Terminal

Brian Keene · Capítulo 14 de 18

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Terminal

Capítulo 13

Nos quedamos sentados y callados durante un buen rato. Sherm terminó de saquear la cámara y vació el contenido en la mochila. Por fin, por mediación de las tímidas súplicas de Sheila y mis argumentos a favor, Sherm accedió a dejarme escoltar a Benjy al baño. Sheila rogó para venir con nosotros, pero Sherm se negó y la obligó a quedarse allí.

Conduje a Benjy por el pasillo. Me sentí nervioso al dejar a John y los rehenes. La oficina de Keith, cuyo nombre colgaba de la puerta, estaba justo al otro lado del pasillo de la cámara acorazada. Había otras cuatro puertas cerradas a la derecha, una salida de incendios y una puertecita al final del pasillo, que imaginé sería la que daba al armario de la limpieza. En la cuarta puerta había un cartel que rezaba «Aseos».

—¿Cómo lo llevas, hombrecito?

—Estoy bien, señor Tommy —me miró y se apretó la bragueta—, pero me estoy meando.

Reprimí una sonrisa.

—Bueno, entonces será mejor que acabemos cuanto antes.

Caminé hasta la puerta y la empujé, luego me aseguré de que no tenía ninguna ventana. No las había, así que suspiré aliviado.

—¿Lo… lo haces tú solo?

—Sí. Como le digo a mami, ya no soy un niño, señor Tommy. Estoy en párvulos, no en la guardería. Ya soy mayor.

—¡En párvulos! Lo sabía. —A pesar de la situación, me reí—. Vale, entonces te esperaré aquí.

Entró y cerró la puerta tras de sí. Un poco después, escuché el ruido de la cremallera y luego el sonido del pis caer en la taza. Me eché contra la puerta y cerré los ojos. Suspiré. Anhelaba un cigarrillo. Moví el cuello hasta que crujió y después golpeé la puerta con la cabeza.

Dentro, alguien respondió con otro golpe.

Me puse alerta de inmediato, y olvidé la jaqueca. Levanté la pistola y pegué la oreja contra la puerta. Al otro lado repiqueteaba un sonido electrónico, como un teléfono móvil o un videojuego con el volumen puesto muy bajo.

En el baño, Benjy tiró de la cadena. Maldije. El estruendo ahogó cualquier otro sonido.

Con mucho cuidado, cogí el pomo con mano temblorosa. Escuché el discurrir del agua cuando Benjy empezó a lavarse las manos. Cantaba otra canción de dibujos, pero esta no la reconocí.

Conté hasta tres, giré el pomo, abrí la puerta de golpe y adelanté la pistola.

—¡Quieto ahí, hijo de puta! ¡No se te ocurra moverte!

Estaba oscuro dentro, pero distinguí una forma. Era humana y estaba sola.

—¡No dispare! ¡Oh, Dios, no dispare!

—Sal de una puta vez de ahí. ¡Ven aquí ahora mismo!

Un hombre negro de mediana edad con uniforme azul salió a trompicones al pasillo. No dejaba de temblar, y en las manos, que llevaba sobre la cabeza, sostenía un teléfono móvil.

—Señor Tommy —me llamó Benjy desde la puerta—, ¿qué pasa? ¿Algún problema?

—Benjy, quédate ahí, campeón. No pasa nada. Pero no salgas.

Al final del pasillo oí a Sheila gritar dentro de la cámara, y a Sherm ordenarle que se callara.

El labio del hombre negro se torció. Una etiqueta sobre su bolsillo izquierdo rezaba «Lucas», y sobre la derecha había otra que indicaba «Repartidor de agua».

—¿Quién cojones eres tú, tío? ¿Cómo has llegado hasta ahí? ¿Qué hacías dentro? ¡Responde!

—Soy… soy Lucas. El repar… repartidor.

Sherm sacó la pistola por el dintel de la cámara y luego asomó la cabeza.

—¿Qué hostias está pasando ahí, Tommy? ¿Quién coño es ese?

—Dice que se llama Lucas. Por lo que parece, es el repartidor de las botellas de agua. Estaba escondido en el armario del conserje.

—¡Joder! Trae a ese hijo de puta ahora mismo. ¡Ahora!

—Benjy —grité, aunque procuré que mi voz sonara calmada—, ya puedes salir.

Poco a poco entornó la puerta y miró fuera. Sus manitas aún chorreaban jabón. Abrió los ojos de par en par cuando vio a Lucas y volvió a cerrar la puerta.

—No pasa nada, Benjy. Vuelve con tu madre y deja que Sherm te vuelva a atar.

—Pero señor Tommy…

—Atiende, Benjy. Hazlo. Te prometo que no pasará nada.

—Vale, señor Tommy.

El niño trotó hacia la cámara, mientras Sherm no le quitaba el ojo de encima. Moví la pistola para indicar a Lucas que debía hacer lo mismo.

—Mantén las putas manos a la vista.

—Tranquilo, tío. Tranquilo. Tú no dispares, ¿vale? No quería haceros daño. Solo estaba asustado, tío. Cagado de miedo.

—¿A quién has llamado por teléfono? —le pregunté.

Parpadeó.

—¡A nadie!

Con la pistola apuntándole, le quité el móvil de las manos. Las luces del teclado aún estaban iluminadas y la pantalla mostraba el último número marcado.

Nueve uno uno.

—Mierda. ¡Has llamado a los maderos!

—Lo siento. No me dispare, señor.

—¿Qué hacías ahí? ¿Cómo entraste en el banco?

—Solo hacía mi trabajo. Solo eso. Entrego el agua y me llevo las botellas vacías como cada jueves. Había terminado el reparto y estaba en el baño lavándome las manos cuando escuché el tiroteo, así que me escondí en el armario. No sé qué coño pasaba, pero me imaginé que sería un robo.

—Parece que estabas en lo cierto.

Lo seguí por el pasillo y lo empujé hacia la cámara acorazada. Sherm lo aferró con una sonrisa inquietante.

—Bueno, bueno, bueno. Mira quién demonios tenemos aquí. Un invitado que llega tarde a la fiesta.

Entre Lucas, Sharon y Kim hubo miradas de reconocimiento. Sherm y yo nos dimos cuenta de inmediato.

—Oh, por lo que veo ya conoces a las damas. —Sherm sacó la cinta aislante—. Aparca ahí tu culo. Ahora.

—Lo siento, Lucas —dijo Sharon.

—¡Cierra el pico! —Sherm cortó un trozo de cinta y comenzó a atar las manos del conductor tras la espalda. Lucas se estremeció.

—Mira, tengo una esposa y dos niños en casa, y otro en el instituto. No me mates, por favor. Te lo imploro, tío. Haré lo que queráis.

—Lo que quiero es que cierres la maldita boca —restalló Sherm.

Se dio la vuelta para observar a Kim y Sharon, y ambas se aplastaron contra la pared, tensas de súbito.

