Tanta sangre
Capítulo doce
El perro saltó, pero no ladró,
Tiraron del cordón pero la campana no sonó.
El horrible llamador subió y bajó
Sin hacer ruido;
Todos sabemos muy bien que la muerte
Es muy silenciosa.
Jack Hall
LAS BOMBAS colocadas en los sitios públicos son asunto de la policía y no pueden ser investigadas por aficionados indiferentes. Charles sintió un gran alivio cuando aparecieron los tipos de uniforme azul. Tuvo la impresión de que hubiera podido pasarse la vida intentando desconectarla en la oscuridad; la policía tenía la ventaja de que la investigación era su negocio. Y lo llevaban con eficiencia.
Un experto del ejército salvó a las habitaciones de la reina de ser destruidas. Mientras esperaba que lo interrogaran en el Departamento de Policía de Edimburgo, pensó en lo que hubiera ocurrido si el artefacto explotaba. La destrucción completa de veinte turistas y un guía reducía materialmente el asesinato de Rizzio al tamaño de un poroto. Pequeña placa de bronce hubieran necesitado…
Al descubrir la bomba había pensado que todavía no había llegado a la hora fijada, pero recibió un shock cuando los expertos le dijeron que estaba puesta para que explotara veinte minutos antes. El minutero ya había llegado al tomillo de bronce del cuadrante y solo la suerte había impedido
que detonara. Era un artefacto construido por aficionados y el movimiento del bolso de Charles parecía haber roto los alambres mal soldados. Si no hubiera sido por la manera en que el caballero borracho había manejado su bolso, la bomba habría explotado, sin lugar a dudas.
Ese fracaso no le sirvió de consuelo. La intención era igual de destructiva. La bomba era una mezcla a base de ácido de poco alcance en un lugar abierto, pero en esa habitación… No quería pensar en ello. Sobre todo porque había sido él quien la había transportado. Aun en el supuesto caso de que hubiera sobrevivido a la explosión nunca más podría haber hecho otro papel que no fuera el de Long John Silver o Toulouse-Lautrec.
Cuando habló con la policía se sorprendió de lo mucho que sabían. Se dio cuenta de su ingenuidad al pensar que habían clasificado la muerte de Willy Mariello como un accidente y que solo esperaban la confirmación del fiscal para archivar el caso. Habían estado investigando desde el momento del crimen y vigilaban los movimientos del grupo de teatro. Sabían que Martin tenía una doble identidad y seguían sus movimientos con especial interés.
Charles se sintió como un pobre aficionado. No solo porque sus torpes investigaciones parecían en ese momento tan patéticas, sino porque además le demostraban que tenía una imagen equivocada de la policía; una imagen anticuada de gordos agentes de pueblo cuya única función era ser abochornados por los brillantes detectives aficionados. Así los representaban en casi todas las obras en las que había participado, esas obras que eran su contacto más íntimo con la policía. Lo que había tomado por inactividad letárgica, era en realidad una discreta investigación para lograr reunir suficientes evidencias para un arresto.
Y pensaban que la bomba era suficiente. Por lo menos para justificar el registro del departamento de la calle Nicholson.
La policía centraba su interés en Martin. Opinaban como el Lord que su comportamiento era sospechoso, y no los detenía ninguno de los inconsistentes motivos de Charles, acerca de que el muchacho era un incomprendido y que tenía que haber alguna otra explicación para sus acciones. Charles se sintió como una vez en Oxford en que después de trepar a medianoche por los muros del colegio, atravesar techos, bajar por
cañerías y pasar por el dormitorio del rector, descubrió que la puerta principal estaba abierta.
También se sentía aislado y ajeno, a pesar de estar en el centro de operaciones. Por lo menos mientras se dedicaba a sus abortadas investigaciones había tenido la ilusión de hacer algo importante por cuenta propia. Allí en el Departamento de Policía no era más que una fuente de información a la que le pedían con cortesía que esperara, o que consultaban cuando era necesario. Estaban interesados en lo que sabía y no en lo que pensaba.
Así que en lugar de manejar él mismo los dramáticos acontecimientos, tuvo que enterarse por otro de todo lo que pasaba. La investigación en el departamento de Nicholson había dado suficientes evidencias de la culpabilidad de Martin. Era literalmente una fábrica casera de bombas, con productos químicos y demás componentes desparramados sobre las mesas, sin el menor asomo de disimulo. También había una desagradable colección de cuchillos y otras armas, incluso una cuchilla de carnicero. Las fantasías de violencia del muchacho estaban tomando un cariz bastante tangible.
