Tanta sangre
Capítulo once
Hasta los más brillantes extremos de alegría
traen consigo finales penosos
como los dulces capullos de mayo,
cuya fragancia se extingue en el moho
Oda a la Melancolía
CUANDO EL amanecer puso fin a esa larga noche, Edimburgo había perdido su encanto. El ánimo burbujeante con el que había llegado Charles había ido disminuyendo día a día, y la noche anterior se había llevado lo poco que le quedaba. Sin el sostén de la esperanza y la excitación —del romance se sentía cansado y miserable, y sobre todo estúpido—. Se veía desde afuera un hombre maduro enamorado de una chica joven, convencido de que ella podía detener el paso del tiempo. Era como un personaje cómico de una comedia barata, un viejo idiota, sin duda con algún nombre alusivo y poco sutil. Cuanto más pensaba en las fantasías que había construido sobre él y Anna, más deprimido se sentía. Su contrato de alquiler se había convertido de la noche a la mañana en una orden de desalojo.
Más o menos a las 09:00 llamó a Frances. Se convenció a sí mismo de que llamaba tan temprano para pescarla antes de que se fuera al concierto de Mahler de las 11:00 y no porque en su lastimero corazón necesitara algo de comprensión.
Decidieron encontrarse a la hora de cenar como si se tratara de una cita común y corriente, pero ella intuyó que había pasado algo y Charles cortó
abruptamente para detener la corriente de conmiseración que fluía por el teléfono. Todavía no estaba dispuesto a soportarla.
Y aún faltaba Gerald. A su edad Charles no quería perder un amigo a causa de una maldita mujer. Fue hasta el North British al tardío desayuno del abogado.
Gerald apareció en la recepción secándose la boca, con la cara arrebatada.
—Hola, vine a darte las gracias por lo de anoche.
—Ah… umm… no fue… nada. Espero haber obtenido la información que necesitabas.
—Sí, eso me probó que estaba en el camino equivocado.
—Bueno, lo siento.
—En cierto sentido fue un alivio.
Gerald lo miró en silencio, algo inseguro, como si esperara recibir un golpe en la nariz.
—Mira, viejo, sobre lo… umm… demás…
—Ya está olvidado.
—Me alegro. Pero ya sabes, es el tipo de cosa que… umm… no era más que una broma, pero es el tipo de cosa… me refiero a que la chica se estaba ofreciendo…
—Ya sé.
—Sí. Pero… no es como para bromear… es decir, si tú llegas a estar en casa… con nosotros. Kate tiene… un sentido del humor muy limitado en algunas cosas.
—Nunca lo mencionaré.
—Gracias —el alivio fluyó en el interior de Gerald—. ¿Quieres tomar un café?
Cuando estuvieron sentados delante de sus tazas, el abogado comenzó a hacer preguntas sobre el caso.
—Es poco lo que sé —contestó Challes—. Estaba casi seguro de que Anna era la culpable.
—Dios mío. Yo creí que lo único que querías era información.
—¿Si no, no hubieras estado tan ansioso de arrastrarla a tu cama?
—¡Charles! Dijiste que no lo mencionarías.
—Disculpa.
—¿Y ahora quién es el próximo sospechoso? ¿A quién vas a dedicarte ahora?
—Oh, no me interesa. No puedo pensar más allá de Anna. Estoy confundido. Y de todas maneras mi última actuación es mañana. Lo único que quiero es irme de Edimburgo.
—Pero ¿y el caso?
—Ni siquiera sé si es un caso. Suponte que Willy Mariello haya muerto por accidente… Eso es lo que piensa todo el mundo. ¿Por qué no pueden estar en lo cierto?
—Pero Charles, tu instinto…
—Al demonio con mi instinto. Y aun si no fuera un accidente, ¿a quién le importa? Nadie guardó luto por Willy. Un sinvergüenza menos, ¿qué importa si fue asesinado? No es asunto mío.
—No tienes que tomar esa actitud.