—¿Cuándo pensabais decirme que este tipo estaba en el banco con nosotros?

El tono amenazador que destilaba la voz de Sherm casi se podía palpar.

—No lo sabíamos —protestó Sharon—. Es la verdad, Sherm. Cuando llegasteis creí que ya estaba fuera. Dejé de prestar atención a los detalles cuando se desencadenó el tiroteo.

—Me estás mintiendo, zorra.

—No. Te lo juro, es la verdad.

—Maldita sea, déjala en paz —gritó Dugan—. Te está diciendo la verdad.

—Calla la boca, tipo duro. Os advertí lo que pasaría si nos la intentabais dar con queso.

Después de atar a Lucas se cernió sobre Sharon.

—En serio que no lo sabíamos, Sherm —intercedió Kim—. No queríamos jugárosla ni nada de eso. ¿Por qué íbamos a hacerlo? Tú eres quien está al mando. Por favor, tienes que creernos.

—¿Sherm?

—¿Qué pasa, Tommy? —No apartó los ojos ni de Sharon ni de Kim.

—He encontrado esto. —Levanté el móvil—. Ha marcado el nueve uno uno. Imagino que ha estado hablando con los polis. No sé lo que les ha dicho, pero me da que nada bueno.

Sherm se inclinó y agarró la cara de Lucas entre las manos, para luego acercársela.

—¿Qué hostias les has dicho?

—Nada. No les he dicho…

Sherm se movió tan rápido como una piraña. En un instante le había mordido a Lucas la nariz. El repartidor gritó y la sangre fluyó por las comisuras de la boca de Sherm.

—¡Para! —gritó Kim—. Déjalo en paz.

Sherm meneó la cabeza adelante y atrás como un perro y luego se apartó. Sharon y Kim chillaban. La nariz mutilada de Lucas derramaba sangre sobre el uniforme azul. El repartidor lloraba.

—Eso por mentirme. —Sherm se limpió la boca con la manga—. Hazlo otra vez y te arrancaré de un mordisco un puto dedo. O puede que a una de esas mujercitas en tu lugar. Les mordería las tetas o algo así. ¿Te gustaría? O tal vez podría sujetar el clítoris entre los dientes y luego… ¡ñas! Joder, hasta podría mascar una de las tetas del gordo. Si crees que estoy de coña, prueba a ver qué pasa.

—No, señor —resolló Lucas—, no creo que esté de coña. Creo que sí que lo haría.

—Bien. Ahora cuéntamelo todo, desde el principio. Y recuerda, Lucas, sabré si me mientes.

Lucas inhaló. La sangre, de un rojo brillante, seguía manándole de la nariz, y las lágrimas le corrían por la cara.

—Acá… acababa de dejar el suministro semanal de agua y me había llevado las botellas vacías. Mi camión había estado dando problemas con el aceite… Tiene una fuga. Les había dicho a los de mantenimiento que lo arreglaran, pero son incapaces de encontrarse el culo con las dos manos y una linterna. Así que comprobé el nivel de aceite antes de salir hacia el siguiente destino. Me ensucié las manos y decidí volver al banco a lavármelas. El baño es solo para empleados, pero Keith me dejó usarlo. Estaba en el baño cuando escuché el tiroteo. Me asusté; no sabía muy bien lo que pasaba… Luego me escondí en el armario de la limpieza. Lla… llamé a la policía con el móvil, y luego a mi superior del trabajo, y le dije que también contactara con la policía. Traté de llamar a mi mujer, pero no estaba en casa. Acababa de hablar con la policía por segunda vez cuanto su amigo me cogió.

—¿Así que has hablado con los maderos dos veces? ¿Qué les has dicho?

—No demasiado. Solo…

El repartidor miró a Sharon y a Kim y tragó saliva, nervioso. La sangre discurría por su cara. Se lamió los labios y continuó.

—Les conté que estaban robando el banco, que había escuchado un tiroteo y que era probable que hubiera gente herida o muerta. No sabía cuántos erais ni cuántas personas había aquí dentro. Eso es todo. Me hicieron un montón de preguntas pero no fui capaz de responderlas porque dentro del armario no veía nada. Así que me recomendaron que me quedara allí sentado. Aseguraron que me sacarían de aquí. La segunda vez que hablé con ellos me comentaron que el equipo de respuesta rápida había partido de York y que todo saldría bien. Seamos razonables. ¿Qué se supone que iba a hacer, dada la situación? Estaba asustado.

Necesitaba otro cigarro. No sabía qué hacer con el móvil, así que me lo guardé en el bolsillo.

—¿Qué crees, Sherm? —pregunté.

Exhaló y movió la cabeza.

—No pasa nada. No importa mucho. Si fueran a entrar a saco para intentar tomar el banco basándose en lo que este gilipollas les ha dicho, ya lo hubieran hecho. Seguiremos con el plan previsto. Por ahora todo va bien.

—John no, Sherm.

—Ya lo sé, colega. Quiero decir aparte de eso. ¿Mejor ahora?

Asentí.

Lucas miró a Sharon.

—¿Dónde está Keith? Hace un rato, cuando estaba en el armario, me pareció escuchar…

—Tú no eres quien formula las malditas preguntas —escupió Sherm—, así que siéntate y cierra la puta boca. No te preocupes por Keith. Me he ocupado de él y no irá a ninguna parte.

Se encendió otro cigarro y tomó una larga bocanada, y cuando volvió a hablar lo hizo con un tono un poco más calmado.

—Dime una cosa, Lucas. ¿Tu camión tiene aceite?

—¿Qué?

—El motor, coño. Esa cosa grande que está en el capó y que hace que el coche se mueva. Has dicho que tenía una fuga. ¿Cuándo lo comprobaste esta mañana iba bien? ¿Funcionaba?

—Sí, claro. Mantenimiento lo había estado mirando. Había quemado casi un cuarto, pero aún quedaba mucho.

—¿Ves? Poco a poco nos vamos entendiendo. ¿Y es ese que está aparcado ahí fuera, al lado del contenedor del restaurante chino?

—Sí.

Recordaba haberlo visto cuando salimos del coche de John. Ahora me parecía que habían pasado años desde entonces.

—¿Están las llaves en el camión o las tienes tú?

—Las tengo yo. Están en mi bolsillo izquierdo.

—Estupendo. —Sherm sonrió—. Mierda, es genial. Vamos a echar un ojo a ver qué tal va el asunto. Vas a mirar por la ventana trasera y decirme cuántos polis están merodeando cerca de tu camión y de mi coche.

—No hay ninguna ventana —interrumpió Sharon—. La única forma de ver algo es abrir la puerta de incendios. Pero si lo haces, la alarma saltará.

—¿Entonces dónde fumáis? No veo ningún cenicero.

—No, no lo hay. Las chicas… salen fuera.

—Así que la alarma se desconecta durante el día, ¿verdad?

