Terminal

Brian Keene · Capítulo 11 de 18

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Terminal

Capítulo 10

Estuve muy ocupado durante los tres días siguientes. Dimos vueltas y más vueltas al plan, inspeccionamos el banco y el centro comercial donde estaba ubicado, robamos matrículas para el coche de John, trazamos rutas de escape y tratamos de planear todo hasta el último detalle para que nada saliera mal. Seguía mintiendo a Michelle… y me levantaba todas las mañanas para ir a «trabajar», aunque luego pasaba el día en el sucio apartamento de soltero de John. Allí jugábamos a la consola, veíamos porno y nos colocábamos cuando no estábamos con el tema del robo (mi consumo de marihuana se incrementaba a ojos vista. Es cierto lo que dicen: ayuda a que las náuseas remitan). Para conseguir un toque de realismo, Sherm se pasaba por la fundición de tanto en tanto y se traía algo de suciedad para que nos la refregáramos por las ropas, manos, cara y demás, y así dar la impresión de haber estado trabajando. La única cosa que no tenía que simular era el cansancio. Ya lo hacía el cáncer por mí.

Por fin llegó el jueves, y con él, el momento.

La mañana del robo, Michelle tenía que irse a trabajar muy temprano. Cuando me desperté, ella y T. J. se habían marchado ya. Me había dejado una nota en el frigorífico:

Tommy… se me olvidó decírtelo ayer. Traté de usar la tarjeta de débito la

noche pasada después de recoger a T. J. pero fue rechazada. ¡Hay un cargo de

doscientos dólares! ¿Puedes pasarte por el maldito banco y averiguar qué

pasa? ¿Tiene esto algo que ver con los despidos? Por esto es por lo que me

gustaría que me dejaras ayudarte con las facturas. Te quiero, Michelle.

Resultó un alivio que se hubiera largado tan pronto, ya que no paraba de vomitar. Parte de ello se debía a la enfermedad, pero los nervios tenían mucha más culpa. No había dejado de pensar en el atraco ni un solo minuto y, ahora que había llegado el día, estaba cagado.

John también estaba asustado, lo vi en su cara cuando llegó a recogerme. Ninguno habló del asunto. No dijimos ni una palabra. Nos limitamos a escuchar Outkast y cantar a coro, quizá un tanto alto. Nos paramos en casa de Sherm y se montó atrás, con una taza de café en una mano y un cigarrillo encendido en la otra.

—¿Estás seguro, Tommy?

Asentí.

—Entonces vamos.

John dejó escapar un suspiro ahogado y condujimos hacia el extrarradio de la ciudad.

—Polla de Peluche, dime que revisaste ayer el coche como te dije. Intermitentes, luz de freno, ¿todo funciona a la perfección? ¿Llenaste el depósito, comprobaste el aceite y toda esa mierda?

—Sí, todo está bien.

—Entonces repasemos esta mierda una vez más —sugirió Sherm—. Y reduce un poco, anda. Lo último que necesitamos ahora mismo es que nos paren por exceso de velocidad.

—Lo siento.

—De acuerdo, este es el plan: cuando lleguemos al centro, John aparca detrás del restaurante chino, al lado del contenedor. No habrá mucho tráfico allí porque la recogida de basuras no se hace hasta el próximo lunes, y los chinos no salen a echarse un cigarro hasta el descanso de mediodía, así que nadie nos verá. Después de eso, Tommy, tú y yo iremos hasta el lugar, nos pondremos los pasamontañas y entraremos en el banco. Ni un puto nombre. Dentro no me llames Sherm y yo no te llamaré Tommy. Y recuerda, y hablo en serio, Tommy: tienes que ponerte duro. Eso significa gritar, maldecir, chillar e intimidar a la gente. Tenemos que atraer su atención con rapidez. Es la única forma de que funcione esto. Hemos de dejar claro quién está al mando. Igual hay que romper unas cuantas narices o golpear la boca de algún hijo de puta para dejarlo claro. Habrá violencia. Estate preparado para ello.

—¡Pero nada de disparos! —Quería asegurarme de que eso quedaba cristalino.

—Claro, tío, nada de disparos. Las pistolas son solo de adorno. En el peor de los casos, dispararé al techo.

