Terminal

Brian Keene · Capítulo 7 de 18

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Terminal

Capítulo 6

—¡Estás como una puta cabra, Tommy! Robar un banco. Por un segundo casi me lo creo. ¿Por qué nos vacilas?

Cuando no contesté, John apretó el volante aún con más fuerza de lo que lo hacía ya, y Sherm empezó a removerse en su asiento.

—¿Estás loco? —continuó John—. ¡El cáncer te está comiendo los sesos, capullo! ¡No vas a robar ningún banco!

Sonreí.

—Ya has oído lo que ha dicho Sherm en el bar: vivir como si no hubiera mañana. La vida es una mierda y luego te mueres. Lo que pretendo es agarrar a la vida por las pelotas antes de irme.

—Y que lo digas. —Sherm asintió—. Eso es justo lo que haría yo.

—¡Pero es una estupidez! ¿Qué pasa con Michelle y T. J.? Piensa en ellos.

—¡Lo hago por ellos, tío! Se merecen una vida mejor, mejor que la que yo les puedo dar. ¿Qué crees que les pasará cuando yo no esté? No tenemos ningún seguro de vida. ¿Crees que saldrán adelante con lo que Michelle cobra en el Minit-Mart?

—Si vas a la cárcel pasará lo mismo, Tommy. ¿Cómo los vas a ayudar encerrado? ¿Piensas ir al trullo? ¿Sabes lo que ocurre allí? ¿Has visto Oz? Querrán darte por culo y convertirte en su putita, y acabarás del lado de los cabezas rapadas para salvar la vida.

Le puse la mano encima del hombro.

—¿Y qué si me cogen y me meten en el trullo, John? ¿Qué es lo peor que me puede pasar? ¿La cárcel? Estupendo. Tampoco me queda mucho por vivir. Estaré en la cárcel un mes. Piensa en ello. Estoy a punto de palmar, tío. Mierda, lo más seguro es que la diñe antes del juicio.

John, que no dejaba de morderse el labio, redujo la velocidad para virar hacia el restaurante.

—Sigue adelante —dijo Sherm.

—¿No querías café?

—Sí, pero eso era antes de que Tommy soltara el bombazo del robo. Un restaurante no es lugar para hablar de toda esta mierda. Usa la cabeza. «¿Policía? Hemos visto lo del robo del banco en las noticias esta noche, y la semana pasada mi marido y yo, que estábamos comiendo pastel de manzana en el restaurante, oímos a Tommy O'Brien y a sus dos amigos hablar sobre eso mismo». ¿Entiendes a lo que me refiero?

—Entonces, ¿adónde vamos? —John dejó de mascarse el labio y empezó con la cutícula del dedo gordo.

—¿Qué tal el lago? —sugerí.

—Está bien —accedió Sherm—, pero paremos primero. Necesito cigarrillos y café pero ya, tío.

Nos detuvimos en una tienda veinticuatro horas, la clase de lugar donde tienen los parches de nicotina al lado de los cigarrillos, y Sherm se metió. John estaba callado, pegado al volante y con la mirada fija hacia delante, mientras esperábamos.

No fui capaz de soportar tanto silencio.

—¿Qué pasa, John? ¿Algo va mal?

Continuó mirando hacia delante. Su voz no era más que un susurro.

—No quiero que mueras, Tommy. Estoy asustado.

—No quiero morir, John. Yo también estoy asustado.

Se relajó un poco más, se hundió en el asiento y miró a través de la ventana. Tenía la impresión de que estaba contemplando algo muy lejano y fuera de la vista.

—¿Recuerdas cuando íbamos en bici por la carretera Bowman? Nos bañábamos en el río y después parábamos en el quiosco y tú te comprabas tebeos y yo cromos de béisbol.

Asentí, sonriendo.

—Me gustaría haber conservado los de G. I. Joe y los de los Transformers, y aquel donde Spiderman conseguía su traje negro. Ahora costarían un montón de pasta. Y aunque no los vendiera, seguro que le encantarían a T. J.

—Mi madre me tiró las cartas de béisbol. Aún estoy molesto. ¿Recuerdas a los Miller, los que vivían en la carretera Bowman? Tenían ese dóberman… ¿Cómo se llamaba?

—Catcher —respondí—. Dios, cómo odiaba a ese puto perro.

—Yo también. A veces Catcher estaba fuera y salía corriendo detrás de nosotros cuando pasábamos al lado en las bicis. ¿Te acuerdas cuando mordió a Rich Wagaman?

—¡Joder, claro que sí! Le dieron once puntos en la pierna y no pudo hacer nada en todo el verano.

