Tanta sangre

Simon Brett · Capítulo 5 de 16

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Tanta sangre

Capítulo cinco

¡Qué afortunado es el corazón que tiene un amigo cuyo oído atento se presta a recibir

esas penas demasiado grandes para soportar solo!, porque, como la cerveza cuando ha perdido su espuma vuelve a recuperar su cabeza burbujeante, así también la tristeza se vuelve alegría al ser volcada de un recipiente a otro.

La Señorita Kílmansegg y su Valiosa Pierna

DESDE LOS tiempos bíblicos han sido reconocidas las propiedades restauradoras de un joven cuerpo de mujer, y Charles se sintió mejor después de otra noche con Anna. Era sorprendente cómo lo afectaba. Era tierna y efectiva en la cama, pero eso no era todo. Había algo en la sinceridad de sus respuestas. Ninguna promesa de amor extravagante, ninguna pregunta sobre el futuro, sino la aceptación de que lo que estaba pasando era bueno. La mayoría de la gente revela sus debilidades en una relación íntima y se ama en su fracaso. Pero cuanto más se acercaba Charles a Anna, más completa e integrada le parecía. Y lo hacía sentir así a él también. No eran dos almas perdidas buscando apoyo desesperadamente, sino dos personas independientes que se complementaban.

El reloj los despertó a las 9:00. Chales acarició las caderas y besó la piel elástica de los pechos de Anna que sonrió beatíficamente.

—Tengo que levantarme.

—Es sábado.

—Para nosotros no hay fin de semana. La revista se estrena el lunes.

Tenemos ensayo con los técnicos a las 10:00.

—Sí, la función debe continuar.

Anna se levantó y Charles curvó su cuerpo hacia arriba sobre codos y rodillas. Ella se detuvo en la puerta del baño y volvió a sonreír.

—Pareces un perro al que le han quitado el hueso.

—Sí, la verdad es que me hubiera gustado un poco más de carne. ¿No es eso lo que prolonga la vida afectiva?

—No necesitas preocuparte por eso —cerró la puerta del baño.

Charles sonrió satisfecho y habló por sobre el ruido del agua que corría.

—Oye, yo también tengo que ensayar bastante. ¿Puedo usar tu departamento? En Coates Gardens es muy difícil encontrar un lugar tranquilo.

Oyó tras el gorgoteo del baño un grito de aprobación.

—¿Cómo son los técnicos, Anna? Toda esa gente de luz y sonido… —

Ella respondió que eran buenos y que había un buen curso en el Departamento de Teatro—. Espero que sea así. Lo único que me conceden es unas pocas horas de ensayo en el auditorio… domingo y lunes por la mañana.

La puerta del baño se abrió y Anna apareció desnuda y con el pelo húmedo.

—Pobrecito… eso no es justo, ¿no? —y atravesó el cuarto en busca de su ropa que estaba en la silla.

Charles la agarró de un tobillo y Anna se cayó cobre la cama.

—Tengo que ir a ensayar, Charles.

—Ensaya y serás una gran estrella.

—Sí que lo seré.

—Pero hasta las estrellas disponen de cinco minutos.

El ensayo también funcionó. Con un lugar donde poder trabajar a solas, Charles podía concentrarse y desarrollar las sutilezas de su trabajo. Estaba muy bien organizado. Primero un repaso completo y posteriormente análisis línea por línea de lo que había ido mal. Una vez realizadas las mejoras en algunos puntos, nueva lectura en tono general monótono. Un trabajo más detallado y al final un resultado del que no se avergonzaría ante Ja

audiencia. «Hay muchas cosas buenas en el festival de Edimburgo, pero la mejor es Tantos chistes, Tanta sangre con Charles París». Qué tontería que a pesar de su experiencia y cinismo dejara todavía volar su mente buscando que las fantasías del éxito lo llenaran de una deliciosa excitación.

