Tigre blanco
La quinta noche
Señor Jiabao.
Señor.
Cuando venga usted aquí, le dirán que nosotros, los indios, lo inventamos todo — desde Internet hasta el huevo duro y las naves espaciales—, antes de que llegasen los británicos y nos lo robaran todo.
Tonterías. El mayor invento que ha salido de este país en sus diez mil años de historia es la jaula de gallinas.
Vaya usted a la Vieja Delhi, detrás del Jama Masjid, y observe cómo las tienen en el mercado. Cientos de pálidas gallinas y de gallos de colores vistosos, metidos a presión enjaulas de tela metálica, apretujados tan estrechamente como las lombrices en el intestino, dándose picotazos y cagándose unos encima de otros mientras forcejean para poder respirar. La jaula despide un hedor espantoso; el hedor de la carne aterrada. En el mostrador de madera, por encima de la jaula, verá sentado a un joven carnicero que exhibe con una gran sonrisa la carne y los despojos —aún relucientes, con una capa de sangre oscura— de una gallina recién troceada. Los gallos de la jaula huelen la sangre por encima de sus cabezas. Ven expuestos a su alrededor los órganos de sus hermanos. Saben que ellos serán los siguientes. Y sin embargo, no hacen nada para rebelarse. No intentan escapar de la jaula.
Exactamente lo mismo se hace en este país con los seres humanos.
Observe las calles de Delhi por las tardes; no tardará usted en ver a un hombre con un ciclo-rickshaw, arrastrando a fuerza de pedales una cama gigantesca o una mesa que ha atado firmemente a su carrito. Ese hombre, el repartidor, entrega muebles a domicilio todos los días. Una cama cuesta cinco mil rupias, quizá seis mil. Añádale las sillas y la mesita de café y nos vamos a las diez mil o quince mil. Ese pobre hombre, que se presenta con su ciclo-rickshaw y le trae la cama, la mesa y las sillas, debe sacarse quinientas rupias al mes. Descarga los muebles, se los coloca y usted le entrega el dinero en metálico: un fajo de billetes del tamaño de un ladrillo. Él se lo mete en el bolsillo, o en la camisa, o entre su ropa interior, y regresa pedaleando para darle el dinero a su jefe… ¡sin tocar una sola rupia! Tiene el sueldo de uno o dos años en sus manos y no se queda ni una sola rupia.
Cada día hay algún chófer que cruza las calles de Delhi sin ningún pasajero: sólo con un maletín negro en el asiento de atrás. En ese maletín hay un millón o tal vez dos millones de rupias: más dinero del que ese chófer verá en toda su vida. Si se lo quedara podría irse a América, a Australia, a cualquier parte, y empezar una nueva vida. Podría entrar en los hoteles de cinco estrellas con los que ha soñado toda su vida y que sólo ha visto desde fuera. Podría llevar a su familia a Goa, a Inglaterra. Y sin embargo, lleva el maletín a donde su amo le ha dicho. Lo deja donde debe y no toca una rupia. ¿Por qué?
¿Quizá porque los indios, tal como le informará el folleto del primer ministro, son la gente más honrada del mundo?
No, Porque el 99,9 por ciento de nosotros estamos atrapados en la Jaula igual que esas pobres criaturas del mercado.
La Jaula Gallinero no siempre funciona con sumas minúsculas. No ponga usted a prueba a su chófer con una rupia o dos. Quizá llegue a robar esa cantidad. Pero deje un millón de dólares al alcance de un criado y no tocará un céntimo. Haga la prueba. Deje un maletín negro con un millón de dólares en un taxi de Bombay. El taxista llamará a la Policía y devolverá el dinero antes de terminar el día. Se lo garantizo. (Que la Policía se lo entregue a usted o no, ¡eso ya es otra historia, señor!). En este país, los amos ponen diamantes en manos de sus criados con total confianza. Es cierto. Cada noche, en el tren que sale de Surat, donde funciona el centro más importante del mundo en tratamiento de diamantes, los criados de los comerciantes llevan maletines llenos de diamantes recién tallados que deben entregar en Bombay. ¿Por qué uno de tales criados no se queda con el maletín? Ese tipo no es Gandhi; es humano como usted y como yo. Pero está metido en la Jaula. La confianza que puede depositarse en los criados es la base de toda la economía india.
