Tigre blanco

Aravind Adiga · Capítulo 1 de 8

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Tigre blanco

La primera noche

Aravind Adiga

Tigre blanco

ePub r1.0

Maki 18.01.14

Título original: The white tiger

Aravind Adiga, 2008

Traducción: Santiago del Rey

Editor digital: Maki

ePub base r1.0

Para Ramin Bahrani

LA PRIMERA NOCHE

Para:

Su Excelencia Wen Jiabao.

Oficina del primer ministro.

Pekín,

capital de China, país amante de la libertad.

De:

El Tigre blanco,

un hombre racional

y un empresario

radicado en el centro mundial de la tecnología y la subcontratación,

Electronics City Phase, 1 (junto a Hosur Main Road).

Bangalore, la India.

Señor primer ministro.

Muy señor mío:

Ni usted ni yo hablamos inglés, pero hay ciertas cosas que sólo pueden decirse en inglés.

La señora Pinky, o sea, la ex mujer de mi ex patrón, el difunto señor Ashok, me enseñó una de esas cosas; y esta noche, hace apenas diez minutos, o sea, a las 11.32, cuando la dama de All ludia Radio ha anunciado: «El primer ministro Jiabao vendrá la semana que viene a Bangalore», yo he soltado esa frase en el acto.

En realidad, la uso cada vez que algún gran hombre como usted visita nuestro país. No es que yo tenga nada en contra de los grandes hombres. A mi manera, señor, yo me considero uno de su especie. Pero cada vez que veo a nuestro propio primer ministro y a sus distinguidos secuaces dirigirse al aeropuerto con sus coches negros, bajarse y empezar a repartir namastes ante las cámaras de televisión, mientras les explican a ustedes lo santa y honesta que es la India, yo me veo obligado a usar esa expresión en inglés.

Entonces, Excelencia, viene usted a visitarnos esta semana, ¿no? La All India Radio suele ser fiable en estos asuntos.

Era un chiste, señor.

¡Ja!

Por eso quiero preguntarle directamente si es verdad que viene a Bangalore. Porque, si es así, tengo una cosa importante que decirle. La dama de la radio ha dicho: «El señor Jiabao llega con un objetivo: conocer Bangalore de verdad». A mí se me ha helado la sangre. Si alguien conoce Bangalore de verdad soy yo. Luego la dama ha añadido: «El señor Jiabao quiere reunirse con algunos empresarios indios y escuchar de sus propias bocas la historia de su éxito».

Y a continuación se ha explicado un poco. Por lo visto, señor, ustedes están mucho más adelantados que nosotros en todos los sentidos, salvo en uno: ustedes no tienen empresarios. Y nuestra nación, aunque carece de agua potable, de electricidad, de alcantarillado, de transporte público, de sentido de la higiene, de disciplina:), de cortesía y de puntualidad, sí cuenta con empresarios. Miles y miles. Especialmente en el campo de la tecnología. Y esos empresarios —entre los que me incluyo— han creado todas esas compañías subcontratadas que son en la práctica las que hacen que funcione América hoy en día.

Usted quiere descubrir cómo «crear» unos cuantos empresarios chinos; por eso viene aquí de visita. Tal cosa me ha llenado de satisfacción. Pero luego se me ha ocurrido que, ateniéndose al protocolo, el primer ministro y el ministro de Asuntos Exteriores lo recibirán en el aeropuerto con guirnaldas de flores y pequeñas estatuillas de Gandhi en madera de sándalo, muy apropiadas para llevar a casa, así como con un folleto lleno de información sobre el pasado, el presente y el futuro de la India.

Ahí, señor, es cuando me he visto obligado a pronunciar esa frase en inglés. En voz alta.

Eso ha sido a las 11.37 de la noche. Hace cinco minutos.

Pero yo no me limito a soltar juramentos y maldiciones. Soy un hombre de acción y de progreso. Y ahí mismo he decidido empezar a redactar una carta para usted.

Para empezar, permítame expresarle mi gran admiración por esa antigua nación que es China.

Yo leí sobre su historia un libro titulado Cuentos excitantes del Oriente exótico, que descubrí en una acera en la época en la que procuraba ilustrarme recorriendo el mercadillo dominical de libros de ocasión de la Vieja Delhi. Ese libro trataba sobre todo de piratas y tesoros en Hong Kong, pero contenía también algunas informaciones de utilidad: decía que ustedes, los chinos, son grandes amantes de la libertad y de los derechos individuales. Los británicos intentaron convertirlos en sus criados, pero ustedes nunca se lo permitieron. Eso despierta mi admiración, señor primer ministro.

Yo también fui un criado, ¿sabe?

Solo hay tres naciones que no se han dejado dominar nunca por los extranjeros: China, Afganistán y Abisinia. Ésas son las tres únicas naciones que admiro.

A causa del respeto que me inspira el amor a la libertad demostrado por el pueblo chino, y también en la convicción de que el futuro del mundo depende del hombre amarillo y del hombre moreno (ahora que nuestro antiguo amo, el hombre blanco, se ha echado a perder entre actos de sodomía, consumo de drogas y teléfonos móviles), me ofrezco a decirle gratis toda la verdad sobre Bangalore…

Lo haré contándole la historia de mi vida.

Verá: cuando usted venga a Bangalore y se detenga en un semáforo, se acercará corriendo a su coche algún chico, llamará a su ventanilla y le ofrecerá una copia pirata de un libro de negocios americano, cuidadosamente envuelto en papel de celofán, con un título como: ¡Los diez secretos del éxito en los negocios!, o bien, ¡Conviértase en empresario en siete días! No malgaste su dinero en osos libros. Están muy pasados.

Yo, en cambio, soy el futuro.

En cuanto a formación, quizá tengo algunas lagunas. Nunca terminé el colegio, para decirlo sin rodeos. ¡Qué más da! No he leído muchos libros, pero sí he leído los que importan. Me sé de memoria la obra de los cuatro poetas más grandes de todos los tiempos: Rumi, Iqbal, Mirza Ghalib y un cuarto cuyo nombre no recuerdo ahora. Soy un empresario autodidacta.

La mejor clase, créame.

Cuando haya oído la historia de cómo llegué a Bangalore y de cómo me convertí en uno de sus hombres de negocios más exitosos (aunque probablemente de los menos conocidos), sabrá usted todo lo que hay que saber sobre cómo nace, se alimenta y se desarrolla el espíritu empresarial en este glorioso siglo XXI.

El siglo, más concretamente, del hombre amarillo y del hombre moreno.

Usted y yo.

Falta poco para medianoche, señor Jiabao. Un buen momento para charlar.

Yo me paso toda la noche levantado, Excelencia. En esta oficina mía de quince metros cuadrados no hay nadie más. Sólo yo y la lámpara de araña que cuelga del techo. Aunque esa araña tiene su propia personalidad. Es una cosa enorme, llena de pedacitos de cristal tallados en forma de diamante, igual que las que solían sacar en las películas de los años setenta. A pesar de que en Bangalore más bien hace frío de noche, he puesto un ventilador en miniatura —con cinco aspas caladas como telarañas— justo encima de la lámpara. Cuando lo enciendo, esas pequeñas aspas trocean la luz de la araña y la lanzan hecha añicos por toda la habitación. Igual que las luces estroboscópicas de las mejores discotecas de Bangalore.

¡Es el único espacio de quince metros cuadrados en Bangalore con su propia araña! Pero sigue siendo un cuchitril y yo me paso toda la noche aquí sentado.

La maldición del empresario. Debe velar por su negocio todo el tiempo.

Ahora voy a poner en marcha el ventilador para que la luz de la araña se ponga a girar por toda la habitación.

Me siento relajado, señor. Espero que usted también lo esté.

Empecemos.

Pero antes, señor, una cosa más: la expresión inglesa que yo aprendí de la señora Pinky, la ex mujer de mi ex jefe, el difunto señor Ashok, es: «Vaya chiste de mierda».

***

Yo ya no veo películas en hindi —por principio—, pero en la época en que sí lo hacía, antes de empezar la película surgía en la pantalla oscura el número 786 —los musulmanes creen que se trata de un número mágico que representa a su dios—, o bien se veía la imagen de una mujer con sari blanco, chorreante de monedas de oro, que es la diosa Lakshmi de los hindúes.

