Tigre blanco

Aravind Adiga · Capítulo 3 de 8

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Tigre blanco

La cuarta madrugada

Para…

Aunque pensándolo bien, señor Jiabao, ya no nos hacen falta estas formalidades, ¿verdad?

Ahora ya nos conocemos. Y mucho me temo, además, que no nos queda tiempo para formalidades.

La de hoy va a ser una sesión breve, señor primer ministro. Estaba oyendo un programa de radio sobre ese tal Castro, que expulsó de su país a los ricos y liberó a su pueblo. Me encanta escuchar estos programas sobre grandes hombres…, y cuando he querido darme cuenta ya eran las dos de la madrugada. Aún quería seguir enterándome de cosas sobre ese Castro, pero he decidido apagar la radio por usted. Voy a reanudar la historia exactamente donde la dejé.

¡Ah, la democracia!

Señor Jiabao, el pequeño panfleto que le entregará nuestro primer ministro para que se lo lleve usted a su país sin duda incluirá un largo apartado sobre el esplendor de la democracia en la India: el impresionante espectáculo de mil millones de personas ejerciendo con toda libertad su derecho al voto para determinar su propio futuro, etcétera.

Tengo entendido que ustedes, los hombres de tez amarilla, pese a todos sus adelantos en alcantarillado, agua potable y medallas olímpicas, aún no tienen democracia. Un político decía en la radio que por esa razón nosotros vamos a acabar superándolos. Nosotros quizá no tengamos alcantarillado ni agua potable ni medallas olímpicas, pero tenemos democracia.

Si yo tuviera que construir un país, primero conseguiría el alcantarillado, luego la democracia y, finalmente, me dedicaría a ir por ahí repartiendo panfletos y estatuillas de Gandhi. Pero, claro, ¿qué voy a saber yo? ¡Un simple asesino!

Yo no tengo ningún problema con la democracia, señor Jiabao. Al contrario, le debo mucho a la democracia, incluido mi cumpleaños. Esta historia se remonta a aquella época en la que me dedicaba a machacar carbón y a fregar mesas en el salón de té de Laxmangarh. Un día oímos unas palmadas que venían de donde estaba el retrato de Gandhi: el viejo propietario del establecimiento empezó a gritar que todos los empleados debían dejar lo que tuvieran entre manos y dirigirse a la escuela.

Allí nos encontramos, sentado al escritorio del maestro, a un hombre con uniforme del Gobierno, Tenía un gran libro y un bolígrafo negro, y hacía dos preguntas a todo el mundo.

—Nombre.

—Balram Halwai.

—Edad.

—Sin edad.

—¿Y la fecha de nacimiento?

—No, señor. Mis padres no la anotaron.

El hombre me miró y me dijo:

—Yo creo que tienes dieciocho. Que has cumplido hoy los dieciocho. Se te había olvidado, ¿verdad?

Yo le hice una reverencia.

—Exacto, señor. Se me había olvidado que era hoy mi cumpleaños.

—Buen chico.

Lo anotó en su libro y dijo que ya podía irme. Así pues, conseguí un cumpleaños del Gobierno.

Yo tenía que tener dieciocho. Todos los empleados del salón teníamos que tener dieciocho: la edad legal para votar. Había unas elecciones muy pronto y el dueño ya nos había vendido. Es decir, había vendido nuestras huellas dactilares: la huella de tinta que los analfabetos ponen en la papeleta para indicar que han votado. Esto se lo había oído decir a un cliente. Al parecer, aquellas elecciones estaban muy reñidas y el dueño le había sacado una buena tajada al partido del Gran Socialista por cada uno de nosotros.

En la época de esas elecciones, el Gran Socialista llevaba una década siendo el amo de la Oscuridad. El símbolo de su partido, un par de manos rompiendo unas esposas —o sea, los pobres liberándose de los ricos—, se hallaba impreso con una plantilla negra en las paredes de cada oficina gubernamental. Algunos clientes decían que el Gran Socialista era un buen hombre cuando empezó. Se había propuesto hacer una buena limpieza, pero el lodo de la Madre Ganges se lo había tragado. Otros decían que ya estaba corrompido desde el principio, pero que había engañado a todo el mundo y que sólo ahora lo veíamos tal como era. En cualquier caso, nadie parecía capaz de arrebatarle el poder en las urnas y había gobernado en la Oscuridad durante años y había ganado una elección tras otra. Últimamente, sin embargo, su poder se estaba debilitando.

