Twist

Harkaitz Cano Jauregui · Capítulo 5 de 9

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Twist

Hilo de Hilos

 

PEDRO Vargas no tiene pantalón corto para jugar al tenis. Rodrigo Mesa, en cambio, sí lo tiene: blanquísimo, lo mismo que las deportivas.

—¡Va!

Cuando la pelota, por enésima vez, golpea la cinta de la red y queda del lado del jefe, Vargas vuelve a pensar que esta mañana, aunque lo ha hecho con la mejor voluntad, quizá no debía haber elevado la red; Rodrigo Mesa falla a menudo el saque, estampándolo contra la cinta tensada. Hubiera hecho mejor en dejar la red floja como estaba.

—¡Segundo servicio!

Tap-tap. Un bote, dos botes, arriba la pelota: en el cielo azul brilla un amarillo pálido. Desde el fondo de la pista, Vargas se adelanta un poco. El segundo saque del jefe no lleva fuerza, le replica sin dificultad, desde bastante atrás, cerca de la línea lateral. A Vargas le gusta hacer correr a su jefe de vez en cuando, aunque sabe que al final tiene que dejarle ganar, y como el jefe la goza especialmente cuando le ve hacer algún gesto de rabia, en ocasiones simula incluso estar enfadado, como ha visto hacer en la tele al gruñón de John McEnroe, aunque a Vargas quien le gusta de verdad es Ivan Lendl. Es checo, y le gusta la gente de sangre eslava, gente fría, con temple, que no pierde los estribos. Como en este set le ha ganado ya un par de juegos, esta vez Vargas quiere echar la bola fuera a propósito; pero la pelota, llamada a fallar, golpea milagrosamente sobre la línea de fondo. El jefe, de imprevisto, responde bien, pero quizá con el brazo demasiado pegado al cuerpo, y la pelota se le va hacia un costado.

—¡La bola entró! —grita sonriente Rodrigo Mesa, repitiendo una recurrente broma privada que remite a un anuncio televisivo de maquinillas de afeitar BIC.

—¡Apurado, muy apurado! —replica Vargas, la respuesta que el jefe esperaba, acariciándose la barba rala de sus mejillas. El juez de silla se refiere en el spot a la barba de McEnroe, que se toma a mal el comentario del juez.

«¿Bromea o qué?».

«No, su afeitado, señor McEnroe… muy apurado».

—¿Lo dejamos por hoy?

Vargas se sorprende: al jefe no le gusta dejar las cosas a medias.

—Acércate un momento.

Rodrigo Mesa se seca con una toalla su ancha frente y la cabeza, que ya empieza a clarear. Luego se la ofrece a Vargas, que se pone en guardia, porque es el segundo gesto poco habitual de su jefe. El sudor de su superior le repugna, pero no se atreve a rehusar el ofrecimiento e intenta enjugar con naturalidad las perlas de sus sienes con la húmeda toalla de Rodrigo Mesa.

—Mira, Vargas. Nos están dando como en un pimpampum, así no podemos seguir. ¿No te parece?

—No, señor.

—He oído que tenías cierta amistad con Alfredo Trota.

—Hicimos la mili juntos.

—No podemos seguir con las manos atadas, lo tienen todo de su parte… Y por si fuera poco, su refugio al otro lado de la frontera. ¿Qué somos, monigotes? Esto tiene que acabar de una vez por todas.

Vargas no dice nada.

—He recibido instrucciones, de arriba. Nos han dado luz verde. Garantías. Garantías, Vargas. ¿Te das cuenta de lo que significa?

Vargas asiente, aunque no se da cuenta del todo.

—Al último funeral, vino el ministro. ¿Sabes que los de su partido suelen ir armados? Nadie lo sabe, pero es cierto. ¡Ni de los escoltas se fían! Lo vi en el aeropuerto de Fuenterrabía. Con mis propios ojos. Las armas se las guardan los pilotos mientras el avión está en vuelo, es lo que manda la ley. Los vi recoger de uno en uno su arma antes de bajar a la pista. ¡De tontos ni un pelo, estos socialistas!

Vargas para sí: «Las bodas traen bodas; y los entierros, entierros». Cosas que se piensan pero no se dicen.

