Tanta sangre

Simon Brett · Capítulo 7 de 16

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Tanta sangre

Capítulo septimo

«Sé mi parque y yo seré tu cervatillo»

(así por lo menos comenzó a hablar o citar);

«sé mi barca y yo seré tu gondolero,»

(porque la pasión desata fantasías)

«sé mi luz y yo seré tu candelero;

sé mi paloma y yo seré tu palomar;

conviértete en mi lirio y yo seré tu rio;

sé mi vida… y yo seré tu entraña».

El Sueño de Bianca

TODO EL alboroto de los estrenos fue inventado antes de que comenzaran las funciones de teatro a la hora del almuerzo. Hay algo de incongruente en el hecho de enviar flores y telegramas para un «primer almuerzo». De todas maneras, Charles no recibió ninguno. ¿Quién iba a enviárselos? Maurice Skellern era la única persona fuera de Edimburgo que sabía de la función, y no era el tipo de persona que gastara el dinero de los clientes en elogios excesivos. En cuanto a su exmujer, Frances, tampoco le había avisado que actuaría en el festival. Era una omisión deliberada, con el objeto de dar otro corte al tenue pero persistente cordón umbilical que todavía los unía.

A pesar de todo sentía la excitación de una noche de estreno. Caminó desde Coates Gardens al auditorio con paso saltarín y un leve pero oneroso vacío en el estómago. Se sintió aliviado al ver que el odioso Enchufe había sido reemplazado por un joven amable que se llamaba Vernon, quien no

solo actuó en forma eficiente en el ensayo, sino que le confirmó que se quedaría para la función. Eso lo hizo sentir más seguro. Y más asustado.

Con la parte técnica bajo control no tenía ninguna excusa; su responsabilidad era total.

Trató de calmarse repasando el libreto. Un ensayo completo para solaz de Vernon y los juegos de luces; luego un repaso de todas las diapositivas; después un ensayo como si fuera la función verdadera que resultó tristemente chato. Como debía ser. Charles creía en los viejos dichos teatrales y un mal ensayo con vestuario significaba una buena noche de estreno.

Controló algunos detalles más y fue al bar alrededor de las 12:30 para tomar una copa. Solo una; no podía arriesgarse a farfullar. Vernon era tranquilo e infundía seguridad; un buen compañero para los nervios de último minuto. Sí, sostendría las luces para el oscurecimiento gradual. Sí, se adelantaría con la diapositiva de El último hombre sentado bajo la horca.

No, no creía que el programa tuviera demasiadas partes serias. No, no pensaba que el traje oscuro fuera demasiado anónimo.

Cuando volvió a la sala, Brian Cassells estaba a cargo de la gerencia del teatro. Daba una impresión de confianza total en su traje de gala que consideraba obligatorio para ese papel, a pesar de que se veía un poco fuera de lugar vestido de pingüino a la hora del almuerzo. Admitió ante Charles que las ventas adelantadas no eran muy buenas (tres, en realidad), pero tenía grandes esperanzas en las de los próximos veinte minutos siguientes.

La función comenzó a las 13:15 en punto. Charles se había sentido al borde de la náusea mientras esperaba en la oscuridad, pero como de costumbre en cuanto entró a escena todo se tornó calma y control.

Como las ventanas del auditorio no estaban bien cerradas se alcanzaba a ver el público, desde el escenario, pero Charles no se animó a mirar hasta no lograr arrancar alguna reacción. El punto clave de esa parte era La infiel Nelly Grey; no esperaba mucho de Recuerdo, recuerdo y el resto del preámbulo. Pero la primera Balada Patética tenía que lograr algo.

Ben Batalla era un soldado audaz,

Acostumbrado a las alarmas de la guerra;

Pero una bala de cañón le arrancó las piernas, por lo que dejó caer los brazos por tierra.

Sí, una risa. Y las risas siguieron durante las siguientes stanzas. No muy estrepitosas, pero al menos daban un poco de calor.

Sintiéndose más seguro, inspeccionó la concurrencia mientras recitaba.