Al salir después del ensayo comprobó que los bares estaban cerrados y se sintió virtuoso. Lo que necesitaba era una caminata a buen paso. Entró en un café, compró un par de bollos con jamón, y comenzó a trepar hacia el castillo.

La explanada estaba cubierta de asientos listos para la banda militar. La cabeza de una estatua y la punta de un obelisco aparecían por sobre las disciplinadas filas cubiertas por una absurda lona verde. El castillo seguía siendo impresionante a sus ojos mientras subía por la suave pendiente hasta la verja donde estaba el escudo heráldico. « Nemo me impune lacessit». La traducción le vino a la mente con el acento de un malviviente de Glasgow…

«Nadie me provoca y se sale con la suya».

Era como un peregrinaje; cada vez que iba a Edimburgo tenía que ir al castillo, trepar a Mons Meg, tal vez echar una mirada a la capilla de St. Margaret. Y al llegar allí apoyarse en las murallas y contemplar la ciudad allí abajo, con sus grises mezclándose a los verdes distantes que se perdían en el reflejo de Firth o Forth.

Era un día claro, luminoso, tenía una chica preciosa y estaba seguro de su show. Sin embargo…

Sin embargo se sentía intranquilo por el asesinato de Willy Mariello.

Cada vez que trataba de alejarlo de su mente volvía a ver el miedo en esos ojos marrones y sabía que los placeres que le proporcionaba Edimburgo solo podían alejar su intranquilidad por un tiempo. No tendría paz hasta no saber la verdad.

Lo que había descubierto hasta ese momento no era mucho. Todavía existían esos cuarenta sospechosos que podían haber cambiado el cuchillo.

De todos ellos dos habían tenido mayores oportunidades de orquestar el asesinato; Martin Warburton y Pam Northcliffe. Martin había dado el golpe fatal y era un tipo de carácter inestable con una extraña obsesión por la violencia. Pero era demasiado obvio, y Charles entendía, hasta sentía una

cierta afinidad con la mente atormentada del joven. No podía pensar que fuera un asesino.

Lo mismo se aplicaba a Pam Northcliffe. Sin embargo ella había fabricado el arma del crimen y en su comportamiento también había algunas cosas extrañas, Tenía la fuerte sospecha de que era la autora de la rotura del afiche. Los pedazos que había encontrado pertenecían a una bolsa llena de recortes de papel crêpe que Pam usaba para sus trabajos de utilería.

Nadie se lo había dicho, pero estaba bastante seguro de que esa chica escondía algo.

Pero no un asesinato. ¿Por qué no? Porque a Charles Paris le gustaba esa chica. Y también a Martin. Era un juicio subjetivo, emocional, imposible. Tenía el típico prejuicio burgués de que los asesinos siempre son gente desagradable. Cuando en realidad son gente agradable, común, que se mete en situaciones extremas para las cuales no encuentra otra salida.

Otra vez deseaba con desesperación hablar con alguien de sus sospechas. Alguien frío y objetivo. No Anna. Ella pertenecía al grupo de los estudiantes y además no quería que el asesinato se entrometiera en su relación. Pero siempre estaba Gerald.

Gerald Venables era un abogado con una atracción casi infantil por los aspectos románticos de una investigación. Charles ya había recurrido a él a principios de año para que lo ayudara en el caso de Marius Steen, y cuando ese misterio fue resuelto, Gerald insistió en ser incluido en cualquier aventura futura de investigación criminal. Esta parecía su oportunidad.

—Hola, Gerald.

—¿Quién habla? ¿Charles?

—Sí. Creo que tengo otro caso.

—¿De veras? —la voz de Gerald sonaba excitada—. ¿Dónde?

—En Edimburgo. Te costará caro.

—No te preocupes, tengo un montón de clientes escoceses. Pondré los gastos en algunas de sus cuentas. ¿De qué se trata?

—Asesinato.

—Fantástico. ¿Aguantará?

