Tigre blanco

Aravind Adiga · Capítulo 8 de 8

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Tigre blanco

La séptima noche

¿Está oyéndolo, señor Jiabao? Voy a subirle el volumen.

El ministro de Sanidad ha anunciado hoy mismo un plan para erradicar de Bangalore la malaria de aquí a final de año. En tal sentido, ha dado instrucciones a todos los funcionarios de la ciudad para que trabajen sin descanso hasta que la malaria sea un recuerdo del pasado. Se van a destinar cuarenta y cinco millones de rupias a la erradicación de la malaria.

En otro orden de cosas, el jefe del Gobierno local ha anunciado hoy un plan para eliminar en seis meses la malnutrición en Bangalore El mandatario ha afirmado que a finales de año no habrá un solo niño hambriento en la ciudad. Todos los funcionarios —ha declarado— deben trabajar con perseverancia para lograr este objetivo. Se destinarán quinientos millones de rupias a erradicar la malnutrición.

En otro orden de cosas, el ministro de Finanzas ha declarado que el presupuesto de este año incluirá incentivos especiales para convertir nuestros pueblos en paraísos de la alta tecnología…

Éstas son las noticias que nos sirve All India Radio noche tras noche. Y mañana, al amanecer, también estarán en los periódicos. La gente se traga esta basura. Noche tras noche, día tras día. Asombroso, ¿no?

Pero basta de radio. Ya la he apagado. Ahora permítame que me concentre en mi araña para inspirarme.

¡Wen!

¡Viejo amigo!

Esta noche pondremos fin a este relato glorioso. Mientras hacía mis ejercicios de yoga esta mañana —en efecto, me levanto a las once de la mañana y me pongo a hacer yoga una hora—, he empezado a pensar en el curso del relato y me he dado cuenta de que casi he terminado. Lo único que me queda por contarle es cómo dejé de ser un criminal fugitivo para convertirme en un sólido pilar de la sociedad de Bangalore.

Dicho sea de paso, señor, mientras aún estamos con el tema del yoga: una hora de respiración profunda, de yoga y de meditación matinal constituye el comienzo perfecto para un empresario. No sé cómo me las arreglaría sin el yoga para superar las tensiones de este puto negocio. Le sugiero que ponga el yoga como asignatura obligatoria en todas las escuelas de China.

Pero volvamos a mi historia.

Primero quiero explicarle una cosa sobre la vida de un fugitivo. Huir de la Policía no implica morirse de miedo todo el rato. Un fugitivo también tiene sus momentos de diversión.

Aquella noche en la que barrí en el garaje los trozos de la botella de Johnnie Walker, planeé cómo me dirigiría a Bangalore. No lo haría con un tren directo, no. Alguien podría verme entonces la Policía sabría adonde había ido. No, lo que haría sería saltar de un tren a otro y dirigirme a Bangalore en zigzag.

Aunque mis previsiones iniciales se fueron al garete cuando tuve que ir a buscar a Dharam… Me lo encontré durmiendo bajo el mosquitero; lo desperté y le dije que nos íbamos al sur de vacaciones. Me lo llevé casi a rastras. Me resultaba un poco complicado sostener el maletín con una mano y llevar a Dharam con la otra (una estación es un lugar peligroso para un chico, ¿sabe?, hay muchos tipos sospechosos circulando por allí). Pero, con todo, seguí mi pían y empecé a desplazarme en zigzag hacia el sur.

Al tercer día de andar viajando de esta manera, me hallaba en la estación de Hyderabad, con el maletín rojo bien sujeto, haciendo cola en el bar para tomarme una taza de té antes de que saliera mi tren (Dharam me guardaba el sitio en el vagón). Había una lagartija justo encima del mostrador y yo la observaba preocupado, con la esperanza de que se largase antes de que llegara mi turno.

La lagartija giró a la izquierda, se deslizó por un gran pedazo de papel pegado a la pared, se quedó inmóvil un instante y luego salió disparada.

Aquel pedazo de papel era un póster de la Policía. Mi póster. Ya había llegado allí. Yo lo miré con una sonrisa de orgullo.

La sonrisa me duró sólo un segundo. Por alguna extraña razón (para que vea usted de qué modo tan chapucero se hacen las cosas en la India), habían grapado mi póster con otro distinto: uno de dos tipos de Cachemira, dos terroristas buscados por poner alguna bomba.

Cualquiera habría dicho, mirando aquellos carteles, que yo también era un terrorista. ¡Menuda rabia!

Me di cuenta entonces de que me observaban. Un tipo con las manos en la espalda miraba el póster y luego me miraba a mí con atención. Me puse a temblar. Empecé a alejarme, pero ya era demasiado tarde. En cuanto me vio moverme, corrió hacia mí, me agarró de la muñeca y me miró a la cara.

—¿Qué dice ese póster que estabas leyendo?

—Léelo tú.

Ahora entendía por qué había venido corriendo. Era la desesperación de un analfabeto que trata de reclamar la atención de un hombre educado. Por su acento, me di cuenta de que también él era de la Oscuridad.

—Es la lista de fugitivos de esta semana —le dije—. Estos dos son terroristas. De Cachemira.

—¿Qué han hecho?

—Volaron una escuela. Mataron a ocho niños.

—¿Y éste? El del bigote —dijo dando unos golpecitos a mi foto con los nudillos.

—Es el tipo que los atrapó.

—¿Cómo lo hizo?

Para dar la impresión de que leía el texto impreso, entorné los ojos mientras movía los labios frente a los dos carteles.

—Este tipo es un chófer. Aquí dice que estaba en su coche y que los dos terroristas se le acercaron.

—¿Y?

—Dice que él fingió no saber que eran terroristas y que los llevó en su coche a dar una vuelta por Delhi. Luego se detuvo en un lugar oscuro, los golpeó con una botella y les cortó el cuello con ella. —Les rebanó el cuello a los dos con el pulgar.

—¿Qué clase de botella?

—Una de licor inglés. Suelen ser muy sólidas.

—Ya —dijo él—. Yo iba a la licorería inglesa todos los viernes a comprarle una botella a mi amo. A él le gustaba Smirfone.

—Smirnoff —le corregí, pero él no me escuchaba. Estaba examinando otra vez la foto del póster.

De repente, me puso una mano en el hombro.

—¿Sabes a quién se parece este tipo del póster?