Agité la cabeza.

—No, Sherm. Nada de disparos. Estuvimos de acuerdo en eso desde el principio.

—Tranqui. Como ya te he dicho, eso sería en el peor de los casos. Y esto va a estar tirado. Te preocupas por nada, capullo. Ya verás.

—¿Y si os oigo disparar? —preguntó John—. ¿Qué hago entonces?

—Hostia puta. ¿Qué cojones acabo de decir, John? ¿Hablo en chino o algo? No va a haber disparos. Quédate en el coche y mantente apartado de la vista.

Sherm trago lentamente un sorbo de café, se tranquilizó y continuó.

—Cuando captemos la atención de todo el mundo, vaciaremos las cajas. Con John en el coche, no habrá ninguna persona que vigile la puerta y se asegure de que los rehenes no tratan de escapar. Así que, cuando vayamos al tema, cambia el cartelito de la puerta de «Abierto» a «Cerrado». Nos aseguraremos de que todos estén tirados en el suelo, lejos de la salida. Eso hará que sea más sencillo vigilarlos. La puerta está a la vista, así que sabremos si viene alguien. Tú vacías las cajas mientras yo me encargo de la cámara acorazada. Como ya os he dicho, no tenemos que preocuparnos de las cargas de pintura. Solo haz tu trabajo y asegúrate de que no te metan uno de esos cacharros rastreadores. Cuando tengamos la pasta dentro de las bolsas, salimos echando hostias de allí, nos subimos al coche y nos piramos antes de que los maderos lleguen.

—Ahí es cuando yo intervengo. —John se enderezó en el asiento.

—Sí, John, ahí es cuando intervienes. Veamos si has estado prestando atención. ¿Qué ruta tomamos?

—La carretera de York y la 116 en dirección a Codorus, si los polis no nos pisan los talones —recitó de memoria—. Después, iremos por la vieja carretera de Glen Rock en dirección a Jefferson, pasamos LeHorn Hollow, seguimos por Shrewsbury y continuaremos hasta la frontera de Maryland.

—Estupendo. Lo has recordado. ¿Y si seguimos el plan B y nos dirigimos a Littlestown?

—Si vamos hacia Littlestown, entonces tiraremos hacia Westminster y pillaremos la 140 en dirección a la 795.

—¿Y qué es lo que haremos cuando por fin estemos en Maryland?

—Cockeysville. Plan A, seguimos por la senda Susquehanna hacia la interestatal 83, y luego tomamos el desvío hacia Cockeysville. Una vez allí, cogemos la carretera Cranberry en dirección a los bosques, continuamos por la carretera de servicio que pasa por detrás de la línea de alta tensión, aparcamos fuera de la vista, detrás de los árboles, cambiamos las matrículas del coche, nos separamos y, si nadie encuentra el coche, nos reunimos allí cuando anochezca.

—Entonces contaremos el dinero —terminó Sherm— y empezaremos a vivir a lo grande.

—¿De verdad crees que pillaremos tanto? —pregunté.

—Ya te digo; un banco como este, en una ciudad del tamaño de Hanover… No será muy complicado que salgamos de allí con cuarenta o cincuenta mil. La mayor parte te la quedas tú, pero incluso con lo poquito que Polla de Peluche y yo saquemos, seguirá estando de puta madre.

—Sobre todo si tenemos en cuenta que nos han echado —apuntó John.

Traté de imaginarlo, traté de imaginarme con tanto dinero en las manos, oliéndolo, sintiendo el tacto del papel entre los dedos, pero fui incapaz. Daba igual. En menos de una hora no habría lugar para la imaginación. Todo eso sería una realidad.

El apartamento de Sherm estaba cerca de Hanover, junto al lago. El centro comercial y el banco estaban al otro lado, a la derecha del límite con McSherrystown. En un día normal, llevaba veinte minutos conducir de un lado al otro. Pero aquel día parecieron segundos, como si viajáramos a la velocidad de la luz.

John viró y se encaminó hacia el aparcamiento. Agarró con fuerza el volante y los nudillos le crujieron. Me percaté de que estaban blancos. Sin dejar de mirar al frente, condujo por detrás del centro y aparcó al lado del contenedor de basura del restaurante chino, justo como habíamos planeado. La resolución se apreciaba en su mirada. Su mano se dirigió a las llaves, pero Sherm lo detuvo.