En este mismo momento, hay pendientes de resolución noventa y tres procesos criminales —por asesinato, violación, hurto, tráfico de armas, proxenetismo y otros delitos menores por el estilo— contra el Gran Socialista y sus ministros. No es fácil lograr una sentencia cuando los jueces han de juzgar en la Oscuridad, pero, aun así, se han dictado tres condenas y tres de los ministros están actualmente en la cárcel, aunque siguen siendo ministros. Se dice que el propio Gran Socialista ha desfalcado en la Oscuridad mil millones de rupias y que las ha transferido a una cuenta bancaria de un pequeño y hermoso país europeo lleno de gente blanca y dinero negro.

Ahora que la fecha de las elecciones ya había sido fijada y anunciada por la radio, la fiebre electoral comenzó a difundirse otra vez. Éstas son las tres enfermedades principales de este país, señor: el tifus, el cólera y la fiebre electoral. Y esta última es la peor; hace hablar y hablar a la gente de cosas en las que no tienen arte ni parte. Los enemigos del Gran Socialista parecían más fuertes en esta elección que en la anterior. Habían preparado panfletos e iban de un lado para otro en autobuses y camiones con altavoces, proclamando que iban a derrocarlo por fin y que ellos arrastrarían al río Ganges y a toda la gente que vivía en sus orillas desde la Oscuridad hasta la Luz.

En el salón de té, la charla se hizo más frenética. La gente se tomaba su té y hablaba de las mismas cosas una y otra vez.

¿Lo conseguirían por fin? ¿Lograrían derrotar al Gran Socialista y ganar las elecciones? ¿Habrían reunido suficiente dinero y sobornado a bastantes policías, y habrían comprado las huellas dactilares suficientes para poder ganar? Igual que eunucos hablando del Kama Sutra, los votantes hablaban de las elecciones en Laxmangarh.

Una mañana vi a un policía escribiendo un eslogan en el muro exterior del templo con una brocha roja:

¿QUIERES BUENAS CARRETERAS,

AGUA LIMPIA, BUENOS HOSPITALES ?

¡ENTONCES ECHA DEL PODER CON TU VOTO

AL GRAN SOCIALISTA!

Durante años había habido un acuerdo entre los señores y el Gran Socialista — eso todo el mundo en el pueblo lo sabía—, pero aquel año algo se había estropeado y los Cuatro Animales habían unido sus fuerzas y habían creado su propio partido.

Así pues, el policía escribió debajo del eslogan:

FRENTE SOCIAL PROGRESISTA DE LA INDIA

(FACCIÓN LENINISTA)

Aquél era el nombre del partido de los señores.

En las semanas previas a las elecciones, los camiones subían y bajaban dando tumbos por la mugrienta calle de Laxmangarh, atestados de jóvenes con altavoces. «¡Plantemos cara a los ricos!», gritaban.

Vijay, el revisor del autobús, siempre estaba en uno de esos camiones. Había dejado su empleo y ahora se había metido en política. Eso era lo bueno de Vijay; cada vez que te lo encontrabas, había mejorado su posición. Era un político nato. Llevaba una cinta roja en la cabeza para mostrar que era uno de los seguidores del Gran Socialista y, cada mañana, pronunciaba un discurso frente al salón de té.

Los señores se tomaban la revancha trayendo camiones llenos de sus propios seguidores, que gritaban desde allá arriba: «¡Carreteras! ¡Agua! ¡Hospitales! ¡Echa del poder con tu voto al Gran Socialista!».

Una semana antes de las elecciones, los dos bandos dejaron de enviar camiones. Me enteré de lo que había ocurrido mientras limpiaba una mesa.

El farol de los Animales había funcionado. El Gran Socialista había accedido a cerrar con ellos un trato.

Vijay se arrojó a los pies del Cigüeña durante una gran manifestación frente al salón de té. Al parecer, todas las diferencias habían quedado solventadas y el Cigüeña había sido nombrado presidente de la sección de Laxmangarh del partido del Gran Socialista. Vijay iba a ser su adjunto.

Ahora ya se habían terminado por fin los mítines. El sacerdote celebró un oficio especial para rezar por la victoria del Gran Socialista; distribuyeron cordero

biryanis[8] en platos de papel frente al templo y, por la noche, hubo alcohol gratis para todo el mundo.