Rodrigo Mesa mantiene entre las manos una pelota de tenis y, como quien dice «olé mis huevos», aprieta y estruja desde abajo, hasta deformarla, la hueca esfera de goma.

—No todos estarán en el ajo, pero a ti te quiero dentro. Pocos pero finos, como en botica.

«Pocos pero finos, ¿como en botica?». Vargas piensa que ni el tenis ni los refranes son el fuerte de su jefe. No le da tiempo a pensar, en cambio, que muchos de los males proceden de la falta de dominio del lenguaje.

—Si no lo ves claro, este partido de tenis no lo hemos jugado nunca. Y si lo ves claro… tampoco… ¿Me comprendes?

—Sí, jefe.

—Entonces, ¿puedo contar contigo?

Sin soltar la pelota, Rodrigo Mesa abre las manos como quien ofrece algo, pero en realidad lo que está haciendo es pedir, con la mirada clavada en las pupilas de Vargas.

—Trota se merece eso y más —añade.

«Chantaje sentimental», se le viene a la mente a Vargas. Sujeta con ambas manos la toalla del jefe, ya establecido el vínculo del pacto de sudor en lugar de sangre, y se la devuelve, inclinando un poco el cuello, gesto que Rodrigo Mesa toma por un asentimiento. A Pedro Vargas hay algo que le quema el pecho: colgada del cuello lleva la medalla de la Virgen de Vera Cruz, se le ha olvidado quitársela antes del partido, y sabe que luego le escocerá la piel.

—Habrá que cambiar las puertas, y ponerles cerradura. Necesitaremos sillas y herramientas, Vargas. Cinta americana, unos metros de cuerda.

—¿Cuántos?

—Que no falte —dice Rodrigo Mesa.

«¡Arriba esas copas, y brindemos por las medidas exactas y precisas!», piensa Vargas, aunque luego responde manso y servicial:

—Yo me encargo.

Al poco rato llega Virginia con las niñas, y besa a Rodrigo Mesa. «¿Interrumpimos algo?». Rodrigo Mesa responde que no, y acaricia a Sofía y Teresa; sus dos hijas bienamadas, lo que más quiere en este mundo. Luego vendrá también la mujer de Vargas, con su único hijo, que, además de ser un poco mayor que Sofía y Teresa y llevar el nombre de su padre, parece destinado a convertirse, con el paso del tiempo, en su clon, según todas las apariencias. Afortunadamente la mujer del jefe tiene buena mano en la cocina, así que comen de maravilla; después de los partidos de tenis, acostumbran a hacer una merienda campera allí mismo; y los niños juegan al escondite en el palacete abandonado, a guerras, a indios y vaqueros.

Inocentes juegos de niños, a cocinitas, a tenderos.

—¿Qué quiere el señor?

—Leche.

—¿Qué tipo de leche?

—Leche de mariposa.

—No tengo, señor.

—Pues yo sí que tengo leche de mariposa.

Y luego más juegos: al escondite, a guerras, a indios y vaqueros, a cazar fantasmas.

Después de algunas carreras, alborotos, risas, enfados y más carreras, las hijas de Rodrigo Mesa usarán la toalla blanca que ha quedado colgada de la red para, colocada en la punta de un palo, hacer con ella una bandera de la paz y dar a entender que se rinden.

También el día se rendirá poco más tarde. Rayos de un sol naranja sobre el polvo de teja de la pista. Entonces Vargas recogerá los trastos, y anotará mentalmente que hay que encalar las líneas de la pista antes del próximo partido.

—¿Cree que servirá?

El palacio está un poco abandonado, pero puede valer. Es amplio. Bastante alejado. No hay muchas viviendas cerca, no falta protección y el perímetro está vallado. La iluminación y las farolas, cortesía del ayuntamiento, no son muy abundantes y facilitarán las cosas. Viven allí, en pequeños bloques de viviendas bastante desperdigados, sobre todo familias jóvenes que no tienen dinero para hacerlo en el centro de la ciudad. Casas bien construidas y urbanizadas, de no más de tres o cuatro plantas, distribuidas en grupos bastante diseminados; aún es difícil sospechar la explosión inmobiliaria que se producirá en los noventa. Rodeado por un jardín anticuado y una pista de tenis llena de charcos, el palacete tiene muchas habitaciones, seis o siete al menos, según ha calculado en un primer vistazo. Puede que alguna más. Y tampoco faltará algún sótano. Hay cucarachas por las escaleras, palomas que el fresco de la mañana ha dejado sin cuello zureando en el alero del tejado, pintura caída en las paredes, y por todas partes un esmalte descascarillado. Y polvo, y telarañas.

