Tigre blanco

Aravind Adiga · Capítulo 6 de 8

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Tigre blanco

La sexta madrugada

Perdone, Excelencia, por esta larga interrupción. Son las 6.20, o sea, que han pasado cinco horas. Lamentablemente, se ha producido un incidente que amenazaba con poner en peligro la buena reputación de una empresa subcontratada con la que trabajo.

Un incidente bastante serio, señor. Un hombre ha perdido la vida. (No, no me interprete mal. ¡No tengo nada que ver con su muerte! Pero va se lo explicaré más tarde).

Discúlpeme un segundo mientras pongo el ventilador —aún estoy sudando, señor — y me siento en el suelo para observar cómo cortan sus aspas la luz de la araña.

Lo que queda del relato de hoy es, básicamente, la triste historia de cómo me fui corrompiendo: de cómo dejé de ser un dulce e inocente chico de pueblo para convertirme en un urbanita entregado al libertinaje, a la depravación y a la maldad.

Todos estos cambios se produjeron en mí porque primero se habían producido en el señor Ashok. Cuando él volvió de América todavía era un hombre inocente, pero la vida en Delhi lo corrompió. Y una vez corrompido el señor del Honda City, ¿cómo iba a conservar su chófer la inocencia?

Yo creía conocer al señor Ashok, señor. Pero eso era pura presunción de criado.

En cuanto se fue su hermano, se transformó. Empezó a llevar una camisa negra con el primer botón desabrochado y cambió de perfume.

—¿Al centro comercial, señor?

—Sí.

—¿A cuál, señor? ¿El que solía frecuentar la señora?

El señor Ashok no mordió el anzuelo. Estaba concentrado pulsando botones en su teléfono móvil y sólo gruñó:

—Al Sahara, Balram.

—Ése es el que le gustaba a ella, señor.

—¡Deja de mencionar a la señora en cada frase!

Me senté en el exterior del centro comercial y me pregunté qué habría ido a hacer allí. En la planta superior parpadeaba una luz roja y supuse que sería una discoteca. Frente al centro comercial había una cola de jóvenes que parecían aguardar su turno para subir a aquella planta. Yo temblaba de miedo al ver cómo iban vestidas aquellas chicas de ciudad.

El señor Ashok no se entretuvo mucho. Y salió solo. Suspiré aliviado.

—¿Volvemos a Buckingham, señor?

—Aún no. Llévame al hotel Sheraton.

Mientras me internaba en la ciudad, noté que Delhi tenía un aspecto distinto aquella noche.

¿Acaso no había visto nunca a todas las mujeres pintarrajeadas que se apostaban al borde de la calzada? ¿Acaso no había visto a los hombres que paraban el coche, en medio de aquel tráfico, para negociar el precio con las mujeres?

Cerré los ojos, sacudí la cabeza.

«¿Qué te ocurre esta noche?».

Entonces sucedió una cosa que despejó mi confusión, pero que resultó muy embarazosa para mí y para el señor Ashok. Me había detenido ante un semáforo. Una chica con una camiseta ajustada empezó a cruzar la calle; los pechos le bamboleaban arriba y abajo como tres kilos de berenjenas en una bolsa. Eché un vistazo por el retrovisor y allí estaba el señor Ashok, con los ojos bailándole arriba y abajo.

«¡Ajá! —pensé—. ¡Te he pillado, granuja!».

Y al mismo tiempo, los ojos le brillaron, porque él había visto los «míos» y estaba pensando exactamente lo mismo: «¡Ajá! ¡Te he pillado, granuja!».

Nos habíamos pillado mutuamente.

(Ese espejito rectangular, señor Jíabao… ¿Nadie se ha fijado en lo embarazoso que puede llegar a ser? Por ejemplo, cuando las miradas de amo y criado se encuentran en él, y parece como sí se hubiese abierto la puerta de un probador y se hubieran sorprendido mutuamente desnudos).

Me sonrojé. Felizmente, el semáforo se puso verde y seguí adelante.

Juré no volver a mirar el retrovisor durante toda la noche. Ahora comprendía por qué la ciudad parecía diferente y por qué el pico se me había puesto tieso mientras conducía.

Porque «él» estaba cachondo. Y porque en el interior del coche cerrado, amo y criado se habían convertido en cierto sentido en un solo cuerpo aquella noche.

Con gran alivio, detuve el Honda en la entrada del hotel Maurya Sheraton y puse fin a aquella horrorosa excursión.

Delhi está llena de magníficos hoteles. En vías de circunvalación y sistema de alcantarillado quizá nos lleven ustedes algo de ventaja en Pekín, pero en cuestión de pompa y esplendor a nosotros no nos gana nadie en Delhi. Tenemos el Sheraton, el Imperial, el Taj Palace, el Taj Mansingh, el Oberoi, el Intercontinental y muchos otros. Los hoteles de cinco de estrellas de Bangalore me los conozco como la palma de mi mano, después de haber gastado tantos miles de rupias comiendo kebab de pollo, de cordero o de buey en sus restaurantes y de haber pescado en sus bares putillas de todas las nacionalidades. En cambio, los hoteles de cinco estrellas de Delhi son un misterio para mí. He estado en todos ellos, pero nunca he pasado de la puerta. No nos está permitido; suele haber un orondo vigilante frente a la puerta de cristal: un tipo con bigote y barba encerados que lleva un ridículo turbante rojo y se cree muy importante porque los turistas americanos quieren sacarse una foto con él. Si ese tipo ve acercarse a un chófer al hotel, le echa una mirada asesina y lo amenaza con un dedo alzado como lo haría un maestro.