—¿A quién? —dije yo.

Él sonrió de oreja a oreja.

—A mí.

Lo miré atentamente y luego examiné la foto.

—Es verdad —le dije, dándole una palmada en la espalda.

Ya se lo expliqué: aquélla podía ser perfectamente la cara de la mitad de los hombres de la India.

Me dio pena aquel pobre analfabeto cuando se me ocurrió pensar que acababa de sufrir lo que mi padre debía de haber sufrido en tantas estaciones de tren, es decir, que los extraños se mofaran de él y lo embaucaran, de manera que le pagué una taza de té antes de volver a mi tren.

 

Señor, yo no soy un político ni un parlamentario. Ninguno de esos hombres extraordinarios que pueden matar y seguir adelante como si nada. Una vez en Bangalore, necesité cuatro semanas para calmarme.

Durante esas cuatro semanas hice las mismas cosas una y otra vez. Salía a las ocho del hotel —un lugar pequeño y sórdido, cerca de la estación, en el que me había alojado tras pagar un depósito de quinientas rupias— y caminaba cuatro horas con el maletín lleno de dinero (no me atrevía a dejarlo en el hotel), hasta que volvía a almorzar.

Dharam y yo comíamos juntos. Qué hacía él para entretenerse por las mañanas, no lo sé, pero se le veía de buen humor. Aquéllas eran las primeras vacaciones de su vida. Su sonrisa me levantaba el ánimo.

El almuerzo costaba cuatro rupias por cabeza. La comida está muy bien de precio en el sur. Aunque es una comida rara: verduras cortadas y servidas en un curry aguado. Después, yo me iba a la habitación y dormía. A las cuatro, bajaba y pedía un paquete de galletas Parle Milk y un té, porque todavía no sabía cómo había que tomar el café.

Tenía muchas ganas de probarlo. Los pobres del norte de este país toman té, mientras que los pobres en el sur toman café. No sé quién habrá decidido que las cosas sean así, pero así son. Aquélla era la primera vez que olía el café diariamente. Y me moría por probarlo. Pero antes de poder tomártelo, tenías que saber cómo tomarlo.

Había toda una etiqueta, un ritual asociado con el café, que a mí me fascinaba. Se servía en una taza sin asa y había que poner sólo cierta cantidad y sorberlo a determinada velocidad. Cómo debía servirse y cómo había que tomárselo, yo aún no lo sabía. Por el momento, me limitaba a observar.

Me costó una semana darme cuenta de que todo el mundo lo hacía de un modo diferente. Había quien llenaba toda la taza de una vez; había quien no usaba la taza para nada.

«Aquí todos son extranjeros —me dije—. Es la primera vez que toman café».

Ésa era otra de las ventajas de Bangalore. La ciudad estaba llena de extranjeros. Nadie se fijaría en otro más.

Me pasé cuatro semanas en aquel hotel junto a la estación sin hacer nada. Reconozco que tenía algunas dudas. ¿Debería haberme ido a Bombay? Pero la Policía habría pensado en eso enseguida: la gente en las películas siempre se va a Bombay después de matar a alguien, ¿no es cierto?

¡Calcuta! Tendría que haber ido allí.

Una mañana, Dharam me dijo:

—Tío, pareces muy deprimido. Salgamos a dar un paseo.

Caminamos por un parque en el que había borrachos tirados en los bancos, entre altas hierbas salvajes. Salimos a una ancha avenida; al otro lado, había un enorme edificio de piedra con un león dorado en lo alto.

—¿Qué edificio es ése, tío?

—No lo sé, Dharam. Debe de ser el sitio donde viven los ministros en Bangalore.

En el triángulo sobre la fachada, leí un eslogan:

EL TRABAJO DEL GOBIERNO ES EL TRABAJO DE DIOS

—Has sonreído, tío.

—Tienes razón, Dharam. He sonreído. Creo que nos lo vamos a pasar bien en Bangalore —le dije, guiñándole un ojo.

Dejé el hotel y alquilé un piso. Ahora tenía que ganarme la vida. Tenía que encontrar el modo de encajar en esta ciudad.

Intenté escuchar la voz de Bangalore, tal como había escuchado la de Delhi.

Bajé por Mahatma Gandhi Road y me senté en el Coffee Day, el que tiene mesas fuera. Llevaba un bolígrafo y un trozo de papel y escribía todo lo que oía a mi alrededor.

«He completado ese programa informático en dos minutos».

«Un americano me ha ofrecido cuatro mil dólares por mi nueva firma y yo le he dicho: “¡No es suficiente!”».

«¿Hewlett-Packard es mejor compañía que IBM?».

Por lo visto, todo en la ciudad se reducía a una sola cosa.

Subcontratación. Aquello significaba hacer cosas por teléfono y desde la India para los americanos. Todo salía de ahí: operaciones inmobiliarias, riqueza, poder, sexo. Tenía que sumarme de un modo u otro a aquel fenómeno.

Al día siguiente, tomé un autorickshaw hasta Electronics City. Encontré un baniano junto a la calle y me senté a su sombra. Permanecí allí, observando los edificios, hasta que se hizo de noche y empezaron a llegar los todoterrenos; y me quedé aún hasta las dos de la madrugada, cuando los todoterrenos empezaron a salir en estampida de los edificios.

Pensé: «Ya está. Así es como voy a encajar».

Permítame que se lo explique, Excelencia, Los hombres y las mujeres en Bangalore viven como los animales de un bosque. Duermen de día y trabajan de noche, hasta las dos, las tres, las cuatro o las cinco, depende, porque sus jefes están en la otra punta del mundo, en América. La gran pregunta es ésta: ¿cómo se las arreglan los chicos y las chicas —sobre todo, las chicas— para ir a última hora de la tarde de casa al trabajo y para volver luego a casa, a las tres de la mañana? No hay ningún sistema de autobuses nocturnos en Bangalore, ninguna red de ferrocarriles, como en Bombay. Y las chicas, de todos modos, tampoco estarían muy seguras en autobuses o en trenes. Los hombres de esta ciudad, con toda franqueza, son auténticos animales.

Ahí es donde interviene un empresario emprendedor.

El paso siguiente fue ir a un vendedor de Toyota Qualis de la ciudad y decirle con mi voz más seductora:

—Quiero conducir sus coches.

Él me miró perplejo.