—Sí —admitió reluctante—. Keith la apaga para que Kim y las demás chicas puedan fumar fuera. No quiero que lo hagan enfrente del banco. La compañía que dirige el centro no lo permite, y Keith piensa que pudiera molestar a algunos clientes.

—Bueno, entonces no hay ningún problema, la alarma está apagada. —Cogió a Lucas del brazo y lo levantó—. Vamos, colega. Veamos cómo está tu camión.

Algo confuso, le hablé antes de que saliera.

—Sherm, ¿qué cojones vas a hacer con el camión?

Sherm empujó a Lucas hacia la puerta de la cámara acorazada y se dio la vuelta para responderme.

—Te aseguré que encontraría la manera de sacarnos de aquí, ¿cierto? Pues es esta, tío. Este es nuestro billete para casa. Usamos los rehenes como escudos humanos, salimos por la puerta de atrás y nos largamos. Si no podemos llegar a nuestro coche, usamos su camión. Entonces los polis entran y Polla de peluche recibe ayuda. ¿Te parece un buen plan?

Me encogí de hombros.

—¿Qué más da? Vas a hacer lo que te dé la gana de todas formas.

—¿Alguna pregunta más?

—No.

—Vale. Vigílalos hasta que volvamos.

Según se alejaba por el pasillo, escuché a Sherm preguntar a Lucas cuánto se sacaba un repartidor de agua a la semana. Sus carcajadas retumbaron en las paredes.

En mis brazos, John moría.

Martha dejó de rezar por un momento.

—Oh, Dios.

—No podría estar más de acuerdo contigo, Martha —suspiré—. No podría estar más de acuerdo contigo.

 

Y John seguía muriéndose cuando mi bolsillo comenzó a vibrar.

Jadeé a mi pesar y los rehenes hicieron lo mismo, nerviosos porque no sabían lo que ocurría. Los pechos de Oscar temblaron. No me despegaron los ojos de encima mientras metía las manos en el bolsillo. Luego me calmé al recordar que me había guardado el móvil de Lucas en los pantalones.

—No pasa nada —les aseguré—. El móvil del repartidor está vibrando. Debe de haberlo puesto en modo silencioso o algo así. No pasa nada. Solo me asusté por un segundo, nada más.

Dejé escapar una risita nerviosa y ellos se relajaron… tanto como permitían las presentes circunstancias.

Metí la mano en el bolsillo y saqué el móvil. La pantalla se había iluminado; un verde que brillaba bajo las luces fluorescentes. La llamada entrante había sido identificada como «Vera». Me pregunté quién sería Vera. Lo más seguro es que su mujer. Lucas dijo que había intentado llamarla pero que no había vuelto a casa. Tal vez le estaba devolviendo la llamada, o quizá se debiera a que el robo había trascendido y quería asegurarse de que no estaba allí ya.

Su preocupada mujer lo llamaba para asegurarse de que estaba bien. De algún modo, sabía que era por eso. El banco se hallaba en su ruta y Vera quería cerciorarse de que Lucas estaba bien. Michelle habría hecho lo mismo. Durante un instante, pensé en contestar y decirle a Vera que Lucas estaba bien, que su camión funcionaba y que ahora mismo no podía coger el teléfono, pero que pronto estaría en casa porque Sherm se lo había prometido.

Pero no lo hice. Lo que hice fue preguntarme lo que mi propia esposa estaría haciendo. Si yo hubiera sido Lucas, Michelle habría estado preocupadísima por mí. Por supuesto que Michelle no tenía ninguna razón para pensar que estaba en el banco, sobre todo en este, en el que ni siquiera teníamos cuenta. Se suponía que estaba trabajando. Aun así, pensé en si ya habría sabido del atraco. ¿Cuánto sabrían de nosotros los polis? ¿Qué es lo que estarían diciendo por la tele? Si todavía no lo sabía no tardaría mucho en averiguarlo. Se lo diría un cliente, o pondría la radio, o se enteraría al volver a casa. Le di vueltas y más vueltas, pero por alguna razón fui incapaz de recordar a qué hora salía Michelle del trabajo.

El teléfono dejó de vibrar y la pantalla volvió a sumirse en la oscuridad.

Sin pensar siquiera, presioné el número de casa y pulsé «Llamada». Hubo un zumbido de estática y luego comenzó a sonar.

—¿A quién llamas? —preguntó Sheila.

Ring…

No respondí.

—Llama a la policía —apuntó Roy—. Sé que quieres hacer lo correcto, Tommy. Y nosotros lo dejaremos bien claro. Diremos a todo el mundo que Sherm fue quien mató a esa gente. ¿Verdad?

Ring…

—Claro —accedió Sharon.

Ring…

—¿Tommy? —Sheila me dio unos golpecitos con el pie para atraer mi atención.

Ring…

Y entonces saltó nuestro contestador. Escuché mi propia voz: «somos los O'Brien: Tommy, Michelle y T. J. Por favor deje su mensaje después de oír la señal. Paz».

Tenía la boca seca.

—Michelle, soy yo. ¿Estás ahí, cariño? Cógelo. —Todos me miraban en silencio. No había señal de Sherm ni de Lucas. Fuera del banco se produjo un crujido electrónico amortiguado, como si alguien probara un micrófono o una radio.

—¿Michelle? ¿Estás ahí?

No hubo respuesta. Colgué y contemplé el teléfono. Entonces marqué de nuevo, pero esta vez llamé a la tienda donde ella trabajaba. Sonó dos veces y lo cogió.

—Gracias por llamar a Minit-Mart. Soy Michelle. ¿Qué es lo que desea?

Abrí la boca, pero no me salían las palabras. Su voz era lo más bonito que jamás había escuchado, pero en ese momento me llenó de miedo. Tuve que obligarme a hablar.

—¿Hola? —repitió—. ¿Hay alguien ahí?

—Yo…

—Si es una de esas bromas otra vez, volveré a colgar.

—Hey, cariño —croé—. Soy yo.

—¿Tommy? Dios, tu voz suena fatal. No te reconocí al principio. ¿Cómo estás?

—Lo cierto es que he tenido días mejores.

—¿Estás trabajando?

—No —mentí—. Me he vuelto a casa porque me sentía mal.

—Espero que puedas descansar.

—Sí —respondí—, se podría decir que sí lo estoy haciendo. Supongo. Estoy sentado aquí.

—¿Qué te parece este plan? Salgo a las doce y media. Llego a casa, te hago una sopa de pollo, luego nos vemos Los días de nuestra vida y después vamos a recoger a T. J. a la guardería.

Tosí un poco de sangre y me la tragué para que los rehenes no la vieran.

—Estupendo, salvo por la parte de ver la serie. Sabes que odio las telenovelas y toda esa mierda.

—Pero si se está poniendo interesante. Stefano ha vuelto de entre los muertos.

—Stefano siempre vuelve de entre los muertos —chirrié—. En cuanto necesitan subir la audiencia, encuentran la forma de volverlo a sacar.

—Espera un momento, cariño.

—De acuerdo.