Entre la gente de mi país, es una antigua y venerada tradición empezar una historia rezando a un Poder Superior.

Supongo, Excelencia, que debería empezar besándole el culo a algún dios.

Pero ¿a cuál? Hay tantas opciones…

Verá: los musulmanes tienen un dios.

Los cristianos tienen tres.

Y nosotros, los hindúes, tenemos 36 000 000 de dioses.

Lo cual arroja un total de 36 000 004 culos divinos entre los cuales puedo escoger.

Algunos, y no sólo hablo de comunistas como usted, sino de hombres inteligentes de todas las tendencias políticas, creen que muchos de estos dioses no existen realmente. Hay quien cree que no existe «ninguno». Estamos sólo nosotros y un gran océano de oscuridad a nuestro alrededor. Yo no soy filósofo ni poeta. ¿Cómo voy a saber la verdad? Es cierto que todos estos dioses dan la impresión de no pegar golpe —igual que nuestros políticos— y, sin embargo, salen reelegidos año tras año para ocupar sus tronos dorados en el Cielo. ¡Eso no quiere decir que yo no los respete, señor primer ministro! No permita usted que esa idea blasfema entre en su cerebro amarillo. El mío es uno de esos países donde vale la pena jugar a dos barajas: el empresario indio ha de ser honrado y pérfido, socarrón y crédulo, taimado y sincero: todo al mismo tiempo.

Conclusión: cierro los ojos, junto mis manos en un reverente namaste y rezo a los dioses para que iluminen mi oscura historia con su luz.

Tenga un poco de paciencia conmigo, señor Jiabao. Esto puede llevarnos bastante tiempo.

¿A qué velocidad cree que podría besar usted 36 000 004 culos?

 

Hecho.

Ahora tengo otra vez los ojos abiertos.

Las 11.52. Ya es hora de comenzar.

Una advertencia legal —como dicen los paquetes de cigarrillos— antes de que empecemos.

Un día, mientras llevaba a mis ex patrones, el señor Ashok y la señora Pinky, en su Honda City, el señor Ashok me puso una mano en el hombro y me dijo:

—Para en un lado.

Acto seguido, se echó hacia delante, tan cerca que olí la fragancia de su loción de afeitado —era deliciosa: un aroma frutal aquel día—, y me dijo, como siempre con mucha educación:

—Balram, voy a hacerte unas preguntas, ¿de acuerdo?

—Sí, señor —dije yo.

—Balram —me preguntó el señor Ashok—, ¿cuántos planetas hay en el cielo?

Yo le respondí lo mejor que supe.

—Balram, ¿quién es el primer ministro de la India?

Y luego:

—Balram, ¿cuál es la diferencia entre un hindú y un musulmán?

Y también:

—¿Cómo se llama nuestro continente?

El señor Ashok se echó de nuevo hacia atrás y le preguntó a la señora Pinky:

—¿Has oído sus repuestas?

—¿No está bromeando? —preguntó ella, y mi corazón se aceleró, como cada vez que hablaba.

—No. Éstas son las respuestas que él considera correctas.

Ella soltó una risita al oírlo, pero él (yo lo veía en el retrovisor) estaba muy serio.

—La cuestión es que él habrá ido seguramente…, ¿cuánto?, ¿dos o tres años al colegio? Sabe leer y escribir, pero no asimila lo que ha leído. Está a medio hacer. Aquí abunda la gente como él, te lo aseguro. Y nosotros confiamos nuestra gloriosa democracia parlamentaria —me señaló a mí— a personajes de este tipo. Ésa es la gran tragedia de este país.

Suspiró.

—Muy bien, Balram. Ya puedes arrancar.

Aquella noche, tendido en la cama bajo mi mosquitero, reflexioné sobre sus palabras. Él tenía razón, señor. No me gustó su manera de hablar de mí, pero tenía razón.

«Autobiografía de un indio todavía a medio hacer»: así tendría que titular la historia de mi vida.

Yo, y otros miles como yo en este país, estamos demasiado verdes, porque nunca se nos permitió completar nuestra educación. Ábranos el cráneo, eche un vistazo con una linterna y hallará un extravagante surtido de ideas: máximas de historia o de matemáticas recordadas de los libros de texto (ningún chico recuerda sus estudios tan bien, se lo aseguro, como el que ha sido sacado a la fuerza de la escuela), frases sobre política leídas en el periódico de una sala de espera, triángulos y pirámides entrevistos en las páginas arrancadas de esos viejos libros de geometría que usan todos los salones de té en este país para envolver sus pastelillos, retazos de los boletines de noticias de la All India Radio y cosas que han caído en tu mente —como los lagartos del techo— en la media hora antes de dormirte: todas esas ideas medio formadas, mal digeridas y sólo correctas a medias, mezcladas con otras ideas a medio cocinar que hay en tu cabeza. Y supongo que esas ideas a medio formar se van sodomizando unas a otras, y dan lugar a otras ideas mal formadas, y con ellas se las arregla uno para vivir y actuar.

La historia de mi educación es la historia de cómo se fabrica un tipo sólo formado a medias.

Pero ¡atención, señor primer ministro! Los individuos formados a conciencia, tras doce años de colegio y tres de universidad, se ponen un traje impecable, entran en una compañía y obedecen las órdenes de otros durante el resto de su vida.

Los empresarios se hacen con arcilla cocida a medias.

 

Para proporcionarle mis datos básicos —origen, estatura, peso, desviaciones sexuales conocidas, etcétera— nada mejor que ese póster. El que hizo de mí la Policía.

Describir mi historia como la de uno de los éxitos menos conocidos de Bangalore no se ajusta del todo a la verdad, lo confieso. Hace unos tres años, cuando me convertí —brevemente— en una personalidad de dimensión nacional a causa de una acción propia de un espíritu emprendedor, apareció un póster con mi retrato en todas las oficinas de correos, estaciones y comisarías de este país. Un montón de gente vio mi rostro y mi nombre en aquel momento. No tengo en mi poder el póster original, pero sí una imagen de él en mi Macintosh portátil plateado —se lo compré on-line a una tienda de Singapur y la verdad es que funciona como la seda— y, si aguarda usted un segundo, voy a abrir el portátil para ver ese póster escaneado y poder leérselo directamente…

Pero permítame una palabra sobre el póster original. Me tropecé con él en una estación de tren, en Hyderabad, en un periodo en el que estuve viajando sin equipaje —salvo un maletín rojo muy pesado— desde Delhi hasta Bangalore, Tuve ese cartel en esta oficina, en un cajón de este mismo escritorio, durante un año entero. Un día, el chico de la limpieza se puso a repasar mis cosas y estuvo a punto de encontrar el póster. No soy un hombre sentimental, señor Jiabao. Un empresario no puede permitírselo. Así que lo tiré, pero antes hice que me enseñaran a escanear. Y ya sabe usted que a los indios la tecnología se nos da tan bien como el agua a los patos. Sólo me llevó una hora o dos. Soy un hombre de acción, señor. Aquí lo tengo, ante mí, en la pantalla:

Se solicita ayuda en la búsqueda de un fugitivo

Por la presente se informa al público de que el hombre del retrato, llamado

Balram Halwai, alias MUNNA, hijo de Vikram Halwai, conductor de rickshaw,

es requerido por las autoridades para ser interrogado. Edad: entre 35 y 35.

Tez: negruzca. Cara: oval. Estatura: 1.60 aprox. Complexión: flaco, menudo.

Bueno, todo esto ya no es muy exacto, señor. Lo de la tez «negruzca» sigue siendo cierto (aunque estoy medio decidido a probar una de esas cremas blanqueadoras que han lanzado últimamente para que los indios parezcan tan blancos como los occidentales). Pero todo lo demás —ay— resulta ya completamente inútil. La vida en Bangalore es muy agradable: buena comida, cerveza, salas de fiestas. ¡Qué le voy a hacer! «Delgado» y «menudo»…, ¡ja! ¡Ahora estoy más rellenito! «Gordo» y «barrigón» sería más exacto en este momento.

Pero prosigamos, no tenemos toda la noche. Será mejor que le explique este detalle ahora mismo.