Yo no podía creer que hubiese dicho aquello. Si has sido un criado, lo serás toda tu vida: el instinto permanece ahí, en tu interior, cerca de la base de tu columna. (Si usted viniera a mi oficina, señor primer ministro, seguro que intentaría arrojarme a sus pies en el acto).

Me pellizqué la palma izquierda. Sonreí mientras la mantenía pellizcada y dije, ahora con una voz grave y ronca:

—Quiero «alquilar» sus coches.

 

***

La última etapa de la asombrosa historia de mi éxito, señor, consistió en dejar de ser un empresario social para convertirme en un empresario de negocios. Esa parte no fue nada fácil.

Los llamé a todos, uno tras otro: a todos los directivos de todas las compañías subcontratadas de Bangalore. ¿No necesitaban un servicio de taxi para llevar a sus empleados al trabajo por las noches? ¿No necesitaban un servicio de taxi para devolverlos a sus casas en plena madrugada?

Y usted ya sabe lo que me dijeron todos, claro.

Una mujer fue lo bastante amable como para explicármelo:

—Llega usted tarde. Todas las empresas de Bangalore tienen ya un servicio de taxi para llevar y traer a sus empleados por la noche. Lamento decírselo.

Era como volver a empezar en Dhanbad. Me deprimí. Me pasé un día entero en la cama.

«¿Qué haría el señor Ashok en mi lugar?», me pregunte.

Y entonces se me ocurrió. No estaba tan solo. ¡Tenía a alguien a mi lado! ¡Tenía a miles a mi lado!

Ya verá usted a mis amigos cuando visite Bangalore: tipos barrigones que se pasean con sus porras por Brigade Road, empujando y hostigando a los vendedores, sacándoles dinero.

Me refiero a la Policía, desde luego.

Al día siguiente pagué a un hombre para que me hiciera de traductor —usted sabe, sin duda, que la gente del norte y del sur de mi país habla lenguas diferentes— y me fui con él a la comisaría más cercana.

Llevaba mi maletín rojo. Actué como un hombre importante: me aseguré de que los policías se fijaran en el maletín —lo balanceaba todo el rato— y les di, además, una tarjeta que acababa de hacer imprimir.

Luego insistí en ver al mandamás, o sea, al inspector. Y por fin, me hicieron pasar a su despacho. El maletín rojo había logrado sus objetivos.

El mandamás se hallaba sentado ante un escritorio enorme y llevaba unas insignias relucientes sobre su uniforme caqui, y las marcas religiosas de color rojo en la frente. A su espalda, había retratos de dioses. Pero no el que yo andaba buscando.

Ah, sí, gracias a Dios, También había uno de Gandhi. En el rincón.

Con una gran sonrisa —y un namaste— le tendí el maletín rojo. Él lo abrió con cautela.

Le dije, a través del traductor:

—Señor, me gustaría ofrecerle una pequeña muestra de mi gratitud.

Es increíble, En cuanto enseñas el dinero, todo el mundo entiende tu idioma.

—¿Gratitud? ¿Por qué? —preguntó en hindi el inspector, mientras atisbaba guiñando un ojo el interior del maletín.

—Por todo el bien que va a hacerme, señor.

Él contó el dinero —diez mil rupias—, escuchó lo que yo deseaba y me pidió el doble. Le di un poco más y se quedó contento. Mi póster (el mismo que había visto en la estación), señor primer ministro, estaba allí delante, presidiendo nuestra negociación. Sí, el póster de busca y captura con aquella foto mía tan sucia.

Dos días más tarde, llamé a aquella mujer tan amable de la empresa de Internet que me había rechazado y me enteré de una cosa asombrosa. Su servicio de taxi había quedado desmantelado. Había habido una redada de la Policía y se había descubierto que la mayoría de los conductores no tenían permiso.

—Cuánto lo siento, señora —le dije—. Cuenta usted con toda mi solidaridad. Y le ofrezco, además, los servicios de mi empresa. Chóferes El Tigre blanco.

—¿Todos sus conductores tienen permiso?

—Por supuesto, señora. Puede llamar a la Policía y preguntar.

Ella lo hizo y luego volvió a llamarme. Supongo que en la Policía debieron de hablarle bien de mí. Y así fue como monté mi propia empresa.

En la primera época, yo era uno de los chóferes, pero luego lo dejé. En realidad, creo que nunca me ha gustado conducir, ¿sabe? Charlar es mucho más divertido. Ahora la compañía ha crecido y se ha convertido en una gran empresa. Tenemos dieciséis conductores que trabajan en distintos turnos con veintiséis vehículos. Sí, es cierto: unos cuantos miles de rupias de dinero ajeno y un montón de duro trabajo pueden tener resultados mágicos en este país. Si suma usted mis propiedades inmobiliarias y mis valores bancarios, resulta que poseo una cantidad quince veces superior a la suma que tomé prestada del señor Ashok. Vea usted mismo mi página web. Fíjese en mi lema; «Conducimos la tecnología hacia el futuro». ¡En inglés! Y vea las fotografías de mi flota: veintiséis Toyota Qualis nuevos y relucientes, todos con aire acondicionado para los meses de verano y todos contratados por famosas empresas de tecnología. Si le gustan mis todoterrenos, si quiere usted que los chicos y chicas de su centro de venta telefónica vayan a casa como es debido, haga clic donde dice:

¡CONTACTE CON ASHOK SHARMA AHORA MISMO!

¡Sí, Ashok! Así es como me llamo ahora: Ashok Sharma, empresario del norte de la India, radicado en Bangalore.

Si estuviera aquí sentado conmigo bajo esta gran araña, le mostraría todos los secretos de mi negocio. Podría usted mirar la pantalla de mi portátil Macintosh plateado y ver las fotos de mis todoterrenos, de mis garajes, de mis mecánicos y de mis bien engrasados policías.

Todos ellos son míos: ¡de Munna, cuyo destino era convertirse en un fabricante de dulces!

También vería fotos de mis chicos. De los dieciséis. Yo fui el chófer de mi amo; ahora soy el amo de mis chóferes. No los trato como a criados; no les pego, no los hostigo ni me mofo de nadie. Tampoco insulto a ninguno diciéndole que es de mi «familia». Ellos son mis empleados; yo, su jefe.

