Tigre blanco

Aravind Adiga · Capítulo 7 de 8

Páginas del PDF

Tigre blanco

La sexta noche

Los sueños de los ricos y los de los pobres nunca coinciden, ¿no es cierto?

Los pobres sueñan toda su vida con tener lo suficiente para comer y con parecerse a los ricos, Y los ricos, ¿con qué sueñan?

Con perder peso y parecerse a los pobres.

Cada tarde, el recinto que rodea. Buckingham Towers Bloque B se convierte en una pista de ejercicio. Grupos de hombres rechonchos y barrigones y de mujeres aún más rechonchas y barrigonas, con grandes círculos de sudor bajo los brazos, dan su «paseo» vespertino.

Después de tanta fiesta nocturna, de tanto beber y zampar, los ricos en Delhi tienen tendencia a engordar. Por eso salen a caminar: para perder peso.

Ahora bien, ¿dónde ha de caminar un ser humano? Al aire libre, ¿no?, junto al río, por un parque, por un bosque…

Pues bien, los ricos de Delhi, demostrando una vez más su conocido talento para la planificación urbanística, habían construido aquella zona de Gurgaon sin parques ni campos de césped ni zonas de juegos. Sólo edificios, centros comerciales, hoteles; edificios y más edificios. Había aceras afuera, pero allí vivían los pobres. O sea, que si querías darte un «paseo» tenías que hacerlo alrededor del recinto de tu propio edificio.

Mientras daban la vuelta al bloque, los gordinflones apostaban a lo largo del recorrido a sus famélicos criados —la mayoría, conductores— con botellas de agua mineral y toallas limpias. Cada vez que completaban el circuito, se detenían junto a su criado, agarraban la botella —¡ghip!—, cogían la toalla —¡puf!, ¡puf!— y emprendían la segunda vuelta.

Labios de Vitíligo estaba en una esquina del recinto, con la botella y la toalla sudada de su amo. Una y otra vez se volvía hacia mí con un brillo malicioso en los ojos: su jefe, el hombre del acero, que era calvo hasta hacía dos semanas, lucía ahora una espesa mata de pelo negro; un peluquín muy caro para el que había tenido que ir expresamente a Inglaterra. Ese peluquín era en esos días el tema principal de conversación en el círculo de monos; los demás chóferes le habían ofrecido a Labios de Vitíligo diez rupias para que recurriese al viejo truco de frenar bruscamente o de cruzar un bache a toda velocidad, para desmontarle de golpe el peluquín, al menos una vez.

Cada noche, en el círculo de monos, sacaban a relucir los secretos de sus amos y los diseccionaban sin piedad. Aunque si alguien intentaba convertir el divorcio en un tema de conversación, ya sabía que tenía que vérselas conmigo. Yo no permitía que nadie se inmiscuyera en la intimidad del señor Ashok.

Ahora estaba a un metro de Labios de Vitíligo, con la botella de agua mineral en la mano y la toalla de mi amo, húmeda de sudor, en el hombro.

—Ya estoy, Balram. Sube la botella y la toalla, ¿de acuerdo?

—Sí, señor —contesté, y lo seguí con la vista mientras desaparecía en el bloque de apartamentos.

Sólo se daba un paseo una o dos veces a la semana, pero eso no bastaba, obviamente, para compensar sus noches de libertinaje. Acababa de verle una buena barriga abultándole bajo la camiseta blanca. ¡Qué repulsivo se había vuelto!

Le hice una seña a Labios de Vitíligo antes de bajar al garaje.

Diez minutos después, olfateé el sudor del hombre del acero y oí pasos. Labios de Vitíligo había bajado. Le dije que se acercara al Flonda City; aquel coche se había convertido en el único lugar del mundo donde yo me sentía a salvo.

—¿Qué pasa, palurdo? ¿Quieres otra revista?

—No. Es otra cosa.

Me puse en cuclillas junto a uno de los neumáticos y empecé a arañar las estrías con una uña. Él se agazapó a mi lado.

Le enseñé la hebra de pelo dorada. La llevaba atada alrededor de la muñeca, como una pulsera. Él se la acercó a la nariz, restregó la hebra con los dedos, la husmeó bien y me soltó por fin la muñeca.

—No hay problema. —Me guiñó un ojo—. Ya te dije que tu amo acabaría sintiéndose solo.

—¡No se te ocurra hablar de él! —Lo agarré del cuello; él se zafó de mí.

—¿Estás loco? ¡Has intentado estrangularme!

Me puse a arañar otra vez las estrías del neumático.

—¿Cuánto costará?

—¿De primera o de tres al cuarto? ¿Virgen? Todo depende.

—Eso no me importa. Lo único que ha de tener es el pelo dorado. Como en los anuncios de champú.

—Diez o doce mil, como mínimo.

—Demasiado. No pagará más de cuatro mil setecientas.

—Seis mil quinientas, palurdo. Es lo mínimo. La piel blanca se merece un respeto.

—De acuerdo. —¿Para cuándo la quiere?

—Ya te avisaré. Pronto. Y otra cosa… Quiero saber otra cosa. Me acerqué aún más al neumático y aspiré el aroma a cuero. Para tomar fuerzas.

—¿Cuántas maneras tiene un chófer de engañar a su amo?

Señor Jiabao, me consta que uno de los recursos de esos libros de negocios que venden envueltos en papel de celofán es incluir pequeños recuadros de texto, como en los periódicos. A estas alturas, para aliviarle un poco el aburrimiento, me gustaría incluir mi propio «recuadro» en esta historia del desarrollo y crecimiento del empresario moderno.

¿CÓMO SE GANA EL CHOFER EMPRENDEDOR

UN POCO DE DINERO EXTRA?

1.Cuando su amo no anda cerca puede sacar gasolina del depósito con un tubo y un embudo. Y luego venderla.

2.Cuando su amo le manda que lleve a reparar el coche, puede sobornar al mecánico; éste infla el precio y el chófer recibe una parte. He aquí una lista de algunos mecánicos emprendedores dispuestos a ayudar a los chóferes emprendedores:

LUCKY MECHANICS, EN LADO SERAI,

CERCA DE QUTUB R.V. REPARACIONES,

EN GREATER KAILASH PARTE DOS

NILOFAR MECHANICS,

EN DLF FASE UNO, EN GURGAON

3.Debe estudiar las costumbres de su amo y preguntarse: «¿Es un hombre descuidado? Y si lo es, ¿de qué modo puedo beneficiarme de su despreocupación?». Por ejemplo, si su amo deja tiradas por el coche botellas vacías de licores ingleses, puede vendérselas a los fabricantes de licor adulterado. La de Johnnie Walker Etiqueta Negra es la que tiene más valor.

4.Cuando gana experiencia y confianza suficientes y se siente dispuesto a intentar cosas más arriesgadas, puede convertir el coche de su amo en un taxi a tiempo parcial. El tramo de carretera de Gurgaon a Delhi es excelente para ello; hay un montón de Romeos que acuden a ver a sus novias en los centros de venta telefónica donde ellas trabajan. Una vez que el chófer emprendedor se ha asegurado de que su amo no advertirá la ausencia del coche —y de que no es probable que ninguno de sus amigos se encuentre a esa hora en la carretera—, puede emplear su tiempo libre en patrullar por la zona, llevando y trayendo a clientes de pago.

 

Por la noche, me tendí bajo mí mosquitero con la bombilla encendida y miré cómo trepaban las cucarachas por la red, con sus antenas temblando y estremeciéndose como mis propios nervios. Permanecía inmóvil, demasiado agitado como para alargar una mano y aplastarlas. Una de las cucarachas se coló dentro y aterrizó sobre mi cabeza.

«Tendrías que haberles pedido dinero cuando te hicieron firmar aquello. Dinero suficiente para acostarte con veinte chicas blancas».

Salió volando. Otra aterrizó en el mismo sitio.

«¿Veinte?».

«Cien. Doscientas. Trescientas. Diez mil putas de pelo dorado, Y eso aún no habría sido suficiente. No se habría aproximado siquiera».

Durante las dos semanas siguientes, hice cosas que todavía me avergüenza reconocer. Engañé a mi patrón. Le robé gasolina; llevé su coche a un mecánico corrupto que me cobró por una reparación innecesaria; y en tres ocasiones, mientras me dirigía hacia Buckingham B, tomé a un pasajero de pago.

Lo más extraño era que cada vez que miraba el dinero que me había sacado engañándole, en lugar de culpa… ¿qué era lo que sentía?

Rabia.

Cuanto más le robaba, más cuenta me daba de lo mucho que él me había robado.

Por recurrir otra vez a la analogía que utilicé al describirle a usted la política india, yo empezaba por fin a echar barriga.

Una tarde de domingo, una vez que el señor Ashok me dijo que ya no volvería a necesitarme durante el resto del día, me tomé un par de vasos de whisky para darme valor y me fui al dormitorio de los criados.

Labios de Vitíligo estaba sentado debajo del póster de una actriz de cine (cada vez que su amo se «ventilaba» a una, colgaba su póster en la pared), jugando a las cartas con otros conductores.

—Tú puedes decir lo que quieras, pero yo estoy seguro de que estos payasos no van a ser reelegidos…

Entonces levantó la vista.

—Pero, bueno, mirad quién está aquí. El gurú de yoga viene a visitarnos. Sea bienvenido, señor.

Todos me dirigieron una sonrisa forzada. Yo se la devolví.

—Estábamos hablando de las elecciones, palurdo. Aquí no es como en la Oscuridad, ¿sabes? Las elecciones no están amañadas. ¿Tú vas a votar esta vez?

Le hice una señal con un dedo. Él meneó la cabeza.

—Más tarde, palurdo. Me lo estoy pasando en grande hablando de las elecciones.

Agité el sobre marrón en el aire. Él dejó sus cartas en el acto.

Insistí en que bajásemos al garaje. Allí, a la sombra del Honda City, contó el dinero.

—Muy bien, palurdo; está todo. ¿Y tu amo? ¿Vas a llevarlo allí en el coche?

—Yo soy mi propio amo.

Le costó un minuto captarlo. Entonces abrió la boca, se me echó encima y me abrazó.

—¡Palurdo! —Volvió a abrazarme—. ¡Éste es mi hombre!

Él también era de la Oscuridad, y siempre te sientes orgulloso cuando ves que uno de tu propia clase muestra cierta ambición en la vida.

Me llevó al hotel en el Qualis —el coche de su amo— y me explicó en el trayecto que tenía en marcha un servicio informal de «taxi» cuando su jefe no andaba por allí.

El hotel estaba en South Extensión, Parte Dos: una de las mejores zonas comerciales de Delhi, Labios de Vitíligo cerró con llave su Qualis, me dirigió una sonrisa tranquilizadora y me llevó al mostrador de recepción. Un hombre con camisa blanca y pajarita negra repasaba con el dedo las entradas de un libro de registro. Sin sacar el dedo del libro, me examinó mientras Labios de Vitíligo le hablaba al oído.

Meneó la cabeza.

—¿Una mujer de pelo dorado para él?

Puso las manos en el mostrador y se echó hacia delante para mirarme de arriba abajo.

—¿Para éste?

Labios de Vitíligo sonrió.

—Mira, los ricos de Delhi ya han tenido todas las mujeres de pelo dorado que querían. ¡Quién sabe qué van a querer ahora! Mujeres de pelo verde de la luna. Así que ahora serán las clases bajas las que harán cola para disfrutar de las blancas. Este tipo es el futuro de tu negocio, te lo aseguro. Trátalo bien.

El encargado pareció vacilar un momento; luego cerró el libro de registro de golpe y abrió una mano.

—Dame quinientas rupias más —dijo sonriendo—. El recargo de las clases bajas.

—¡No las tengo!

—Quinientas. Y si no, olvídalo.

Saqué las últimas trescientas rupias que tenía. Tomó el dinero, se arregló la pajarita y empezó a subir las escaleras.

Labios de Vitíligo me dio una palmada en el hombro.

—Buena suerte, palurdo —me dijo—. ¡Hazlo por todos nosotros!

Subí las escaleras corriendo.

Habitación 114-A. El encargado se había detenido y había pegado la oreja a la puerta.

—¿Anastasia? —susurró. Llamó con los nudillos y volvió a poner la oreja—. Anastasia, ¿estás ahí?