—Nunca dejé de tenerle miedo… Pero tú, Tommy, tú no tenías miedo de nada. Nunca olvidaré aquel día en el que íbamos de camino al río y yo reduje la velocidad para escuchar si venía o no el perro. De repente, salió corriendo hacia nosotros y me asusté tanto que me caí de la bici. Casi me cago en los pantalones. Entonces, cuando estaba a punto de morderme, sacaste tu pistola de agua cargada con zumo de limón y le disparaste a los ojos. ¡Justo en los ojos! Gañó y salió a toda leche de allí. Catcher nunca nos volvió a joder.

—Le dimos bien por el culo. —Sonreí al recordarlo—. Y cuatro años después lo atropelló un tractor. Precioso.

—Siempre has estado a mi lado, Tommy. Con lo de Catcher y muchas cosas más, ¿sabes? Eres más listo que yo y no te da miedo nada ni nadie, y siempre me has cubierto las espaldas. No… no sé qué haré sin… —Se aturulló ante la frustración.

—Mira —le dije con suavidad—, no estarás solo. Tienes a Sherm.

—No es lo mismo, Tommy. Sherm no me conoce desde pequeño. Y además…

La puerta de la tienda se abrió y Sherm salió con tres cafés enormes, un paquete de cigarros, tres porciones de pizza y una botella de refresco de dos litros. Esbozó una sonrisa mientras iba hacia nosotros.

—¿Además qué? —pregunté.

—A veces… A veces Sherm me asusta —susurró—. A veces pienso que está loco.

—Yo también.

Sherm abrió la puerta y me alargó el café, luego se sentó atrás.

—¿Tú también qué?

—Estábamos diciendo que necesitábamos un café.

—No trates de timar a un profesional.

—De acuerdo. Decíamos que eres un gilipollas.

—Ahora sí te creo. —Me pasó la pizza y reanudamos la marcha sin decir una palabra. John puso algo de la vieja escuela: Home Invasion, de Ice-T. Comimos, bebimos, fumamos y meneamos la cabeza al ritmo de la canción. El silencio y la percusión solo se veían rotos de vez en cuando por mis ataques de tos.

—Así que tienes cáncer de verdad. ¿No nos estás vacilando? ¿No se trata de una broma? —preguntó Sherm al fin.

—Es cierto, tío. No bromearía con algo como esto.

—¿Y tampoco bromeas con lo del atraco al banco?

Negué con la cabeza.

—¿Y piensas en serio que es lo mejor para Michelle y T. J.? ¿Estás seguro?

—Sí. Lo estoy. No se me ocurre ninguna opción más, y créeme cuando te digo que lo he intentado.

—De acuerdo. Tendremos que ir dando vueltas a algunas cosas.

—Espera un momento —interrumpió John—. ¿Desde cuándo eres un experto en robos de bancos?

—Cierra el pico y conduce, John. —Se giró hacia mí de nuevo—. ¿Dónde piensas hacerlo?

—En mi banco. Estuve echándole un ojo cuando fui a ingresar el cheque.

—Tu banco. Vale. ¿Entonces te pondrás una máscara?

—No había pensado en ello.

—Claro que no. Si lo hubieras hecho, te habrías dado cuenta de que es una idea de mierda robar tu puto banco sin cubrirte el culo. ¿No vas a ese banco todos los viernes?

Asentí.

—Como poco. A veces más.

—Eso no es nada bueno, tío. Te reconocerán. Mierda, es mejor no hacerlo en ninguno de los bancos de la ciudad. ¿Y si el cajero fue a la escuela contigo, o conoce a Michelle, o algo así?

—Supongo que entonces lo mismo se aplica a York o Gettysburg —agregué—. Este condado es tan pequeño que todo el mundo se conoce.

—Seis grados entre Tommy O'Brien y mierda.

—¿Qué significa eso? —preguntó John.

—Es un juego —le aclaró Sherm—, como con el actor, Kevin Bacon.

—¿El tipo de Línea mortal? No recuerdo que robara un banco.

Fruncí el ceño y Sherm le echó una nube de humo en la cara.

—Así que tienes que taparte la cara —continuó—. Es la única forma de estar seguro.

—¿Y no podría utilizar otro método?

—Claro, ¿pero qué coño quieres hacer?

—No lo sé. Calarme un sombreo. Ponerme una barba o mostacho falsos. Tal vez teñirme el pelo; así parecería Eminem.

—Ya te pareces a Eminem. No es una buena idea. La gente podría reconocerte aun así; las cámaras de vigilancia te grabarían y saldrías en las noticias de las diez. Alguien acabaría por saber quién eres.