—¿Cómo?

—Si aguantará unos días. Tengo que ir a Cannes con un cliente este fin de semana.

—¿Por trabajo?

—Pues lo pondré en su cuenta, pero no pienso hacer nada.

—¿Cuándo vuelves?

—Tal vez el miércoles.

—¡Qué fin de semana!

—Es una lástima tener que apurarlo.

—Umm… —el miércoles parecía tan lejos. Charles necesitaba hablar con alguien en ese momento.

—Y el próximo fin de semana —continuó Gerald— llevo a la familia a nuestra casa de Córcega por un mes.

—¿Nada más que un mes?

—Sí, después tengo que volver a trabajar —respondió Gerald con tono piadoso, sin pescar el sarcasmo.

—¿Así que solo estarías un par de días de la semana próxima?

—Tal vez. Para ese entonces el caso no estará resuelto, ¿no?

—No, no creo —la depresión se apoderó de Charles al pensar en que era muy probable que fuera así—. Si todavía queda algo por investigar te llamaré cuando vuelvas. Está bien. De acuerdo. Buen fin de semana.

Era inútil decirle a Gerald que no tenía sentido que viniera por dos días.

En fin, otra buena idea que se iba.

—Ah, es usted, Charles —James Milne estaba parado al pie de la escalera—. Estaba pensando en quién estaría usando el teléfono. Es una extensión del mío. Pronto lo van a desconectar y estaba metido en un armario para que nadie lo usara.

—Lo siento. Estaba en el piso cuando entré.

—No se preocupe. Alguno de los de Derby lo debe haber encontrado.

¿Cómo anda Thomas Hood?

—Perfectamente.

—Bien, bien —el Lord estaba parado con un pie en el escalón, como un grabado antiguo. Su figura robusta vestía un traje de tweed color bizcocho y un saco de Norfolk—. ¿No quiere tomar una taza de té?

La cara de Charles se distendió en una amplia sonrisa.

—Doctor Watson.

—¿Cómo?

Mientras tomaba una taza de té Earl Grey y saboreaba una galletita bañada en chocolate, Charles le contó al Lord sus sospechas y los magros progresos de su investigación.

James Milne lo miró en silencio.

—Qué idea extraordinaria. ¿Qué es lo que quiere que haga? ¿Que trepe a los techos con armas de fuego en busca de villanos barbudos? No creo que sea mi estilo. A veces trataba de cazar merodeadores en la propiedad de mi madre en Glengloan, pero no soy lo que se dice un detective.

—Mire, lo único que quiero es que aplique su mente al problema.

Quiero escuchar lo que opina. Conoce a la mayoría de la gente que está envuelta en ese asunto y ya sabe, dos cabezas son mejores que una. Yo solo no llegaré a nada y mis sospechas andan dando vueltas en círculo… Quiero que sea como una caja de resonancia para mis ideas.

—Umm, creo que una mesa de tres patas para conectarnos con Willy Mariello sería más útil.

—Tal vez tenga razón. ¿Cuál es su respuesta?

—Bien, Charles, estoy dispuesto a ayudarlo en lo que usted considere necesario, pero debo decirle desde ahora que no comparto su opinión de que se ha cometido un crimen. Por lo que he oído me parece más un desafortunado accidente. ¿Por qué está tan seguro de que fue un asesinato?

Charles tuvo que caer otra vez en su débil «Instinto».

—«El instinto es una gran cosa, yo fui cobarde por instinto». Umm. Mi viejo Falstaff. Instinto. ¿La policía comparte su instinto?

—No creo que lo hagan.

—¿No creen entonces que haya sido un asesinato?

—No, aunque no lo sabremos hasta que no hayan terminado su investigación.

—Umm. Bien.

—¿Por qué bien?

—Pues, porque cuando nuestras investigaciones lleguen a su dramático desenlace, estaremos seguros de que el Inspector Piesplanos del Yard no nos va a pelear la delantera.