Por fin se decidió y abrió la puerta. Una araña en el techo, una ventana, una cama verde… y una chica con el pelo dorado sentada en la cama.

Suspiré, porque ésta no se parecía en nada a Kim Basinger. No era ni la mitad de guapa. Fue entonces cuando vi con toda claridad —de un modo que no había experimentado antes— que los ricos siempre se quedan con lo mejor y que lo único que nosotros conseguimos son las sobras.

El encargado abrió las dos manos delante de mis narices; las abrió y las cerró dos veces.

Veinte minutos.

Luego hizo como si llamase a la puerta y como si diera una patada con su reluciente bota negra.

—¿Entendido?

Eso era lo que me pasaría a los veinte minutos.

—Sí.

Salió y cerró de un portazo. La mujer de pelo dorado ni siquiera me había mirado aún.

Yo únicamente me había atrevido a sentarme a su lado cuando se oyeron unos golpes en la puerta.

—Cuándo oigas esto… ¡se acabó! ¿Estamos? —La voz del encargado.

—¡Está bien!

Me deslicé sobre la cama y me acerqué a la mujer. Ella no se resistía ni me alentaba. Toqué un mechón de su pelo y tiré con suavidad para que volviera la cabeza. Parecía cansada, agotada, y tenía morados alrededor de los ojos, como si la hubieran golpeado.

Me dirigió una gran sonrisa que yo conocía bien: la sonrisa de un criado a su amo.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó en hindi.

¡Ella también! Debía haber una escuela de hindi para chicas en aquel país suyo, en Ucrania.

—Munna.

Ella sonrió.

—Eso no es un nombre. Sólo significa «chico».

—Cierto. Pero es mi nombre —dije—. Mi familia no me puso otro.

Se echó a reír con una risa aguda y argentina que sacudió su mata dorada de pelo. Mi corazón latía como el de un semental. Su perfume se me subió directamente a la cabeza.

—¿Sabes?, cuando yo era pequeña, me pusieron un nombre que en mi lengua sólo significa «chica». ¡Mi familia me hizo lo mismo!

—Guau —dije, mientras ponía las piernas sobre la cama.

Hablamos. Me dijo que odiaba los mosquitos de aquel hotel y también al encargado. Yo asentí. Seguimos hablando un rato.

—No eres un tipo desagradable. Y eres dulce —dijo, pasándome un dedo por el pelo.

En ese momento, salté fuera de la cama.

—¿Por qué estás aquí, hermana? Si quieres dejar este hotel, ¿por qué no lo haces?

No te preocupes por el encargado. ¡Estoy aquí para protegerte! ¡Yo soy tu hermano, Balram Halwai!

Naturalmente, eso se lo dije… en la película hindi que rodarán sobre mi vida.

—¡Siete mil dulces rupias por veinte minutos! ¡Ya es hora de empezar!

Eso fue lo que dije realmente.

Me monté encima de ella y con una mano le sujeté los brazos detrás de la cabeza; ya era hora de hundirle el pico. Con la otra mano recorría sus rizos dorados.

Y entonces lancé un chillido. No habría chillado más si me hubiese mostrado usted un lagarto.

—¿Qué pasa, Munna? —me preguntó.

Salté de la cama y la abofeteé.

Dios, estas extranjeras saben gritar cuando quieren.

Inmediatamente, como si hubiese permanecido ahí fuera espiando detrás de la puerta, el encargado abrió de golpe y entró en la habitación.

—Esto —le grité, tirándole del pelo a la chica— no es dorado de verdad.

¡Tenía las raíces negras! ¡Estaba teñida!

Él se encogió de hombros.

—¿Y qué esperabas por siete mil? El auténtico cuesta cuarenta o cincuenta.

Me eché de un salto sobre él, lo agarré del cuello y lo empujé contra la puerta.

—¡Quiero mi dinero!

La mujer dio un grito. Me di la vuelta… y ése fue el error que cometí. Tendría que haber acabado primero con el encargado.

Diez minutos más tarde, con la cara arañada y magullada, salí tambaleándome por la puerta principal, que se cerró a mis espaldas de un portazo.

Labios de Vitíligo no me había esperado. Tuve que tomar un autobús hasta casa. No paraba de mesarme el pelo durante el trayecto. ¡Siete mil rupias! ¡Quería echarme a llorar!

«¿Sabes cuántos búfalos de agua podrías haber comprado con ese dinero?». Sentía los dedos de mi abuela retorciéndome las orejas.

Cuando por fin llegué a Buckingham Towers —tras una hora de atasco—, me lavé las heridas de la cabeza en el lavabo comunitario y escupí una docena de veces.

Al Infierno con todo… Me rasqué la ingle; lo necesitaba. Me dirigí cabizbajo a mi habitación, abrí la puerta de una patada y me quedé helado.

Había alguien bajo el mosquitero. Una silueta en la posición del loto.

—No te apures, Balram. Ya sé lo que estabas haciendo.

Una voz de hombre. Al menos no era mi abuela: ése fue mi primer pensamiento.

El señor Ashok alzó una punta de la red y me miró con una sonrisa pícara.

—Sé muy bien lo que andabas haciendo.

—¿Señor?

—Te estaba llamando y, como no respondías, he bajado a ver. Pero ya sé lo que has ido a hacer: ese otro chófer, el de los labios rosados, me lo ha contado.

El corazón me dio un vuelco. Bajé la vista.

—Me ha dicho que estabas en el templo ofreciendo oraciones por mi salud.

—Sí, señor —dije, aliviado. El sudor me resbalaba por la cara—. Eso es, señor.

—Ven aquí dentro —dijo en voz baja.

Me metí bajo el mosquitero y me senté a su lado. Él observaba las cucarachas que paseaban sobre nuestras cabezas.

—Vives en un cuchitril, Balram. No tenía ni idea. Lo siento.

—No pasa nada, señor. Estoy acostumbrado.

—Te daré dinero, Balram. Y mañana te vas a otro sitio que esté mejor, ¿de acuerdo?

Me tomó la mano y le dio la vuelta.

—¿Qué son todas estas marcas rojas que tienes aquí, en la palma? ¿Es que te has estado pellizcando?

—No, señor…, es una enfermedad de la piel. También la tengo detrás de la oreja, ¿lo ve?, todos estos puntos rojos.

Se me acercó aún más, inundando mis narices con su perfume. Suavemente, me dobló la oreja con un dedo y echó un vistazo.

—Por Dios. Nunca me había fijado. Me paso el día sentado detrás de ti y nunca…

—Mucha gente tiene esta enfermedad, señor. Muchos poli res.

—¿De veras? No me había fijado. ¿Se puede curar?

—No, señor. No hay tratamiento para las enfermedades de los pobres. Mi padre pilló la tuberculosis y acabó con él.

—Estamos en el siglo XXI, Balram. Todo se puede curar. Ve 11 hospital y que te den algo. Envíame la factura, yo la pagaré.

—Gracias, señor —dije—. Señor…, ¿quiere que le lleve a algún sitio?

Él despegó los labios y volvió a cerrarlos. Hizo lo mismo un par de veces; finalmente dijo:

—Llevo una vida del todo equivocada, Balram. Lo sé muy bien, pero me falta valor para cambiarla. Me faltan… pelotas.

—No se obsesione, señor. Y vamos arriba, se lo suplico. Éste no es lugar para un hombre de categoría como usted.

—Dejo que la gente se aproveche de mí, Balram. Nunca he hecho lo que yo quería. Nunca en toda mi vida. Yo…

Bajó la cabeza. Todo su cuerpo parecía agotado.

—Coma un poco, señor —le dije—. Parece cansado.

Él sonrió. Una sonrisa confiada de niño pequeño.

—Siempre estás pensando en mí, Balram. Sí, quiero comer. Pero no en otro hotel, Balram. Estoy harto de hoteles. Llévame a alguno de los sitios donde comes tú, Balram.

—¿Señor?

—Estoy harto de la comida que como, Balram. Estoy harto de la vida que llevo. Los ricos hemos perdido el rumbo. Quiero ser un hombre sencillo como tú, Balram.

—Sí, señor.

Salimos y le llevé a un salón de té al otro lado de la calle.

—Pide para los dos, Balram. Comida popular.

Pedí ocra, coliflor, rábanos, espinacas y daal. Lo suficiente para alimentar a toda una familia. O a un hombre rico.

Él comió y eructó, y aún comió un poco más.

—Esta comida es fantástica. ¡Y sólo veinticinco rupias! ¡Qué bien coméis!

Cuando terminó, le pedí un [12] Lassi.

Él dio un sorbo y sonrió.

—¡Me gusta la clase de comida que coméis!

Yo sonreí y pensé: «A mí también me gusta la clase de comida que come usted».

 

—Pronto llegarán los papeles del divorcio. Eso ha dicho el abogado.

—Muy bien.

—¿Empezamos a buscar ya?

—¿Otro abogado?

—No, otra chica.

—Es demasiado pronto, Mukesh. Sólo han pasado tres meses desde que se fue.

Había llevado al señor Ashok a la estación de tren para recoger al Mangosta, que venía otra vez desde Dhanbad; ahora los llevaba de vuelta al apartamento.

—Muy bien. Tómate tu tiempo. Pero has de volver a casarte. Si sigues divorciado, la gente no te respetará. No nos respetarán. Así es como funciona nuestra sociedad. Hazme caso. La otra vez no quisiste hacerme caso y te casaste con una chica que no era de nuestra casta ni de nuestra religión. Incluso te negaste a aceptar una dote de sus padres. Esta vez nosotros elegiremos a la chica.

No hubo respuesta; yo intuía que el señor Ashok debía de estar apretando los dientes.

—Veo que esto te pone nervioso —dijo el Mangosta—. Ya hablaremos luego. Por ahora, toma esto. —Le dio un maletín rojo que había traído de Dhanbad.

El señor Ashok lo abrió con un chasquido y miró su contenido. El Mangosta se lo cerró enseguida de un golpe.

—¿Estás loco? No lo abras aquí. Es para Mukeshan. El ayudante, ese gordo. Lo conoces, ¿no?

—Sí, lo conozco —dijo encogiéndose de hombros el señor Ashok—. ¿No habíamos sobornado ya a esos hijos de perra?

—El ministro quiere más. Es época de elecciones. Cada vez que hay elecciones tenemos que hacer un buen reparto. Normalmente a los dos bandos. Pero esta vez seguro que va a ganar el Gobierno. La Oposición es un completo desbarajuste. O sea, que sólo hemos de pagar al Gobierno, lo cual ya nos viene bien. Te acompañaré la primera vez, pero como es un montón de dinero, quizá tengas que ir una segunda e incluso una tercera vez. Además, hay un par de funcionarios a los que hemos de engrasar, ¿entiendes?

—Se diría que es lo único que hago en Delhi. Sacar dinero de los bancos y repartir sobornos. ¿Para eso volví a la India?

—No te pongas sarcástico. Y recuérdalo: pide cada vez que te devuelvan el maletín. Es un buen maletín, hecho en Italia. No tenemos por qué hacerles más regalos. ¿Comprendes? Ay, mierda. ¡No me digas que es otro puto atasco!

—Balram, pon el disco de Sting otra vez. Es la música ideal para los atascos.

—¿El chófer sabe quién es Sting?

—Por supuesto. Sabe que es mi CD favorito. Enséñanos el disco de Sting, Balram. ¿Lo ves? Conoce a Sting.

Metí el CD en el reproductor.

Pasaron diez minutos; los coches no se habían movido ni un centímetro. Saqué Sting y puse Enya; luego Eminem. Los vendedores ambulantes se acercaban con cestas de naranjas, con fresas en cajas de plástico, con periódicos y con novelas en inglés. Los mendigos también atacaban. Uno de ellos, cargando a otro a hombros, iba de coche en coche; el tipo que llevaba a hombros no tenía piernas más allá de las rodillas y soltaba gemidos y lamentos mientras el otro golpeaba o arañaba las ventanillas.

Sin pensarlo dos veces, resquebrajé el huevo y lo abrí.

Bajé el cristal y saqué la mano con una rupia. El tipo sin piernas la recogió y me dio las gracias. Volví a subir el cristal, sellando el huevo otra vez.

La charla en el asiento de atrás se había detenido en seco.

