Terminal
Capítulo 4
—A ver si me entero. ¿Tienes pelo en la polla? No estoy hablando de las pelotas, ¿eh? Estoy hablando de la polla. ¿Tienes pelo en el manubrio?
—Sí. —John dio otro mordisco a su sándwich de mortadela—. Como todos, ¿no? ¿Vosotros no tenéis?
Sherm y yo enarcamos las cejas y nos miramos el uno al otro, para después de un segundo empezar a partirnos de risa. Me reí tanto que acabé echando el refresco por toda la mesa.
—John… —limpié la soda con una servilleta—, ¿cuántos tíos has visto en pelis porno con pelo en la polla?
Se encogió de hombros.
—Pensaba que se lo afeitaban, capullo. Ya sabes que muchos de esos tíos se afeitan las bolas.
Sin dejar de reírse, Sherm se volvió hacia la mesa de detrás.
—Hey, Louis, atento a esta mierda: ¡John tiene pelo en la polla!
Louis, el encargado de la cadena de montaje cuatro, parecía perplejo.
—¿Quieres decir por las pelotas? ¿Donde todos?
Sherm asintió hacia John.
—Cuéntaselo.
John frunció el ceño y las orejas se le tiñeron de escarlata.
—Me crece el pelo por la polla. Hasta la mitad. No sé a qué viene tanto escándalo.
El comedor al completo estalló en carcajadas. Las orejas de John se volvieron rojas del todo.
—Te voy a empezar a llamar «polla felpudo» —rió entre dientes Sherm.
Así es como eran todos los días. Íbamos al comedor sobre las doce, salíamos veinticinco minutos después… Lo justo para echar una meada o llamar a casa antes de que la campana sonara y tuviéramos que volver al curro. A veces charlábamos sobre deportes; de la mierda que hacían los Orioles, los Ravens y los Steelers, o escuchábamos a los seguidores de la NASCAR discutir sobre los conductores: quién había echado a quién de la pista o si Ford era mejor que Chevy. Otras veces giraba en torno a modelos de trajes de baño, estrellas del porno, música, caza, la última peli o lo que había ocurrido en el local de striptease a las afueras de la ciudad. Y en todas estas conversaciones nos metíamos los unos con los otros, porque eso es lo que los tíos hacemos.
Cuento esto no porque sea relevante el que mi mejor amigo sea un mutante con una polla peluda, sino porque fue el último buen momento que recuerdo antes de que todo se fuera a la mierda.
En las últimas veinticuatro horas me han diagnosticado cáncer, me han dicho que me estoy muriendo y que no hay nada que pueda hacer al respecto, he echado un grande y desagradable trozo de mí mismo en el lavabo, he mentido a mi esposa, he averiguado que los de la tarjeta me reclaman el pago de lo que les debo, que están a punto de cortarme la luz y que no podemos pagar a ninguno de los dos.
Pero las cosas fueron a peor. Peor de cojones.
El día entero había empeorado por momentos. Primero me quedé dormido y llegué tarde a trabajar. Estaba hecho una mierda. En parte por depresión. No todas las mañanas te despiertas y recuerdas que la estás palmando. Pero eso es lo que hice. Me levanté, miré el reloj despertador, maldije, fui al váter, meé y, mientras me sacudía la minga, me vino a la cabeza.
Pero no solo era por eso. La cabeza me estaba matando. Me tragué cuatro aspirinas junto a mi primer café, aunque no tuvieron efecto. Paré de camino al curro, compré otra taza de café y algunos cigarros y vomité el otro café que me había tomado antes. Los cigarrillos sabían a mierda de perro seca, pero me los fumé de todas formas. Me daban ataques de tos, y con cada uno la cabeza me dolía más. Durante toda la mañana vomité gargajos sanguinolentos, que echaba sobre los desechos de la fundición y que cubría luego con la bota para que nadie los viera.
El calor no ayudaba mucho. A las nueve de la mañana, la temperatura de la fundición solía elevarse por encima de los treinta y cinco. Y esa mañana no fue la excepción, sobre todo por las zonas del horno y las ollas, donde era mucho mayor. Yo trabajaba en la cadena de montaje dos, situada a unos quince metros del horno. Hacía un calor abrasador. La empresa nos daba bebidas isotónicas gratis que conservaba en enormes frigoríficos en diferentes zonas de la planta. Bebí y bebí, pero seguía recubierto de sudor. Me sentía como si tuviera fiebre. La boca me sabía rara…, una mezcla de refrescos, tabaco y saliva con sangre. El sudor se colaba por las gafas de protección hasta meterse en los ojos, y me picaba la piel.