—¿Eso significa que está de acuerdo conmigo?

—Sí, seré su caja de resonancia. Puede llegar a ser divertido.

—Bien. Gracias.

El Lord recordó entonces sus días de profesor.

—¿Ha tomado notas del caso?

—No.

—Bueno, creo que debería —Charles contempló con sorpresa cómo su doctor Watson empezaba a organizarlo todo—. Papel, lapicera, un lápiz HB

bien afilado. Y columnas. Una con el encabezamiento de «Sospechosos» y otra, «Motivos de sospecha». ¿Qué tenemos?

—Acabamos de verlo.

—No nos hará daño repasarlo. No hay nada tan efectivo para estimular la memoria y las asociaciones como anotar las cosas.

Charles se sintió de vuelta en primer grado. (Y por el estado en que se hallaban sus investigaciones, se imaginó en el rincón con un gran gorro de

«Burro» en la cabeza). Pero le hizo caso a su nuevo socio e hicieron la lista.

No tardaron mucho. La columna de «Motivos de sospecha» no era muy convincente.

—En un cierto sentido —exclamó Charles— estamos empezando por el lado equivocado. Anotamos por qué sospechamos de cada uno mientras que deberíamos pensar desde su punto de vista, qué razones podía tener para asesinar a Willy.

—¿Así la lista sería más completa?

Charles tuvo que admitir que no.

—Lo que tenemos que hacer es descubrir quién estaba relacionado con Willy… ya fuera contacto emocional, artístico o financiero. Hasta ahora parece que el único tipo de Derby al que conocía bien es a un tal Sam Wasserman, que en este momento está recorriendo Europa.

—¿Esa es la única persona con la que puede conectar a Willy?

—Menos su mujer. Pero no puedo contarla porque no tiene nada que ver con el grupo. A menos que tenga hn cómplice en Derby… Una amante tal vez o… —la falta de convicción en lo que estaba diciendo lo frenó—. No.

—¿Es la única persona de aquí con la que se le ocurre que puede tener contacto?

—Sí.

—Charles, Charles —el Lord sacudió la cabeza con compasión—. Hay alguien del que se ha olvidado.

—¿Sí?

—Sí. Y tiene toda la información necesaria para saber de quién se trata

—lo miró para ver cómo reaccionaba y repitió—. Yo sé que la tiene.

De golpe Charles comprendió lo que quería decir.

—Por Dios. Sí. Usted. La casa.

—Exacto. Hay una relación financiera directa entre Willy Mariello y Yo. Compró mi casa. Creo que tengo que ponerme en su lista de sospechosos.

—Que tontería, Si usted fuera el asesino no me hubiera llamado la atención sobre su conexión con la víctima.

—Ay, Charles, puedo parecer una flor inocente, pero ser la serpiente que está debajo. No tiene que dejar de lado ninguna posibilidad. Ya puse mi nombre. Una declaración de intereses, como los liberales le siguen pidiendo al primer ministro. ¿Y usted?

—¿Yo?

—Su declaración de intereses. ¿Tenía algún motivo para asesinar a Willy Mariello?

Charles se rio.

—No, que yo sepa.

—Bien. Ahora sabemos dónde estamos parados —James Milne sonrió.

Su seriedad lo había abandonado y parecía dispuesto a disfrutar del juego de detectives—. ¿Y qué me dice de los otros cuarenta?

—De veras, ¿qué? En teoría tendría que hablar con todos y descubrir si alguno conocía bien a Willy. Y también lo que hizo el fin de semana anterior a su muerte.

—Sí. ¿Y cuánto tiempo tiene para completar esta importante investigación?

—Mi espectáculo termina dentro de una semana.

—Umm. Temo que la falta de tiempo nos haga fracasar.

—Pues espero que no.

—Yo también. Pero tal vez tenga menos esperanza que usted, Charles.

—¿Por qué?