La Gran Jaula Gallinero india. ¿Tienen ustedes algo parecido en China? Lo dudo, señor Jiabao. De lo contrario, no necesitarían al Partido Comunista para andar disparando a sus ciudadanos ni tampoco que la Policía secreta hiciera redadas por las noches y los metiera en la cárcel, como he oído que hacen ustedes. Aquí, en la India, no tenemos ninguna dictadura. Tampoco, Policía secreta.
Y la razón de ello es que tenemos la Jaula.
Nunca en la historia de la humanidad le han debido tanto unos pocos a tanta gente, señor Jiabao. Un puñado de hombres han adiestrado en este país al otro 99,9 por ciento —gente tan fuerte, tan dotada y tan inteligente como ellos— para que permanezca en un estado de perpetua servidumbre. Una servidumbre tan férrea que usted puede ponerle a un hombre en las manos la llave de su emancipación y él se la arrojará otra vez con una maldición.
Tendrá que venir aquí y verlo por sí mismo para poder creerlo. Cada día millones de personas se levantan al alba, se apretujan en autobuses mugrientos, llegan a las lujosas mansiones de sus amos y, una vez allí, friegan los suelos, lavan los platos, quitan las malas hierbas del jardín, dan de comer a sus hijos, les hacen masajes en los pies…, todo por una auténtica miseria. Yo nunca envidiaré a los ricos de América o de Inglaterra, señor Jiabao. Allí no tienen criados. Ellos no pueden hacerse una idea de lo que es la buena vida.
Un hombre racional como usted, señor primer ministro, debería plantear dos preguntas.
¿Por qué funciona la Jaula Gallinero? ¿Por qué logra atrapar a tantos millones de hombres y mujeres de un modo tan eficaz?
Segunda: ¿es posible que un hombre escape de la Jaula? ¿Qué pasaría si un chófer, pongamos por caso, se quedase el dinero de su amo y huyera? ¿Cómo sería su vida?
Se las voy a contestar las dos, señor.
La respuesta a la primera pregunta es que el orgullo y la gloria de nuestra nación, el depósito de todo nuestro amor y sacrificio, así como el tema central de una gran parte del folleto que nuestro primer ministro le entregará…, es decir, la familia india, constituye la explicación de que estemos atrapados y encerrados irremisiblemente en esa jaula.
La respuesta a la segunda pregunta es que sólo un hombre dispuesto a ver a su familia destruida —acosada, molida a palos y quemada viva por sus amos—, se halla capacitado para escapar de la jaula. Sería necesario no un ser humano normal, sino un monstruo, una perversión de la naturaleza.
Sería necesario, en efecto, un Tigre blanco. Está escuchando usted, señor, la historia de un empresario social.
Volvamos a mi historia.
En el zoo de Nueva Delhi, cerca de la jaula del tigre blanco, hay un cartel que dice:«IMAGÍNESE QUE ESTUVIERA USTED EN LA JAULA».
Cuando vi ese cartel, pensé: «Soy capaz de imaginármelo. Sin ningún problema».
Durante un día entero permanecí allá abajo, en mi lóbrega habitación, sentado bajo el mosquitero con las piernas pegadas al pecho y demasiado aterrorizado para moverme de allí. Nadie me llamó para que lo llevara en coche. Nadie bajó a verme.
Mi suerte estaba echada. Iba a ir a la cárcel por un asesinato que no había cometido. Estaba muerto de miedo y, no obstante, la idea de huir ni siquiera se me pasó por la cabeza. Tampoco se me ocurrió pensar: «Le contaré al juez la verdad». No. Estaba atrapado en la Jaula.
¿Cómo sería la cárcel? Eso era lo único en lo que podía pensar. ¿Qué clase de estrategia debería seguir para librarme de los tipos enormes, sucios y peludos que habría de encontrarme allí?
Me acordé de una historia de El asesinato semanal en la que un hombre enviado a prisión simula que tiene el sida para que no lo sodomicen. ¿Dónde estaría ese ejemplar de la revista? Si lo tuviera a mano, podría aprenderme sus palabras exactas y sus gestos. Aunque si decía que tenía el sida, ¿no darían ellos por supuesto que era un profesional y me sodomizarían aún más?
Estaba atrapado. A través de los orificios de la red, observaba las impresiones que había dejado en la pared aquella mano anónima que había aplicado la capa de yeso.
—¡Palurdo!
Labios de Vitíligo había aparecido en el umbral.
—Tu jefe está llamando al timbre como si se hubiera vuelto loco.
Yo apoyé la cabeza en la almohada.
Él entró y pegó su rostro oscuro y sus labios rosados a la tela del mosquitero.
