Twist
Ready-Made
—OCHENTA abuelas nos separan del neolítico. Ochenta abuelas nos alejan de la caverna. Dicho de otro modo: ochenta abuelas nos acercan a la cueva. Ochenta abuelas, ochenta pares de piernas, ochenta regazos, ochenta partos. Ochenta, así lo afirmaba Jorge Oteiza. ¿Te parece mucho? ¿Cuántos familiares vivos tienes? No son muchos más, ¿no es cierto? ¿Menos, acaso? ¿Como para contarlos con los dedos de una mano? ¿Seis, ocho, nada más que tres? Pues entonces piensa en tu familia de otra manera, piensa en tus antepasados muertos, cercanos y no tan cercanos, piensa en una estirpe formada solo por abuelas. Entran fácilmente bajo un mismo techo, caben en las cuatro primeras filas de un teatro pequeño, ¿puedes imaginártelo? Solamente cuatro filas compuestas por butacas pares e impares, un baile de jubilados en el polideportivo y, mira por dónde, no son más que esos. Piensa en esas ochenta abuelas tuyas, todas por parte de madre, todas madres de madres, imagina sus rasgos, tan parecidos a los tuyos y cada vez más alejados de ti —en realidad hemos situado mal el origen, eres tú quien se aleja de ellas, y no al revés: eres una fotocopia cada vez más desgastada, más caricaturizada, cada vez más simple, cada vez más a merced de bacterias desconocidas; olvídate de Darwin, de la evolución y de la mejora continua, no eres más que la plantilla de un lejano cazador, un molde en negro, algo que se puede pintar con aerosol en una pared del frontón de cualquier pueblo—. Ochenta abuelas, y luego esto; ochenta abuelas y luego tú, ¿puedes recordar ochenta nombres? ¿Sí? ¿En serio? ¿Cuántos nombres de mujer hay en tu agenda? ¿Cuántas mujeres has encontrado en tu camino, con las que hayas tenido la fantasía de emprender una nueva vida? Muchas menos de ochenta, pero si fueras don Juan podrían serlo: tantas como tus ochenta abuelas. ¿Ochenta nombres de mujer? ¿No podremos recordarlos uno a uno? Hagamos el esfuerzo por poner un rostro a cada una de esas abuelas: Katherine, Oihana, Elizabeth, Lourdes, Viviana, Begoña, Lide, Laura, Tatiana, Tannia, Larraitz, Karmele, Margarita, Miren, Olaia, Irene, Dolores, Leire, Kattalin, Úrsula, Martine, Teresa, Neus, Vanessa, Eneida, Társila, Paula, Elena, Lucía, Suzanne, Jennifer, Juana, Aizpea, Julene, Alejandra, Nora, Marilar, Cristina, María del Mar, Agurtzane, Lierni, Goizargi, Myriam, Ainara, Koro, Gabriela, María, Esther y María Esther, Isabel y María Isabel, Yolanda, Joana, Visitación —Visi para los amigos—, Ruth, Mónica o Monique, Maialen, Reyes, Arantxa, Maite, Ingrid, Rosa, Esperanza —de pequeña, Esperancita—, Ainhoa, Olga, Montse, Izaskun, Blanca, Zuriñe, Ihintza, Nerea, Amaia, Nagore, Eulali, Lola, Frida, Brígida, Alfonsina, Paz y Mari Paz, Marijo y Marijose, Idoia, Maribel, Luisa, Eva, Asun, Iratxe, Mercedes, Irati, Alaitz, Itziar, Eider, Naroa, Angelines, Olatz, Marta, Marie Ann, Clementina, Anna y Ana y Ane y Anne… Y basta. Ahí van ya más de ochenta, sin repetir un solo nombre, y eso que no hemos mencionado a Marina…
Mientras Gloria contaba la historia de sus ochenta abuelas, Lazkano y ella llegaron frente a la foto de una performance de Marina Abramovich. Era un retrato de la obra Rest Energy. En realidad, aquella foto era lo único que Lazkano recordaba de la exposición: Marina Abramovich y su ayudante Ulay, con el arco tensado, sujetando ambos el arco y la flecha, un momento congelado de su obra más conocida; Abramovich y Ulay vestidos de blanco y negro, los dos un poco inclinados hacia atrás, como a punto de caer, Ulay el ayudante sujeta la flecha en la cuerda tensada y Abramovich sujeta la madera del arco. Están frente a frente. No se trata de ningún juego, la flecha tiene una punta bien afilada, que apunta directamente al corazón de Marina Abramovich. Bastaría que Ulay soltara la cuerda para que la punta de la flecha se clavara en el corazón de la artista y la matara al instante. Se miran el uno al otro, ambos vestidos con camisa blanca; ella con una larga falda negra, él con pantalones oscuros. La fotografía es impresionante. Ulay sujetó la flecha durante dos horas —se sujetaron mutuamente durante dos horas—, con toda esa tensión, todo ese alud de reflexiones encadenadas y el insoportable suspense sostenido que el ejercicio conllevaba. Colocaron también a los artistas micrófonos bajo la ropa, para captar los latidos de sus corazones y oír cómo se aceleraban según iba avanzando el espectáculo. A diferencia de otras acciones artísticas en directo, en esta ocasión la foto reflejaba perfectamente la fuerza y la intención de la performance. Era una imagen capaz de reconciliar a cualquiera con el arte contemporáneo y conceptual: para qué el arte, para qué escribir, he ahí la respuesta. La cuestión era mantener el arco tenso y la flecha preparada, tener un objetivo en el punto de mira, el riesgo de morir, y a pesar de ello la pasión y el deseo de vivir; inteligencia y generosidad, humildad y orgullo. La flecha dispuesta y la diana, uno mismo, con el lema del arquero zen en el recuerdo: sean uno el cazador y la presa. Hacía años que Lazkano había visto aquella foto por primera vez, y también en aquella ocasión había estado Gloria por medio: fue en su nevera, un cutre recorte de periódico pegado con cinta adhesiva, más de veinte años atrás, en el piso que Gloria compartía con otros estudiantes. Eran años de pana y patillas gruesas, tiempos en que los malos poemas y las cartas al director se repetían en negras hojas de calco y tras enviar una al periódico la otra se guardaba, para casa, en carpetas de cartón. Maravillosos años de panfletos y fanzines. Los años en que llegaron de Londres los primeros punkis con sus crestas y sus pantalones estrechos, verdaderas bombas atómicas contra los uniformes.
Ahora Gloria tenía el pelo entrecano y lo llevaba muy corto. No se había casado, no había tenido hijos; durante los primeros años en que la había visitado en Barcelona le solía hablar de sus ocasionales aventuras. Sin embargo, hacía ya años que Gloria no le daba noticia de sus andanzas sentimentales, como si se le hubiera pasado la edad, o como si creyera que a Diego ya no le interesaba esa faceta de su vida. No sabía si Gloria había perdido por completo el interés por los hombres o si, simplemente, dado que con él le gustaba más desgranar otros temas, lo hacía para aprovechar mejor el escaso tiempo que pasaban juntos; tampoco Diego era en aquella época muy dado a hablar de sus amoríos.
Es curioso en qué se basan algunas amistades: en qué temas y qué premisas, qué tonos, y qué normas no escritas. Con Gloria hablaba especialmente de arte, de las últimas películas que había visto y de los últimos libros leídos. «¿Qué estás traduciendo?», le preguntaba en aquellas primeras visitas, y Diego le contaba en qué andaba metido, qué había traducido el año anterior y qué planes tenía para el año siguiente: los libros que traducía constituían la biografía de Diego, esa era la verdad. 1987 fue el año de Tolstói, 1988 el de Nikolái Gogol, 1989 fue el año en que se enamoró de los escritos de Anna Ajmátova… Luego, cuando Diego Lazkano comenzó a publicar sus propias novelas, empezaron a hablar de los libros que jamás escribiría.
Aunque antaño tuvieron encendidas discusiones políticas, ahora apenas si tocaban el tema, excepto para mencionar la mansedumbre general ante la ilimitada capacidad de la política neoliberal para introducirnos el dedo en el ojo, o para inventarse paquetes bomba que habría que colocar virtualmente en empresas eléctricas y de telefonía. Eran infantilmente apasionados en esos ámbitos —incendiarios, diría alguno—, pero nunca se les pasó por la mente que pudieran serlo caso de haberse involucrado sentimentalmente. O tal vez hacía tanto tiempo que se les había pasado por la cabeza que ya ni se acordaban. Las lejanas aproximaciones de Diego hacia ella habían sido tan timoratas, que Gloria difícilmente las habría tomado por aproximaciones. Gloria ignoraba que Diego se había inscrito en el grupo de teatro porque le pareció atractiva cuando la vio pegando carteles en busca de nuevos miembros. Le había gustado Gloria, no el teatro. Ahora le produce vértigo pensar en lo jóvenes que eran, como si hubieran transcurrido entre ellos más de las ochenta abuelas de Oteiza. Fueron las dudas juveniles de Diego las que le hicieron comportarse con excesiva prudencia. ¿Dudas? Quizá no había sido más que su simple y llana necedad de joven cándido la que le dio a entender que merecía la pena conservar aquella amistad, o puede que fuera sin más el clásico miedo a recibir una rotunda negativa. Las conversaciones apasionadas y la atracción carnal podían ser compatibles, pero en aquella época consideró que su relación era ajena a tal compatibilidad; y ahora su capacidad para compartir cuerpo e intimidad se les había vuelto perezosa, o bien la consideraban algo trasnochada; Diego ya no sentía aquel arco tensado de otro tiempo, cuando visitaba a Gloria en Barcelona. Ya no se sentía como Ulay, sujetando la flecha dirigida directamente al corazón de Marina Abramovich. Podía ser incluso tranquilizador, según se mire.