Balram Halwai, alias MUNNA…

Verá. El primer día de colegio, el maestro ponía a todos los chicos en fila y los hacía pasar por su escritorio para anotar los nombres en su registro. Cuando le dije el mío, me miró boquiabierto:

—¿Munna? Eso no es un nombre.

Tenía razón: sólo significa «chico».

—Es el único que tengo, señor —dije.

Era cierto. Nunca me habían puesto nombre.

—¿Tú madre no te puso ninguno?

—Está muy enferma, señor. Se pasa el día en la cama escupiendo sangre. No ha tenido tiempo.

—¿Y tu padre?

—Es conductor de rickshaw, señor. No tiene tiempo para ponerme un nombre.

—¿Y no tienes abuela, o tías…, o tíos?

—Tampoco tienen tiempo.

El maestro se volvió y escupió: un chorro de [1] paan rojo fue a salpicar el suelo de la clase. Se relamió los labios.

—Bueno, entonces he de decidirlo yo, ¿no? —Se pasó la mano por el pelo y dijo —: Te llamaremos… Ram. No, espera…, ¿no hay otro Ram en esta clase? No quiero confusiones. Mejor Balram. Sabes quién era Balram, ¿no?

—No, señor.

—Era el compinche del dios Krishna. ¿Sabes cuál es mi nombre?

—No, señor.

Él se echó a reír.

—Krishna.

Cuando llegué aquel día a casa, le dije a mi padre que el maestro me había puesto un nombre nuevo. Él se encogió de hombros.

—Si es eso lo que quiere, entonces te llamaremos así.

Y a partir de aquel día me llamé Balram. Más tarde, desde luego, escogí un tercer nombre. Pero ya llegaremos a eso.

Ahora, ¿qué lugar es ese donde la gente se olvida de poner nombre a sus hijos? Remitámonos de nuevo al póster:

El sospechoso procede de la localidad de Laxmangarh, en…

Como todas las buenas historias de Bangalore, la mía empieza muy lejos de Bangalore. Yo vivo ahora en la Luz, ¿sabe?, pero nací y me crie en la Oscuridad.

No hablo de una hora del día, señor primer ministro.

Hablo de una parte de la India, de un tercio del país, por lo menos; una zona muy fértil, llena de campos de arroz y de trigo, con grandes estanques —en medio de esos campos— plagados de lotos y nenúfares, y con búfalos de agua vadeando por esos estanques y mascando los lotos y los nenúfares. Los que viven en esa zona la conocen como la Oscuridad. Ha de entender usted, Excelencia, que la India viene a ser como dos países en uno: una India de Luz y una India de Oscuridad. El océano trae la luz a mi país. Cualquier parte del mapa de la India que se halle cerca del océano es rica y pudiente. El río, en cambio, trae oscuridad a la India: el río negro.

¿A qué río negro me refiero? ¿A qué río de la Muerte, cuyos bancos se hallan cubiertos de un lodo denso, oscuro y pegajoso, en cuyo espesor queda atrapado todo lo que se planta hasta acabar ahogado, asfixiado y atrofiado?

Bueno, estoy hablando de la Madre Ganges[2] la hija de los Vedas; del río de la iluminación, protector de todos nosotros: el que rompe la cadena de nacimiento y renacimiento. Pues bien: allí donde fluye el río, reina la Oscuridad.

Es un hecho típico de la India que usted pueda tomar casi todo lo que le diga sobre ella el primer ministro y, con sólo darle la vuelta, descubrir la verdad. Por ejemplo, usted habrá oído llamar al Ganges «el río de la emancipación», y sabe que cientos de turistas americanos vienen cada año a sacar fotografías de sadhus desnudos en Haridwar o Benarés. Y nuestro primer ministro sin duda se lo describirá de ese modo y le recomendará que se dé un chapuzón.

¡No, señor Jiabao! Le recomiendo que no se dé un chapuzón en el Ganges a menos que quiera llenarse la boca de heces y paja, de pedazos empapados de cuerpo humano, de carroña de búfalo y de siete clases distintas de ácido industrial.

Lo sé todo sobre el Ganges, señor. Cuando tenía seis o siete, tal vez ocho años (nadie en mi pueblo sabe su edad con exactitud), fui al lugar más santo de la orilla del Ganges, es decir, a la ciudad santa de Benarés. Aún recuerdo cómo bajaba los escalones de una calle empinada de la ciudad, detrás del cortejo fúnebre que llevaba hacia el Ganges el cuerpo de mi madre.

Mi abuela encabezaba la procesión. ¡La vieja y astuta Kusum! Cuando estaba contenta solía frotarse los antebrazos, como si estuviese rayando un trozo de jengibre, mientras sonreía de oreja a oreja. Le faltaban todos los dientes, pero eso hacía aún más taimada su sonrisa. Y con esas sonrisas se había ido haciendo con el control de la casa. Tenía aterrorizados a todos y cada uno de sus hijos y de sus nueras.

Mi padre y mi hermano Kishan iban tras ella, sosteniendo la parte de delante del lecho de mimbre sobre el que reposaba el cadáver; mis tíos, Munnu, Jayram, Divyram y Umesh, iban detrás aguantando el otro extremo. El cuerpo de mi madre estaba envuelto de la cabeza a los pies con un paño de seda de color azafrán, cubierto de pétalos de rosa y guirnaldas de jazmín. No creo que hubiera llevado en su vida algo tan precioso. (Su muerte era tan espléndida que comprendí, de repente, que su vida tenía que haber sido muy triste. Mi familia se sentía culpable por algún motivo). Mis tías —Rabri, Shalini, Malini, Luttu, Jaydevi y Ru-chi— no paraban de volverse y de dar palmadas para que no me quedara rezagado. Yo agitaba las manos y cantaba: «¡Shiva es el nombre de la verdad!».

Recorrimos un templo tras otro, rezando a un dios tras otro, y luego nos deslizamos en fila india entre un templo rojo dedicado a Hanuman y un gimnasio abierto donde tres culturistas levantaban pesas oxidadas por encima de sus cabezas. Olí el río antes de verlo: un hedor a carne descompuesta se alzaba a mi derecha. Canté aún con más fuerza: «¡… la única verdad!».

Oímos entonces un ruido tremendo: estaban partiendo leña. Habían levantado una

plataforma de madera al borde mismo del [3] ghat junto al agua, y habían apilado troncos encima. Unos cuantos hombres partían los troncos a hachazos y construían piras funerarias en los escalones que descendían al río; había cuatro cuerpos ardiendo en el ghat cuando llegamos nosotros. Esperamos nuestro turno.

A lo lejos relucía al sol una isla de arena blanca; varios botes atestados de gente se dirigían hacia ella. Yo me preguntaba si el alma de mi madre habría volado hasta allí, hasta aquel punto reluciente en medio del río.

Ya he dicho que el cuerpo de mi madre estaba envuelto en un paño de satén. Ahora le cubrieron la cara con el paño y apilaron sobre ella troncos de madera (tantos como podíamos pagar). Entonces el sacerdote le prendió fuego a mi madre.

—Era una chica buena y callada el día que llegó a nuestra casa —dijo Kusum mientras me ponía una mano en la cara—. No era yo la que quería peleas.

Le aparté la mano. Miré a mi madre.

El fuego fue devorando la tela de satén y de golpe apareció un pie muy pálido, como una cosa viva; los dedos se derretían con el calor y se curvaban como ofreciendo resistencia. Kusum empujó el pie hacia la hoguera, pero no se quemaba. Mi corazón empezó a acelerarse. Mi madre no iba a permitir que la destruyeran.

Bajo la plataforma llena de troncos encendidos, había un gigantesco montículo de lodo negro que el río iba dejando en la orilla. Estaba plagado de cintas de jazmín, de pétalos de rosa, de trocitos de satén y de huesos carbonizados; un perro blanquecino se arrastraba por allí, husmeando entre los pétalos, el satén y los huesos chamuscados.

Miré el lodo, miré el pie flexionado de mi madre y comprendí.