—¿Estás enfermo, palurdo? ¿Es tifus? ¿Cólera? ¿Dengue?
Meneé la cabeza.
—Estoy bien.
—Me alegra oírlo.
Salió de la habitación con una sonrisa en sus labios enfermos.
Subí como quien sube al cadalso: primero las escaleras que llevaban al edificio, luego el ascensor hasta la planta trece.
Me abrió el Mangosta. Esta vez no había ninguna sonrisa en su rostro. Ni el menor indicio de lo que tenía pensado para mí.
—Te lo has tomado con calma. Mi padre está aquí. Quiere hablar contigo.
El corazón se me aceleró. ¡Había venido el Cigüeña! ¡Él me salvaría! Él no era un inútil como sus dos hijos, sino un amo de la vieja escuela. Sabía cómo proteger a sus criados.
Estaba en el sofá, con sus pálidas piernas extendidas. En cuanto me vio, su rostro se distendió en una amplia sonrisa y yo pensé: «¡Sonríe porque me ha salvado!». Pero el anciano señor no pensaba en mí para nada. Ah, no, él tenía en la cabeza otras cosas mucho más importantes que mi vida. Y se apresuró a señalármelas.
—Ay, Balram, mis pies se mueren por un buen masaje. El viaje en tren ha sido muy largo.
Me temblaba la mano mientras abría el grifo de agua caliente del baño. El agua salió disparada y me salpicó las piernas y, al bajar la vista, vi que casi me bailaban del tembleque. Un hilo de orina me bajaba por los muslos.
Un minuto más tarde, me acerqué al Cigüeña con una gran sonrisa y le puse delante el cubo de agua caliente.
—Meta los pies, señor.
—¡Uf! —exclamó, cerrando los ojos. Despegó los labios y empezó a soltar gemidos. Y el sonido de aquellos gemidos, señor, me inducía a apretarle los pies cada vez con más fuerza. Mi cuerpo se balanceaba al hacerlo y mi cabeza chocaba con sus rodillas.
El Mangosta y el señor Ashok estaban frente a la pantalla del televisor, jugando a un juego de ordenador.
Entonces se abrió la puerta del dormitorio y apareció la señora Pinky. No llevaba maquillaje y su cara era todo un poema: tenía cercos oscuros bajo los ojos y la frente llena de arrugas. Nada más verme, reaccionó con gran excitación.
—¿Se lo habéis dicho al chófer?
El Cigüeña no dijo nada. El señor Ashok y el Mangosta siguieron jugando.
—¿Es que nadie se lo ha dicho? ¡Vaya un chiste de mierda! ¡Es él el que iba a ir a la cárcel!
—Me imagino que deberíamos decírselo —dijo el señor Ashok, echándole una mirada a su hermano, que seguía con los ojos fijos en la pantalla.
—Muy bien —dijo el Mangosta.
El señor Ashok se volvió hacia mí.
—Tenemos un contacto en la Policía. Nos ha dicho que nadie se ha presentado diciendo que había presenciado un accidente. O sea, que tu ayuda no va a ser necesaria, Balram.
Sentí un alivio tan tremendo que hice un movimiento brusco y volqué el cubo de agua caliente; me apresuré, gateando, a ponerlo de pie. El Cigüeña abrió los ojos, me dio con la mano en la cabeza y volvió a cerrar los ojos.
La señora Pinky observaba la escena; su rostro se había transformado. Corrió a su habitación y cerró de un portazo. (¿Quién habría adivinado, señor Jiabao, que esa dama de las faldas minúsculas sería la única de toda la familia con un poco de conciencia?).
El Cigüeña la miró mientras ella se metía en su habitación.
—Se ha vuelto loca esta mujer —dijo—. Pretender localizar a la familia de la criatura para darles una compensación… Vaya disparate. Ni que fuéramos unos asesinos. —Miró con severidad al señor Ashok—. Tienes que aprender a controlar a esa esposa tuya, hijo. Como hacemos en el pueblo.
Me dio un golpecito en la cabeza.
—El agua se ha enfriado.
Durante los tres días siguientes, le masajeé los pies cada mañana. Un día se levantó con dolor de estómago y el Mangosta me ordenó que lo llevara al Max, que es uno de los hospitales privados más famosos de Delhi, Me quedé fuera mientras el Mangosta y el viejo entraban en aquel hermoso y enorme edificio de cristal. Iban y venían médicos con largas batas blancas y estetoscopio en el bolsillo. Al atisbar desde el exterior, vi que el vestíbulo estaba tan reluciente como el de un hotel de cinco estrellas.