—¿Quién demonios te ha dicho que hagas eso?

—Perdón, señor.

—¿Por qué cono le has dado una rupia a ese mendigo? ¡Qué descaro! Quita esa música.

Me echaron una buena bronca esa tarde. Aunque normalmente hablaban en una mezcla de hindi e inglés, los dos hermanos se pusieron a hablar sólo en hindi en mi honor.

—¿Acaso no damos dinero cada vez que vamos al templo? —dijo el matón mayor —. Cada año hacemos una donación al instituto del cáncer. Les compro esa postal a los niños que van por ahí vendiéndolas.

—El otro día estaba hablando con nuestro contable y el hombre me decía: «Señor, no tiene dinero en el banco. Se ha agotado». ¿Tú sabes lo elevados que son los impuestos en este país? —dijo el matón menor—. Si damos más dinero, ¿qué nos va a quedar para comer?

Fue entonces cuando vi con toda claridad que no había ninguna diferencia entre ambos. Los dos procedían de la simiente de su padre.

Durante el resto del trayecto, el Mangosta mantuvo a propósito los ojos fijos en el retrovisor. Parecía como si se hubiera olido algo raro.

Cuando llegamos a Buckingham B, me dijo:

—Vete arriba, Balram.

—Sí, señor.

Permanecimos casi pegados en el ascensor. Abrió la, puerta del apartamento y me señaló el suelo.

—Ponte cómodo.

Me acuclillé bajo la foto de Cuddles y Puddles y me puse las manos en las rodillas. Él se sentó en una silla, apoyó la cabeza en las palmas de las manos y se me quedó mirando.

Tenía el ceño fruncido. Yo me daba cuenta de que se estaba formando una idea en su cabeza.

Se levantó, se acercó hasta donde yo estaba agazapado y dobló una rodilla. Husmeó el aire.

—Te huele el aliento a semillas de anís.

—Sí, señor.

—La gente las masca para disimular el olor a alcohol. ¿Es que has estado bebiendo?

—No, señor. Los de mi casta somos abstemios.

Él siguió husmeando y se me acercó aún más.

Respiré hondo; aguanté el aire en la boca del estómago y lo expulsé en una especie de eructo que le fue directo a la cara.

—¡Qué asqueroso, Balram! —dijo con una mirada de horror. Se incorporó y retrocedió dos pasos.

—Perdón, señor.

—¡Fuera!

Salí sudando.

Al otro día lo lleve a él y al señor Ashok a casa de algún ministro o funcionario en Nueva Delhi; salieron de allí con el maletín rojo. Los dejé en un hotel, donde almorzaron (di instrucciones al personal: nada de patatas en el menú), y luego acompañé al Mangosta a la estación.

Tuve que soportar sus amenazas y advertencias habituales: nada de aire acondicionado, nada de música ni de malgastar combustible, bla, bla, bla. Permanecí en el andén mirando cómo se comía su daal. Cuando el tren salió, di palmas de alegría y me puse a bailar en el andén. Se me quedaron mirando dos pilluelos de la calle, que se echaron a reír y empezaron a dar palmas también. Uno se puso a cantar una canción de la última película hindi y acabamos bailando juntos por el andén.

A la mañana siguiente, subí al apartamento. El señor Ashok estaba manipulando el maletín y preparándose para salir cuando empezó a sonar el teléfono.

—Ya bajo el maletín, señor —le dije—. Le espero en el coche.

Él vaciló un momento y enseguida me lo tendió.

—Bajaré dentro de un minuto.

Cerré la puerta del apartamento. Caminé hacia al ascensor, apreté el botón y esperé. El maletín pesaba mucho y tenía que ir desplazando el asa por la palma de la mano.

El ascensor estaba en la cuarta planta.

Me volví y contemplé la vista desde el balcón de la planta trece. Las luces de los centros comerciales de Gurgaon destellaban incluso a pleno día. Habían abierto uno nuevo la semana anterior. Y otro más estaba en construcción. La ciudad crecía.

El ascensor subía deprisa. Estaba a punto de llegar a la planta once.

Me di la vuelta y eché a correr.

Abrí de una patada la puerta de incendios y bajé corriendo dos tramos de oscuros escalones. Abrí el maletín con un chasquido.

La escalera entera se llenó de repente de una luz deslumbrante. Ese tipo de luz que sólo despide el dinero.

Veinte minutos más tarde, cuando bajó el señor Ashok pulsando botones en su teléfono móvil, se encontró el maletín rojo esperándole en su asiento. Le mostré un brillante disco plateado mientras él cerraba la puerta.

—¿Le pongo Sting, señor?

Mientras conducía intenté no mirar el maletín, lo cual era una tortura, como cuando la señora Pinky se sentaba con aquellas faldas tan cortas.

En un semáforo, miré por el retrovisor. Vi mi grueso bigote y mi mandíbula. Arreglé el espejo, modifiqué un poco el ángulo. Ahora veía unas largas y hermosas cejas curvándose a ambos lados de los músculos de una frente fruncida, y unos ojos oscuros brillando bajo aquellos músculos en tensión. Los ojos de un gato observando a su presa.

«Vamos, Balram, échale un vistazo al maletín rojo. Eso no es robar, ¿no?».

Sacudí la cabeza.

«E incluso si fueses a robarlo, tampoco sería robar».

«¿Cómo que no?». Miré a aquella criatura en el espejo.

«El señor Ashok les da todo ese dinero a los políticos de Delhi para que le perdonen los impuestos que debería pagar. ¿Y de quién son esos impuestos, en última instancia? ¿De quién, sino de la gente corriente como tú?».

—¿Qué pasa, Balram? ¿Decías algo?

Di unos golpecitos en el espejo. Desaparecieron los ojos, volvió a surgir mi bigote; ya sólo era mi cara la que me miraba.

—Ese tipo que tengo delante conduce con mucha imprudencia, señor. Sólo estaba refunfuñando.

—Mantén la calma, Balram. Tú eres un buen chófer; no vayas a dejar que te contagien los malos.

La ciudad conocía mi secreto. Una mañana, la Casa Presidencial desapareció de nuestra vista, cubierta por la nube de polución. Parecía como si aquel día no hubiese Gobierno en Delhi. Y esa densa polución que ocultaba al primer ministro y a todos sus ministros y funcionarios, me dijo:

«No verán nada de lo que hagas. Yo me encargo».

Pasé junto al muro de color rojo de la Casa del Parlamento. Un guardia con un fusil me miró desde su puesto de vigía sobre el muro; en cuanto me vio, bajó el fusil.

«¿Por qué tendría que impedírtelo? Yo haría lo mismo, si pudiera».

Por la noche, pasó una mujer con una bolsa de celofán; mis faros iluminaron la bolsa y la volvieron transparente. Vi en su interior cuatro grandes frutas oscuras, y cada una de ellas me dijo: «Ya lo has hecho. Dentro de tu corazón, ya te lo has quedado». Los faros pasaron de largo; la bolsa de celofán se volvió otra vez opaca; las cuatro frutas se desvanecieron.

Incluso el asfalto —el suave y pulido asfalto de Delhi, que es el mejor de toda la India— conocía mi secreto.

Un día, en un semáforo, el conductor del coche de al lado bajó la ventanilla y escupió; había estado mascando paan y el escupitajo cayó en la calzada caliente formando un charco de color rojo que chisporroteaba y se expandía como un ser vivo. Al cabo de un instante, escupió de nuevo y se formó un segundo charco en el asfalto. Miré cómo se expandían aquellos dos charcos rojos, y entonces:

Pero el escupitajo de la derecha

El escupitajo de la izquierda pareció decir

pareció decir

Tu padre quería que fueras un

Tu padre quería que fueras un hombre honrado

hombre

El señor Ashok te obligó a cargar

El señor Ashok no te pega ni te escupe, como

con toda la culpa cuando su esposa

hacía la gente con tu padre

mató a aquella criatura en la calle

El señor Ashok te paga bien: cuatro mil rupias al

Eso es una miseria. Vives en una

mes. Te ha ido subiendo el sueldo sin que tú se lo

ciudad. ¿Cuánto ahorras? Nada

pidieras siquiera

¡El hecho mismo de que el señor

Recuerda lo que le hizo el Búfalo a la familia de

Ashok pueda amenazar a tu

su criado. El señor Ashok, cuando hayas huido, le

familia hace que te hierva la

dirá a su padre que haga lo mismo con tu familia

sangre!

Desvié la vista de aquellos charcos. Miré el maletín rojo, que reposaba en el centro de mi espejo retrovisor, como si fuese el corazón del Honda City al descubierto.

Ese día dejé al señor Ashok en el hotel Imperial.

—Vuelvo dentro de veinte minutos, Balram —dijo.

En vez de aparcar el coche, me dirigí a la estación, que está en Pahar Ganj, no lejos de ese hotel. La gente yacía por el suelo en medio de la estación. Los perros husmeaban entre la basura. El aire estaba enrarecido. «O sea, que así es como será», pensé.

Los destinos de todos los trenes figuraban en una pizarra.

 

¿Cuál sería mi destino si llegase a aparecer por allí con un maletín rojo en la mano?

Como respondiéndome, una sucesión de luces y de relucientes ruedas giratorias empezó a destellar en la penumbra.

Si visita usted alguna estación de la India, verá, mientras espera su tren, una serie de máquinas de aspecto estrafalario con bombillas rojas, ruedas caleidoscópicas y remolinos amarillos. Son máquinas de su-fortuna-y-su-peso-por-una-rupia y están en todas las estaciones del país. Funcionan así: usted deja sus maletas a un lado; se sube a la máquina e inserta en la ranura una moneda de una rupia. La máquina cobra vida; las palancas empiezan a moverse en su interior entre un estrépito de chatarra y las luces parpadean enloquecidas. Entonces se oye un chasquido y surge de la máquina un cartoncito de color verde o amarillo. Se apagan las luces y se termina el estrépito. En ese cartoncito está escrita su fortuna y su peso en kilos.

Hay dos tipos de personas que utilizan estas máquinas: los niños de los ricos y los adultos de las clases más pobres (que continúan siendo niños toda su vida).

Permanecí escrutando aquellas máquinas como un descerebrado. Tenía delante seis máquinas resplandecientes: las bombillas verdes y amarillas y los caleidoscopios que combinaban el negro y el dorado giraban sin parar.

Me subí a una de ellas. Sacrifiqué una rupia. La máquina la engulló, hizo ruidos, centelleó y soltó un cartoncito.

LUNNA SCALES CO. NUEVA DELHI 110 055

SU PESO 59

«EL RESPETO A LA LEY ES EL PRIMER MANDAMIENTO DE LOS DIOSES»

Tiré al suelo el cartoncito y me eché a reír. Incluso aquí, en la balanza de la estación, tratan de embaucarnos. Aquí mismo, en el umbral de la libertad, antes de que uno suba al tren que lo llevará a una nueva vida, esas máquinas destellantes vienen a ser el último timbre de alarma de la Jaula Gallinero.

¡Las sirenas de la jaula aullaban, sus ruedas giraban, sus luces rojas parpadeaban! ¡Un gallo se escapaba! Salía bruscamente una mano, me agarraba por el cuello y volvía a meterme en la jaula.

Recogí el cartoncito y lo releí.

El corazón me palpitaba. Me senté en el suelo.

«Piensa, Balram. Piensa en lo que hizo el Búfalo con la familia de su criado».

Oí un aleteo. Las palomas se posaban en las vigas del techo de toda la estación; dos de ellas habían salido volando de una viga y se habían puesto a revolotear directamente sobre mi cabeza como a cámara lenta: encogidas entre sus plumas, vi dos pares de garras rojas.

No lejos de mí, había una mujer tirada en el suelo con unos pechos muy generosos embutidos en una blusa ajustada. Estaba roncando. Tenía un billete de una rupia metido en el escote: sus letras y su color se transparentaban a través de la tela verde de la blusa. No llevaba equipaje. Aquello era lo único que tenía en este mundo: una rupia. Y, sin embargo, allí estaba: roncando felizmente, sin la menor preocupación.

¿Por qué no podrían ser así de simples las cosas para mí?