Pero la policía no encontró a Martin Warburton en el departamento.
Había una botella de goma de pegar y un pincel, pero ni rastros de la barba o los anteojos. De todos modos existía la posibilidad de que anduviera disfrazado por algún lugar de Edimburgo.
Buscaron en todos los sitios obvios, como Coates Gardens y el auditorio, pero tampoco allí estaba. Al parecer había abandonado la sala luego de una discusión con Enchufe por un efecto de luz. Eso había sido antes de las 15:00 y desde entonces nadie lo había vuelto a ver.
El caso ya no era un interrogante sino una cacería.
Le agradecieron a Charles su cooperación y le pidieron que si salía de Edimburgo dejara una dirección adonde pudieran encontrarlo.
Para ese entonces eran más o menos las 19:00. Sabía que Frances tenía una entrada para ver Alcestes en el Teatro King. Sin esa terapia tranquilizante para sus nervios destrozados no encontró una razón valedera que lo hiciera cambiar sus planes del día y se emborrachó.
Mientras estaban en el Departamento de Policía Charles había quedado en encontrarse con James Milne a la mañana siguiente en su departamento, para tomar un café y charlar acerca de lo que había pasado. Comprobaba que el dicho del doctor Johnson sobre la concentración de la mente ante la proximidad del fin era cierto, y su decaído interés en el caso volvía a renacer.
Llegó a Coates Gardens más o menos a las 11:00 del domingo.
—¿Le molestaría darme algo más fuerte que café?
—¿Todavía en estado de shock? Yo también.
—Bueno, el mío no es más que un estado de shock indirecto, James.
Ayer estaba tan mal que tuve que beber bastante. Por eso necesito algo más fuerte. Esa bebida de color miel…
El Lord largó una risita y agarró la botella de whisky.
—Bien —dijo una vez que estuvieron sentados y el primer trago de alcohol comenzó a irrigar la cabeza deshidratada de Charles— parece que yo andaba por el buen camino.
—¿Se refiere a Martin?
—Sí.
—Umm. Yo sabía desde el principio que había algo en él que no funcionaba. Ahora que lo pienso, la primera noche que pasé aquí oí a alguien llorar en el baño… ahora estoy seguro de que era él. Debe de haber estado al borde de un colapso nervioso. Una personalidad esquizoide agravada por el exceso de trabajo durante sus exámenes finales.
—Mucho trabajo y nada de diversión…
—Vuelve loco a Jack, lo sé.
—«El exceso de estudio lo ha vuelto muy delgado…».
—«Y pálido y con ojos encapotados». —Charles completó la cita automáticamente, sin pensar. Pero el caso de Martin le parecía más importante que los juegos literarios—. Lo que me sorprendió es que todas sus fantasías se manifestaran de manera real. En general ese tipo de personas concentran toda la acción en la mente.
—Pues parece que, en este caso, no es así.
—No —se interrumpió, pesaroso—. Pobre chico. Parecía tan confundido. Y era un sospechoso tan obvio que nunca lo tomé en cuenta —
se rio—. Tengo que mirar a los criminales con menos subjetividad.
—¿Qué quiere decir?
—Míreme… en este caso me pierdo la solución lógica nada más que porque le tengo simpatía a Martin. En cambio ando por ahí sospechando de casi todos los que conozco —la atmósfera amistosa entre ellos lo empujaba a una confesión—. ¿Sabe que en cierto momento hasta sospeché de usted?
—¿De veras? ¿Por qué?
—Dios sabrá. No sabía qué pensar y sospechaba de todos. Pero aunque no nos hubiéramos enterado de lo de la fábrica de bombas de Martin, ahora tendría que borrarlo de la lista de todos modos. El asesino promedio no suele volarse a sí mismo deliberadamente.
—No —ambos se rieron.
—Me gustaría tener las cosas un poco más claras —suspiró Charles—.
Aunque ahora sé que Martin puso la bomba y que a lo mejor también planeó la muerte de Willy, no veo muy bien por qué.
—Es un desequilibrado.
—Sí, pero… no sé. Supongo que, para mi mente ordenada, me gustaría encontrar algún tipo de método en su locura, alguna secuencia lógica.
—¿Y qué le parece lo de María, Reina de Escocia que le sugerí hace poco?