Al otro día de la visita al hospital, llevé al Cigüeña y al Mangosta a la estación, les compré un poco de comida para el viaje y aguardé a que saliera el tren. Luego volví a casa con el coche, lo lavé de arriba abajo, fui a un templo de Hanuman que quedaba cerca para orar y dar gracias, volví a mi habitación y me desplomé bajo el mosquitero, agotado.
Cuando desperté había alguien en la habitación, encendiendo y apagando la luz.
Era la señora Pinky.
—Prepárate. Vas a llevarme en el coche.
—Sí, señora —dije, frotándome los ojos—. ¿Qué hora es?
Ella se llevó un dedo a los labios.
Me puse la camisa, fui a sacar el coche y lo llevé hasta la entrada del edificio. Ella tenía una maleta en la mano.
—¿Adonde? —pregunté. Eran las dos de la madrugada.
Me lo dijo.
—¿No viene el señor? —pregunté.
—Tú conduce.
La llevé al aeropuerto sin hacer más preguntas.
Cuando se bajó, me metió por la ventanilla un sobre marrón, cerró de un portazo la puerta trasera y se marchó.
Así fue, Excelencia, como llegó a su fin el matrimonio de mi ex patrón.
Otros conductores utilizan técnicas para prolongar el matrimonio de sus amos. Uno de ellos me contó que siempre que la pelea se ponía fea, él conducía más deprisa, para que llegaran cuanto antes a casa; y que siempre que se ponían románticos, iba más despacio. Si se daban gritos, les preguntaba cómo se iba a tal o cual sitio; si se besaban, subía la música. No puedo dejar de sentir que una parte de la culpa recae en mí, por el hecho de que su matrimonio se rompiera mientras yo era su chófer.
A la mañana siguiente, el señor Ashok me llamó para que subiera. Abrió en cuanto llamé y, agarrándome del cuello de la camisa, me arrastró hacia dentro.
—¿Por qué no me has avisado? —dijo, tirándome con fuerza de la camisa y casi ahogándome—. ¿Por qué no me has despertado enseguida?
—Señor…, ella dijo…, ella dijo…
Me agarró y me empujó hacia el balcón. A fin de cuentas, el señor que llevaba dentro no estaba muerto del todo.
—¿Por qué la has llevado allí, hijo de perra?
Giré la cabeza y vi a mi espalda todas las torres relucientes y los centros comerciales de Gurgaon.
—¿Es que querías arruinar la reputación de mi familia?
Me empujó con fuerza contra la baranda. Ahora tenía la cabeza y medio cuerpo fuera; si me empujaba un poco más corría el peligro de precipitarme al vacío. Con las dos piernas a la vez, le di un golpe en el pecho; él retrocedió tambaleándose y se dio contra la puerta corredera del balcón. Me dejé resbalar contra la baranda hasta quedarme en cuclillas; él se sentó y se apoyó en la puerta de cristal. Los dos jadeábamos.
—¡No puede echarme la culpa, señor! —grité—. ¡Yo nunca he oído que una mujer abandone para siempre a su marido! Bueno, sí, en la televisión, pero no en la vida real. Me limite a hacer lo que ella me dijo.
Un cuervo se posó en la baranda y soltó un graznido. Los dos nos volvimos a mirarlo. Y entonces se le pasó el ataque. Se cubrió la cara con las manos y empezó a sollozar.
Bajé corriendo a mi habitación. Me metí bajo el mosquitero y me senté en la cama. Conté hasta diez para asegurarme de que no me había seguido; busqué debajo de la cama, saqué el sobre marrón y volví a abrirlo.
Estaba lleno de billetes de cien rupias.
Cuarenta y siete.
Volví a meter el sobre debajo de la cama. Alguien venía hacia allí. Aparecieron cuatro chóferes.
—Cuéntanos, palurdo.
Tomaron posiciones a mi alrededor.
—¿Contaros, qué?
—El guarda se ha ido de la lengua. Aquí no hay secretos que valgan. Has llevado a la mujer a algún sitio esta noche y has vuelto solo. ¿Es que lo ha abandonado?
—No sé de qué estás hablando.
—Sabemos que se peleaban, palurdo. Y tú la has llevado a alguna parte esta noche. ¿Al aeropuerto? Se ha ido, ¿no? Un divorcio. Hoy en día todos los ricos se divorcian de su mujer. Estos ricos… —Meneó la cabeza y torció los labios en una mueca de desdén, mostrándome unos caninos rojos de paan y medio podridos—. No respetan a Dios, ni al matrimonio ni a la familia. No respetan nada.