—No, déjalo en marcha. Imagina que apagas ahora, salimos con la pasta y no arranca.

John se encogió de hombros.

—¿Hay moros en la costa? —preguntó Sherm, a la par que miraba en derredor.

—No se ve a nadie. —La voz de John sonaba hueca, sombría—. Hay un camión Drovers Water de reparto allí, pero está vacío. Parece que solo estamos nosotros por aquí. ¿Vosotros veis a alguien?

Negué con la cabeza.

—Genial. Yo tampoco. —Sherm me puso la mano sobre el hombro—. ¿Estás bien?

—No del todo. —Tosí.

—¿Qué te pasa? No me digas que te estás acojonando ahora.

—Durante la semana pasada he estado vomitando sin parar, y esta mañana no ha sido diferente. Incluso aunque no esté vomitando, me siento como si fuera a hacerlo en cualquier momento. Tengo a Puff Daddy remezclando mierda en mi cabeza junto con los tambores de un ejército, unos pocos obuses y unos científicos que se dedican a realizar pruebas nucleares, por no hablar de que me duele cada milímetro del cuerpo. Tengo dolores donde ni siquiera creí que se pudieran tener. A veces la fiebre es tan alta que podría freír un huevo en la frente y otras solo me hace sudar un poco, aunque nunca me deja en paz. He estado puteando a mi mujer. Está a punto de averiguar que le he mentido sobre el dinero, y una vez la mierda me salpique, es solo cuestión de tiempo que se entere de lo demás. Como el despido, o que me estoy muriendo. Dios no va a curarme porque he constatado que no existe. Oh, y antes de que se me olvide, en dos minutos voy a robar un puto banco. Así que no, Sherm, no estoy bien. No lo estoy ni por asomo. Pero gracias por preguntar, colega. Muchas gracias. Significa mucho para mí.

—Hey, para con ese sarcasmo de mierda. ¿Quieres abandonar? Es nuestra última posibilidad, Tommy. Cuando salgamos del coche y entremos en el banco, no habrá vuelta atrás.

Lo miré, miré a John, cerré los ojos y abrí la puerta. Sus palabras resonaron en mi cabeza.

No habrá vuelta atrás…

Ya lo sabía.

—Hagámoslo.

 

Hay ciertos momentos en la vida en los que, cuando piensas en ellos después, pasan a cámara lenta. En realidad, no nos llevaría más de treinta segundos. Pero sentado aquí ahora, cuando lo recuerdo, parecen horas. Todo se ve en «tiempo bala», como en Matrix. Soy capaz de salir de mi cuerpo y ver todo desde el punto de vista de otro, de igual forma que si fuera una peli y pudiera cambiar los ángulos de cámara y añadir una pista de sonido.

Sherm y yo salimos del coche. Nos pusimos los pasamontañas. Bajo la chaqueta sujetábamos la pistola. Llevábamos una gran mochila cargada a la espalda. El olor a arroz frito y a basura colgaba en el aire, tan denso que incluso mi sentido del olfato, bastante disminuido, lo captó. Durante un segundo pensé que había escuchado el sonido de un coche que avanzaba por el callejón de detrás del centro, pero era demasiado tarde para echarse atrás. Ya estábamos en marcha. Y la inercia nos impedía detenernos.

No dudamos. No miramos atrás. Sin decir una palabra, pasamos el restaurante, volvimos y allí estaba el banco.

En cuanto Sherm llegó a la puerta, la abrió. Una viejecita, de pelo cano y permanentado se apartó de nuestro paso. Llevaba un recibo de depósito en una mano y rebuscaba en su bolso con la otra. Se quedó quieta, nos echó una mirada de soslayo y entonces boqueó. El recibo se le cayó de la mano temblorosa. En lugar de aterrizar en el suelo pareció colgar del aire, suspendido en el tiempo.

—Oh, Dios…

Sherm le gruñó (a cámara lenta).

—¡Vuelve… al… banco… puta…!