Un ronco gruñido me obligó a volverme. Había un perro negro a mi espalda girando sobre sí mismo. Tenía una mancha rosada —una herida abierta— en su nalga izquierda; el perro trataba de retorcerse sobre sí mismo inútilmente. La herida quedaba fuera de su alcance, pero él se estaba volviendo loco de dolor e intentaba atacarla y roerla con su boca babeante. De ahí que siguiera moviéndose y trazando círculos inútiles y enloquecidos.

Miré a la mujer dormida, sus grandes pechos subiendo y bajando acompasadamente. Detrás, proseguían los gruñidos.

Ese domingo, le pedí permiso al señor Ashok para ir al templo y me fui a la ciudad. Tomé un autobús a Qutub y desde allí un jeep-taxi hasta G.B. Road.

Ése es, señor primer ministro, el famoso «barrio rojo» (como dicen en inglés) de Delhi.

Una hora allí me liberaría de todos mis malos pensamientos. El semen, cuando se retiene en las partes inferiores, provoca movimientos nocivos en los fluidos de la parte superior del cuerpo. Se trata de un hecho bien conocido en la Oscuridad.

Era las cinco en punto y todavía había luz, pero las mujeres estaban allí esperándome, como esperan a cualquiera a todas las horas del día.

Yo ya había estado en esas calles —como le he confesado—, pero esta vez era diferente. Las oía allá arriba, burlándose y lanzándome pullas desde las ventanas enrejadas de los burdeles, y no soportaba la idea de levantar la vista y mirarlas.

Junto a la puerta de un burdel, pintada de azul chillón, un vendedor de paan había instalado su tenderete y esparcía especias con un cuchillo entre las hojas húmedas que acababa de sacar de un cuenco de agua; ése es el primer paso en la preparación del paan. A su lado, en el reducido rectángulo del tenderete había otro hombre que hervía leche en un cazo sobre la llama sibilante de un hornillo.

—¿Qué te pasa? Mira a las mujeres.

El chulo, un tipo bajo con una gran nariz cubierta de verrugas rojas, me había sujetado de la muñeca.

—Tienes aspecto de poder permitirte una chica extranjera. Toma una nepalí. ¿No son preciosas? ¡Míralas, hijo!

Me agarró de la barbilla —quizá me tomaba por un chico vergonzoso y virgen, que hacía su primera expedición allí— y me obligó a levantar la vista.

Las nepalíes, detrás de sus ventanas enrejadas, eran realmente muy atractivas: con la piel muy clara y esos ojos achinados que nos vuelven locos a los indios. Me saqué la mano del chulo de la cara.

—¡Toma alguna! ¡Tómalas todas! ¿O es que no eres lo bastante hombre?

Normalmente, habría bastado con eso para que yo irrumpiera en uno de los burdeles pidiendo sangre.

Pero lo más animal de un hombre puede ser a veces lo mejor de él. A mí, de cintura para abajo, no me pasaba nada.

«Son como loros en una jaula. Sería como un animal rollándose a otro animal».

—Masca un poco de paan. ¡Te ayudará sí tienes problemas para que se te levante! —me dijo a gritos el hombre del tenderete, mostrándome una hoja de paan fresca y húmeda, y agitándola de tal modo que las gotas me salpicaron en la cara.

—Bebe leche caliente. ¡Eso también ayuda! —me gritó el hombrecillo que estaba a sus pies con el cazo en el hornillo.

Miré la leche. Estaba hirviendo y se había derramado por los lados de acero inoxidable; el hombrecillo sonrió mientras provocaba con una cuchara a la leche hirviendo, que se volvía más y más espumosa y silbaba de indignación.

Me eché sobre el vendedor de paan y lo derribé de su puesto, con lo que esparcí sus hojas y derramé el agua del cuenco. Le aticé una patada en la cara al hombrecillo. Llegaban gritos desde arriba; los chulos corrían hacia mí. Me abrí paso a patadas y empujones para salvar el pellejo y salí corriendo.

G.B. Road se halla en la Vieja Delhi, un sector de la ciudad sobre el que me gustaría decir algo más. Recuerde, señor primer ministro, que Delhi es la capital no de uno, sino de dos países: las dos Indias. La Luz y la Oscuridad desembocan en Delhi. Gurgaon, donde vivía el señor Ashok, es la parte más moderna y brillante de la ciudad, mientras que la Vieja Delhi representa el extremo opuesto y está llena de cosas que el mundo moderno ha olvidado por completo: rickshaws, antiguos edificios de piedra, musulmanes. En domingo, sin embargo, hay algo más: si se abre paso usted entre la multitud que hay siempre allí, si deja atrás a esos hombres que les limpian a otros las orejas con una varilla de metal oxidado, si deja atrás a los que venden pescaditos metidos en botellas verdes llenas de agua salada, si pasa de largo frente al mercadillo de zapatos de saldo y luego frente al mercadillo de camisas de saldo, llegará usted al gran mercadillo de libros de segunda mano de Darya Ganj.

Quizás haya oído usted hablar de este mercadillo, señor, ya que es una de las maravillas del mundo. Decenas de miles de libros sucios y ennegrecidos, casi podridos, sobre cualquier tema que se le ocurra —tecnología, medicina, placer sexual, filosofía, educación, países extranjeros— se amontonan por las aceras a partir de Delhi Gate: todo el trayecto hasta que llega usted al mercadillo frente al Fuerte Rojo. Algunos libros son tan viejos que se desmenuzan en cuanto los tocas; otros tienen pececillos de plata correteando y dándose un festín. Algunos dan la impresión de haber sido rescatados de una inundación o de un incendio. La mayor parte de las tiendas están cerradas los domingos. Pero los restaurantes siguen abiertos y el olor a fritanga se mezcla con el olor a papel enmohecido. En los restaurantes se ven ventiladores oxidados que giran exhaustos como si fueran las alas de polillas gigantescas.

Me colé entre los libros y respiré hondo. Aquello era como oxígeno después del hedor a burdel.

Había una espesa masa de compradores que discutían los precios con los libreros y yo me hice pasar por uno de ellos. Me deslizaba entre los libros, cogía alguno y lo ojeaba un poco —flip, flip, flip— hasta que el vendedor me gritaba:

—¿Vas a comprarlo o piensas leerlo gratis?

—Éste no es bueno —decía yo entonces, dejando el libro, y me iba al siguiente puesto. Allí cogía otro y… flip, flip, flip. Sin pagar una sola rupia, hojeando libros gratis, me pasé toda la tarde entretenido a costa de los libreros.

Algunos libros estaban en urdu, la lengua de los musulmanes, que no consiste más que en garabatos y puntos, como si un cuervo hubiese humedecido sus patas en tinta negra y hubiera pisoteado la página.

Yo me había puesto a hojear uno de estos libros cuando un librero me dijo:

—¿Sabes leer urdu?

Era un viejo musulmán, con una cara negra como el carbón, perlada de sudor (igual que una hoja de begonia después de la lluvia), y con una larga barba blanca.

—Y tú, ¿sabes leer urdu? —le respondí.

Él abrió el libro, se aclaró la garganta y leyó:

—«Buscaste la llave durante años». ¿Lo has entendido? —Me miró con la frente fruncida.

—Sí, hermano musulmán.

—Cierra el pico, mentiroso. Y escucha.

Volvió a aclararse la garganta.

—«Buscaste la llave durante años. / Pero la puerta había estado siempre abierta».

Cerró el libro.

—Esto se llama poesía. Y ahora lárgate.

—Por favor, hermano musulmán —supliqué—. No soy más que el hijo de un conductor de rickshaw de la Oscuridad. Háblame de la poesía. ¿Quién escribió ese poema?

Él meneó la cabeza, pero yo continué halagándolo y diciéndole lo hermosa que era su barba, lo limpia que era su piel (¡ja!) y lo obvio que resultaba por su nariz y su frente que él no era un porquero cualquiera convertido a la fe, sino un fiel musulmán que había llegado volando con su alfombra mágica desde la Meca… Él gruñó de satisfacción. Me leyó otro poema, y otro más, y me explicó la verdadera historia de la poesía, que es una especie de secreto, una magia sólo conocida por los hombres más sabios. Señor primer ministro, no diré nada nuevo sí digo que la historia del mundo es la historia de una guerra psicológica de diez mil años entre los pobres y los ricos. Cada bando intenta eternamente engañar al contrario. Y así ha sido desde el principio de los tiempos.

Los pobres ganan algunas batallas (se mean en las macetas, les dan patadas a las mascotas, etc.), pero los ricos, por supuesto, llevan diez mil años ganando la guerra. Por ello, algunos sabios, movidos por la compasión hacia los pobres, decidieron un día dejarles una serie de signos y símbolos en poemas que hablan en apariencia de rosas, de hermosas doncellas y de cosas parecidas, pero que —correctamente entendidos— entrañan secretos que permitirían al hombre más pobre de la Tierra concluir esa vieja guerra psicológica de diez mil años de un modo favorable para él. De estos sabios poetas, los cuatro más grandes fueron Rumi, Iqbal, Mirza Ghalib y otro cuyo nombre me dijeron pero que he olvidado.

(¿Quién era el cuarto poeta? Me vuelve loco no poder recordar su nombre. Si lo sabe usted, envíeme un e-mail).

—Hermano musulmán, quiero hacerte otra pegunta.

—¿Es que tengo cara de maestro de escuela? Deja de hacerme preguntas.

—La última, te lo prometo. Dime, hermano, ¿es posible que un hombre se esfume sin dejar rastro mediante la poesía?

—¿Qué quieres decir? ¿Como el que desaparece usando magia negra? —Me miró fijamente—. Sí, es posible. Hay libros sobre eso. ¿Quieres comprar uno?

—No, no me refiero a desaparecer de esa manera. Quiero decir si un hombre puede…

El librero entornó los ojos. Las gotas de sudor se habían vuelto más gruesas en su frente amplia y oscura.

Le sonreí.

—Olvida que te lo he preguntado, hermano.

Y entonces me prometí no volver a hablar nunca más con aquel viejo. Ya sabía demasiado.

Los ojos me ardían de tanto forzar la vista mirando libros. Debería haberme encaminado otra vez hacia Delhi Gate para tomar un autobús. Tenía un gusto repulsivo en la boca, como si hubiese inhalado demasiado polvo de papel mohoso. Surgen en tu corazón extraños pensamientos cuando pasas demasiado tiempo rodeado de libros viejos.

Pero en vez de volver atrás para tomar el autobús, me interné aún más en la Vieja Delhi. No sabía adonde me dirigía. Todo se volvió silencioso en cuanto abandoné la calle principal. Vi a varios hombres fumando, sentados en un charpoy, y a otros tirados en el suelo, durmiendo. Había águilas sobrevolando las casas. Entonces el viento me lanzó a la cara una tremenda vaharada a búfalo.

Todo el mundo sabe que hay un barrio de carniceros en alguna parte de la Vieja Delhi, pero no hay muchos que lo hayan visto con sus propios ojos. Es una de las maravillas de la ciudad vieja: una hilera de cobertizos abiertos en cuyo interior se ven búfalos enormes, con el culo hacia fuera, que espantan a las moscas balanceando la cola como un limpiaparabrisas y que tienen las patas hundidas en inmensas pirámides de mierda. Permanecí allí un buen rato, aspirando el olor de sus cuerpos. ¡Hacía tanto que no había olido a búfalo! Expulsé de mis pulmones todo el horrible aire de la ciudad.

Un traqueteo de ruedas de madera. Vi a un búfalo que bajaba por la calle tirando de un carro enorme. No había ningún hombre subido encima con un látigo; el búfalo sabía adonde tenía que ir. Y avanzaba calle abajo. Me quedé a un lado y, cuando pasó, vi que el carro estaba lleno de caras de búfalos muertos; de caras, he dicho (aunque debería decir de cráneos), desprovistas incluso de piel, salvo por un trocito negro que tenían todas en la punta del hocico, de donde surgían aún los pelos de la nariz como si fuesen el último pedazo desafiante de la personalidad del búfalo muerto. El resto de las caras había desaparecido. Incluso les habían arrancado los ojos.

Y el búfalo vivo seguía adelante, sin amo, llevando su cargamento de muerte al sitio adonde él sabía que debía llevarlo.