Ése es el destino del conductor. Cualquier otro criado se cree que puede darnos órdenes.

En los hoteles de cinco estrellas, hay reglas muy estrictas sobre dónde puedes aparcar el coche mientras tu amo está dentro. A veces te ponen en un sector del aparcamiento subterráneo. Otras veces en la parte trasera. Otras delante, junto a los árboles. Y tú te sientas allí y esperas una hora, dos horas, tres horas, incluso cuatro horas, bostezando y sin hacer nada, hasta que el vigilante, el tipo del turbante rojo, masculla por un micrófono: «Conductor tal y tal, ya puedes pasar por la puerta principal con el coche. Tu amo te está esperando».

Los chóferes aguardaban cerca del aparcamiento del hotel; todos en círculo, como de costumbre, jugando con el llavero, mascando paan, cotilleando o dejando regueros de amoniaco. Acuclillados y parlanchines como monos.

El chófer de los labios enfermos estaba un poco apartado, absorto en su revista. En la portada de esta semana se veía a una mujer en la cama con la ropa desabrochada, mientras su amante, de pie junto a ella, se disponía a clavarle un puñal.

EL ASESINATO SEMANAL

4,50 RUPIAS

UNA HISTORIA AUTÉNTICA EN EXCLUSIVA:

«DESEABA A LA MUJER DE SU AMO».

AMOR. VIOLACIÓN. ¡VENGANZA!

—¿Has pensado en lo que te dije, palurdo? —me preguntó mientras hojeaba una historia—. Lo de conseguirle a tu amo algo que le guste… Hachís, chicas, pelotas de golf. Pelotas auténticas del consulado de los Estados Unidos…

—Él no es de ese tipo.

Sus labios rosados se retorcieron en una sonrisa.

—¿Quieres saber un secreto? A mi amo le gustan las actrices de cine. Se las lleva a un hotel de Jangpura, uno que tiene un gran neón con forma de «T» y se las ventila allí.

Mencionó a tres famosas actrices de Bombay que su amo se había «ventilado».

—Y no obstante, parece un santurrón. Sólo yo estoy al tanto. Y te digo una cosa: todos los amos son iguales. Algún día me darás la razón. Ahora ven aquí a leer una historia.

Leímos un rato en completo silencio. Después de la tercera historia criminal, me fui a un lado, a un grupo de árboles, para soltar un reguero de amoniaco. Él me acompañó.

Nuestros meados salpicaban la corteza del árbol que teníamos a unos centímetros.

—Quiero hacerte una pregunta.

—¿Sobre las chicas de ciudad otra vez?

—No. Sobre lo que pasa con los chóferes viejos.

—¿Qué?

—Quiero decir, ¿qué será de mí dentro de unos cuantos años? ¿Tendré dinero suficiente para comprarme una casa y montar mi propio negocio?

—Bueno —respondió—, un conductor puede funcionar hasta los cincuenta o cincuenta y cinco. Luego la vista empieza a fallarte y te echan, ¿entiendes? Dentro de unos treinta años, palurdo, si empiezas a ahorrar ahora, tendrás suficiente para comprarte un sitio pequeño en un barrio miserable. Si has sido un poco más listo y te has sacado unos ingresos extra, tendrás incluso para llevar a tu hijo a una buena escuela. Allí puede aprender inglés y luego ir a la universidad. Eso… en el mejor de los casos. Una casa en un barrio apestoso y un hijo en la universidad.

—¿El mejor de los casos?

—Bueno, también puedes pillar el tifus por agua contaminada. O tu jefe puede despedirte sin motivo. O puedes sufrir un accidente. Hay muchas opciones del peor de los casos.

Yo aún estaba meando, pero él me puso una mano encima.

—He de preguntarte una cosa, palurdo. ¿Te encuentras bien?

Lo miré de reojo.

—Perfectamente. ¿Por qué me lo preguntas?

—Siento decírtelo, pero algunos de los chóferes lo andan comentando. Te quedas en el coche todo el tiempo, te pones a hablar solo… ¿Sabes lo que te hace falta? Una mujer. ¿Conoces el barrio que hay detrás de los centros comerciales? Las chicas no son feas. Está bien, son rellenitas. Algunos nos pasamos por allí una vez a la semana. Puedes venirte si quieres.

—Conductor Balram, ¿me escuchas?

Era el micrófono de la entrada del hotel. El señor Turbante hablaba con la voz más seria y pomposa que podía:

—Conductor Balram. Preséntate de inmediato en la puerta principal. Sin la menor dilación. Tu amo te necesita.