Oí cómo atendía a un cliente. Mientras trabajaba, deseé tener los poderes de un personaje de telenovela. Engañaban a la muerte todos los días, solo para aumentar la audiencia. Michelle volvió a coger el teléfono.

—Perdona, cariño. Un gilipollas quería pagar los boletos de lotería con cheques de comida. Volveré pronto a casa, si el tráfico no está muy mal.

—¿Tráfico? ¿Qué ha pasado? ¿Ha habido un accidente?

—¿No lo has oído? Un grupo de tíos ha tratado de robar el banco del pequeño centro comercial, el que está fuera de la ciudad. Sale en todas las noticias. Por lo que parece, la han pifiado y ahora los policías los tienen rodeados. Hay hasta rehenes. Un par de personas han muerto. Supongo que no tienes puesta ni la radio ni la tele.

—No, no he oído nada.

—Espera un momentito, ¿vale, cariño?

Atendió a otro cliente y volvió.

—Tienen controlado el banco y el tráfico está jodido a causa de los bloqueos.

—Guau. ¿Y qué pasa…?

—Tommy, ¿hay algo que va mal? Cuéntamelo. Sé que no solo estás enfermo. Lo noto en tu voz. Mira… Soy tu esposa y quiero que seas sincero conmigo. En eso se basa nuestro matrimonio. Confianza. Nunca antes me has mentido, y no quiero que empieces ahora.

Por fin.

Me callé, no muy seguro de cómo proceder. Entonces fui al grano.

—Michelle… —Di un largo suspiro—. Estoy en el banco.

Hubo un momento de tenso silencio, y luego boqueó.

—¿Qué?

—Estoy en el banco, Michelle. En el que están robando.

—¡Oh, Dios mío! ¡Tommy! Cariño, ¿estás bien? ¿Te han hecho daño? ¿Cómo has conseguido un teléfono? ¿Qué haces en el banco? Ese no es nuestro banco. ¿Qué está pasando?

—Lo… lo siento —me desmoroné—. Me pareció que era lo que tenía que hacer.

—¿Tommy, de qué hablas? ¿Has intentado resistirte? ¿Te tienen como rehén? ¿Estás herido?

—No, pero John sí. John está muy, muy grave. Se muere, Michelle, y es por mi culpa. Esta mierda es todo por mi culpa. Solo por mi culpa.

—¿John está contigo? Tommy, no entiendo nada. ¿Por qué está John ahí? ¿Está bien? ¿Qué sucede ahí?

—Nosotros… —Fui incapaz de terminar. Era consciente de que todos los rehenes me observaban.

—¿Tommy? ¡Dímelo, cariño! ¿Por qué estabais en el banco?

—Michelle —sollocé—. Solo quería que supieras que te quiero y que lo siento. ¿Vale? Te quiero a ti y a T. J., y esto lo he hecho solo por vosotros.

—¡Tommy me estás asustando! ¿Qué sucede?

—Somos los que… Somos los que salimos por la tele. Somos los atracadores.

Se quedó callada.

—¿Dónde está Sherm? —Aprecié la sospecha de su voz.

—Sherm también está aquí, Michelle. Los tres lo estamos. Somos los atracadores. Te mentí sobre el despido. Jenny te dijo la verdad. Nos largaron.

Se volvió a callar y luego explotó.

—Mierda, Tommy, maldito capullo. Esto no es gracioso. ¿Crees que sí? Pues no lo es. ¡Deja de bromear con estas cosas! Me has asustado de lo lindo, hijo de puta. Si te sientes con ganas para gastar bromitas por teléfono, casi mejor que vuelvas a trabajar. ¿Y si T. J. hubiera estado conmigo? Se habría asustado. ¡Hijo de puta! No puedo creer…

—Michelle… Michelle, escúchame. Escúchame con atención. Nunca he hablado tan serio como ahora. John, Sherm y yo decidimos robar el banco. Lo he hecho por ti y por T. J. Para que no os quedéis sin nada cuando yo… cuando yo me vaya. Michelle, tenías razón cuando decías que mi enfermedad iba a peor. Te mentí en eso también, cariño. Te he mentido en todo y lo siento. No solo estoy enfermo. Tengo…

Las palabras se quedaron pegadas a la garganta.

—¿Tommy? —Intuí el miedo en su voz, y el corazón se me partió por la mitad.

Cáncer. Tengo cáncer. Está creciendo a un ritmo alarmante. Me temo que es terminal. La vida es una mierda y luego te mueres. ¡Nos vemos luego, negros! ¡Paz!

Pero no me salieron las palabras. No se lo podía decir. Ni siquiera entonces, cuando le estaba confesando todo. Aún quería protegerla de lo peor.

—¿Tommy? ¿Sigues ahí? ¿Tommy?

—Lo que he hecho, lo he hecho por vosotros. Solo quería que tú y T. J. tuvierais una vida mejor, mejor que la que os he dado. Ambos lo merecéis. Cuando enfermé, ya todo daba igual. Así que robamos el banco. Pero no se supone que iba a salir así, Michelle. Te lo juro por Dios. Se supone que no iba a salir así. Sherm me prometió que no habría disparos. Me lo prometió. Pero todo se nos ha ido de las manos. Tienes que decírselo, ¿vale? Di a la policía que Sherm dijo que no habría disparos. Y dile a T. J. que papi nunca quiso que ocurriera esto. Dile que lo siento y que lo quiero mucho, mucho, mucho, y que me siento orgulloso de él.

—¡Para, Tommy! ¡No tiene gracia! Me estás asustando. No entiendo nada. Por favor, dime que…

Entonces oí pasos por el pasillo. Sherm silbaba una vieja canción de Public Enemy.

—Michelle —susurré—, tengo que dejarte. Tengo que irme ahora mismo. Te quiero, cariño. Necesito que lo sepas. Te quiero muchísimo. Lo siento… por todo.

—¡Tommy! ¡¡Tommy!!

Colgué y devolví el teléfono al bolsillo justo cuando entró Sherm.

—¿Qué tal, tío? ¿Me he perdido algo interesante?

Agité la cabeza. Los demás hicieron lo mismo.

—¿Entonces por qué lloras, Tommy? —preguntó.

—Estoy preocupado por John. Eso es todo. Se está muriendo, hostias. ¿Te lo tengo que recordar a cada minuto?

—¿Crees que no lo sé, Tommy? Coño, deja de repetírmelo.

—Lo siento. Lo siento.

—No te preocupes. Todos estamos un poco alterados.

—La cinta me está haciendo daño en las muñecas —se quejó Kim.

—Acostúmbrate, dulzura. Tal vez si me prometes ser más simpática conmigo, te las suelte un poco luego.

Yo seguí haciendo presión sobre la herida de bala de John. A estas alturas, ni siquiera sabía si servía de algo. Traté de apartármelo de la cabeza, como había hecho mientras hablaba por el móvil. Y Sherm se había negado a seguir apretando cuando me llevé a Benjy al baño. Volví a esforzarme en olvidar.