—¿Por qué no? —contestó—. Soy un actor, no un detective. Si fuera un detective ya me hubieran despedido hace mucho por incompetente. Hay cosas que uno puede hacer y otras que no. Es cuestión de reconocerlo antes de hacer el papel de tonto. Y he comprobado que tengo tantas aptitudes para ser un detective como un eunuco para cometer una violación.
—¿Así que no piensas seguir con el caso?
—No.
—Um. Entonces tomaré un avión de vuelta.
—Bueno, gracias por tu ayuda.
—De nada.
—Te veré en Londres, Gerald.
—Si cambias de idea y sigues investigando, no me dejes sin noticias.
—De acuerdo. Suerte —Charles se arrastró fuera del hotel.
Al parecer su función de Tantos chistes, tanta sangre fue bastante buena y la concurrencia ascendía a ciento veinte personas; pero a él no le importó mucho. En lo único que pensaba era en su partida de Edimburgo lo más rápido posible.
Tenía que arreglar algunos cabos sueltos profesionales. Y eso significaba una visita a Brian Cassells en Coates Gardens. Charles esperaba
que el elenco de María estuviera ensayando en el auditorio; no tenía ganas de encontrarse con Anna Duncan. Nunca más.
Sus esperanzas fueron respondidas desde lo alto. La casa estaba sumida en un silencio poco común. El gerente se encontraba en su oficina pegando Letraset como de costumbre.
—Pensé que necesitaríamos inflar un poco a ¿Ahora Quién? Se estrena el lunes en su horario del almuerzo. Tenemos que mantenernos al frente en este jueguito de la publicidad o nadie se entera de qué obra están dando.
—No, es verdad —replicó Charles sordamente, pensando en la publicidad de su espectáculo.
Pero no valía la pena gastar su ironía en Brian.
—He cambiado «Una nueva obra perturbadora» por «Una macabra y sangrienta muestra de violencia por Martin Warburton». Lástima que no puedo agregar… «en donde sucumbió acuchillado Willy Mariello». Eso sí que atraería a la gente. De todas maneras la policía todavía debe estar investigando, así que a lo mejor obtenemos un poco más de publicidad.
Charles miró la cara del gerente para ver si encontraba allí algún rastro de humor, pero no pudo hallarlo.
—«Sucumbir acuchillado» implica un acto volitivo, como un asesinato, Brian. No pega con un accidente.
Era una velada tentativa de saber si un miembro común del grupo universitario abrigaba alguna sospecha sobre la muerte de Willy. Pero, al parecer, no era así.
—Eso es pura semántica. No hay que pensar tanto en el significado de las palabras sino en el impacto que pueden producir.
—Umm. ¿Piensa dedicarse a la publicidad?
—Puede ser, si no me sale el trabajo que estoy buscando.
—Creo que sería muy bueno.
—Gracias —otra vez sin darse cuenta de que este comentario podía tomarse de dos maneras.
—En realidad quería hablar de dinero.
Quedaron de acuerdo en que Brian le mandaría un cheque a Londres para cuando el miserable cincuenta por ciento de la miserable recaudación estuviera listo. Charles no esperaba mucho; hasta podía llegar a la cifra
exacta basándose en la simple aritmética; pero prefería no hacerlo. Siempre quedaba abierta la posibilidad de una agradable sorpresa.
Pero ya sabía que su ganancia no alcanzaría a cubrir los gastos. Le dolía pensar en la cantidad de suculentas comidas con Anna que iban a figurar en esos gastos. El clásico estúpido, el imbécil vejete cariñoso… sintió una oleada de disgusto consigo mismo.
Comprendió que necesitaba dinero con urgencia. A lo mejor terminaba pronto la huelga de la B. B. C. y obtenía ese papel en las series de televisión. Era la primera vez desde su llegada que pensaba en algo que no fuera Edimburgo. Una frase resonó en su mente. «Hay un mundo en otra parte». ¿Era Shakespeare? No se acordaba. Pero la sensación era melancólica y tranquilizante.