Me subí la cremallera y eché a correr, secándome los dedos en la parte de atrás de los pantalones. Cuando llegué a la entrada con el coche, el señor Ashok salía del hotel abrazado a una chica.

Ella tenía los ojos rasgados y la tez amarilla. Una extranjera. Una nepalí. Ni siquiera una mujer de su casta y de su formación. Husmeó un segundo los asientos — aquellos asientos a los que yo había sacado brillo— y subió al coche.

El señor Ashok rodeó con el brazo sus hombros desnudos. Saqué los ojos del retrovisor.

Nunca me ha parecido bien el vicio dentro de un coche, señor Jiabao.

Olía cómo se iban mezclando sus perfumes y sabía exactamente lo que ocurría a mis espaldas.

Creía que ahora me diría que lo llevase a casa. Pero no. El carrusel de la diversión proseguía. Quería ir al PVR Saket.

El PVR Saket es un cine enorme donde ponen diez o doce películas a la vez y donde te cobran ciento cincuenta rupias por película. Sí, exacto, ¡ciento cincuenta! Y eso no es todo. También tienes un montón de sitios donde beber cerveza, bailar, buscar chicas, esas cosas. Un trocito de América en la India.

Detrás de la última de esas tiendas deslumbrantes, empieza el segundo PVR. Cada zona comercial de Delhi viene a ser como dos mercados en uno. Siempre hay otro más pequeño, un doble mugriento del mercado real, oculto en un callejón. Ése es el mercado para los criados. Crucé la calle y me metí en el segundo PVR: una sucesión de restaurantes apestosos, de tenderetes de té y de sartenes gigantes donde tostaban pan con aceite. Los tipos que trabajaban en los cines y que hacían la limpieza venían a comer aquí. Los mendigos estaban permanentemente instalados.

Me compré un té y un [11] vada de patatas y me senté bajo un baniano a comérmelo.

—Hermano, dame tres rupias. —Era una anciana flaca y miserable, con la mano extendida.

—No soy rico, abuela. Vete para allá y pídeles a ellos.

—Hermano…

—Déjame comer tranquilo, ¿estamos? ¡Déjame en paz!

Se marchó. Apareció un afilador de cuchillos e instaló su tenderete junto a mi árbol. Con dos cuchillos en la mano, se sentó sobre su máquina —una piedra de afilar a pedales— y empezó a pedalear. Las chispas me zumbaban a pocos centímetros.

—Hermano, ¿es imprescindible que trabajes aquí? ¿No ves que hay un ser humano que intenta comer en paz?

Dejó de pedalear, parpadeó y volvió a aplicar las dos hojas sobre la piedra chirriante, como si no me hubiese oído.

Tiré el vada de patata a sus pies.

—¡Mira que podéis llegar a ser idiotas!

La anciana cruzó la calle conmigo hacia el otro PVR. Se recompuso el sari, respiró hondo y empezó con su cantinela:

—Hermano, dame tres rupias. No he comido desde esta mañana…

En medio del mercado había un montón gigantesco de libros viejos, dispuestos en un gran cuadrado vacío, como el mándala que se pone en las bodas para contener el fuego sagrado. Un hombrecillo se había sentado con las piernas cruzadas sobre un montón de revistas en el centro del cuadrado de libros, como si fuera el sacerdote encargado de aquel mándala de papel impreso. Los libros me atrajeron como un gran imán, pero el hombre me espetó nada más verme:

—Todos los libros están en inglés.

—¿Y qué?

—¿Sabes inglés? —me ladró.

—¿Y tú, sabes inglés? —le repliqué.

Ahí lo pillé. El tono que había empleado hasta entonces conmigo era de criado a criado; ahora se transformó en un tono de hombre a hombre. Me miró de arriba abajo.

—No —dijo, dejando escapar una sonrisa y como valorando mis pelotas.

—Entonces, ¿cómo vendes los libros si no sabes inglés?

—Los distingo por la portada —dijo—. Sé que éste es Harry Potter. —Me lo enseñó—. Y que éste es de James Hadlev Chase. —Lo recogió de un montón—. Esto es Kahlil Gibran, esto Adolf Hitler, Desmond Baglev, El goce del sexo… Una vez los editores cambiaron la portada de Hitler para que se pareciese a Harry Potter y se armó un gran alboroto.

—Yo sólo quiero pasearme y echar una ojeada. Una vez tuve un libro. Cuando era niño.

—Como quieras.

Así que me di una vuelta por aquel gran cuadrado de libros. Cuando estás entre libros, incluso entre libros escritos en una lengua extranjera, Excelencia, sientes que te recorre una especie de zumbido eléctrico. Ocurre, simplemente. Igual que se te pone tiesa si andas entre chicas con jeans ajustados.

Salvo que aquí es tu cerebro el que se pone a zumbar.

Cuarenta y siete billetes de cien rupias. En aquel sobre marrón que tenía debajo de la cama. Una suma bastante extraña, ¿no? Ahí había un misterio que resolver. Veamos, Tal vez ella había empezado por reservarme cinco mil y, después, por simple tacañería, como todos los ricos (¿recuerda cuando el Mangosta me hizo arrodillarme para buscar aquella rupia?), quitó del fajo trescientos.