Aunque pertenecía a una familia acomodada, Gloria nunca tuvo demasiada relación con sus padres desde que se marchó de casa nada más cumplir los dieciocho. No, al menos, para pedirles dinero. La palabra que más usaba Gloria al referirse a su familia era «facha». Llevaba una vida bastante espartana desde que desterrara su experiencia teatral para huir a Barcelona y convertirse en una artista. Aunque en la época en que trabajaban juntos había demostrado un gran talento para dirigir grupos, ahora siempre trabajaba sola. Al parecer se cansó de frecuentar a la gente, no estaba dispuesta a soportar a egomaníacos (una palabra que usaba muy a menudo). «Bastante orquesta tengo conmigo misma», solía decir. Como artista plástica, sin embargo —Lazkano había asistido a un par de sus abarrotados openings—, Diego sospechaba que no había avanzado gran cosa en la selva del mercado del arte: aunque mostraba su obra en diversas galerías, apenas vendía, y —que supiera Diego al menos — nunca un gran museo o corporación había comprado nada suyo para sus fondos. A Diego no se le escapaba que últimamente Gloria estaba perdiendo amigos: a diferencia de años anteriores, en esta visita casi no había sonado el teléfono. Su amiga se estaba aislando en Barcelona.
—¿Otra botella?
—Por mí no, últimamente bebo menos.
Tenía un loft en la ladera del Montjuïc: un mismo lugar para vivir y para trabajar; la vida y el arte todo uno, en el sentido de Marina Abramovich. Incluso después de cocinar, el olor a acrílico que rezumaban los cuadros abstractos pintados hace tiempo se imponía al de las berenjenas a la plancha. Con todo, a Lazkano le gustaba cenar allí, sobre todo en verano, contemplando las enormes plantas de marihuana con un toque a naranja que degustarían junto con el café, el tráfico y las luces de la ciudad allá abajo, ambos en un nivel de susurros; susurros auditivos, y susurros lumínicos amortiguados por la distancia.
Aquel día hablaron del perdón. De la vergüenza y de la culpa. Del copiloto del Enola Gay, a quien le dio por convertirse en un torpe escultor.
Pero hacía falta algo más que sentirse culpable tras haber arrojado la bomba en Hiroshima.
—Y, según tú, ¿qué tenía que haber hecho? ¿Suicidarse?
—Más de uno lo ha hecho.
—Sentirse culpable es una cosa, pero ¿era de verdad culpable? ¿Culpable de qué? ¿De haber elegido un oficio? ¿De haberse hecho soldado? A él le tocó en suerte estar en un avión, con un cometido específico: no sabía que estaban lanzando una bomba atómica. Era el copiloto del Enola Gay, nada más… ¿De qué era culpable? ¿De haber preferido el oficio de soldado a elaborar whisky de maíz en Kentucky?
—Ya empiezas a añadir flores de tu propia cosecha, Gloria: no creo que fuera de Kentucky, precisamente. Aquí dice que Robert Lewis era de Nueva Jersey… Y soldado.
—Me importa un comino si trabajaba en una gasolinera o era soldado…
—A mí no: eso nos diferencia.
—Ser soldado es una opción, una opción que puede ser impuesta por una cierta educación y unas expectativas de vida muy limitadas, una opción que puede ser dura, inevitable o inocente, o bien puede ser completamente libre, intencionada y vocacional… Quién sabe cuál era su caso… En un noventa por ciento de las ocasiones suele ser la pura inconsciencia lo que nos empuja a hacer las cosas. Cada cual tendrá sus motivos: pero te equivocas si metes a todos los soldados en el mismo saco.
—En el mismo petate, querrás decir…
—Sí, tomó parte en el lanzamiento de esa bomba sobre Hiroshima, ¿y qué? No sabía de qué se trataba exactamente, no podía pensar en los efectos de una bomba atómica. De algún modo, se limitó a hacer su trabajo…
—Si vamos a eso, lo mismo que los nazis…
—Lo mismo que los nazis, cierto: eso de la cadena de mando está muy bien pensado. Todos llevamos dentro un ser obediente, dispuesto a trabajar para el Diablo.
—Yo creo en la libertad individual, luché por que las cosas cambiaran…
—¿Y cambiaron?
—Puede que no… No al menos en el sentido y dirección que nosotros esperábamos. Las cosas parecían posibles en aquella época. Pero si no hubiéramos luchado, la situación actual no sería la que es, dudo que si hubiéramos sido más dóciles…
Lazkano veía hormigas en su mente. «Dale una pasara con esto». «Lo dejaremos libre, ¿no?». «Sumerjámonos en la subjetividad». Quizá de otro modo, pero también él se sentía culpable. ¿Se habría cruzado alguna vez, sin sospecharlo, con algún familiar, algún amigo del ingeniero?
—Tienes en mente a Soto y Zeberio, ¿no es cierto?
—Ellos ni siquiera tuvieron ocasión de luchar… Atracaron un banco… con pistolas de juguete…
—Yo también me acuerdo de ellos. Os lo advertí, os dije que ibais a terminar mal.
Diego Lazkano estaba incómodo. No quería seguir por ahí.
—Nos estamos desviando. Hablábamos de la bomba atómica.
—De Robert Lewis: a los veinticinco años de haber arrojado la bomba, se puso a tallar un trozo de mármol, a esculpir una estatua en su garaje…
—¿A eso le llamas arte? La imagen es burda.
—Lo que importa es la salida que encontró para su angustia, y el título que le puso a aquella escultura: God’s Wind at Hiroshima?, con signo de interrogación incluido, porque dudaba entre poner God’s Wind o Devil’s Wind… Porque Robert Lewis no sabía, no podía decir si el responsable había sido Dios o el Diablo. También viene bien recordar lo que escribió en su diario: «¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?».
—¿Y crees que con eso se redimió? ¿Que el soldado quedó sanado gracias a esos meses que pasó esculpiendo un bloque de mármol? ¿Que le resultó terapéutico? ¡Por favor! Mató a cien mil personas…
—Por lo menos hizo un gesto. Se dio cuenta de que tenía que cubrir de algún modo ese amargo agujero que llevaba dentro…
—Semiótica barata, no me vengas ahora con simbolismos.
—… que necesitaba una piedra simbólica, no le servía cualquier piedra, y creyó que una labrada por sus propias manos…
—… una ridícula seta atómica…
—Hizo de sí mismo un escultor para poder hacer aquel trabajo, ¿no lo entiendes? ¡Fue una transformación total!
—Pero en el fondo siguió siendo un soldado estadounidense de pura cepa.
—Eso no lo sabemos. Esa cuestión de lo nuclear, ya sabes que las primeras pruebas las hicieron en el atolón de Bikini… La energía nuclear siempre ha tenido, aparte de su lado mortal, una faceta sexy, juguetona… Aquella lectura positiva de las bombas nucleares, que llevó a bautizar el traje de baño de dos piezas con el nombre del atolón donde se hacían las pruebas atómicas, porque era de esperar que aquel bañador provocase en las mujeres de la época los mismos efectos que una explosión nuclear… Anda… Mira esto…
Lazkano observó la fotografía que Gloria le mostraba en su portátil.
En ella aparecen el almirante William H. P. Blandy y su esposa, y a su lado un militar de cara enrojecida entrado en años cortando una espectacular tarta con forma de hongo atómico. No se trata de cualquier tarta, parece una tarta de bodas sin novios. La foto es de 1946, posterior por tanto a la masacre de Hiroshima y Nagasaki. El porte del almirante Blandy es elegante, igual que el de su mujer, que lleva un sombrero con la misma forma de hongo atómico que la tarta de merengue y nata. Es el asombroso parecido entre el sombrero y la tarta lo que ha hecho tan famosa la fotografía, el brutal choque entre lo frívolo y lo sagrado, por no mencionar que hiela la sangre la insustancial reinterpretación gastronómica de lo que había sido el icono de una masacre. El crimen reconvertido en estética; el hongo, asimilado por la moda, convertido en objeto de repostería chic. Biquinis, tartas. Los «recién casados» sujetan alegremente el cuchillo para cortar aquella tarta con aspecto de hongo atómico, cada uno con una mano, y acariciándoselas, aunque quien más se divierte allí es sin duda el tercero, un militar con cara de aguardiente.
—Según parece, ese tal Blandy era un almirante de la vieja escuela: tomó parte en el primer bombardeo de Iwo Jima, y era conocido porque, antes de hacer funcionar los cañones, le gustaba situar los barcos lo más cerca posible de la costa, hasta el punto de poner en riesgo sus propios navíos. «Quiero ver el blanco de los ojos del enemigo», dicen que dijo una vez… ¡Imagínatelo, Diego, el blanco de los ojos del enemigo! Cuando acabó la guerra participó en los ensayos nucleares del atolón Bikini, donde al parecer pronunció otra frase que le haría famoso: «No soy un playboy atómico».
Gloria le mostró un enlace de Wikipedia en su portátil.
«La bomba no provocará una reacción en cadena ni convertirá todo el agua en gas. No se irán a pique todos los barcos de aquel océano. La explosión no hará estallar el fondo del mar ni se vaciará por el agujero. No hará desaparecer la gravedad. No soy un playboy atómico que utiliza bombas para satisfacer sus caprichos, como han manifestado muchos de mis enemigos».
«No soy un playboy atómico», eso era lo que Blandy había dicho, pero la fotografía desmiente sus palabras por completo.
—Aparte de las tartas de merengue o nata con imágenes de la seta atómica, y de los sombreros de señora con forma de hongo atómico… se hicieron también canciones bailables con el tema… y la gente alrededor cortando la tarta alegremente, como si estuvieran en una fiesta… Entre lo frívolo y lo sagrado hay un delgado hilo, quien acierta a columpiarse en él sin caerse es quien gana.
Que en las sociedades occidentales se había perdido la vergüenza era algo que los musulmanes repetían a menudo: en Occidente se había generalizado la tendencia a sentirse culpable, pero de vergüenza, ni pizca. En Oriente, en cambio, no se sentían culpables, pero el sentimiento de vergüenza lo tenían muy interiorizado, y era una vergüenza que superaba con creces a la culpa cuando actuaban de forma moralmente reprochable según sus propios parámetros.
Todo había empezado a cuento de una nueva performance que Gloria tenía en mente. Últimamente había estado analizando la obra de la artista Esther Ferrer, y llamaba a Diego, a menudo pasada la medianoche, bajo el eufórico efecto de la marihuana, para contarle alguna idea tan genial como pasajera que se le había ocurrido esa misma tarde y a la mañana siguiente le parecería inservible.