Pensé en ello y me di cuenta de que tenía razón.

—¿Y de payaso? —preguntó John—. Lo vi en una peli. Imaginaos: «¿Qué aspecto tenía, señora?» «Bueno, oficial, tenía una gran nariz roja, pelo rizado rojo y enormes zapatos». ¿Qué te parece, Sherm?

—Tampoco es una buena idea. Ya se ha hecho muchas veces. Además, ir vestido de payaso en una ciudad tan pequeña como esta atraerá la atención mucho antes de llegar al banco. Te verán salir del coche y empezarán: «¡Mira, mami! ¡Un payaso!», y mierda como esa. Cantará demasiado.

—Cierto, tienes razón. —Me pregunté si Sherm ya había dado vueltas antes al mismo asunto. Parecía saber de lo que hablaba.

—¿Y no es mejor idea asaltar un furgón blindado en lugar de un banco? — preguntó John—. Se ven por la calle a todas horas, y paran en tiendas de alimentación y sitios similares.

—No es una buena idea. Olvídate de los furgones. ¿Has visto los agujeros que tienen a los lados? Por ahí es por donde sacan las escopetas. Necesitas un pequeño ejército y un montón de tiempo para preparar bien el golpe. Y seguro que alguien sale herido, seguro como que estoy vivo. Digamos que les tiendes una emboscada mientras descargan en un cajero automático o algo así. El procedimiento habitual implica que el conductor arranque y salga de allí echando hostias en cuanto se produzca un ataque; mientras, el tipo de dentro comenzará a volaros el culo mientras los que están fuera hacen lo mismo… Uno o dos tipos más.

Echó la ceniza del cigarro fuera del coche, tomó un sorbo de café, se encendió otro cigarro y continuó.

—Así que lo del furgón es mejor descartarlo. Tiene que ser un banco. Ahora tienes que decidir si optas por un mero trabajillo o si vas a lo grande.

—¿A qué te refieres?

—En el primer caso es mucho más fácil. Le pasas al cajero una nota y una bolsa para que ponga la pasta dentro, te vacía el cajón en la bolsa y te largas. Si vas a lo grande, vacías el lugar. Con un trabajillo te harías con unos tres de los grandes a lo sumo, y lo más seguro es que no sea así, a menos que se trate de un día de paga. De la otra forma, sacarías mucho más dinero.

—Tres mil boniatos. —Golpeé el salpicadero, frustrado—. Con eso no tengo para una mierda. Debemos mucho más solo con la tarjeta de crédito.

—Si piensas hacerlo, te diría que optes por ir a por todas. Si te pones una máscara y entras en el banco, la gente se acojonará antes de que llegues al cajero. No creo que tres de los grandes merezcan tanto follón. Los bancos, y en especial los que hay por aquí, no guardan mucha pasta en las cajas de las ventanillos. Si quieres dinero de verdad tendrás que ir a por las cajas de la cámara acorazada. Teniendo en cuenta que hablamos de bancos de ciudades pequeñas, creo que podrías hacerte con unos cuarenta o cincuenta mil. Tal vez más si te decides por Baltimore o Filadelfia.

—Joder, ¿y cómo sabes tanto de esto? —preguntó John, materializando mis propios pensamientos.

—Sencillo, Polla de Peluche: me encanta Court TV.

—Sherm, te agradecería que no me llamaras «Polla de Peluche».

Sopesé la última opción.

—Así que… solo tengo que ponerme una máscara y pedir la pasta. ¿No me reconocerán la voz?

—Coño, claro que lo harán si vas a tu banco. Si fuera tú, me inclinaría por el banco de la pequeña zona comercial situada en las afueras.

—¿La que está entre McSherrystown y Hanover?

—Exacto. Está en la carretera 116, así que en unos minutos tienes acceso a todas las carreteras secundarias, bosques y demás mierda. Lo que es más importante, estarás a solo unos minutos de la carretera 30 y la frontera con Maryland, y no demasiado lejos de la interestatal 83. Hay decenas de modos de salir de allí y desvanecerse con la rapidez de un puto rayo. Por otro lado, el banco es pequeño y se encuentra en una posición vulnerable.

—¿Qué quieres decir?

—Mira. —Sonrió y el contorno de su cara, recortado por el brillo de su cigarro, me recordó una calavera—. Acaban de ser comprados por un banco más grande, ¿verdad? No tienen barrera antiatracos, cristales antibalas ni nada parecido. Solo las viejas cámaras y el sistema de alarma de siempre. Los cajeros no estarán muy alerta, porque seguro que andan quemados de explicar las nuevas regulaciones del banco a los antiguos clientes, molestos a su vez por el cambio. ¡Es perfecto, capullo! En esa zona no hay mucho tráfico. No hay ningún Wal-Mart ni Target. Todo lo que tienen es tintorerías y un restaurante chino. Entras y sales rápido, y en unos segundos te has evaporado.