La empujó hacia el recibidor mientras ella seguía murmurando «oh Dios, oh Dios…» a modo de mantra. Se agarró a un crucifijo de plata que pendía de su cuello. Otra persona reparó en nosotros: era un viejo barbudo que vestía vaqueros azules desteñidos y una camisa de trabajo de cambray. Estaba al final de la cola. En sus ojos percibí una mezcla de sorpresa e incredulidad. Abrió la boca para decir algo pero Sherm lo cortó en seco.

—¡Está bien, hijos de puta! ¡Todo el mundo al puto suelo! ¡Ahora! ¡Ahora mismo cabrones! ¡Vamos!

—¡Ya lo habéis oído gilipollas! —grité—. ¡Al suelo! ¡Al puto suelo! ¡Vamos!

Entonces, todos los clientes de la cola se dieron la vuelta, y mientras el tiempo parecía ir más despacio todavía, los examiné a conciencia. Una bonita mujer, de nuestra edad, agarraba la mano de un chaval. Cuando lo miré me acordé de T. J. y tuve que obligarme a apartar esa idea de la cabeza. El chico tenía un cierto parecido con la madre: el pelo del color de la miel, pómulos marcados, una nariz chata y hasta la misma complexión. Ambos hacían gala de unos ojos enormes… y atemorizados. Ella atrajo al chico hacia sí para escudarlo de la mejor manera posible. No tenía anillo. Divorciada o madre soltera. Enfrente de ellos había un hombre viejo y calvo que llevaba gafas y un bastón. Se impresionó tanto que sus dos rodillas chocaron entre sí, y creí por un momento que iba a derrumbarse. También había un tipo gordo con una camiseta de Hellboy, la típica víctima de demasiadas noches de lectura de tebeos y una dieta basada en las chucherías y las patatas fritas. Delante de él, un tipo fuerte, corpulento, en las puertas de los cuarenta, que llevaba una chaqueta de cuero y unas botas negras relucientes. Pensé que sería un matón. En sus ojos no había miedo, solo una frialdad agresiva, por lo que supe de inmediato que habría que vigilarlo con cuidado. Luego estaban las dos cajeras: una joven y rubia, y la otra de mediana edad y teñida de rubio; por último, un tipo relamido vestido con traje que tenía que ser el encargado. En su identificador se leía «Keith», y debajo «Director de sucursal». Sonreía, como si estuviera siendo víctima de una cámara oculta.

—¡He dicho que todos al puto suelo! —gritó Sherm, y esta vez a nadie le quedaron dudas.

Gritaron como si fueran una sola persona, con la salvedad del tipo de cuero, que se quedó quieto, y Keith, el director de sucursal, que siguió sonriendo. La vieja no paraba de repetir su «oh Dios…» cuando Sherm la empujó. Golpeó el duro suelo y entonces se calló. El contenido del bolso se desparramó en todas direcciones y agarró el crucifijo con más fuerza todavía. La madre del chico se agazapó y de nuevo atrajo al chico hacia sí. Los ojos del muchacho fueron de Sherm a mí, y después hacia la vieja y el viejo, y luego susurró algo a su madre. El tipo de la barba se tiró al suelo, lo mismo que el gordo, que en su movimiento arrastró los cordones morados que delimitaban la cola. Los soportes de bronce cayeron al suelo, y entonces advertí una mancha oscura y húmeda en su bragueta. Se estaba extendiendo con rapidez. La cajera más joven se congeló en mitad de la transacción. Un fajo de billetes de veinte se le resbaló de una mano; descendieron hasta el suelo como si fueran mariposas blanquiverdes. Metió la otra mano, muy despacio, debajo del mostrador.

—Si le das a la alarma te rajo tu bonita cara, cariño —le advirtió Sherm—. Deja las malditas manos donde pueda verlas. ¡No lo diré dos veces!

La chica se quedó quieta, se mordió el labio y la otra cajera comenzó a llorar.

—¡Vosotras dos también al suelo! ¡Ahora!

El pandillero se negó a echarse al suelo.

—¡Hagan lo que les decimos y nadie saldrá herido! —chillé, tratando de sonar sincero pero duro al mismo tiempo—. ¡Solo queremos el dinero!

Me acerqué a la puerta y cambié el cartel de «Abierto» a «Cerrado».

—¡Hey! —Sherm se giró hacia el matón—. ¿Te faltan las putas orejas? ¡Al puto suelo, gilipollas! ¡Ahora!