El lodo la hacía retroceder: ese montón oscuro y enorme. Ella trataba de luchar; los dedos de sus pies se arqueaban y se resistían. Pero el lodo negro la iba absorbiendo poco a poco. Era muy espeso y se iba acumulando por momentos a medida que el río dejaba su sedimento junto a la orilla. Muy pronto mi madre formaría parte de aquel montículo negro y el perro empezaría a lamerla.

Y entonces lo comprendí: aquél era el verdadero dios de Benarés, aquel lodo negro del Ganges en cuyo espesor todo iba a morir y a descomponerse para renacer y morir de nuevo en su seno. A mí me ocurriría lo mismo cuando muriera y me trajeran aquí. Nada ni nadie quedaría liberado en aquel lugar.

Dejé de respirar.

Ésa fue la primera vez en mi vida que me desmayé.

Desde entonces, no he ido nunca más a ver el Ganges. ¡Se lo dejo a los turistas!

… procede de la localidad de Laxmangarh, en el distrito de Gaya.

Un distrito famoso. En el mundo entero. La historia de su nación, señor Jiabao, ha sido modelada por mi distrito. Seguro que ha oído hablar de Bodh Gaya: la ciudad donde el Señor Buda se sentó bajo un árbol, experimentó su iluminación y fundó el budismo, que luego habría de extenderse por todo el mundo, China incluida. ¿Y dónde está esa ciudad? Pues ahí mismo, en mi distrito natal. A pocos kilómetros de Laxmangarh.

Me pregunto si el Buda cruzó alguna vez Laxmangarh. Hay quienes dicen que sí. Yo tengo la sensación de que la cruzó corriendo —tan deprisa como pudo— hasta llegar al otro lado. ¡Y sin mirar ni una vez atrás!

Hay un pequeño afluente del Ganges que pasa por las afueras de Laxmangarh. Cada lunes llegan los botes del mundo exterior cargados de suministros. En el pueblo hay una sola calle; un arroyo reluciente de aguas residuales la divide en dos. A cada lado de ese lodazal, está el mercado: tres tiendas más o menos idénticas que venden artículos igual de rancios y adulterados, como arroz, aceite, queroseno, galletas, cigarrillos y azúcar moreno. Al final del mercado, hay una torre cónica, alta y encalada, con serpientes negras entrelazadas pintadas por todas partes: el templo. En su interior verá usted una imagen de una criatura de color azafrán, mitad hombre, mitad mono: Hanuman, el dios preferido de la gente que vive en la Oscuridad. ¿Conoce la historia de Hanuman, señor? Era el fiel criado del dios Rama, y nosotros lo veneramos en nuestros templos porque ofrece un radiante ejemplo de cómo servir a tus amos con fidelidad, amor y devoción absolutos.

Ésa es la clase de dioses que nos han endilgado, señor Jiabao. ¿Comprende ahora lo difícil que le resulta a un hombre conseguir su libertad en la India?

Y ya basta sobre el lugar. Hablemos de la gente. Excelencia, me enorgullece decirle que Laxmangarh es el típico pueblo idílico de la India, dotado de electricidad, agua corriente y teléfonos modernos; que todos los niños de mi pueblo, criados con una nutritiva dieta a base de carne, huevos, verduras y lentejas, alcanzan —tras un examen con báscula y cinta métrica— la estatura y el peso mínimos establecidos por las Naciones Unidas y demás organizaciones cuyos tratados ha firmado nuestro primer ministro y a cuyos foros asiste pomposamente con toda regularidad.

¡Ja!

Postes eléctricos… inutilizados.

Agua del grifo… cortada.

Niños… demasiado bajos y flacos para su edad, con una cabeza desproporcionada y unos ojos que brillan con intensidad, como la conciencia culpable del Gobierno.

Sí, el típico pueblo idílico de la India, señor Jiabao. Tengo que ir un día a China para ver si sus pueblos idílicos son mejores.

En mitad de la calle principal, hay grupos de cerdos husmeando entre las aguas fecales. Tienen seca la parte superior del cuerpo, con largos pelos enmarañados en forma de púas; la parte inferior, negra como el carbón, chorrea de suciedad. Se ven destellos de plumas rojas y marrones; son gallos, que aletean por los tejados. Deje atrás los cerdos y los gallos y llegará usted a mi casa, si es que existe aún.

En la puerta verá al miembro más importante de la familia.

Un búfalo de agua.

Ese animal —una hembra— era también el más gordo de la familia; igual que en cualquier otra casa del pueblo. A lo largo de todo el día, las mujeres alimentaban a esa hembra con hierba fresca; alimentarla era su tarea principal, señor. Tenían todas sus esperanzas puestas en que engordara. Si daba leche suficiente, podrían venderla y, al final del día, habría un poco más de dinero. Esa hembra de búfalo era una criatura gorda y lustrosa, con una vena tan gruesa como el pene de un chico abultándole en el hocico peludo, y una baba espesa y nacarada suspendida de la boca. Se pasaba el día sentada sobre su formidable montón de mierda. ¡Era la dictadora de la casa!

Ahora entre y verá (si aún vive alguna, después de lo que hice) a todas las mujeres trabajando en el patio. Mis tías, mis primas y mi abuela Kusum. Una estará preparando la comida para el búfalo; otra, aventando el arroz; alguna, repasándole en cuclillas a otra el cuero cabelludo y aplastando las garrapatas entre sus dedos. De vez en cuando, todas dejan sus tareas. Ha llegado la hora de pelearse, lo cual significa arrojarse vasijas de metal, o tirarse del pelo, y luego hacer las paces, depositando besos en las palmas de las manos y aplicándolos en las mejillas de la otra. Por la noche, duermen todas juntas, con las piernas entrelazadas y montadas unas sobre otras, como una sola criatura: como un ciempiés.

Los hombres y los chicos duermen en otro rincón de la casa.

Primera hora de la mañana. Los gallos rondan enloquecidos por el pueblo. Una mano me sacude hasta despertarme… Yo me quito de la barriga las piernas de mi hermano Kishan, aparto de mi cabeza la mano de mi primo Pappu, y me desembarazo por fin de la maraña de durmientes.

—Ven, Munna.

Es mi padre, que me llama desde la puerta.

Yo corro tras él. Salimos y desatamos al búfalo de su poste. La llevamos a su baño matinal; todo el camino hasta el estanque, que se halla al pie del Fuerte Negro.

El Fuerte Negro se levanta en la cima de una colina desde la que se domina el pueblo entero. La gente que ha estado en otros países me ha dicho que ese fuerte es tan hermoso como cualquier monumento que pueda verse en Europa. Los turcos, o los, afganos, o los ingleses, o los extranjeros que gobernasen entonces la India debieron construirlo hace siglos.

(Pues este país, la India, no ha sido nunca libre. Primero fueron los musulmanes y luego los británicos los que se dedicaron a mangonearnos. En 1947, los británicos se fueron, pero sólo un imbécil creería que nos volvimos libres entonces).

Hace mucho que los extranjeros abandonaron el Fuerte Negro; ahora está ocupado por una tribu de monos. Nadie sube allá arriba, salvo algún cabrero que lleva a pastar su rebaño.

Al amanecer, el estanque que rodea la base del fuerte está resplandeciente. Algunas grandes rocas de los muros han rodado por la ladera hasta desplomarse en el estanque, donde reposan medio sumergidas en el agua turbia (como los hipopótamos que habría de ver, muchos años más tarde, dormitando en el zoo de Nueva Delhi).

Flotan lotos y nenúfares por todo el estanque; el agua centellea como si fuese de plata y el búfalo se mueve vadeando y mascando hojas de nenúfar, con lo que crea sobre la superficie una sucesión de ondas que se extienden en uve desde su hocico. El sol se alza sobre el búfalo, sobre mi padre, sobre mí y sobre el mundo entero.

A veces, ¿lo creerá usted?, casi echo de menos ese lugar.

Volvamos otra vez al póster…

El sospechoso fue visto por última vez con una camisa azul a cuadros de

poliéster, unos pantalones anaranjados de poliéster, unas sandalias de color

granate…

Sandalias «de color granate», ¡uf! Sólo un policía sería capaz de inventar un detalle como ése. Lo desmiento rotundamente.