Ya está. Les hago firmar un contrato y yo lo firmo también, y todos debemos respetarlo. Nada más. Si ellos se fijan en mi modo de hablar, en mi modo de vestir, en mi costumbre de tenerlo todo limpio, progresarán. Si no, seguirán siendo chóferes toda su vida. Les dejo a ellos la elección. Cuando termina el trabajo, los saco de la oficina sin más. Nada de cháchara ni de tazas de café. Un tigre blanco no tiene amigos. Es demasiado peligroso.

Ahora bien, a pesar de mi asombroso éxito, no quiero perder el contacto con los lugares donde se desarrolló mi verdadera educación.

La calle y el asfalto.

Salgo a caminar por Bangalore por las tardes o a primera hora de la mañana. Sólo para escuchar las calles.

Una tarde, cerca de la estación, vi a una docena de obreros apiñados junto a un muro, hablando en voz baja. Era gente de aquí y usaban un idioma extraño. Pero no necesitaba entender sus palabras para deducir lo que estaban diciendo. En una ciudad a la que había llegado tanta gente de fuera, eran ellos los que habían quedado marginados.

Estaban leyendo algo en el muro. Yo quería ver qué era, pero ellos habían enmudecido y permanecían allí agolpados, sin dejarme pasar. Tuve que amenazarlos con llamar a la Policía para que abrieran paso y, de este modo, me dejaran ver lo que estaban leyendo.

Era la imagen impresa de las dos manos rompiendo unos grilletes:

EL GRAN SOCIALISTA VIENE A BANGALORE

Llegó al cabo de dos semanas. Organizó un gran mitin y pronunció un violento discurso lleno de fuego y sangre, que era un llamamiento a expulsar a los ricos de este país, porque no iba a haber agua para los pobres en diez años, porque el mundo se estaba calentando.

Permanecí detrás, escuchándole. Al final, la gente se puso a aplaudir enloquecida. Hay mucha rabia acumulada en esta ciudad, eso es indudable.

Mantenga los oídos bien abiertos en Bangalore —en cualquier ciudad de la India — y percibirá usted indicios, rumores, amenazas de insurrección. Hay hombres que leen por las noches, sentados bajo las farolas. Hay hombres que forman corrillos, que discuten y alzan sus dedos hacia el cielo. ¿Se juntarán todos una noche y destruirán la Jaula?

¡Ja!

Quizás una vez cada cien años haya una revolución que libere a los pobres. Lo leí en una página de esos viejos libros de texto que usan en los tenderetes de té para

envolver grasientas [14] samosas. Fíjese, según decía esa página, sólo cuatro hombres en la historia han dirigido con éxito una revolución para liberar a los esclavos y matar a sus amos:

Alejandro Magno. Abraham Lincoln, de América. Mao, de su país.

Y un cuarto hombre. Quizás era Hitler, no lo recuerdo. Pero no creo que vaya a añadirse pronto un quinto nombre a esa lista.

 

¿Una revolución india?

No, señor. Eso no ocurrirá. La gente en este país aún espera que la guerra que ha de traer su libertad venga de otra parte: de la jungla, de las montañas, de China, de Pakistán. Y eso no ocurrirá. Cada hombre tiene que hacer su propio Benarés.

(El libro de tu revolución, joven indio, lo tienes en la boca de tu estómago. Cágalo y luego léelo).

Pero, en lugar de eso, se sientan todos frente a su televisión en color y miran partidos de criquet y anuncios de champú.

Respecto al asunto de los anuncios de champú, he de decir, señor primer ministro, que el pelo dorado ahora me repugna. No creo que sea sano para una mujer tener ese color de pelo. No me fio de la televisión ni de las vallas publicitarias con mujeres blancas que puede ver usted por todo Bangalore. Ahora me guío por mi propia experiencia, por todas las horas que he pasado en los hoteles de cinco estrellas. (Exacto, señor Jiabao: ya no frecuento los «barrios rojos». No está bien comprar y vender mujeres que viven encerradas enjaulas y son tratadas como animales. Ya sólo compro a las chicas que me encuentro en los hoteles de cinco estrellas).

Según mi experiencia, las chicas indias son las mejores.

(Bueno, las segundas mejores. Porque le digo una cosa, señor Jiabao: una de las visiones más excitantes que puede llegar a tener como hombre en Bangalore consiste en entrever la mirada centelleante de un par de chicas nepalíes desde la penumbra de un autorickshaw).

De hecho, la presencia de esas extranjeras de pelo dorado (y ya verá que en Bangalore abundan actualmente) sólo ha servido para convencerme de que los blancos están en decadencia. Tienen todas un aspecto escuálido, casi raquítico. No verá nunca a ninguna con una buena barriga. La culpa la tiene, en mi opinión, el presidente de América; él ha hecho que sea perfectamente legal la sodomía en su país, y allí los hombres se casan unos con otros en lugar de casarse con mujeres.

Lo oí por la radio. Eso llevará a la decadencia del hombre blanco. Además, los blancos usan demasiado el teléfono móvil, cosa que les está destruyendo el cerebro. Es un hecho comprobado. Los móviles provocan cáncer en el cerebro y hacen que se te encoja tu masculinidad; los japoneses los inventaron para reducir al mismo tiempo el cerebro y las pelotas del hombre blanco. Esto lo escuché una noche en la parada del autobús. Hasta ese momento yo estaba muy orgulloso de mi Nokia y se lo enseñaba a todas las chicas de los centros telefónicos a las que quería hundirles mi pico. Sin embargo, después de oír aquello lo tiré. Cada llamada que quiera usted hacerme, tendrá que hacerla a un teléfono fijo. Tal cosa perjudica a mi negocio, pero mi cerebro es demasiado importante, señor. Es lo único que tiene un hombre inteligente en este mundo.

Los hombres blancos estarán acabados antes de que yo me muera. También están los negros y los rojos, pero no tengo ni idea de lo que traman: en la radio nunca hablan de ellos. Mi humilde previsión: dentro de veinte años, los hombres amarillos y los hombres morenos ocuparemos el vértice de la pirámide; seremos nosotros los que gobernemos el mundo entero.

Y que Dios se apiade de los demás.