—Ella salió a tomar el fresco. Y luego volví a traerla. Ese guarda está ciego.
—Leal hasta el final… Ya no hay criados como tú.
Aguardé toda la mañana a que sonase el timbre. En vano. A mediodía subí a la planta trece, llamé al timbre y esperé. Me abrió con los ojos enrojecidos.
—¿Qué pasa?
—Nada, señor. He venido… a preparar el almuerzo.
—No hace falta. —Pensé que se disculparía por haber estado a punto de matarme, pero de eso no dijo una palabra.
—Tiene usted que comer, señor. No es bueno para su salud pasar hambre… Por favor, señor.
Con un suspiro, me dejó pasar.
Ahora que ella se había ido, sabía que mi deber era ser para él como una esposa. Tenía que asegurarme de que comiera bien, de que durmiera bien y de que no adelgazara. Le preparé el almuerzo, se lo serví y limpié el apartamento. Luego bajé y esperé a que sonara el timbre. A las ocho de la noche, volví a subir. Escuché con el oído pegado a la puerta.
Nada. Ni un ruido.
Llamé. Nadie respondió. Era evidente que no podía haber salido. Yo era su conductor, al fin y al cabo. ¿Adónde iba a ir sin mí?
Entonces vi que la puerta estaba abierta y entré.
Mi jefe yacía bajo la foto enmarcada de los dos perros pomerania, con los ojos cerrados y una botella sobre la mesita de caoba que tenía al lado.
Husmeé la botella. Whisky. Se lo había bebido casi todo. Me la puse en los labios y apuré las últimas gotas.
—Señor —dije. Pero él no se despertó. Lo sacudí. Le di una bofetada. Él se relamió y se sorbió los dientes. Ya se estaba despertando, pero le di otra bofetada de todos modos.
(Una tradición clásica entre criados: abofetear al amo mientras está dormido. Como saltar sobre los almohadones cuando los patrones han salido. Como orinarse en sus plantas. Como apalear o darles una patada a sus perros. Inocentes placeres de criado).
Lo arrastré hasta su dormitorio, lo cubrí con una manta, apagué las luces y bajé al sótano.
No habría ninguna salida aquella noche, de modo que me dirigí a la licorería inglesa Action. Tenía aún en la nariz el aroma del whisky del señor Ashok.
A la noche siguiente, ocurrió lo mismo.
A la tercera noche, lo encontré borracho pero despierto.
—Llévame en coche —me dijo—. A donde quieras. A los centros comerciales. A los hoteles. A donde sea.
Lo paseé por los hoteles y los centros comerciales de Gurgaon, y él permaneció tirado en el asiento de atrás sin hablar siquiera por teléfono. Ni una sola vez.
Cuando la vida del amo se vuelve un caos, lo mismo ocurre con la del criado. Yo pensaba: «Quizás ha acabado asqueado de Delhi. ¿Se volverá a Dhanbad? ¿Y qué pasará entonces conmigo?». Se me revolvía el estómago. Pensé que me iba a cagar allí mismo, sobre el asiento y la caja de cambios.
—Para el coche —me dijo.
Abrió la puerta y, llevándose la mano al estómago, se inclinó y vomitó en el suelo. Yo le sequé la cara con la mano y le ayudé a sentarse en la cuneta. El tráfico rugía a nuestro lado. Le di unas palmadas en la espalda.
—Está bebiendo demasiado, señor.
—¿Por qué beben los hombres, Balram?
—No lo sé, señor.
—Claro, los de vuestra casta no… Te lo voy a decir, Balram. Los hombres beben porque están hartos de vivir. Yo creía que la casta y la religión ya no importaban en el mundo actual. Mi padre me dijo: «No te cases con ella. Ella es de otra…». Y yo…
El señor Ashok volvió la cabeza a un lado y yo le froté la espalda, creyendo que iba a vomitar de nuevo, pero el acceso se le pasó enseguida.
—A veces me lo pregunto, Balram. Me pregunto qué sentido tiene vivir. Me lo pregunto realmente…
«¿Qué sentido? —A mí se me aceleró el pulso—. El sentido que tiene es que si se muere usted, ¿quién me va a pagar a mí tres mil quinientas rupias al mes?».
—Ha de creer usted en Dios, señor. Ha de seguir adelante. Mi abuela dice que si crees en Dios suceden cosas buenas.