«Camisa azul a cuadros de poliéster, pantalones anaranjados de poliéster…». Eh, bueno, me gustaría desmentirlo también, pero eso desgraciadamente es correcto. Es el tipo de ropa que le llama la atención a un criado, señor. Y yo seguía siendo un criado aquella mañana, cuando hicieron el póster. (Por la noche ya era libre… ¡y llevaba una ropa distinta!).

Hay una frase de ese póster que me molesta; permítame retroceder un momento para aclararla:

… hijo de Vikram Halwai, conductor de rickshaw…

¡Del «señor» Vikram Halwai, si no le importa! Aunque pobre, mi padre era un hombre honrado y valiente. Yo no estaría aquí, bajo esta lámpara, si no fuera por su ejemplo.

Por la tardes, me iba desde el colegio hasta el salón de té para verlo. Ese salón de té era un punto estratégico en nuestro pueblo; el autobús procedente de Gaya se detenía allí cada mediodía (nunca con más de una o dos horas de retraso) y la Policía también aparcaba allí su todoterreno cuando venía a jorobar a alguien. Un poco antes de que se pusiera el sol, un hombre daba tres vueltas alrededor del local haciendo sonar con fuerza el timbre de su bicicleta. En la parte trasera llevaba atado el póster de cartón de una película pornográfica… Un pueblo tradicional de la India no estaría completo sin su cine porno, señor. El cine que exhibía cada noche esa clase de películas quedaba al otro lado del río; fantasías de dos horas y media con títulos como Era un hombre de verdad, Diario secreto de una dama o Se encargó su tío, en las cuales aparecían mujeres americanas de pelo dorado o damas solitarias de Hong Kong… O al menos eso me imagino, señor primer ministro, porque no es que yo me sumara a los demás y fuera a ver esas películas.

Los conductores de rickshaw alineaban sus vehículos frente al salón de té, aguardando a que el autobús regurgitara su cargamento de pasajeros.

No les estaba permitido sentarse en las sillas de plástico para los clientes; tenían que acuclillarse en la parte de atrás, en esa postura encorvada tan propia de los criados de cualquier parte del país. Mi padre nunca se ponía en cuclillas, lo recuerdo muy bien. Prefería permanecer de pie, por mucho tiempo que tuviera que esperar y por incómodo que se le hiciera. Yo me lo encontraba allí, sin camisa y normalmente solo, tomando té y reflexionando.

Entonces se oía una bocina.

Los cerdos y los perros callejeros se dispersaban, y una vaharada de polvo que olía a mierda de cerdo entraba en el salón de té. Afuera se había detenido un Ambassador blanco.

Mi padre dejaba su taza de té y salía. Se abría la puerta del Ambassador y bajaba un hombre con un cuaderno. Los clientes habituales podían continuar comiendo, pero mi padre y los demás se ponían en fila.

El hombre del cuaderno no era el Búfalo; era su ayudante.

En el Ambassador había otro hombre; uno muy fornido con la cabeza pelada, morena y llena de hoyuelos, con una expresión serena en la cara y una escopeta en el regazo.

Ése era el Búfalo.

El Búfalo era uno de los señores de Laxmangarh. Había otros tres, cada uno con un nombre relacionado con los peculiares apetitos detectados en él.

El Cigüeña era un hombre gordo con un mostacho espeso y curvado de puntas afiladas. Era el dueño del río que pasaba por las afueras; se llevaba una parte de las capturas de cada pescador y cobraba peaje a cada persona que cruzaba el río en bote para venir al pueblo.

Su hermano se llamaba Jabalí Salvaje y poseía las mejores tierras de cultivo que había alrededor de Laxmangarh. Si querías trabajar en esas tierras, tenías que arrodillarte a sus pies hasta tocar el polvo de sus zapatos y aceptar el salario que te ofrecía. Cuando pasaba junto a las mujeres, su coche se detenía; el cristal de la ventanilla descendía y dejaba ver su gran sonrisa: tenía a cada lado de la nariz dos dientes largos y curvados como dos pequeños colmillos.

El Cuervo era el propietario de las peores tierras, las laderas áridas y rocosas que rodeaban el fuerte, y les cobraba comisión a los cabreros que llevaban a pastar sus rebaños allí. Si no tenían dinero, le gustaba «hundir el pico» en sus traseros. Por eso lo llamaban el Cuervo.

El Búfalo era el más codicioso de todos. Él se había adueñado de las calles y de los rickshaws. Si conducías un rickshaw o utilizabas la calle, tenías que darle su parte: un tercio de lo que ganases, nada menos.

Los Cuatro Animales vivían en mansiones rodeadas de altos muros en las afueras de Laxmangarh: el barrio de los señores. Ellos tenían sus propios templos en aquellas mansiones, sus prolijos pozos y estanques, y no tenían que venir al pueblo salvo para recoger su tajada. En tiempos, los hijos de los Cuatro Animales se paseaban por el pueblo con sus propios coches; Kusum recordaba esa época. Pero luego el hijo del Búfalo fue secuestrado por los naxalitas —tal vez haya oído hablar de ellos, señor, ya que son comunistas como usted y andan por ahí disparando por sistema a los ricos—, y desde entonces los Cuatro Animales decidieron mandar a sus hijos y a sus hijas a Dhanbad o a Delhi.

Los hijos se fueron, pero los Animales se quedaron y siguieron engordando a costa del pueblo y de lo que crecía en él, hasta que ya no quedó nada de que alimentarse. Entonces, la gente empezó a marcharse de Laxmangarh para poder comer. Cada año, todos los hombres del pueblo se agolpaban frente al salón de té. Cuando llegaban los autobuses, se apresuraban a subir —se apremiaban en su interior, se colgaban de las barandillas, trepaban a los techos— y se iban a Gaya. Allí se dirigían a la estación, subían a toda prisa a los trenes —se apretujaban en su interior, se colgaban de las barandillas, trepaban a los techos— y se iban a Delhi, a Calcuta o Dhanbad a buscar trabajo.

Un mes antes de las lluvias, regresaban todos de Dhanbad, de Delhi y de Calcuta. Volvían más delgados, más sucios, más ceñudos, pero con dinero en los bolsillos. Las mujeres los estaban esperando. Se ocultaban detrás de la puerta y, en cuanto entraban se echaban sobre ellos como gatas salvajes sobre un pedazo de carne. Había forcejeos, gemidos y chillidos. Mis tíos se resistían y lograban conservar una parte del dinero, pero mi padre acababa siempre desplumado y despellejado.

—He sobrevivido a la ciudad, pero no he logrado sobrevivir a las mujeres de mi casa —decía, acurrucado en un rincón. Las mujeres le darían de comer después de alimentar al búfalo.

Yo me acercaba y me ponía a jugar trepando por su espalda, pasándole la mano por la frente, por los ojos y la nariz, hasta llegar al cuello, a esa pequeña depresión que tenía en la base del cuello. Me entretenía recorriéndola un rato con un dedo; todavía es mi parte favorita del cuerpo humano.

El cuerpo de un hombre rico es como un cojín de algodón de primera calidad: blanco, blando y liso. Los nuestros son diferentes. La columna de mi padre era como una cuerda llena de nudos, como las que usan las mujeres en los pueblos para sacar agua del pozo; su clavícula trazaba una curva protuberante en torno al cuello, como el collar de un perro; infinidad de cortes, muescas y cicatrices, como si fueran las marcas de un látigo, cubrían todo su pecho hasta la cintura, e incluso hasta la cadera y los glúteos. La historia de un hombre pobre está escrita en su cuerpo con un lápiz muy afilado.

Mis tíos también se deslomaban trabajando, pero ellos hacían lo que hacía todo el mundo. Cada año, en cuanto empezaba a llover, salían al campo con sus hoces renegridas y le suplicaban a uno de los señores que les diera trabajo. Sembraban, quitaban las malas hierbas y cosechaban el grano y el arroz. Mi padre habría podido trabajar con ellos; con el lodo de los señores. Pero decidió no hacerlo.

Él decidió combatirlo.