—Esto, por ejemplo: veinticuatro horas rezando el padre nuestro en una galería de arte… Allí parada, sin moverme, rezando hieráticamente… Tendría que prepararme bien físicamente, eso sí. Pero de esa manera haría una crítica a la redención cristiana… Solo me falta encontrar un título provocador, «Redención de seis asesinatos» o algo así. ¿Qué te parece? Espera, no, aún más provocador: «Redención cristiana de la matanza de Atocha»… Quizá podría hacer toda una serie, cambiando en cada ocasión el título y la duración de los rezos, purgando un crimen distinto y representando a los orantes como verdugos… ¡Joder, puedo pasarme un año de galería en galería atravesando Europa entera, al menos la Europa cristiana, y luego escribir sobre mi experiencia! Tú mismo me ayudarás a escribir el libro… ¿Qué dices, Diego?
Ella se lo decía todo, en aquel momento no había mucho que añadir a lo que había dicho Gloria; Lazkano, como mucho, no podía hacer más que, como dijo Borges tras visitar a aquel escritor mexicano, intercalar de vez en cuando algún que otro «sabio silencio».
Eran las tres de la madrugada cuando sonó el teléfono en casa de Lazkano.
—¿Dormías?
—¿A ti qué te parece?
—Tengo malas noticias, Diego, muy malas noticias…
—¿Qué ha pasado? ¿Algún accidente?
—Ha muerto Rauschenberg.
Le pareció que Gloria estaba borracha.
—¿Rauschenberg… el artista?
—¿Quién, si no?
El hombre que hacía arte y humor con basura, animales disecados, neumáticos de automóviles, radios antiguas y otros objetos recogidos en gasolineras, cunetas y chatarrerías, había muerto.
—«Souvenirs sin nostalgia», así llamaba a sus obras.
—Y tú eres un recipiente repleto de nostalgia, Gloria…
—No es cierto… Era un rescatador… ¡Rauschenberg! ¡Un artista de verdad! Mi artista favorito de todos los tiempos.
Tampoco era del todo cierto pero, cuando se ponía sentimental, se refugiaba en hipérboles por el estilo. Diego intentó ahuyentar sus penas: que hablarían por la mañana, que no era para tanto, que Rauschenberg tenía ya ochenta años… pero no tenía muchos amigos como Gloria, y cuando ella se ponía sentimental era mejor ir con cuidado, si no quería hacer aflorar la tendencia depresiva que había tenido de joven.
—¿Tú estás bien, Diego?
—Tirando, pero gracias por preguntar. ¿Y tú?
—He estado bebiendo antes de llamar…
—Ya veo: y sin parar desde la cena, me temo.
—No has acertado del todo: no he cenado. ¿Para qué? Quiero disolverme, como Joseph Beuys.
—Tendrías que acostarte, y mañana por la mañana desayunar tostadas con tomate y aceite, a la luz de la terraza.
—Está lloviznando, Lazkano, destierra de una vez tu idílica imagen del Mediterráneo. Esto es una basura.
—Rauschenberg haría algo con ella, ¿no crees?
—Haría falta tener su talento.
—Te llamo mañana por la mañana.
—No cogeré el teléfono.
—Al mediodía, entonces.
—No, no llames. También quería decirte otra cosa, Lazkano… Sabes que te quiero mucho, ¿verdad?
—Yo también.
—Tú lo dices por decir, pero yo te quiero de verdad. Y otra cosa, en cuanto a Miró…
—¿Miró?
—Joan Miró, ya sabes… Aquella discusión que tuvimos la última vez: tú decías que era un escapista de los colores, y yo lo negaba una y otra vez…
Lazkano no recordaba haber mantenido tal discusión. Tenían tantas que era difícil llevar la cuenta.
—Sí, ya me acuerdo —mintió.
—En un catálogo suyo he encontrado lo que dijo cuando le preguntaron qué había hecho contra Franco. Espera… Ahora te digo cómo se llamaba el tipo: Georges, Georges Raillard. Él fue quien preguntó a Miró qué había hecho contra el franquismo. ¿Sabes qué contestó?
—Ni la más remota idea.
—«Cosas libres y violentas». ¿Has oído? Lo pone en el catálogo, Lazkano, tal cual…
—Estoy hecho polvo, Gloria…
—Y otra cosa te quería decir: ¿conoces el Bodegó amb sabata vella? Es un cuadro de Miró, de 1937, lo llamaban «el Guernica de Miró»… Hizo también un gran mural para el pabellón de la República, El segador, que ahora está en paradero desconocido… ¿Qué te parece?
—Que tienes razón.
—Puede que hiciera el logo de La Caixa, pero Miró no era un vendido, como tú decías.
—Yo no dije nada parecido.
—Sí que lo dijiste.
—Pues estaba equivocado.
—Pues eso.
—Buenas noches, Gloria…
—Espera, espera… ¿Y en la década de los setenta? ¿Cuando Franco dio garrote a Puig Antich? También respondió con la obra L’esperança del condemnat a mort. ¿Y sabes otra cosa? Miró era un salvaje, también sabía pintar de un modo salvaje…
—Me has convencido, Gloria…
—¿Qué hora es? Es tarde, ¿no?
—Por fin te has dado cuenta…
—¿Qué quieres? ¡No es culpa mía! Rauschenberg… ha muerto.
—Eso ya me lo has dicho. Tu artista favorito de todos los tiempos.
—¡Reverencia y honor a Rauschenberg!
Se tomó lo que parecía el último trago. Así le pareció a Lazkano: percibió un deglutir ahogado al otro lado del hilo telefónico.
—Te reirías si me vieras, Diego…
«O lloraría», pensó Lazkano. Lo pensó, pero no lo dijo.
—Te reirías. Tengo todo el suelo del salón lleno de libros, catálogos abiertos… Abrir estos libros es como separarle los muslos a una mujer, ¿no es cierto? ¡Esto es una bacanal! ¡Menuda orgía! Partouze! Voy a dormir aquí mismo, acostada entre libros… ¿Qué te parece?
—Que mañana te despertarás con un terrible dolor de espalda. Prométeme que intentarás descansar un poco.
—Sí: llegados a este punto, no hay gran cosa que hacer, ¿no?
—No mucho, la verdad.
—Además, el pobre Rauschenberg… He vaciado la última botella…
—Hazme caso por una vez, Gloria: vete a la cama.
—Era un reserva. Una botella de la reserva federal, Lazkano.
—Mayor motivo para que te acuestes.
—Podría, como hizo Miró, encerrarme en la fortaleza de Normandía y dibujar estrellas y colores… «Cosas libres y violentas»… Plantar escaleras en el suelo para, subiendo por ellas, llegar al cielo… Lazkano, ¿te he dicho cuánto te quiero? Tengo ante mis ojos La masía, de Miró: no me preguntes por qué, pero veo al mismo tiempo a un par de perros follando, y a ti y a mí…
Cuando al día siguiente la llamó por teléfono decía no acordarse de nada.
—¿Llamarte por teléfono? ¿Yo? ¿Seguro que no fue alguna otra?
—Escúchame, Lazkano: en Venecia, dentro del pabellón de Eslovaquia, Roman Onda hizo una copia exacta de los jardines exteriores, de tal manera que el interior del pabellón era también una réplica del exterior… Afuera ves jardines; entras, y ves unos jardines iguales a los de fuera. ¡Más jardines y más juegos florales! ¡Tanto fuera como dentro! ¿A qué hemos venido a este lugar? ¿A ver arte? ¿Qué es lo que esperamos? ¿Y si borráramos las diferencias entre el exterior y el interior del museo, pero no convirtiendo el exterior en arte, sino el interior en algo vulgar? ¿Y si todo fuera jardín, o todo arte, o todo museo, o todo centro urbano, en mezcolanza? ¿Por qué compartimentarlo todo? Sería un juego de espejos, un homenaje a los espacios vacíos…
—La repetición ad infinitum…
—Algo así es lo que estoy pensando hacer. La imitación no es nada nuevo. La serialización, la apropiación, es algo que está muy en boga en el arte. ¿Pedimos algo de comer? Aquí preparan un pescado a la plancha estupendo.
—Por mí, una dorada a medias.
—Para el pescado… ¿te parece bien un Sumarroca?
—Mejor que zumo de naranja…
—Naranja… es curioso que lo menciones. En cierta época fue el color de la modernidad. Acuérdate de los últimos sesenta y la década de los setenta: muebles, grandes lámparas redondas, vestidos y papeles pintados con estampados. El color naranja estaba muy presente, pero luego envejeció, por así decirlo… Fue durante un tiempo un color que proyectaba el futuro, recuerda los uniformes de Star Trek… El color del futuro ha ido cambiando: el oro, el titanio plateado, luego el blanco, el verde se puso de moda con Matrix, pero ha vuelto a pasar… La cuestión es fijarse en la decoración de los interiores de las naves espaciales de Hollywood, en los colores de las letras y los gráficos de los ordenadores que aparecen en la ficción.
—Te veo muy puesta en cuestión de colores. ¿Vas a volver a pintar?
—No, por favor. Aquí nadie quiere cuadros. Es cosa del pasado. Luego, si no te importa, mientras te tomas el café tengo que hacer un recado…
—Te acompaño.
—Como quieras. Tengo que recoger un paquete en Correos.
Después de chupar las espinas de la dorada, incluida la cabeza, y tomarse dos grapas cada uno, abandonaron la agradable temperatura del puerto de Barcelona y se dirigieron al edificio de Correos. Gloria tenía que recoger un paquete que venía de Alemania, para su padre, al parecer. Lazkano no pudo evitar acordarse de su propio padre desaparecido, «me he confundido de sitio, Diego», aquella vez que su padre fue a Correos a devolver los libros de la biblioteca, el amargo comienzo de su confusión mental.
—Utiliza siempre mi dirección para comprar cosas en el extranjero, no sé por qué.
—Querrá darte una excusa para pasar por su casa cuando vayas de visita.
—Puede ser.
—Vaya paquete más raro.
—Mi padre es un coleccionista empedernido. No me preguntes qué colecciona, prefiero no saberlo. Solo sé que se gasta un dineral.
—¿Nunca has tenido la tentación de abrir el paquete?
—Yo no soy escritora, no me da tanto placer como a ti meter las narices en todas partes.
Por la tarde, Lazkano acompañó a Gloria a la galería de arte barcelonesa Mutt: cuando se lo contó la noche anterior Diego había pensado que le estaba tomando el pelo.
—¿Cómo? ¿Un caballo pintor?
—Lo vas a ver tú mismo.
A la entrada de la exposición, una foto del caballo, de nombre Napoleón. También un vídeo que explica de qué se trata: su «entrenador» —¿su marchante?— le colocaba un pincel entre los dientes y el caballo pintaba la tela con trazo impetuoso, hasta completar un colorido borrador abstracto. A la foto seguían los cuadros de la exposición: más de una docena de obras de Napoleón, ninguna de ellas por debajo de los tres mil euros.