Unas veinte personas; para ser el primer día del festival y luego de una publicidad tan poco eficaz, no estaba nada mal. Al echar una segunda mirada vio que muchos eran miembros de D. U. D. S. que habían entrado gratis. Algunos pertenecían al elenco de la revista, supuso al ver un grupo de figuras oscuras agrupadas alrededor de la cabeza luminosa de Anna.

James Milne se inclinaba hacia adelante en su butaca con aire de intensa concentración. Solo unas ocho caras eran desconocidas. Y varios de ellos debían ser enviados de los críticos. Maurice Skellern no iba a sentirse muy impresionado con el porcentaje de esta recaudación.

Pero era una audiencia, tan digna como cualquier otra, y estaba respondiendo. Charles lo disfrutó.

El Lord insistió en invitarlo a almorzar. Fueron a un restaurante hindú de Forrest Place y lograron persuadir al mozo de que todavía era lo bastante temprano como para tomar una botella de vino. Después de un par de vasos Charles se sintió mejor. Su reacción inmediata luego de una función era enajenarse o dejarse llevar por una melancólica depresión, debido a su innata costumbre de recordar solo lo que había salido mal. Gracias al vino poco a poco se fue sintiendo mejor; el alcohol siempre aceleraba el proceso.

Y también una respuesta entusiasta a su show. James Milne estaba muy entusiasmado. Conocía nada más que los poemas familiares de Hood, los repetidos hasta convertirse en un cliché. Noviembre, Retrospectiva, La canción de la camisa y el inevitable Recuerdo, recuerdo. La función de Charles había ampliado su panorama y estaba encantado por ello. Su mente entrenada para las palabras cruzadas se sentía sumamente atraída por los juegos de palabras y las tretas verbales.

—No tenía idea de que fuera tan variado, Charles. Voy a tener que conseguir las obras completas. ¿Hay alguna buena edición?

—Hay una de Oxford, pero creo que se encuentra agotada. Tendrá que conseguir una de segunda mano en algún lado. También hay algunas selecciones bastante buenas. De todas maneras, si quiere le presto la mía. A esta altura del partido ya debería saberlo de memoria —le alcanzó el libro a través de la mesa.

El Lord estaba emocionado. Para él prestar un libro era la mayor demostración de amistad.

—Es muy amable. Lo cuidaré.

—Ya lo sé.

—Y me propongo conseguir un ejemplar para mí. No sabe cuánto envidio esa facilidad con las palabras. No me refiero a la mera facilidad —

cada tanto todos hacemos algún juego de palabras— sino a la habilidad de crear algo con eso. Debe ser maravilloso ser escritor.

—No lo sé. Para Hood fue un trabajo duro. Si no hubiera tenido que trabajar tanto, tal vez hubiera vivido más.

—Sí, pero por lo menos es algo satisfactorio. Me refiero al hecho de que al escribir uno está librado a sus propias fuerzas, sigue adelante sin tener que mezclarse todo el tiempo con otra gente. Escribe, manda el material y listo. Una especie de vida a control remoto.

Charles se rio.

—Está muy equivocado, James. Hood no estaría para nada de acuerdo con usted. No se sentaba delante de un escritorio a jugar con su musa y despachaba el producto en sobres a su editor. Pasó toda su vida corriendo de un lado a otro, vendiendo sus propias obras, editando las de otros, inventando revistas. Nada de control remoto. Su vida estaba muy ligada a la de otra gente.

—Pero no todos los escritores tienen que hacer eso.

—Casi todos. Mi propia experiencia escribiendo obras de teatro es que paso el diez por ciento del tiempo escribiendo y el noventa por ciento dando vueltas como un vendedor callejero, tratando de colocar mi producto con los productores de las compañías de televisión.

—Dios mío. ¿Así que según usted la vida de un escritor es tan vulgar y sórdida como la de cualquiera?

—Exactamente. El mismo Hood se refería así a los escritores: «Estamos a la par de los curanderos, los predicadores callejeros, los cantantes, los buhoneros, los vagabundos, los titiriteros, los prestidigitadores y demás especies similares».

—Qué desilusión. Creo que será mejor que me olvide de lo que me dijo y conserve mi idea de torres de marfil y academias.

Siguieron hablando de literatura. James Milne admitió que le hubiera gustado escribir algo, pero que nunca se había decidido.