Esperaba alejarse de Coates Gardens sin ver a James Milne, pero se equivocó. Así que se encontró ante la desagradable perspectiva de decirle al doctor Watson que había abandonado la investigación.
—¿Alguna novedad? —susurró el Lord con entusiasmo cuando se encontraron en el hall. Volvió su cabeza canosa de derecha a izquierda con cuidadosa precaución ante la presencia de posibles espías. Charles estaba cansado de los entusiastas detectives aficionados. Gerald con su estúpida manera de hablar. James Milne con sus melodramáticos susurros.
—No, no mucho —trató sin éxito de hacerlo sonar como si el tema estuviera agotado.
—¿No ha vuelto a seguir a Martin?
—No… no —nunca le había mencionado a Anna y no veía la necesidad de hacerlo en ese momento, cuando el rol del doctor Watson se estaba volviendo inútil.
—Pero en este par de días debe haber seguido alguna línea de investigación.
—Sí, pero no… no tengo ganas de hablar de ello.
—¿Algo personal?
—Sí, descubrí que está mezclado alguien a quien conozco bien y… —
Esperaba que con eso la conversación se desviara. Seguramente la educación a la antigua del Lord respetaría la discreción de un hombre sobre sus asuntos privados. En fin, cuando hay una dama en baile…
Pero la curiosidad de James Milne superaba su caballerosidad.
—¿Y adónde lo llevan esas sospechas? —preguntó muy intrigado.
—A ninguna parte. Bueno, llevarán adonde tengan que llegar. No vale la pena seguir. Solo quiero olvidarme del caso.
El Lord lo miró con aire interrogativo.
—Pero antes estaba tan interesado… Me refiero a que fue idea suya. Y
ahora me quiere convencer de que no pasa nada. No puede abandonarlo así, sin más.
—Sí puedo. Ya lo he hecho.
—¿Pero no cree que deberíamos investigar un poco más a Martin, sus movimientos, su comportamiento?
—Lo siento. He perdido el interés.
—Oh. ¿Se va mañana?
—Sí.
—Bien, será mejor que le devuelva su Hood —James Milne ignoró las protestas de Charles, buscó el libro y se lo entregó.
—¿Le gustó? —Charles se aferró a esa entrevista posibilidad de alejarse del tema del crimen aunque cayese en el área impersonal de la crítica literaria.
—Sí —fue la seca respuesta.
—Hood tiene una sorprendente sensibilidad para las palabras.
—Sí.
—Se discute mucho sobre si lo suyo es nada más que un don al servicio del humor. A veces un juego de palabras o un chiste refuerza una afirmación seria. Piense en algunas líneas de estos poemas.
—Oh, sí —el Lord mostró un poco más de interés en el tema.
Charles aprovechó su ventaja.
—Y algunos de los poemas serios tampoco son malos. ¿Leyó El Ruego de las Hadas del Verano?
—Sí. Me hizo pensar en un Keats menor.
—Exacto. Pero La canción de la camisa está muy bien, aunque sea un poco repetitiva y el Puente de los Suspiros es bastante emotivo. ¿No leyó El sueño de Eugene Aram?
—No —replicó el Lord—. Nunca lo oí nombrar. —Y volvió a caer en la melancolía. Charles se sintió como un grosero por haber abandonado el caso. Tenía que suavizar el golpe de su partida.
—¿Por qué no nos juntamos mañana a la mañana a tomar una copa? En el bar de al lado del auditorio Masón. ¿Le parece bien a las 11:00? Antes de mi última función. ¿De acuerdo?
El Lord asintió, pero parecía muy alicaído y Charles tuvo la sensación de que se había comportado mal con ese hombre.
La cena con Frances fue refrescante porque al revés de Gerald Venables y James Milne, ella no lo alentó a seguir su trabajo de detective. En realidad cuando él le contó un resumen de sus investigaciones, Frances lo desalentó.