—¿Y la gente compra esto?
—No empieces con lo de siempre, Diego: «Una idea brillante que hace gracia a los medios de comunicación: eso es, nos guste o no, el arte moderno…».
—Quizá es que nos hemos aburrido de nosotros mismos, y no nos queda otra que delegar: en las máquinas y los ordenadores, y si no en los animales…
—No hace mucho que Vargas Llosa ha escrito un artículo sobre el tema.
—No entiendo nada… Lo del pintor que quemaba las obras que no vendía en la hoguera de San Juan tenía algún sentido, pero esto… Muy apropiado para un psiquiatra equino, si tal cosa existiese.
—Se han hecho antes ensayos parecidos, por ejemplo enseñando a los monos de los zoos a usar cámaras fotográficas… Cierto que el resultado obtenido no pasará a la historia del arte, pero…
—De repente me han entrado unas ganas tremendas de emborracharme.
—Espera: el olvido del alcohol hay que ganárselo. Primero te llevaré a ver una expo que les suele gustar mucho a los escritores. Si no te complace, la cena corre de mi cuenta.
—No tienes piedad, Gloria.
Era una muestra de arte portugués contemporáneo, dedicada en su integridad a escritores y artistas lusos. Considerando que la ocasión era apropiada, Lazkano quiso impresionar a Gloria con una cita en portugués:
—«Cheguei a Lisboa, mas não a uma conclusão».
—Fernando Pessoa, ahí tienes a tu escritor favorito.
Gloria le señaló un futbolín, una instalación del artista Jose João Brito. Dos equipos enfrentados. En uno de ellos el portero era João Gaspar Simôes, y el grupo lo completaban otros diez escritores portugueses de todas las épocas. En el equipo contrario, las once figuritas de madera eran copias de una sola y la misma, la de Fernando Pessoa. Se acordó de Soto y Zeberio, del partido que jugaron contra los de Burdeos en la playa de Bidart.
—Pessoa contra Portugal, me encanta. Alguien capaz de crear tantos heterónimos puede luchar él solo y por su cuenta contra el mundo.
—Sabía que te gustaría.
—Has tenido suerte: la cena, a medias…
—¿No habíamos quedado en que si te gustaba la pagabas tú?
Gloria estaba en San Sebastián, después de mucho tiempo sin visitar la ciudad. Lazkano había quedado a cenar con ella, pero con la excusa de entregar a su padre el paquete que le había traído de Barcelona, este invitó a ambos a cenar en su casa.
—Tienes que prometerme que no te reirás.
—¿Reírme? ¿A cuento de qué iba a reírme?
—Esto tiene que quedar entre tú y yo: mi padre es un facha, estás avisado.
—De los fachas nunca me río, pierde cuidado.
—No me fío de ti.
El salón estaba forrado de madera noble, y las paredes, cubiertas de naturalezas muertas y paisajes de caza; pero, contra lo que cabía esperar, no se trataba de un sitio oscuro: gracias a las altas ventanas generosamente abiertas al sur, no se percibía ninguna falta de luz. El césped de la moqueta verde oliva imprimía un sosiego sin apuro a toda la estancia, y llegaba hasta el techo, que alcanzaría fácilmente los diez metros de altura. Era un ambiente incluso acogedor, no de una incómoda aristocracia heredada, torpe y de mal gusto, sino natural, refinada de generación en generación, edificado con tino para el placer del propietario, siguiendo antiguos gustos y motivos. Lazkano empezó a comprender que los padres se enfadaran con los jóvenes cuando estos renunciaban a sus aristocráticos privilegios; rechazar el aroma de aquella añeja destilación era, de algún modo, una falta de respeto. «Condenamos con demasiada facilidad a la aristocracia», se dijo Diego.
Así pues, aquel era el despacho del facha. Adelante. Lo turbó especialmente el inmenso tapiz, de tres metros de ancho por otros tantos de alto, detrás del escritorio: ¿de quién eran, sino del general Franco, aquellos ojos a escala mayor de la natural, que lo miraban de frente con el temible aspecto que los dictadores suelen mostrar en sellos postales, estatuas callejeras y retratos? Gloria dejó escapar un suspiro.
—Vale. Ya lo has visto. ¿Me crees ahora?
Diego no sintió ninguna repugnancia, sino todo lo contrario, tal fue el estupor que le produjo aquella irrupción del dictador en el tapiz, tan fuera de contexto, tan extemporánea. Decidió que, indudablemente, aquel hombre que conservaba en su despacho privado la imagen de Franco de manera tan evidente debía de albergar una nostalgia inofensiva, casi tierna. Si ya eran grandes las ganas que tenía de conocer al padre de Gloria, aquel detalle las acrecentó.
—¿Te importa si esperamos en la entrada?
—Los objetos nos sobrevivirán. Nosotros nos iremos, pero los objetos permanecerán tal cual. Lo confieso: soy un coleccionista redomado.
«Ya he visto el tapiz del despacho», se dijo Lazkano, pero se cuidó de mencionarlo. Recordó su visita a la casa de Kafka en Praga, de cómo se conmovió al verse reflejado en el mismo espejo en que se había mirado Kafka, y cómo por un momento tuvo la imposible fantasía de haber visto el retrato del escritor dentro del espejo.
—Me gustan estas antiguallas: estos soldaditos de plomo, por ejemplo, representan la batalla de Verdún. Aún no los he pintado todos.
—A mi padre le gusta representar batallas famosas.
—No solo me gusta, cariño, es mi alegría de vivir.
Una vez más el teatro, pensó Lazkano, muñequitos, marionetas, soldaditos de plomo, la representación. Pero quizá no fuera más que un síntoma de la regresión de los ancianos: se abandonan unos muñecos por otros. El padre de Gloria era alto y, aunque su cabello en otro tiempo negro lo conservaba completamente blanco y vigoroso, no aparentaba menos de setenta y cinco años.
—Gloria me ha dicho que eres escritor.
—Intento escribir, cuando me dejan.
—No seas tan modesto, Lazkano, he mirado en Internet y está claro que te va bien.
—No me quejo, señor Furmica.
—Hablas ruso, incluso.
—Últimamente lo tengo un poco olvidado, pero sí.
—Dime, ¿te gusta Chéjov?
—Me encanta.
—Creo que me voy a llevar bien con este amigo tuyo, Gloria…
El señor Furmica abrió el paquete que le había traído Gloria desde Barcelona. Se llevó a la nariz con delectación un antiguo libro impecablemente encuadernado. Un gran volumen de 1923, escrito en caracteres cirílicos.
—Toda su obra dramática, un capricho.
—Valdrá una fortuna.
—El dinero, por supuesto. Es importante el dinero. También en la obra de Chéjov: los personajes constantemente sufriendo estrecheces, pidiendo dinero prestado a usureros, siempre a punto de perder sus casas hipotecadas… Tampoco faltan los sobornos, crápulas que contraen matrimonio a cambio de supuestas dotes suculentas… Muy actual, si lo miramos por ese lado.
—En cualquier caso, no es su teatro lo que más me atrae. Siento especial predilección por sus cuentos.
—Ahí tenemos algo sobre lo que discutir… ¿Prefieres las narraciones? ¿Las short stories, racconti brevi?
—Diría que sí.
—Ten en cuenta de dónde vienen los relatos de Antón Chéjov… ¿Tienes idea?
—Era médico, muchas historias las vería y las oiría visitando enfermos…
—Sí y no… El teatro era una de las aficiones del Chéjov adolescente: él y su hermano montaban breves piezas cómicas en su casa, para la familia. Los personajes de aquellas pequeñas obras de teatro improvisadas se convirtieron luego en los héroes de sus relatos más conocidos. ¿Qué te parece? En el origen de muchos cuentos hay obras de teatro…
Diego se atragantó con el vino dulce que les había sido servido como aperitivo.
—Disculpe…
—¿No está bueno? Serviremos otro… Gisele, por favor…
—No, no es eso… El vino está delicioso.
—Es cierto que cuando se estrenó La gaviota, la gente no la entendió… Pero tuvo una segunda oportunidad, algo de lo que todos deberíamos gozar en la vida; y entonces sí, el éxito fue extraordinario… Se casó incluso con Olga Knipper, actriz del Teatro del Arte de Moscú… Nada es casual…
—Aprecio mucho su humor escéptico.
—Los actores y los directores nunca sabían si estaban representando dramas humorísticos o comedias dramáticas. No sabían si reír o llorar.
—Las dos cosas a la vez, seguramente.
—Las dos cosas a la vez, así suele ser en la vida. Siempre he creído que Gloria debería dirigir una obra de Chéjov, como solía hacer en otro tiempo.
—Papá, no empieces otra vez con eso…
—No, no, déjame terminar: hablo completamente en serio. Eras buena, tenías una buena visión de la puesta en escena… Yo mismo te financiaría.
—El teatro es artificio…
—No si los actores no hacen demasiado teatro, cariño. Chéjov solía permanecer bastante callado en la mayoría de los ensayos, pero ofrecía su opinión cuando se la pedían: «Estaría mejor si hiciesen un poco menos de teatro… Que sea más sencillo… como la vida misma».
—No es esa la tendencia de las obras de teatro de por aquí, según tengo entendido. Pero no soy yo el más indicado para juzgarlo, llevo más de veinte años sin acudir a los teatros.
—¿También tú, Diego? ¿Y a qué se debe?
—Un trauma de juventud, quién sabe.
—De todos modos… Si Gloria dirigiera un Chéjov… No tendrías más remedio que interrumpir tu ayuno dramático, n’est-ce pas?
—En tal caso…
—¿Cuándo lo harás, Gloria?
—Algún día, papá.
—Todo está dispuesto —les advirtió Gisele.
Para empezar, un schnapps. Luego, merluza con almendras, regada con un armonioso vino blanco del valle del Rhin. Se cenaba bien en aquella casa. La cocinera, la sirvienta… a Lazkano le parecía todo de otra época, incluso después de haber conseguido desterrar de su mente el tapiz de Franco y las lámparas de araña. Se sentía en el Londres victoriano. Diego había previsto la posibilidad de divertirse con el viejo, pero estaba resultando un tormento. Tampoco Gloria parecía estar más cómoda. Era evidente que durante los últimos años había perdido el hábito de comer con su padre y, sobre todo, el de soportar la presencia del servicio.