—¿Qué hay en el garaje?

—Ahora, prácticamente nada. Los chicos dejan ahí las motos, de vez en cuando.

Ante la puerta, aparta con una mano la pesada lona que hace las veces de cortina: bujías agrietadas en una caja de madera. Una manguera verde, lo más seguro que pinchada, olor a aceite y gasolina, una piragua amarrada a una baliza roja de plástico, un calendario del Mundial de Fútbol del año pasado, 1982. Un sidecar Sanglas, una vieja Lambretta, una lata de gasolina cabeza abajo, un tubo de vaselina exprimido hasta la última gota con uñas de buitre.

—A veces se traen también a los perros.

—¿Los perros?

—Sí, para entrenarlos.

—Pues de ahora en adelante que no los traigan. Por una temporada, se acabaron los perros, las motos y los partidos de tenis. ¿Está claro?

Fontecha es demasiado joven para ser delegado del Gobierno, y lo sabe. Por eso habla con despótica grosería. Por eso, y porque se lo toma como un favor que en el futuro le pagarán con cargos más suculentos. Como si esa forma de hablar le hiciera parecer mayor, o veinte centímetros más alto, o acercarlo a la mirada del Diablo. Fracasa en sus tres objetivos.

—Se lo comunicaré a los muchachos, no se preocupe: últimamente solo venimos Vargas y yo.

Están aún en mitad de la pista, cerca de la red. El rastro de cal sobre la tierra empieza a borrarse y la red está floja, mucho más baja en el centro que en los extremos. Pasan a las habitaciones. Huele a cerrado, como si hubiera lloviznado sobre la moqueta. Suele pasar: a veces la humedad exterior se manifiesta en el interior, y las manchas sacan los colores a las paredes. Hay alguna gotera, pero por lo demás la casa no está nada mal. No como para quedarse a vivir en ella, claro. Cuando caminan el suelo se queja, corcho retorcido. Esta sí, esta no, esta sí, esta no. «Esta, esta y esta». Las tres sin ventanas.

—Quiero una marca roja en la puerta de cada una de esas tres habitaciones.

En lo que era la cocina, hace girar un grifo. Al contrario que del tejado, de allí no cae ni gota.

—Está cortada la general, pero las cañerías están bien. Si quiere, podemos dar el agua.

—Hoy mismo si es posible, Rodrigo.

—Déjelo de mi cuenta, hablaré con Vargas.

—Ese Vargas, ¿es de confianza?

«Más que un cristiano leal, nuestro don Pedro», se le ocurre a Rodrigo Mesa. Pero es otra cosa lo que dice:

—De total confianza.

—Tenemos que escoger bien a los hombres, Rodrigo, es un tema delicado.

—Comprendo, Fontecha. Tome, le he hecho también una copia de las llaves.

Rodrigo Mesa lleva al pantano a Sofía y Teresa, de pesca.

—Antes, aquí debajo había un pueblo.

—Ah, ¿sí?

—¿Y dónde viven ahora sus habitantes?

—Dejaron sus casas y se fueron a otras.

—¿Y qué hicieron con sus cosas?

—Se las llevaron también.

—¿Todas?

—Todas…

—¿Y los perros?

—También se los llevaron.

—¿Y los gatos?

—También.

Las dos niñas se quedan pensativas, mirando al agua con atención, como si pudieran percibir algo en ella. Parece que no se les ocurre ninguna otra cosa que uno haya de llevarse cuando abandona un pueblo que están a punto de inundar.

—No se ve nada.

—Hace mucho tiempo de aquello.

Ha comprado cucharillas de pesca nuevas, negras y amarillas, rayadas como las abejas. Las niñas suelen usar pijamas parecidos. La colección de anzuelos de Rodrigo Mesa es impresionante. Sus hijas se pasarían horas mirándolos; su padre los tiene perfectamente ordenados, como ordena un pintor las acuarelas sobre su paleta. Les quita el polvo con un pincel. Las moscas artificiales a veces las hace él mismo, agregando hilos y plumas a las que compra en la tienda. «Parecen pendientes», le hizo notar Teresa una vez. Y no estaba equivocada del todo: en cierta ocasión apañó un cebo con un pendiente que su mujer no se ponía. A los peces les gusta todo lo que brilla.

