Terminal
Capítulo 5
Sherm sonrió, se tomó otro trago de cerveza, y encendió un cigarro.
—Cago en la puta. ¡Nos han despedido, tíos!
En la cascada máquina de música de la esquina, Ramblin Man de los Allma Brothers había seguido a Inner City Blues de Marvin Gaye. Me encendí un cigarrillo yo también y me uní mentalmente a los lamentos de Marvin. Quería vocear y levantar las manos al mismo ritmo que la inflación crecía y las facturas se acumulaban. Marvin Gaye sabía de qué iba la vida. Murió joven.
—¿Y qué es lo que vamos a hacer, tíos? —John contemplaba el fondo de su vaso, como si la respuesta estuviera inscrita allí. En cierta forma, creo que así era.
—Te diré lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos en la cola de la oficina de desempleo y apuntarnos en esa mierda. ¡Joder, capullo, tenemos el verano entero libre! ¡Podemos dormir todo el día, irnos de juerga toda la noche y esperar un cheque gordo cortesía del Gobierno cada dos semanas!
—Serás tú, Sherm —se burló John—, pero yo tengo putas facturas que pagar. Apenas te dan pasta por estar en el paro. Bobby Ray Hall estuvo seis meses sin curro y tan solo le daban un cuarto de su sueldo.
—Bobby Ray Hall barría el suelo y fregaba váteres para vivir, y recibía el puto sueldo mínimo. Nuestro caso es diferente. Al menos nos darán más que a él.
No dije nada. En vez de eso, encendí otro cigarro y pedí a Angie que nos trajera otra ronda. Angie era una camarera de la hostia, lo mejor que Murphy's Place tenía que ofrecer…, y todavía nos cuidaba bien a pesar de que Sherm se la follara unas pocas veces y luego la dejara. Demonios, no había muchas mujeres en la ciudad a las que Sherm no se hubiera tirado, excepto Michelle… y tal vez la madre de John. Y para ser francos, no estoy muy seguro de esta última.
No es que fuera guapo. No lo era. Bueno, no es que fuera un cardo, pero tampoco era el puto Brad Pitt ni nada parecido. La nariz parecía demasiado grande para la cara, y estaba algo fondón. Siempre llevaba una gorra de Ford con la visera hacia atrás, y el pelo se le escapaba por debajo. Casi siempre llevaba las uñas negras a causa del polvo y de la grasa de la fundición. Aun así, a las mujeres les gustaba. Creo que era su actitud… Esa conducta de chico malo. Las mujeres con las que se acostaba se podían clasificar en dos: las que pensaban que podían cambiarlo y las tías raras.
Las tías raras iban y venían cada semana… sin repetir dos semanas seguidas. A Sherm le gustaba follar sin mariconadas, y esto era justo lo que les ofrecía a las tías estas. Una vez, cuando estaba muy borracho, la chica del videoclub le clavó las uñas en la espalda, y se la rastrilló mientras se corría. Las clavó con tanta fuerza que le dejó cicatrices, justo en uno de sus tatuajes. Sherm, llevado por el calor del momento, la golpeó en la mandíbula. No quería hacerlo, aseguró después, y se sintió una mierda justo después, pero aun así no estuvo bien. Cualquier mujer con dos dedos de frente hubiera armado un follón de escándalo. Pero no ésta. No. No solo le gustó, sino que le rogó que lo hiciera de nuevo. Así que lo hizo. La golpeó de nuevo. Después nos confesó que fue el mejor polvo de su vida.
A las mujeres que pensaban que lo podrían cambiar les solía ir peor que a las raras, al menos desde una perspectiva emocional. Las relaciones serias de Sherm tenían una duración máxima de un mes, y siempre acababan de la misma forma. Chica conoce a Sherm. Chica es atraída por el pequeño niño herido que cree que se esconde bajo la imagen de chico malo, el corazoncito que yace sepultado por el exterior «no-me-importa-una-mierda». Chica trata de curar al pobre niño. Chica sale escaldada tras invertir todo su amor y emociones y descubrir que, en algún momento, una mujer puteó tanto a Sherm que este ya no confía en nadie con tetas. Chica resulta destruida. Chica resulta devastada. Chica queda hundida de por vida. Chica lo deja entre lágrimas y Sherm se lía con otra tía rara hasta la siguiente relación.