—Cambia la música, por favor, Gisele. Este aria no va nada bien con la merluza.
—Ya la cambio yo, papá; vete tranquila, Gisele.
Si las maneras del padre de Gloria no hubieran sido tan rancias, tal vez la situación le habría resultado cómica. Gloria se lo había advertido una y otra vez: «Ya sabes que mi padre es un facha, te va a provocar, tú síguele la corriente. Es más fácil así».
¿Un facha? Realmente lo era. Se tenía por inteligente, pero carecía del menor atisbo de encanto. Y lo que era peor: no se tomaba la molestia de disimular sus inclinaciones.
—Siempre son Alemania y Francia los que tiran del carro de Europa. ¿No es una vergüenza? Lástima no haber nacido un poco más al norte…
«Pues tú bien que te las arreglas», pensó Diego para sí: vino del Rhin, ópera alemana, schnapps. Independientemente de donde hayamos nacido, podemos elegir de dónde somos, incluso sin salir de casa. Diego se acordaba de su época en Lille, donde malvendía libros de la literatura universal para comprar alcohol. El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, a cambio de una botella de oporto…
—El PNV perdió una gran oportunidad cuando arruinaron la ocasión de un acuerdo con los nazis.
—Pero la guerra la perdieron…
—¿Los peneuvistas? Sí, tienes razón.
—Los nazis también…
—Humm, podría decirse. Pero cuánto dinero se gasta todavía la industria del cine estadounidense haciendo películas sobre nazis, ¿no es cierto? Cualquiera diría que no les bastó con ganar la guerra, que la victoria les dejó un regusto amargo, o que no se acabaron de creer que hubieran ganado. Aún continúan en guerra contra un enemigo que, desaparecido hace tiempo, sigue más presente que nunca.
—Quizá el objetivo sea que no resucite el Leviatán —apuntó Lazkano, y Gloria, vaciando su copa de un trago, le indicó con un gesto que no siguiera por ahí. Pero Lazkano ya estaba embalado—. El primer batallón que entró en París fue el Batallón Gernika, los vascos…
—Te equivocas, joven, diría que ese desfile tuvo lugar en Burdeos: «dejad pasar a los vascos, bastante tienen con el adefesio que les ha pintado Picasso, que les sirva de consuelo». A saber…
—¿Más vino, papá?
—Gisele, más vino.
Gloria eximió a Gisele: «Tranquila, yo me ocupo». Lazkano se había dado cuenta de que la sirvienta estaba tensa, de que Gloria y él entorpecían involuntariamente su rutina habitual, habría preferido hacer las cosas a su manera, sin que Lazkano y Gloria tocasen siquiera las botellas de vino. Lo hacían con la mejor intención, pero no conseguían más que molestar al servicio.
—Este vino del Rhin… Realmente afrutado, me gusta, papá.
Ver a Gloria cambiando de tema, tan a merced de su padre, le resultaba irritante a Lazkano. Ahora comprendía por qué desde muy joven había optado por dejar la casa de sus padres, y por qué la muerte de su madre había sido el último empujón que necesitaba para quedarse indefinidamente en Barcelona. Pero todos los comentarios de Gloria sobre los vinos del Rhin fueron incapaces de desviar de su cauce la corriente de la conversación.
—Los nazis eran gente disciplinada, no está bien visto decir nada en su favor, enseguida te echan a los perros, pero el hecho de que hoy en día muera tan poca gente en las carreteras de Alemania, ¿acaso no es mérito de los nazis? Las mejores carreteras y los mejores coches, sin límite de velocidad en las autopistas… ¿Cuánta gente muere aquí, por el contrario? Algunas de sus ideas las llevaron al extremo, de acuerdo; pero ¿no deberíamos descontar de los muertos en los campos de los nazis todos los que no han muerto en las carreteras de Hitler en los últimos setenta años? Y de que las carreteras de aquí sean trampas mortales, esa otra forma de terror, ¿quién es responsable? A los mediocres los ascendemos y a quien dice la verdad lo acusamos de ser cruel; es triste, pero así funciona el mundo. ¿Has reflexionado alguna vez sobre eso, Lazkano? ¿Respecto al hecho de que se demonice a determinada gente, y no a otra?
Tardaron en llegar un poco más de lo que hubieran querido la panna cotta helada y el café al que obligaba la cortesía.
—Falta disciplina, señor Lazkano. Autoridad. El trabajo que se hacía en los Gymnasium de Alemania con los jóvenes, las juventudes hitlerianas… El caso de Günter Grass te resultará familiar.
A Diego le empezaban a flaquear las fuerzas. Ahora era él quien se aferraba como un náufrago a la botella de vino blanco y se apresuraba a rellenar las copas. Por no hablar, bebía. ¿Cuántos tímidos y cuántos cobardes no se habrían vuelto alcohólicos de esta manera?
—¿No queréis un licor? ¿Aguardiente, grapa? No es mi preferido, pero también tenemos pacharán casero, etxekoa…
—No, gracias.
Etxekoa era la primera palabra que había dicho en euskera en toda la velada.
—Ha sido un placer, Diego. Vuelve cuando quieras. En estos tiempos tan volubles no es fácil encontrar gente que sepa mantener una conversación.
Diego bajó la cabeza mansamente, sin fuerza para añadir nada, como si la autoritaria mano del padre de Gloria le obligara a la reverencia.
Gloria lo acompañó hasta la puerta.
—Tiene su encanto, tu padre.
—Cuando sus barbaridades no te ponen los pelos de punta, querrás decir… Ahora está mayor, pero imagínatelo hace cuarenta años, cuando yo era una niña.
—Con los padres siempre se produce un choque: ¿acaso crees que te habrías llevado bien con él si no hubiera sido un fascistoide?
—No tienes por qué disimular, a veces lo fusilaría.
—Los padres no se escogen, tú no eres responsable de ellos.
—¿Y los padres sí lo son de sus hijos? ¿Crees que es fácil vivir con eso? Lo siento, Diego. Tenía que habértelo dicho. Mi padre era amigo de Melitón Manzanas.
Gloria profirió un suspiro.
—Ya está dicho, iba a reventar si no lo soltaba.
Hay nombres que te hielan la sangre. Para mucha gente, el de Melitón Manzanas es uno de ellos. El primer policía que ETA mató intencionadamente. Una especie de leyenda negra se extendía en torno a aquel hombre. Al parecer no le bastaba el provecho que sacaba de la tortura, y se cobraba a su modo los favores que hacía a las esposas y hermanas de los detenidos. Ni siquiera sus compañeros de trabajo en la policía podían verlo. Pertenecía a la escuela de los más sádicos.
Lazkano había oído que se le acusaba incluso de haber colaborado con los nazis, sin haber cumplido aún los treinta años: se decía que entregaba judíos a la Francia ocupada, canjeándolos por gente que interesaba al Gobierno español.
Lazkano se preguntó si Gloria habría oído hablar de ello. Esperaba que, por su bien, no lo supiera. Bastante tenía su amiga con digerir la relación de su padre con franquistas y torturadores. Pero ahora le resultaba más fácil comprender la retórica filonazi del señor Furmica. Serían dignas de oírse las anécdotas de posguerra que, schnapps en mano, se contarían su amigo Melitón y él. Lazkano prefirió guardarse para sí lo que tenía en mente. No, definitivamente era mejor que Gloria no supiera nada. Decidió no revelarle cómo se urdía y entreveraba aquella amistad de su padre con la mayor masacre del siglo XX. Lo cerca de casa que tenemos —mucho más cerca de lo que pensamos— el extremo de la trama que, sin quererlo, nos une a la crueldad del mundo. Empieza a tirar del hilo suelto de un sencillo tapiz, y llegarás a lugares insospechados. «Los objetos nos sobrevivirán».
El ambiente se volvió glacial, y no parecía que se pudiese hacer nada por remediarlo.
Gloria abrazó a Lazkano como hacía tiempo que no abrazaba a nadie. Quizá no fue más que un espejismo, pero le pareció que, si en ese momento no les hubiese interrumpido Gisele con la cazadora de Diego, le habría incluso besado en los labios.
Aquel día Gloria no acudió a buscarlo a la estación de Sants. Lazkano se sorprendió, pero no le concedió mayor importancia: pensó que se habría retrasado. Compró un par de periódicos y se quedó a esperarla en la cafetería. Viendo que no llegaba, la llamó por teléfono. Al otro lado saltó el contestador. Estaría inmersa en uno de esos trabajos conceptuales imposibles, no solo olvidada de la cita y del visitante que debía recoger, sino también, seguramente, ajena a la estación del año y al mundo.
Creyendo que Gloria se había confundido de hora o de día, Lazkano decidió coger un taxi y acercarse a casa de su amiga. Llamó al timbre. No hubo respuesta. Tomó una cena ligera en una pizzería del barrio, y al anochecer volvió a llamar a su puerta. No parecía que hubiera nadie allí.
Le dejó un tercer mensaje en el contestador, comunicándole que estaba en una pensión del barrio. A la mañana siguiente, después de desayunar, al ver que no había recibido ninguna llamada de ella y que tampoco respondía al interfono, se le ocurrió telefonear al padre de Gloria. No tenía su número en la agenda, pero lo encontró fácilmente en un cibercafé paquistaní, en las páginas blancas. En San Sebastián no había mucha gente que se apellidara Furmica.
Aunque contestó Gisele, enseguida pudo oír la voz del padre de Gloria.
—¿No sabes nada?
Lazkano debía haber sospechado algo al ver todas aquellas plantas en el balcón de Gloria. Eran demasiadas para su propio consumo. Pero quién sabe, la hierba también podía ser para sus amigos… Aunque resultaba evidente que Gloria no ganaba gran cosa con sus obras de arte, Diego no sospechó que su situación económica fuese tan desesperada.
No pudo evitar acordarse de lo que les decía Gloria cuando llegaban tarde a los ensayos, todas aquellas reconvenciones que tanto enfurecían a Soto:
«Vais a acabar mal», «No esperéis que vaya yo a sacaros de la cárcel», «Como para pagar abogados estamos».
Su padre ya había pagado la fianza, pero faltaba enviar un burofax del resguardo de la transferencia bancaria y hacer algún papeleo. La tenían en la comisaría del Eixample.