—Cuidado, no os vayáis a hacer daño, están muy afilados.

—¿Y no pones lombriz, papá?

—No, sin lombriz también se puede pescar.

Las hijas no parecen muy convencidas. «¿Va a picar el pez sin poner nada en el anzuelo? Imposible». Han visto demasiados dibujos animados, se les hace difícil creer que se pueda engañar a un pez de verdad con un pez de plástico, o con trozos de metal de colores que ni siquiera tienen forma de pez. Se ríen, ríen maravilladas, «¡hala!», cuando su padre agita la caña, y ven lo lejos que llega el sedal.

—¿Dónde está? La pita no se ve…

—También hay cosas que no se ven —les dice su padre.

Pero ahora Sofía y Teresa tienen otra cosa en mente. Saltan y bailan, agarradas de la mano.

—¿Ponemos la radio del coche, papá?

Sus hijas no tienen ninguna fe en que su padre vaya a pescar nada. Tampoco Rodrigo Mesa tiene valor para decir que no a sus hijas. Abren las puertas del R-18 y buscan música en el dial.

—¡Ahí va! ¡Ha picado!

Pocas veces ven Sofía y Teresa tan contento a su padre. Lo cual les parece motivo suficiente para dejar lo que están haciendo. Le ayudan a recoger el sedal, aunque en realidad, por el peso, él se ha dado cuenta inmediatamente de que la trucha que han pescado es pequeña, demasiado pequeña. Quita el anzuelo al pobre pez, que culebrea, entre los gritos de emoción y espanto de las niñas. Es conveniente que vean peces fuera de la sartén, así se lo parece a Rodrigo Mesa, aunque si los destripa delante de sus hijas su mujer se incomoda un tanto. Es más grande de lo que calculaba, pero no cree que llegue a la medida mínima permitida. Coloca la trucha junto al lápiz que usa para medir sus capturas.

—Por poco, pero no —dice.

La devuelve al agua.

—¿Por qué la has soltado?

—Está prohibido pescar peces tan pequeños. Hay que dejarlos crecer. Si no, te ponen multa.

—¿Multa? ¿A ti también?

Rodrigo Mesa sonríe. «¿Quién vigila al vigilante?», la pregunta rebota por las cavidades de su cerebro.

—A mí también, cariño.

Al llegar a casa, Virginia le dice que ha telefoneado Javier Fontecha. Le devuelve la llamada para confirmarle que sí, que lo de Portugal está en marcha. Que todo va según lo previsto. Tal como habían planeado. Al poco tiempo recibe la llamada que esperaba. Esta vez coge él el teléfono. Siempre lo coge él cuando está en casa. Le dan la hora de la cita, en mal castellano.

—Ni pensarlo: en Portugal, no. Mejor en Galicia.

Oye cómo discuten al otro lado.

—De acuerdo, apunte.

Apunta el lugar con lápiz, en una esquina de un diario atrasado: «Un fragmento del satélite soviético Cosmos 1402 podría impactar hoy contra la Tierra». El periódico tendrá una semana, «no parece que nos haya caído encima», se dice. Presiona demasiado al anotar y se le rompe la punta del lápiz, así que le pide a una de sus hijas que se lo vuelva a afilar. Ella recibe el encargo con gusto, dócilmente. Pasados cinco minutos, se lo devuelve a su padre, afilado, pero visiblemente más corto.

Tendrá que acordarse de coger uno nuevo, porque era el lápiz que usaba para medir las truchas.

La reunión se celebra en Redondela, en un sembrado cercano al pueblo, en pleno día. Rodrigo Mesa prefirió que el encuentro no tuviera lugar en Portugal: con lo que les iban a pagar, ya podían ser ellos los que se tomaran la molestia de cruzar el Miño para negociar las condiciones. El contacto se lo facilita a Rodrigo Mesa un amigo salazarista de su padre. Le asegura que son de fiar. Gente de pocas palabras. Mejor así.