¿Lo hace a propósito? No lo sé. Lo más probable es que no. Pero sí sé que el colega consigue coños con facilidad, y esa es una de las razones por las que estamos con él. Si eres un tío, me entenderás.
Las mujeres piensan que Sherm está herido y pretenden curarlo. Y tal vez estén en lo cierto. Quizá sí esté herido. Pero lo que no entienden es que Sherm quiere seguir así. Le gusta ser así.
Se retorció en el asiento. Nunca se quedaba quieto y hablaba un poco alto, como si se esforzara para pasarlo bien. Siempre tuve la impresión de que bajo ese exterior había un tío a punto de estallar. Pero me hacía reír. Creo que por eso lo queríamos tanto. Sherm podía hacer reír a los demás como nadie. Así es como John y yo lo conocimos. Se mudó aquí hace cuatro años, desde Portland. Nunca nos contó la historia completa, pero me da en la nariz que se metió en líos; sabía un montón sobre armas y esas mierdas. Tal vez huyera de algo. Pilló un curro en la fundición, y la primera vez que lo vimos estaba detrás de nosotros en el lugar donde la gente ficha, y se dedicaba a hacer comentarios sarcásticos por lo bajini sobre todo el que pasaba por allí. Nos hizo reír tanto que se nos saltaron las lágrimas. Nos presentamos, lo invitamos a una birra y ahí empezó todo.
Sherm era capaz de hacerte reír, pero también de tocarte las bolas igual de rápido. Te podía reducir a jirones con sus palabras; tenía una cuchilla por lengua, y sabía cómo usarla. Un comentario de Sherm te podía cortar la yugular como si nada. Era bueno en despedazar cualquier cosa. Cosas que te importaban. Te pedía prestado dinero y nunca lo devolvía. Le gustaba meterse en peleas cuando estaba muy borracho. Siempre tenía razón en todo, aunque fuera evidente que estaba equivocado. Y a veces, solo a veces, te daba la impresión de que dormiría con tu mujer si supiera que podría irse de rositas.
La mitad de la ciudad quería abrazarlo, y la otra mitad estrangularlo. Con la excepción de John y mi familia, siento más afecto por Sherm que por cualquier otro tío en el mundo, aunque lo cierto es que yo he querido hacerle ambas cosas. Pero esa es la línea. Puede haber perdido la cabeza, puede ser inmaduro y arrogante, y a veces me ha tocado tanto las pelotas que me hubiera gustado dispararle, pero al final del día sigue siendo mi amigo, y eso es lo único que me importa. Él y John. Mis mejores amigos, tíos por los que recibiría un balazo.
Tenía que decírselo.
Angie apareció con otra ronda y nos sirvió las cervezas y los chupitos. Comenzó a hablar, pero entonces se sobresaltó, como si le hubieran dado una palmada en el trasero. Sin soltar la bandeja, alargó la mano y agarró la de Sherm a la altura de la muñeca.
—Hey —gritó al bar—, ¿alguien ha perdido una mano? ¡Porque he encontrado esta de camino a mi entrepierna!
Levantó la mano para que todos pudieran verla. El local entero se echó a reír y Sherm gruñó algo entre dientes. Luego todo el mundo volvió a sus conversaciones, a su partida de dardos, a la mesa de billar, a averiguar quién se iba a casa con quién esa noche. Le pedí a Angie que sirviera una ronda de mi parte a Juan y sus colegas para suavizar la situación después de lo de la pelea. Alguien metió otro dólar en la máquina de música y empezó a sonar algo de Method Man, tras el I Walk the Line de Johnny Cash. Como ya he dicho antes, esa era la clase de ciudad y de bar.