—Eso explicaría el asesinato de Mariello. Willy hacía el papel de Rizzio, así que allí puede haber un problema de identidad pero ¿y la bomba?
—A Damley lo hicieron volar con pólvora, Charles.
—¿De veras? Dios mío.
—Estoy seguro. Y Bothwell fue el instigador.
—¿Bothwell? Ese es el personaje de Martin en María, Reina de Beodia.
Umm… una vez él me habló de lo fácil que era identificarse con los personajes de la historia.
—Ahí tiene.
—Pensemos un poco, Está en una obra sobre María, reina de Escocia, y se obsesiona con su vida.
—Una vida de intrigas y asesinatos.
—Exacto. Se identifica con Bothwell y… se me acaba de ocurrir; apuesto a que hay un retrato de Bothwell en la Galería Nacional.
El Lord asintió con entusiasmo.
—Lo hay. Es una miniatura. Y es el único retrato de él que existe.
—Perfecto —Charles acomodó las piezas—. Martin se identifica tanto que en su mente confusa se convierte en Bothwell y la espantosa obra de Sam Wasserman se convierte, para él, en la realidad. Y esa realidad se une a las obsesiones de violencia ya existentes.
—Así que Rizzio tiene que ser acuchillado. Para Martin, Willy Mariello no existe; es David Rizzio. Y Martin debió haber dicho algo que asustó a Willy, lo que explica lo que me contó en el Juego de la Verdad. Gracias a un golpe de suerte el asesinato parece un accidente y Martin queda libre para planear su próximo crimen; Darnley… —de pronto detuvo la carrera de sus pensamientos—. Eso es raro. Si la obra era su realidad, ¿por qué me identificó a mí con Darnley y no al tipo que lo representaba?
—A lo mejor estaba un poco confuso —aventuró el Lord.
—No me convence. Estoy seguro de que si la obsesión es tan complicada como parece, tiene que haber una lógica detrás, alguna loca justificación de los hechos.
—¿Cree que faltará algo en la historia de María?
—No sé. ¿Qué le pasa a Bothwell al final?
—Creo que muere en la cárcel. Loco.
Charles sonrió.
—Temo que esa parte horrible también se cumpla. No; hay algo que se nos escapa. ¿Por qué me convierte en Darnley?
—Porque piensa que usted lo persigue.
—No se ajusta a su obsesión histórica. A menos que… —la solución llegó como un rayo—. ¡Dios mío, Anna!
—¿Qué?
—Anna Duncan. Hace de María. Y Willy Mariello anduvo con ella.
Martin tiene que haberlos visto juntos y lo mató por celos. Y después yo.
Hace un par de días nos vio juntos.
—¿Usted y Anna?
Charles sintió que se ruborizaba, pero el asunto se aclaraba con demasiada rapidez como para darle tiempo de ser discreto.
—Sí, tuve un flirt con ella; por eso después de que nos viera juntos empezó a identificarme con Darnley. Tenía que hacerme volar.
—¿Para que Anna cayera en sus brazos?
—Supongo. James, esto puede darnos una pista sobre quién será el próximo.
—¿Por qué?
—¿Quién es el próximo asesinado en la historia de María?
El Lord reflexionó con una lentitud desesperante.
—Bueno, creo que después de Darnley los asesinatos son más escasos.
Hay intrigas y batallas, pero me parece que no asesinan a ninguna otra figura importante.
—¿Ninguna?
—No. Por lo menos hasta que le cortan la cabeza a María. Hay muchos escoceses que siguen pensando en que eso fue un asesinato.
Charles gimió repentinamente con una sensación de náusea en la garganta.
—¡No! Tengo que ir a Lawnmarket —en lo único que podía pensar era en la cuchilla de carnicero que había encontrado la policía en el departamento de la calle Nicholson.
Se sintió tan aliviado al ver que la propia Anna les abría la puerta que pasó un rato antes de darse cuenta de lo absurdo de la situación.
—Buenos días —Anna los miró inexpresivamente.
La urgencia se sobrepuso a la turbación de Charles.
—¿Has visto a Martin?
—Sí.
—¿Cómo, aquí?
—Sí, estuvo aquí.
—¿Cuándo?
—Se fue hace más o menos media hora.
—¿Y cuánto tiempo estuvo?
Los ojos azul marino se endurecieron.
—Oye, si vas a empezar otro de tus jueguitos complicados…
—No. Esto es serio. Tenemos que encontrar a Martin. Su estado es peligroso.