—Porque todavía no estoy convencido de que sea un caso de asesinato.

Lo acompañaré en el viaje, pero no estoy seguro de la existencia de una meta.

El Lord iba a comer con unos amigos, así que Charles se despidió a eso de las 19:00. No estaba más cerca de la solución del crimen, pero al menos tenía un aliado. Y la mente ordenada de James Milne podía ser un complemento útil para sus caóticos métodos.

Al llegar al descanso del primer piso se detuvo. El piano había abandonado su repetición habitual y estaba tocando una canción. Una chica cantaba. No podía escuchar la letra, pero sí la pureza de esa voz un poco ronca. Anna. Sintió fuertes deseos de entrar a la habitación con cualquier pretexto solo para verla. Pero no. Habían quedado en mantener su relación en secreto. A Charles no lo seducía en lo más mínimo la idea de soportar los chismes y bromas de cuarenta estudiantes.

No. Todavía tenía la llave del departamento. Iría allí a esperarla y continuar su cura de rejuvenecimiento más tarde.

En el piso de abajo la única señal de presencia humana era un par de medias viejas, hediendo como un gas malsano en el dormitorio. Charles estaba a punto de ir en busca de un bar para pasar el tiempo cuando sintió un ruido que provenía del sótano. Bajó las escaleras hacia la claridad del living.

Michael Vanderzee estaba despatarrado en el sofá con un vaso en una mano y media botella de whisky en la otra. Observó entre nubes la llegada de Charles.

—No sabía que hubiera alguien en la casa. Creí que todos habían volado.

—Estaba tomando una copa con el Lord.

—Ah, ese viejo marica —exclamó Michael sin mucha gracia.

Charles no se molestó en discutir el insulto gratuito, pero al pensarlo le pareció inadecuado. Nunca había pensado en las tendencias sexuales de James Milne, pero ahora que lo hacía, neutro le parecía la mejor definición.

Sin embargo Michael no estaba tratando de ahuyentar a Charles. Al contrario, parecía encantado de tener un testigo de su borrachera solitaria y su autocompasión.

—Charles París, podrá trabajar en el teatro comercial de mierda, pero por lo menos es un profesional —la bebida marcaba su acento holandés al pronunciar el irónico cumplido—. En este lugar estoy rodeado de malditos aficionados. Es una situación imposible para lograr un trabajo creativo. No se puede crear con aficionados.

Charles gruñó su simpatía y se sentó en una silla al revés.

—Tome un trago —ofreció Michael, sintiendo que tenía que agasajar de algún modo a su audiencia—. En la mesa hay un jarro.

El jarro estaba cascado y no tenía asa, pero el whisky era bueno. Cuando vio que Charles estaba cómodo, Michael comenzó a hablar.

—No, no tendría que haber aceptado este trabajo. Los aficionados no tienen un concepto claro del teatro. Mírelos. Esta noche tendría que haber estado trabajando, improvisando, creando algo. ¿Y qué sucede? La mitad de mi elenco está ensayando una asquerosa revista, la otra mitad está representando alguna porquería de Shakespeare y los demás no están interesados…

—No se olvide de los que se dejan acuchillar…

—Exacto —asintió con vigor—. Aunque ese no me servía de mucho más cuando estaba vivo.

—¿Qué quiere decir?

—Nunca venía a los malditos ensayos. No participaba en los ejercicios de concentración ni en las clases de movimiento, en nada. ¿Cómo se puede lograr algo con gente así? De todas maneras no tenía talento.

—Entonces, ¿por qué lo puso en la obra?

—Yo no lo puse. Me ofrecieron este trabajo…

—¿Así que no tiene nada que ver con la Universidad?

—Por Dios, no —Michael se sintió muy ofendido.

Soy un director profesional. Me contrataron para que le diera algo de profesionalismo a la producción. Y después, como los malditos aficionados que son, no me dan suficiente tiempo para montarla como se debe. Todo el

mundo se va a ensayar otra cosa. ¿Sabe cuánto se tarda en formar un elenco?