No solo hacía calor en la fundición; además había mucho ruido y mierda por todas partes. Durante todo el día las carretillas elevadoras iban de un lado a otro, vaciando contenedores llenos de desechos metálicos en los hornos. Cada vez que iban marcha atrás se sucedía un ensordecedor biiip biiip biiip biiip que hacía que me palpitaran las sienes. La gente se gritaba rato sí y rato también por el intercomunicador. Al respirar metía más polvo en los pulmones. Cuando volvía a casa al final del día, la ducha se volvía negra al quitarme toda esa suciedad y partículas de acero de los poros. Aunque hasta el fin de semana no me quedaba limpio del todo, puesto que entonces disponía de dos días extra para quitarme la mierda de encima. Tenía los brazos cubiertos por lo que parecían cicatrices de viruela, debido a las esquirlas de metal ardiendo que habían caído sobre ellos durante cinco años. Solía mirar a los veteranos y me preguntaba si habían comenzado como yo. La mayoría de ellos hacía gala de unas quemaduras tan horribles que avergonzaban a mis pequeñas cicatrices. Todos tenían una tos renqueante y terrible, a la que nos referíamos como «pulmón negro». Recuerdo que mi viejo la sufría, antes de que se largara con la camarera y nos hiciera el favor de morirse.
Aquella mañana, mientras estaba de pie sudando y doliéndome, me pregunté si la fundición había sido la causante de mi cáncer. Tal vez Michelle y yo pudiéramos demandarlos. Entonces encendí un cigarro y decidí que no importaba la forma en que lo hubiera contraído.
La máquina de la cadena número dos (una monstruosidad hidráulica de acero de tres metros de alto por cinco de ancho) recibía el nombre de Cazadora, porque ese era el nombre de la compañía que la fabricaba y porque «moldeadora por compresión» resultaba un término complicado para algunos de nuestros compañeros más iletrados. Comprimía toneladas de arena negra en bloques de metro veinte por metro veinte. Estos bloques tenían un patrón en su interior. En mi caso, el patrón era un mecanismo de servodirección. Los moldes salían de la máquina y viajaban a través de una cinta hasta el departamento de vertido, donde se rellenaban con metal derretido y se enviaban al siguiente departamento vía cinta transportadora.
La arena se introducía en la máquina a través de un embudo localizado en su parte superior. Bajo este embudo había un pequeño espacio donde estaba el patrón. Cuando se vertía la arena en él, se comprimía el espacio y se creaba el molde.
A las diez de la mañana me metía dentro del molde con una llave de tubo en la mano. Tenía que cambiar los patrones porque la producción variaba después de comer. En ese momento se bloqueaba la máquina, un procedimiento de seguridad que implicaba que el operador la desactivara y pusiera una marca roja en el botón de encendido, para advertir a todo el mundo que activarla sería una muy mala idea.
A Juan no le pareció una mala idea porque Juan no sabía leer inglés, lo que incluía la advertencia en inglés de la señal.
Juan era un buen tipo. Jugaba a los dardos con sus colegas en Murphy's Place los viernes por la noche, siempre estaba dispuesto a intercambiar el almuerzo y me había enseñado unos cuantos tacos españoles. Chocho, chíngate, chinga a tu madre e hijo de la gran puta. Ahora estaba aprendiendo a formar frases con ellos.
Esa mañana se detuvo a la altura de mi máquina, advirtió que el número de moldes de mi cadena empezaba a disminuir su velocidad, miró en derredor y no me vio dentro de la máquina. Se imaginó que yo estaría en el baño o en un descanso, y como es un buen tipo, decidió ayudarme y mantener el ritmo de producción. Quitó la marca de bloqueo y volvió a encender la máquina.
Yo estaba dentro cuando oí encenderse los pistones hidráulicos. El motor volvió a la vida un segundo después. Dejé caer la llave y salté hacia el embudo. Juan presionó el primer botón y oí un bronco susurro cuando toneladas de arena llenaron la tolva por encima de mi cabeza. Grité, pero entre los tapones para los oídos y el ruido del horno, no me oyó.