—¿Qué pasa con Lucas y el camión?

—Lo he atado y lo he dejado en el baño. Ya hay demasiada gente aquí como para vigilarlos a todos a la vez, y no hay manera de que se escape de allí. Encontré pegamento en el armario de la limpieza, así que he pegado la cerradura. La única forma de salir es echar abajo la puerta.

—Estupendo. ¿Y ahora qué hacemos si tenemos que ir a cagar?

—Hacerlo en el suelo.

—Genial. Espero que al menos tengas las llaves del camión.

—Sí, tengo las llaves, pero no estoy seguro de si podremos usarlas.

—¿Por?

—Hay cinco maderos entre nosotros y el camión. Cuando vuelvan a llamar negociaré. Veré si consigo que retrocedan lo suficiente.

—¿De verdad crees que los polis aceptarán las condiciones, Sherm?

—Lo harán si empezamos a matar rehenes y a tirarlos por la puta puerta.

Después de oír eso, los ojos de Oscar y Kim se abrieron de par en par. Sheila se estremeció. Roy se apoyó contra la pared. Dugan empujó el pie de Sharon con el suyo y se dieron ánimos en silencio. Martha rezaba en un hilo de voz.

Benjy me contemplaba.

Yo lo miré, y durante una fracción de segundo me asaltó la imagen de Sherm colocando su pistola en la nuca del niño. Sherm apretaba el gatillo y se oía a Sheila gritar. No. No era posible. Demasiada gente había muerto ya. No quería más muertes en mi conciencia, y mucho menos la del chaval.

Traté de mantener la voz fría y calmada.

—Deja de bromear, tío. No pienso llegar a eso. ¿Vale?

—Seguro que sí —objetó—. Si los polis no cooperan, si las cosas no van como quiero, entonces no tendré problema alguno en liquidar a unos cuantos de estos capullos para que me hagan caso.

—No lo dices de verdad —replicó Roy—. Te condenarán a pena de muerte por algo tan mezquino.

—Escucha, viejo, ahora mismo ya podrían condenarme a muerte. Así que da igual si añado unos cuantos cadáveres a la lista. De hecho, lo mismo hasta acelera el proceso.

—Sherm —razoné con él—, si empiezas a matar rehenes y lanzarlos por la puerta, los polis entrarán a saco. En cuanto escuchen el primer disparo estarán aquí. Vendrán equipados con gas lacrimógeno y pulverizadores de pimienta, rifles automáticos, chalecos de kevlar y miras láser; toda esa mierda. Nos superarán en número. Si matas a más personas, sería como cometer un suicidio.

—¿Porque firmaría nuestras sentencias de muerte?

—¡Exacto!

—¿Y no es eso mejor que sentarse a esperar en el corredor de la muerte, Tommy?

Abrí la boca para protestar, pero un gañido electrónico me cortó.

—¡Shady! ¡Shady! ¡Soy el detective Ramírez! ¡Seguimos tratando de cumplir con vuestras peticiones! ¡En quince minutos os llamaré de nuevo al teléfono del banco y os pondré al día! Es vital que cojas el teléfono cuando llame. No hay necesidad alguna de empeorar la situación. Nadie más ha de salir herido, Shady. ¡Coge el teléfono y hablemos de todo esto!

—Oh vaya —sonrió Sherm—, la policía ha tardado en encender su megáfono. Igual es porque tenía las baterías recargándose.

—¿Es Ramírez el mismo tío con el que hablaste antes? —pregunté.

—Sí, es él. Es astuto como una comadreja. Me gustaría meterle un tiro antes de que esto termine. Putos negociadores de la poli…

La voz del megáfono continuó berreando.

—¿Pero quién demonios es Shady? —preguntó Roy, confuso.

—Yo soy —replicó Sherm, orgulloso—. I'm the real Slim Shady. So won't you please shut up. Please shut up. Please shut up. Please shut up.

—¿Y eso qué significa?

—Olvídalo —tercié—. No lo entenderías.

—¿Me puede decir alguien quién es Shady? —insistió Roy.

Guardé silencio.

—¿Es el apodo de Sherm o algo así?

—No —le aclaró Oscar—, es el apodo de un rapero.

—Oh. He de admitir que no sé mucho sobre la música rap.

—No te pierdes nada —apostilló Sharon—. En mi opinión, no son más que un puñado de matones adolescentes, masoquistas y onanistas.

—Nadie te ha pedido tu opinión —gruñó Sherm.

—Lo único sobre lo que rapean —contraatacó Sharon— son las drogas, sus coches, sus putitas, sus bling bling y quién ha estado más tiempo en la cárcel.

—¿Qué es bling bling? —susurró Roy a Sheila.

—Dinero. Joyas. Cosas así. Cosas brillantes.

—Oh.

—El rap no solo habla de eso —protesté—. Cuenta historias de la calle. Sobre la vida en la calle desde su perspectiva. Y no todo es negativo.

Roy dobló las piernas y su cara se contrajo de dolor.

—¿Qué pasa? —le preguntó Sheila.

—La artritis me está dando la lata. Pero mi corazón anda bien.

Le ofreció una cálida sonrisa a Benjy y miró a Sharon.

—Así que lo que dices es que Tommy, John y Sherm robaron el banco en parte debido a la música que escuchan, ¿no?

—Solo digo que es un factor que tener en cuenta.

—Lo siento, Sharon, pero ese argumento es basura —interrumpí—. Sería como culpar de la matanza de Columbine a Matrix. No pretendo ofenderte, pero me conozco bastante bien y no encajo con ningún personaje de ninguna canción.

Sherm se dio la vuelta despacio.

—Escuchadme todos. No os conozco y vosotros a mí tampoco, aparte de que soy el hijo de puta que tiene una pistola. Es lo único que necesitáis saber. Ninguno de vosotros me conoce en realidad. Y tampoco lo vais a hacer. Así que dejad de preocuparos y de hacer preguntas.

—Bueno —intervino Roy—, tal vez te conozcamos para antes de que esto acabe.

Al principio pensé que Sherm no iba a responder, pero sí lo hizo.

—Será mejor que no.

 

—¿Qué creéis que pasa cuando… cuando nos morimos? —preguntó Kim.

Llevábamos sentados mucho tiempo y la pregunta nos pilló por sorpresa a todos. Durante la última media hora, la única conversación que habíamos tenido se había producido cuando Sherm tomó finalmente el relevo y mantuvo la presión contra la herida de John. Había planeado aprovechar el momento para vaciar los cajones del recibidor, pero cuando me dirigía al pasillo me di cuenta de que los polis me verían desde el aparcamiento si me ponía detrás del mostrador. La verdad es que me molestó. Sherm había dejado de planear qué hacer, y cuando al fin yo era quien decidía algo, no podía hacerlo.

—En serio —insistió Kim—. Hoy podríamos morir todos. ¿Qué creéis que pasa cuando morimos?

Oscar parpadeó.

