientras miraba un modelo de cera de Guillermo III recordó los diarios.
Era la mañana siguiente a una noche del estreno o por lo menos de su
«almuerzo» de estreno y todavía nos los había comprado para leer las crónicas. El resto de los retratos podía esperar. Se apresuró a salir, bajo la mirada desaprobadora de los retratos escoceses.
En la calle Princes había un gran puesto de diarios. En lugar de comportarse con lógica y limitarse al Guardian, compró todos los que
había. Era un gran desperdicio de papel; seguramente Tantos chistes,… no había despertado aún el interés de los diarios nacionales.
Se detuvo en la vereda para leerlos y fue arrojando uno a uno los que no servían en el papelero. Nada en el Guardian; su conversación en la recepción ofrecida por el paralelo no había servido de nada. Se dio cuenta de que era un ingenuo optimista al esperar que se ocuparan de él en el primer día del festival, sobre todo después de la escasa publicidad.
No le quedaba más que el Glasgow Herald. Lo abrió sin esperanzas y allí estaba, en la página de espectáculos.
« Tantos chistes, tanta sangre, Auditorio Masón, Lauriston Place. Si se recuerda a Thomas Hood, es por unos tres o cuatro poemas que aparecen en las antologías. Fue por lo tanto una agradable sorpresa tener una visión más completa de la obra del poeta en este encantador espectáculo de la hora del almuerzo. El interesante programa ideado por Charles Paris, basándose en sus poemas y cartas, mantiene un perfecto balance entre el humor y la emoción genuina, sin caer nunca en lo sentimentaloide. Lleva adelante el espectáculo con la claridad y la comprensión que caracterizan al verdadero talento. Trate de verlo. Solo estará en cartel durante la primera semana del festival, y le garantizo más risas que en la mayoría de las revistas de la noche».
Charles no pudo controlar una sonrisa de satisfacción, Lo que sostenía en las manos era un maravilloso elogio a la antigua.
Gracias a la crónica favorable y a un par de whiskies dobles, llegó al auditorio a las 12:45 de buen humor y sin nervios. Mientras esperaba que las luces se apagaran se sentía totalmente seguro de sí mismo.
A partir de ese momento, sin embargo, las cosas se deterioraron. Para empezar el espectáculo no anduvo bien. Una segunda función es siempre difícil por la sensación de anticlímax que se vive en ese momento. Y la escasa cantidad de público no hablaba muy bien de la circulación del Glasgow Herald. Había unas veinte personas y todas parecían haber recibido órdenes médicas acerca de que la risa era mala para la salud. Los juegos de palabras y los chistes se perdían en el vacío esponjoso de la sala.
Para peor Frances estaba entre el público. La mujer con la que se había casado, a la que había dado el triste nombre de Frances París. En cuanto
empezó la función la reconoció por su risa leal y solitaria. Pensándolo bien era lógico que estuviera en Edimburgo. Venía casi todos los veranos acompañando a dos de sus alumnas en una rápida inmersión en la cultura escocesa. Con ella estaban sentadas dos chicas, una blanca y una negra.
Charles sentía mucho cariño por Frances, pero hubiera preferido no verla. Desde su separación hacía doce años, habían quedado amigos y Charles la iba a ver cada tanto; no le exigía nada, pero le molestaba su presencia justo cuando se comenzaba a sentir seguro de su relación con Anna.
Trató de no ser demasiado frío cuando lo fue a ver después de la función; no quería lastimarla. Parecía cansada y tenía dificultades para controlar su carácter fuera del ambiente de la escuela. La chica blanca era regordeta y se llamaba Candy; la negra tenía una figura espléndida y su nombre era Jane; las dos veían en Edimburgo una oportunidad ideal para emanciparse y conocer hombres.
Marido y mujer intercambiaron sus direcciones en Edimburgo y se despidieron con la vaga intención de volverse a ver. Este encuentro trajo una pequeña nube de depresión sobre el ánimo soleado de Charles.
Promediando las 18:00 la nube se volvió tormentosa. El elenco de María ensayó toda la tarde, pero a la noche casi todos se retiraron porque Michael Vanderzee quería trabajar una hora en las escenas entre María y Bothwell, hasta que Anna tuviera que irse a la revista. Después de una cena de repollo en Coates Gardens el actor que hacía de John Knox (El resto del conjunto lo había bautizado «Knox el Oportunista») sugirió un viaje hasta el bar. Damley, Ruthven y el Cardenal Beatón pensaron que era una buena idea, lo mismo que el nuevo David Rizzio, Sam Wasserman. Charles también decidió ir a tomar un trago.