John se rió sin dejar de mirar la cerveza.
—¡Te ha jodido bien, Sherm! ¡Te ha pillado!
—Cierra la boca, Polla de Peluche.
John. Bendito John. Nadie, aparte de mí, lo había tratado con tanto respeto. Ni su familia. Ni sus profesores. Ni los otros chicos. ¿Cuántas veces lo habían llamado estúpido? Demasiadas para contarlas. Pero se lo llamaban porque lo era. Conozco a John desde niño y nunca lo he visto comportarse de manera astuta. Cuando éramos niños, siempre estaba sacándolo de los líos en los que se metía. Recuerdo aquella vez en que lanzó piedras contra la caravana del señor Nelson y le rompió todas las ventanas delanteras. Confesé que había sido yo para ahorrarle el follón a John, y el viejo Nelson marchó hasta mi casa echando espumarajos por la boca, y exigió que mi madre pagara los daños. Mi madre se echó a reír y, tras ponerme a parir, me dio la paliza de mi vida. Después, cuando pude volver a sentarme sin ver las estrellas, le pregunté a John por qué lo había hecho.
«No lo sé, Tommy. Supongo que es porque me gusta el sonido de los cristales rotos».
Así era John. El viejo Nelson no le había hecho nada. Y él no lo había hecho por malicia. Solo le gustaba el ruido de los cristales rotos. No sabía la razón por la que hacía las cosas, solo las hacía. Pero lo apreciaba de todas formas. Sherm, lo suficientemente loco como para beber gasolina y mear fuego; y John, tonto como un maldito palo. Los apreciaba a ambos, aunque nunca se lo había dicho.
Pero tenía que contarles lo del cáncer. Tenía que decírselo a alguien. No solo la enfermedad me devoraba por dentro, también el secreto.
Tragué un sorbo de birra y algo descendió por mi nariz. Me limpié, y entonces mi dedo índice quedó recubierto por una película brillante y rojiza. John y Sherm se callaron y me di cuenta de que me estaban mirando.
—Hey, tío —apuntó Sherm—, te sangra la nariz.
—¡Coño! Vuelvo en un momento. No se os ocurra beberos mi cerveza.
Coloqué un trocito de servilleta apelmazado en la nariz para detener el flujo, me levanté de la mesa y me dirigí al baño. Juan me pilló a medio camino, me echó el brazo por encima del hombro y me soltó una alcohólica disculpa con una mezcla de español e inglés. Le dije que no pasaba nada, me deshice de él y me puse a la cola para el baño. Al final se abrió la puerta y un patán gordo y borracho con una camisa de franela manchada de cerveza se tambaleó hacia fuera. Me deslicé dentro, con cuidado de no pisar el meado del suelo.
Me miré en el espejo, y lo que vi no me gustó mucho.
—Hijo de puta…
Puse unas cuantas toallitas de papel bajo el agua fría, hice un pegote y lo apreté contra mi nariz. Eché la cabeza hacia atrás, lo que me recompensó con una panorámica del sucio techo del baño. Alguien se las había apañado para garabatear pintadas allí, y entre la bombilla y las telas de araña se leía: «El suicidio mola» e «Idiota de cojones», así como el clásico «Evelyn es una zorra», junto a su número de teléfono para que no hubiera problemas si querías pasar un buen rato con ella.
Después de un par de minutos, la hemorragia empezó a ceder y acabó por detenerse del todo. Me limpié la cara y me lavé las manos, luego quité las manchas de sangre del lavabo y la papelera. Si tenemos en cuenta la situación asquerosa del baño, era del todo inútil, pero aun así lo hice.
Las náuseas me asaltaron sin advertencia previa justo cuando había acabado. Corrí hacia el baño y expulsé aquella bilis caliente, que salió disparada entre los dedos, salpicó las paredes y me manchó el antebrazo. Algo sólido se abrió paso por la garganta. Caí de rodillas y el hedor del baño me hizo volver a vomitar. La taza estaba decorada con manchas amarillas y marrones, y fue entonces cuando me percaté de que me había arrodillado sobre algo que aún seguía húmedo. Pero lo que expulsé fue aún peor.