—Lo que tal vez signifique que no tengo nada que decir.

—Es posible. Aunque no es necesario decir algo cuando se escribe. A veces basta con entretener —Charles pensaba en sus pocas obras de teatro.

—Umm. Puede ser, pero el escritor tiene que comprometerse aunque sea un poco. Identificarse con sus personajes.

—Eso es inevitable.

El Lord se interrumpió para coordinar sus pensamientos.

—¿No habrá algo de eso en este asesinato?

—¿Qué quiere decir? ¿Algo de qué?

—Identificación. Con las circunstancias del crimen, la manera en que sucedió.

—Todavía no lo pesco.

—Willy Mariello tenía el papel de David Rizzio en una obra que trataba de la vida de María, la reina de Escocia. Hay ciertos paralelos entre Willy y Rizzio. Para empezar el nombre italiano. Ya sé que hay montones de escoceses con nombres italianos, pero es una coincidencia. Los dos tocaban la guitarra, además.

—Así que lo que está sugiriendo —musitó Charles— es que alguien se obsesionó con la trama de la historia y se identificó con el asesinato de Rizzio;… de paso, ¿quién mató a Rizzio?

—Creo que varias personas. Pienso que Darnley fue el instigador.

¿Quién hace de Darnley en la obra?

—No sé. Puedo averiguarlo. ¿Y cree que si obtenemos ese nombre tendremos a nuestro asesino? —no podía evitar una nota de escepticismo en el tono de su voz.

—No es más que otra posibilidad. Algo que se me ocurrió.

—Umm.

—Bueno, de todas maneras no estamos llegando muy lejos con las otras teorías, ¿no?

Charles vaciló.

—No.

—¿No ha descubierto nada más?

—No —mintió. Por alguna razón no quería contarle a nadie la historia de Pam Northcliffe sobre Willy y Lesley. Todavía no.

El Lord le propuso ir a husmear en algunas librerías, pero Charles no se sentía de humor para hacerlo. Todavía estaba tenso por el estreno de la función y ya que estaban dentro de las horas en que no se permitía servir licor y no pudo recurrir a su método habitual para aflojarse, decidió que una caminata por Edimburgo podía lograrlo.

Pero su caminata pronto dejó de ser a la deriva. No había avanzado más de unos cien metros cuando al doblar por el puente Jorge IV y entrar a la calle Chambers, vio a Martin Warburton. Caminaba del otro lado de la calle con el mismo aire de concentración del día anterior. Y otra vez se dirigía a la calle Nicholson.

Es mucho más fácil seguir a alguien cuando se sabe adonde va, y Charles estaba seguro del destino de Martin. El muchacho desapareció nuevamente detrás de la puerta azul.

La excitación de ver que le ocurrió lo mismo dos días seguidos pronto dio lugar al desconcierto de lo que debía hacer al respecto. Todavía no sabía a qué departamento había ido Martin y no tenía ganas de hacer una elaborada representación para hacerse pasar como inspector de gas para lograr entrar. Aparte del riesgo por usurpar ilegalmente un cargo, ¿qué le diría Martin si lo encontraba? Seguro que había una explicación bien sencilla para el comportamiento del muchacho. Tenía amigos que vivían allí. Tal vez una novia. Algo muy simple. Charles estaba dejando volar su imaginación de tal modo que le estaba afectando el juicio.

Pero no tenía ganas de irse. Podía estar al borde de algún descubrimiento. Era más conveniente unirse a la cola para el ómnibus mientras pensaba en algún plan.

De pie al lado de las amas de casa cargadas de paquetes y de ruidosos escolares, comenzó a sentirse molesto por su actitud. No lograba armar ningún plan de campaña. Si quería descubrir lo que estaba haciendo Martin, la única solución era entrar en los departamentos. Si no, lo mejor era abandonar todo el asunto, dejar la muerte de Willy Mariello en manos de la policía y olvidarse de cualquier fantasía detectivesca que estuviera lucubrando.

Al llegar un ómnibus la cola se adelantó, las dignas amas de casa se abrieron paso para conseguir buenos asientos y los expertos escolares treparon al segundo piso para tomar sus posiciones de combate. Uno o dos echaron una mirada curiosa al hombre que todavía hacía cola de manera altruista sin luchar por su merecido lugar en el ómnibus marrón y blanco que siguió su camino.