Caminé un trecho junto a aquel pobre animal, mirando fijamente las caras muertas y desolladas de los búfalos. Y entonces, Excelencia, ocurrió la cosa más extraña del mundo: le juro que el búfalo que tiraba del carro volvió su rostro hacia mí y me dijo con una voz no muy distinta de la de mi padre:

—A tu hermano Kishan lo mataron a palos. ¿Contento?

Era como vivir esos minutos de una pesadilla justo antes de despertarte; sabes que es un sueño, pero todavía no consigues despertar.

—Tu tía Lutte fue violada y apaleada hasta morir. ¿Contento? A tu abuela Kusum la mataron a patadas. ¿Contento?

El búfalo me miraba con furia.

—¡Avergüénzate! —me dijo, y luego fue como si diera un paso gigantesco y el carro pasó de largo lleno de caras muertas y desolladas, que en ese momento me parecieron las caras de mi propia familia.

 

A la mañana siguiente, el señor Ashok subió al coche, muy sonriente, con el maletín rojo en la mano. Cerró con un sonoro portazo.

Miré al ogro y tragué saliva.

—Señor…

—¿Qué pasa, Balram?

—Señor, hay algo que quería decirle hace tiempo. —Retiré los dedos de la llave. Juro que estuve a punto de hacer una confesión completa allí mismo… Lo hubiese hecho si él hubiese pronunciado la palabra adecuada…, si me hubiese tocado el hombro como es debido.

Pero no me miraba. Estaba ocupado con su teléfono móvil y sus malditos botones.

Bip, bip, bip.

¡Tener a un loco intoxicado con ideas de sangre y robo a sólo unos centímetros de ti, y no saberlo ni tener un indicio siquiera! ¡Qué ciegos podéis llegar a estar! Vivís instalados en edificios de cristal, habláis noche tras noche por teléfono con americanos que se hallan a miles de kilómetros de distancia… y, sin embargo, ¡no tenéis la menor idea de lo que le pasa al hombre que conduce vuestro coche!

«¿Qué ocurre, Balram?».

«Nada, señor, ¡que tengo ganas de aplastarle el cráneo!».

Él se inclinó hacia delante, me acercó los labios al oído. Yo estaba a punto de derretirme.

—Lo entiendo, Balram.

Cerré los ojos. Apenas podía hablar.

—¿De veras, señor? —Quieres casarte.

—Balram. Y necesitarás dinero, ¿verdad?

—No, señor. No hace falta.

—Espera, Balram. Déjame sacar la cartera. Tú eres un buen miembro de la familia. Nunca pides más. Sé que otros conductores no paran de pedir que les paguen las horas extras y el seguro. En cambio, tú nunca dices nada. Estás chapado a la antigua. Y eso me gusta. Nos ocuparemos de todos los gastos de la boda, Balram. Aquí tienes, Balram, aquí…, aquí…

Le vi sacar un billete de mil rupias; le vi guardárselo y sacar uno de quinientos, y volver a guardarlo y sacar uno de cien.

Me lo tendió.

—Doy por supuesto que irás a Laxmangarh a casarte, ¿no, Balram?

—…

—Quizá yo también vaya —dijo—. Me gusta mucho ese lugar. Quiero subir a ese fuerte esta vez. ¿Cuánto hace que fuimos allí, Balram? ¿Seis meses?

—Más, señor. —Conté los meses con los dedos—. Ocho meses.

Él también se puso a contar.

—Pues sí, tienes razón.

Doblé el billete de cien y me lo metí en el bolsillo de la camisa.

—Gracias, señor —dije, y giré la llave de arranque.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, salí caminando de Buckingham B. Aunque era un edificio completamente nuevo, tenía ya una fuga en el alcantarillado y las aguas residuales habían formado una gran mancha de tierra oscura en el exterior del recinto; varios perros callejeros dormitaban sobre aquella franja húmeda. Una buena manera de refrescarse; había empezado el verano e incluso las noches resultaban pesadas.

Los tres chuchos parecían muy cómodos. Me acuclillé a su lado y los observé.

Puse el dedo en la tierra mojada. Tan fresca, tan tentadora.

Uno de los perros despertó, dio un bostezo y me enseñó los colmillos. Se incorporó de golpe. Los otros lo imitaron y empezaron a gruñir, a arañar el barro y mostrarme los dientes. Querían que saliera de su reino.

Les cedí las aguas fecales y me encaminé hacia los centros comerciales. Ninguno de ellos estaba abierto todavía. Me senté en la acera.

No sabía adonde ir.

Entonces vi unas marcas oscuras en el pavimento.

Huellas de patas.

Un animal había caminado sobre el hormigón antes de que se endureciera.

Me levanté y me puse a seguir el rastro. El espacio entre las huellas iba aumentando: el animal había echado a correr.

Caminé más deprisa.

Las huellas daban toda la vuelta a los centros comerciales; se internaban detrás de ellos y, finalmente, allí donde acababa el pavimento y empezaba la tierra desnuda, desaparecían.

Tuve que detenerme, porque a un metro y medio de mí había una hilera de hombres acuclillados que formaban una línea recta casi perfecta. Estaban defecando.

Había llegado al barrio de chabolas.

Labios de Vitíligo me había hablado de aquel lugar: todos los trabajadores que construían los centros comerciales y las torres de apartamentos vivían aquí. Eran de un pueblo de la Oscuridad; no les gustaba que se acercaran extraños, salvo los que llegaban de noche con negocios entre manos. Aquellos hombres se habían puesto a defecar a cielo abierto como si constituyeran un muro defensivo del barrio: trazaban una línea que ningún ser humano respetable debía cruzar. El viento me traía el hedor de la mierda fresca.

Encontré un hueco en la barrera de defecadores. Ellos permanecieron agazapados como estatuas de piedra.

Esa gente construía casas para los ricos, pero vivía en tiendas cubiertas con lonas azules y separadas en callejuelas por zanjas de aguas residuales. Aquello era incluso peor que Laxmangarh. Avancé sorteando cristales rotos, alambres y fluorescentes machacados. El hedor a heces había cedido su lugar a un tufo aún más intenso a residuos industriales. El barrio terminaba en una cloaca a la intemperie; un riachuelo de agua negra, con burbujas y pequeños remolinos, se arrastraba perezosamente a unos pasos de mí. Había dos niños chapoteando en el agua.

Un billete de cien rupias planeó por el aire y cayó al riachuelo. Los niños lo miraron boquiabiertos y corrieron a atraparlo antes de que se lo llevase la corriente. Lo cogió uno de ellos y el otro empezó a pegarle; acabaron revolcándose los dos en el agua negra.

Volví a la línea de defecadores. Uno de ellos había terminado y se había ido; su posición quedó ocupada de inmediato.

Me acuclillé entre ellos y sonreí de oreja a oreja.

Unos pocos desviaron la vista enseguida: todavía eran seres humanos. Otros me miraban con una expresión vacía, como si la vergüenza les tuviera ya sin cuidado. Y entonces vi a un tipo negro y flaco que me devolvía la sonrisa como si se sintiera muy orgulloso de lo que estaba haciendo.

Me aproximé en cuclillas hasta que quedamos frente a frente. Yo sonreía de oreja a oreja. Él también. Empezó a reírse; yo lo imité y entonces todos los defecadores se echaron a reír.

—Nosotros nos ocuparemos de tus gastos de boda —grité.

—¡Nosotros nos ocuparemos de tus gastos de boda! —me respondió a gritos el tipo.

—¡Incluso nos follaremos a tu mujer, Balram!

—¡Incluso nos follaremos a tu mujer, Balram!

El tipo se puso reír de un modo tan violento que se cayó de morros mientras seguía riéndose y se quedó con el culo sucio vuelto hacia el cielo sucio de Delhi.

Mientras regresaba a casa, vi que los centros comerciales ya habían empezado a abrir. Me lavé la cara en el lavabo comunitario y me saqué de las manos toda la mugre del barrio de chabolas. Bajé al garaje, encontré una llave inglesa, ensayé un par de golpes para practicar y me la llevé a mi habitación. Un chico me esperaba junto a la cama, sujetando una carta entre los dientes mientras se abrochaba los pantalones. Se volvió al oírme y la carta se le escapó y cayó al suelo. A mí se me cayó la llave inglesa, al mismo tiempo.

—Me han enviado aquí. He tomado el autobús y el tren, he ido preguntando y he llegado por fin. —Parpadeó—. Me han dicho que has de cuidarme y convertirme en un conductor.

—¿Quién demonios eres tú?

—Dharam —dijo él—. Soy el cuarto hijo de tu tía Luttu. Me viste la última vez que pasaste por Laxmangarh. Yo llevaba una camisa roja. Me diste un beso aquí. — Se puso un dedo en lo alto de la cabeza.

Recogió la carta y me la alcanzó.

Querido nieto:

Ha pasado mucho tiempo desde que viniste a visitarnos, y todavía más tiempo, un total de once meses y dos días, desde que nos enviaste dinero por última vez. La ciudad ha corrompido tu alma y te ha vuelto egoísta, vanidoso y malvado* Yo sabía desde el principio que esto sucedería, porque siempre fuiste un chico malévolo e insolente. En cuando podías, te ponías a mirarte en el espejo con los labios abiertos, y yo tenía que retorcerte las orejas para que hicieras cualquier tarea. Eres igual que tu madre. Es su carácter, y no el carácter dulce de tu padre, el que has heredado. Hasta ahora hemos soportado con paciencia nuestros sufrimientos, pero no vamos a seguir haciéndolo. Tienes que volver a mandarnos dinero. Si no, se lo diremos a tu amo. También hemos decidido empezar los preparativos de tu boda por nuestra cuenta; si te niegas a venir aquí, te enviaremos a la chica en autobús. Te digo estas cosas no para amenazarte, sino por el amor que te tengo. ¿No soy tu abuela, al fin y al cabo? ¡Cómo te llenaba la boca de dulces cuando eras niño! Es tu deber también ocuparte de Dharam; cuídalo como si fuese tu propio hijo. Cuida tu salud y recuerda que te estoy preparando deliciosos platos de pollo, que te enviaré por correo junto con la carta que le escribiré a tu amo. Tu abuela, que te quiere.

KUSUM

Doblé la carta, me la metí en el bolsillo y luego le di una bofetada tan fuerte al chico que retrocedió tambaleante, tropezó con la cama y se cayó encima, arrastrando el mosquitero.

—Levántate —le dije—. Te voy a pegar otra vez.

Recogí la llave inglesa, la alcé sobre su cabeza… y la tiré al suelo.

Al chico se le había puesto la cara azul; tenía el labio abierto y sangraba, y aún no había dicho, prácticamente, una palabra.

Me senté sobre el mosquitero y di unos sorbos a una botella de whisky ya mediada. Observé al chico.

Me había asomado al borde del precipicio. Había estado a punto de matar a mi amo. La llegada del chico me había salvado de un asesinato (y de pasarme toda la vida en la cárcel).

Aquella noche le dije al señor Ashok que mi familia me había enviado un ayudante que se encargaría de mantener limpio el coche; en vez de enfadarse por tener que alimentar otra boca, como habrían hecho la mayoría de amos, él me dijo:

—Es un chico muy guapo. Se parece a ti. ¿Qué le ha pasado en la cara?

Me volví hacia Dharam.

—Díselo.

Él parpadeó un par de veces. Se lo estaba pensando.

—Me caí del autobús.

Chico listo.

—Vete con cuidado de ahora en adelante —dijo el señor Ashok—. Estupendo, Balram. Ahora tendrás compañía.

Dharam era un chico tranquilo. No me pedía nada; dormía en el suelo, tal como yo le había dicho, y no se metía en mis asuntos. Como me sentía culpable, lo llevé al salón de té.

—¿Quién enseña ahora en la escuela, Dharam? ¿Todavía el señor Krishna?

—Sí, tío.

—¿Aún se queda con el dinero de los uniformes y de la comida?

—Sí, tío.

—Es un buen hombre.

—Fui cinco años a la escuela y luego la abuela Kusum dijo que ya estaba bien.

—Vamos a ver qué has aprendido en esos cinco años. ¿Te sabes la tabla del ocho?

—Sí, tío.

—Vamos allá.

—Ocho por uno es ocho.

—Eso es fácil. ¿Qué más?

—Ocho por dos, dieciséis.

—Espera. —Lo conté con los dedos para asegurarme de que había acertado—. Muy bien. Sigue.