Una vez en el bar Charles descubrió que la intranquilidad estudiantil se manifestaba especialmente en el momento de invitar a la primera copa, así que pagó él. Sin haberlo planeado se encontró a solas con Sam en una de las mesas.
El autor de María, Reina de Beodia era un joven norteamericano de pelo rubio, bigote rojizo y anteojos redondos de armazón negro.
Tenía puesta una gruesa camisa de leñador, los inevitables vaqueros y botas marrones. Había llegado ese mismo día a Edimburgo, justo a tiempo para oír el cañonazo de las 13:00 que se disparaba en el castillo para comenzar enseguida con los ejercicios de Michael Vanderzee.
—Y todo después de dos días de viaje. Recibí el telegrama de Mike en el Poste Restante de Brindisi, así que dejé todo y vine. Esta obra realmente me importa…
En cuanto Sam comenzó a hablar, Charles comprendió inmediatamente la razón por la que este tête-a-tête había resultado tan fácil de lograr. Sam era un plomo, uno de esos tipos aburridos que se detectan enseguida y que tienen la habilidad de convertir hasta la anécdota más divertida en algo tedioso por la infinidad de detalles que le agregan. Pero además de ser del tipo aburrido internacional, Sam, también demostraba tener esa cualidad especial que es peculiar de los ambiciosos jóvenes norteamericanos.
Mientras el monólogo continuaba, la vista de Charles se fue nublando.
—… en realidad María, Reina de Beodia, deriva en forma directa de las técnicas de representación que desarrollé en un espectáculo basado en un suceso real que usé para mi tesis en U. C. S.…
—¿U. C. S.? —preguntó débilmente Charles.
—La Universidad de California del Sur. Allí obtuve mi Master antes de ir a Derby. En Teatro y Literatura Creativa. Cuando digo que mi proyecto estaba basado en ese hecho, no quiero decir que la haya tomado al pie de la letra. Más bien se concentra en los problemas étnico-políticos de los indios norteamericanos. Desde un punto de vista socialista por supuesto. El símbolo alegórico central es el hecho de haber sido perpetrado por blancos disfrazados como indios. Los blancos usurpando el lugar de los rojos. Como corpúsculos. Usé la leucemia como analogía.
Charles se concentró y trató de desviar la conversación hacia donde quería.
—Y llega a este espectáculo en circunstancias bastante macabras.
No era suficiente; Sam necesitaba mucho más.
—Lo macabro es una parte integral de mis obras. Y lo grotesco. Otra imagen que desarrollé en mi tesis fue la extraña habilidad que tienen los indios navajos para caminar por una viga a gran altura como si estuvieran
en tierra firme —siguió a todo vapor—. Es un concepto espacial distinto al nuestro. Lo relacioné con la naturaleza miope de los servicios sociales…
—Oh —Charles asentía con la cabeza como un perro de juguete de esos que van en la parte trasera de los autos. Hizo otro esfuerzo supremo para apartar a Sam de su monólogo—. Me refiero a que Willy Mariello fue acuchillado y que por eso usted está aquí para actuar en María, Reina de Beodia.
Por un instante pareció que funcionaba. Sam lo miró de frente y permaneció callado un largo rato antes de continuar, demostrando a Charles que su treta había fracasado.
—Bueno, por supuesto, María es una proposición completamente distinta, a pesar de ciertas similitudes técnicas. Y en realidad desde el punto de vista alegórico corresponde que su nacimiento tenga lugar en una atmósfera de violencia.
»Fíjese que la alegoría básica de María, Reina de Beodia es el paralelo histórico. La vida de María Estuardo estuvo salpicada de sangre. En mi versión, María representa a Escocia y a su riqueza petrolera.
—¿Ah, sí? —balbuceó Charles, ya mustio.
—Sí —dijo Sam como si se tratara de una afirmación sorprendente—.
Y los dos maridos de María, Lord Damley y el conde de Bothwell, representan a Inglaterra y a la vieja y querida Norteamérica, los dos países que tratan de controlar la riqueza. Los estados árabes, que tienen en sus manos el verdadero poder político petrolero, están representados por la reina Isabel, que la manda ejecutar. Claro, ¿no?