 

***

Ahora debería explicarle aquella interrupción de mi relato que se produjo hace dos noches. Eso me permitirá, además, mostrarle las diferencias que hay entre Bangalore y Laxmangarh. Ya comprenderá, señor Jiabao, que tampoco es que usted llegue a Bangalore y descubra que aquí todo el mundo es recto y honrado. Esta ciudad tiene también sus matones y sus políticos. Lo que pasa es que aquí, si uno quiere ser buena persona, puede serlo. En Laxmangarh uno no tiene elección. Ésa es la diferencia entre esta India y aquélla: la posibilidad de elección.

Aquella noche yo estaba aquí, contándole la historia de mi vida, cuando empezó a sonar mi teléfono fijo. Todavía charlando con usted, levanté el auricular y oí la voz de Mohamed Asif.

—Señor, ha habido un problema.

Ahí fue cuando dejé de hablar con usted.

—¿Qué clase de problema? —pregunté. Sabía que Mohamed Asif había estado de servicio aquella noche, así que me preparé para lo peor.

Hubo un silencio; luego me dijo:

—Llevaba a las chicas a casa cuando he atropellado a un chico en bicicleta. Está muerto, señor.

—Llama ahora mismo a la Policía.

—Pero señor. Yo tengo la culpa. Lo he atropellado, señor.

—Por eso justamente has de llamar a la Policía.

Cuando llegué al lugar con una furgoneta vacía, la Policía ya estaba allí. El Qualis había quedado aparcado en la cuneta; las chicas aún seguían dentro. Había un cuerpo, el cuerpo de un chico, tirado en el suelo y ensangrentado. Al lado, la bicicleta aplastada y retorcida.

Mohamed Asif estaba un poco más allá, meneando la cabeza una y otra vez. Alguien le hablaba a gritos, con una pasión que sólo puede verse en un familiar del fallecido.

Un agente de Policía había retenido a todo el mundo. Me hizo un gesto al verme; nos conocíamos muy bien.

—Ése es el hermano del chico muerto, señor —me susurró—. Está fuera de sí. No he conseguido sacarlo de aquí.

Arranqué a Mohamed Asif de su trance.

—Toma mi furgoneta y lleva a esas mujeres a casa antes que nada. —Luego añadí, dirigiéndome al policía—: Deje que se vaya mi chico. Ha de llevar a esta gente a casa. Todo lo que tenga que hablar con él, puede hablarlo conmigo.

—¿Es que va a dejar que se vaya? —le gritó al policía el hermano del muerto.

—Mira, hijo —le dije yo—, soy el dueño de este vehículo. El pleito lo tienes conmigo, no con este conductor. Él estaba siguiendo mis instrucciones, que son conducir lo más deprisa posible. Son mis manos las que están manchadas de sangre, no las suyas. Esas chicas tienen que ir a casa. Ven conmigo a la comisaría. Me ofrezco como garantía. Déjales que se vayan.

El policía me siguió la corriente.

—Buena idea, hijo. Levantaremos un atestado en comisaría.

Mientras yo entretenía al hermano, suplicándole comprensión y apelando a su juicio y a su bondad, Mohamed Asif y todas las chicas subieron a mi camioneta y desaparecieron.

Ése era el primer objetivo: llevar a las chicas a casa. Tengo un contrato firmado con su empresa y yo siempre cumplo lo que firmo.

Fui a la comisaría con el hermano del chico muerto. Los policías que estaban de guardia me trajeron café. Al chico no. Él me lanzó una mirada furibunda mientras yo cogía la taza; parecía dispuesto a hacerme pedazos. Di un sorbo.

—El comisario llegará en cinco minutos —me dijo uno de los policías.

—¿Es él quién va a hacer el atestado? —preguntó el hermano—. Porque hasta ahora no han hecho nada.

Di unos cuantos sorbos más.

El comisario que controlaba aquella comisaría era un tipo al que yo había engrasado a menudo. Le había ajustado una vez las cuentas a un rival mío. Era un tipo de la peor clase, sin otra idea en su cabeza que sacarle todo el dinero que pudiera al que apareciese por su oficina. Pura escoria.

Sólo que era mi escoria.

El corazón me dio un brinco al verlo. Había venido a la comisaría en plena noche para echarme una mano. A fin de cuentas, también hay honradez entre los ladrones, tal como dicen. Él se hizo cargo de la situación con un simple vistazo. Sin prestarme atención, se acercó al hermano.

—¿Tú qué quieres?

—Quiero hacer una denuncia —dijo él—. Quiero que se abra un atestado de este crimen.

—¿Qué crimen?

—La muerte de mi hermano. Con el vehículo de este hombre —dijo señalándome con un dedo.

El comisario consultó su reloj.

—Dios, es muy tarde. Son casi las cinco. ¿Por qué no te vas a casa? Nosotros olvidaremos que has estado aquí. Dejaremos que te vayas.

—¿Y ese hombre? ¿Va a encerrarlo?

El comisario juntó las palmas. Dio un suspiro.

—Escucha, en el momento del accidente, la bicicleta no llevaba luces. Eso es ilegal, ¿lo sabías? Y hay otras cosas que saldrán a relucir. Te aseguro que saldrán otras cosas.

El chico lo miró fijamente. Sacudió la cabeza como si no hubiese oído bien.

—Mi hermano está muerto. Ese hombre es un asesino. No entiendo qué pasa aquí.

—Mira, vete a casa. Tómate un baño. Reza a Dios. Duerme. Vuelve por la mañana. Entonces haremos esa denuncia, ¿de acuerdo?

El hermano entendió por fin por qué lo había, llevado a la comisaría. Comprendió que había caído en la trampa. Quizá sólo había visto policías en las películas.

Pobre chico.

—¡Esto es un escándalo! ¡Llamaré a los periódicos! ¡Avisaré a los abogados! ¡Llamaré a la Policía!

El comisario, un hombre sin sentido del humor, se permitió una sonrisita.

—Sí, eso. Llama a la Policía.

El hermano salió furioso y lanzando amenazas.

—Cambiaremos la matrícula mañana —me dijo el comisario—. Diremos que ha sido un caso de atropello y fuga del conductor. Usaremos otro coche. Tenemos unos cuantos abollados para estos casos. Has tenido suerte de que tu Qualis atropellara a un hombre en bicicleta.

Asentí.

Si el muerto es un tipo en bicicleta, la Policía ni siquiera hace un atestado. Si fuera en moto, en cambio, tendría que hacerlo sin falta. Y si iba en coche, te meten en la cárcel.