—Pídeme un té, ¿quieres? —Labios de Vitíligo se sentó a mi lado y sonrió a Dharam.

—Pídetelo tú mismo —le dije.

Él hizo un mohín.

—¿Ésa es manera de hablarme, héroe de las clases bajas?

Dharam nos observaba con gran interés.

—Este chico —le dije— es de mi pueblo. De mi familia. Ahora estoy hablando con él.

—Ocho por tres, veinticuatro.

—Me da igual quién sea —dijo Labios de Vitíligo—. Pídeme un té, héroe de las clases bajas.

Me acercó la palma de la mano: cinco dedos. Lo cual significaba: «Quiero quinientas rupias».

—No tengo nada.

—Ocho por cuatro, treinta y dos.

Se pasó un dedo por el cuello sonriendo. O sea: «Tu amo se enterará de todo».

—¿Cómo te llamas, chico?

—Dharam.

—Bonito nombre. ¿Sabes lo que significa?

—Sí, señor.

—¿Y tu tío sabe lo que significa?

—Cierra el pico —dije yo.

Era la hora del día en la que limpiaban el salón de té. Uno de los arácnidos tiró un trapo húmedo al suelo y empezó a arrastrarse con él por el local. El trapo iba acumulando una rebaba de agua negruzca y apestosa. Hasta los ratones salían correteando. Los clientes de las mesas tampoco se libraban: el charco negro les salpicaba los pies al pasar.

Colillas de [13] bidis, envoltorios de plástico, billetes de autobús arrugados, trocitos de cebolla y ramitas de cilantro flotaban en aquella agua negra; el reflejo de una bombilla desnuda brillaba entre la escoria como una gema amarilla.

Mientras el charco pasaba a mi lado, una voz dijo en mi interior: «Pero tu corazón se ha vuelto aún más negro, Munna».

Esa noche Dharam se despertó al oír los chillidos. Se acercó al mosquitero.

—¿Qué pasa, tío?

—¡Enciende la luz, idiota! ¡Enciende la luz!

Obedeció y me vio paralizado en el interior de la red. Yo ni siquiera podía señalar aquella cosa con el dedo. Una gruesa lagartija había bajado por la pared y estaba sobre la cama.

Dharam empezó a sonreír.

—No bromeo, imbécil. ¡Sácamelo de la cama!

Él metió la cabeza bajo la red, agarró al bicho y lo aplastó con el pie.

—Tíralo en otra parte, más lejos. Fuera de la habitación. Fuera del edificio.

Observé su expresión desconcertada: «¡Asustado por una lagartija! ¡Un hombre hecho y derecho como mi tío!».

«Perfecto —pensé—. Nunca sospechará lo que estoy planeando».

Un instante después, mi sonrisa se evaporó.

¿Qué estaba planeando?

Empecé a sudar. Miré las huellas de la mano anónima que habían quedado impresas en el yeso de la pared.

Se oyó el golpeteo de un bastón. El vigilante de Buckingham B estaba haciendo su ronda. Cuando el golpeteo se desvaneció, no quedó un solo ruido en la habitación, salvo el crujido de las cucarachas revoloteando o mascando yeso. Incluso ellas debían de estar sudando. Apenas podía respirar. Justo cuando ya pensaba que no iba dormirme, empecé a recitar unos versos, una y otra vez.

Me pasé años buscando la llave,

pero la puerta había estado siempre abierta.

Luego me dormí.

 

Debería haber reparado en los símbolos impresos por las paredes, con aquellas dos manos rompiendo unos grilletes. Debería haberme parado a escuchar a los jóvenes con cintas rojas que gritaban desde los camiones. Pero había estado tan abrumado por mis propios problemas que no había advertido que algo muy importante estaba ocurriendo en mi país.

Dos días más tarde, llevé al señor Ashok y a la señorita Urna a Lodi Gardens. Él cada vez pasaba más tiempo con ella. El romance florecía. Yo empezaba a acostumbrarme a aquel perfume y ya no estornudaba cada vez que ella se movía.

—O sea, ¿que todavía no lo has hecho, Ashok? ¿Va a ser todo igual que la última vez?

—No es tan sencillo, Urna. Ya me he peleado una vez con Mukesh por tu causa. Me mantendré firme. Pero dame tiempo, tengo que superar el divorcio… Balram, ¿por qué has puesto la música tan alta?

—A mí me gusta así, es romántico. A lo mejor lo ha hecho a propósito.

—Óyeme, lo voy a hacer. Confía en mí. Es sólo… Balram, ¿por qué demonios no has bajado la música? Esta gente de la Oscuridad llega a ser tan estúpida a veces…

—Ya te lo dije, Ashok.

Bajó la voz y se puso a hablarle en inglés. Capté las palabras «repuesto», «chófer» y «local».

«¿Has pensado en buscarte uno de repuesto? ¿Un chófer local?».

Él masculló una respuesta.

No pude oírla. Pero no me hacía falta.

Miré por el espejo retrovisor; quería mirarlo de frente, de hombre a hombre. Pero él no me devolvió la mirada. No se atrevía a encararme.

Podría haber oído usted cómo me rechinaban los dientes en aquel momento, se lo aseguro. ¿Y yo creía que estaba haciendo planes para él? ¡Era él quien había hecho planes para mí! Los ricos siempre van un paso por delante, ¿no es cierto?

Pues esta vez no. Por cada paso que él diese, yo daría dos.

Afuera, en la calle, un vendedor ambulante se había sentado junto a una pirámide de cascos de moto envueltos en bolsas de plástico, que parecían un montón de cabezas cortadas.

Justo cuando estábamos a punto de llegar a los jardines vimos que la calle estaba bloqueada. Habían formado delante de nosotros una barrera de camiones llenos de hombres, que gritaban:

—¡Viva el Gran Socialista! ¡Viva la voz de los pobres de la India!

—¿Qué demonios ocurre?

—¿Es que no has visto las noticias, Ashok? Están anunciando los resultados.

—Joder —dijo—. Balram, saca ese disco de Enya y pon la radio.

Nada más encenderla, surgió la voz del Gran Socialista. Le estaban entrevistando.

—Las elecciones demuestran que los pobres no pueden ser ignorados. La Oscuridad no permanecerá callada. No tenemos agua en nuestros grifos, ¿y qué nos ofrecéis la gente de Delhi? Teléfonos móviles. ¿Un hombre sediento puede beberse un teléfono móvil? Las mujeres caminan kilómetros y kilómetros cada día para recoger un cubo de agua limpia…

—¿Pretende usted ser primer ministro de la India?

—No me haga esa clase de preguntas. Yo no tengo ambiciones personales. Sólo soy la voz de los pobres y de los que han sido privados del derecho a votar.

—Pero como es natural, señor…

—Déjeme añadir una cosa más. Lo único que he deseado siempre es una India en la cual cualquier chico de cualquier pueblo pueda soñar con ser primer ministro. Y como le iba diciendo, las mujeres tienen que…

Según decían en la radio, el partido gobernante había sufrido una derrota aplastante en las urnas. Una nueva coalición había tomado el poder. El partido del Gran Socialista se había llevado los votos de una gran parte de la Oscuridad y era uno de los integrantes de la coalición. Mientras regresábamos a Gurgaon, vimos hordas de seguidores suyos que llegaban desde la Oscuridad.

Circulaban por donde querían, hacían lo que les daba la gana y silbaban a las mujeres cuando les apetecía. Delhi había sido invadida.

El señor Ashok no me llamó durante el resto del día. Por la noche, bajó y me dijo que quería ir al hotel Imperial. No paraba de hablar con el móvil, de pulsar botones, de hacer llamadas y hablar a gritos:

—Estamos jodidos, Urna. Del todo. Por eso odio este negocio. Porque estamos a merced de estos…

—A mí no me grites, Mukesh. Fuiste tú el que me dijo que las elecciones estaban decididas. ¡Sí, tú! ¡Y ahora ya no vamos a librarnos nunca de este maldito embrollo de los impuestos!

—¡Sí, estoy en ello, padre! ¡Voy a verle ahora mismo en el Imperial!

Aún seguía al teléfono cuando lo dejé en la puerta del hotel Imperial. Pasaron cuarenta y dos minutos; entonces salió con dos hombres. Se inclinó hacia la ventanilla y me dijo:

—Haz lo que ellos quieran, Balram. Yo tomaré un taxi desde aquí. Cuando terminen, trae el coche a Buckingham.

—Sí, señor.

Los dos hombres le dieron unas palmadas; el señor Ashok les hizo una reverencia y les abrió él mismo las puertas. Si les estaba besando el culo así, tenían que ser políticos.

Subieron los dos. A mí se me aceleró bruscamente el corazón. El de la derecha era el héroe de mi niñez: Vijay, el hijo del porquero convertido en revisor de autobús y luego en político de Laxmangarh. Había cambiado de uniforme otra vez: ahora llevaba el traje impecable y la corbata de un moderno hombre de negocios.

Me ordenó que los llevara hacia Ashoka Road.

—Por fin me ha dado su coche, el hijo de perra —dijo, volviéndose hacia su compañero.

El otro dio un gruñido, bajó la ventanilla y escupió.

—Sabe que ahora ha de demostrarnos un poco de respeto.

Vijay soltó una risita. Luego levantó la voz.

—¿Tienes algo de beber en el coche, hijo?

Me volví. Tenía gruesas pepitas de oro incrustadas en sus muelas podridas.

—Sí, señor.

—A ver.

Abrí la guantera y le alcancé la botella.

—Buen material. Johnnie Walker Etiqueta Negra. ¿Tienes copas también?

—Sí, señor.

—¿Hielo?

—No, señor.

—Está bien. Vamos a beberlo así. Sírvenos una copa, hijo.

Obedecí mientras seguía conduciendo el Honda City con la mano izquierda. Ellos se tragaron el whisky como si fuese limonada.

—Si no lo tuviera listo, avísame. Le enviaré unos cuantos chicos para que tengan una charla con él.

—No, no te preocupes. Su padre siempre acaba pagando. Este chico ha estado en América y tiene la cabeza llena de idioteces, Pero acabará pagando también.

—¿Cuánto?

—Siete. Estaba a punto de dejarlo en cinco, pero el hijo de perra me ha ofrecido seis, es algo corto de mollera, y entonces yo he dicho siete y ha aceptado. Le he explicado que si no paga, los vamos a dejar bien jodidos: a él, a su padre, a su hermano y a todo el chanchullo que tienen montado con el carbón y la evasión de impuestos. Y ha empezado a sudar ahí mismo. Seguro que pagará.

—¿Seguro? Me encantaría mandarle a los chicos. Me encanta ver cómo le dan una buena paliza a un rico. Es mejor que una erección.

—Ya habrá otras ocasiones. Éste no vale la pena. Ha dicho que lo traerá el lunes. Lo haremos en el Sheraton. Hay un restaurante estupendo en el sótano. Un sitio tranquilo.

—Bien. Y de paso, que nos invite a cenar.

—Eso por supuesto. Tienen unos kebabs deliciosos.

Uno de los dos se puso a hacer gárgaras con el whisky, se lo tragó por fin, eructó y se sorbió los dientes.

—¿Sabes qué ha sido lo mejor de estas elecciones?

—¿Qué?

—Que nos hemos extendido hacia el sur. Incluso en Bangalore hemos puesto un pie. Y ya sabes que ése es el futuro.

—¿El sur? Tonterías.

—¿Cómo que no? Uno de cada tres edificios de oficinas se está construyendo en Bangalore. Es el futuro.

—A la mierda con eso. No me creo una palabra. El sur está lleno de tamiles. ¿Sabes quiénes son los tamiles? Negros. Nosotros descendemos de los arios que llegaron a la India. Nosotros los convertimos en nuestros esclavos. Y ahora quieren darnos lecciones. Negros.

—Hijo. —Vijay se echó hacia delante con su copa—. Sírveme otra.

Esa noche les serví todo lo que quedaba de la botella.

Hacia las tres de la madrugada, crucé otra vez la ciudad hasta el bloque de apartamentos de Gurgaon, Tenía el corazón tan acelerado que no quise abandonar el coche de inmediato. Lo limpié y lo restregué entero tres veces.