—Genial. —Tenía que admitir que me iba haciendo a la idea. Sherm tenía razón en casi todo lo que decía, y me aclaraba cosas sobre las que ni me había parado a pensar.

—Así que entras allí como un maldito gánster y los acojonas hasta que se caguen de miedo. Gritas, sueltas tacos y das comienzo a la fiesta. Consigue una bolsa o algo así para echar la pasta. Vacía las cajas y la cámara, y sal de allí a toda hostia.

—Y asegúrate de que no te cuelen un paquete con tintura —apuntó John, de repente un experto en la materia—. Lo vi una vez en la tele. Una vez fuera, esos hijos de puta tardan diez segundos en explotar. Te manchan de rojo brillante para que puedan encontrarte con más facilidad, y encima queman los billetes.

—No puedo creer lo que estoy diciendo, pero John tiene razón —asintió Sherm —. Aunque no debes preocuparte de esa mierda. Este banco no deja que sus cajeros cuelen cargas en el dinero.

—¿Por qué no?

—Los demandaron hace pocos años. Un cajero de Buffalo metió una carga en la bolsa de un ladrón. El ladrón salió por la puerta, la carga se disparó y la explosión hirió a una viejecita que iba a cobrar su cheque de la Seguridad Social. Demandó al banco y nunca tuvo que volver a preocuparse por su cheque de la Seguridad Social. Sin embargo, lo que sí hacen es colocar un dispositivo rastreador: un pequeño trozo de plástico, lo suficientemente pequeño como para pasar inadvertido entre los billetes. Funciona igual que el localizador que se pone en los coches, y los polis te pueden seguir la pista con él. Así que asegúrate de que no te cuelan uno. Y si quieres ser cuidadoso, compruébalo todo una vez que estés en la carretera.

Contemplé la noche a través de la ventanilla del pasajero. Sherm me había dado mucho en lo que pensar, y cuanto más lo hacía más absurdo me parecía todo. Yo no era un ladrón de bancos. No era uno de los idiotas de Los más buscados de América. Solo era un perdedor que trataba de alimentar a su esposa y a su hijo, darles lo que se merecían en lugar de lo que tenían.

Pero me estaba muriendo.

—Es un lío de cojones —suspiré—. ¿Cómo voy a llevar a cabo esto yo solo?

—Porque no vas a hacerlo solo. —Sherm sonrió—. Te voy a ayudar.

—Joder.

—Admítelo, Tommy. Tú mismo lo has dicho. No puedes hacerlo tú solo.

—Yo también me apunto —aseguró John.

—Que os jodan —escupí—. No voy a dejar que os metáis en esta mierda. Cuento con que vosotros cuidéis de Michelle y T. J. después… después de que yo me haya ido.

—Por eso quiero ayudar —rebatió John—. No te puedes encargar de esto tú solo, Tommy. Sherm lo ha dicho. Si te ayudamos, entonces es más probable que lo consigas. Y eso redunda en su beneficio.

—¡Que no, John! Ni de coña. Y no hay más que hablar.

—Tommy, quiero a Michelle y T. J. tanto como tú. Fui el padrino en tu maldita boda. Estuve contigo cuando nació T. J. Quiero ayudarles, y la mejor forma de hacerlo es ayudarte a ti.

—¡Olvídalo!

—Que te den por el culo.

—Tiene razón, John —apostilló Sherm—. ¿Sabes a lo que te arriesgas si te pillan? Como no tienes antecedentes, te caerán de cuarenta y uno a cincuenta y un meses. Estamos hablando de un golpe de más de diez mil dólares, así que añade un agravante. Lo robamos, así que suma dos. Utilizamos un arma o simplemente la enseñamos, añade un puñado. Podrías pasar en la trena el resto de tu vida, y a diferencia de Tommy, tienes todo el puto tiempo del mundo.

—No me importa. —Se mordió el labio como muestra de su obstinación—. Quiero hacerlo.

—Déjalo ya.

—¿Por qué?

—Porque si no lo haces te voy a quitar la idea de la cabeza a hostias.

Redujo la velocidad, agarró el volante con fuerza y me miró.

—Si no me dejas ayudarte, se lo diré a Michelle —amenazó, despacio, de manera calculada.

Abrí la boca pero no me dejó hablar.