—¿Qué pasa si va a los periódicos?

El comisario se dio una palmada en la barriga.

—Tengo aquí a todos los periodistas de esta ciudad.

No le di ningún sobre entonces. Estas cosas tienen su lugar y su momento. Ahora era el momento de sonreír, de dar las gracias, de tomarme el café que me había ofrecido; era el momento de charlar de sus hijos —ambos estudian en América; luego quiere que vuelvan para montar una empresa de Internet— y de asentir y sonreír y mostrarle mis dientes limpios e impecables de tanto frotármelos con flúor. Nos tomamos varias tazas de café humeante bajo un calendario de la diosa Lakshmi (lanzando monedas de oro al río de la prosperidad). Encima, había un retrato enmarcado del dios de los dioses: un sonriente Matutina Gandhi.

Dentro de una semana iré a verlo con un sobre, entonces ya no será tan amable. Contará el dinero y me dirá: «¿Nada más? ¿Tienes idea de lo que cuesta mantener a dos hijos en una universidad extranjera? ¡Tendrías que ver las facturas de American Express que me envían cada mes!». Me pedirá otro sobre. Y luego otro y otro, Y así sucesivamente. Las cosas, señor Jiabao, no se acaban nunca en la India, como solía decir el señor Ashok con mucha razón. Tendrás que seguir pagando y pagando a los muy hijos de puta. Pero yo me quejo de la Policía como se quejan los ricos, no como los pobres.

Esa diferencia lo es todo.

Al día siguiente, llamé a Mohamed Asif a la oficina. Estaba muerto de vergüenza por lo que había hecho. No hacía falta que le hiciera ningún reproche.

Y no era culpa suya. Ni mía tampoco. Las empresas subcontratadas para las que trabajamos son tan tacañas que nos obligan a prometerles un número imposible de viajes por noche. Para cumplir esas exigencias, hemos de conducir a lo loco; hemos de seguir atropellando gente. Es un problema que tienen todos los servicios de taxi de esta ciudad. No me culpen a mí.

—No te preocupes, Asif —le dije. El chico parecía desolado.

He llegado a sentir respeto por los musulmanes, señor. No serán grandes lumbreras, salvo aquellos cuatro poetas, pero acaban siendo buenos chóferes y son honrados en términos generales, aunque haya unos pocos que parezcan sentir esa necesidad apremiante de volar algún tren cada año.

No pensaba despedir a Asif. Pero sí le pedí que averiguase la dirección del chico, del que habíamos matado.

Él me miró fijamente.

—¿Para qué, señor? No tenemos nada que temer de la familia. Por favor, no lo haga.

Le obligué a averiguar la dirección e hice que me la diera.

Saqué dinero de mi armario privado: billetes nuevos y aún crujientes de cien rupias; lo puse en un sobre marrón, me subí a un coche y fui yo mismo a aquel sitio.

Me abrió la puerta la madre; me preguntó qué quería.

—Soy el dueño de la empresa de taxis —le dije.

No tuve que explicarle de cuál.

Ella me trajo café con una jarra de metal. Esta gente del sur tiene unos modales exquisitos.

Me serví una taza y empecé a darle sorbos como es debido.

En la pared había una foto de un joven, rodeada de una guirnalda de jazmín.

No dije nada hasta terminarme el café. Entonces deposité el sobre encima de la mesa.

Ahora había aparecido un hombre viejo, que permanecía de pie mirándome fijamente.

—Ante todo, quiero expresarle mi más profundo pesar por la muerte de su hijo. Puesto que yo también he perdido parientes, muchos, a decir verdad, sé lo que está sufriendo. Ese chico no tendría que haber muerto. En segundo lugar —proseguí—, la culpa es mía, no del conductor. La Policía me ha soltado. Así es como funciona esta jungla en la que vivimos. Pero yo asumo mi responsabilidad. Y le pido perdón.

Señalé el sobre marrón que había dejado encima de la mesa.

—Aquí hay veinticinco mil rupias. No se las doy porque tenga que hacerlo, sino porque quiero hacerlo. ¿Entiende?

La mujer no quería aceptarlo. Pero el viejo, el padre, no dejaba de mirar el sobre.

—Al menos —dijo— ha sido lo bastante hombre como para venir.

—Quiero ayudar a su otro hijo —le dije—. Es un chico muy valiente. Le plantó cara a la Policía el otro día. Si quieren, puede venir y trabajar de chófer conmigo. Si quieren, me ocuparé de él.

La mujer contrajo su rostro y negó con la cabeza. Se le caían las lágrimas. Era comprensible. Tal vez tenía puestas en aquel chico todas las esperanzas que mi madre había puesto en mí. Pero el padre se mostraba más receptivo; los hombres son más razonables en estos asuntos.

Le agradecí el café, me incliné respetuosamente ante la afligida madre y me marché.

Mohamed Asif me estaba esperando en la oficina. Meneó la cabeza y me dijo:

—¿Por qué? ¿Por qué ha malgastado todo ese dinero?

Entonces pensé: «Quizás he cometido un error». Tal vez él les contaría a los demás chóferes que yo temía a la madre y ellos se creerían que podían estafarme. Esas cosas me ponen nervioso. No me gusta mostrar debilidad ante mis empleados. Sé adónde conduce todo eso.

Pero yo tenía que hacer algo diferente, ¿se da cuenta? No puedo vivir como vivían el Jabalí Salvaje, el Búfalo y el Cuervo; como probablemente viven «aún» allá, en Laxmangarh.

Yo ahora estoy en la Luz.

 

***

Ahora bien: ¿qué suele ocurrir en la típica historia de El asesinato semanal o en las películas hindi? Un pobre mata a un rico. Bien. Se lleva el dinero. Bien. Pero entonces empieza a tener sueños en los que el muerto le persigue con unos dedos ensangrentados mientras dice: «A-se-si-no, a-se-si-no».

En la vida real no es así. Créame. Es uno de los motivos por los que he dejado de ir a ver películas hindi.

Hubo sólo una noche en la que mi abuela me persiguió montada en un búfalo de agua, pero no ha vuelto a ocurrir.

La verdadera pesadilla que tienes es la «contraria». Te agitas en la cama soñando que no lo has hecho, que te acobardaste y que el señor Ashok salió indemne: que aún estás en Delhi, trabajando de criado. Y entonces te despiertas.