La botella estaba tirada en la alfombrilla. Johnnie Walker Etiqueta Negra: incluso vacía tiene bastante valor en el mercado negro. La recogí y me encaminé hacia el dormitorio de los criados.

A Labios de Vitíligo no le importaría que lo despertasen por una Johnnie Walker Etiqueta Negra.

Caminé haciendo girar la botella con la muñeca, sopesándola al mismo tiempo. Incluso vacía, no era tan ligera.

Sentí que mis pies se ralentizaban y que la botella daba vueltas más y más rápidas.

«Me pasé años buscando la llave…».

El estrépito de la botella al romperse reverberó por todo el garaje vacío. El sonido debió de llegar hasta el vestíbulo y rebotar por todas las plantas del edificio, incluida la trece.

Esperé unos minutos, creyendo que bajaría alguien corriendo.

Nadie. Estaba a salvo.

Sostuve lo que quedaba de la botella contra la luz. Puntas largas y crueles como garras.

Perfecto.

Reuní con el pie los trozos rotos esparcidos por el suelo y los amontoné a un lado. Me limpié la sangre de la mano, fui a buscar una escoba y barrí bien hasta dejarlo todo limpio. Luego me puse de rodillas y busqué alrededor por si me había dejado algún trozo. El garaje se llenó con los ecos de la línea de un poema, repetida una y otra vez:

«Pero la puerta había estado siempre abierta».

Dharam dormía en el suelo. Las cucarachas trepaban por su cabeza. Lo sacudí y le dije:

—Échate dentro del mosquitero.

Se metió, adormilado, y yo me tiré en el suelo desafiando a las cucarachas. Aún tenía un poco de sangre en la palma de la mano; se me habían formado en la piel tres pequeñas gotas rojas, que parecían una hilera de mariquitas sobre una hoja. Me dormí chupándome la mano como un chico.

El señor Ashok no quiso que lo llevara a ninguna parte el domingo por la mañana. Lavé los platos en la cocina, limpié la nevera y le dije:

—Me gustaría tomarme la mañana libre; señor.

—¿Por qué? —preguntó, bajando un poco el periódico—. Nunca me habías pedido una mañana entera libre. ¿Adónde vas?

«Y tú nunca me habías preguntado adónde iba cuando salía. ¿En qué te ha convertido esa señorita Urna?».

—Quiero pasar un rato con el chico, señor. En el zoo. He pensado que le gustará ver todos esos animales.

Él sonrió.

—Eres un buen hombre de familia, Balram, Ve y diviértete con el chico. —Y se puso a leer otra vez el periódico. Pero yo capté un brillo astuto en sus ojos antes de que se concentraran de nuevo en la letra impresa en inglés.

En cuanto salimos de Buckingham Towers Bloque B, le dije a Dharam que me esperase, volví atrás y me puse a vigilar la entrada del edificio. Al cabo de media hora, vi en el vestíbulo al señor Ashok. Un hombre bajo de tez oscura —un criado— había ido a verlo. Charlaron un rato y luego el hombre le hizo una reverencia y se fue. Tenían el aspecto de dos personas que acaban de cerrar un trato.

Volví a donde me esperaba Dharam.

—¡Vamos!

Tomamos el autobús hacia el Fuerte Viejo, que es donde se encuentra el Zoo Nacional. Mantuve todo el rato la mano sobre la cabeza de Dharam; él debió de tomárselo como un gesto afectuoso, pero era sólo para que la mano me dejase de temblar; me llevaba temblando toda la mañana, como la cola cortada de un lagarto.

El primer golpe lo daría yo. Todo estaba listo; nada podía fallar. Pero, como ya le he dicho, no soy un hombre valiente.

El autobús estaba abarrotado y tuvimos que permanecer de pie durante todo el trayecto. Sudábamos como cerdos. Se me había olvidado ya lo que era un autobús en verano. En un semáforo, se detuvo un Mercedes-Benz al lado del autobús. Tras la ventanilla, desde el refrescante interior de su huevo cerrado, el chófer nos sonrió. Tenía los dientes rojos.

Había una cola muy larga frente a la taquilla del zoo. Montones de familias que querían entrar, cosa que podía entender. Lo que me dejaba perplejo, en cambio, era la cantidad de parejas jóvenes que iban al zoo cogidas de la mano, soltando risitas, pellizcándose y echándose miraditas, como si aquél fuese un lugar romántico. Eso no tenía ningún sentido para mí.

Cada día, señor primer ministro, llegan miles de turistas a mi país con fines espirituales. Van al Himalaya, a Benarés, a Bodh Gaya. Adoptan extrañas posturas de yoga, fuman hachís, se follan a un sadhu o dos y creen que ya se han iluminado.

¡Ja!

Si ésa es la iluminación que habéis venido a buscar a la India, olvidaos del Ganges, olvidaos de los centros de espiritualidad: id directamente al Zoo Nacional, en el centro de Nueva Delhi.

Sobre las palmeras que había en mitad de un lago artificial, Dharam y yo vimos a varias cigüeñas de pico dorado que se lanzaban en picado al agua verde. Tenían trazos rosados en el plumaje de sus alas. En segundo término, se veían los muros derruidos del Fuerte Viejo.

Iqbal, aquel gran poeta, tenía razón. En cuanto reconoces lo que hay de hermoso en este mundo, dejas de ser un esclavo. ¡Al cuerno los naxalitas y sus fusiles traídos de China! Bastaría con enseñar a pintar a cada niño pobre: ése sería el final de los ricos en la India.

Me ocupé de que Dharam se fijara en el hermoso contorno de las ruinas del fuerte, en su ascenso y su caída, en el cielo azul que llenaba sus troneras y en el resplandor de aquellas viejas piedras al sol.

Caminamos durante media hora de jaula enjaula. El león y la leona estaban separados y no se hablaban, como una auténtica pareja de ciudad. El hipopótamo yacía en una enorme charca llena de lodo. Dharam quería hacer como los demás: tirarle una piedra al animal para que se moviera; pero yo le dije que eso sería una crueldad. Los hipopótamos se tumban en el lodo y no hacen nada. Está en su naturaleza.

Que los animales vivan como animales. Que los humanos vivan como humanos. Ésa es toda mi filosofía en una sola frase.

Le dije a Dharam que ya era hora de irse, pero él hacía muecas y me suplicaba.

—Cinco minutos, tío.

—Está bien, cinco minutos.

Llegamos a un recinto con barras de bambú y allí —entrevisto entre las barras mientras iba y venía de un lado a otro, siempre en línea recta— vimos un tigre.

No cualquier clase de tigre.

La criatura que sólo una vez en cada generación aparece en la jungla.

Lo observé caminar tras las barras de bambú. Las rayas negras y el pelaje blanco iluminado por el sol resplandecían entre los postes oscuros. Era como mirar a cámara lenta la cinta de una vieja película en blanco y negro. Recorría siempre la misma línea, una y otra vez; de una punta del recinto a la otra, donde se daba la vuelta y seguía, exactamente al mismo paso, como impulsado por un hechizo.

Caminando de esa manera, se hipnotizaba a sí mismo. Era el único modo que tenía de soportar aquella jaula.

De repente, dejó de moverse tras las barras de bambú. El tigre volvió su cara hacia la mía. Nuestros ojos se encontraron, como se habían encontrado tan a menudo los ojos de mi amo con los míos en el retrovisor.

Y entonces el tigre desapareció.

Noté un hormigueo desde la base de la columna hasta la ingle. Empezaron a temblarme las rodillas; me sentía ligero. Alguien dio un grito muy cerca.

—¡Tiene los ojos en blanco! ¡Se va a desmayar!

Traté de responderle a la chica:

—No es cierto, ¡no me estoy desmayando!

Intenté demostrarles a todos que me encontraba bien, pero las piernas me tallaban. El suelo temblaba bajo mis pies. En su interior, algo se iba abriendo paso hacia mí, Y entonces surgieron del barro unas garras y se me hundieron en la carne y me derribaron sobre la tierra oscura.

Mi último pensamiento, antes de que todo se volviera oscuro, fue que «ahora» comprendía los pellizcos y los arrebatos: ahora entendía por qué las parejas de enamorados venían al zoo.

Aquella noche, Dharam y yo nos sentamos en el suelo de mi habitación y desplegué ante él una hoja de color azul. Le puse un bolígrafo en las manos.

—Veamos si eres un buen escritor de cartas, Dharam. Quiero que le escribas a la abuela y le cuentes lo que ha pasado hoy en el zoo.

Él se puso a escribir lentamente con una letra muy bonita. Le habló de los hipopótamos, de los chimpancés y de los ciervos.

—Háblale del tigre.

Él vaciló; luego escribió: «Hemos visto un tigre en una jaula».

—Cuéntaselo todo.

Él me miró y escribió: «El tío Balram se ha desmayado frente a la jaula del tigre blanco».

—O mejor aún: te voy a dictar. Escribe.

Lo escribió todo durante diez minutos; tan rápido que al bolígrafo se le empezó a salir la tinta; se detuvo, limpió la punta con su pelo y prosiguió. Finalmente, leyó en voz alta lo que había escrito:

He pedido ayuda a la gente que había alrededor y hemos llevado al tío

junto a un baniano. Alguien le ha tirado agua en la cara. La buena gente lo

ha abofeteado con fuerza hasta que se ha despertado. Luego se han vuelto

hacia mí y me han dicho: «Tu tío está delirando. Se está despidiendo de su

abuela. Debe de creer que se va a morir aquí mismo». El tío ha abierto los

ojos. «¿Estás bien, tío?», le he preguntado. Él me ha cogido de la mano y me

ha dicho: «Perdón, perdón, perdón». Yo le he preguntado: «¿Perdón por

qué?». Y él ha dicho: «No puedo vivir el resto de mi vida en una jaula,

abuela. Lo siento». Hemos tomado el autobús hasta Gurgaon y hemos

almorzado en un salón de té. Hacía mucho calor y hemos sudado muchísimo.

Y eso es lo que ha pasado hoy.

—Ahora añade lo que tú quieras decirle y mañana se la envías en cuanto yo salga con el coche, pero no antes. ¿Me has entendido?

 

Estuvo lloviendo toda la mañana: una lluvia fina y persistente. Yo oía la lluvia, aunque no la veía. Fui al garaje, encendí una varilla de incienso en el Honda City, limpié los asientos, limpié las pegatinas y le di al ogro un puñetazo en la boca. Tiré un bulto cerca del asiento del conductor. Cerré las puertas.

Retrocedí dos pasos y le hice una reverencia al Honda City con las palmas juntas.

Fui a ver qué estaba haciendo Dharam. Parecía sentirse solo. Le hice un barco de papel y lo pusimos a navegar en el reguero de la alcantarilla que había fuera del bloque.

Después del almuerzo, llamé a Dharam a mi habitación.

Le puse las manos en los hombros; lentamente, le di la vuelta hasta que quedó de espaldas. Tiré una rupia al suelo.

—Agáchate y recógela.

Obedeció mientras yo observaba. Dharam se peinaba como el señor Ashok, con la raya en medio. Si lo miraba desde arriba, había una línea blanca bien definida que cruzaba su cuero cabelludo y desembocaba en ese punto de la coronilla desde el cual irradia el pelo de un hombre.

—Ponte de pie.

Le di la vuelta otra vez y tiré la moneda de nuevo.

—Recógela una vez más.

Observé aquel punto.

Le indiqué que se sentara en un rincón y que no me quitara los ojos de encima; luego me metí bajo el mosquitero, doblé las piernas, cerré los ojos, coloqué las manos en las rodillas e inspiré.

No sé cuánto rato pasé sentado como el Buda, pero seguí así hasta que un criado gritó que me reclamaban en la entrada. Abrí los ojos. Dharam seguía en su rincón mirándome.

—Ven aquí —dije. Le di un abrazo y le puse diez rupias en el bolsillo. Las necesitaría.

—¡Balram, deprisa! ¡El timbre suena enloquecido!

Fui a buscar el coche, puse la llave y arranqué. El señor Ashok esperaba en la entrada con un paraguas y con su móvil. Estaba hablando por teléfono cuando subió y cerró de un portazo.

—Aún no puedo creerlo. La gente de este país tenía la oportunidad de volver a situar en el poder a un partido eficiente y, en cambio, ha votado a la pandilla de matones más monstruosa que puedas imaginarte. No nos merecemos… —Dejó un instante el teléfono y me dijo—: Primero a la ciudad, Balram. Ya te diré dónde. —Y enseguida reanudó su conversación.