—Sí, ya me di cuenta. Dijo que la policía lo buscaba o algo así.
—Es cierto.
—¿Por qué?
—Lo buscan por el asesinato de Willy Mariello y el intento de asesinato de Charles París.
Ella abrió la boca y una expresión de horror cubrió su cara. Era la primera reacción espontánea que le veía Charles.
—¿Adónde está?
—No lo sé, Charles. Anoche llegó en un estado desastroso y me pidió que lo dejara quedarse. Pensé que estaba loco, así que no protesté.
—Mejor así. Creo que eres la próxima en su lista.
—¿Qué? —de pronto empezó a llorar sin poder contener más la tensión y su rostro se afeó. Charles no se fijó en la belleza de su expresión natural, a pesar del llanto.
—¿Tienes idea de adónde iba?
—No, pero estaba disfrazado.
—¿Disfrazado?
—Sí. Pensé que estaba bromeando cuando me lo dijo, pero se puso tan violento e insistente que le presté las cosas.
—¿Qué cosas?
—Un impermeable y una cartera. También una peluca enrulada y mis anteojos negros.
—¿Cuando se fue tenía puesto todo eso?
—Sí.
—Gracias —dio media vuelta para irse.
—¿Charles? —susurró Anna.
—¿Sí?
—¿Crees que me hubiera matado?
—Sí, Anna.
Mientras bajaba corriendo los escalones que llevaban a la estación Waverley sabía que tenía muy pocas posibilidades, pero no podía pensar en otro lugar adonde ir. Si Martin quería desaparecer de Edimburgo, ese podía ser el método más rápido. Charles tenía la vaga idea de que había un tren a las 14:00. Solo veinte minutos más tarde.
El sudor frío de la borrachera se le mezclaba con el sudor caliente de la carrera. Los paseantes miraban asombrados al ver a ese hombre maduro pasando a la carrera en medio de la calma del domingo a la tarde. James Milne lo seguía rezagado, corriendo con el paso de pingüino que caracteriza a los hombres que llevan cosas en los bolsillos.
Charles entró por la plataforma de taxis de la estación y se detuvo en la repentina sombra para tomar aliento. Después se movió despacio hacia la plataforma 1/19 desde donde salía el tren hacia Londres. Martin no había llegado todavía. Caminó a lo largo de las rejas que separan la plataforma mirando a los pasajeros que esperaban con sus equipajes. Todos parecían normales. Siguió caminando. Las mujeres que vio no daban pie a la menor sospecha.
Se detuvo para mirar otra vez a una de ellas. La ropa era normal.
Impermeable rojo, vaqueros azules, pelo enrulado, la cartera colgando de una mano. Tenía que ser él.
Pero dudaba. Había algo tan femenino en la actitud. Y estaba tan tranquila.
Pero tenía que ser él. La habilidad de camaleón de Martin para adoptar otra personalidad le permitiría pararse de manera diferente, compenetrarse tanto en el papel hasta hacerlo sentirse una mujer. Todo actor podía hacerlo hasta cierto punto y un psicópata lo haría a la perfección.
Charles se movió con cautela. Compró un boleto y atravesó la barrera.
Luego avanzó despacio hasta la «mujer». La gente empezaba a reunir su equipaje. Llegaba el tren. Apuró el paso.
Estaba justo detrás de su presa cuando el tren entró rechinando a la estación. Aun de cerca la figura parecía femenina. Charles esperó un instante; no quería arriesgarse a un suicidio bajo las ruedas del tren que avanzaba. Pero cuando las ventanillas se detuvieron dio un paso adelante.
Se aproximó a la cabeza enrulada.
—Martin —exclamó con firmeza.
La violencia del golpe que recibió en el pecho lo tomó de sorpresa.
Mientras caía hacia atrás tuvo tiempo de ver la maestría del maquillaje del muchacho.
El golpe lo aturdió y pasó un momento antes de que pudiera reponerse.
Para ese entonces Martin había atravesado la barrera y se alejaba entre la sorprendida muchedumbre de la plataforma central. Charles arrancó en una carrera sin aliento.
El muchacho estaba por lo menos a doscientos metros cuando Charles salió a la luz del sol y corriendo cuesta arriba por donde él acababa de bajar.
Martin era joven, estaba en buen estado físico y se movía con la velocidad que le daba la desesperación. Las condiciones físicas de Charles eran desesperantes y mientras subía la cuesta podía sentir cómo se alargaba la diferencia.
