Terminal
Capítulo 1
La vida es una mierda y luego te mueres. Esa, en esencia, es mi filosofía, y esta mañana se vio confirmada.
—Señor O'Brien, es mejor que tome asiento.
Aquello no sonaba bien. Tampoco era un buen indicativo que estuviéramos en su oficina en lugar de en la consulta.
Me encogí de hombros.
—No importa. Me quedaré de pie.
Su título de Medicina colgaba de la pared, encuadrado en un marco de aspecto caro. Me concentré en él y me pregunté cuánto costaría asistir a la facultad de Medicina. ¿Cuánto dinero ganaría? Imagino que más de lo que yo conseguía en la fundición.
Se aclaró la garganta y miró hacia la mesa, y luego me volvió a mirar a mí.
—Señor O'Brien…
Aquí viene. Tengo el colesterol por las nubes. Tengo que dejar de fumar, de beber y de comer filetes con patatas cocidas cubiertas de mantequilla y bechamel, o moriré antes de los treinta.
—… tiene cáncer.
No dije nada. No podía decir nada, aunque hubiera querido. Se me hizo un enorme nudo en la garganta, que empeoraba según el médico continuaba hablando. Las orejas se me incendiaron y los oídos comenzaron a pitarme. Algo se me revolvió en lo más profundo del estómago, algo que me provocó nauseas y un miedo atroz al mismo tiempo. El doctor pareció encoger y agrandarse ante mis ojos, y su voz retumbó por toda la oficina. Todo empezó a girar y me mareé, como si me hubiera levantado muy rápido.
—He estado hablando con varios compañeros, todos especializados en la materia. Coinciden en el diagnóstico. El cáncer se está extendiendo por toda la garganta, en particular por su esófago, además de por la mandíbula, el pecho y los pulmones. Ha invadido también los nodos linfáticos. Por eso muestra esos bultos bajo las axilas. Peor aún, la enfermedad se está desarrollando a una velocidad alarmante. Es lo que llamamos un «grado cuatro»: muy grave y extremadamente agresivo.
Lo miré y luego decidí sentarme. Si no lo hubiera hecho, me habría derrumbado. Las piernas se me antojaban espagueti. Fuera, escuché el sonido de teclas que hacía la recepcionista al trabajar en el ordenador. Sonaban muy fuerte en aquel silencio.
—Cáncer. Menuda mierda.
—Sí.
—No es nada bueno.
—No.
Se agarró una mano con la otra, suspiró y esperó a que yo hablara.
Me estaba costando horrores. El miedo daba patadas en mi interior, hacía que las tripas retumbaran como un refuerzo de graves.
—Así que… ¿me van a hacer uno de esos agujeros en el cuello? ¿Como los que hacen en las traqueotomías esas? ¿Necesitaré un cacharro como el de Ned en South Park?
—Señor O'Brien… Tommy. Entiendo que esté conmocionado, pero tengo que asegurarme de que me comprende.
Se quitó las gafas, se frotó la frente y suspiró una vez más. Luego volvió a ponérselas, colocó las manos sobre el escritorio y me miró. Conocía esa mirada. Era algo así como «no estoy de coña».
—Su cáncer se encuentra en una fase muy avanzada. A estas alturas, la quimioterapia y el tratamiento de las lesiones de garganta serían inefectivos, como también lo sería la extirpación de los tumores y la terapia de esteroides. Para ser francos, incluso dudaría si proceder a la exploración de los brotes. Como le he dicho, un tumor de grado cuatro es muy agresivo, y usted ha desarrollado varios. Decenas, de hecho. Para ser honesto, nunca antes había visto una cosa igual. Me temo que su cáncer es terminal. Lo siento, Tommy, lo siento mucho. Tiene mis más profundas condolencias. De haberlo detectado antes… —Se encogió de hombros y su mirada se perdió sobre el papel de la mesa.
—Mierda —repetí—. Terminal. Jo. —De nuevo sentí como si alguien me hubiera atizado en el estómago.
Tras un momento, el doctor volvió a la vida.
—Lo que no entiendo es por qué no vino a la consulta al advertir los primeros síntomas.
—No tengo seguro médico, doctor. La fundición nos contrata por menos de treinta y cinco horas a la semana para no verse obligada a pagarlo. Eso es lo que dice la ley. Y mi esposa trabaja a tiempo parcial en el Minit-Mart de Eisenhower con la calle Carlisle. Tampoco tiene seguro.
El doctor asintió y volvió a guardar silencio.
—¿No puede sajarlos? Digo los tumores.
—Sería inútil, Tommy. Las posibilidades de éxito son muy bajas, y la cirugía muy agresiva. El cáncer se ha extendido con mucha rapidez por el resto de su cuerpo. Su esófago… no está en las mejores condiciones. Los tumores de su mandíbula han extendido zarcillos por el cerebro, como raíces, para que me entienda mejor. Esa es la explicación de los dolores de cabeza. Varios de los brotes se han fundido con la columna vertebral. No hay manera de eliminarlos todos, y aunque lo consiguiéramos, acabaría terriblemente desfigurado. Tendríamos que quitarle tanto la mandíbula como la nariz. Sí, se podría hacer uso de prótesis, pero son muy caras. —Seguía con la mirada fija en el papel, mientras jugaba con un bolígrafo.
