Tanta sangre
Capítulo cuatro
Y el rastro culpable es recogido por el sabueso; y el hecho aparece como un gusano saliendo de la tierra; y el viento lo lleva flotando;
y un vestigio llega de lejos y el asesinato es descubierto.
El Cuento de una Trompeta
CUANDO SE despertó estaba solo en la cama. En la almohada encontró una nota que decía: FUI AL ENSAYO. SI NO TE VEO DURANTE EL DÍA, ¿TE VERE A LA NOCHE? Sonriendo, rodó fuera de la cama para prepararse un poco de café.
Lo bebió delante de la ventana, mirando los compradores y los turistas achicados por la distancia deslizándose como cangrejos por los adoquines oscuros de Lawnmarket. Pensó en el cuerpo bronceado de Anna surcado por las tenues marcas blancas del bikini y se sintió bien. El cinismo que casi siempre empañaba su vida sexual no había tenido cabida esta vez. Una chica excepcional. La muerte de Willy Mariello dejó de tener tanta importancia.
Pero lo que sí era importante era ensayar para un espectáculo que se estrenaba en cuatro días. Terminó su café y se dirigió a Coates Gardens.
En el dormitorio de los hombres estaba Martin Warburton desparramado en un catre, leyendo Tantos chistes,… Al notarlo Charles se sintió molesto.
De pronto, el muchacho levantó la vista. Su expresión era más tranquila que de costumbre y se diría que hasta educada.
—Lo siento. No debería estar leyendo esto. Pero estaba sobre su cama.
Empecé y me interesó.
Ante ese cumplido, aunque no fuera intencional, Charles no podía quejarse.
—Hood es más interesante de lo que mucha gente cree.
—No sé. ¿Lo es? Me parece inteligente e incluso hay bastante sentimiento en la superficie, pero cuando uno va al fondo, no queda gran cosa. No hay seguridad, todos esos juegos de palabras. Es porque no quiere definir las cosas con exactitud. No quiere que nada lo defina. No hay nada con lo cual identificarlo.
Era un juicio que lo sorprendió por lo agudo.
—¿Piensa que es importante identificarse?
—Tiene que serlo. Solo se puede responder al arte si uno se identifica con el artista. Así trabajo. Leo todo lo que ha escrito una persona hasta que la siento allí, enfrente de mí. Y entonces me identifico. Me convierto en esa persona y sé cómo reaccionar ante su obra.
—Supongo que estará estudiando literatura.
—No, historia.
—Ah.
—Acabo de graduarme.
—¿Bien?
—Sí, con una nota muy alta.
—Felicitaciones.
—Aunque no quiere decir nada —de pronto Martin se puso melancólico
—. No hay muchas cosas que sean realmente significativas. Critico a Hood por no creer y aquí estoy yo… —levantó de golpe la vista—. ¿Leyó mi obra?
—No, lo siento. Ya me llegará el momento, pero…
—Yo que usted no me molestaría. Es una tontería. No tiene peso.
—Estoy seguro de que debe ser muy interesante Charles, —trató de no sonar condescendiente, pero aun así fue recibido con un resoplido desesperanzado. Martin se puso de pie—. Tengo que irme o llegaré tarde.
Hay que ensayar María. El cadáver del compositor aún sin descomponerse, y nosotros ya estamos ensayando de nuevo.
—Usted también hace juegos de palabras, como Hood —acotó Charles tratando de aligerar la conversación.
—Sí, soy un bromista. Un bromista alegre y gracioso —Martin lanzó una de sus risas abruptas—. Un alegre bromista y asesino. Yo lo maté,
¿sabe?
—No. Usted solamente fue el instrumento que lo mató.
A Martin eso le pareció muy gracioso.
—Un instrumento. ¿Quiere que discutamos sobre el libre albedrío?
¿Soy culpable? ¿O tal vez es culpable el cuchillo? El cuchillo es inocente, no tiene albedrío. Yo no tengo albedrío, tampoco.
—Martin, cálmese. No debe pensar que lo mató.
—¿Por qué no? Eso es lo que piensa la policía.
—No es cierto.
—Me preguntaron tantas cosas.
—El trabajo de la policía es hacer preguntas.
—Oh, sí, ya lo sé.
—¿Por qué? ¿Alguna vez tuvo problemas con ellos?