Como dudo mucho que haya conductores de rickshaw en China —o en ningún otro país civilizado de la tierra—, tiene que ver usted uno por sí mismo. Los rickshaws no están permitidos en las zonas de lujo de Delhi, donde los extranjeros podrían verlos y quedarse boquiabiertos. Insista usted en que lo lleven a la Vieja Delhi o a Nizamuddin. Allí los verá a montones por las calles: hombres delgados como palillos, encorvados sobre el asiento de una bicicleta, que arrastran pedaleando un carrito cargado con una pirámide de carne de clase media, o sea, con mi hombre gordo acompañado de su gorda esposa y rodeado de todas las bolsas de las compras.

Cuando vea a uno de esos hombres-palillo, piense usted en mi padre.

Y no obstante, aunque haya sido conductor de rickshaw (una bestia humana de carga) mi padre era un hombre con un plan.

«Yo» era su plan.

Un día perdió en casa los estribos y empezó a chillar a las mujeres. Fue el día en que le dijeron que yo llevaba tiempo sin ir. Entonces hizo una cosa que nunca se había atrevido a hacer. Le gritó a Kusum:

¿Cuántas veces te he dicho que Munna tiene que leer y escribir?

Kusum se sobresaltó, aunque sólo un instante. Luego le replicó o chillando:

¡El chico vino corriendo de la escuela! ¡A mí no me eches la culpa! Es un cobarde. Y come demasiado. Ponlo a trabajar en el salón de té para que gane al menos un poco de dinero.

Mis tías y mis primas se apresuraron a rodearla. Yo me oculté detrás de mi padre mientras ellas le contaban la historia de mi cobardía.

Quizás encuentre usted increíble que a un chico de pueblo le asuste un lagarto. Las ratas, las serpientes, los monos y las mangostas no me impresionan. Al contrario: a mí me encantan los animales. Pero los lagartos… Cada vez que veo uno, por pequeño que sea, es como si me convirtiera en una chica. Se me hiela la sangre.

En mi clase había un armario gigantesco, cuya puerta siempre estaba un poquito entornada. Nadie sabía para qué servía ese armario. Una mañana, la puerta se abrió chirriando y salió un lagarto de un salto.

Era de color verde claro, como una guayaba a medio madurar. Su lengua entraba y salía sin parar de su boca. Medía por lo menos sesenta centímetros.

Los otros chicos apenas le prestaron atención. Hasta que alguien vio mi cara. Entonces todos se agolparon a mi alrededor.

Dos de ellos me sujetaron las manos detrás y me inmovilizaron la cabeza. Alguien agarró aquella cosa y empezó a acercarse con pasos lentos y teatrales. El lagarto no hacía ningún ruido; sólo asomaba y escondía su lengua roja. Cada vez lo tenía más cerca de la cara. Las risas arreciaron. Yo no podía gritar. El maestro roncaba a mis espaldas sobre su escritorio. La cara del lagarto se me vino encima y entonces abrió su boca verde y yo me desmayé por segunda vez en mi vida.

No había vuelto a la escuela desde ese día.

Mi padre no se rio cuando escuchó esta historia. Respiró hondo; yo sentí cómo se expandía su pecho.

—Ya dejaste que Kishan abandonara la escuela. Pero te dije que este chico tenía que continuar yendo. Su madre me dijo que él sí terminaría de estudiar. Su madre…

—¡Al Infierno con su madre! —gritó Kusum—. Ésa era una loca y está muerta, gracias al Cielo. Y ahora escúchame: deja que el chico vaya al salón de té, como Kishan.

Al día siguiente, mi padre me acompañó a la escuela por primera y última vez. Era al alba; el lugar estaba desierto. Abrimos la puerta de un empujón. Una tenue luz azulada inundó la clase. Hay que decir que nuestro maestro era un gran consumidor y escupidor de paan, y que sus esputos dibujaban una especie de zócalo rojo en las tres paredes que teníamos a nuestro alrededor. Cuando se dormía, cosa que solía hacer a mediodía, nosotros le robábamos paan de los bolsillos, lo distribuíamos entre todos y nos poníamos a mascarlo. Y luego, imitando el estilo de sus escupitajos —con las manos en jarras y la espalda ligeramente arqueada— nos turnábamos para escupir sobre las tres paredes.

Un mural descolorido del Señor Buda, rodeado de ciervos y ardillas, decoraba la cuarta pared: la única que el maestro respetaba. El lagarto gigante del color de una guayaba medio madura estaba frente a esa pared, simulando que era uno de los animales que reposaban a los pies del Señor Buda.

Volvió su cabeza hacia nosotros y vi cómo brillaban sus ojos.

—¿Éste es el monstruo?

El lagarto movió la cabeza a uno y otro lado, como buscando una salida. Luego empezó a golpearse contra la pared. No era instinto de mí; estaba aterrorizado.

—No lo mates, papá. Tíralo por la ventana. Por favor.

El maestro estaba tirado en un rincón, apestando a alcohol y roncando de lo lindo. A su lado tenía el cazo de ponche que había vaciado la noche anterior. Mi padre lo recogió.

El lagarto echó a correr y mi padre corrió tras él con el cazo con la mano.

¡No lo mates, papá! ¡Por favor!

Pero él no escuchaba. Le dio una patada al armario, el lagarto salió disparado y él volvió a perseguirlo, repartiendo golpes y gritando: «¡Ahaaa! ¡Ahaaa!». Lo machacó una y otra vez hasta que el cazo de ponche acabó rompiéndose. Le aplastó el cuello con el puño. Le pisoteó la cabeza.

El aire se llenó de un olor agrio: el hedor de la carne machacada. Recogió el lagarto muerto y lo lanzó afuera por la puerta.

Luego se sentó jadeante y se apoyó en el mural del Señor Buda rodeado de animalitos bondadosos.

Cuando recuperó el aliento, me dijo:

—Durante toda mi vida, he sido tratado como un asno. Lo único que deseo es que uno de mis hijos, por lo menos uno, viva como un hombre.

Qué significaba vivir como un hombre era para mí un misterio. Pensé que significaba vivir como Vijay, el revisor del autobús.

Cuando el autobús se detenía media hora en Laxmangarh y los pasajeros bajaban, el revisor se iba a tomar una taza de té. Todos los que trabajábamos en el salón de té mirábamos con admiración a aquel hombre. Admirábamos el uniforme caqui que le daba la compañía de autobuses, su silbato plateado y el cordón rojo del que colgaba. Todo en él lo proclamaba: él sí que había triunfado en la vida.

Los padres de Vijay eran porqueros, o sea, lo peor de lo peor, no podían estar más abajo. Y sin embargo, él había triunfado. Había logrado de algún modo hacerse amigo de un político. La gente decía que había dejado que le hundiera el pico en el trasero. Fuese lo que fuese lo que hubiera tenido que hacer, lo había hecho: él fue el primer hombre emprendedor que yo conocí. Ahora tenía un empleo y un silbato plateado y cuando lo tocaba —justo al ir a arrancar—, todos los chicos del pueblo se volvían locos y echaban a correr detrás del autobús, y le daban golpes en la chapa y suplicaban que les dejaran subir. Yo quería ser como Vijay: con un uniforme, con un cheque mensual, con un silbato reluciente y todo el mundo mirándome con unos ojos que decían: «¡Qué aspecto más importante tiene!».

Las dos de la mañana, señor primer ministro. Pronto tendré que parar por esta noche. Déjeme mirar un momento la pantalla de mi portátil, para ver si queda alguna información útil. Dejando aparte algunos detalles sin importancia…

… en la zona de Dhaula Kuan, de Nueva Delhi,

la noche del 2 de septiembre,

cerca del hotel ITC Maurya Sheraton…

Ese hotel, el Sheraton, es el mejor de Delhi. Yo nunca he entrado, pero mi ex jefe, el señor Ashok, solía tomarse allí sus copas por las noches. Hay un restaurante en el sótano que, según dicen, es muy bueno. Debería visitarlo, si tiene ocasión.

El fugitivo ejercía de chófer de un vehículo modelo Honda City cuando se

produjeron los hechos. A este respecto, ha sido abierta una investigación:

FIR Nº n.9 438/05, P.S. Dhaula Kuan, Delhi. Se cree que el sospechoso tiene

en su poder un maletón con cierta cantidad en metálico.

Un maletín rojo, debería haber dicho. Sin especificar el color, esa información es del todo inútil. No es de extrañar que no me localizaran.