Las calles estaban resbaladizas de agua y barro. Yo conducía despacio.

—… democracia parlamentaria, padre. Y por esa sencilla razón nunca nos pondremos al nivel de China.

La primera parada la hicimos en la ciudad, en uno de los bancos de costumbre. Bajó con el maletín rojo; lo observé mientras entraba en la cabina y se ponía a pulsar los botones del cajero automático. Cuando regresó, noté que el peso del maletín sobre el asiento había aumentado. Fuimos de banco en banco y el peso del maletín rojo siguió creciendo. Yo sentía que aumentaba su presión en mis riñones, como si estuviese cargando con el señor Ashok y con su maletín no en un coche, sino tal como mi padre llevaba a sus clientes: en un rickshaw.

Setecientas mil rupias.

Lo suficiente para una casa. Para una moto. Para una pequeña tienda. Para una nueva vida.

«Mis» setecientas mil rupias.

—Ahora al Sheraton, Balram.

—Sí, señor.

Giré la llave, encendí el motor, puse primera. Arrancamos.

—Pon un poco de Sting, Balram. No muy alto.

—Sí, señor.

Puse el CD. Sonó la voz de Sting. El coche tomó velocidad. Al poco rato, pasamos junto a la famosa estatua de Gandhi guiando a sus seguidores desde la oscuridad hacia la luz.

Ahora la calle se fue vaciando. La lluvia seguía cayendo con suavidad. Si continuábamos por allí llegaríamos directamente al hotel: el más grande de todos en la capital de mi país, el sitio donde los jefes de Estado, como usted mismo, se alojan siempre cuando vienen de visita. Pero Delhi es una ciudad donde la civilización puede aparecer y desaparecer en cinco minutos. En aquel preciso momento no teníamos a uno y otro lado más que terrenos baldíos y basurales.

Vi por el retrovisor que él sólo tenía ojos para su teléfono móvil. El resplandor azul del aparato le iluminaba la cara. Sin levantar la vista, me preguntó:

—¿Qué pasa, Balram? ¿Por qué nos paramos?

Toqué las pegatinas magnéticas de la diosa Kali para que me dieran suerte y abrí la guantera. Allí estaba, la botella rota con sus garras de vidrio.

—Algo pasa con la rueda, señor. Deme un par de minutos.

Antes de que yo la tocara siquiera —lo juro—, la puerta del coche se abrió. Salí a la lluvia.

Había lodo negro y pegajoso por todas partes. Tras sortear unos charcos, fui a agazaparme junto a la rueda trasera izquierda, que quedaba oculta por el chasis del coche y no podía verse desde la calle. A un lado había una buena mata de arbustos y, más allá, un trecho de tierra baldía.

Nunca habías visto esta calle tan vacía. Podrías jurar que todo ha sido dispuesto especialmente para ti.

La única luz que se veía en el interior del coche era el resplandor azul de su teléfono móvil. Di unos golpecitos con el dedo en su ventanilla. Él se volvió sin bajar el cristal.

—Hay un problema, señor —dije moviendo mucho los labios.

Él siguió sin bajar el cristal; ni mucho menos salió del coche. Estaba jugando con su móvil, apretando botones muy sonriente. Debía de estar mandándole un mensaje a la señorita Urna.

Mis labios, pegados al cristal mojado, dibujaron una sonrisa.

Él dejó un momento el teléfono. Ahora golpeé el cristal con el puño. Abrió la ventanilla por fin con una expresión de disgusto. Desde el interior del coche me llegó la voz suave de Sting.

—¿Qué ocurre, Balram?

—¿Podría bajar, señor? Hay un problema.

—¿Qué problema?

¡Su cuerpo se negaba a moverse! Sabía. Su cuerpo sabía, aunque su mente fuese demasiado estúpida para entenderlo.

—La rueda, señor. Voy a necesitar su ayuda. Se ha atascado en el lodo.

Justo en ese momento unos faros me iluminaron: un coche venía calle abajo. El corazón me dio un vuelco. Pero el coche pasó de largo, salpicándome agua en los pies.

Él puso la mano en la puerta; estaba a punto de bajarse, pero el instinto de supervivencia todavía lo retenía.

—Está lloviendo, Balram. ¿No tendríamos que pedir ayuda?

Se echó atrás y se apartó de la puerta.

—No, señor. Confíe en mí. Salga.

Continuaba retrayéndose: su cuerpo se mantenía lo más lejos que podía de mí. «Se me está escapando», pensé, y eso me obligó a hacer algo por lo que sabía que me odiaría a mí mismo, incluso años después. Realmente no quería hacerlo, no quería que pensara, ni siquiera en los dos o tres minutos que le quedaban de vida, que yo era de esa clase de chóferes: de los que recurren al chantaje con su amo. Pero no me dejaba elección.

—Me ha venido dando problemas desde aquella noche en la que fuimos al hotel de Jangpura.

Levantó la vista del móvil en el acto.

—Aquél con el gran neón en forma de «T». ¿Se acuerda, señor? Desde aquella noche, este coche no ha sido el mismo.

Despegó los labios y volvió a cerrarlos. Está pensando: «¿Es chantaje? ¿O sólo una alusión inocente al pasado?». No le des tiempo para pensar.

—Salga del coche, señor. Confíe en mí.

Tras dejar el móvil en el asiento, me obedeció. La luz azul del teléfono inundó el interior del coche durante un segundo. Luego se apagó.

Él abrió la puerta más alejada de mí y salió por el lado de la calle. Me arrodillé y me escondí detrás del coche.

—Venga aquí, señor. Es el neumático de este lado.

Se acercó, mirando dónde ponía los pies sobre el lodo.

—Es éste, señor. Y vaya con cuidado, hay una botella rota en el suelo. —Había tanta basura en la cuneta que parecía del todo normal ver la botella allí.

—Espere, voy a tirarla más lejos. Éste es el neumático, señor. Haga el favor de echarle un vistazo.

Se acuclilló. Yo me alcé sobre él con la botella oculta a mi espalda.

Su cabeza era como una bola negra ahí abajo. Y en medio de la negrura, distinguí una delgada línea blanca de cuero cabelludo entre el pelo limpiamente dividido, que, como una raya pintada en la autopista, conducía a la coronilla: a ese punto del cráneo desde el cual irradia el pelo de un hombre.

La bola negra se movió; con una mueca en la cara y protegiéndose los ojos de la lluvia, levantó la vista hacia mí.

—Parece estar bien.

Me quedé inmóvil, como un chico pillado in fraganti por su profesor. Pensé: «Ese cerebro suyo de señor se ha dado cuenta. Se va a poner de píe y me va a pegar en la cara».

Pero ¿de qué sirve ganar una batalla cuando ni siquiera sabes que hay una guerra en marcha?

—Bueno, tú conoces mejor este coche que yo, Balram. Déjame echarle otro vistazo.

Y examinó otra vez el neumático. Volvió a surgir ante mí la negra autopista con aquellas rayas blancas que conducían a la coronilla.

—Sí que hay un problema, señor. Tendría que haberse buscado un repuesto hace tiempo.

—Está bien, Balram. —Tocó el neumático—. Pero realmente creo que podemos…

Arremetí con la botella. El vidrio se hincó en el hueso. Golpeé tres veces en plena coronilla hasta aplastar el cráneo y llegar al cerebro. Una buena botella, la de Johnnie Walker Etiqueta Negra; una botella muy dura. Su precio está justificado.

El cuerpo aturdido cayó en el lodo. Le salió de los labios un sonido sibilante, como el aire escapándose de un neumático.

Yo caí al suelo. Me temblaba la mano, la botella se me resbaló y tuve que recogerla con la mano izquierda. Aquella cosa de labios sibilantes se puso a gatas y empezó a moverse en círculo, como buscando a alguien que había de protegerla.

¿Por qué no lo amordacé y lo dejé aturdido y medio inconsciente entre los arbustos, donde no habría sido capaz de hacer nada durante horas, mientras yo me daba a la fuga? Buena pregunta; he pensado en ella muchas noches, aquí, sentado frente a mi escritorio, mirando la araña del techo.

La primera respuesta posible es que podía recuperarse, quitarse la mordaza y llamar a la Policía. Así que tenía que matarlo.

La segunda respuesta posible es que su familia iba a hacerle a la mía cosas igualmente terribles: me estaba tomando mi revancha por adelantado.

Prefiero la segunda respuesta.

Puse un pie en la espalda de la cosa reptante y la aplasté contra el suelo. Me arrodillé, para situarme a la altura adecuada para lo que venía a continuación. Le di la vuelta al cuerpo, para que quedase de cara. Le clavé la rodilla en el pecho; le desabroché el botón del cuello y pasé la mano por las clavículas para localizar el punto exacto.

En Laxmangarh, cuando yo era niño y solía jugar con el cuerpo de mi padre, la zona de unión entre el pecho y el cuello, ese sitio donde todos los tendones y las venas sobresalen bajo la piel, era mi punto favorito. Cuando ponía el dedo allí, en el hueco de su cuello, lo tenía en mis manos: podía hacer que dejase de respirar simplemente apretando con un dedo.

El hijo del Cigüeña abrió los ojos: justo cuando le perforaba el cuello y su sangre empezaba a chorrear sobre mis ojos.

Me quedé cegado, me convertí en un hombre libre.

Cuando me saqué la sangre de los ojos, todo había terminado para el señor Ashok. La sangre le salía bastante deprisa del cuello. Creo que los musulmanes matan así a los pollos.

Aunque desde luego la tuberculosis es una manera mucho peor de irse, se lo aseguro.

Después de arrastrar el cuerpo hasta los arbustos, hundí las manos y la cara en un charco de agua y mugre. Recogí el bulto de ropa que había dejado a los pies de mi asiento —la camiseta de algodón blanca, aquélla sin adornos ni dibujos, salvo una palabra en inglés— y me la puse.

Busqué la caja dorada de pañuelos y me sequé la cara y las manos. Saqué todas las pegatinas de la diosa y las arrojé sobre el cuerpo del señor Ashok: por si le servían de ayuda a su alma para ir al Cielo.

Subí al coche, giré la llave y apreté el acelerador para hacer con el Honda City — el mejor de los coches y el más fiel de los cómplices— un último trayecto. Como no había nadie más en el coche, tanteé con la mano izquierda para apagar la música de Sting. Enseguida me detuve y me relajé.

De ahora en adelante podría escuchar música tanto rato como quisiera.

En la estación de tren, tres minutos más tarde, las ruedas coloreadas de las máquinas de la fortuna centelleaban. Me detuve frente a ellas, contemplando su resplandor y sus remolinos, y preguntándome: «¿Debería volver y llevarme a Dharam?».

Si lo dejaba allí, seguro que la Policía lo detendría en calidad de cómplice. Lo encerrarían en una celda con un puñado de tipos enloquecidos…, y ya sabe usted, señor, lo que les ocurre a los chicos cuando los meten en esa clase de antros.

Por otra parte, si hacía ahora todo el trayecto hasta Gurgaon, alguien podía descubrir el cadáver y, entonces, todo aquello (apreté con más fuerza el maletín) habría sido para nada.

Me acuclillé en el suelo de la estación, abrumado de dudas. Oí un chillido a mi izquierda y vi un cubo de plástico que se tambaleaba como si estuviera vivo; desde su interior, asomó un rostro negro y sonriente.

Era un crío, casi un bebé. Estaba entre un hombre y una mujer: dos vagabundos cubiertos de mugre, que miraban a lo lejos con expresión vacía. Entre sus padres exhaustos, aquel pequeñín se lo estaba pasando en grande jugando con el agua y salpicando a la gente.

—¡No lo hagas, pequeño! —le dije.

Él siguió salpicando y chillando de placer cada vez que me alcanzaba. Alcé la mano. Él se agachó en el interior del cubo y continuó disparando desde allí dentro.

Me llevé las manos a los bolsillos, busqué una moneda de una rupia (comprobé que no era de dos rupias) y la lancé rodando hacia el cubo.

Luego suspiré, me puse de pie, me maldije a mí mismo y salí de la estación.

Tu día de suerte, Dharam.