—¡Fue solo una infracción de tránsito! —Martin pasó de pronto a hablar con acento irlandés.
—¿Qué?
—¡Poner una bomba en un auto, querido señor! —se echó a reír.
Charles se maldijo en su interior por haberle seguido la corriente pero también rio. La risa de Martin se prolongó demasiado. Pero Charles aprovechó esa pequeña disminución de la tensión.
—Mire, la policía no puede creer que usted lo haya hecho. Nadie en su sano juicio cometería un asesinato delante de tal audiencia.
—No —replicó Martin con aire astuto—. Nadie en su sano juicio lo haría —y volvió a sumergirse en un paroxismo de risa, que terminó tan rápido como había comenzado. Miró a Charles de manera extraña, como si no lo reconociera. Y con voz amable preguntó:
—¿Qué hora es?
—Las 10:35.
—Debería estar en el ensayo —se levantó despacio—. Trate de leer mi obra, si puede.
—Lo haré.
—Hasta pronto —se deslizó fuera del cuarto.
Charles permaneció pensativo. Martin parecía estar al borde de un colapso nervioso. La época de los exámenes finales es terrible para muchos estudiantes. Charles recordaba el estado en el que había quedado en 1949, luego de sus exámenes. Tres años después venía el apocalipsis en forma de evaluación. ¿Soy bueno? ¿Qué voy a hacer en el mundo?; básicamente,
¿quién soy?
Trató de imaginar el shock desatado por la muerte de Willy en alguien en ese estado. Un hecho terrible, cruel, chocando contra una mente que apenas podía separar la fantasía de la realidad. Dentro de su cerebro enfermo Martin podía llegar a considerarse el asesino, pero Charles estaba seguro de que no era así. Martin Warburton necesitaba ayuda. Tal vez tratamiento médico, pero más que nada la certeza de saber que no era más que un intermediario de la persona que había planeado la muerte de Willy Mariello. Había que aclarar el asunto rápidamente.
Y la función tenía que continuar. Volvió a su libreto y aunque el ensayo del día anterior había sido prometedor, se dio cuenta de que unas cuantas cosas necesitaban mejorarse. Sobre todo las Baladas Patéticas. Debían ser la mejor parte del programa con sus toques hilarantes impecablemente espaciados, pero era difícil encontrar el punto de equilibrio entre la poesía y el humor. Se concentró y comenzó a recitar Tim Turpin.
Tim Turpin era ciego como una tumba.
Y nunca había visto el cielo:
Porque la naturaleza, al hacer su cabeza,
Olvidó ahuecar el sitio de sus ojos.
Así, como un pedagogo navideño, …
—Umm. Disculpe —Brian Cassells se asomó por la puerta con aire afligido.
—¿Sí?
—Siento interrumpir su ensayo, pero me gustaría saber si puede darme una mano para cargar algo.
El ensayo volvió a posponerse.
Fuera de la oficina estaba la guitarra de Willy Mariello en su funda negra, apoyada contra un gran amplificador. La habían traído desde el auditorio después de la tragedia del martes. En la puerta estaba una chica delgadita con pelo largo y mejillas típicamente escocesas, redondas y rojas como manzanas. Tenía la mandíbula tensa y grandes ojeras.
—Charles, le presento a Jean Mariello. Señora Mariello, Charles Paris.
Saludó en forma mecánica.
—He venido a buscar las cosas de Willy.
—Sí. Charles, ¿me puede dar una mano con este amplificador? Ya llamé un taxi, así que solo hay que dejarlo en la calle.
Brian se sentía muy molesto y quería librarse de Jean Mariello. Sus habilidades administrativas no incluían lidiar con viudas recientes.
Pusieron el pesado amplificador en la acera. La mujer de Willy los siguió con la guitarra. Brian se enderezó.
—Tengo que irme. Debo terminar los afiches.
—¿Cómo voy a cargarlo cuando llegue el taxi?
Brian se detuvo, desconcertado por la pregunta. Charles intervino.
—No hay problema, iré con usted. Estaba por ir en esa dirección. ¿Es por Lauriston Place, no?
—Sí.
—Oh… perfecto. Yo seguiré con mi… umm… Letraset —Brian desapareció por la puerta.
Charles se sintió obligado a decir algo.
—Lo siento.
Jean Mariello se encogió de hombros.
—Gracias.