Descarta a uno de los tres enseguida: demasiado moreno de tez. A buen seguro era el más eficaz en su trabajo —podía imaginárselo sin esfuerzo en la guerra de Angola o en Cabo Verde, dando instrucción en los campos de tiro, con el fusil al hombro, como si fuera un apéndice natural—, pero su presencia podía resultar demasiado llamativa. No. Tendrá que conformarse con los otros dos. «El negro no puede venir». ¿Cómo decir lo que tenía que decir sin parecer racista? Imposible. Tampoco los otros dos parecen la gente más discreta del mundo, y menos aún dueños del autocontrol que hace falta para no probar licores fuertes durante más de dos semanas seguidas. Pero es lo que hay. Que hagan bien lo que tengan que hacer, y que no les quede del todo claro qué hacen y para quién trabajan: eso es lo importante; aunque será cuestión de tiempo que la verdad aflore y todo el mundo lo sepa. El mundo sumergido tiende a salir a la superficie, tarde o temprano. A pesar de que intentan comportarse con cierta diligencia, Rodrigo Mesa se percata de que les cuesta disimular su desgana. Pero ahora no pueden empezar a buscar a nadie más. Además, qué carajo, no tienen que operar a nadie a corazón abierto. Tampoco es tan complicado. Su cometido es otro. «Esperemos que eso lo hagan bien».

Todo el dinero está en la maleta, lo han pedido en francos franceses, quién sabe por qué. Las armas llegarán de Italia; luego les dirán dónde deben recogerlas.

Quieren pistolas Beretta y subfusiles Benelli. Exquisitos, estos portugueses.

—Eso ya lo veremos.

Dado que no conocen ni la lengua ni el entorno, tendrán ayuda, por supuesto. Rodrigo Mesa pondrá a algunos de sus mejores hombres como guías y escuderos; ya tiene cierta idea, aunque aparte de Vargas aún no ha elegido a ninguno. «Pocos y finos, como en botica». ¿Pérez Gomera? ¿Hernández? Con este último tiene dudas: es de fiar, pero le parece demasiado joven. Se unirán a los portugueses en el asador Beti-Jai. Eso sí, solo pueden darles cobertura. Si se meten en problemas, tendrán que apañárselas solos. La policía española no puede involucrarse en esto.

—¿Cómo los conoceremos?

—Ellos os reconocerán.

Rodrigo Mesa se siente el protagonista de una mala película. Le gusta. Al acordarse del cine, repara en que el más blanco de los dos elegidos tiene una mancha bastante llamativa en la ceja. Es como una segunda ceja, pero sin un solo pelo. Una señal física bastante evidente, de esas en las que uno repara al primer vistazo, una marca fácil de recordar. Después de la mirada del moreno, «en aquellos parajes llamarías demasiado la atención», no se atreve a descartar al segundo. Que les parece un «español melindres», ya lo sabía. Pero los verdaderos melindres son ellos: Berettas y Benellis, menudo caprichito. Tendrá que decir a sus hombres que lleven pelucas y gafas, mejor no confiar demasiado en la profesionalidad de los portugueses.

Tampoco ellos se fían de Rodrigo Mesa, al parecer: se toman su tiempo hasta cerciorarse de que no falta ni un billete de lo prometido. No tienen costumbre de contar dinero: han tenido que empezar de cero tres veces hasta dar por bueno el fajo. También en eso son descuidados.

Rodrigo Mesa se aleja a pie. Camina como si llevara una carga, si bien tendría que sentirse aliviado sin la maleta. Se sienta en la terraza de un bar, a beber oporto, bajo un sol de plata. Desde allí ve a los portugueses subiendo a un Citroën Visa destartalado. Apunta el número de la matrícula, por si acaso. Pide un segundo oporto, se lo merece.

—Más que otros, sí, desde luego —se dice amargamente.

Le da un trago breve, lo justo para mojarse los labios.

—Va por ti, Trota.

Por alguien hay que brindar. No se le ha ocurrido nadie más. Aunque él nunca ha tenido delante a Alfredo Trota.

El sol se oculta por un momento, una nube de esas pasajeras nada más. Haciendo caso de una vieja superstición según la cual es de mal fario beber a la sombra, el teniente coronel Rodrigo Mesa espera a que vuelva a salir el sol para seguir bebiendo.