«Así “no” es como piensan los ricos, idiota. ¿Es que aún no lo has aprendido?».

Primero debió de sacar diez mil. Luego lo dividió y se quedó la mitad. Y luego se quedó otras cien rupias; y otras cien, y otras cien. Así son de tacaños.

«Eso significa que, en realidad, te deben diez mil. Aunque si ella creía que te debía diez mil, lo que en realidad te debía era, ¿cuánto? ¿Diez veces más?».

—No, cien veces más.

El hombrecillo dejó el periódico que estaba leyendo y se volvió hacia mí desde el interior de su mándala de libros.

—¿Qué has dicho? —gritó.

—Nada.

—Oye —me preguntó—, ¿a qué te dedicas?

Agarré un volante imaginario y lo hice girar ciento ochenta grados.

—Ah, debería habérmelo imaginado. Los chóferes son tipos listos. Oyen muchas cosas interesantes. ¿Cierto?

—Otros chóferes quizá. Yo me vuelvo sordo en el coche.

—Claro, claro. Oye, tú tienes que saber inglés. Algo de lo que hablan se te habrá pegado.

—Te lo he dicho, yo no escucho. ¿Cómo se me va a pegar?

—¿Qué significa esta palabra del periódico? Prai-va-si.

Se lo dije; él sonrió agradecido.

—Nosotros acabábamos de empezar el alfabeto inglés cuando mi familia tuvo que sacarme de la escuela.

Así que era otro de aquellos hombres a medio hacer. De mi casta.

—Eh —me gritó de nuevo—, ¿quieres leerte ésta? —Me enseñó una revista con una americana en la portada; ese tipo de revistas que gustan a los chicos ricos—. Es un material de primera.

Hojeé la revista. Tenía razón, un material de primera.

—¿A cuánto se vende esta revista?

—A sesenta rupias. ¿Puedes creerlo? Sesenta rupias por una revista usada. Y hay un tipo del mercado Khan que vende revistas inglesas… ¡a quinientas ocho rupias cada una!

Eché la cabeza hacia atrás y solté un silbido.

—Es increíble la cantidad de dinero que llegan a tener —dije en voz alta, pero como si estuviese hablando solo—. Y sin embargo, nos tratan como a animales.

Algo de lo que había dicho le había perturbado, por lo visto, porque bajó un par de veces el periódico con aire pensativo y, finalmente, se aproximó al borde del mándala y, medio tapándose la cara con el diario, me susurró unas palabras.

Yo me puse la mano en la oreja.

—¿Cómo dices?

Él miró en derredor y dijo, esta vez un poco más alto:

—No durará siempre la situación actual.

—¿Por qué no? —Me acerqué un poco más.

—¿Has oído hablar de los naxalitas? —me susurró por encima de un montón de libros—. Tienen armas. Tienen un ejército entero. Cada día son más fuertes.

—¿De veras?

—Lee los periódicos. Los chinos quieren que haya una guerra civil en la India, ¿entiendes? Las bombas chinas van a Burma, entran en Bangladesh, luego en Calcuta. Bajan hacia el sur, hasta Andhra Pradesh, y van subiendo hasta la Oscuridad. Cuando llegue el momento, toda la India…

Abrió las palmas de las manos.

Seguimos hablando un rato, pero nuestra amistad acabó como acaban todas las amistades entre criados: con nuestros amos reclamándonos a voces.

Un grupo de chicos ricos querían que él les enseñara una revista americana de las guarras; y el señor Ashok salió de un bar dando tumbos y apestando a alcohol, acompañado de la chica nepalí.

En el trayecto de regreso, los dos hablaban a gritos; luego empezó el magreo y el besuqueo. Dios mío, ¡legalmente él aún estaba casado con otra mujer! Yo estaba tan furioso que me salté cuatro semáforos en rojo y a punto estuve de empotrarme en un carro de bueyes que bajaba por la calle cargado de latas de queroseno. Pero ellos no se dieron ni cuenta.

—Buenas noches, Balram —me gritó el señor Ashok mientras bajaban cogidos de la mano.

—¡Buenas noches, Balram! —me gritó ella.

Entraron corriendo en el edificio y se pusieron los dos a pulsar el botón del ascensor.

Cuando llegué a mi habitación, busqué debajo de la cama. Aún seguía allí: la túnica de maharajá que él me había dado y el turbante y las gafas oscuras.

Saqué el coche otra vez vestido de maharajá, incluso con las gafas de sol puestas. No tenía la menor idea de adónde iba. Me limité a dar vueltas alrededor de los centros comerciales. Cada vez que veía a alguna chica guapa, le tocaba la bocina a ella y a sus amigas.

Encendí su radio, escuché su música. Puse su aire acondicionado a todo trapo.

Regresé al edificio, bajé el coche al garaje, me guardé las gafas en el bolsillo y me quité la túnica.

Escupí sobre los asientos del Honda City; luego los froté y limpié bien.