Una vez dentro del taxi viajaron un rato en silencio. Charles volvió a sentir el impulso de decir algo a riesgo de sonar entrometido.
—Debe haber sido terrible para usted. Todos estamos muy impresionados.
—Sí, fue un shock, pero no se sienta obligado a decir nada. Willy y yo no éramos dos jóvenes enamorados, ¿sable? —el acento era escocés y hablaba despacio, pero en su voz había una nota dura.
—¿Vivían juntos?
—Hasta cierto punto. Uno de los dos siempre estaba de gira o algo por el estilo.
—¿Usted también hace música?
—Sí. Canto folk. Nada que ver con el tipo de música de Willy. Nos separamos en lo musical como en el resto —se inclinó para señalarle al conductor—. Si nos deja aquí…
Meadow Lañe estaba bordeada de casas grises bastante más chicas que las de Coates Gardens, y con el característico aire de la ciudad vieja. La mayoría de las ventanas tenía mosquiteros grises. Pero en la casa en que se detuvieron las ventanas estaban limpias y descubiertas.
Charles dejó que Jean pagara el taxi. Se volvió hacia él.
—¿Podrá arreglarse solo con eso? Es pesado.
Lo era especialmente porque tenía una medida absurda y los brazos no le alcanzaban para rodearlo. Pero estaba decidido a lograrlo.
Cuando Jean abrió la puerta, Charles alcanzó a ver una losa muy gastada con la fecha de construcción de la casa: 1797. Sin embargo adentro la habían modernizado por completo. En el living no había señales de una chimenea a leña, pero sí unos flamantes radiadores de calefacción central.
Todo el ambiente estaba pintado en un tono blanco brillante. Hasta se sentía el olor de la pintura fresca. La habitación estaba vacía, pero una escalera y una pila de escombros en un rincón indicaban que la decoloración seguía su curso.
Se sintió aliviado de poder descargar el amplificador en el piso sin alfombrar.
—¿Le molestaría ponerlo contra la pared para que no se vea? La traba de la ventana está rota y no quiero atraer a los ladrones.
Con un último esfuerzo, movió el amplificador hasta la posición requerida. Se enderezó. Jean Mariello había dejado abierta la puerta y estaba de pie con los brazos cruzados esperando que se fuera.
Nunca volvería a tener una oportunidad así para averiguar algo más sobre Willy Mariello. No valía la pena andar con rodeos.
—Señora Mariello. ¿Usted cree que su marido fue asesinado?
No estaba molesta ni enojada, parecía haber estado esperando la pregunta.
—No.
—¿Por qué?
—¿Quién querría matarlo? Escuche, Willy no era una persona muy simpática. Era falso y haragán, pero esas no son razones suficientes para que alguien lo asesinara.
—No. ¿Pero no puede, pensar en nada que pueda haber hecho para enemistarse con el grupo de Derby?
—Casi no conozco a nadie de allí, así que no podría decirle. Escuche, señor París, puedo entender su curiosidad, pero la policía ya me hizo todas estas preguntas, lo mismo que todos con los que me he cruzado en estos dos días. Me estoy aburriendo y le agradecería que olvidara el asunto.
—Lo siento, señora Mariello, pero tengo mis razones para preguntar —
y le contó de su encuentro con Willy en el juego de la verdad. Al concluir hizo una pausa dramática.
Jean no parecía muy impresionada.
—¿Dice que parecía preocupado?
—Sí.
—Habrá apostado a un caballo que perdió.
—No, era más que eso. Algo profundo.
—Nada era muy profundo con Willy. Ese juego de la verdad puede haber significado cualquier cosa. ¿Por qué está tan seguro de que era algo serio?
Lo único que pudo alegar fue un tímido: «Instinto».
Hay que reconocer que Jean Mariello no se rio a carcajadas.
—Bueno, el instinto me dice, por haberlo conocido bien, que lo único que preocupaba a Willy era el no poder salirse con la suya. Era muy caprichoso. Tuvo éxito y se le subió a la cabeza. No era más que un obrero de la construcción que tocaba la guitarra en sus ratos libres. Y entonces el conjunto se hizo famoso. Todos le daban lo que quería y empezó a tener accesos de malhumor si no tenía todo servido. Seguro que estaba molesto porque una chica le dio una bofetada.
—¿Había muchas chicas?
—Sí.