—No sabía que estabas en Barcelona, Lazkano… Gloria se alegrará de tener a alguien conocido esperándola. Te agradecería que me llamaras cuando la dejen libre.
—Por supuesto.
Diego Lazkano se pasó la mañana en la sala de espera de la comisaría. Sellos de caucho, olores tóxicos de tinta y tubos fluorescentes que zumbaban sin acabar de fundirse, carteles de los delincuentes más buscados. Vestigios de la década de los ochenta: aún se ponía nervioso en ese tipo de lugares.
Al mediodía, en cuanto el policía de la recepción abandonó su puesto, tuvo que volver a explicar el caso de Gloria al del turno de tarde. La liberaron poco antes de las cinco. No tenía mal aspecto.
—Lo siento, Diego. Solo me han dejado hacer una llamada, y no era cuestión de pedirte a ti el dinero. ¿Dónde has pasado la noche?
—¿Estás bien?
—He compartido celda con dos prostitutas búlgaras… Parecían dos de esas abuelas de Oteiza… ¿Me creerías si te dijese que no me acordaba ni de cuál es la capital de Bulgaria? ¿Sabes que ya no te toman las huellas dactilares con tinta? También eso se ha acabado.
Gloria no quiso explayarse mucho sobre su trabajo de dealer. Le confesó que había empezado hacía poco, pasando a «conocidos de conocidos», y en una de esas se topó con un policía de paisano. Mala suerte. Según el abogado de oficio, no tendría problemas, por ser la primera vez y porque la cantidad incautada era pequeña. Lo que no se perdonaba era haber tenido que pedir a su padre el dinero de la fianza.
—Toda la vida me las he arreglado sola… Ahora le debo una. Y vaya si me la cobrará, menudo es el viejo.
—Si estás en apuros… no tienes más que pedirlo, Gloria… ¿Necesitas dinero?
—No, pero si quieres te dejo pagar la ronda de martinis en el Boadas.
El profesor Heiner Stachelhaus se sentó en la sala principal del Macba. Ante la escasa afluencia de público, los organizadores estaban recogiendo sin ningún reparo las sillas plegables de madera que habían puesto de más. Gloria tenía las pupilas dilatadas.
—Ni que fuera David Bowie…
—Uno de los que más saben sobre él…
La presentación corría a cargo de Josep Ramoneda, que la resolvió con solvencia, con su profunda voz de termita. A Lazkano le gustaban sus comentarios radiofónicos, aunque nunca lo había visto en persona. El profesor Heiner Stachelhaus bebió agua de Vichy, saludó al público en catalán agradeciendo su asistencia, y siguió en alemán. El intérprete era muy bueno, aunque se notaba demasiado que leía y que no era simultáneo.
«Beuys era mitad gángster, mitad payaso. Sombrero, gabardina, apariencia frágil, insaciable ansia de acción. Hay gente así, que nunca descansa y que se sosiega trabajando hasta el agotamiento, que convierte el cansancio en combustible. "El propio derroche de fuerza es mi energía", afirmaba Joseph Beuys».
Lazkano se acordó de Soto. Así era su amigo. Parecía ser él a quien estuviese describiendo.
«Beuys nació el 21 de mayo de 1921, en un pueblo llamado Krefeld, cerca de Düsseldorf. Antes de terminar el bachillerato pasó un año de acá para allá, como ayudante en un circo: trabajó de albañil, hombre-anuncio y cuidador de animales. Aceptó como algo normal el servicio que había que cumplir en las juventudes hitlerianas, así como la obligación de ser soldado en la guerra. Creía en el destino…».
—Teníamos que haber invitado a tu padre, Gloria.
—¿Por qué no te callas de una vez?
«Después de recibir formación como radiotelegrafista en Posen, lo prepararon para ser piloto de combate, primero en Erfurt y luego en Königgrätz. Un accidente que sufrió en Crimea en el invierno de 1943 marcaría su futuro. Tras bombardear una batería rusa de cañones antiaéreos, antes de que pudiera tomar altura en su maniobra de ascenso, es tiroteado el avión Ju 87 que pilota. Contra todo pronóstico, Beuys y su compañero logran llevar el avión hasta el otro lado de las filas enemigas. Sin embargo, les falla el altímetro y el aparato se precipita en medio de una tormenta de nieve. Tras chocar, Beuys es catapultado fuera del avión. Su compañero está muerto. Un grupo de nómadas tártaros lo encuentran entre los restos del avión y se lo llevan, gravemente herido: lo cuidarán durante ocho largos días en su campamento. Le frotan las heridas con grasa de animales, y lo envuelven en fieltro para mantener su cuerpo en calor. Lo alimentan con leche, queso y requesón. Cuando los alemanes lo rescatan, es enviado de nuevo al frente, a modo de venganza, porque en opinión de algunos nunca se ha adaptado bien a la disciplina militar. Lo volverán a herir en combate cuatro veces, y lo cubrirán de medallas. También lo degradarán, en dos ocasiones, por indisciplina. Cuando los británicos lo apresan en 1945 tiene el cuerpo lleno de cicatrices».
—David Bowie, todo un héroe… —susurró Lazkano a Gloria.
—Ni una palabra más, Diego.
«En las acciones que lleva a cabo junto al grupo Fluxus provoca emociones que exasperan a mucha gente: pianos que llena de detergente y luego destroza con motosierra, animales muertos a los que arranca el corazón en directo, grasa, televisores parpadeantes, gritos primitivos, estruendos… locuras de todo tipo. La mayoría de las veces la gente no entiende lo que hace Joseph Beuys, pero eso a él le trae sin cuidado. Ejecuta sus acciones en pleno trance».
En 1945, su novia, mucho más joven que él y empleada postal en Düsseldorf, le devuelve su anillo de compromiso. Joseph Beuys se sume en la depresión; sus amigos tienen que entrar en su casa por la ventana para rescatarlo, y cuando lo encuentran está a oscuras: «Quiero disolverme», les dice con un débil hilillo de voz. Por el suelo, dibujos rotos. Encarga al carpintero de Krefeld una caja, con la intención de cubrirla de brea y «enterrarse» en ella. Finalmente entiende la depresión como una purificación, y sale adelante.
«Incluso antes de su famosa intervención con el coyote, siempre tuvo una relación especial con los animales. Testigo de ello es la obra Bomba de miel en el lugar de trabajo. Como Rudolf Steiner, admiraba a las abejas, porque eran antiguos animales sagrados: "Sagradas, porque el destino de las abejas revela cuál será el destino del ser humano… Cuando cogemos un poco de cera de abeja, ¿qué es, en realidad, lo que tenemos entre manos? Una mezcla de sangre, músculos y huesos."»
—Gloria…
—¿Qué te pasa ahora?
—Sabes que últimamente las abejas están desapareciendo, ¿no? No saben por qué, pero desaparecen…
—¿Te vas a callar de una vez?
«Pero si Beuys tiene una relación estrecha con algún animal, es con la liebre. "Yo no soy ningún ser humano, soy una liebre", dijo en cierta ocasión. En consecuencia, ejecutará la acción Cómo explicar los cuadros a una liebre muerta en la galería Schmela de Düsseldorf: se pasea por la sala de exposiciones de un lado a otro con una liebre muerta, mientras le va explicando los cuadros allí colgados, con gran ternura y concentración».
«Cuando Beuys proclama que todos los seres humanos son artistas no quiere decir que en cada persona haya un pintor o un escultor, sino que todo ser humano tiene aptitudes creativas, y que debemos tener esas aptitudes en cuenta, y tratar de mejorarlas. Para él, la creatividad es la ciencia de la libertad».
«Aunque se ha subrayado especialmente el carácter chamánico de sus acciones, Beuys no quiso utilizar su pensamiento y su acción para volver a situaciones del pasado, sino para buscar pistas de cara al futuro. Es innegable, por otra parte, que muestra rasgos de chamán, incluso en su aspecto exterior: Beuys siempre vestía chaleco de pesca, sombrero de fieltro y camisa blanca, amén de sus vaqueros».
«¿Qué es un chamán, al fin y al cabo? El chamán no es solo un enfermo: es un enfermo que tiene la capacidad de curarse a sí mismo».
«El 2 de junio de 1967, en la manifestación organizada contra la visita del Sha de Persia, matan en Berlín al estudiante Benno Ohnesorg. Veinte días más tarde, Joseph Beuys funda el Partido de los Estudiantes Alemanes. Su alma provocadora no tiene límites: "Mi partido es el mayor del mundo, la mayor parte de sus afiliados son animales", manifiesta. En 1971 convoca una exitosa protesta contra los campos de tenis que se pretenden construir en unos bosques próximos a Düsseldorf: limpian el bosque con escobas gigantes».
«El trabajo de Joseph Beuys está estrechamente ligado al festival Documenta que se celebra en Kassel: en el Documenta de 1982, propone plantar siete mil robles en cinco años, probablemente la intervención artística más transformadora que nunca se haya hecho en una ciudad».
Lazkano se puso en guardia: inadvertidamente, la mente se le iba a la década de los ochenta. Mientras Beuys planta robles, a él le suceden cosas: conoce a Soto y Zeberio, Idoia lo deja, pronto se pondrá a vivir con Ana, lo detienen y lo torturan, huye, conoce a Lena en Lille…
«El cambio social que proclama Beuys es un cambio sin violencia: "Sin violencia, no porque ahora la violencia, por determinadas razones, no tenga opción de ser eficaz y exitosa, sino por moral espiritual humana y por razones político-sociales. Por una parte, porque la dignidad del ser humano está unida a la inviolabilidad de la persona, y porque quien lo olvida abandona el ámbito del ser humano. Por otra parte, porque los sistemas que deseamos transformar están estructurados sobre una violencia expresada de todas las formas imaginables. Por eso, dado que cualquier expresión violenta coincide con el comportamiento del sistema, en lugar de debilitarlo, refuerza aquello que desea destruir."»
—¿Falta mucho, Gloria?
—Lárgate si quieres, yo me quedo.
«Años antes, en 1964, Beuys, como provocación, aconsejó que elevaran cinco centímetros el muro de Berlín, considerando que así tendría unas mejores proporciones».
«En 1969 compartió escenario con un caballo blanco que comía hierba…».
—Vaya, ¿está hablando sobre Napoleón?
—Para ya, Lazkano.