—¿Unos cuatro años?

—Bueno, por lo menos cuatro semanas, Pero cuatro semanas de trabajo.

No cuatro semanas haciendo revistas burguesas y Shakespeare para la clase media.

—No, por supuesto que no. Me estaba contando cómo entró Willy Mariello en la obra…

—Ah, sí, tomé el trabajo. Fui a Derby a elegir la gente. Y allí me dijeron que Willy estaba haciendo la música y que, como Rizzio era un guitarrista y cantaba un par de canciones, bueno, que también haría ese papel.

—¿Quién se lo dijo?

—Sam Wasserman, el tipo que escribió esta asquerosa obra.

—¿Es asquerosa?

—Sí, pero no importa.

—¿Por qué?

—Mi estilo como director no necesita de una buena obra. A decir verdad la obra puede estorbar. Es solo un punto de partida de donde emerge la totalidad… el hierro que cae en el ácido y produce un cristal perfecto —

agregó esa última imagen con gran satisfacción, sin tener en cuenta su dudosa veracidad química. Miró a Charles con pena y algo de desprecio—.

Supongo que usted todavía piensa que una obra debe tener libreto.

Charles sonrió con aire contrito. No pensaba arruinar la charla con esa complaciente fuente de información.

—Sí, en ese punto soy un poco anticuado. Pienso que Sam Wasserman también debe considerar importante el libreto.

—Tal vez.

—Parece un tipo interesante. Me gustaría conocerlo.

Michael emitió una carcajada que podía significar cualquier cosa.

—Pronto tendrá la oportunidad. Viene a Edimburgo.

—¿Para el estreno, en la tercera semana?

—Supongo que antes. Le hemos estado mandando telegramas por toda Europa. Va a venir a cubrir el papel de Rizzio.

—¿De veras? —eso era muy interesante—. ¿Él también toca la guitarra?

—Sí. El mismo iba a hacer la música para la obra hasta que trajeron a Willy.

—Ah —eso también era interesante—. Así que todo vuelve a donde empezó.

—Eso creo. ¿Otro trago?

Charles acercó su jarro y Michael le sirvió el whisky a borbotones. Trató con desesperación de hablar en forma casual.

—¿Qué pensaba de Willy Mariello?

—Era un bastardo inútil y egoísta. Arruinaba mi producción. A mi modo de ver su muerte fue lo mejor que pudo haber pasado.

Era una declaración de odio tan directa que Charles se sintió inclinado a no tomarla en cuenta. Un asesino se cuidaría más… A menos que fuera una elaborada treta… Dios. Cuanto más se metía en el asunto menos seguro estaba. Seguir escarbando. Tratar de descubrir más cosas. Le impuso a su voz el mismo tono relajado.

—¿Ensayaron este último fin de semana?

—Por supuesto. Ensayo cada vez que puedo juntar al grupo. Estoy tratando de crear algo, ¿sabe?

—Claro. ¿Así que Willy ensayó todo el fin de semana?

—No. Ese es un buen ejemplo de lo que quiero decir. Ensayó el sábado con su habitual desgano. El domingo… ni señales. El lunes no estuvo y me puse tan furioso que interrumpí el ensayo y fui hasta su casa para arrastrarlo a la fuerza si era necesario.

—¿Estaba allí?

—Oh, sí. Allí estaba. Decorando su casa con absoluta tranquilidad.

Polvo por todos lados, pinceles, esas cosas.

—¿Logró traerlo al ensayo?

—Sí, hasta media tarde. En cuanto hicimos una pausa volvió a desaparecer.

—Umm. Tal vez quisiera seguir decorando.

—Sí. O seguir con la chica.

—¿Una chica?

—Sí. Cuando lo encontré el lunes a la mañana le dijo «adiós» a alguien que estaba arriba.

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