A menos que me equivoque, vomité mis propias heces. Parecía imposible, pero eso es lo que parecía y a lo que olía.
Solo la mera visión (el mero pensamiento) me hizo vomitar por tercera vez. En esta ocasión, la fuerza del vómito hizo que el agua del váter salpicara y me humedeciera el rostro: la nariz, los ojos, las mejillas. Me quedé allí respirando entrecortadamente, llorando, boqueando hasta que estuve seguro de que no iba a echar nada más. El estómago se contraía a causa de los espasmos y la garganta me ardía, como si hubiera bebido ácido de batería. Sabía que aquello empeoraría con el paso de los días. Esto solo era una muestra de lo que el cáncer me tenía reservado.
Por segunda vez desde que había entrado en el baño, me limpié lo mejor que pude. La boca me sabía a mierda (y hablo de forma literal) y me encendí un cigarro para arreglarlo.
Luego volví a la mesa. John y Sherm habían pedido otra ronda mientras yo no estaba, y ahora tenía dos cervezas esperándome. El frío me suavizó la garganta. Me las pimplé una detrás de otra y pedí a Angie que me trajera otra. La camarera enarcó la ceja, pero fue a por ella.
—¿Coca? —preguntó Sherm.
—No, otra birra.
—No, tío, me refiero a tu nariz. ¿Le has estado dando a la coca?
—Paso de esa mierda. Ya lo sabes. Lo mío es el costo.
—¿Estás enfermo?
—Sí. Será un resfriado. Solo he echado algo de sangre por la nariz. No es nada.
—Deberías ir a que te lo miraran, capullo —musitó John—. Una vez oí que un tipo se desangró por la nariz.
—Eso solo es una leyenda urbana.
—¿Y eso qué significa?
—¿Una leyenda urbana? Ya sabes, como lo de los cocodrilos en las alcantarillas y el asesino del garfio del pasaje del amor. Mierda de esa.
John pareció sorprenderse.
—¿El tío del gancho no es real?
Suspiré y me tomé un trago de su cerveza.
—¡Hey, que esa es mía!
—Gracias.
Sherm contemplaba a dos chicas que se meneaban al lado de la máquina de música. —Yo estoy casi convencido de que es coca.
—¡No es coca, hostia!
—Claro, claro. A otro con ese cuento, Tommy.
—Dejémoslo, ¿vale?
—No deberías jugar con el polvo blanco, colega. Te encoge la polla.
—¡Te he dicho que no es coca, gilipollas!
—¿Y entonces qué es?
—No es coca. ¡Es puto cáncer!
John se atragantó con la cerveza. Sherm siguió mirando el culo de la chica durante un momento más y luego se volvió hacia mí muy despacio.
—¿Qué?
Bajé la voz.
—Tengo cáncer. ¿Satisfecho?
—No se hacen bromas con eso, Tommy.
—¿Te parece que estoy bromeando, Sherm?
Las palabras quedaron colgando del aire, pero al menos me sentí liberado. En cierta medida, era como haberse liberado. Aunque me invadió la culpa. Había mentido a Michelle sobre esto, y sin embargo se lo había contado a mis mejores amigos.
De fondo, alguien había puesto otra canción de esas de «alguien la caga con alguien». John se sentó sin decir ni mu, como si le hubieran golpeado en el estómago. Sherm jugueteó con el Zippo, encendió otro cigarro, cerró el mechero con fuerza y negó con la cabeza.
—¿Tienes cáncer? —repitió—. ¿Desde cuándo?
—Me lo dijeron ayer.
John dejó la cerveza sobre la mesa y se apartó del humo del cigarro de Sherm.
—¿Es por el tabaco? Seguro que sí.
—Puede. ¿Quién sabe? No sé de dónde viene, John. Pero no es nada bueno.