«"El artista y el delincuente —decía Beuys—, son compañeros de viaje, ambos disponen de una loca creatividad, ambos carecen de moral, impulsados solo por la fuerza de la libertad." Por supuesto que las palabras de Beuys no han de tomarse al pie de la letra… Ahí también entra en juego la provocación».
«Pero, tal como quedó claro con la acción que realizó en 1974 en la galería René Block de Nueva York, Beuys no se conformaba con la mera provocación. La acción lleva por título I like America and America likes me y, aparte de Beuys, tiene otro protagonista: el coyote Little John. Es la acción más conocida y comentada del artista alemán. Beuys llega al aeropuerto JFK envuelto en una alfombra de fieltro. Se hace colocar sobre una camilla y lo llevan en ambulancia a la galería de arte, sin que toque el suelo de Estados Unidos. En la galería lo espera el coyote Little John, rodeado de paja. Hay también un montón de ejemplares del Wall Street Journal y pedazos de fieltro. Lleva un bastón, aparte de su sempiterno sombrero de fieltro. Se sienta en el suelo y le habla al coyote. Beuys se oculta bajo la tela de fieltro, dejando fuera solamente la punta del bastón. El coyote, entonces, tira del fieltro y desgarra la tela. Según avanzan los días, es Beuys quien está rodeado de paja; y el coyote, entre el fieltro y los diarios. De vez en cuando, Beuys hace música con un triángulo que lleva colgado del cuello. Al cabo de tres días se acostumbran a vivir juntos. Beuys da un fuerte abrazo al coyote Little John antes de despedirse de él. Esparce puñados de paja en el lugar que han compartido. Vuelve al aeropuerto JFK del mismo modo que vino: lo meten en la ambulancia tendido en la camilla, envuelto en fieltro, sin poner un pie en el suelo, y abandona Nueva York y Estados Unidos sin haber visto en la ciudad nada aparte del lugar compartido con el coyote».
«Acepta una invitación del museo Solomon R. Guggenheim y, para sorpresa de íntimos y conocidos, se aficiona al caviar, a los Cadillac y a otros lujos. Thomas Messer, a la sazón director del museo Guggenheim, interpreta así el cambio de actitud de Beuys: "Me temía que a Joseph Beuys se le hubiera ocurrido que, desde su punto de vista, destrozar y derruir el museo era una obra de arte formidable… Felizmente, cambió de actitud de un día para otro, como si de repente se hubiera dado cuenta de que ya había hecho bastante teatro…"»
«Eva, su mujer, acostumbraba a decir que Beuys siempre había estado muerto. Llamaba a su marido Beuys, y sus hijos Wenzel y Jessyka tampoco lo llamaban papá o padre, sino Beuys, siempre. "Estuvo muerto toda la vida —solía decir Eva Beuys—, pero al mismo tiempo estuvo siempre muy vivo. Beuys nunca se quejaba del tiempo, siempre decía: haga el tiempo que haga, siempre hace bueno."»
«Ejecutará su última instalación en el Museo di Capodimonte de Nápoles, el 23 de diciembre de 1985. Morirá un mes más tarde».
«Es algo muy extraño que el fantasma de Beuys no se manifieste más a menudo. Puede que tenga razón esa pintada que he visto esta tarde en una pared del Raval y que el mismo Beuys firmaría: "Pienso, luego sobro." Quizá somos nosotros la liebre muerta en brazos de Beuys, y aún no nos hemos dado cuenta».
«Muchas gracias a todos».
—¿No vas a pedirle un autógrafo? ¡Es el gran Heiner Stachelhaus!
—Vete al carajo, Diego… Es la última vez que vienes conmigo a una conferencia.
Hacía buena noche en Barcelona, y merecía la pena cenar en una terraza, pero Gloria escogió un interior silencioso, con manteles de lino.
—¿Seguro que quieres cenar? Yo te veo saciada.
—En otro tiempo admiré mucho a Beuys, siempre ha sido mi ídolo, pero estos últimos años lo he tenido un poco abandonado, la verdad. Ha sido maravilloso, aunque se le haya olvidado contar lo de la bombilla…
—¿Han decidido los señores qué van a tomar?
Escalivada para empezar, y luego un besugo a medias. Para beber, vino blanco: pidieron al camarero que lo escogiera él, con tal que fuera del Penedés. Para cuando les sacaron el pescado tuvieron que pedir una segunda botella.
—Parece ser que tenía atascado el conducto de la estufa, y estaba subido en una silla intentando limpiarlo: perdió el equilibrio y se dio un tremendo costalazo. Fue tal el golpe que tuvieron que llevarlo al hospital de Düsseldorf. Al volver a casa, puso una bombilla roja en el comedor, con esta frase: «Hay que estar siempre despierto».
—Podías haber aprovechado el turno de preguntas para contar esa anécdota.
—No soy tan exhibicionista como tú.
—Habría sido una forma de ganarte la complicidad de Heiner Stachelhaus… ¡Quizá esa anécdota te habría llevado a cenar en compañía de Ramoneda y Stachelhaus! ¡Habrías estado con dos peces gordos, haciendo contactos para exponer tu obra en Berlín, y no con dos besugos, como estás ahora!
—Vete al carajo.
—Vete al carajo, vete al carajo… ¿No sabes decir otra cosa? ¡Te estás repitiendo, y esa no es una forma creativa de vivir, a Beuys no le habría gustado!
—Te equivocas: los chamanes, de hecho, suelen ser bastante repetitivos. La repetición es la clave del trance: ¡Vete al carajo, vete al carajo…!
—Me gustaba más «Hay que estar siempre despierto». O bien: Heiner Stachelhaus, Heinerstachelhaus, Heinerstachelhaus… ¿No te parece un gran nombre? ¿No es una gran ventaja tener un nombre así? ¿No crees que ser dueño de un nombre como ese y obligar a las mandíbulas de la gente a pronunciar esas palabras implica inevitablemente complejas conexiones neuronales? ¡Es la lengua la que nos esculpe, y no al revés!
—No teníamos que haber pedido esa segunda botella, Lazkano. Estás delirando.
«Hay que estar siempre despierto».
Lazkano se moría de sueño. El besugo, sin embargo, remontando la corriente de vino blanco, restaba gravedad y plomo al cansancio de la noche. Al día siguiente iba a tener una resaca descomunal pero, considerando que Beuys merecía eso y más, siguieron derrochando su energía conversando, bebiendo una grapa de Trentino tras otra, hasta que se les agotaron las fuerzas y el dinero.
Los dos llegan a casa tambaleándose. Lazkano se tumba en el sofá, sin descalzarse.
—¿Quieres dormir en mi cama?
Diego Lazkano se levanta y se acuesta en la cama de Gloria.
—¿Quién te ha dado permiso para acostarte con los zapatos puestos?
Le quita los zapatos y los calcetines. Luego Gloria se queda en ropa interior: está morena, al tomar el sol en la terraza el traje de baño le ha dejado sugerentes marcas blancas aquí y allá. Han dormido juntos otras veces, compañeros de cama sin sexo, pero han pasado ya muchos años desde aquello. Aunque esta mujer de curvas prominentes está muy lejos de su canon de muchachas flacas y delicadas, Lazkano se percata de que sus preferencias están cambiando ligeramente. Es curioso cómo evolucionan los gustos carnales con los años.
Gloria estrecha su trasero contra la entrepierna de Diego, y siente la reacción de su pene bajo dos capas de tela.
—Todavía respira —le advierte Gloria, en un tono alejado de la concupiscencia.
—Cuando le dan motivos —responde Lazkano, y se queda inmediatamente dormido abrazando la cintura de Gloria. Cuando se levantan por la mañana, ambos tienen la sosegadora impresión de que se durmieron a la vez.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué nunca nos hemos acostado?
—¿Porque somos buenos amigos?
—Razón de más…
—¿Me vengo a Barcelona porque en mi tierra no acierto con las mujeres, y quieres que me acueste contigo? ¿A quién acudiré luego huyendo a contarle que te has encaprichado conmigo y no puedo librarme de ti? —bromea Lazkano.
—Eres tan vanidoso… pareces escritor. Un polvo sin alcohol… ¿no te tienta?
—¿Para pasar la resaca?
Gloria pone sus dedos en la entrepierna de Lazkano.
—Todavía respira…
Cómo decir que no a aquella amistosa sonrisa, a aquellas caricias. Parece mentira que se encuentren en la terraza de una gran ciudad, no se oye el más mínimo murmullo en esa casa de la ladera del Montjuïc, exceptuando el ocasional trino de los pájaros. Lazkano pone su mano en la parte interior del muslo de Gloria, buscando con la punta de sus dedos. Gloria le suelta los botones de la camisa y le acaricia las costillas, con las yemas y con el roce de sus labios. El primer mordisco en el cuello hace perder la cabeza a Diego de forma totalmente inesperada. Los dos están sentados en sendas sillas de tijera, y Gloria abandona la suya para desprenderse de su slip y, sin tomarse el trabajo de bajarle a Diego los pantalones hasta los tobillos, liberar su pene del otro lado de la goma. Cuando se le sienta encima, Diego le saca los pechos de la blusa y hunde su cabeza en ellos, asombrado de que la silla de madera no ceda y se vayan al suelo. Gloria se toma su tiempo para acariciarle el glande y frotárselo contra su pubis. Se unen las dos bocas sin más demora. Gloria se aprieta más contra Diego cuando él la agarra por las nalgas y tira de ellas hacia los costados. Un dedo corazón que se desliza buscando un centro, un pulgar que palpa la hendidura, un olor penetrante, nada cosmético, que es el de Gloria, que se mezcla con la espiral de su propia excitación. Mientras cabalga sobre él, Diego siente un enorme bienestar, muy alejado del orgasmo, mientras los rayos del sol le hacen cosquillas en la pelusilla de sus muslos descubiertos. Se está así tres o cuatro minutos, dentro de ella, y solo cuando se da cuenta de que Gloria se le está adelantando empieza también él a dar golpes de cintura.
Los jadeos y suspiros de Gloria no son tan distintos de su risa, y, aunque el éxtasis y la risa siempre le han parecido dos placeres imprescindibles, pero contradictorios e independientes, que nunca deben mezclarse, le complace comprobar que pueden darse simultáneamente. Aquellos gemidos entrecortados lo enardecen más que todas las palabras obscenas del mundo. ¿Quizá sea la inesperada novedad lo que hace que todo resulte tan placentero?
—Nada nos impide repetirlo…
—¿Y si me enamoro de ti?