Una vez vacío el embudo, me agarré del ángulo de acero y me impulsé fuera. Me deslicé por la escalera y por fin reparó en mi existencia al verme insultándole en inglés y español.
—¡Juan! ¿Qué coño haces, tío? ¡Podías haberme matado!
—¡Lo siento, Tommy! —Levantó las manos—. No sabía que estabas ahí dentro. Creí que…
—¡Mierda! ¡Cago en Dios, capullo! ¿En qué mierda estabas pensando? ¿No sabes lo que es eso? —Señalé la marca.
—No sé leer inglés.
—¡Pues mejor que aprendas de una puta vez! —Lo agarré de la camisa, y los ojos se le abrieron como platos. Se vino hacia mí, y yo lo empujé hacia atrás, golpeándolo contra la máquina. Le rechinaron los dientes y vi que se estaba cabreando. Tanto como yo.
—¡Déjame en paz, puto! —me gritó.
—¡Chinga a tu madre, hijo de puta! ¡Tengo un puto niño y una puta esposa! — vociferé—. ¿Quieres que tengan un nuevo hombre en casa? ¿Eh, hijo puta? ¿Quieres darles un nuevo padre?
Trató de darme un rodillazo en la ingle, pero se lo paré. Lleno de ira, lo lancé al suelo. Juan aterrizó sobre un montón de harapos grasientos y rodó hasta ponerse en pie. Sin dejar de gruñir, dio vueltas a mi alrededor. Me acerqué agazapado, finté a la izquierda y lo enganché de nuevo con un derechazo. Cayó al suelo.
—Podría… haber… muerto. —Fueron tres palabras secas y recortadas, apuntaladas por mis puños.
—¡Deja de pegarme, Tommy! ¡Lo siento, tío!
Levantó las manos delante de la cara y entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo. ¿Qué cojones me pasaba? ¡Si ya estaba muriendo de todas formas! ¿Por qué la tomaba con Juan? ¿Este era uno de los siete pasos para aceptar mi enfermedad terminal, golpear a mis compañeros de trabajo?
Dejé de atizarle y me levanté, casi sin resuello.
—Lo siento, tío. Me has asustado. Mierda, Juan. ¡A partir de ahora ten más cuidado!
Asintió, murmuró algo en español y luego lo ayudé a levantarse. Cojeó en dirección al baño, musitando algo para sí. Terminé de cambiar el patrón y luego me largué a comer, sin pensar, sin hablar. Igual que un autómata.
Después de pinchar a John con lo de su polla peluda, salimos del comedor. Estaba de camino al váter cuando Charlie me mandó llamar.
—Thomas O'Brien, preséntese en la oficina, por favor. Thomas O'Brien, preséntese en la oficina del señor Strauser, por favor. Gracias.
Charlie Strauser era el encargado de planta. No lo conocía mucho, pero parecía un tío decente. Tenía la sensación de que cuando nos echaba la mierda encima solo era porque primero le había caído a él un buen cubo desde arriba. Y ya sabes lo que se dice sobre la mierda, las colinas y la fuerza de gravedad.
Sabía el porqué de esto: la lucha con Juan. Tenía que serlo. Alguien nos vería y se lo contó, o puede que el pequeño hijo de puta hubiera decidido hacerlo él mismo. No es que me viniera muy bien esta jodienda, pero dudo mucho que me despidieran por algo así. El año pasado, Big Grez y Marty se pelearon por una discusión acerca de si Dale Earnhardt Junior había echado a otro conductor fuera de la pista, y Big Grez envió a Marty al hospital tres días. Pero no los echaron.
Aun así, en el mejor de los casos me suspenderían unos cuantos días…, y lo más probable es que sin paga. Y ese cheque era algo que Michelle y yo necesitábamos como el respirar.
Abrí la puerta de las oficinas y entré saboreando el frío del aire acondicionado. La puerta se cerró tras de mí y el silencio reinante se me hizo incómodo. Se habían ido el gimoteo de las máquinas, el zumbido de las trituradoras, el rugido de los hornos. Todo ello había sido reemplazado por los callados sonidos del teclear y el pitido de un teléfono que se escuchaba detrás de una de aquellas puertas cerradas.