—Eso es cierto, es cierto. Hemos de creer —dijo con un sollozo.
—Había una vez un hombre que dejó de creer en Dios. ¿Y sabe qué le pasó?
—¿Qué?
—Que su búfalo se murió de repente.
—Ya veo. —Se echó a reír—. Ya veo.
—Sí, señor. Ocurrió. Al día siguiente, dijo: «Dios, te pido perdón, creo en Ti». ¿Y adivina usted lo que pasó?
—¿Que su búfalo resucitó?
—¡Exacto!
Se echó a reír de nuevo. Le conté otra historia y aún le hice reír un poco más.
¿Habrá existido alguna vez una relación amo-criado como aquélla? Él estaba tan indefenso, tan perdido, que mi corazón por fuerza había de derretirse. Todo el rencor que le guardaba por haber intentado endilgarme el atropello se me pasó esa noche. Aquello había sido culpa de ella. El señor Ashok no tenía nada que ver. Yo le perdonaba del todo.
Le hablé de la sabiduría de mi pueblo, repitiendo cosas que recordaba haberle oído a mi abuela e inventando otras sobre la marcha, y él asentía todo el rato. Era una escena que recordaba a ese pasaje del Bhagavad Gita en el cual nuestro señor Krishna —otro de los chóferes famosos de la historia— detiene el carro que conduce y le da a su pasajero algunos consejos excelentes sobre la vida y la muerte. Como Krishna, yo filosofe, bromeé e incluso canté una canción; todo para que el señor Ashok se sintiese mejor.
«¡Qué niño! —me dije, frotándole la espalda, mientras le entraban arcadas y vomitaba otra vez—. ¡Qué niño grande y patético!».
Le sequé el vómito de los labios con la mano y lo arrullé con palabras consoladoras. Se me encogía el corazón al verlo sufrir de aquel modo. Pero dónde acababa mi preocupación por él y dónde empezaba mi propio interés, eso no habría sabido decirlo. Ningún criado puede llegar a decir cuáles son los móviles de su corazón.
¿Aborrecemos a nuestros amos bajo una fachada de amor, o los amamos bajo una fachada de aborrecimiento?
Nos hemos convertido en un misterio para nosotros mismos a causa de la jaula en la que estamos encerrados.
Al día siguiente, fui a un templo en Gurgaon. Deposité una rupia ante los dos pares de culos divinos que tenían allí su asiento y recé para que la señora Pinky y el señor Ashok volvieran a reunirse y disfrutaran juntos de una vida larga y feliz en Delhi.
Pasó toda una semana así; luego, el Mangosta vino de Dhanbad y el señor Ashok y yo fuimos a la estación a recogerlo.
En cuanto llegó, todo cambió para mí. La intimidad entre el señor Ashok y yo se había terminado.
Ahora, de nuevo, yo era sólo el conductor; sólo un criado que escucha subrepticiamente las conversaciones.
—Hablé anoche con ella. No piensa volver a la India. Sus padres están de acuerdo con su decisión. Esto sólo puede terminar de una manera.
—No te preocupes, Ashok. No importa. Y no vuelvas a llamarla. Yo me ocuparé de todo desde Dhanbad. Si arma alboroto reclamando tu dinero, sacaré a relucir con mucha delicadeza el asunto del atropello…, ¿entiendes?
—No es el dinero lo que me preocupa, Mukesh…
—Ya, ya.
El Mangosta le puso la mano en el hombro, del mismo modo que Kishan me la había puesto a mí tantas veces.
Estábamos cruzando un barrio miserable: una serie de esas tiendas improvisadas en las que se instalan los trabajadores de una construcción. El Mangosta iba diciendo algo, pero el señor Ashok no le prestaba la más mínima atención. Miraba por la ventanilla.
Mis ojos obedecieron a los suyos. Vi las siluetas de los moradores apretujándose en el interior de las tiendas. Podías identificar incluso a los miembros de la familia: el marido, la esposa, el niño; todos acurrucados alrededor de la estufa de la tienda, que estaba iluminada con una lámpara. La sensación de intimidad era tan completa, tan abrumadora… Comprendí por lo que estaba pasando el señor Ashok.
Extendió un brazo, y me preparé para sentir su contacto, pero él se lo pasó al Mangosta por los hombros.
—Cuando estaba en América, pensaba que la familia era una carga, no lo niego. Cuando tú y nuestro padre tratasteis de impedir que me casara, con Pinky porque no era una hindú, me puse furioso contigo, lo reconozco, Pero, sin familia, un hombre no es nada. Absolutamente nada. Durante cinco noches no he tenido a nadie a mi lado, salvo a este chófer. Ahora, por fin, tengo a alguien real conmigo. A ti.