—¿Y qué van a hacer?
—El doctor me ha dicho que no hay nada que hacer.
Sherm se removió en su asiento.
—¿Quieres decir que la mierda esa es terminal?
Asentí.
—Puta mierda —silbó Sherm a modo de resumen—. Menuda puta mierda.
La boca de John seguía funcionando, pero ninguna palabra salió de ella. Angie nos trajo seis cervezas más (además de lo que había pedido yo, Juan y sus amigos nos habían pagado otra ronda) y nos las bebimos despacio. Alguien coló la bola ocho. Sus exabruptos de borracho y las coñas de los que rodeaban la mesa nos sonaron mucho más alto de lo normal. Una chica anunció a todo el bar que estaba cachonda. En la máquina de música, la canción había vuelto a cambiar. John Mellencamp cantaba que había nacido en un pequeño pueblo y que moriría en un pueblo pequeño. Yo sabía con exactitud cómo se sentía.
—Pero… Pero tienes cáncer, Tommy —concluyó John al final—. ¡Solo tienes veinticinco! ¡El cáncer es de gente mayor!
Me incliné hacia delante y bajé la voz.
—Tengo cáncer, John. Y no solo le da a los viejos, tío. Los niños lo pillan, niños pequeños… Y tipos de nuestra edad, también.
—Seguro que es por fumar. Tiene que ser eso, ¿verdad?
Sherm exhaló una nube de humo hacia él y miró su cigarrillo menguar.
—No es por cambiar de tema, pero, ¿habéis oído eso de que quieren hacer una ley estatal para prohibir que se fume en los bares?
—Sí —asentí—, y es una de las cosas de las que me alegro no tener que ver.
—Y que lo digas. —Aplastó el cigarrillo contra el cenicero—. ¿Cuánto tiempo te han dado? ¿De qué estamos hablando? ¿Un año?
—Lo más probable es que un mes. No más de tres.
—¿Solo un mes? Joder…
—Sí.
—¿Se… se lo has dicho a Michelle y T. J.? —preguntó John. Negué con la cabeza.
—No puedo, colega. No sé cómo decírselo. T. J. solo es un niño. No lo entenderá. Y Michelle…
El nudo que se me formó en la garganta me impidió continuar. Bebí cerveza para volver a tragar la emoción y me retrepé en la silla.
—No se lo puedo decir a Michelle. Imposible.
—¡Tienes que decírselo!
—Cuando vuelva a casa y le diga que me han echado del trabajo, ¿no crees que ya tendrá suficientes preocupaciones? No tenemos un centavo y los cobradores se nos echan encima. Llaman a todas horas. Ya tiene suficiente con todo eso.
—¡Tío, que les den por el culo a los cobradores!
—No necesita más presión ahora, John.
—Pero tarde o temprano se lo dirás, ¿no? Vas a decírselo.
—No, John. No se lo voy a decir. La quiero, tío.
—Cojonuda forma de demostrárselo, colega.
Sin decir nada, Sherm sacó otro cigarrillo del paquete y nos miró en silencio.
—¿Qué? —estallé—. ¿Tienes algún puto problema conmigo, John?
John levantó las manos en gesto conciliatorio.
—Lo siento, tío. Me cuesta encajar esto. Tienes cáncer. Menuda mierda.
—Sí. —Me acaricié las sienes—. Sí, eso es. Lo siento. Lo cierto es que no sé qué coño hacer. Estoy acojonado.
Sherm encendió el cigarro y comenzó a dar vueltas al mechero sobre la mesa.
—La vida es una mierda y luego te mueres.
Me reí con amargura.
—Eso, justo eso fue lo que pensé el otro día. Pensé lo mismo el otro día.
Me miró a los ojos.
—Bueno, entonces haz que tu vida no sea una mierda, tío. Joder, Tommy, sabes lo que va a pasar, ¿no? El doctor dijo que era terminal. ¡Vas a morir, capullo! Así que vive tu vida a tope. Deberías irte a casa ahora mismo, con Michelle y T. J., o hacer algún viaje o alguna mierda de esas. ¿Por qué malgastar lo que te queda en esta puta basura de bar?