«Cierta cantidad en metálico». Abra usted cualquier periódico este país. Siempre la misma basura: «Cierta organización interesada ha estado difundiendo rumores»; o bien: «Cierta comunidad religiosa no cree en los métodos anticonceptivos». Me repugna esa imprecisión.

Setecientas mil rupias.

Ésa era la cantidad en metálico que había en el maletín rojo. Y la Policía lo sabía, créame. No sé cuánto será eso en moneda china, señor Jiabao, pero daría para comprar diez portátiles Macintosh plateados de Singapur.

En el póster no hay ninguna referencia a mi escuela, lo cual es una lástima, señor. Cuando se describe a un hombre, hay que hablar de su educación. Tendrían que haber dicho algo así como: «El sospechoso fue educado en una escuela equipada con dos lagartos de sesenta centímetros, del color de una guayaba a medio madurar, ocultos en su armario…».

Si un pueblo indio es idílico, un paraíso de por sí, entonces su escuela es un paraíso dentro del paraíso.

Se suponía que en mi escuela había comida gratis: un programa del Gobierno

daba a cada alumno para almorzar tres [4] rotis daal amarillo y pepinillos en vinagre. Pero nosotros nunca vimos ni rastro de los rotis, del daal ni de los pepinillos. Y todo el mundo sabía por qué: el maestro se había quedado el dinero de nuestra comida.

Él tenía una excusa legítima para robar ese dinero: decía que no le habían pagado su sueldo desde hacía seis meses. Iba a emprender una protesta al estilo Gandhi para cobrar sus salarios atrasados; no pensaba hacer nada en clase hasta que llegara su cheque. Pero, al mismo tiempo, le daba terror perder aquel empleo, porque aunque la paga de cualquier funcionario en la India es una miseria, las ventajas adicionales son numerosas. En una ocasión llegó a la escuela un camión con los uniformes que el Gobierno enviaba para los alumnos. Nosotros no los vimos nunca, pero una semana más tarde aparecieron a la venta en el pueblo vecino.

Nadie culpó al maestro por ello. No puedes esperar que un hombre encaramado en una montaña de estiércol huela a rosas.

En el pueblo todos sabían que habrían hecho lo mismo en su lugar. Algunos incluso lo admiraban por haberse salido con la suya sin ningún problema.

Una mañana apareció por el camino que conducía a la escuela un hombre con el traje más elegante que yo había visto en mi vida: un traje azul más impresionante que el uniforme del revisor. Todos nos agolpamos en la puerta para mirarlo. El hombre llevaba un fino bastón en la mano y, al vernos en la puerta, empezó a hacerlo restallar. Todos volvimos corriendo al interior de la clase y nos sentamos con nuestros libros.

Era una inspección sorpresa.

El hombre del traje azul —el inspector— fue señalando con si 1 bastón los agujeros y las manchas rojas de las paredes mientras el maestro se encogía a su lado, muerto de miedo, y murmuraba:

—Lo siento, señor, lo siento.

—No hay borrador en esta clase; no hay sillas; no hay uniformes para los chicos. ¿Cuánto dinero has robado de los fondos de la escuela, hijo de perra?

El inspector escribió tres frases en la pizarra y apuntó con su fusión a un chico:

—Lee.

Uno tras otro, se iban levantando todos y se quedaban parpadeando ante la pizarra.

Pruebe a Balram, señor —dijo el maestro—. Es el más listo de todos. El lee muy bien.

Me puse de pie y empecé a leer:

«Vivimos en una tierra gloriosa. El Señor Buda experimentó su iluminación en estas tierras. El Ganges da la vida a nuestras plantas, a nuestros animales y a nuestra gente. Estamos agradecidos por haber nacido en esta tierra».

Bien —dijo el inspector—. ¿Y quién era el Señor Buda?

—Un hombre iluminado.

—Un «dios» iluminado,

(¡Uf! ¡Ya van 36 000 005!).

El inspector me hizo escribir mi nombre en la pizarra; luego me mostró su reloj de pulsera y me pidió que le dijera la hora. Sacó su billetera, extrajo de ella una foto y me preguntó:

—¿Quién es este hombre: el hombre más importante de todas nuestras vidas?

La foto mostraba a un hombre rechoncho, con el pelo blanco y erizado y unos carrillos regordetes, que llevaba gruesos pendientes de oro; su rostro irradiaba bondad e inteligencia.

—Es el Gran Socialista.

—Muy bien. ¿Y cuál es el mensaje del Gran Socialista para los niños?

La respuesta la había visto en el muro que había en el exterior del templo: la había escrito un policía con pintura roja.

—«Cualquier chico de cualquier pueblo puede llegar a convertirse en el primer ministro de la India. Éste es un mensaje dirigido a los niños de todas estas tierras».

El inspector me apuntó con su bastón.

—Eres un chico inteligente, honesto y vivaz, aquí, en medio de esta pandilla de brutos y de idiotas. En una jungla, ¿cuál es el más raro de los animales, la criatura que sólo aparece una vez en cada generación?

Yo reflexioné y dije:

—El tigre blanco.

—Eso es lo que tú eres en esta jungla.

Antes de irse, el inspector añadió:

—Escribiré a Patna para que te envíen una beca. Tienes que ir a una verdadera escuela. A algún sitio lejos de aquí. Necesitas un uniforme de verdad, una educación de verdad.

Me dio un regalo de despedida: un libro. Recuerdo muy bien su título: Lecciones para los jóvenes extraídas de la vida de Mahatma Gandhi.

Así es como me convertí en el Tigre blanco. Todavía habrá un cuarto y un quinto nombre, pero eso será más adelante.

Haber recibido los elogios del inspector delante de mi maestro y de mis compañeros, y también el nombre de «Tigre blanco», y un libro de regalo y la promesa de una beca, bueno, todo aquello parecía una buena noticia. Pero la única ley infalible si vives en la Oscuridad es que las buenas noticias se convierten en malas noticias. Muy pronto.

Mi prima hermana Reena se casó con un chico del pueblo vecino. Como nosotros éramos la familia de la chica, nos exprimieron a conciencia. Teníamos que darle al chico una bicicleta nueva, dinero y una pulsera de plata, y organizar además una gran boda. Cosa que hicimos. Señor primer ministro, usted probablemente sabrá cómo disfrutamos los indios de nuestras bodas. Tengo entendido que hay gente hoy en día que viene de otros países a casarse al estilo indio. ¡Ah, podríamos haberles enhenado un par de cosas a esos extranjeros, se lo aseguro! ¡Canciones de película atronando en un radiocasete y baile y bebida durante toda la noche! Yo acabé deshecho, y lo mismo Kishan y el resto de la familia. Tengo entendido que también echaron licor en el bebedero del búfalo.

Pasaron dos o tres días. Yo estaba en la clase, en la parte de atrás, estudiando el alfabeto con la pizarra y la tiza que mi padre me había traído de uno de sus viajes a Dhanbad, Los demás charlaban o se peleaban. El maestro yacía desmayado.

Entonces apareció Kishan en la puerta y me hizo un gesto. ¿Qué pasa, Kishan? ¿Vamos a alguna parte?

Él no respondió aún.

—¿Me traigo el libro? ¿Y la tiza?

—¿Por qué no? —dijo, y tras ponerme una mano en la cabeza, me llevó afuera.

La familia había pedido un gran préstamo al Cigüeña para organizar una boda suntuosa y disponer de una generosa dote para mi prima. Ahora el Cigüeña exigía su pago. Quería que todos los miembros de la familia se pusieran a trabajar para él y me había visto en el colegio; o tal vez había sido su recaudador. El caso es que tenían que entregarme también a mí.

Me llevaron al salón de té. Kishan juntó las manos y le hizo una reverencia al encargado. Yo hice lo mismo.

—¿Quién es éste? —dijo mirándome de soslayo.

Estaba sentado bajo un enorme retrato de Mahatma Gandhi, y yo ya veía que las iba a pasar moradas.

—Mi hermano —dijo Kishan—. Ha venido a trabajar conmigo.

Kishan arrastró el horno afuera y me dijo que me sentara. Me situé a su lado. El trajo un saco de arpillera lleno de trozos de carbón. Sacó uno, lo machacó sobre un ladrillo y echó los pedazos en el interior del horno.