El pandillero mantuvo las manos por encima de la cabeza y poco a poco se fue arrodillando.

—Tú —Sherm apuntó con la pistola a Keith, el encargado—, ven aquí.

—V-vamos a cooperar con ustedes… c-caballeros. No necesitan ponerse violentos.

—Si quiero tu puta opinión, ya te la sacaré a golpes.

Movió otra vez el arma y Keith hizo lo que se le había ordenado. Sherm tenía la atención puesta en él y no se dio cuenta de que el pandillero clavaba una rodilla en tierra y rebuscaba en su chaqueta. La cámara lenta se convirtió en pausa cuando agarró algo y lo extrajo. Capté el destello de una cartuchera y las luces fluorescentes del banco se reflejaron sobre algo metálico. Abrí la boca para advertir al encargado y a Sherm, pero no pude.

—Venga —le dijo Sherm a Keith de nuevo—. ¡Vamos, o te dejo seco ahí mismo, tío!

El matón tenía la culata de una pistola en la mano, no tan grande como las nuestras, pero daba la impresión de hacer su trabajo igual de bien. Tras la culata vino el resto de la pistola. Parpadeé para deshacerme del sudor que me caía sobre los ojos, y en esa fracción de segundo ya estaba apuntando a Sherm.

El tiempo volvió a su normalidad y el caos lo acompañó. Mi parálisis cesó.

—¡Sherm! ¡Cuidado! ¡Tiene una pistola!

El pandillero se volvió hacia mí y de repente hubo una explosión. Me eché hacia atrás, seguro de que no tardaría en sentir la bala atravesándome. En su lugar, el pelo del pandillero se levantó como si lo revolviera la brisa, y en ese mismo momento sus sesos y pequeños fragmentos de hueso salieron despedidos por su frente y se desparramaron por toda la alfombra. Al principio pensé que me había quedado sordo, pero poco después los oídos comenzaron a pitarme, con los gritos de los clientes de fondo. Aún en estado de choque, sin comprender lo que había ocurrido, me volví hacia Sherm. El humo brotaba del tambor de su .357 y el hedor inundaba el recibidor.

—Sherm —voceé—, ¿qué cojones haces?

—Te dije que nada de nombres, maldita sea.

—También aseguraste que nada de disparos. ¿Qué cojones has hecho?

Sherm agarró a Keith por la manga del traje y lo sacudió con fuerza, pero el encargado no pareció darse cuenta. Solo contemplaba, horrorizado, el cuerpo muerto sobre el suelo.

Tosí, y luego volví a mirar al matón. La sangre manaba de su cabeza como el agua de una fuente. No se asemejaba mucho a lo que pasaba en las pelis. El frente de su cabeza había desaparecido por completo… para repartirse por todo el suelo y la alfombra. Me costó no vomitar. El viejo del bastón, el friki y la cajera más joven, los tres a la vez, lo hicieron por mí. El chaval miró aquel desastre, cerró los ojos y enterró la cara temblorosa en su madre. La mujer se limitaba a mirar el cuerpo, su cara cerúlea a causa de la impresión.

—¡Dijiste que nada de disparos! —volví a gritar.

—Limítate a mantenerlos contra el suelo, y coge la pasta de los cajones —ordenó Sherm—. Keith, tú y yo vamos a abrir la cámara acorazada, ¿alguna pregunta?

—No… no puedo abrir…

Sherm lo golpeó en la boca. Con lágrimas en la cara, el encargado retrocedió unos pocos pasos, con las rodillas medio dobladas, pero al fin recuperó el equilibrio. La sangre se derramaba por su labio partido.

—Seamos claros, claros de la hostia: miénteme otra vez y te tragas el cañón del .357 en lugar de mi puño. ¡La cámara acorazada! ¡Abierta! ¡Ahora! ¿Alguna pregunta?

Tras limpiarse la sangre de la boca con su corbata, Keith condujo a Sherm por un pasillo hasta la parte de atrás. Yo pasé por encima del cadáver y me dirigí a los cajones. La sangre no dejaba de fluir de la cabeza y el friki, tras acabar de vomitar, volvía a tener problemas de incontinencia. El aroma de todo ello, combinado con el humo de la pistola, el sudor y el miedo que se respiraba en la habitación, me provocaba náuseas. Me sentía enfermo.