—Es una pregunta un tanto morbosa, ¿no?

Kim se encogió de hombros.

—No lo sé. Supongo que sí. Todo lo que sé es que no puedo dejar de pensar en ello. Echo de menos a mis padres y a mi hermanito. Desearía hablar con ellos una vez más, ¿sabes? No quiero morir. Soy muy joven. Quiero casarme y tener hijos y…

—Nadie va a morir, dulzura —dijo Sherm—, siempre y cuando sigáis mis indicaciones y siempre y cuando esos putos policías no me jodan.

Kim lo ignoró.

—Mi familia y yo íbamos a la iglesia cuando era pequeña, pero hace ya mucho tiempo que no hablo con Dios. Aún creo en él, supongo. Pero me pregunto si iré al cielo si no salimos de aquí.

—No creo que a Dios le importe lo mucho que vayas o no a la iglesia —comentó Roy—. Imagino que le preocupará más el cómo hayas vivido la vida. Eso es lo que te garantiza un lugar en el cielo.

—¡Ja! —escupió Martha.

—¿Qué demonios te pasa, zorra? —Sherm volvía a estar inquieto; golpeaba el tambor de la pistola contra la pierna.

—Los demonios no son mi problema —respondió—. Son tu problema.

—¿Cuántas veces has visto La Pasión, Martha? Apostaría lo que fuera a que es la única película que has visto en veinte años.

—Ninguno de vosotros sabe nada de cómo ir al cielo. Como se dice en el Nuevo Testamento, tenéis que nacer de nuevo. Jesucristo es nuestro señor y salvador. Debéis pedirle a él que perdone vuestros pecados y que inunde vuestros corazones. Entonces, y solo entonces, entraréis en el cielo.

—Menuda mierda —se bufó Sherm—. Eso es muy sencillo. No tenía ni idea. Me pondré a ello. Por si acaso, nunca se sabe.

Dejó la pistola en el suelo, se arrodilló, levantó la cabeza hacia el techo y unió las manos.

—Por favor, Dios, por favor, no permitas que vaya al infierno; sobre todo si no tienen cigarrillos. Eso sería una mierda. Con tanto fuego y sin nada que fumar. O peor aún, podrían tener solo ultra lights. Pero si decides enviarme allí, ¿me darás una habitación al lado de Tupac y Higgin? Sería genial. O mejor entre Sam Kinison y Bill Hicks. Así al menos tendría alguien que me hiciera reír. Oh, y antes de que se me olvide, Dios, me sentiría honrado si pudieras ser mi salvador y asistente personal, o lo que sea que esta puta loca ha dicho que debía pedirte. Amén.

Comenzó a levantarse y se detuvo.

—Posdata: ¡damos gracias, Señor, por estos alimentos que vamos a recibir!

Agarró de nuevo la pistola y sonrió a Martha.

—¿Qué tal? ¿Crees que me dejarán entrar?

—Mófate del Señor todo lo que quieras —replicó Martha—, pero cuando te llegue la hora tus oraciones sí serán reales. Implorarás. Te azotarás, rechinarás los dientes y te arrancarás los pelos. Pero El no te escuchará porque ya tienes dentro al demonio. Y tampoco escuchará a tu amigo porque ha cometido el pecado más grave. Ha blasfemado contra el Espíritu Santo. ¡Todos lo habéis hecho! Las escrituras nos dicen que no hay perdón para eso. El diablo camina libre sobre la tierra y se burla de los dones sanadores de nuestro Señor Jesucristo. ¡Solo Él puede curar!

—¿De qué mierda habla ahora? —me preguntó Sherm.

Martha estaba a punto de revelar el secreto de Benjy. Levanté las manos, molesto.

—No tengo ni puta idea. ¿Importa? Es basura. Basura para las masas. No hay Dios, así de simple. Dios es un invento para ignorantes. ¿Quieres saber qué pasa cuando nos morimos, Kim? Nada. Eso es lo que pasa. Nada. Nos queman o nos echan en una caja bajo tierra.

—Qué pesimista —dijo Sheila.

—¿Tú crees? No te conozco, Sheila, pero si tengo en cuenta lo bien que me ha ido la vida, tampoco es que suene tan mal. Un buen sueñecito nunca le ha hecho daño a nadie. La muerte será mejor. No tienes que pensar ni sentir más…

Ni siquiera ser. La nada, el vacío. Una eternidad en la que tuvieras que experimentar eso sería una putada.

Aunque lo dije, y aunque lo creía, no quería que fuera cierto. Me había demostrado a mí mismo que Dios no existía (o quizá Él me lo había demostrado a mí), pero aún tenía miedo a la muerte, miedo a respirar por última vez y no volver a hacerlo. Miedo a cerrar los ojos y no volver a abrirlos. Pensé en John, cuando le dispararon y entró tambaleándose en el banco. Me había rogado que lo salvara porque tenía miedo de morir.

«¡Estoy asustado, Tommy!».

—Bueno, aunque no soy tan radical como Martha, también soy creyente — explicó Roy—. Creo en Dios, y también que Jesús murió por nuestros pecados. Trato de ser un buen cristiano, pero nadie es perfecto; todos cometemos errores. Supongo que el quid de la cuestión estriba en expiar tus pecados y esforzarte por vivir una vida justa, de la forma en que Dios querría que la vivieras.

—Yo antes también era creyente —añadió Sharon—, pero ahora no estoy segura. No lo sé. Con todo lo que pasa en el mundo, es difícil creer en un ser supremo que permite que tantas cosas malas ocurran.

—Y que lo digas —convine—. Los árabes creen que solo ellos tienen razón, y por eso odian a los cristianos y a los judíos. Los judíos piensan lo mismo, así que odian a los árabes y a los cristianos. ¿Los cristianos? Lo mismo. Ellos son los que hacen lo correcto, así que odian a los árabes y a los judíos. ¿Y sabes por qué se odian los unos a los otros? Porque Dios se lo dijo. Se matan entre ellos porque Dios se lo manda. Adoran al mismo tío… aunque lo llaman por nombres diferentes. La religión ha puteado al mundo desde el comienzo.

—Osama bin Laden ordenó a sus acólitos estrellar aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono, ¿no?

—Correcto. Y era un líder religioso.

—Que actuaba así porque Dios se lo había dicho —concluí.

—Alá es solo otro nombre para llamar a Satanás —aclaró Martha—. ¡No adorarás a falsos profetas!

—En realidad —corrigió Oscar—, Tommy y el señor Kirby tienen razón. Los árabes, judíos y cristianos creen en el mismo Dios. Tiene tres nombres diferentes. Solo sus profetas difieren en eso.

Martha le echó una mirada asesina y Oscar volvió a callarse.

Sherm se puso en pie de un salto. Inclinó la cabeza, como si oyera algo.

—¿Qué pasa? —susurré.

—Creo que he escuchado algo —musitó—. Voces muy bajitas. Comprueba el recibidor y el pasillo.