 

***

A la mañana siguiente, no bajó ni me llamó para que subiera. Tomé el ascensor y me aposté cerca de la puerta. Me sentía culpable por lo que había hecho la noche anterior. Me preguntaba si debía confesárselo todo. Alargué la mano hacía el timbre unas cuantas veces y la acabé bajando con un suspiro.

Al rato, me llegaron desde dentro unos ruidos apagados. Pegué el oído a la madera y escuché.

—Pero yo he cambiado.

—Deja ya de disculparte.

—Me he divertido más esta noche que en cuatro años de matrimonio.

—Cuando te fuiste a Nueva York, pensé que no volvería a verte. Y ahora te he visto otra vez. Eso es lo que cuenta para mí.

Me aparté de la puerta y me di una palmada en la frente. Mi sentimiento de culpa aumentaba por momentos. «¡Era su antigua amante, idiota, no un ligue cualquiera!».

Claro que no, él nunca se iría con una puta. Siempre había sabido que era un buen hombre. Una persona superior a mí.

Como castigo, me pellizqué la palma izquierda.

Y volví a pegar el oído a la puerta.

El teléfono empezó a sonar en el interior del apartamento. Silencio durante un rato. Luego él dijo:

—Éste es Puddles y éste Cuddles. ¿Te acuerdas de ellos, no? A mí siempre me ladran. Toma, coge el teléfono. Escucha…

—¿Malas noticias? —Era la voz de ella, tras unos minutos—. Pareces preocupado.

—Tengo que ir a ver a un ministro. No soporto estas cosas. Son todos tan rastreros… El negocio en el que estoy metido es nefasto. Ojalá estuviera haciendo otra cosa. Algo limpio. Como una empresa subcontratada. Pienso todos los días en ello.

—¿Y por qué no haces otra cosa entonces? Es lo mismo que cuando te dijeron que no te casaras conmigo. También entonces podrías haber dicho que no.

—No es tan sencillo, Urna. Son mi padre y mi hermano.

—Me pregunto si has cambiado realmente, Ashok. Una llamada de Dhanbad y ya vuelves a ser el de antes.

—Escucha, no nos peleemos otra vez. Ahora te voy a enviar de vuelta con mi chófer.

—No, no pienso volver con él. Conozco a esa gente de pueblo. Se creen que cualquier mujer que no esté casada es una puta. Y seguramente cree que soy nepalí, por mis ojos. Ya sabes lo que eso significa para él. Volveré por mi cuenta.

—Ese tipo es de fiar. Es parte de la familia.

—No deberías ser tan confiado, Ashok. Los chóferes de Delhi están todos corrompidos. Venden drogas y prostitutas, y Dios sabe qué más.

—Éste no. Será rematadamente estúpido, pero es honrado. Él te llevará.

—No, Ashok. Tomaré un taxi. ¿Te llamo por la noche?

Me di cuenta de que se estaba acercando a la puerta; me volví a toda prisa y me alejé de puntillas.

No hubo señal de él hasta la tarde; entonces bajó y me mandó que lo llevase de un banco a otro. Desde mi asiento, yo lo observaba con el rabillo del ojo. Había ido recogiendo dinero de los cajeros automáticos: de cuatro distintos.

—Balram —me dijo por fin—, vamos a la ciudad. ¿Te acuerdas de esa casa tan grande, en Ashoka Road, adonde fuimos una vez con Mukesh Sir?

—Sí, señor. La recuerdo. Tienen dos alsacianos enormes como perros guardianes, señor.

—Exacto. Buena memoria, Balram.

Vi por el espejito espía que el señor Ashok pulsaba los botones de su móvil. Seguramente para decirle al criado del ministro que ya llegaba con el dinero. Ahora comprendía por fin qué trabajo hacía mi amo mientras yo lo paseaba por Delhi.

—Vuelvo dentro de veinte minutos, Balram —me dijo cuando llegamos al chalé del ministro. Se bajó del coche con un maletín rojo y cerró de un portazo.

Sobre el muro rojo de la casa, apostado en una garita de metal, había un guardia de seguridad armado con un rifle que me miraba fijamente. Los dos perros alsacianos vagaban por el recinto y ladraban de vez en cuando.

Era la hora del crepúsculo. Los pájaros empezaban a armar bullicio mientras se retiraban a sus nidos.

Delhi, señor primer ministro, es una gran ciudad, pero tiene sus áreas salvajes: parques enormes, bosques protegidos, trechos de tierra baldía. Y de esas zonas surgen sorpresas a veces. Mientras contemplaba el muro rojo cié la casa, un pavo real aleteó por encima de la garita del guardia y se posó sobre ella. Por un momento, su cuello de color azul y su larga cola adquirieron los tonos dorados de la luz del crepúsculo. Luego el pájaro desapareció.

Al poco rato se hizo de noche.

Los perros se pusieron a ladrar. La puerta se abrió y el señor Ashok salió de la casa del ministro con un hombre grueso: el mismo que había salido de la Casa Presidencial aquel día. Supuse que sería un ayudante del ministro. Se detuvieron a charlar delante del coche.