Al día siguiente aparecieron en el pueblo un buen montón de polvo y de policías. Un oficial leyó en medio del mercado las instrucciones de la votación.

Todo lo que se estaba haciendo era por nuestro propio bien. Los enemigos del Gran Socialista intentarían robarnos las elecciones a nosotros, los pobres; intentarían arrebatarnos el poder a nosotros, los pobres; ponernos otra vez en las manos aquellos grilletes que él, el Gran Socialista, nos había quitado gentilmente de las manos. ¿Lo entendíamos? Dicho esto, los coches de la Policía se alejaron entre una gran nube de polvo.

—Es igual que siempre —me dijo mi padre—. Yo ya he visto doce elecciones: cinco generales, cinco estatales y dos locales. Y alguien ha votado las doce veces por mí. He oído decir que la gente en la otra India vota ella misma… Ya es algo, ¿no?

El día de las elecciones un hombre se volvió loco.

Ocurre siempre, en todas las elecciones en la Oscuridad.

Un colega de mi padre, un hombre bajo y de piel oscura en quien nadie había reparado hasta entonces, se vio rodeado por una masa de conductores de rickshaw, incluido mi propio padre. Intentaban disuadirlo, aunque sin demasiado entusiasmo.

Ya habían visto otras veces casos parecidos. Ahora ya no lograrían detenerlo.

Incluso en un sitio como Laxmangarh, de vez en cuando conseguía abrirse paso un rayo de luz. Todos esos carteles, discursos y eslóganes de las paredes pueden llegar a metérsele a un hombre en la cabeza. Y entonces ese hombre se proclama ciudadano de la democracia india y se empeña en ejercer su voto. A este punto había llegado aquel conductor de rickshaw. Se declaró libre de la Oscuridad, públicamente; había tenido una iluminación.

Se encaminó hacia la cabina de voto de la escuela.

—¿No se supone que he de plantar cara a los ricos? —gritaba—, ¿no es eso lo que no paran de decirnos?

Cuando llegó allí, los seguidores del Gran Socialista ya habían puesto en una pizarra el resultado de la votación. Habían contabilizado 2341 votos en aquella cabina. Todo el mundo había votado al Gran Socialista. Vijay el revisor de autobús, se había subido a una escalera y estaba clavando en la pared una pancarta con el símbolo del Gran Socialista (las manos rompiendo sus grilletes). El eslogan decía:

¡FELICIDADES AL GRAN SOCIALISTA

POR SU INAPELABLE VICTORIA EN LAXMANGARH!

Cuando vio al conductor de rickshaw, Vijay dejó el martillo, los clavos y la pancarta.

—¿Qué haces tú aquí?

—Votar —le respondió a gritos—. ¿No son hoy las elecciones?

No puedo confirmar lo que sucedió a continuación, a pesar de que estaba apenas a un metro de él. Una multitud se había congregado para observarlo, pero cuando la Policía cargó contra nosotros, nos dimos media vuelta y salimos en estampida. O sea, que no vi lo que le hicieron a aquel loco tan valiente.

Lo oí al día siguiente mientras simulaba rascar una costra de suciedad de una mesa. Vijay y un policía habían derribado al conductor de rickshaw y habían empezado a pegarle; le golpeaban con sus bastones y, cuando él se revolvió, se pusieron a darle patadas. Se iban turnando. Vijay le pegaba, el policía le pateaba la cara y Vijay volvía a darle. Al cabo de un rato, el cuerpo del conductor de rickshaw dejó de defenderse y retorcerse, pero ellos siguieron pisoteándolo hasta que quedó estampado y fundido de nuevo con la tierra.

Si me lo permite, Excelencia, voy a volver un instante al póster de busca y captura. Que te llamen asesino está bien, no tengo ninguna objeción. Es un hecho: soy un pecador, un perdido. Pero ¡que te llame asesino la Policía!

Vaya un chiste de mierda.

Ahí va un pequeño recuerdo de su visita a la India para que lo conserve usted. Balram Halwai es un hombre huido, un fugitivo, alguien cuyo paradero desconoce la Policía, ¿verdad?

¡Ja!

La Policía sabe perfectamente dónde encontrarme. Me encontrarán votando obedientemente el día de las elecciones en la cabina de voto de la escuela de Laxmangarh, en el distrito Gaya, como he venido haciendo en cada una de las elecciones generales, estatales y locales desde que cumplí los dieciocho.