—Mira por dónde, creía que el riesgo era que me enamorara yo.
—Yo también soy humano.
—Te equivocas: eres escritor, el Diablo. Vas a perder el tren. Que tengas buen viaje de vuelta a casa, y no me llames cuando llegues.
Se sonríen. Llevan adherido en la piel el olor del otro, y les gusta.
Cuando Gloria no le abre la puerta, siente una corazonada.
Esta vez llama directamente a la comisaría del Eixample.
Acierta. Bingo.
—Ha declarado ante el juez y ha pasado la noche en prisión.
—¿En comisaría?
—No: en la cárcel.
—¿La han mandado a la cárcel? ¿Por pasar marihuana?
El policía suspira, y desea saber con quién está hablando.
—¿Es usted su representante legal? ¿Familiar?
—No… Un amigo.
—En ese caso no puedo decirle más. Lo siento.
Lazkano debe pensar deprisa:
—Mire, soy su novio… por así decirlo… No tiene a nadie más.
—Pásese por los juzgados, con un abogado. Le hará falta.
Tiene que dar sus apellidos y número de carné de identidad al secretario del juzgado antes de que este le dé su conformidad.
—¿Yago Machado?
—No, Lazkano: Diego Lazkano.
Siente sudor frío en la espalda. Aquellos lugares, aquella gente.
—¿Cuándo quedará… cuándo la dejarán libre?
—Es una defcondos…
—¿Perdón?
Lazkano no está muy al día de la jerga policial.
—Defcondos… Que no es la primera vez.
—Pero es hierba, poca cosa.
—Le han incautado cincuenta dosis de éxtasis. Y tiene antecedentes.
«Vais a acabar mal».
«No esperéis que vaya yo a sacaros de la cárcel».
«Como para pagar abogados estamos».
Consigue un vis a vis con Gloria antes de la hora de la cena.
—¿Qué has hecho, Gloria?
—Nuevos modelos de negocio… Hay que pagar la factura de la luz.
—¿No escarmentaste la otra vez?
—Dicen que tengo antecedentes. Por la marihuana… Pero ahora no ha sido maría, ¿no? Es otra cosa. Además… ¿los antecedentes no prescriben?
—No en tres meses, Gloria.
—Ah…
—¿De dónde has sacado el éxtasis?
—La gente te presenta a otra gente, y esa gente a otra. Tampoco es tan difícil. ¿Por qué?, ¿te interesa?
—No es para tomárselo a broma. ¿Has llamado a tu padre?
—¿A ese facha? No, no sabe nada.
—Esta vez piden diez mil euros de fianza.
—¡Diez mil! Joder…
—Podría prestarte la mitad ahora… pero para conseguir los diez mil necesitaré un par de días.
Gloria queda abatida. No esperaba una fianza tan abultada.
Va a tener que volver a hablar con quien no quiere hacerlo. El favor que le debe se está agrandando. Y sabe perfectamente que se lo cobrará con intereses incluidos.
—La exposición de Roma no ha salido.
—Lo siento.
—Quizá sea mejor así, no estoy segura de que las instalaciones acaben de funcionar.
—¿No sería posible hacerla en otro sitio?
—No, no lo creo. A cambio, tengo otra noticia… Me da vergüenza decírtelo… Me han pedido que dirija una obra de Chéjov.
—Estás de broma…
—Como en los viejos tiempos. Y al precio de entonces.
—Creía que odiábamos el teatro.
—Chéjov es Chéjov, ¿no? Además, la obra que quieren montar es Platónov, un caramelo.
—¿Platónov? No la conozco.
—Su primera obra de teatro. En algunas antologías ni siquiera aparece, se dice que Chéjov la repudió. En realidad, se discute incluso si está terminada del todo.
—¿Tienes completa libertad para dirigirla a tu antojo?
—Sí y no. Tengo que reducir los cuatro actos del original a uno. La compañía quiere hacer algo nuevo… Tendré un local para los ensayos, un piso en la calle Aldamar… Me lo darán todo. El único estorbo es mi padre.
—¿Tu padre? ¿Es él quien pone el dinero?
—El dinero y el nombre de la directora… ¿Qué te parece? Atrapada otra vez en la telaraña. Además quiere colocarme en el elenco a un viejo amigo de su grupo de filatelia… Desde que está enfermo le consiento todos los chantajes.
—No me parece que el precio a pagar sea tan alto. Nos veríamos más a menudo. ¿Por qué renunciar a una oportunidad así?
—Creía que iba a decepcionarte más mi fracaso. Gloria, la artista alternativa y anarco, comiendo de la mano de su padre franquista, dirigiendo trabajillos para el Victoria Eugenia, por encargo.
—No te tortures tanto: siempre haces igual. Tú eres tu propio verdugo.
—¿No lo somos todos de todos?
—Pudiera ser.
—Si acabo aceptando… La traducción es muy mala. Me haría ilusión que la hicieses tú.
—No me pidas eso, Gloria.
—Por favor… ¿Dónde voy a encontrar a alguien que sepa ruso?
—He perdido la costumbre, hace años que no…
—Dime que te tomarás un par de días para pensarlo. Léete el libreto, al menos. He traído una copia para ti.
—De acuerdo, pero no te hagas ilusiones.
—Tendrás que asistir al estreno, para que no me cuelgue de las cuerdas de la tramoya.
—Odio las salas de teatro.
—Pero a mí me quieres. Te sacrificarás por mí, ¿no?
—¿Diego Lazkano?
—¿Quién es?
—Tengo algo que podría interesarle.
—¿Con quién estoy hablando?
—Pongamos que vengo de parte de Javier Fontecha.
—¿Fontecha?
—Quiere reunirse con usted.
—Lo siento, pero estoy en Barcelona.
—Casualmente él también.
Diego Lazkano se asusta: le han puesto una sombra.
—Apunte la dirección.
Se trata del vestíbulo de un hotel. Ruidoso y lleno de turistas. Tienen que hablarse al oído. Quizá solo sea que quieren evitar los micrófonos.
—Es muy sencillo: desiste de tu declaración y la carpeta será tuya.
En su mente se mezclan muchas cosas: el Sapo, su hija Cristina, Idoia, Ana… Es extraño, pero esta vez a Soto y Zeberio les cuesta más aparecer.
—Hicisteis terrorismo de Estado.
Fontecha se queda callado. Diego Lazkano nunca ha oído un «sí» tan rotundo. No obstante, no siente ningún placer. Nada más que pena y asco. No llega a sentir compasión, pero casi.
—Acabemos de una vez con esto.
—Lo has reconocido. Eres culpable.
—¿Y qué, si lo hubiera reconocido? El presente nos absuelve. A veces se hacen cosas, cosas que el futuro censura convirtiéndote en culpable. Bien mirado, no siempre es justo.
—Conmigo no tienes que excusarte. Los tribunales dirán lo que tengan que decir, si es que no los habéis comprado previamente, claro.
—¿Quieres decir que no harás ningún trato? Tú tampoco eres un ángel, Lazkano… Has hecho pasar por tuyos trabajos que no lo eran… ¿Crees que haciéndonos culpables a nosotros vas a purgar tu culpa?
—¿La has traído?
—¿La carpeta? Cuando acabe el juicio.
—Eres un cero a la izquierda, Fontecha. Eres patético. ¿No te das cuenta? Ya no pintas nada… Tu propio partido te ha abandonado… No sé qué hago aquí contigo. No hay forma de resucitar a los muertos. No puedes devolverme a los amigos que me mataste.
—Los amigos, no.
—Entonces, ¿qué?
—Qué, o quién…
—No tengo nada que hablar contigo.
—¿Te dice algo el nombre de Santos Herguera?
Diego Lazkano se pone a la defensiva. Emergen ante sus ojos un escenario y unos actores que no esperaba.
—El amigo de tu padre. Su médico de confianza.
—¿Qué tiene que ver Herguera en esto?
Poco a poco Fontecha deja de ser un monigote de cartón piedra. Habla muy lentamente, como si estuviera dando la rueda de prensa de su vida.
—Gente así la hay en todos los oficios, Lazkano. Gente oscura y perversa, hábil revolviendo en la basura, siempre dispuesta a hacer toda clase de favores. Ese amigo de tu padre, el tal Herguera, será uno de los que testificarán a favor de Rodrigo Mesa.
Lazkano se queda estupefacto.
—Qué mundo tan extraño, ¿no te parece? Afirmará que por el estado en que se encontraron los huesos es imposible asegurar si fueron o no torturados, dile a tu abogado que lo tenga en cuenta. A Herguera lo han hecho venir expresamente desde Dallas, luce mucho un investigador llegado del extranjero… Tiene deudas con el partido, al parecer, no me preguntes por qué. El asunto de los niños desaparecidos durante el franquismo, quién sabe, quizá sean solo rumores. Certificados de defunción falsos, no lo sé exactamente…
—¿Qué me quieres decir, que soy uno de esos niños robados?
—No, no va por ahí la cosa, Lazkano. Piensa un poco. No fuiste tú el robado. Sino que te robaron a alguien. ¿Cuánto tiempo hace que no ves a tu padre?
—Mi padre murió afectado de demencia.
—¿Estás seguro?
Fontecha le alarga un sobre.
—Esto no lo voy a negociar, Lazkano. Que el juicio siga su curso, y que sea lo que Dios quiera… También yo me he cansado de ocultar cosas. Quiero saber lo que es quitarse las máscaras, aunque sé perfectamente que debajo no hay más que otras máscaras.
Diego abre el sobre. Un informe acerca de Gabriel Lazkano. Unas fotos en blanco y negro, bastante quemadas, de un hombre que riega el jardín: en todas lleva puesto un sombrero, suda como si no se hubiera aclimatado del todo al lugar. Si realmente se tratara de su padre, el propio Diego acabaría teniendo aquel aspecto al cabo de veinticinco años.
—Hemos investigado en profundidad, como puedes ver. A ti y a tu entorno.
—No puede ser…
—No ha cambiado tanto, ¿verdad?
—¿Quién ha…? ¿De dónde has sacado estas fotos?
—Está en México.
—No es verdad…
—Hazle una visita, si quieres: está todo en el informe. Sé que no saldo ninguna deuda con esto, pero valdrá al menos para que sepas que las cosas no siempre son lo que parecen. Si quieres conseguir la carpeta, ya sabes lo que no debes testificar.