Caminé por el pasillo y dejé un rastro de huellas negras tras de mí. Tras llegar a la oficina de Charlie, llamé a la puerta y esperé. No hubo respuesta pero oí una voz en el interior, así que abrí la puerta y eché un ojo.
Charlie estaba sentado en el escritorio, dándome la espalda mientras hablaba por teléfono. Sin mirarme, me indicó con la mano que pasara. Cerré la puerta y me quedé allí, de pie, sin saber qué hacer. Al final me senté en uno de los enormes sillones y traté de no escuchar.
—No, no creo que sea eso lo que haya que hacer. Por el amor de Dios, Steve, estás hablando de reducir la plantilla a la mitad. ¡A la mitad! Y esperas que no disminuya la producción. El turno nocturno lo tengo cubierto a duras penas, y el desgaste del turno diurno es mucho mayor en verano…
Dejé de prestarle atención y miré en derredor. En el escritorio había una foto familiar: Charlie, su esposa y dos de sus hijos. Ambos parecían de mi edad, tal vez un poco más jóvenes. Portalápices de uno de nuestros proveedores. Grapadora. Enorme ordenador en el que brillaba el logotipo de la compañía a modo de salvapantallas. Taza de café, también con el logotipo de la empresa. Un calendario Far Side. Una bandeja de documentos. Unos cuantos objetos más. Mucho más limpio que mi zona de trabajo.
Pero lo que en realidad me llamó la atención fue la placa de madera que rezaba:
«He salido para encontrarme a mí mismo. Si no estoy aquí cuando me
necesites, aguarda hasta que regrese, por favor».
—De acuerdo —continuó Charlie—. De acuerdo. No, no es sarcasmo, Steve. Se hará como tú dices. Eres el jefe, ¿verdad? Y puesto que eres el jefe, te dejaré que te las entiendas con los medios de comunicación cuando vengan esta tarde.
Colgó el teléfono con un golpetazo y luego se volvió hacia mí para mirarme.
Me quedé impresionado, casi sin aliento. Su cara…
—Perdona, Tom. Era de la oficina principal.
—No pasa nada, señor Strauser.
Contemplé su rostro.
—¿Tom, Tommy o Thomas? ¿Qué prefieres?
—Tommy está bien, señor.
—Le dije a tu jefe que necesitaba verte, así que han puesto a alguien en tu puesto en la máquina número dos.
—Vale.
Era incapaz de retirar mis ojos de él. Parecía un personaje de un tebeo de Marvel. Tenía la piel pálida y la cara y el cuello estaban cubiertos de líneas azules y rojas, como si alguien hubiera pintado su piel con un rotulador. Me devolvió la mirada, y aunque me esforcé por apartar los ojos, no lo conseguí.
—Cáncer —explicó, y salté en mi asiento.
—¿Qué?
—Cáncer. Tengo cáncer, Tommy. Las líneas rojas y azules del cuello y cara. Las estás mirando. No te preocupes, todo el mundo lo hace. Es parte de mi tratamiento.
—Oh. —Estupefacto, me sentí como si estuviera de nuevo en la consulta del doctor—. Siento escuchar eso, señor Strauser.
—Charlie, Tommy. Todo el mundo me llama Charlie.
—Qué mala suerte, Charlie. Siento que estés enfermo.
—No pasa nada. Me pondré bien.
Se encogió de hombros y me sentí como si me hubieran golpeado en la cara. ¿Cómo podía comportarse de manera tan indiferente? ¡Tenía cáncer, hostia!
—El doctor me ha dado esperanzas. Después de los tratamientos lo sabrá con seguridad, pero creo que seguiré dando la tabarra por aquí durante un poco más. Alguien necesita encargarse de esto. Y tengo un nieto de camino… El primero. ¡No me lo quiero perder!
—Oh. Estupendo. —Pensé que iba a vomitar. Clavé los dedos en los brazos del sillón.
Se calló por un momento. Revolvió algunos papeles del escritorio, tomó un sorbo de café y metió un lápiz en el portalápices. Entonces suspiró, casi de la misma forma que lo hizo el doctor antes de contarme las malas noticias.
—Tommy, me temo que tengo malas noticias.
Aquí viene…
—Escuche, señor Strauser, si se trata de lo que ha ocurrido con Juan, él fue quien…
—Tranquilo, Tommy. He escuchado lo que ha sucedido y creo que tu comportamiento estaba justificado. Aunque no se lo digas a nadie, porque lo negaré todo. A Juan se lo castigará con una falta por no seguir los procedimientos de seguridad. Pero no se trata de eso.