Charles asintió débilmente ante la indigestión mental que le provocaba esa alegoría tan elaborada expuesta en Literatura Creativa… Pero vio una leve esperanza.
—¿Adónde entra David Rizzio en ese argumento?
—David Rizzio representa a la camarilla ecológica que puede negarse a la explotación petrolera a favor de una estructura ecológica más medieval.
Por esa razón lo liquidan casi enseguida.
Sam se rio entre dientes ante su propia audacia intelectual. Podía ser una buena alternativa para desviar la conversación y Charles lo intentó.
—Pero no tan rápido como a Willy Mariello.
—No.
Antes de que Sam tuviera tiempo de relacionar la muerte con alguna de sus alegorías, Charles insistió.
—Debe de haber quedado muy afectado al enterarse de la muerte de Willy.
—Molesto. A uno siempre le molesta que muera una persona joven; es como la suspensión de una continuidad. Y por supuesto que en este caso estaba el elemento dramático.
—Pero tiene que haber sentido algo más. Perder a un amigo…
—No conocía muy bien a Mariello.
—Creí que Willy había entrado en este espectáculo por usted.
—Es cierto, pero solo en forma indirecta. Supongo que la sugerencia de que se ocupara de la música vino de mí —se lo propuse al comité de la Universidad— pero fue recomendación de algún otro.
—¿Quién?
—Una chica. Pensé que era una buena idea porque se trataba de un músico profesional, un músico de rock, y yo, bueno, tengo algunos conocimientos musicales básicos, pero mi verdadera especialidad son las palabras. Y desde ya que la música que escribió Mariello para mis letras era infinitamente superior a lo que yo podría haber logrado. Me cambió una que otra palabra y tuve que reprenderlo, pero en conjunto era grandioso.
Además creo con firmeza en la conveniencia de que la gente trabaje en grupo bajo la misma sombrilla creativa.
—¿Por qué cree que esa chica le recomendó a Willy? —preguntó Charles como al descuido.
—Pues, como le dije, era muy bueno y hacía un tiempo que andaba dando vueltas por la Universidad de Derby. Parece que después de la disolución de su grupo quería probar algo diferente…
—¿Y?
—Bueno, me dio la impresión de que entre la chica y él había algo. Los dos se cuidaban mucho, pero tuve la sensación de que estaban en algo juntos.
—Oh —exclamó Charles, y preguntó lo que estaba tratando de evitar desde hacía un rato—. ¿Quién era la chica?
—Anna Duncan. Ahora hace de María en mi obra. No sé si la conoce.
—Sí —replicó Charles— la conozco.
Esa noche visitó al Lord en Coates Gardens y lo encontró ansioso por tener otra sesión de doctor Watson. De pronto Charles no tenía más ganas de seguir con el asunto, pero no podía evitar una charla mientras tomaba un vaso de whisky.
Sherlock Holmes estaba más adelantado que Watson en sus deducciones, pero muy rara vez ocultaba información a su socio. Charles París sí lo hacía. Quería asegurarse de los hechos, y no compartir algunas ideas a medio formar hasta que se solidificaran.
Hablaron sobre todo de Martin Warburton. Charles le contó de sus largas expediciones y del descubrimiento de la segunda personalidad de Martin.
—Eso lo convierte en el sospechoso número uno.
—Supongo —Charles creía sonar convincente.
—Es un comportamiento bastante extraño.
—Sí, estoy de acuerdo con usted. Martin se encuentra en un estado mental muy raro. Está muy confundido y tiene fantasías de violencia. Creo que sufre de exceso de trabajo —ya sabe, acaba de recibirse— pero eso no lo convierte en un asesino. Puede ser que se disfrace con propósitos criminales, pero también puede suceder que necesite la válvula de escape de otra identidad.
—Umm. Eso suena a una trampa psicológica.
—¿No cree en la psicología aplicada al crimen?
—Pienso que en algunos casos puede ser útil, pero que casi siempre se usa para tapar otras cosas. Toda acción tiene un motivo y estoy seguro de que Martin Warburton tiene un motivo real para disfrazarse.
—¿Y no considera como motivo válido una perturbación de su personalidad?
—Me parece puro palabrerío. Un motivo válido podría ser el robo o el chantaje. Hasta la venganza.
—Pero Martin puede estar tomando otra personalidad porque hay algo en la propia que no puede soportar.
—Le confieso que no sé de qué está hablando.