Soy el votante más fiel de toda la India y todavía no he visto el interior de una cabina de voto.

Aunque las elecciones se iban a celebrar pronto en Dhanbad, la vida continuó como siempre entre los altos muros de la casa del Cigüeña. El daba suspiros mientras recibía su masaje con las piernas sumergidas en agua caliente; los partidos de criquet y bádminton se desarrollaban a su alrededor; y yo lavaba a conciencia a los dos perros pomerania.

Un día apareció en la verja una cara conocida. Vijay, el revisor de autobús de Laxmangarh. El héroe de mi infancia tenía un nuevo uniforme esta vez. Iba todo vestido de blanco, llevaba un gorro estilo Nehru en la cabeza…, ¡y lucía anillos de oro macizo en ocho dedos!

El servicio público le había favorecido mucho.

Aguardé junto a la verja y observé. Salió el Cigüeña en persona a recibirle y le hizo una reverencia. ¡Un señor inclinándose ante el hijo de un porquero! ¡Maravillas de la democracia!

Dos días más tarde, vino el Gran Socialista.

La casa entera estaba revolucionada con su visita. El señor Ashok se apostó en la entrada y aguardó con una guirnalda de jazmines. Su hermano y su padre estaban a su lado.

Llegó un coche a la verja, se abrió una puerta y entonces aquella cara que había contemplado en un millón de carteles electorales desde que era niño emergió por fin y vi al natural sus mejillas regordetas, su pelo blanco y erizado, y sus gruesos pendientes de oro.

Vijay llevaba esta vez su cinta roja en la cabeza y sostenía la bandera con el símbolo de los grilletes rotos.

—¡Larga vida al Gran Socialista! —gritó.

El gran hombre juntó las palmas y se fue inclinando en todas direcciones. Tenía una de esas caras «y/o» que tienen todos los políticos de la India. Esa cara dice que ahora está en paz y que tú también puedes estarlo si sigues a su dueño. Pero esa misma cara puede decir igualmente —con una leve crispación de sus rasgos— que también ha conocido lo contrario de la paz y que, si quiere, puede hacer que ese otro destino sea el tuyo.

El señor Ashok le puso la guirnalda al gran hombre en su cuello de toro.

—Mi hijo —dijo el Cigüeña—. Ha regresado de América hace poco.

El Gran Socialista le pellizcó las mejillas al señor Ashok.

—Estupendo. Necesitamos que vuelvan más jóvenes a convertir este país en una superpotencia.

Entraron en la casa; los criados cerraron todas las puertas y ventanas. Al cabo de un rato, el Gran Socialista salió al patio, seguido del viejo, del Mangosta y del señor Ashok.

Yo trataba de escuchar lo que decían y fingía barrer el suelo mientras me aproximaba lentamente. Había barrido ya hasta situarme a la distancia adecuada cuando el Gran Socialista me dio un golpecito en la espalda.

—¿Cómo te llamas, hijo? —me preguntó.

Luego añadió:

—Tus patrones están intentando joderme, Balram. ¿Qué te parece?

El señor Ashok nos miraba atónito. El Cigüeña sonrió bobamente.

—Un millón y medio es mucho, señor. Con mucho gusto estaremos dispuestos a llegar a un acuerdo.

El Gran Socialista movió las manos como desechando aquel alegato.

—Tonterías. Tenéis aquí montado un buen chanchullo, sacando carbón gratis de las minas del Gobierno. Y lo tenéis funcionando porque yo lo permito. Cuando te conocí no pasabas de ser el señor de una aldea. Yo te traje aquí. Yo te he convertido en lo que eres. Y por Dios que si me contrarías volverás otra vez a esa aldea. He dicho un puto millón y medio y «quiero decir» un millón y…

Tuvo que interrumpirse. Estaba mascando paan y la boca se le había llenado de baba roja que empezaba a chorrearle por los labios. Se volvió hacia mí y dibujó con las manos la forma de un cuenco. Corrí al Honda City.

Cuando regresé con la escupidera, él miró al Mangosta con frialdad y le dijo:

—Hijo, ¿no me aguantas la escupidera?

El Mangosta se negó a moverse, de modo que el Gran Socialista tomó la escupidera de mis manos y se la tendió.

—Cógela, hijo.

El Mangosta la sostuvo.

Entonces el Gran Socialista escupió en el recipiente tres veces.