Dejas de sudar. Tú corazón se serena.

«¡Sí que lo hiciste! ¡Lo mataste!».

Unos tres meses después de llegar a Bangalore, me fui a un templo y llevé a cabo los últimos rituales por todo ellos: Kusum, Kishan y todas mis tías, primos, sobrinos y sobrinas. Incluso dije una oración por el búfalo de agua. ¿Quién sabe quién habrá sobrevivido y quién no? Luego les dije a Kishan, a Kusum y a todos los demás:

—Ahora dejadme en paz.

Y en términos generales, señor, así lo han hecho.

Un día leí una noticia en el periódico: «Una familia de diecisiete, asesinada en un pueblo del norte». Me empezó a palpitar el corazón: ¿diecisiete? No puede ser, no es la mía… Era una de esas noticias breves de sucesos que aparecen todos los días en los periódicos: ni siquiera daban el nombre del pueblo. Sólo decían que era en la Oscuridad, cerca de Gaya. Lo leí una y otra vez. ¡Diecisiete! No hay diecisiete en casa… Resoplé. ¿Y si alguien había tenido más hijos?

Arrugué el periódico y lo tiré. Dejé de leerlo durante unos cuantos meses. Para no perder la calma.

Lo que les habría ocurrido es esto: o bien el Cigüeña los había hecho matar, o bien había mandado que mataran sólo a algunos y apalearan a los demás. Pero si milagrosamente él, o la Policía, no lo habían hecho, entonces los vecinos se habrían encargado de echarlos del pueblo.

Un chico malvado de una sola familia arrastra por el fango el buen nombre de todo un pueblo. Así que los vecinos les habrían obligado a marcharse y ellos habrían tenido que ir a Delhi, a Calcuta o a Bombay, a vivir bajo un puente, mendigando y sin la menor esperanza, lo cual no es mucho mejor que estar muerto.

¿Qué es lo que dice, señor Jiabao? ¿Me ha llamado «monstruo desalmado»?

Hay una historia, señor, que creo que oí en una estación de tren; o tal vez la leí en la página arrancada con la que me envolvieron una mazorca de maíz asada en el mercado, no lo recuerdo. Es una historia del Buda. Un brahmán taimado, con intención de confundirlo, le preguntó un día: «Señor, ¿te consideras un hombre o un dios?». El Buda sonrió y dijo: «Ni lo uno ni lo otro. Sólo soy uno que se ha despertado mientras todos los demás seguís durmiendo».

Le voy a dar la misma respuesta a su pregunta, señor Jiabao. Usted me dice: «¿Es usted un hombre o un demonio?». Le respondo que ni lo uno ni lo otro. Yo he despertado y los demás siguen durmiendo; ésa es la única diferencia entre nosotros.

No debería pensar en ella para nada. En mi familia.

Dharam, desde luego, no lo hace.

A estas alturas, él ya ha deducido lo que sucedió. Al principio le dije que nos íbamos de vacaciones, y me parece que se lo tragó durante un mes o dos. No dice nunca nada, pero a veces me doy cuenta de que me observa con el rabillo del ojo.

Sabe.

Cenamos siempre juntos, uno a cada lado de la mesa, mirándonos y sin decirnos gran cosa. Cuando ha terminado de comer, le doy un vaso de leche. Hace un par de noches, después de que se tomara la leche, le pregunté:

—¿No piensas a veces en tu madre?

Ni una palabra.

—¿Y en tu padre?

Él sonrió Y me dijo:

—Dame otro vaso de leche, tío.

Me levanté de la mesa. Entonces dijo:

—Y un helado también.

—El helado es para los domingos, Dharam —le dije.

—No. Es para hoy.

Y me sonrió.

Lo ha adivinado todo, seguro. Pequeño chantajista del demonio. Seguirá callado mientras continúe alimentándolo. Si me voy a la cárcel, él se queda sin helado y sin vasos de leche, ¿no? Ese debe de ser su razonamiento. La nueva generación, se lo digo yo, está creciendo sin ninguna clase de moral.

Va a una buena escuela de Bangalore: una escuela inglesa. Ahora ya pronuncia el inglés como el hijo de un hombre rico. Sabe decir «pizza» tal como lo decía el señor Ashok. (Y no le gusta poco comerse esa bazofia asquerosa). Lo observo con orgullo mientras hace una larga división en un papel inmaculado sobre la mesa del comedor. Esas cosas yo no las aprendí.

Un día, lo sé muy bien, ese chico que se bebe la leche y se toma el helado que le doy, me preguntará: «¿No podías haber salvado al menos a mi madre? ¿No podías haberle escrito para que escapase a tiempo?». Y entonces tendré que encontrar una respuesta; o matarlo, supongo. Pero esa pregunta me queda aún a unos años de distancia. Hasta entonces seguiremos cenando juntos cada noche: Dharam —la única familia que tengo— y yo.

Sólo me queda una persona de la que hablar.

Mi ex.

Me pareció que no hacía falta rezar a los dioses por él, porque ya se encargaría su familia de ofrecer oraciones muy caras por su alma por toda la orilla del Ganges. ¿Qué pueden significar las oraciones de un pobre para los 36 000 004 dioses, en comparación con las que pueden ofrecerles los ricos?

Pero pienso mucho en él. Y tanto si me cree como si no, lo echo de menos. No se merecía su destino.

Debería haberle cortado el cuello al Mangosta.

 

En las últimas siete noches, Excelencia, se ha producido un gran salto hacia delante

en las relaciones chino-indias. Tal como dicen: [15] Hindi-Chini Bhai Bhai.

Ya le he contado todo lo que le hace falta saber sobre el espíritu empresarial: cómo se favorece, cómo logra superar los obstáculos, cómo persigue sus objetivos con constancia y cómo es recompensado con la medalla de oro del éxito. Aunque mi historia ya ha concluido, señor, y mis secretos son ahora sus secretos, quiero decirle, si me lo permite, unas palabras para finalizar.

(Un viejo truco que he aprendido del Gran Socialista: justo cuando su audiencia empieza a bostezar, él anuncia unas «palabras para finalizar» y continúa dos horas más. ¡Ja!).