Charles se sintió ridículo de pie y a solas en la parada. Se volvió para irse, decidido a abandonar el asunto y resignarse a no ser más que un actor, cuando sintió el golpe de una puerta que se cerraba del otro lado de la calle.

Era la puerta azul y una figura delgada se alejaba de ella en dirección a la ciudad. Caminando con paso decidido, pero no como Martin Warburton.

Era un paso poco natural, más pesado.

Tampoco se parecía a Martin Warburton. Un sombrero de lana daba la impresión de que tuviera el pelo corto. Barba y bigote. Anteojos. Vestido con una chaqueta vieja y unos pantalones sin forma. Una mochila caqui sobre un hombro. Y ese extraño paso cansino.

Charles reconoció al hombre que había visto la semana anterior en los escalones del Mound. Era Martin Warburton disfrazado.

Esa noche a las 23:00 los juegos de identidad de Martin ya no parecían muy importantes. Una de las razones era que la aventura de la tarde no lo había conducido a nada. Charles había seguido a su presa a través de medio Edimburgo hasta que desapareció en el interior de la Galería Nacional de Retratos de Escocia. En lugar de arriesgarse a despertar sospechas con una confrontación adentro del edificio, el inseguro detective esperó veinte minutos en la calle y después siguió a Martin de vuelta a Nicholson, perdió unos cuantos ómnibus y volvió a Coates Gardens detrás de la figura ya

familiar. Todo lo cual dejó a Charles con un terrible dolor de pies y la sensación de que si Martin quería hacer excursiones por Edimburgo disfrazado, era asunto de él. Necesitaba una copa.

Y esa era la otra razón por la que el comportamiento de Martin le parecía poco importante. Charles estaba satisfactoriamente borracho.

Después de cargar el tanque en soledad, encontró a Anna con el resto del elenco de la revista en Coates Gardens. La llevó a cenar para celebrar su debut y mantenerle la mente alejada de su estreno. Fueron a la Casa Española de la calle Rose y como Anna estaba muy nerviosa él tuvo que comer la paella y beber casi todo el vino. Un destino que afrontó con bravura y que contribuía a su presente bienestar.

También le había gustado ver a Anna nerviosa. Estaba erizada como un gato y era la primera vez que le veía perder la calma. Así parecía más humana. Y más agradable.

Charles pensó en ella mientras estaba sentado en el auditorio, con la llave de su departamento en el bolsillo. Tenía la característica sensación de omnipotencia sexual de los borrachos y deseaba estar en cama con Anna en Lawnmarket. No faltaba mucho para que terminara la revista. Iba a ir al departamento con discreción y una vez que concluyeran las risitas y las felicitaciones de la compañía, Anna se reuniría con él.

Se apagaron las luces. No estaba mal; la sala casi llena. Se sentó cómodo para disfrutar de Derby Oscuro «La más graciosa revista nocturna del paralelo».

Cómo serían las demás. Esa era una mezcolanza de estilos. Chistes decrépitos que merecían una muerte tranquila habían resucitado como nuevos. Juegos de palabras estúpidos presentados como pruebas de ingenio.

La indigesta influencia de las comedias de televisión tomaba el lugar de la producción y aunque había chispazos de humor, el show era demasiado pesado. Los comentarios sobre la política inglesa no mostraban ni agudeza ni ironía y el sketch sobre la presidencia norteamericana era vergonzoso.

Hacer una parodia ingenua y de mal gusto sobre Nixon y Hitler diez días después de la renuncia del primero, no era lo más adecuado (teniendo en

cuenta además esos viejísimos chistes sobre golf con que matizaran la cosa).