El hombre le estrechó la mano al señor Ashok, que evidentemente ardía en deseos de separarse de él… Pero, ay, no es tan fácil librarse de un político, ni siquiera del secuaz de un político. Yo bajé del coche y, simulando que revisaba los neumáticos, me situé a la distancia adecuada para escucharlos.

—No te preocupes, Ashok. Me encargaré de que el ministro llame a tu padre mañana.

—Gracias. Mi familia agradece mucho tu ayuda.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Nada. Me vuelvo a casa, a Gurgaon.

—¿A tu edad y te vuelves a casa tan temprano? Vamos a divertirnos un poco.

—¿No tienes trabajo con las elecciones?

—¿Las elecciones? Eso ya está arreglado. Una victoria aplastante. Lo ha dicho el ministro esta mañana. En la India, amigo mío, las elecciones se pueden manejar. No es como en América.

Sin hacer caso a las objeciones del señor Ashok, el hombre se metió también en el coche. Acabábamos de salir a la calle cuando le dijo:

—Ashok, ponme un whisky.

—¿Aquí, en el coche? No tengo.

El gordo pareció estupefacto.

—Todo el mundo en Delhi tiene whisky en el coche, Ashok, ¿no lo sabías?

Me dijo que volviese al chalé del ministro. Se fue adentro y salió enseguida con un par de copas y una botella. Cerró de un portazo, suspiró y dijo:

—Ahora sí tienes el coche del todo equipado.

El señor Ashok tomó la botella y se disponía a servirle una copa cuando el hombre chasqueó los labios con disgusto:

—Tú, no, idiota. El chófer. Es él el que ha de servir las copas.

Yo me volví de inmediato y me convertí en un barman.

—Este chófer es muy bueno —dijo el hombre—. A veces arman unos estropicios tremendos al servir las bebidas.

—No se diría que procede de una casa totalmente abstemia, ¿verdad?

Apreté el tapón de la botella y la dejé junto al cambio de marchas. Oí a mis espaldas el tintineo de las copas y sus dos voces diciendo:

—¡Salud!

—Venga —dijo el secuaz del ministro—. Vamos al Sheraton, chófer. Tienen un buen restaurante en el sótano. Un sitio tranquilo. Nos divertiremos un poco.

Giré la llave y llevé el huevo negro del Honda City por las calles de Nueva Delhi.

—El coche de un hombre es su palacio. No puedo creer que nunca hayas hecho esto.

—Bueno, en América no se te ocurriría ni intentarlo, ¿verdad?

—¡Ésa es la gran ventaja de vivir en Delhi, querido muchacho! —El gordo le dio una palmada en el muslo.

Dio un sorbo y preguntó:

—¿Cuál es tu situación actual, Ashok?

—El comercio del carbón, ahora mismo. La gente cree que sólo está en auge la tecnología, Al carbón, la prensa no le presta ninguna atención, ¿no es cierto? Pero los chinos consumen carbón como locos y los precios están subiendo en todas partes. Mucha gente se está haciendo millonaria.

—Cierto, cierto —dijo el gordo—. El Efecto Chino. —Aspiró el aroma del whisky—. Pero no es eso, querido muchacho, lo que queremos decir en Delhi cuando hablamos de «situación».

El secuaz del ministro sonrió.

—Lo que te estoy preguntando, en realidad, es quién te atiende… ahí abajo. — Señaló una parte de la anatomía del señor Ashok que no tenía ningún derecho a señalar.

—Estoy separado. Metido en un proceso de divorcio.

—Lo lamento —dijo el hombre—. El matrimonio es una gran institución. Todo se está viniendo abajo en este país. Las familias, los matrimonios… Todo.

Sorbió un poco más de whisky y dijo:

—Dime, Ashok. ¿Tú crees que habrá una guerra civil en este país?

—¿Por qué lo dices?

—Hace cuatro días estuve en un tribunal en Ghaziabad. El juez dio una orden que no les gustó a los abogados y sencillamente se negaron a aceptarla. Se pusieron, como locos. Derribaron al juez y lo apalearon en su propio juzgado. El asunto no salió en la prensa. Pero yo lo vi con mis propios ojos. Si la gente empieza a moler a palos a los jueces, ¡en sus propios juzgados!, ¿cuál es el futuro de nuestro país?

Sentí algo helado en el cuello. El gordo me estaba restregando la nuca con su copa.

—Otra, chófer.

—Sí, señor.

¿Ha visto alguna vez ese número, Excelencia? ¡Un hombre manejando el volante con una mano y sosteniendo con la otra una botella de whisky, inclinándola por encima de su hombro y sirviendo una copa sin derramar una sola gota mientras el coche continúa moviéndose! ¡La cantidad de habilidades que ha de reunir un chófer indio! No sólo ha de poseer unos reflejos perfectos, visión nocturna y una enorme paciencia, sino que también ha de ser un barman consumado.

—¿Un poco más, señor?

Le eché un vistazo al secuaz del ministro, a los gruesos y corrompidos rollos de carne que tenía bajo la barbilla y enseguida miré hacia delante para comprobar que no iba a estrellarme.