Al Mangosta le temblaban las manos; se le había puesto la cara negra de vergüenza.

—Gracias, hijo —dijo el Gran Socialista mientras se secaba los labios. Me miró de nuevo, rascándose la frente—. ¿Dónde me había quedado?

Ahí tiene. Ése era el lado positivo del Gran Socialista. Sabía humillar a nuestros amos. Por eso seguíamos votándole.

Aquella noche, otra vez con la excusa de barrer el patio, me acerqué al Cigüeña y a sus hijos. Estaban sentados en un banco, charlando con sus vasos de licor dorado en las manos. Mukesh Sir acababa de hablar. El viejo meneó la cabeza.

—No podemos hacer eso, Mukesh. Lo necesitamos.

—Ya no, padre, te lo estoy diciendo. Podemos dirigirnos directamente a Delhi. Conocemos gente allí.

—Estoy de acuerdo con Mukesh, padre. No podemos permitir que vuelva a tratarnos así, como si fuésemos sus esclavos.

—Silencio, Ashok. Déjame discutirlo con Mukesh.

Barrí dos veces el patio y continué escuchando. Luego me puse a tensar la red de bádminton de la señora Pinky, que se había aflojado, y así pude permanecer cerca de ellos.

Pero un par de suspicaces ojos nepalíes se habían fijado en mí:

—No andes por el patio holgazaneando. Ve a tu habitación y espera a que te llamen los amos.

—Muy bien.

Ram Bahadur me echó una mirada feroz. Yo me corregí:

—Muy bien, señor.

(Los criados, dicho sea de paso, tienen la obsesión de que los llamen «señor» los demás criados, señor).

A la mañana siguiente, mientras secaba a Puddles y Cuddles después de haberlos enjabonado a base de bien, Ram Bahadur se me acercó y me dijo:

—¿Has estado alguna vez en Delhi?

Negué con la cabeza.

—Se van a ir a Delhi dentro de una semana. El señor Ashok y la señora Pinky. Estarán tres meses fuera.

Me agaché y metí el secador entre las piernas de Cuddles como si me diera igual. Con tanta indiferencia como pude, pregunté:

—¿Por qué?

El nepalí se encogió de hombros. ¿Cómo iba a saberlo? Nosotros no éramos más que criados. Pero una cosa sí sabía.

—Sólo se llevarán un chófer. Y ese chófer se sacará tres mil rupias al mes. Eso es lo que van a pagarle en Delhi.

El secador se me cayó de las manos.

—¿En serio? ¿Tres mil?

—Sí.

—¿Me llevarán a mí, señor? —Me puse de pie y le dije con tono suplicante—: ¿Usted no puede conseguir que me lleven a mí?

—Se llevarán a Ram Persad —dijo con una mueca de desprecio en sus labios nepalíes—. A menos…

—¿A menos?

Hizo como si contara monedas con los dedos.

Cinco mil rupias: cinco mil y él se encargaría de decirle al Cigüeña que tenían que llevarme a mí.

—Cinco mil…, ¿dónde voy a conseguir esa cantidad? Mi familia me confisca el salario entero.

—Bueno, en ese caso será Ram Persad quien vaya. En cuanto a ti —señaló a Cuddles y Puddles—, supongo que seguirás lavando perros toda tu vida.

 

Me desperté con las narices irritadas.

Todavía era de noche. Ram Persad estaba despierto. Sentado en la cama, se había puesto a cortar cebollas en una tabla de madera. Yo oía el tac, tac, tac del cuchillo golpeando la tabla.

«¿Para qué demonios corta cebollas tan temprano?», me pregunté. Me di la vuelta y cerré otra vez los ojos. Quería volver a dormirme, pero el tac, tac, tac del cuchillo seguía insistiendo.

«Este hombre tiene un secreto».

Permanecí despierto mientras él continuaba con lo suyo. Yo me esforzaba en descifrar el enigma.

¿Qué había notado en él últimamente?

De entrada, había empezado a apestarle el aliento. Hasta la señora Pinky se había, quejado. Ahora, de repente, ya no comía con nosotros, ni dentro ni fuera de la casa. Ni siquiera los domingos, cuando había pollo, quería acompañarnos, alegando que ya había comido o que no tenía hambre, o lo que fuera.

El ruido del cuchillo cortando cebolla no se detenía y yo, por mi parte, seguí encadenando pensamientos en la oscuridad.