Después la suerte lo ayudó. Martin se mantenía a la derecha del camino porque pensaba doblar hacia el Mound para perderse entre los turistas. Pero de pronto se detuvo. Charles podía ver por qué. James Milne le cortaba el paso. Martin se paralizó por unos segundos y luego saltó hacia un lado, atravesó el camino y subió los escalones que llevaban a Lawnmarket, volviendo sobre los pasos de Charles.
Estaba yendo directamente a lo de Anna.
Al darse cuenta del peligro que corría Anna, Charles recibió una carga de adrenalina y aceleró su marcha. Mientras pasaba al lado del Lord escuchó que el hombre musitaba algo entrecortadamente sobre la policía.
Cuando Charles llegó a la cima de la escalera vio a Martin apoyado contra la puerta de Lawnmarket, golpeándola con los puños. Sin duda Anna estaba bajando los cinco pisos. Charles gritó el nombre de Martin, atrayendo la atención de un grupo de japoneses.
El muchacho giró como si le hubieran disparado y se inmovilizó como una liebre delante de los faros de un auto, incapaz de tomar una decisión.
Charles avanzó.
Tenía que ser en ese momento, no tenía más fuerzas para seguir.
Estaba tan cerca de Martin que casi lo podía tocar y alcanzó a ver la confusión en sus ojos, cuando de pronto el muchacho saltó a un lado y
comenzó a correr de nuevo. Charles avanzó a los tropezones, maldiciendo.
Si Martin se dirigía a Grassmarket podría perder con facilidad a su exhausto perseguidor a través de la telaraña de callejas de la ciudad vieja. Pero Martin no hizo eso, sino algo mucho peor.
En lugar de buscar la libertad de Grassmarket, volvió sobre sus pasos y corrió hacia el castillo. En otras palabras, se introdujo en un callejón sin salida. Con una nueva sensación helada de miedo Charles fue tras él, corriendo entre los puestos de la retreta en la explanada y entrando al castillo.
Su miedo era justificado. Encontró a Martin detenido junto a los muros del primer nivel, desde donde apuntan a la ciudad nueva los enormes cañones negros. Un grupo de turistas boquiabiertos miraban al muchacho en silencio mientras se sacaba la peluca y el impermeable y los dejaba caer al vacío.
Charles trepó al muro y avanzó por él, tratando de no ver los arbolitos y la gente como cucarachas en los jardines más abajo.
—Martin.
Martin giró lentamente y lo miró con una extraña serenidad. Así también era la voz que le hizo eco.
—Martin. Sí. Martin Warburton. Ese soy yo —se limpió el lápiz labial de la boca con el dorso de la mano—. Empecé como Martin Warburton y como Martin Warburton voy a terminar.
—Sí, pero todavía no. Todavía hay mucho tiempo. Muchas cosas para disfrutar. Necesitas ayuda y hay gente que está dispuesta a dártela.
Martin entrecerró los ojos.
—La policía me busca.
—Lo sé, pero lo único que quieren es ayudarte —esto fue recibido con un resoplido burlón—. Es verdad.
Todos queremos ayudarte. Habla. Puedes hablar conmigo.
Martin lo miró con aire de sospecha. Charles era consciente del sol, de la preciosa vista de Edimburgo más allá de ellos. Una apacible tarde de domingo en pleno festival. Y un hombre joven pensando en suicidarse.
—No lo hagas, Martin. Las presiones que sientes no son por tu culpa.
No puedes evitarlas.
—El pecado original —replicó el muchacho como si fuera una broma
—. Soy malvado.
—No.
Por un instante la duda invadió sus ojos. Charles aprovechó su ventaja.
—Baja y hablemos. Todo parece mejor si se habla.
—¿Hablar? ¿Y la policía?
—No te preocupes por la policía.
Martin avanzó un paso con los ojos fijos en los de Charles. La mirada del muchacho era tranquila y opaca, pero de pronto la apartó y miró algo por sobre el hombro de Charles, quien se dio vuelta para ver que dos policías habían aparecido en medio de la creciente multitud.
Cuando volvió a mirar hacia adelante, Martin Warburton ya se arrojaba al vacío como un nadador comenzando una carrera.
Pero no había agua y el camino a recorrer era largo.
Brian Cassells tendría otra historia interesante para agregar a su publicidad.
OceanofPDF.com