Y no se trataba de un nuevo conjunto brillante luchando con valor contra un material despreciable. Los actores no eran buenos. Si la técnica básica de la actuación consistía en hacerse oír y no chocar con los muebles, fallaban en ambas. Casi nunca se entendía lo que decían y no hacían más que tropezar con las sillas, (sobre todo durante los extensos apagones entre sketches, con el resultado de que en general las luces se encendían para mostrar a algún joven tendido largo a largo en un mueble patas arriba). El talento brillaba por su ausencia, excepto por Anna. Era muy buena y dada la falta de competencia, dominaba por completo la escena. Cantando, bailando, cambiando de acento y de vestidos, era la única con cierta idea de lo que son el ritmo y la comedia. El material espantoso con que le tocaba actuar no hacía más que realzar sus habilidades.

Charles estaba asombrado. Anna era una linda chica, pero en escena parecía animada por una carga extra que intensificaba su belleza. Una verdadera presencia estelar. Podía sentir cómo reaccionaban ante ella los hombres de la audiencia. Cuando salió para su último número, El Lamento de una Conejita (una idea razonable arruinada por una letra espantosa), vestida con todo el equipo de una chica de Playboy y mostrando sus piernas bronceadas, el público rompió a aplaudir en forma espontánea. No era solo que pareciera sexy; lograba incorporar una sutileza que la distanciaba del texto, la volvía muy graciosa. Anna Duncan era una de esas extrañas criaturas que en escena lograba ser cómica sin sacrificar su dignidad ni su atractivo.

Ya era tarde cuando Anna golpeó la puerta del departamento de Lawnmarket. El alboroto del estreno tenía que haberse prolongado o el elenco de Derby Oscuro había decidido ahogar sus penas en alcohol. O tal vez siguieran celebrando, pensando que el aplauso entusiasta del final no era solo por Anna sino para todos ellos.

Lo miró de frente.

—Bien, ¿cuál es tu fría opinión profesional?

—¿Estás preparada para oírla?

—Sí.

—Creo que la obra es horrible. La única sugerencia constructiva que puedo hacer es que los escritores vayan a vender aspiradoras, los actores se alisten en el ejército y el director se haga monje.

—Umm —los ojos azul marino continuaban mirándolo. Sabía que él no había terminado.

—También quisiera agregar que tú eres una de las actrices jóvenes más talentosas que he visto.

Anna sonrió y dejó escapar un suspiro de alivio.

—Charles, te pedí tu fría opinión profesional.

—Esa fue mi fría opinión profesional.

—Umm. No me parece muy objetivo que digamos —pero estaba encantada.

—¡Objetiva un cuerno! También pienso que eres de lo mejor en la cama, pero creo de veras que como actriz tienes mucho talento. Ahora acércate y hagamos el amor.

Sonrió.

—Está bien. Me has convencido.

Fue aún mejor que las otras veces. Una unión completa. Charles se apartó de ella y acunó su terso cuerpo esbelto entre los brazos. Los senos de Anna se apoyaban relajados contra sus costillas y respiraba con suavidad en su hombro. Charles recitó en voz baja con la boca contra su pelo.

—«¡Oh, tiempos felices! ¡Oh, rimas alegres!

¡Ya para siempre idos!

Pocas horas —si acaso alguna— son las mujeres

Que pueden hacerme sonreír o suspirar».

—Pero tú eres una de ellas. Tú puedes hacerme sonreír y suspirar.

—No creo que Thomas Hood se refiriera a «eso» —murmuró Anna.

—No, no creo.

—Quería decirte que me gustó tu espectáculo. Durante la comida estaba demasiado nerviosa para mencionártelo.

—Gracias. La sociedad de admiración mutua.

—Umm —hubo una larga pausa. Charles comprendió que ella no se había dormido:

—¿De veras crees que soy buena?

—Sí.

—¿Lo bastante como para triunfar en el teatro profesional?

—Sí.

—¿A pesar de lo que dijiste sobre la necesidad de ser dura y calculadora y obtener mucha ayuda?

—Yo te ayudaré, Anna.

Luego de escuchar tal aseveración se durmió enseguida; Charles permaneció despierto, pensando. Podía ayudarla. Tal vez conseguirle trabajo. Incluso colocarla en alguna de las obras que dirigía. Se sentía útil y con deseos de dar. Darle mucho. ¿Era tan ridículo acaso que un hombre de casi cuarenta y ocho anduviera con una chica de veinte? Su experiencia le serviría. Sentía por Anna algo que hacía mucho no experimentaba. Tal vez amor.

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