Me dijo más cosas, pero no las escuché. El doctor me mostró folletos que pretendió que yo comprendiera. Aunque él ya sabía de antemano las respuestas, me volvió a preguntar si fumaba (sí lo hacía), si bebía (solo unos pocos días durante la semana: el viernes por la noche después del trabajo y en los fines de semana), si trabajaba cerca de un foco de radiación (no, solo cerca de desechos de la fundición y de acero fundido), el historial médico familiar (mi madre tuvo cáncer de pecho) o si mi padre había sido expuesto al agente naranja en Vietnam (mi padre estuvo en Vietnam, pero volvió a casa convertido en un alcohólico). Asintió mientras le confirmaba cada cuestión.
El doctor me prescribió un par de medicamentos para evitar las náuseas y mitigar el dolor, garabateó algo en un papel (aunque no le prestaba atención y lo cierto es que no comprendí para qué era) y me pidió que volviera en unos días para que pudiéramos discutir algunas cosas.
—¿Qué clase de cosas? ¿Qué hay que discutir?
Me explicó la diferencia entre la estancia en una clínica privada y un hospital público, y me aseguró que tendría que tomar decisiones complicadas. El me ayudaría con ello.
—¿La cita me va a costar dinero? Porque hasta dentro de dos semanas no me pagan.
—Bueno… —aquello pareció desconcertarlo—. Estoy seguro de que lograremos arreglarlo, señor O'Brien.
En cuanto se enteró de que no iba a sacar otros treinta pavos por otra visita, volvía a ser el señor O'Brien.
—Claro que conozco las diferencias entre los hospitales y las clínicas, doctor. Los hospitales te dan por el culo. Los hospicios tratan de que te sientas cómodo, y luego te dan por el culo.
—Señor O'Brien…
—Solo dígame cuánto tiempo me queda.
—Tommy…
—Maldita sea, ¿cuánto tiempo?
Fuera, la recepcionista dejó de teclear. La oficina quedó sumida en el silencio, hasta tal punto que fui capaz de escuchar el latido de mi corazón, que resonaba como el bajo en mi canción favorita de Snoop Dog.
—Bueno, es difícil saberlo con exactitud, señor O'Brien, pero diría que, de manera aproximada, le queda un mes de vida. Tres, como mucho.
Eso era lo que quería saber. Me acompañó hasta la puerta.
En la calle el sol brillaba, y agradecí la tibieza contra mi rostro. Olía la madreselva que crecía sobre el edificio. Un pájaro revoloteó por el aparcamiento que había enfrente. Otros piaban y se cantaban los unos a los otros entre los árboles. Un mosquito, el primero que veía esta primavera, me zumbó al lado del oído. Resistí el impulso de aplastarlo, así se marcharía a molestar a otro.
El invierno había llegado y se había ido, y ahora era el tiempo de la primavera. La estación de la renovación. Ese tiempo mágico del año en el que la madre naturaleza se quita la ropa, se pone un tanga y grita: «¡fiesta!».
Todo volvía a la vida mientras que yo estaba muriendo.
Terminal.
Entonces las rodillas cedieron, y todo se volvió oscuro.
No sé cuánto estuve allí tirado. Tal vez un minuto, pero me dio la impresión de que fue más. Nadie se dio cuenta, así que tampoco pudo ser tanto. Pasé la mano por el pavimento y limpié la sangre de mis vaqueros anchos.
El camión no quería arrancar. Se limitó a toser, justo como yo lo había estado haciendo. Acabé por abrir el capó y golpear el motor de arranque con un martillo. Por fin se encendió. El botón de encendido de mi radio estaba roto, así que le había metido un palillo de dientes a modo de cuña y lo había sujetado con cinta aislante para evitar que se apagara. Cuando el motor exhaló y resopló, la radio volvió a la vida. Howard Stern entrevistaba a un enano. Pensé en todos los tipos a los que había escuchado llamar a Stern durante el curso de los años, tipos que estaban muriéndose a causa del cáncer y querían que él cumpliera sus últimos deseos…, que solían reducirse a acostarse con alguna estrella del porno.
Mi deseo era que esto no fuera más que un sueño. No era real, ¿verdad? Tal vez el doctor se equivocara.
Mis manos empezaron a temblar y todo comenzó a girar a mi alrededor. La voz de Howard se fue amortiguando, como si se alejara por un túnel muy largo. Cerré los ojos e inspiré profundamente un par de veces, hasta que se me pasó.
No tenía muchas ganas de reírme, así que quité a Howard y puse The Eminem Show, de Eminem. El bajo, muy fuerte, empeoró el dolor de cabeza. Eminem rapeaba preguntándose si, en caso de morir mañana, la gente que quedara atrás se sentiría compungida o si le importaría siquiera.
Apagué la radio y conduje en silencio.
No iba a volver al trabajo, pero tampoco podría ir a casa. Las manos no dejaban de temblarme. Me paré en una gasolinera, compré un paquete de cigarrillos y encendí uno. Aspiré y saboreé el humo. La nicotina me recorrió las venas y todo volvió a ir bien. Las manos dejaron de temblar. El dolor de cabeza remitió. Estaba despierto y alerta. Me sentí vivo. Vivo. Al menos por ahora.
Así fue como todo empezó. Lo que vino después (John y Sherm, Murphy's Place, el plan, Wallace y su gente, el robo, la toma de rehenes, el maldito baño de sangre) comenzó con ese viaje hasta la consulta. Ni siquiera quería ir. Michelle me obligó cuando los dolores de cabeza empeoraron. Quizá si no hubiera ido, nada de esto hubiera pasado.
Pero lo hizo. Todo: el banco, los rehenes, Sheila y Benjy.
Sobre todo Benjy. Sobre todo él…
Así fue como empezó.
Dame otro cigarrillo y te contaré lo que ocurrió después.