Desde su punto de vista el asesinato era un asunto muy desagradable y cuando sucedía a pesar de todo, lo mejor era dejarlo en manos de la policía y no en la de aficionados sin experiencia. Podía ser muy peligroso. A pesar de estar separados, Frances conservaba por su marido un protector instinto maternal. En general este hecho se manifestaba en forma de medias abrigadas y camisas de Mark & Spencer en cada cumpleaños y Navidad.
Cenaron en el Henderseon Salad Bar, un lugar menos elegante que los que había frecuentado con Anna, pero con excelente comida y precios más accesibles. Charles comenzó a relajarse, y al hacerlo todo el cansancio del día se apoderó de él. Estuvo a punto de quedarse dormido sobre su guiso de lentejas. Frances estiró su mano y tomó la de él.
—Estás agotado.
—Mmm.
—Te has estado excediendo.
—Supongo.
—Volvamos temprano.
—Buena idea.
—Yo también estoy bastante cansada. Esas dos chicas me hicieron bailar mucho. Pero por suerte mañana toman el tren de vuelta. Me parece mentira. Creo que me quedaré un tiempo sola en Escocia.
—¿No tienes que escoltarlas hasta su casa?
—No. Una vez que deposite a esos dos monstruos en el tren ya no tendré nada que ver con ellas.
Charles sonrió ante el incipiente alivio de su voz.
—¿Y te tomarás unos días de vacaciones?
—Sí, qué maravilla. Antes de que empiecen las clases —dudó—. No sé si…
—¿Qué?
—No sé si deseas tomarte unos días de vacaciones. Si pudiéramos hacer una reserva en algún lado…
Era raro verla ruborizarse. Ruborizarse por hacerle proposiciones a su propio marido. Al acariciarla rozó la cicatriz familiar que se había hecho Frances en el pulgar con el cuchillo de la cocina. Cuando contestó, lo hizo con los párpados cargados de sueño.
—He oído cosas peores.
Antes de la función del sábado el bar parecía un salón de fiestas. Un montón de miembros del grupo que nunca habían saludado a Charles, se sentían en la obligación de despedirlo, y si, por ventura, el espectáculo había dejado algo de dinero, este se estaba yendo en anticipos para poder pagar las copas de toda esa gente que ni conocía.
Pero a Charles no le importaba. Una noche de sueño había obrado maravillas y el alcohol y la compañía habían logrado que solo ocasionalmente sintiera una punzada de dolor por Anna, o que por su mente cruzara algún pensamiento sobre la muerte de Willy, Le tomaría tiempo recobrarse de esas dos obsesiones, pero no era algo imposible.
Frances también estaba allí, celebrando la partida del tren en dirección a Kings Cross. Por un increíble golpe de suerte habían logrado armar sus vacaciones. Stella Galpin-Lord estaba en la fiesta y para justificar su consumo de vodka y Campan acababa de conseguirles una reserva en el hotel Clachemmore en Loch Fyne. En realidad la reserva era para ella, pero el amigo actor que iba a acompañarla esa semana había conseguido un papel en una película y tuvo que cancelar su viajecito. Su presencia en el bar estaba justificada por su necesidad de un trago consolador después de la desilusión. Pero su desgracia fue la suerte de Charles y Frances. Un llamado
arregló el cambio de reservas y Charles se sintió tan excitado por la velocidad con que había sucedido todo que no tuvo tiempo de preguntarse si era muy acertado ir de vacaciones con su exmujer.
Sentía afecto por toda la gente de Derby y en ese momento en que su partida era inminente, hasta se permitió sentir pena porque todo terminara.
Sam Wasserman hablaba con entusiasmo (y sin duda alegóricamente) con Pam Northcliffe. Ella le daba la espalda a Charles, pero este podía imaginar el velo de aburrimiento que cubría poco a poco sus ojos. Frances trataba de sostener una conversación con el hombre de la iluminación, Enchufe, que tenía que ocuparse de las luces de ¿Ahora Quién? pero prefería aprovechar un trago gratis. Martin Warburton gesticulaba con aire salvaje mientras exponía una de sus teorías a Stella Galpin-Lord. Todos parecían animados y alegres menos James Milne, sentado un poco aparte con su vaso de cerveza.