Subí con ellos al apartamento; el Mangosta quería que les preparase comida; les
hice [10] daal y chapattis y un plato de ocra. Les serví y luego lavé los cacharros y los utensilios.
—Si estás deprimido —le dijo el Mangosta durante la comida—, ¿por qué no pruebas el yoga y la meditación? Hay un maestro de yoga en la televisión, es muy bueno. Todos los días hace esto en su programa —dijo, cerrando los ojos, inspirando y espirando lentamente, mientras murmuraba—: «Oooooom».
Cuando ya salía de la cocina secándome las manos en los pantalones, el Mangosta me dijo:
—Espera un momento.
Se sacó un trozo de papel del bolsillo y lo balanceó en el aire con una sonrisa, como si fuese un premio para mí.
—Tienes una carta de tu abuela. ¿Cómo decías que se llama?
Empezó a abrir la carta con un dedo oscuro y rechoncho.
—Kusum, señor.
—Una mujer notable —dijo, y empezó a frotarse los antebrazos.
—No se moleste señor —le dije—. Sé leer.
Él abrió la carta del todo y empezó a leerla en voz alta.
El señor Ashok le dijo algo en inglés. Me imaginé que sería algo así como: «¿No tiene derecho a leer sus propias cartas?».
Su hermano le respondió también en inglés, y supuse una vez más que venía a decir: «A él no le importan esas cosas. No tiene sentido de la privacidad. En los pueblos no hay habitaciones separadas; por las noches se echan juntos a dormir y folian así también. Créeme, a él no le importa».
Se colocó de manera que la luz le viniera de detrás y empezó a leer en voz alta:
Querido nieto:
Esto re lo escribe el señor Krishna, el maestro. Se acuerda de ti con mucho afecto y ce llama aún con tu antiguo apodo, el Tigre blanco. La vida se ha puesto difícil aquí. Las lluvias no han llegado. ¿Puedes pedirle a tu patrón un poco de dinero para tu familia? Y acuérdate de enviar el dinero a casa.
El Mangosta dejó de leer un momento.
—Es lo único que quiere esta gente. Dinero, dinero, dinero. Se supone que son tus criados, pero lo que hacen es chuparte tu energía vital, ¿no es cierto?
Reanudó la lectura.
A tu hermano Kishan le dije: «Ahora es el momento», y él lo hizo: se casó. Contigo no voy a dar órdenes. Tú eres distinto de los demás. Eres profundo, como tu madre. Incluso de niño ya lo eras; cuando te parabas cerca del estanque y mirabas el Fuerte Negro con la boca abierta, por la mañana, por la tarde y por la noche. Así que no te ordeno que te cases. Pero sí quiero tentarte con los encantos de la vida matrimonial. Es bueno para la comunidad. Cada vez que hay una boda, llueve más en el pueblo. El búfalo de agua engorda. Y da más leche. Son hechos bien conocidos. Todos estamos muy orgullosos de ti por estar en la ciudad. Pero tienes que dejar de pensar sólo en ti y pensar también en nosotros. Primero has de visitarnos y comer mi curry de pollo. Tu abuela, que te quiere.
KUSUM
El Mangosta estaba a punto de darme la carta, pero el señor Ashok se la quitó y volvió a leerla.
—Esta gente de pueblo se expresa a veces de un modo conmovedor —dijo, y tiró la carta sobre la mesa para que yo la recogiese.
A la mañana siguiente, llevé a la estación al Mangosta, le compré su aperitivo favorito, una dosa, le quité las patatas como la otra vez y las tiré a la vía antes de dársela. Bajé al andén y esperé. Él se la fue zampando con fruición en su asiento; abajo, en la vía, un ratón mordisqueaba las patatas.
Volví al bloque de apartamentos con el coche. Subí en ascensor a la planta trece. La puerta estaba abierta.
—¡Señor! —grité al ver lo que ocurría en la sala de estar—. ¡Esto es una locura, señor!
Había metido los pies en un cubo de plástico y se los estaba masajeando él mismo.
—¡Debería habérmelo dicho! ¡Yo le habría dado un buen masaje! —grité, y me arrodillé a sus pies.
—¡No! —chilló.
—Sí, señor —dije yo—, tiene que dejarme. ¡Faltaría a mi deber si permitiera que lo hiciera usted mismo! —Metí a la fuerza las manos en el agua sucia del cubo y le apreté los pies.