El candidato llega tarde, porque es el candidato, y porque siempre se espera que un verdadero candidato, como las novias vestidas de blanco de cierta época, se haga esperar. No se trata de un candidato cualquiera: es el candidato a presidente del Gobierno. Algo que no es baladí, pues lo convierte en una ecuación potencial, una ecuación andante en la que se cifran las expectativas de los favores que puede llegar a realizar algún día. Mediante esta ecuación andante de zapatos lustrosos se catalizarán una vez alcance el poder —si lo alcanza, pero es posible que suceda— los gestos más magnánimos, las palabras más solemnes. El candidato es una ecuación potencial, sí, pero no una ecuación cerrada, puede verse afectada por ciertos factores: no se ha fosilizado todavía, mantiene algo de flexibilidad —solo posible porque aún no ha ganado—, y la gente quiere valerse de la moldeabilidad del candidato para influir en él, para dejarle una buena impronta. Está muy ocupado, así que no conviene acaparar su tiempo ni actuar de forma mezquina tratando de aprovechar el breve lapso de que dispone para pedirle cosas; ahora no toca, pero este puede ser el momento para poner en práctica el arte de sembrar de pasada la semilla de esos hipotéticos favores, por medio de sonrisas, palmaditas en la espalda, enfáticos asentimientos y otras adhesiones inquebrantables. «Estoy con usted, presidente, para lo que quiera, hasta el final, pase lo que pase».

El encanto del candidato reside también en esa provisionalidad: es escurridizo, sabemos que no tiene tiempo para atendernos, no puede decepcionarnos. Y esa transitoria imposibilidad de la decepción —ese es nuestro mayor error— la confundimos con la infalibilidad.

El candidato llega tarde, pero llega, que es lo que cuenta. El candidato ya está aquí y, como era de esperar, no viene solo, trae consigo a los encargados de comunicación que le llevan la agenda, secretarios y otros azuzadores y asesores de su cohorte, de tal forma que a veces no queda claro quién conduce a quién. El candidato estrecha la mano a los afiliados de su partido que se la piden, aunque ignora el nombre de la mayoría de ellos. Se siente el vigilante del zoo dando de comer a los flamencos. El candidato, poniendo a prueba sus reflejos, intenta atrapar y rentabilizar en cada lugar donde le toca estar alguna virtud o extravagancia que despunte en el conjunto —debería ser bueno en eso—. Así, si repara en alguien demasiado joven para la política, estrujándole la mano más que al resto, le dice: «Así me gusta, el partido necesita gente joven y comprometida». Ve a sus seguidores como mendigos, y es él quien les da limosna. Sí, es consciente de ello: va repartiendo su bendición y mitigando la desesperanza, por así decirlo. Es lo que se viene a llamar la erótica del poder.

Después de saludar a un montón de gente que no conoce, encuentra al fin a alguien familiar; a este, aparte del apretón de manos de rigor, le da un fuerte abrazo, además de intercambiar con él algunas palabras. Quienes los rodean sabrán interpretar que es, a pequeña escala, el candidato del candidato, aquel a quien deben obedecer en la comarca. De vez en cuando le presentan a alguien nuevo, alguna promesa local o algún recién afiliado, un profesional importante o de buena reputación en su sector. A este, además de estrecharle la mano, le dice algo. Algo así como:

«He oído hablar muy bien de ti».

En el noventa por ciento de las ocasiones, por descontado, el candidato no ha oído nada, ni bueno ni malo, sobre la persona en cuestión, pero eso es lo de menos. El candidato sabe que su apretón de manos genera confianza, y que es importante, además de sentir que su gente está con él, hacer sentir que él está con su gente; más aún, considerando que esa persona que le acaban de presentar pueda postularse en el futuro como su contrincante o aniquilador.

Eso era, poco más o menos, lo que Fontecha recordaba del día en que le presentaron al candidato de su partido, más tarde presidente electo. Fontecha tuvo el dudoso privilegio de ser uno de aquellos a los que el candidato dirigió aquellas palabras. El candidato lo ignoraba todo de él, y sin embargo se lo dijo, porque tocaba decirlo, porque esta vida no es más que una sucesión de instantes en los que nos vemos obligados a decir lo que toca.