Abrí la boca para protestar pero Sherm me cortó en seco.

—¿No querías estar al cargo?

Agarré la pistola con manos sudorosas y salí al pasillo. Silencioso y vacío. Estiré la cabeza y escuché. Nada. Fuera seguían sonando las radios de policía y los zumbidos de voces, pero dentro no había nada. Fui al recibidor andando de puntillas y miré por la esquina. Vacío, salvo por Mac Davis y Kelvin. Los ojos del poli muerto me miraron. Una mosca se movía por su cara.

Volví a la cámara acorazada.

—¿Nada? —preguntó Sherm.

—Nada —negué con la cabeza—, salvo Kelvin y el madero. Los cadáveres siguen en el mismo sitio.

Sherm frunció el ceño.

—Juraría haber oído algo.

Volvimos a sumirnos en el silencio. Reemplacé a Sherm en el taponamiento de la herida.

—Así que no crees en la vida después de la muerte, ¿no? —me preguntó Roy.

—No. No hay cielo ni infierno. Cuando morimos nos convertimos en pasto de los gusanos. Nada más. Hasta los gusanos tienen que comer.

—Pienso lo mismo —reconoció Sherm.

—¿Y qué pasa con el alma, Tommy? —continuó Roy—. Tiene que ir a algún sitio.

—El alma no existe, señor Kirby.

Me sorprendió ver a Dugan asentir.

—He visto a muchos hombres morir —confesó despacio—, pero nunca he visto qué les ocurre a sus almas después. Nunca las he visto salir del cuerpo.

—¿Dónde has visto morir tantos hombres? —espetó Sherm.

—Debéis nacer de nuevo —saltó Martha antes de que Dugan contestara—. ¡Debéis ungiros con la sangre del cordero! Solo la sangre es capaz… ¡Sangre y sacrificio! ¡La sangre de los inocentes! ¡La sangre del cordero!

Contempló a Benjy y Sheila me miró a mí, alarmada. Nadie respondió y el silencio se apoderó de la estancia.

«Sangre de los inocentes». No me gustaba cómo sonaba aquello, ni tampoco cómo miraba al niño cuando lo decía.

—¿Y los fantasmas? —inquirió Sharon.

Sherm lanzó una sonrisita despectiva.

—¿Qué pasa con los fantasmas?

—¿No prueban que hay vida después de la muerte?

—¿Alguna vez has visto un fantasma?

—No, pero solo porque no los haya visto no significa que no crea en ellos. Nunca he visto un oso polar pero sé que existen. ¿Por qué no se aplica lo mismo a los fantasmas? Hay muchos testigos y fotografías, hasta vídeos.

Pensé en ello.

—John vio un fantasma una vez cuando éramos críos. O al menos creyó verlo. En la antigua cantera, a medio camino entre Spring Grove y Hanover. Solíamos ir allí a bañarnos. Se dice que en el fondo había una ciudad. Se quemó la presa en los años veinte y la ciudad quedó sumergida cuando las aguas inundaron la mina. Se supone que está encantada. La gente dice que ve sombras humanoides y blancas bajo el agua. Pero yo nunca vi nada.

—¿Así que no crees?

Negué con la cabeza.

—No, supongo que no. Ni en fantasmas ni en dioses. ¿En el fondo no es lo mismo? ¿No lo llaman «espíritu santo»?

Nadie contestó, y me imaginé que allí acababa todo. Me pregunté si serían tan simpáticos conmigo si no tuviera un arma.

Después de un rato, Oscar se estiró. Su pecho tenía la piel de gallina.

—Yo siempre he creído en la reencarnación.

—¿Qué es eso? —quiso saber Sheila.

—¿Reencarnación? Todos hemos pasado por vidas anteriores a esta. Es parte integrante de muchas religiones. No de la cristiana ni de la judía, pero sí de muchas otras.

—Sí, he oído hablar de eso —dijo Sherm—. Yo mismo podría haber sido Billy el Niño o D. B. Cooper en una vida pasada. ¿No sería la polla?

—Y que lo digas —respondió Oscar con cara granítica. Si Sherm apreció el tono sarcástico de su voz, no hizo nada al respecto.

—Edgar Cayce creía en ello —continuó Oscar—. Era un gran sanador que murió en 1945. Entonces lo denominaban «sanador psíquico», aunque hoy sería considerado un homeópata. Sin importar su clasificación, dejó su marca en el mundo. Decía a la gente qué había sido en otras vidas. Las transcripciones de sus conferencias están archivadas en la Asociación para la Investigación e Iluminación, en Virginia. Debe de haber miles.

—Suena a típica mierda new age —gruñó Dugan—. Nunca me tragaré eso de adorar cristales y cantar a las ballenas.

—Bueno, la verdad es que algunas cosas son bastante chorras —admitió Oscar—, pero otras tantas han sido demostradas, al margen de la comunidad científica.

—¿Y quién eras en tus otras vidas? —preguntó Sherm, burlón—. ¿Una rana, una babosa o algo así?

Las orejas y el cuello de Oscar se volvieron granas.

—Espera —continuó Sherm—. ¡Ya lo sé! ¡Fuiste una puta tenia! ¡Una tenia que colgaba del culo de un perro!

—Os podéis reír todo lo que queráis, pero yo creo en ello. ¿Habéis oído hablar de Joan Grant?

Todos asentimos al unísono.

—Su primer libro, Faraón alado, se publicó en 1937. Transcurre en Egipto, y en aquel entonces los críticos lo alabaron como una novela histórica brillante, porque capturó de forma realista cómo había sido la vida de la época. La gente se maravilló ante lo preciso de sus descripciones. Era como si anduvieras por Egipto; las imágenes, los sonidos, los olores. Pero no se trataba de su imaginación. Joan Grant había vivido allí antes como Seeketa, la hija del faraón, y posteriormente como sacerdotisa del faraón. También vivió en Egipto décadas después como un hombre llamado Raab Hotep, y como Ramsés II. Aparte, recordaba vidas previas en Grecia durante el segundo siglo antes de Cristo, en la Inglaterra medieval y en la Italia del siglo XVI. Escribió siete novelas históricas más, aunque ella las llamaba autobiografías póstumas.

—¿Y de verdad te crees todas esas tonterías? —Dugan enarcó la ceja.

—No son tonterías. No se aleja mucho de creer en fantasmas, en Dios o en la Santísima Trinidad, ¿no?

—¡Blasfemo! —Martha le apuntó con un dedo retorcido—. ¿Veis como la influencia del mal os ha corrompido? Ahora también habéis cometido el pecado más grave. Blasfemáis contra el Espíritu Santo. Oh, las fosas os esperan hambrientas, jovencitos… A todos vosotros. Están llenas de sangre. Repletas. Torrentes y ríos y océanos de sangre. Solo la sangre puede lavar…

Sherm le apuntó con la pistola y tiró del percutor.

—Martha. Te lo diré una sola vez más, así que presta atención. ¡Cierra! ¡La! ¡Puta! ¡Boca!