—¡No!
Derribó el cubo de una patada y toda el agua se derramó por el suelo.
—¡Mira que podéis llegar a ser idiotas! —Me señaló la puerta—. ¡Fuera de aquí! ¿Es que no puedes dejarme solo ni cinco minutos? ¿Serás capaz de hacerlo?
Aquella noche lo llevé otra vez al centro comercial. Cuando se bajó, permanecí en el interior del coche. No me junté con los demás chóferes.
Incluso de noche, los trabajos de construcción continúan en Gurgaon. Los grandes focos brillan en lo alto de las torres; el polvo se eleva de los socavones; levantan andamios. Los hombres y las bestias (unos y otros desencajados de sueño, con ojos insomnes) van de un lado para otro acarreando cascotes o ladrillos.
En una de aquellas obras vi un asno con una silla roja de la que colgaban dos recipientes de metal llenos de escombros hasta los bordes. Detrás, había otros dos asnos más pequeños, del mismo color, cargados también con recipientes repletos de escombros. Los dos asnos pequeños caminaban más despacio, y el que iba delante se detenía a menudo y se volvía hacia ellos de un modo que te hacía pensar que era su madre.
Comprendí al momento lo que me tenía inquieto.
No quería obedecer a Kusum, Me estaba chantajeando; yo ya sabía por qué me había enviado la carta a través del Mangosta. Si me negaba, ella me delataría y le contaría al señor Ashok que no había enviado dinero a casa.
Hacía mucho que no hundía el pico en ninguna parte, señor, y la presión había ido creciendo. La chica seguramente sería muy joven —diecisiete o dieciocho—, y ya sabe que las chicas a esa edad tienen un sabor especial, como a sandía. Cualquier enfermedad, del cuerpo o del alma, queda curada cuando penetras a una virgen. Es un hecho bien conocido. Y además, estaba la dote que Kusum le arrancaría a la familia de la chica. Todo aquel oro de veinticuatro quilates, todos aquellos billetes recién salidos del banco… Al menos una parte me la quedaría yo. Todos ésos eran sólidos argumentos a favor del matrimonio.
Pero, por otro lado…
Yo era ahora como aquel asno. Y lo único que conseguiría, si tenía hijos, sería enseñarles a ser asnos como yo y a cargar escombros para los ricos.
Puse las manos en el volante y cerré los dedos con una fuerza estranguladora.
¡Cómo había corrido a masajearle los pies al señor Ashok, a pesar de que él no me lo había pedido! ¿Por qué sentía esa necesidad de arrojarme a sus pies, de tocárselos y apretárselos hasta dejárselos relajados? ¿Por qué? Pues porque me habían inculcado el deseo de ser un criado. Me lo habían martilleado en el cerebro, clavo a clavo; me lo habían inoculado y vertido en la sangre, igual que las aguas fecales y los venenos industriales que arrojan en la Madre Ganges.
Tuve una visión de un pie rígido y pálido resistiéndose al fuego.
—No —dije.
Puse los pies en el asiento, adopté la posición del loto y empecé a murmurar «Om» una y otra vez. No sé cuánto tiempo permanecí en el coche con los ojos cerrados y las piernas cruzadas como el Buda. Pero un rumor de risitas y de arañazos en los cristales me obligó a abrir los ojos. Todos los demás conductores se habían reunido a mi alrededor. Uno de ellos arañaba el parabrisas con la uña. Alguien me habría visto dentro del coche en la posición del loto. Me miraban boquiabiertos como si fuese un ejemplar de un zoo.
Me recompuse rápidamente, esbocé una amplia sonrisa y salí del coche para recibir una lluvia de golpes, de capones y carcajadas, que acepté con mansedumbre mientras musitaba:
—Sólo estaba probando lo del yoga. Lo ponen en la televisión continuamente, ¿no?
La Jaula Gallinero estaba cumpliendo su función. Los criados han de impedir que otros criados experimenten cosas nuevas, que se vuelvan innovadores, emprendedores.
Sí, ésa es la triste verdad, señor primer ministro.
Esa jaula está vigilada desde dentro.
Señor primer ministro, tiene que disculparme, llaman al teléfono. Vuelvo dentro de un minuto.
Ay, tendré que interrumpir mi historia. Sólo es la 1.32 de la madrugada, pero hemos de hacer un alto aquí. Ha surgido un problema, señor. Una emergencia. Volveré, confíe en mí.