—Sírvele uno a tu amo.

—No, yo no bebo tanto. Ya estoy bien.

—No seas tonto, Ashok. Insisto. Chófer, sírvele uno a tu amo.

De manera que tuve que volverme y hacer otra vez el asombroso número de una-mano-en-el-volante-otra-en-la-botella.

El gordo se quedó callado tras la segunda copa. Se secó los labios.

—Debes de haber tenido un montón de mujeres cuando estabas en América, ¿no? Quiero decir, de las locales.

—No.

—¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?

—Que le fui fiel a Pinky, mi esposa, todo el tiempo.

—Por Dios. Le fuiste fiel. Menuda idea. Fielmente casado. No es de extrañar que acabara en divorcio. ¿Nunca has estado con una blanca?

—Ya te lo he dicho.

—Dios, ¿por qué será que siempre van al extranjero los indios menos adecuados? Oye, ¿quieres una, una chica europea?

—¿Ahora?

—Ahora —dijo el gordo—. Una hembra rusa. Se parece a esa actriz americana. —Dijo un nombre—. ¿Quieres?

—¿Una puta?

El hombre sonrió.

—Una amiga. Una amiga mágica. ¿Quieres?

—No. Gracias. Estoy con otra persona. Acabo de reencontrar a una persona que conocí…

El gordo sacó su teléfono móvil y marcó unos números. La luz del teléfono le prestaba a su rostro un halo azulado.

—Está allí, vamos a verla. Es espectacular, te lo aseguro. Como esa actriz americana. ¿Llevas treinta mil encima?

—No. Oye. Estoy con otra persona. Yo no…

—No hay problema. Ahora pago yo. Puedes pagármelo más tarde. Ponlo en el próximo sobre para el ministro.

Le dio una palmadita en la mano y le guiñó un ojo; luego se inclinó hacia delante y me dio instrucciones. Yo miraba al señor Ashok fijamente a través del retrovisor.

«¿.Una puta? Eso es para gente como yo, señor. ¿Está seguro de que quiere hacerlo?».

Ojalá se lo hubiera podido decir abiertamente, pero ¿quién era yo para decirle nada? Yo no era más que el chófer.

Seguí las indicaciones que me daba el hombre. El señor Ashok no decía nada. Continuaba sentado dando sorbos a su whisky como un niño que se tomara su refresco. Quizá creía que era una broma, o quizá temía demasiado al gordo para negarse.

Pero yo seguiré defendiendo su honor hasta la tumba, «Ellos» lo corrompieron.

El gordo hizo que los llevase hasta Greater Kailash, otra zona residencial donde vive la gente con clase de Delhi. Poniéndome en la nuca su copa helada cada vez que tenía que girar, me fue guiando hasta que llegamos. Era como un pequeño palacio con columnas blancas de mármol en la entrada. Viendo la cantidad de basura que había tirada en el exterior, deduje que allí vivía gente muy rica.

El hombre mantuvo la puerta abierta mientras hablaba por teléfono. Cinco minutos después la cerró de un golpe. Yo me puse a estornudar. Un extraño perfume había inundado el interior del coche.

—Déjate de estornudos y llévanos a Jangpura, hijo.

—Perdón, señor.

El gordo sonrió. Se volvió hacia la chica que acababa de subir y le dijo:

—Háblale en hindi a mi amigo Ashok, por favor.

Miré en el retrovisor y vislumbré por primera vez a la chica.

Cierto: se parecía a una actriz que yo había visto en alguna parte. El nombre no lo sabía. Sólo más tarde, cuando vine a Bangalore y aprendí a manejar Internet —¡en sólo dos sesiones, por cierto!—, encontré su foto y su nombre en Google.

Kim Basinger.

Ése era el nombre que había mencionado el gordo. Y sí, era cierto: la chica que había subido con él, ¡era exactamente igual que Kim Basinger! Alta, guapísima. Pero lo más llamativo era su pelo dorado y reluciente, ¡como en los anuncios de champú!

—¿Cómo estás, Ashok? —dijo ella en perfecto hindi, y le estrechó la mano.

El ayudante del ministro ahogó una risita.

—Ahí tienes: habla hindi. No dirás que no hemos progresado.

Le dio una palmada en el muslo a la chica.

—Tu hindi ha mejorado mucho, querida.

El señor Ashok le habló al gordo echándose hacia atrás.

—¿Es rusa?

—Pregúntaselo a ella, Ashok, No seas tímido. Es una amiga.

—Ucraniana —respondió ella en hindi, con su peculiar acento—. Soy una estudiante ucraniana en la India.

«Tengo que recordar este lugar, Ucrania —pensé—. ¡Tengo que ir un día allí!».

—Venga —dijo el gordo—, tócale el pelo. Es real. No tengas miedo. —Soltó una risita—. ¿Lo ves? ¿Verdad que no muerde? Dile algo en hindi, querida. Aún te tiene miedo.

—Eres un hombre muy atractivo —dijo ella—. No deberías tenerme miedo.

—Chófer. —El gordo se echó hacia delante y me puso otra vez la copa helada en el cogote—. ¿Estamos cerca de Jangpura?