Volvió a dolerme la cabeza; esta vez comenzó en la sien izquierda y de ahí se extendió como si se tratase de un fuego.
—Tommy, seguro que sabes que tenemos problemas. La economía está de capa caída, y nuestra producción también. ¿Recuerdas que hace unos pocos meses despedimos a todos los que no superaban los tres años de antigüedad?
Asentí, sin que me gustara mucho el cariz que estaba tomando la conversación.
—Bueno, la dirección no está muy contenta con el resultado, no ha servido de mucho. A medida que empeora la economía, también lo hace nuestra rentabilidad. Así que ahora han decidido hacer otra tanda de despidos. Esta vez afectará a todos los que tengan de entre cuatro a seis años de antigüedad. Desgraciadamente, estás en ese grupo.
—¿Me… me está echando?
—Lo siento, Tommy. Me temo que sí.
—¡Mierda!
—No eres solo tú, Tommy. Me veo en la desagradable tarea de decir lo mismo a treinta y tres de tus compañeros esta tarde. Tendrá efecto al final del turno de hoy. Créeme cuando te digo que no es mi decisión. La dirección asegura que sus estudios dicen que, si despides a un empleado el viernes, hay menos posibilidades de que se desencadene un episodio violento en el trabajo. No es que tenga problemas con ninguno de vosotros, pero como ya te he dicho, no es mi decisión.
Me quedé allí, sin hablar.
—Tendrás que devolver la tarjeta de fichar, y cualquier equipo de seguridad o herramienta de la compañía que tengas en tu taquilla o en tu máquina.
—Vale.
Abrió un cajón, sacó un sobre y me alargó el cheque.
—Aquí está el pago de esta semana y la que viene, así como tu finiquito. Espero que ayude.
—Me he quedado sin trabajo. —No era una pregunta. Solo una afirmación en voz alta, como para empezar a acostumbrarme al sonido.
Él bajó la cabeza.
—Lo siento, hijo.
—Joder. Bueno, supongo que eso es todo.
Comencé a levantarme, pero me indicó con la mano que esperara.
—Tommy, aguarda un momento. ¿Te puedo decir algo?
Me volví a sentar y asentí.
—Llevo trabajando aquí mucho tiempo. De hecho, comencé en la cadena número dos, como tú. Entonces solo había tres cadenas, y dos hombres en cada una. Tu padre trabajó conmigo. ¿Lo recuerdas?
—Recuerdo que era un gilipollas.
Charlie sonrió.
—Exacto. Sí que lo era, sí. Era un borracho y le gustaba meterse en peleas. Nunca me cayó bien, ni a mí ni a nadie. De hecho, cuando solicitaste un puesto aquí, dudé si debía contratarte. De tal palo, tal astilla, ¿me entiendes? Eso es lo que dicen. Podías ser un gilipollas. Pero aun así te acepté, porque necesitábamos trabajadores. Me imaginé que solo durarías un mes hasta que te echáramos por ausencias repetidas. O tal vez insubordinación.
Seguí escuchando sin dejar de mirarlo.
—Pero no lo hicimos. Me sorprendiste, Tommy, y después de seis meses me di cuenta de lo injusto que había sido al prejuzgarte así. No eres como tu padre y quiero que lo sepas. Claro que te pareces a él. Dios, hay veces en las que estoy a punto de llamarte por su nombre. Pero no eres él. Eres un buen hombre y un buen empleado. Siéntete orgulloso. Me apena mucho perderte. Tengo que decir esto mismo a un montón de gente a lo largo del día, pero quería decírtelo a ti el primero. Creo que te debo eso.
—Te lo agradezco, Charlie. Gracias.
—Sé que ahora las cosas te parecerán muy negras. Pero no durará mucho. De eso puedes estar seguro. Eres joven y un buen trabajador. Encontrarás trabajo. Seguro. Y estaré encantado de dar buenas referencias de ti, les diré que fuiste un empleado modelo. Lo importante es que esto no te hunda. Demasiados tipos en esta ciudad, tipos como tu padre, se servirían de esto como una oportunidad para desahogarse con sus familias o arramplar en el bar. Eres mejor que ellos. No te rindas. Si hay algo que mi lucha contra el cáncer me ha enseñado es a no rendirme cuando las cosas van mal.