—Y lo digo en serio, Tommy. Eres mi amigo. Necesito hacer esto. Y si no me dejas, juro por Dios que se lo contaré todo. El cáncer. El robo. Todo.

Lo miré a los ojos y comprobé que decía la verdad.

—Por favor.

—De acuerdo —suspiré, resignado—. De acuerdo, contamos contigo. Pero Sherm, no entiendo por qué quieres ayudar.

—Hey, tío —esbozó una sonrisa—, somos amigos. Además, creo que podemos lograrlo, y estoy aburrido de esta ciudad. Hanover es una puta mierda, tío. Esta será la primera cosa divertida que haga desde que dejé Portland.

—Estás como una puta cabra.

—Como un zorro, tío. Loco como un puto zorro.

John aparcó al lado del lago y contemplamos el agua en silencio. La luna se reflejaba sobre las pequeñas ondulaciones de la superficie. En algún lugar sumido por las tinieblas, cantó un chotacabras. John quitó el CD de Ice-T y puso War and Peace, de Ice Cube, en su lugar. De repente me sentí muy viejo y cansado, y me pregunté si debería planear ya mi funeral, o dejarlo en manos de Michelle.

Algo tenía claro: si continuábamos con esto, el precio no sería un problema para ella.

—¿Y dónde pillamos las armas? —pregunté—. No podemos esperar los siete días de rigor.

—Conozco a un colega. —Sherm se inclinó hacia delante—. Vive en York, en la calle South Queen. Una para ti y otra para mí. Nos costarían unos doscientos. Voy a darle un toque a ver si está por la zona.

—¿Y qué pasa conmigo? —John frunció el ceño—. ¿No me daréis una pistola?

—No —respondió Sherm—. Tú serás el conductor.

—¡Genial! Tú sí que sabes.

—¿Doscientos pavos? Sherm, todo lo que tengo es el último cheque, y lo ingresé esta tarde.

—¿Y? ¿No tienes tarjeta?

—Sí, pero necesitamos ese dinero para pagar las cuentas. ¿Qué cojones voy a decirle a Michelle si se da cuenta de que lo he gastado?

—Colega, piensa por un momento. En menos de una semana tendrás todo el dinero que necesites para pagar las cuentas. Todo el puto dinero que te haga falta…

Sacó el móvil e hizo una llamada. John estaba comiéndose su trozo de pizza y yo fumaba. Until We Rich, de Ice Cube, sonaba de fondo, y la letra casaba a la perfección con lo que Sherm acababa de decir.

Cerró el móvil y le dio un golpecito en la nuca a John.

—Vamos, chicos. Hagamos un viajecito hasta York. Tiene lo que necesitamos.

 

A medio camino de York nos paramos en un cajero automático. Me sentía como si el mundo entero estuviera sobre mis hombros; tosí sangre, la escupí e hice una mueca al reparar en lo seca que tenía la garganta. Parecía que me la habían lijado.

Mientras Sherm y John aguardaban impacientes en el coche, saqué la cartera del bolsillo. Los dedos no me respondían bien. Los notaba hinchados, abultados. Cogí la tarjeta y la metí en la ranura. La máquina me pidió el número secreto y me dio dos intentos para insertarlo correctamente.

Tecleé la cantidad a retirar. Doscientos dólares.

Me preguntó si era la cantidad correcta. Presioné «Sí».

Me pidió que esperara hasta que expulsara los billetes.

Mientras los billetes, todos de veinte, salían de la máquina, supe que no había vuelta atrás. Había mentido a mi mujer acerca del cáncer y ahora dejaba la cuenta seca a sus espaldas. Claro que, a largo plazo, redundaría en beneficio de ella y T. J., pero aun así se trataba de una buena jodienda. Y encima este dinero lo íbamos a invertir en pistolas. Como los gánsteres de verdad.

Puse el dinero en la cartera y luego la guardé en el bolsillo de atrás. Me dio la sensación de pesar mucho, como si estuviera hecha de plomo.

No había vuelta atrás.

La enormidad de tal certeza me envolvió, y durante unos pocos minutos olvidé por completo que estaba muriéndome.

Miré la luna, pálida, fría, inerte, y aprecié mi rostro en su reflejo.

—No hay vuelta atrás… —me susurró.

Volví dentro del coche y cerré de un portazo. Sonó como un disparo, y John y Sherm pegaron un brinco. Como un disparo… o como un ataúd al cerrarse.

Sherm encendió un pitillo y me lo pasó. Aspiré y procuré no ahogarme. También procuré ignorar el mal presentimiento que anidaba en mis tripas. Algo que no tenía nada que ver con el cáncer.