Qué fácil era opinar así para el Lord, aislado de la vida en su biblioteca, como lo había estado con su madre en Glenload y en la sala de maestros de la escuela Kilbruce. Como nunca se había topado con una realidad desagraciable daba por sentado que no existían. Y si no era así, se trataba de cosas simples que podían ser divididas como una hoja de papel y no de un material que se arrugaba y rasgaba y nunca coincidía.
—Vamos, James, no sea así. La última vez que conversamos usted hablaba de un asesino obsesivo, alguien para quien la historia de María, la reina de Escocia, tenía un significado macabro.
—No dije exactamente eso.
—Se movía en esa dirección. Y un asesino obsesivo no siempre actúa con uno de esos preciosos motivos «válidos» como el robo, o el chantaje, o la venganza.
—Sí que lo tiene. La obsesión es el motivo. No es un motivo cuerdo, pero para el asesino lo es.
—Por lo tanto tiene que entender la psicología del asesino —Charles sentía que había logrado un leve triunfo.
—Sí, pero el proceso es simple. Use una lógica inversa y la motivación tiene sentido. No necesita meterse en todas esas perturbaciones de la personalidad, y compensaciones y demás historias.
—No creo que nos pongamos de acuerdo sobre ese punto —Charles estaba comenzando a perder el poco interés que tenía en su discusión. Tenía la mente en otra parte y no disfrutaba del diálogo. Pero pensaba que debía simular—. Así que si Martin es un asesino obsesivo, digamos, ¿cuál cree que será su motivo para deambular por Edimburgo disfrazado?
—Debe tener algo que ver con su plan para el próximo crimen.
—Entiendo —Charles trató de no sonar altanero—. ¿Y qué piensa que debiéramos hacer?
—Creo que tendríamos que vigilarlo de cerca.
—Bien. Perfecto. Tengo que irme —se levantó casi con rudeza—.
Tengo que… umm… irme —no pudo pensar en una excusa amable. No podía pensar en nada más que en lo que lo esperaba. Ver a Anna.
Cuando llegó el momento, no fue tan grave. Anna llegó excitada y acalorada después de la función. Un productor de la B. B. C. había estado
en la audiencia y, (según Brian Cassells que había acorralado al pobre hombre para extraerle una opinión) la actuación de Anna le había gustado.
Se mostró risueña y encantadora mientras describía la forma entusiasta en que Brian le había dado la noticia e imaginaba su manejo torpe con el cronista. Charles se sintió atraído por ella a su pesar.
Pero por otro lado esa pequeña infección de sospecha lo mantenía apartado. Deseaba preguntarle sobre Willy, saber si había tenido algo con él, y al hacerlo, cauterizar la herida antes de que llegara a proporciones peligrosas. Pero no se atrevía. No cuando ella estaba tan adorable.
Arruinaría todo.
Tomaron un poco de oporto y se rieron hasta meterse en la cama.
Hicieron el amor. Tan bien como siempre, tierno, sincronizado, perfecto.
Pero Charles se sentía como si estuviera contemplando un retrato de ellos en la pared. Enseguida apagaron la luz y Anna, exhausta por los ensayos de María y la revista, se durmió con facilidad.
Charles no. Se sentía mejor por haberla visto; cuando estaba con ella su imaginación no podía desbocarse. Pero todavía dudaba. Quería extirpar la sospecha, sacarla de su mente. La única manera era preguntándole de frente. Pero sabía que no era capaz de hacerlo; por lo menos no cara a cara.
Pensó en llamarla por teléfono, hasta^ llamarla fingiendo ser otra persona, la policía, o… No; era una estupidez.
Razonó consigo mismo. Está bien; Anna se había acostado con Willy Mariello, ¿y qué? Charles no era su propietario y además nunca se preocupaba por los amantes anteriores de una mujer; no tenían nada que ver con él. No tenía sentido tener celos de algo terminado. Y no podía haber algo más terminado que Willy.
Esa era la parte que lo preocupaba. No que Anna se hubiera acostado con el tosco escocés, sino que lo hubieran asesinado. Otra vez razonó y se calmó con el pensamiento de que las dos cosas eran hechos separados. En realidad todavía no eran hechos definitivos, y podía investigarlos.
Sí, un poco de investigación lo tranquilizaría. Acomodó la almohada y se dio vuelta. La respiración de Anna tenía un ritmo soporífero. Pero no logró dormir.
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