Cuando paso en coche por Hosur Main Road, cuando giro en Electronics City Phase 1, y voy desfilando frente a las distintas empresas…, no sé cómo explicarle la excitación que siento. General Electric, Dell, Siemens: todas ellas se han instalado en Bangalore. Y hay muchas más en camino. Están construyendo por todas partes. Se ven montones de lodo por todos lados. Montones de piedra. Montañas de ladrillos. Toda la ciudad está oculta bajo una espesa capa de humo, de polución, de polvo y de partículas de cemento. Se halla bajo un velo. Cuando se alce ese velo, ¿cómo será Bangalore?

Quizá sea un desastre: barrios miserables, cloacas, centros comerciales, atascos, policías. Pero nunca se sabe. Quizá sea una ciudad decente donde los humanos puedan vivir como humanos y los animales como animales. Una nueva Bangalore para una nueva India. Y yo podré decir que he contribuido a mi manera a crear esa Nueva Bangalore.

¿Por qué no? ¿No formo parte yo mismo de todo lo que está cambiando en este país? ¿No he salido victorioso de la lucha que debería librar cada hombre pobre, es decir, de la lucha que has de librar para no recibir los latigazos que recibía tu padre y para no acabar en una montaña de cuerpos que se pudrirán en el lodo negro de la Madre Ganges? Cierto, está el asunto del asesinato; algo mal hecho, sin duda. A mí me ha ennegrecido el alma. Todas las cremas blanqueadoras que venden en los mercados de la India no volverán a dejarme las manos limpias.

Pero ¿no podría ser que todos los que cuentan en este mundo, incluido nuestro primer ministro (incluido «usted», señor Jiabao), hayan matado a uno u otro en su camino hacia la cima? Mata al número suficiente y te levantarán estatuas de bronce cerca de la Casa del Parlamento… Aunque eso sería la gloria, y no lo que yo persigo. Lo que yo quería era la oportunidad de ser un hombre. Y para eso, me bastó con un asesinato.

¿Qué pasará conmigo? Se lo está usted preguntando, lo sé.

Digámoslo así. Esta tarde, mientras pasaba en coche por Mahatma Gandhi Road, que es nuestra calle comercial de lujo, con un montón de tiendas americanas y de empresas de tecnología, he visto que la gente de Yahoo! colgaba en el exterior de sus oficinas un nuevo cartel:

¿ERES CAPAZ DE PENSAR EN GRANDE?

He sacado las manos del volante y las he puesto a una distancia más larga que la polla de un elefante.

—¡Así de grande, hijos de perra!

A mí me encanta mi empresa: esta araña, el portátil plateado y esos veintiséis Toyota Qualis. Pero, la verdad, me acabarán aburriendo tarde o temprano. Soy de esos hombres que «funcionan en primera», señor primer ministro. Al final, tendré que vender esta compañía a algún idiota, quiero decir, a algún empresario, y meterme en otra cosa. Estoy pensando en la propiedad inmobiliaria.

Yo siempre, ¿se da cuenta?, estoy pensando en el mañana, mientras que otros sólo ven el hoy. El mundo entero vendrá a Bangalore mañana. Diríjase al aeropuerto y vaya contando los edificios de acero y cristal que hay a medio construir. Mire los nombres de las empresas americanas que los están construyendo. Cuando todos esos americanos hayan llegado, ¿dónde cree que dormirán? ¿En la calle?

¡Ja!

Cada vez que veo un aparcamiento vacío, le echo un vistazo y me pregunto: «¿Cuánto le sacaré a un americano por esto en 2010?». Si el lugar tiene futuro como posible hogar de un americano, doy una paga y señal en el acto. El futuro del negocio inmobiliario está en Bangalore, señor Jiabao. Puede sumarse usted y hacer su agosto, si quiere. ¡Le echaré una mano!

Después de tres o cuatro años en el negocio inmobiliario, me parece que lo venderé todo, tomaré el dinero y crearé una escuela —una escuela inglesa— para los niños pobres de Bangalore. Una escuela donde no estará permitido corromper la mente con oraciones ni con historias sobre Dios o sobre Gandhi: nada salvo los hechos de la vida para esos chicos. ¡Una escuela llena de Tigres blancos desatados en Bangalore! Tendremos esta ciudad a nuestros pies, se lo digo. Podría convertirme en el amo de Bangalore. Le ajustaría las cuentas de inmediato a ese comisario de Policía. Lo subiría a una bicicleta y haría que Asif lo atropellase con el Qualis.

Todos estos sueños… quizás acaben en nada.

A veces pienso que nunca me atraparán, que la Jaula Gallinero requiere gente como yo que se escape de ella, y también amos como el señor Ashok (que, pese a sus muchas virtudes, no tenía gran cosa de amo), para que los eliminen y se vean sustituidos por criados excepcionales como yo. En tales ocasiones, me regodeo pensando que la familia del señor Ashok puede ofrecer un millón de dólares por mi cabeza y que no les servirá de nada. Yo he cambiado de bando: ahora soy uno de los que no pueden ser atrapados en la India. En tales ocasiones, levanto la vista hacia esta araña y me entran ganas de alzar las manos y de gritar con tal fuerza que mi voz se transmita a través de los centros de venta telefónica y llegue hasta América: «¡Lo conseguí! ¡He escapado de la Jaula!».

Pero, otras veces, alguien dice en la calle: «Balram» y yo me doy media vuelta, y entonces pienso: «Me acabo de delatar».

Que me acaben pescando es siempre una posibilidad. Las cosas nunca terminan en la India, como solía decir el señor Ashok. Es posible que entregues a la Policía todos los sobres y maletines que quieras y que, aun así, te acaben jodiendo. Algún día, un hombre de uniforme puede apuntarme con el dedo y decirme: «Se acabó, Munna».

Y sin embargo, aunque todas mis arañas se desmoronen y se hagan añicos, aunque me encierren en la cárcel y hagan que todos los demás prisioneros hundan sus picos respectivos en mí, incluso aunque me hagan subir los escalones del patíbulo, nunca diré que cometí un error aquella noche en Delhi cuando le rebané el pescuezo a mi amo.

Seguiré diciendo que merecía la pena saber, aunque fuera un solo día, una sola hora, un solo minuto, lo que significa no ser un criado.

Creo que ya estoy preparado para tener hijos, señor primer ministro.

¡Ja!

Con mi eterno afecto,

Ashok Sharma, el Tigre blanco, de Bangalore

boss@whitetiger-technologydrivers.com

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