—Más fuerte —dijo, cuando empecé a golpear otro trozo sobre el ladrillo—. Más fuerte, más fuerte.

Al final, lo conseguí: rompí en pedazos el trozo de carbón. Él se puso de pie y me dijo:

—Tienes que partirlos todos así. Hasta el último trozo.

Al cabo de un rato, dos chicos de la escuela vinieron a mirarme. Luego otros dos; y otros dos. Oí algunas risitas.

—¿Cuál es la criatura que aparece sólo una vez en cada generación? —dijo uno de ellos.

—El machacador de carbón —respondió otro.

Todos se echaron a reír.

—No les hagas caso —dijo Kishan—. Ya se marcharán.

Me miró fijamente.

—Estás enfadado conmigo porque te he sacado de la escuela, ¿verdad?

Yo no dije nada.

—Te horroriza la idea de tener que machacar carbón, ¿no?

No dije nada.

Él cogió el trozo más grande con una mano y lo estrujó.

—Imagínate que cada uno de estos trozos es mi cabeza. Te resultará mucho más fácil romperlos.

A él también lo habían sacado de la escuela. Fue después de la boda de mi prima Meera. Un gran acontecimiento también.

Trabajar en un salón de té. Machacar carbón. Fregar mesas. ¿Malas noticias para mí, dice usted?

Quebrantar la ley de su tierra —convertir las malas noticias en buenas noticias— es la prerrogativa del hombre emprendedor.

Mañana, señor Jiabao, a partir de la medianoche, le explicaré cómo me procuré en el salón de té una educación mucho mejor que la que podría haber recibido en cualquier escuela. Ahora, sin embargo, ya es hora de que deje de mirar esa araña y me ponga a trabajar.

Son casi las tres de la mañana. Es a estas horas cuando Bangalore vuelve a la vida. La jornada en América llega a su fin; la mía empieza ahora. He de estar preparado porque las chicas y los chicos de los centros de venta telefónica empiezan a salir de sus oficinas y se dirigen a sus casas. Es ahora cuando tengo que estar pendiente del teléfono.

Yo no uso teléfono móvil. Por razones obvias: corroen el cerebro, encogen las pelotas y secan el semen de los hombres, como todo el mundo sabe. Por eso tengo que permanecer en mi oficina. Por si se produce una crisis.

¡Yo soy la persona a quien la gente llama cuando se produce una crisis!

Veamos rápidamente si hay alguna otra cosa…

… cualquier persona que posea alguna pista o información sobre el fugitivo

haga el favor de informar en la página web de la Oficina Central de

Investigación (http://cbi.nic.in), e-mail (diccbi@cbi.nic.in), Fax: 011-

23011334, Teléfono: 011-23014046 (directo), 011-23015229 y 23015218,

extensión 210, así como a los abajo firmantes en la siguiente dirección o en

los números de teléfono que figuran al pie.

DP 3687/05, SHO-Dhaula Kuan, Nueva Delhi

Tel.: 28653200, 27641000

Recuadrada junto al texto, una fotografía. Borrosa, ennegrecida y manchada por la prensa anticuada de alguna comisaría de Policía, y apenas reconocible incluso cuando el póster estaba colgado en la pared de una estación de tren. Ahora, transferida a la pantalla del ordenador, reducida a píxeles, es sólo la idea abstracta del rostro de un hombre: una criatura menuda con grandes ojos saltones y un espeso bigote. Podría corresponder a la mitad de la población masculina de la India.

Señor primer ministro, lo dejo por esta noche con un pequeño comentario sobre las deficiencias del trabajo policial en la India. Seguro que mientras investigaban mi desaparición (al fin y al cabo, fue un caso espectacular) apareció en Laxmangarh un autobús lleno de policías de caqui. Supongo que interrogarían a los encargados de las tiendas, intimidarían a los conductores de rickshaw y despertarían al maestro de la escuela. ¿Robaba de niño? ¿Se acostaba con putas? Debieron de destrozar una tienda o dos y arrancar la «confesión» de un par de personas.

Pero le apuesto cualquier cosa a que se les pasó la pista más importante de todas. Y la tenían delante de sus narices.

Me refiero, por supuesto, al Fuerte Negro.

Yo le había suplicado a Kusum muchas veces que me llevara a la cima de la colina y entrara conmigo en el fuerte. Pero ella decía que yo era un cobarde, que me moriría de miedo si subía allá arriba: un lagarto enorme, el más grande del mundo, vivía en el fuerte, según ella.

De modo que tenía que limitarme a mirar. Las largas troneras de sus muros se convertían al alba en trazos de color rosa incandescente y de un dorado flamígero durante el crepúsculo. El cielo azul brillaba entre las rendijas de piedra y la luna refulgía sobre las almenas, y los monos corrían enloquecidos por las murallas, dando chillidos y peleándose entre ellos, como si fuesen los espíritus de antiguos guerreros reencarnados, que volvían a librar su batalla final.

Yo también quería subir allá arriba.

Iqbal, uno de los cuatro mayores poetas del mundo —los otros son Rumi, Mirza Ghalib y un cuarto, también musulmán, cuyo nombre no recuerdo— escribió un poema en el que dice lo siguiente sobre los esclavos:

Siguen siendo esclavos porque no pueden ver

lo que hay de hermoso en este mundo.

Ésa es la mayor verdad que se ha dicho jamás.

Un gran poeta, este Iqbal. Aunque fuese musulmán.

(Por cierto, señor primer ministro: ¿se ha fijado usted en que los cuatros mayores poetas del mundo son musulmanes? Y sin embargo, todos los musulmanes con los que uno tropieza son analfabetos o están cubiertos de pies a cabeza con burkas negros, o andan buscando edificios para volarlos por los aires. ¿Un misterio, no? Si llega a entender a esa gente, envíeme un e-mail).

Incluso de niño, yo ya veía lo que hay de hermoso en este mundo: estaba destinado a no seguir siendo un esclavo.

Un día, Kusum se enteró de mis andanzas por el fuerte. Me siguió desde casa hasta el estanque lleno de rocas y observó lo que hacía. Aquella noche le dijo a mi padre:

—Se ha quedado allí mirando el fuerte, boquiabierto. Tal como solía hacer su madre. No va a llegar a nada bueno en la vida, te lo digo desde ahora.

Cuando tenía tal vez trece años, decidí subir al fuerte por mi cuenta. Vadeé el estanque, llegué al otro lado y trepé por la ladera; cuando estaba a punto de entrar, se materializó una cosa negra en la entrada. Yo me di la vuelta y eché a correr cuesta abajo, demasiado aterrorizado incluso para gritar.

Era sólo una vaca. La vi desde lejos, pero estaba demasiado desencajado para volver a subir.

Lo intenté muchas otras veces, pero era tan cobarde que cada vez que iba a subir, me amilanaba y me volvía atrás.

A los veinticuatro años, cuando vivía en Dhanbad y trabajaba como chófer del señor Ashok, volví a Laxmangarh en una ocasión en la que mi amo y su mujer fueron allí de excursión. Era un viaje muy importante para mí, y espero describírselo con todo detalle cuando sea posible. Pero, por ahora, lo único que quiero contarle es esto: como después del almuerzo —mientras el señor Ashok y la señora Pinky reposaban — yo no tenía nada que hacer, decidí intentarlo de nuevo. Crucé el estanque a nado, subí por la ladera, atravesé el umbral y entré por primera vez en el Fuerte Negro. No había gran cosa: sólo muros derruidos y un montón de monos asustados que me observaban a cierta distancia. Me encaramé a la muralla y contemplé el pueblo a mis pies. Mi pequeña Laxmangarh. Divisé la torre del templo, el mercado, el arroyo reluciente de aguas residuales, las mansiones de los señores… y mi propia casa, con aquella mancha oscura y borrosa en la entrada: el búfalo de agua. Me parecía la vista más hermosa de la Tierra.

Me incliné sobre la muralla hacia el pueblo. Y entonces hice algo demasiado repugnante para describírselo.

Bueno, lo que hice en realidad fue escupir. Una y otra vez. Y luego, silbando y tarareando, bajé de la colina.

Ocho meses más tarde le rebané el cuello al señor Ashok.