—¿No sabe si últimamente andaba con alguna en especial?
—No hablamos de eso. Cada uno iba por su lado. Willy era un estúpido.
Está bien, siento que haya muerto, pero no fue una gran pérdida.
Charles estaba sorprendido por su franqueza y se le debía notar en la cara. Jean se rio.
—Se está preguntando por qué me casé con él. Bueno, tenía diecisiete años, quería dedicarme a la música y alejarme de mis padres. Y en ese entonces Willy era diferente… fue antes de que se hiciera famoso. Estaba menos seguro de sí mismo y como resultado era menos egoísta. Los dos cambiamos. Él se convirtió en un bastardo y yo me volví más dura. Defensa propia.
En esas últimas palabras se notaba un ligero temblor, el primer signo de un sentimiento humano que había manifestado. Su dura actitud ante la muerte de su marido era una coraza protectora que la distanciaba de la realidad. Era cierto que no lo amaba, pero su muerte la había afectado.
Charles cambió un poco su táctica.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—El viernes pasado. Fui a Carlisle para empezar una gira. Y entonces pasó esto. En cuanto termine de arreglar las cosas me reuniré de nuevo con ellos.
—¿Y cuando usted se fue Willy no parecía preocupado?
—Estaba igual que siempre.
—¿Y no tiene idea de lo que hizo durante el fin de semana?
—Se habrá acostado con alguna tipa. Habrá trabajado un poco en la decoración aquí, o ensayado su maldito show. No sé.
Su voz había recuperado la dureza. Quería que Charles se fuera. Quería estar sola. Tal vez para poder aflojarse y llorar a gritos. No había modo de hacer más preguntas.
—¿Por qué se metió en ese show?
—Puce se disolvió. Willy tenía delirios de grandeza… quería convertirse en un artista total. En otro Tommy Steele. Ningún empresario importante le ofreció un contrato, pero la Universidad de Derby le ofreció un papel en su roñoso espectáculo. Supongo que lo vio como un peldaño en
su escalera hacia el estrellato —puso una infinidad de desprecio en esa última palabra.
—No creo.
—Tal vez hubo alguna otra razón. Mire, señor Paris…
—Disculpe. Ya me voy. Permítame hacerle otra vez la misma pregunta… ¿No hay nadie que usted recuerde, por más improbable que le parezca, que pueda haber sacado algún provecho con la muerte de su marido?
—Primero deje que yo le haga una pregunta… ¿Por qué está tan interesado en todo esto? No tiene nada que ver con usted.
—No, tiene razón, lo que pasa es que… yo estaba allí… lo vi… —se detuvo y volvió a probar—. Hay gente que se sentirá mejor cuando sepa la verdad. Y en Coates Gardens corren tantos chismes, se hacen tantas especulaciones… —mientras lo decía sabía que no era verdad. En realidad estaba sorprendido de que se hubiera hablado tan poco del asunto entre los estudiantes. Una vez calmado el revuelo inherente a la situación, todos se habían mostrado muy dispuestos a aceptar que había sido un accidente para poder volver a los ensayos del espectáculo que estaban montando—. No, lo siento, la verdad es que no puedo contestar a su pregunta.
—Bueno, yo contestaré a la suya. La única persona que podía beneficiarse con la muerte de Willy era su viuda, que escaparía de un matrimonio poco satisfactorio sin las molestias del divorcio. En otras palabras: la única persona con una razón válida soy yo —se rio—. Adiós, señor París.
Charles salió desconsolado a Meadow Lañe y echó una última mirada a la casa. Parecía mejor que las otras, las paredes y la chimenea repintadas, las tejas nuevas. Pero por dentro, ¿Jean Mariello estaría tan perfecta y controlada? ¿O acaso estaría llorando? Lo único que sabía era que ella no había sido la asesina, y que su sugerencia sobre los motivos para matarlo no era más que un vano desafío. No había estado en Edimburgo en el momento del crimen; además, durante el juego de la verdad Willy había especificado que la persona cuyo secreto había descubierto pertenecía al grupo de Derby.
Necesitaba ver a alguien. Probó el timbre de Anna cuando pasó por su departamento, pero eran un poco más de las 12:00 y no había razón para que estuviera allí.