Elegí mis palabras con cuidado y después me decidí a hablar.
—Porque sois mis amigos. Y quién sabe. Quizá sea la última vez que estemos juntos aquí.
John palideció.
—No hables así.
—¿Por qué no? Es la verdad.
Comenzó a replicar, pero enseguida rompió a llorar. Me sorprendió; de hecho, me asustó. En todos los años que había estado con él, nunca lo había visto llorar. Ni una vez, ni siquiera en quinto curso, cuando Seymour Peters lo golpeó por haber hecho coñas con su nombre. Pero ahora lo estaba haciendo. John, grande, patán, de buen corazón y tonto como un mazo, estaba allí, sentado, llorando como un niño.
—Hey… —Lo cogí del brazo—. Vamos.
—¡No es justo, Tommy, joder! ¿Por qué tienes que ser tú? ¿Por qué? ¡No es justo!
Se levantó de un salto y apartó de un golpe la silla. Chocó contra la mesa que estaba a nuestro lado; las botellas de cerveza cayeron al suelo y se derramaron sobre el regazo de los tipos que las bebían.
—¡Estúpido hijo de puta! ¡Mira lo que has hecho!
El tío que estaba más cerca de John se puso en pie. Era enorme, me dio la impresión de que tardó una eternidad en levantarse del todo. Golpeó con su largo dedo índice el pecho de John y lo miró con ira.
—¿Qué cojones te pasa, gilipollas? ¿Tienes algún problema?
Balbuciendo y cegado por las lágrimas, John comenzó a disculparse y se ofreció a pagar la próxima ronda. Pero antes de terminar con su frase, los otros amigos del tipo se pusieron de pie. Estaban buscando una pelea, así de claro, y yo estaba convencido de que, aunque los invitáramos a una ronda, no les bastaría. Ellos eran siete y nosotros tres. No era una buena proporción.
Sherm me miró.
—Te diré una cosa: tenías razón cuando dijiste que sería nuestra última noche juntos en el Murphy's Place.
—¿Por?
—Porque no nos van a dejar entrar de nuevo.
—Sherm, no…
Se levantó como un resorte y su mano voló en dirección a una botella de cerveza vacía; luego la golpeó contra el borde de la mesa. Mis reticencias a luchar se disiparon de inmediato. La sonrisa de su cara era contagiosa y yo esbocé una similar. Una oleada de valentía impulsada por la adrenalina, la nicotina y el alcohol me recorrió de los pies a la cabeza, y me sentí de muerte.
No existen las luchas limpias. Si creces en el mismo sitio que yo, eso es lo primero que aprendes, mucho antes que el abecedario o las tablas de multiplicar. Y no lo aprendes de boca de un dinosaurio púrpura o unas marionetas. Lo aprendes en la práctica. Si vas a luchar, lucha para ganar. Y si quieres ganar, gana por cualquier medio posible. Patada. Arañazo. Mordisco. Puñetazo. Repetir si es necesario. Ganar. Y eso es justo lo que quería: ganar.
Por desgracia, Angie nos detuvo antes de que fuera a mayores.
—¡Idos a la calle, chicos! ¡Ahora! Murphy va a llamar a la poli.
—Ellos empezaron —aseguró Sherm sin despegar los ojos de su objetivo.
—Unos cojones, fueron estos hijos de la gran puta los que empezaron. Nos tiraron las cervezas por encima. ¡Puñado de maricones!
Murphy saltó por encima de la barra, ciento cincuenta kilos de espeso pelo negro y sebo, con un bate de aluminio sujeto con ambas manos.
—No me importa un carajo quién empezó. Si continuáis con esto aquí o en mi aparcamiento, tendré a los maderos aquí tan rápido que vuestras malditas cabezas darán vueltas. Eso os incluye a vosotros. Tommy, John, Sherm, vosotros primero. Montaos en vuestro coche y largaos. Si os veo fuera esperando a estos, llamaré a los polis. ¿He sido claro?