Ahora lo observé durante todo el día. Por la tarde, tal como esperaba, se dirigió hacia la verja.

Hablando con el cocinero, me había enterado de que últimamente Ram Persad salía de la casa cada tarde a la misma hora. Le seguí a cierta distancia.

Se internó en una parte de la ciudad que no había visto nunca y dio varios rodeos por unos callejones. En un momento dado vi con toda claridad que se daba la vuelta, como para asegurarse de que nadie le seguía. Luego salió disparado.

Se detuvo frente a un edificio de dos pisos. En la entrada había un enrejado metálico dividido en recuadros; más abajo, salían de la pared una serie de grifos negros. Él se agachó junto a uno de ellos, se lavó la cara, se enjuagó la boca y escupió. Entonces se sacó las sandalias. Todos los zapatos estaban embutidos en los recuadros del enrejado, y él hizo lo mismo con sus sandalias. Luego entró y cerró la puerta.

Me di una palmada en la frente.

¡Qué idiota había sido!

—¡Es Ramadán! ¡No pueden comer ni beber durante el día!

Volví corriendo a la casa y me encontré al nepalí. Estaba en la entrada, frotándose los dientes con una ramita de margosa, que es, señor primer ministro, lo que mucha gente pobre suele hacer en mi país cuando quiere limpiarse los dientes.

—Acabo de ver una película, señor.

—Lárgate.

—Una gran película, señor. Un montón de baile. El protagonista era un musulmán. Se llamaba Mohamed Mohamed.

—No me hagas perder el tiempo, chico. Vete a limpiar el coche si no tienes nada que hacer.

—Ese Mohamed Mohamed era un musulmán pobre, honrado y trabajador. Pero quería conseguir un empleo en la casa de un señor malvado y lleno de prejuicios al que no le gustaban los musulmanes. Así pues, para conseguir el empleo y poder alimentar a su familia, que se moría de hambre, ¡se hizo pasar por hindú! Y adoptó el nombre de Ram Persad.

La ramita se le cayó al suelo.

—¿Y sabe cómo se las arregló para conseguirlo? Pues porque el vigilante nepalí en el que los señores tenían depositada toda su confianza, y que debía ocuparse de comprobar los antecedentes de Ram Persad, ¡estaba en el ajo!

Antes de que saliera corriendo, lo agarré del cuello de la camisa. Técnicamente, en estos fregados de criado contra criado, basta con eso para decir sin palabras: «He ganado». Pero si uno tiene que hacer estas cosas, mejor hacerlas con estilo, ¿no? Así pues, además, le di una bofetada.

A partir de ese momento, yo era el primer criado de la casa.

Corrí de vuelta a la mezquita. La oración ya debía haber terminado. En efecto, Ram Persad —o Mohamed o como se llamase— salió de la mezquita, recogió sus sandalias, las sacudió en el suelo, se las calzó retorciendo los pies y echó a andar. Entonces me vio. Yo le guiñé un ojo y él comprendió que el juego había terminado. Resumo la situación en pocas palabras.

Luego volví a la casa. El nepalí me observaba desde detrás de la verja. Le quité el manojo de llaves y me las puse en el bolsillo.

—Ve a buscarme un té. Y galletas. —Lo agarré de la camisa—. Y también quiero tu uniforme. El mío está viejo.

Aquella noche dormí en la cama.

Por la mañana, alguien entró en la habitación. Era el ex primer chófer. Sin decirme una palabra, empezó a hacer el equipaje. Todas sus cosas cabían en una bolsa pequeña.

Yo pensé: «¡Qué vida tan miserable! ¡Tener que ocultar su religión y su nombre para conseguir trabajo! Y es un buen chófer, sin la menor duda; mucho mejor de lo que yo lo seré nunca». Una parte de mí quería levantarse y pedirle allí mismo disculpas y decirle: «Ve a Delhi y ocupa el puesto. Tú no me has hecho nada. Perdóname, hermano».

Me di la vuelta hacia el otro lado, me tiré un pedo y volví a dormirme.

Cuando desperté, ya se había ido. Se había dejado todas sus imágenes de dioses hindúes; yo las guardé en una bolsa. Nunca se sabe cuándo pueden serte útiles estas cosas.