Me estaba agarrando tan fuerte a la silla que mis dedos comenzaban a dormirse.
—Eso es todo —dijo—. Quería que lo supieras.
Me levanté, le di la mano y caminé hacia la puerta.
—Gracias una vez más, Charlie. Gracias por ser sincero conmigo.
—Como te he dicho antes, Tommy, no te rindas. Todo irá bien. Eres joven y tienes la vida entera por delante.
Cerré la puerta al salir, luego corrí. Corrí por el pasillo hacia la fundición. Corrí al baño y exploté en el umbral. Casi no lo logro. El vómito y la sangre se escurrieron entre los dedos a la vez que me tambaleaba hasta llegar al váter y caer de rodillas. Había de todo. La sopa que había tomado de comida, sangre, gargajos… y más de mí mismo. Esta vez era algo gris, como una salchicha cruda, cubierta con sangre y lo que parecía aceite de motor rebajado.
Tienes la vida entera por delante…
Vomité y lloré y vomité. Me quedé agazapado allí hasta que me sentí una cáscara vacía. Vi aquel trozo de mí flotar en el agua y grité. Las palabras de Charlie me retumbaron en la cabeza.
Todo irá bien. Eres joven y tienes la vida entera por delante.
Era joven, tenía veinticinco años. No llegaría a los veintiséis. La vida entera. Tenía la vida entera por delante.
Y eso no era mucho tiempo.
De vuelta a casa, me detuve en el banco para cobrar lo que sería mi último cheque. Quinientos dólares. Eso es lo que valía. El pago de una semana, el finiquito de cinco años y las vacaciones que no había disfrutado. Quinientos pavos. Y en cuanto pagara las facturas pendientes, me quedarían doscientos.
Había una buena cola en el banco. Era viernes y todo el mundo en la ciudad había recibido su paga. Por lo que parecía, al igual que yo, ninguno confiaba en ingresarlo a través del cajero. Estaba en medio de una mujer delgada y nerviosa con tres niños llorones, y un viejo jadeante que apestaba a crema para la artrosis. Así que tuve que esperar un rato, y mientras me tocaba, me dediqué a contar las cámaras de seguridad para pasar el rato.
Luego las conté otra vez, junto con los cajeros, las salidas, las ventanas y todo lo demás. Había cuatro cámaras no digitales; seis cajeros; una salida (aunque imaginé que habría una salida de incendios en algún otro lado); dos ventanas y el vestíbulo. Este banco, mi banco, estaba a menos de diez minutos de dos autopistas principales, además de decenas de carreteras.
—Joder.
La mujer delgaducha me obsequió con una mirada estúpida y achuchó a sus tres hijos contra sí.
Yo le sonreí hasta que apartó la vista.
—Que los jodan. Que los jodan a todos.
Avancé un puesto en la cola, y las cámaras me contemplaron en silencio.
No me importó. Con una sonrisa cínica les mostré el dedo.
Seguro que el tipo que dijo que el dinero no lo es todo era rico. El dinero lo es todo. La fuente de la felicidad. Leí en una revista que la causa principal por la que las parejas discutían es el dinero. La gente miente por dinero, engaña por dinero, roba por dinero y mata por dinero. Se matan a sí mismos y a los demás por presidentes muertos impresos en hojas de papel. El dinero es lo que hace que el mundo se mueva. Mientras agonizas en tu lecho de muerte puedes ser demandado por la empresa con la que trabajaste, por la forma en que trataste a tu familia o por lo que aquellos a los que amabas pensaban de ti, pero en realidad todo se trata de pasta. Cuanto más dinero tienes, mejor te trata tu familia. El dinero te permite darles las cosas que necesitan. También el número de amigos que se tienen depende de tu cuenta corriente. ¿Crees que Donald Trump sale por ahí con yonquis y mendigos? Al final, lo que importa es el verde. Parafraseando a los Beatles: «…and in the end, the love you make is equal to the cash you make».
¿Quieres un techo sobre la cabeza? Necesitas pasta. ¿Quieres comer? Pasta. Para conseguir el dinero tienes que currar, pero hasta para eso necesitas dinero. ¿Cómo vas a trabajar todos los días? ¿Conduciendo? El coche implica gastos: gasolina, seguro, reparaciones. ¿Transporte público?