Como el Lord era la primera persona a la que Charles había invitado, se sentía en la obligación de hacerle compañía y se sentó a su mesa.
—¿De veras piensa abandonar la investigación, Charles?
Se sintió molesto de tener que enfrentar los ojos del hombre mayor.
—Sí.
—Estoy seguro de que no deberíamos hacerlo. Si vuelve a ocurrir algo nos sentiremos muy mal.
—¿Qué otra cosa puede pasar?
—Otro crimen.
—¿Por qué?
—No sé. No es más que… —el Lord se inclinó y bajó la voz—. Estoy convencido de que hay algo raro en el comportamiento de Martin.
Tendríamos que investigar un poco más. No podemos dejarlo así como así.
Era perturbador. En el fondo, Charles estaba de acuerdo, pero había logrado alejarlo tanto que casi no le molestaba. Tendría que hacerle alguna concesión a su conciencia.
—¿Se refiere al departamento de la calle Nicholson?
—Algo así, Charles.
—También está lo de Holyrood —de pronto tuvo una inspiración—.
Iremos allí esta tarde —el Lord pareció aliviado porque todo se ponía en movimiento nuevamente y Charles, por su parte, sintió que era una
alternativa satisfactoria. Daba la ilusión de que estaba interesado y era una manera agradable de pasar la tarde. Una visita al famoso palacio de Edimburgo sería una despedida apropiada.
—¿Otro trago? —la voz se escuchó aguda detrás de Charles. Al darse vuelta vio a Martin Warburton sosteniendo un par de vasos vacíos—. Voy por otra vuelta.
Charles miró su reloj.
—Será mejor que no. Si bebo una copa más voy a necesitar ir al baño en medio de la función.
James Milne también se rehusó con cortesía, pero Martin no se alejó enseguida. Se quedó inmóvil un instante y dijo casi para sí mismo:
«Holyrood».
—Sí —dijo Charles— esta tarde vamos allí. ¿Ha ido alguna vez?
—No —replicó Martin inocentemente—. Nunca.
La última función de Tantos chistes, tanta sangre anduvo muy bien y justificó el entusiasmo del Glasgow Herald. Tal vez el mayor mérito provino de la elocuencia etílica de su protagonista respaldado por un auditorio más que alegre debido a los presumibles efectos del alcohol. Al terminar la función Charles fue atacado por el melancólico sentimiento que sigue a toda última función, matizado por una súbita urgencia de beber algo de inmediato al saber que los bares cerraban a las 14:30.
Un par de copas más y se despidió del grupo en medio de una nube de indescriptible compañerismo. Frances había salido de compras por Edimburgo en busca de un par de botas de goma que, según aseguró a Charles, eran esenciales si pensaba estar unos días en la costa oeste de Escocia. Mientras James Milne lo esperaba afuera del auditorio, Charles se dirigió al camarín a recoger sus pertenencias.
Ya estaban preparando el escenario para el ensayo de luces de ¿Ahora Quién? y Martin Warburton estaba conferenciando con Enchufe. Charles tomó el bolso que había dejado allí.
—¿Están aquí todas las diapositivas, Enchufe?
—Sí, jefe.
—Adiós, entonces.
—Adiós.
Charles acomodó alegremente el bolso sobre su hombro.
—Adiós, Charles París —musitó ausente Martin Warburton.
El guía del palacio de Holyrood era un caballero jovial con gorra verde, saco verde y pantalones escoceses. A su buen humor no le hacía mella el esfuerzo de tener que mostrar el viejo edificio diez veces por día (o más en época del festival) a una mezcolanza de turistas internacionales, pero sus chistes tenían a veces un aire prefabricado.
Charles dejó que todo fluyera agradablemente. Confiaba en que los efectos del alcohol le durarían hasta que los bares volvieran a abrir a las 17:00. Después de la tensión de los últimos días se merecía una noche sin problemas.