Por la tarde, el nepalí se presentó con una gran sonrisa pintada en la cara: la misma falsa sonrisa servil que le dedicaba todo el día al Cigüeña. Me dijo que como Ram Persad había abandonado su puesto sin decir palabra, sería yo quien llevara a Delhi al señor Ashok y a la señora Pinky, Personalmente se lo había recomendado al Cigüeña con toda energía.

Me volví a la cama —ahora era toda mía—, me estiré y le dije:

—Fantástico. Ahora limpia esas telarañas del techo.

Me lanzó una mirada asesina, pero no dijo nada y se fue a buscar una escoba. Yo le grité.

—¡Señor!

A partir de entonces, disfruté cada mañana de té nepalí caliente y de unas deliciosas galletas servidas en una bandeja de porcelana.

Kishan vino aquel domingo a la verja y yo le conté la noticia. Creía que iba a insultarme por mi manera tan abrupta de largarme del pueblo. Pero estaba loco de alegría y se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Un miembro de su familia que lograba salir de la Oscuridad para ir a Nueva Delhi!

—Es exactamente lo que dijo siempre nuestra madre. Ella estaba segura de que tú lo conseguirías.

Dos días más tarde, salí en el Honda City con el señor Ashok, el Mangosta y la señora Pinky. No era difícil encontrar el camino. Sólo tenía que seguir a los autobuses. Porque la carretera estaba llena de autobuses y todoterrenos, todos hasta los topes de pasajeros, que se apretujaban dentro, se colgaban de las puertas e incluso viajaban subidos en el techo. Todos se dirigían a Nueva Delhi desde la Oscuridad. Parecía como si el mundo entero hubiese decidido emigrar.

Cada vez que adelantábamos a uno de esos autobuses, a mí se me escapaba una sonrisa. Me habría gustado poder bajar la ventanilla y gritar: «Yo voy en coche a Delhi, ¡en un coche con aire acondicionado!». Pero estoy seguro de que lo leían en mis ojos.

Hacia mediodía, el señor Ashok me dio un golpecito en el hombro.

Desde el primer momento, señor Jiabao, yo comprendía lo que él quería decirme, tal como los perros entienden a sus amos. Detuve el coche, me moví hacia la izquierda, él se movió hacia la derecha y nuestros cuerpos se cruzaron (tan cerca el uno del otro que su barba incipiente me arañó las mejillas como la brocha de afeitar que usaba cada mañana; el aroma de su colonia —una deliciosa e intensa fragancia frutal— me subió por las narices durante un instante embriagador mientras yo le restregaba por la cara el tufo de mi sudor de criado). Ahora él se convirtió en el conductor y yo en un pasajero.

Arrancó el coche.

El Mangosta, que había venido leyendo el periódico todo el rato, advirtió ahora lo que había ocurrido.

—No hagas eso, Ashok.

Era como un viejo maestrillo, el Mangosta. Siempre sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal.

—Tienes razón. Resulta extraño —dijo el señor Ashok.

El coche se detuvo. Nuestros cuerpos volvieron a cruzarse, nuestros aromas se entremezclaron de nuevo y yo me convertí otra vez en chófer y criado, y el señor Ashok en pasajero y amo.

Llegamos a Delhi bien entrada la noche.

Aún no son las tres; podría continuar un rato más. Pero quiero parar aquí, porque lo que tengo que contarle a partir de ahora es otra clase de historia.

¿Se acuerda usted, señor primer ministro, de la primera vez (quizá siendo aún un chico) en la que abrió el capó de un coche y contempló sus entrañas? ¿Recuerda los cables de colores, culebreando de una punta a otra del motor, y la caja negra llena de tapones amarillos y todos aquellos tubos enigmáticos que soltaban vapor con un silbido, y el aceite y la grasa por todas partes? ¿Recuerda lo misterioso y mágico que parecía todo? Cuando me asomo a la parte de mi historia que se desarrolla en Nueva Delhi, siento exactamente lo mismo. Si me pide usted que le explique cómo se conecta un hecho con otro, cómo un motivo reafirma o debilita el siguiente, o cómo pasé de pensar una cosa de mi amo a pensar otra muy distinta, tendré que confesarle que yo mismo no lo entiendo. No estoy seguro de que la historia, tal como voy a contarla, sea la versión correcta que debería contarse. No estoy seguro de saber exactamente por qué murió el señor Ashok.

Me conviene parar aquí.

Cuando volvamos a encontrarnos, a medianoche, recuérdeme que suba un poco la luz de la araña. La historia se vuelve a partir de aquí mucho más oscura.