—Pero Murph… —protestó Sherm—. Somos clientes habituales.
—No me importa una mierda. No os dejaré liarla en mi bar. ¡Fuera!
—Menuda jodienda.
Murphy señaló con la cabeza a los otros.
—Lo mismo os digo a vosotros. Si intentáis seguir a estos y comenzar alguna mierda, pasaréis la noche en la cárcel. Os lo garantizo.
Ahora que había decidido lo que iba a hacer con mis últimos días, y cómo me iba a asegurar de que le fuera bien a mi familia, no quería tener contacto con la policía. Quería mantenerme al margen, por lo pronto. Miré a los ojos de Sherm, indiqué con la cabeza la puerta y sonreí a Angie. Ella me apretó el hombro sin decir nada.
—Gracias, Angie. —Le alargué mi último billete de diez pavos mientras me preguntaba qué demonios iba a hacer para llenar el depósito—. Gracias por todo.
—Tranquilo, Tommy. No te preocupes. Ahora idos antes de que lleguen los polis. Murphy está un poco molesto, pero olvidará todo esto en un tiempo. De ser tú no volvería en unos días, solo por si acaso.
Asentí.
—Confía en mí, Angie. No volverás a verme nunca más.
—No exageres. Bastará con unas pocas semanas, Tommy. Nos volveremos a ver.
En lugar de replicar, le ofrecí una sonrisa triste.
Los otros tipos se apartaron y Murphy reclutó a unos cuantos parroquianos que sirvieran de seguratas. Caminamos hacia la puerta sin dar a nadie una excusa para iniciar una pelea. La última cosa que oí según salíamos del bar fue la gramola
reproduciendo [1] Don't Fear The Reaper, de Blue Oyster Cult.
Pero yo sí que lo temía. Ese hijo de puta me tenía acojonado, y sabía que me las vería con él dentro de poco.
Empecé a sangrar por la nariz otra vez en el aparcamiento, así que traté de taponarla de camino al coche de John.
—Qué divertido —reí entre dientes—. Una buena forma de pasar la noche del viernes.
—Gracias por salvarme el culo, chicos —murmuró John a modo de disculpa—. No tenía muy claro qué hacer si se me hubieran echado encima los siete.
—Deberías haber pensado en eso antes de comenzar a lloriquear como un bebé.
—Que te jodan, Sherm.
—Jódete tú, Polla de Peluche.
Los tres empezamos a reírnos; nos reímos a carcajada limpia, hasta que casi nos quedamos sin aliento. Luego nos montamos en el coche: John al volante, Sherm tirado en el asiento de atrás y yo de copiloto.
—Vayamos a comer —sugirió John—. Tengo hambre.
—De acuerdo. —Sherm se encogió de hombros—. Me apetece un café.
Me miraron en busca de mi aprobación.
—Claro. Buena idea. Tenemos que seguir hablando.
—Jesús. —Sherm se ajustó la gorra de Ford—. ¿Hay más malas noticias?
Agité la cabeza en gesto negativo.
—No. Pero me habéis preguntado qué voy a hacer. Y os lo voy a contar. Os debo mucho.
Eran mis mejores amigos y los quería. En serio. Pero no confiaba en ellos para esto. No confiaba en John porque era estúpido y no confiaba en Sherm porque estaba como un cencerro. Pero se lo diría de todos modos. Tal vez fuera a causa del alcohol, o porque nos acababan de echar a los tres, pero justo en ese momento decidí contárselo todo.
John arrancó el coche y salimos del aparcamiento.
—¿Y qué es lo que vas a hacer? —preguntó Sherm—. No irás a pegarte un tiro o algo así, ¿verdad?
—No, el suicidio es para maricas.
—¿Entonces qué? ¿Qué es lo que vas a hacer?
—Voy a robar un banco.