«He oído hablar muy bien de ti».

Al poco tiempo fue nombrado delegado del Gobierno. Pero todo aquello sucedió muchos años atrás, en otra vida, y su carrera política no despegó como cabía esperar. El sueño de Fontecha era ahora convertirse en el hombre que dijera: «He oído hablar muy bien de ti».

El teniente coronel Rodrigo Mesa suele tener prisa por quitarse los galones. El uniforme siempre le ha parecido demasiado rígido; Virginia le habló una vez del almidón, es ella quien se lo plancha; no es cómodo, y él sabe que esa segunda piel es lo primero que ven los demás de él, por no decir casi lo único. Para eso se inventó el uniforme. Para que se viera desde lejos, antes que la propia persona. Esos botones de colorines del pecho, esos juguetitos a los que algunos llaman medallas, tan parecidos a sus anzuelos de pesca. Cuanto más se asciende, menor es la obligación de llevar el uniforme, y esa es su principal motivación para subir en el escalafón. A menudo piensa que muchos hábitos del oficio se los debe al uniforme, y tiene la sensación de que al quitárselo se desprende también de esos malos hábitos: todas las tardes, al llegar a casa, desea volver a ser el Rodrigo Mesa optimista y alegre de cuando era joven, y tiene esperanza de conseguirlo cuando se jubile y pueda quitarse definitivamente aquella indumentaria.

Quitarse el uniforme y afeitarse, esas son las dos principales alegrías que concede a su cuerpo echado a perder: al desprenderse de esa segunda piel, cree recuperar la desnudez y la inocencia. El afeitado, y la loción restregada sobre las mejillas limpias, le traen el recuerdo efímero de la suavidad de su cara sonrosada de niño, una sensación de rejuvenecimiento pasajero.

Sin embargo, la operación de hoy ha sido especial y ha tenido que entrar al Patrol con los galones puestos, sin tiempo para afeitarse. En el coche de al lado viaja el juez llegado expresamente de la Audiencia Nacional de Madrid para dirigir la operación —«¿dirigir?, ¡ja!, ¡ya quisieran!»—, el mismo que una vez intentó relacionarlos a ellos con los GAL, lo que son las cosas. Ha sido un operativo limpio. Todo ha salido bien. Los secuestradores no han opuesto resistencia, y a uno de ellos, el mayor, lo ha reconocido Rodrigo Mesa.

A ese hombre ya lo ha mandado antes a la cárcel. Pasó al menos una media docena de años a la sombra, y ahora le caerá por lo menos el doble. Salió de la cárcel y volvió inmediatamente a la clandestinidad. Como si no supiera hacer otra cosa. En algún lugar de su mente donde tiene bien enraizados el odio y el desprecio, en Rodrigo Mesa prende inesperadamente una brizna de admiración por el detenido. Que dijeran sus jefes cuanto quisieran, pero era innegable que allí había una motivación política: aquellos no eran criminales comunes. Nada que ver con los juguetones asesinos a sueldo que iban pidiendo Berettas y Benellis. No, aquellos eran de otra casta. Y precisamente porque lo eran se les aplicaba la ley de forma diferente. ZEN. Zona Especial Norte. Así se llamaba en un tiempo al plan puesto en marcha por aquel ministro con aspecto de búho. Era inútil que lo negaran. Aquel hombre, después de pasarse algunos años bronceándose a rayas, volvía a ponerse al servicio de los terroristas, para participar en un secuestro, ser detenido y, fielmente, entregar otra década de su vida a la causa. Tenía que aceptar que había enemigos y enemigos, y Rodrigo Mesa reconocía que aquella sucia rata tenía bien desarrollado el sentido de la lealtad, que era consecuente con sus ideas. Con Vargas no tenía dudas, pero, entre los hombres que tenía bajo su mando, ¿cuántos conservarían aquella misma fidelidad y coherencia al cabo de los años? Y, visto desde otro ángulo: ¿iba a tener él de nuevo la suficiente lealtad para guardar las espaldas de Fontecha y silenciar su nombre, si, tal como parecía últimamente, lo llevaran otra vez a los tribunales?

Incluso la fe la erosiona el tiempo.