—No puedo respirar… —farfulló el viejo.

—Que todo el mundo mantenga la calma —ordené a la vez que trataba de tomar algo de aire—. Esto acabará en un momento. Solo queremos el dinero. —Sonó vacío y estúpido.

La madre susurró algo al hijo. Este se adelantó unos centímetros.

—Benjy, quédate quieto.

—Pero mami, está enfermo. Los dos. Uno de la cabeza y el otro aquí, aquí y aquí.

El niño se tocó la mandíbula, la garganta y el pecho, y me pregunté si hablaba de mí. Pero no había manera posible de que el chico supiera lo de mi cáncer.

—Y también el hombre viejo —continuó el chaval—. Va a morirse.

Me dirigí hacia ellos y el chico se quedó congelado, observándome.

—Por favor… —imploró la madre—. Solo tiene cinco años. Por favor, no le haga daño.

Tragué saliva.

—Quédate quieto, ¿vale?

Los volví a mirar. El friki seguía meándose y continuaba bocabajo contra la alfombra. El tipo de la barba y las cajeras también estaban contra el suelo, aunque conservaban algo más de dignidad. El hombre barbudo agarraba a la cajera de más edad por el hombro, sin dejar de repetirle que todo saldría bien. La mujer mayor dejó escapar otro «oh Dios» y apretó la cruz. Rezaba a Dios, a Jesús y a todos los santos para que la salvaran. El viejo calvo yacía sobre la espalda, con el rostro pálido y recubierto de sudor. Tenía el bastón a un lado, se le habían doblado las gafas y respiraba con dificultad.

Pobre, pensé. Debe de estar cagado de miedo.

Como yo.

Eché un vistazo a la puerta. No había moros en la costa. El primer cajón, con el que estaba trabajando la cajera rubia, había sido usado y estaba abierto. A pesar de lo ocurrido, he de admitir que sonreí bajo el pasamontañas cuando vi tanta pasta junta. Presidentes muertos me devolvieron la sonrisa. Ignoré el cambio y metí los fajos de billetes en la mochila. Luego pasé al siguiente cajón e hice lo mismo. Pronto la mochila empezó a pesar; me pregunté cuánto dinero llevaría encima. La excitación me recorrió el cuerpo, pero entonces recordé el tipo al que Sherm había disparado y volví a sentirme mal. Pasé al tercer cajón, pero estaba cerrado.

Me situé por detrás del mostrador, comprobé la puerta y señalé a la rubia con la punta del pie.

—Dame las llaves de los cajones.

—Están en el mostrador.

—Dime dónde.

Se puso a cuatro patas y señaló. Al mismo tiempo el niño, Benjy, comenzó a reptar hacia el viejo.

—¡Hey! ¡Chaval! Vuelve con tu madre.

—¡Benjy! —La mujer se puso en pie, con las manos arriba, para dejar claras sus intenciones—. Por favor, por favor, no le dispare. ¡Benjy, vuelve aquí ahora mismo!

—Pero mami, el hombre viejo va a morir si no lo ayudamos. Su corazón está malo.

—Hey —le grité de nuevo, y me di cuenta de que había levantado la pistola sin siquiera pensar en ello. La bajé a medio camino—. En serio. Pégate al suelo.

La madre agarró del brazo al chaval, pero este se soltó de su presa y se acercó al hombre viejo. La mujer se puso a llorar y se le corrió el rímel.

—Por favor, señor. Por favor, no dispare a mi hijo.

Me puse a su lado en un par de zancadas. El viejo mantenía los ojos entrecerrados y su piel había comenzado a tornarse de un color irregular.

—Mi… corazón…

—¡Oh, mierda! —Me froté la cabeza sobre el pasamontañas. Estaba sufriendo un ataque. Por un lado quería practicarle una reanimación cardiopulmonar, y por otro quería terminar cuanto antes para salir de allí.

—No puedo… respirar… Duele… —El sudor se escurría por su piel como la lluvia.

Mientras trataba de decidir qué hacer, Benjy tocó el pecho del hombre. En ese momento escuché los disparos.