Mientras tanto las informaciones sobre la historia y el arte de Escocia seguían brotando del guía; «Carlos II reconstruyó el palacio… Jorge IV
quería que lo retrataran vistiendo un kilt… se puede reconocer un mueble tallado por Grinling Gibbons por su firma, cinco arvejas en su vaina… la reina da fiestas en estos jardines… el clavicordio de Johann Rucker de Antwerp, todavía funciona a la perfección… los retratos de reyes ficticios son obra de Jacob de Wet».
Cada tanto el Lord sacaba a Charles de su ensoñación con un susurro.
—¿Le parece que eso puede significar algo?
—¿Qué?
—El tapiz del siglo dieciséis sobre la Batalla de los Centauros.
—¿Por qué?
—Bueno, ¿es violento, no? Y Martin está muy obsesionado por la violencia.
Charles fingía interés por un momento y luego su mente volvía a dormitar. Con la lucidez que da el alcohol, comprendía que, en lo que a él tocaba, ese caso de Mariello había terminado. El alivio que le daba esa decisión hacía que pudiera mirarlo con objetividad. Veía el largo sendero de sus sospechas erradas enroscándose a lo lejos, como una farsa, y se veía a sí mismo como el protagonista que sobreactuaba, abriendo siempre la puerta equivocada después que los ladrones se hubieran ido, cuando la chica linda
ya se había puesto la ropa, o los pantalones del vicario habían desaparecido para siempre.
Y sin la presión de estar obligado a pensar en ello, una nueva lógica invadió el caso. Primero, que lo más probable era que la muerte de Willy Mariello fuera accidental. Y de no haber sido así la única persona que había tratado con él era James Milne, que le había vendido la casa. A lo mejor allí existía algún motivo, tal vez (tomando en cuenta la insinuación de Michael Vanderzee), entre Willy y el Lord había habido alguna liaison homosexual.
Tal vez, tal vez. Los motivos y las sospechas tenían la fascinación de las palabras cruzadas. Tal vez algún día alguien hiciera el esfuerzo de descubrir lo que había pasado. Algún policía. Pero no Charles Paris. El trabajo de detective era tan lento y poco satisfactorio como leer a Dickens en busca de partes puercas. No era para él. Siguió al guía aún envuelto en su nube de alcohol.
Las partes más viejas del castillo, situadas en la torre de Jaime IV, se dejaban siempre para el final. Eran los departamentos de María, reina de Escocia, y su marido, Lord Darnley, y era imposible entrar a ellos sin sentir emoción.
El dormitorio de Darnley estaba abajo y había una pequeña escalera que llevaba a los aposentos de la reina. La puerta de al lado pertenecía a la habitación donde había sido asesinado David Rizzio, su secretario, músico y acompañante italiano, por Darnley, Patrick Ruthven y otros nobles descontentos. En su cuerpo se habían hallado entre cincuenta y sesenta puñaladas.
—Y aquí —culminó el guía con dramatismo— está el lugar exacto en el que sucedió —y girando con rapidez echó mano al remanido chiste—. No vale la pena buscar manchas de sangre. No hay más que una placa de bronce, el piso es nuevo. Pero todo lo demás está tal cual.
—¿Todo? —preguntó Charles haciéndose el gracioso—. ¿Es el mismo reloj?
—¿Qué reloj? —preguntó el guía, confundido por primera vez.
—Pues, el reloj… —Charles recorrió la habitación con la vista. No había ningún reloj—. ¿Entonces qué es ese tic-tac?
Miró despacio su bolso, lo apoyó en el piso y lo abrió con sumo cuidado. Los turistas lo miraban fascinados.
No había dudas. En los diarios aparecían suficientes fotos de Irlanda del Norte como para no reconocer ese desprolijo artefacto casero hecho con el cuadrante de un reloj y alambres.
También lo reconoció el resto de la concurrencia. A pesar del pánico y los gritos que siguieron a la precipitada huida de los turistas por la angosta escalera, alcanzó a oír la voz del Lord, agudizada por el miedo.
—¡Una bomba! ¡Pudo habernos matado! ¡Una bomba!
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