—Sí, señor.

—Cuando bajes por Masjid Road, verás un hotel con un neón enorme. Llévanos allí.

Llegamos al cabo de diez minutos. No tenía pérdida con aquel neón gigantesco en forma de «T» destellando en la oscuridad.

El gordo se dirigió junto a la mujer de pelo dorado a la recepción del hotel, donde el encargado lo recibió calurosamente. El señor Ashok caminaba detrás sin dejar de mirar a ambos lados, como un chico que se dispone a hacer algo malo.

Pasó media hora. Yo permanecí fuera, aferrando todo el rato el volante con las dos manos. Le di unos cuantos golpes al ogro. Me puse a roer el volante con los dientes.

Aún tenía la esperanza de que saliera corriendo, haciendo aspavientos y gritándome: «¡Balram, he estado a punto de cometer un error! ¡Sálvame! ¡Salgamos de aquí ahora mismo!».

Una hora más tarde, el señor Ashok salió del hotel. Solo y con aspecto de encontrarse mal.

—La reunión ha terminado, Balram —dijo, arrellanándose y dejando caer la cabeza hacia atrás—. Vamos a casa.

No arranqué de inmediato. Mantuve los dedos en la llave.

—¡Vamos a casa, te he dicho!

—Sí, señor.

Cuando llegamos a Gurgaon, se alejó tambaleante hacia el ascensor. Yo no me bajé del coche. Dejé pasar cinco minutos y me volví a Jangpura, al hotel con el neón en forma de «T». Aparqué en una esquina y observé la puerta del hotel. Quería verla salir.

Un conductor de rickshaw se detuvo muy cerca: un hombre pequeño y sin afeitar, delgado como un palillo, que daba la impresión de estar muerto de cansancio mientras se secaba la cara y las piernas con un trapo, y que se echó a dormir en el suelo. En el asiento de su rickshaw había una pegatina blanca:

¿PROBLEMAS DE PESO?

LLAME A JIMMY SING DE METRO GYM: 9811799289

La mascota del gimnasio —un americano con enormes músculos blancos— me sonreía por encima del eslogan. Los ronquidos del conductor de rickshaw llenaban el aire de la noche.

Alguien debió verme desde el interior del hotel, porque al rato se abrió una puerta; salió un policía, escudriñó en mi dirección y empezó a bajar los escalones.

Giré la llave y me dirigí otra vez a Gurgaon.

En Bangalore también me he paseado en coche muchas noches. Pero aquí nunca tengo la sensación que tenía en Delhi: una sensación de que si algo ardía en mi interior mientras conducía, la ciudad lo sabría y ardería del mismo modo.

Aquella noche tenía el corazón lleno de amargura. La ciudad lo sabía y, bajo el tenue resplandor naranja de las farolas, también ella sentía amargura.

«Háblame de la guerra civil», le dije a Delhi.

«Hablaré», respondió ella.

Un gran tiesto volcado en una isleta en mitad de la calle y, al lado, tres hombres sentados con la boca abierta. Un anciano con barba y turbante blanco les habla con el dedo alzado. Los coches pasan junto a él con sus faros deslumbrantes y el ruido ahoga sus palabras. Parece un profeta en medio de la ciudad; pasa desapercibido para todos salvo para sus tres apóstoles. Ellos se convertirán en sus tres generales. Ese gran tiesto volcado es un símbolo.

«Háblame de la sangre por las calles», le dije a Delhi.

«Hablaré», dijo ella.

Vi a otros hombres hablando, discutiendo y leyendo en medio de la noche, solos o en grupos en torno a las farolas. Entre las luces mortecinas de Delhi, esa noche vislumbré a centenares de hombres bajo los árboles, en los santuarios, en los cruces, en los bancos: hombres leyendo periódicos, libros sagrados, revistas, panfletos del Partido Comunista. ¿Sobre qué leían? ¿De qué hablaban?

¿De qué iban a hablar?

Del fin del mundo.

«Y si corre la sangre por estas calles —le dije a la ciudad—, ¿me prometes que él será el primero en caer: ese hombre de gruesa papada?».

Un mendigo sentado en la cuneta, casi desnudo y cubierto de mugre, con el pelo desgreñado en guedejas largas como serpientes, me miró a los ojos:

«Lo prometo».

Sobre el muro de Buckingham Towers Bloque B había incrustados trozos coloreados de vidrio. Para mantener alejados a los ladrones. Cuando los faros los iluminaban, aquellos vidrios resplandecían y el muro se convertía en un monstruo en tecnicolor erizado de púas.

El vigilante me miró fijamente mientras entraba. Vi billetes brillando en sus ojos.

Aquélla era la segunda vez que me había visto entrar y salir solo.

En el garaje, bajé del coche y cerré con cuidado. Abrí la puerta trasera, subí y pasé la mano por el cuero de los asientos. Pasé las manos tres veces por aquella superficie y encontré lo que andaba buscando.

Lo sostuve contra la luz.

¡Una hebra dorada!

Aún la tengo guardada en mi escritorio.