Ella cerró la boca de golpe e hizo lo que se le había dicho.

—Sé lo que pasa cuando morimos —anunció Benjy.

—Cállate, cariño —lo recriminó Sheila.

—No. —Sherm se encogió de hombros—. Déjale que hable. Joder, todo el mundo ha hecho su pequeña aportación. Veamos qué dice él.

Sheila lo miró pensativa.

—En serio —insistió Sherm—. Quiero oírlo. Seguro que es mejor que las ideas del gordo o las de Martha.

—Adelante, Benjy —lo alenté.

Él asintió.

—Cuando la gente muere, va a un lugar brillante que conduce a otro aún más brillante. El primer sitio te hace sentir seguro, pero no lo es porque está lleno de la gente monstruo. La gente monstruo está hecha de oscuridad pero se puede ocultar en la luz, y cuando lo hace no la ves. Se vuelve invisible con la luz. Solo oyes su voz.

Sherm dio un respingo y me pregunté qué sería lo que le había molestado.

—Si has sido malo —continuó Benjy—, la gente monstruo no te deja continuar hasta el sitio más brillante. Te llevan con ellos a un lugar oscuro y entonces sí que los ves. Y dan miedo. Huelen fatal y…

Benjy se estremeció y cerró los ojos durante un segundo. Luego los abrió y continuó.

—Eso es lo que pasa si has sido malo. Te quedas en las tinieblas con la gente monstruo. Pero si has sido bueno, entonces viene Jesús y te rescata de la gente monstruo, y te lleva con él al lugar brillante. Todo es muy bonito y allí puedes ver a los que han muerto.

Cuando acabó, hubo un amplio abanico de reacciones. Sheila y yo nos sonreímos mutuamente. Roy, Kim, Sharon y hasta Dugan sonrieron también. Sherm dio palmas de manera sarcástica. Martha se quedó mirando a Benjy.

—Sangre de los inocentes —musitó una y otra vez—. Sangre de los inocentes…

—¿Por qué sigues diciendo eso? —restalló Sheila—. ¿Por qué no te callas?

—Lo sigo diciendo porque es la verdad. Solo la sangre lavará nuestra impureza. Sangre inocente. De la misma forma que el Señor instruyó a Abraham para que ofreciera a su hijo, Isaac, así tenemos que obrar. El cordero votivo.

—No te entiendo. ¿A qué te refieres? ¿Qué es lo que insinúas?

La palabra brotó de la garganta de Martha como un quejido, y fue aumentando de volumen hasta convertirse en el plañido de una sirena.

—¡Expiación! Expiación es de lo que hablo. Hoy se ha cometido un gran pecado aquí mismo, y solo la expiación nos hará recuperar la gracia de Dios. Debemos ofrecer el cordero.

Sherm descargó el pie y su bota se estampó contra la boca de la anciana. La dentadura postiza voló por toda la cámara y aterrizó cerca del señor Kirby. La sangre comenzó a derramarse por entre sus maltrechos labios. Martha lloraba más por la ira que por el dolor.

—Te dije que cerraras la puta boca —gritó Sherm. Apretó la boca del cañón contra la frente de Martha y echó atrás el percutor. El clic casi inaudible sonó ensordecedor en ese momento.

—Sherm —levanté las manos como gesto de protesta—, tranquilo. ¡Espera un segundo! Piénsalo bien antes de hacer nada.

—Que la jodan. No hay nada que pensar, Tommy. Esta vieja puta ya me ha tocado demasiado los huevos.

—Lo sé, tío. Lo sé. Todos estamos hartos de sus chorradas. Pero piénsalo, tío. Si la disparas ahora, los polis entrarán aquí. Lo sabes. Ya hemos hablado de eso. Se echarán encima de nosotros como langostas hambrientas, de la misma forma que hubieran entrado si hubieras disparado a Keith o a Lucas.

Ante la mención del repartidor y del encargado, pegó un salto. Se le tensaron los músculos como una serpiente lista para saltar sobre su víctima.

—No lo hagas, hijo —intercedió Roy—. Solo empeorarás las cosas.

Antes de que Sherm replicara, un nuevo sonido nos distrajo a todos. Un repiqueteo grave y sonoro que parecía venir de arriba. A la vez que elevábamos los ojos hacia el techo, el ruido se hizo más fuerte; algo se aproximaba con rapidez.

Zunca zunca zunca zunca zunca zunca.

—¿Qué coño es eso? —gritó Oscar. Sus ojos reflejaban miedo e inquietud.

Sonaba justo por encima de nuestras cabezas y daba la impresión de que el techo fuera a derrumbarse en cualquier momento. Parecía que alguien había decidido pasearse con una excavadora por encima del tejado. El banco entero se movía. Las paredes de acero vibraron contra nuestra espalda mientras el estruendo sacudía el edificio hasta los cimientos.

—¡Al fin! —El grito de Dugan fue de alivio y alborozo, pero su cara mostraba preocupación.

—Ya viene —grité, y me puse en pie de un salto, con la pistola apuntada hacia ningún sitio en concreto.

—¿Es un tanque? —gritó Oscar—. ¿Tienen tanques?

—Oh, Dios —lloriqueó Kim, que cerró los ojos—. Ya está. Vamos a morir…

El ruido aumentó en intensidad hasta el punto de tornar casi imposible la conversación entre nosotros.

—Ya está… Ya está… Ya está… Vamos a morir…

Benjy trató de cubrirse los oídos con los hombros para así refugiarse un poco del horrible ruido. Incluso aterrado como me hallaba, deseé que tuviera las manos libres. Solo era un niño. Si yo estaba aterrorizado, ¿cómo se sentiría él?

—Sherm —le grité sobre el rugido—, ¿qué cojones vamos a hacer?

—¿Qué?

—¿Que qué cojones vamos a hacer? ¡Ya están aquí!

—Relájate, tío. Solo es un helicóptero.

—¿Qué? —Ahuequé la mano y la coloqué en torno a mi oreja a la par que apretaba con más fuerza la pistola. Tenía las palmas sudadas.

—¡Un helicóptero! ¡Es un puto helicóptero!

Me quedé con la boca abierta, el corazón se me salía del pecho…, y justo en ese instante el ruido comenzó a remitir.

La velocidad y el ritmo disminuyeron. Por último, todos oímos el lejano y amortiguado sonido de un motor, que también acabó por detenerse.

—Han aterrizado —sonrió Sherm. Su mirada rayaba la felicidad.

—¿Quién ha aterrizado? ¿De qué hostias hablas? Era un puto helicóptero. ¿Quién viene?

—La unidad de respuesta rápida del condado de York —contestó con orgullo—. Por fin han llegado. Parece que han aterrizado en el aparcamiento.

—Genial —suspiré, sarcástico.

—Exacto —replicó—. Ahora las cosas se ponen interesantes.

Su carcajada sonó tan alta como lo habían hecho las aspas, e igual de cortante.