Los billetes no son gratis. ¿Bici? La mayoría de las gasolineras te cobra algo por hinchar las ruedas.
Es muy simple. En nuestra sociedad no puedes vivir sin dinero. No es que yo fuera a vivir mucho tiempo más, pero sí Michelle y T. J. Estaba harto y cansado de ver llevar a Michelle medias con carreras y vestidos que estuvieron de moda hará cinco años. Cansado de comprar juguetes a T. J. en los mercadillos que la gente organiza para deshacerse de las cosas que sobran en casa. Cansado de comprar marcas de segunda que saben a cartón. Cansado de reciclar las latas de aluminio para conseguir dinero para la cerveza. Cansado de vivir de cheque en cheque y no poder ahorrar algo para el futuro. Cansado de que fuéramos pobres solo por vivir donde vivíamos.
Mi esposa y mi hijo se merecían vidas mejores de las que yo había tenido. Se lo merecían. Quería que T. J. fuera a la universidad y que tuviera un buen trabajo, no que malgastara su vida en una sucia fundición como su viejo y su abuelo habían hecho. Quería que fueran felices.
Felices.
La felicidad requería dinero. El dinero daba la felicidad. Era puta aritmética.
Cuando le daba vueltas, no me decidía. ¿Hubiera ocurrido todo esto de no haberme estado muriendo? Lo más probable es que no. Hubiera seguido moviendo el culo cinco días a la semana para que me dieran una paga de mierda, hasta que un ataque al corazón a los cuarenta hubiera acabado conmigo, tal vez mientras pescaba con John y Sherm, o sentado en las gradas, saludando a T. J. después de que hubiera logrado el touchdown de la victoria para la escuela (porque no tenía duda alguna de que sería quarterback cuando fuera al instituto). Incluso un ataque al corazón sería mejor que el cáncer. Pero de todas formas, ¿qué oportunidades tenía de dar una vida mejor a mi familia? Ese tío, el viejo que era un perdedor y estaba a punto de morir, nunca les habría dado las oportunidades que pretendía. Y esas oportunidades, una vida mejor, solo se podían pagar con dinero.
El cáncer me estaba matando, estaba comiéndose mis entrañas. En pocas semanas no sería más que una cáscara, como las que los saltamontes dejan atrás en los árboles, una cáscara vacía que antes era Tommy O'Brien. Pero mientras eso ocurría, mientras me devoraba, también me liberaba, me impulsaba a correr riesgos que jamás hubiera asumido. Hasta que decidí hacer algo para que nuestras vidas fueran mejores.
Conduje de vuelta a casa. Era noche de bingo, por lo que Michelle se habría llevado a T. J. hasta la casa de su madre y yo estaría solo en la caravana. Me desvestí y me miré con detenimiento en el espejo. Estaba hecho una piltrafa. Dos círculos negros e hinchados me bordeaban los ojos por debajo. Estaba pálido, con aspecto febril. Tenía la mandíbula y el cuello inflamados. También las mejillas. Parecía que tenía las paperas. Me dolían los dientes, pero no estaba seguro de si era por el cáncer o porque no había ido a un dentista en cinco años. Había perdido peso; tanto como una anoréxica que siguiera la dieta Atkins.
Y, ante todo, tenía pinta de cansado. Derrotado.
Bueno, no del todo, pero sí estaba cansado. Cansado de esta caravana, de comprar ropa barata a mi esposa, de comprar juguetes de saldo a mi hijo. Cansado de esta vida. Estaba asqueado por todo ello, y pensaba hacer algo al respecto.
Me metí en la ducha, y dejé que el agua corriera por mi cuerpo. Dio la impresión de mejorarme el dolor de cabeza, así que me apoyé contra la alcachofa de la ducha, para que el agua masajeara la frente y las sienes. La piel se me había vuelto mucho más sensible durante la semana pasada y el chorro de agua se me antojaba como un papel de lija, como si estuviera desbastando al viejo Tommy para revelar lo que había debajo. Una especie de bautismo.
Pensé en el banco.
Iba a hacer algo. ¿Qué era lo peor que me harían si me pillaban? ¿Cadena perpetua? ¿Inyección letal?
De todas formas, la sentencia tardaría como poco un mes…