Entró al bar de enfrente y pidió un whisky. Mientras bebía, todo ese asunto de jugar a los detectives le parecía cada vez más absurdo. Si por lo menos tuviera a alguien con quien hablar del caso. Tal vez algunos de los detectives importantes se manejaban solos, pensó al terminar su segundo whisky doble, pero en ese momento hubiera dado cualquier cosa por un doctor Watson sentado a su mesa.
Pero el doctor no apareció y Charles bebió demasiado. El whisky no le aclaraba mucho las ideas y se dedicó a mirar a su alrededor. Había varios empleados sentados en grupos, dándole la espalda y unos turistas norteamericanos que ocupaban una mesa ignorada por todos. Los turistas traídos por el festival no eran bienvenidos por los residentes. Charles trató de conseguir otra copa pero no logró atraer la atención de nadie. Una de las peores experiencias en la vida es ser invisible en un bar, y se sintió deprimido por primera vez desde su llegada.
La entrevista con Jean Mariello era la causa. Hasta ese momento estaba alegre, exultante después de pasar la noche con Anna. Pero Anna ya no estaba allí y la imagen se desvanecía en su memoria. Necesitaba una presencia concreta para volver a la realidad. Pero ella era tan esquiva como el doctor Watson.
Abandonó las tentativas de atraer la atención del barman y sus ojos se posaron en una cartelera en la que habían colocado algunos de los volantes que los entusiastas grupos teatrales repartían en los bares. Estaban sujetos por un broche metálico y el del Grupo de teatro de Oxford era el más visible. Era inevitable. Su cuartel general estaba frente al bar y llevaba ventaja en ese popular juego del paralelo que consistía en poner su volante arriba del de los demás.
Al lado del de Oxford había un volante que le resultaba familiar. Dios santo, era uno de aquellos «FIASCOS en el paralelo, Charles París en Tantos chistes, tanta sangre, estreno el lunes 19 de agosto a las 13:15».
Sintió una necesidad de irse que rayaba casi en el pánico.
—Sí, señor, ¿qué le sirvo?
—Nada. Tengo que ensayar —la mirada sorprendida del barman lo siguió hasta que desapareció por la calle.
Una vez en la calle se dio cuenta de que había bebido demasiado para poder ensayar y comenzó a pisar con cuidado los empinados escalones que lo llevaban de regreso. La luz le pareció deslumbrante y creyó divisar más adelante la figura de Martin Warburton. Se apuró para alcanzarlo.
—¡Martin!
Pero la figura no se detuvo. Dio vuelta el final de las escaleras y Charles alcanzó a vislumbrar una barba y anteojos. No era Martin.
Se despertó alrededor de las 17:00 en su catre con una de las peores jaquecas que recordaba. El urgente horario de ensayo que se había propuesto se diluía con rapidez. Confió en que no lo hubieran visto muchos del grupo. Un tipo maduro durmiendo la mona a la tarde. Y roncando, sin duda. El sonido monótono del piano en el piso de arriba indicaba que estaban ensayando una revista. Ojalá Anna no lo hubiera visto.
Tal vez le haría bien una taza de café. Se arrastró hasta la cocina, donde la cocinera que trabajaba ese día, una chica grandota con rulos de tirabuzón, cortaba un poco del inevitable repollo.
—¿Adónde hay café?
—Allí, detrás de los copos de maíz.
—Ah, sí.
—Se lo prepararé…
Charles comenzó a sentarse en una silla al lado de la mesa.
—Gracias…
—… si me hace un favor.
—¿Qué?
—Vacíe eso, por favor.
«Eso» era un cubo enorme de basura —papeles, pelusas, colillas, restos de comida. Sintió el fondo desagradablemente húmedo contra sus manos.
«Transportes Charles Paris. Amplificadores, basura… la distancia no es problema». Se las arregló para pasar el cubo por la puerta de la cocina y se abrió camino hasta los tachos de basura.
En uno de ellos todavía había sitio y apoyó la caja en el borde para dejar que el contenido se deslizara adentro.
Al volcarlo, vio que alrededor del tacho se desparramaron pedacitos de papel. Empujó la pila maloliente y se agachó para recogerlos. Algunos parecían pertenecer a un gran afiche fotográfico. Levantó un trozo.
WI
PU
Buscó entre los otros trozos de papel hasta encontrar el siguiente: WILLY MARIELLO
PUCE
Era un afiche publicitario de Willy que alguien había roto en mil pedazos.
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