Al contrario que los dos jóvenes secuestradores, que miran al suelo, el jefe del grupo le mira a los ojos y baja el mentón, con una reverencia que a Rodrigo Mesa le ha parecido de desprecio. Reverencia y desprecio, ambas a un tiempo. La sofisticación del gesto lo pilla desprevenido y, aunque intenta imitarlo, sabe que no lo ha logrado, que solo le ha hecho medio gesto, el de la reverencia, quizá teñido de un poco de resignación derrotista. Siente que el detenido le ha ganado por la mano, y lo siguiente que se pregunta es quién de los dos ha envejecido más desde la última vez que se vieron. Prefiere no sacar conclusiones.

Pero no son más que chispas veloces; todo ha sido cuestión de un momento, la aparición de esa inesperada admiración, el desprecio y la reverencia sucesiva. Enseguida, la figura del secuestrado capta toda su atención: barba larga, ropa demasiado ancha que revela los muchos kilos perdidos durante su cautiverio, dificultades para abrir los ojos, debilidad extrema, incapacidad de permanecer en pie. Temblando bajo unas mantas, aquel hombre parece enfermo, moribundo casi, como recién rescatado de los escombros tras habérsele caído encima un edificio entero. «Luego seremos nosotros los torturadores», se le ocurre al teniente general Rodrigo Mesa, y vuelve a su papel y a su uniforme, seguro de que aquel hombre nunca se recuperará de aquella traumática experiencia.

Rodrigo Mesa entra en el húmedo zulo. Rastros de comida en las sartenes, bombonas de gas, leche en tazones de aluminio, un paquete de arroz, botellas de agua vacías, diarios atrasados, una cámara fotográfica, mantas y olor a cerrado, una marmita llena de arena, de fondo ancho, que el secuestrado usaría para sus necesidades.

Se acercan el juez y sus ayudantes, para tomar notas y supervisar el trabajo de los de la científica. El magistrado le felicita, y el teniente coronel percibe su perfume demasiado fuerte de siempre. El gesto de reverencia y de desprecio que le ha hecho antes el secuestrador, se lo ha devuelto, ahora sí, al juez. A veces sucede: hacemos el gesto apropiado a la persona equivocada. O mejor no: el gesto aprendido de la persona equivocada nos sirve para hacer un gesto apropiado a la persona adecuada. De pronto los del Patrol le hacen llegar el aviso: le llama Virginia. Está a punto de ser abuelo y tanto su esposa como su hija se encuentran en el hospital.

Tienen dificultades para sacar al bebé. Que su hija tiene el útero pequeño, eso ya lo sabían, pero la resistencia a salir debe de ser fuerte; al parecer la criatura no tiene ganas de abandonar su refugio. Deben provocarle el parto. Su adorada hija, Teresa, la más joven de las dos, abierta por la mitad, solo de pensarlo le dan escalofríos, y siente orgullo al mismo tiempo. El parto se le hace más agónico que el operativo de la mañana, le hace sufrir más. Quisiera ponerse a dar órdenes, pero aquí no puede darlas, por mucho que no haya tenido tiempo de quitarse el uniforme, aquí no sirven para nada los anzuelos de colorines de su pechera. Tiene que compartir la espera con Virginia y con el pánfilo del marido de Teresa. A juzgar por la cara que trae el yerno, cualquiera diría que lo han apaleado. «A este nadie le enseñó a comportarse como un hombre», piensa Rodrigo Mesa. Tras dos largas horas, su hija da por fin a luz; una naranja partida en dos, una de las mitades con vocación de perdurar y abrirse camino en la vida; la otra, Teresa, se diría que con vocación de darse por vencida. La hija tiene realmente cara de recién parida, el niño le ha chupado mucha energía, parece delgada, mucho más aún cuando intenta esbozar una sonrisa, está esquelética, con el pelo ralo y revuelto; Rodrigo Mesa toma en sus brazos a su cuarto nieto, un bebé diminuto que puede sujetarse con una sola mano, demasiado ciego aún para percibir el brillo de las medallas de su pecho. Después de un montón de días, semanas, meses, años, a veces sucede que en un solo día se concentran los sucesos, desaparecen los obstáculos, se resuelven las tramas abiertas; el mundo sigue adelante, imparable, complicado, dejando bien patente la insignificancia de nuestra voluntad y poniendo patas arriba cualquier planificación previa.

—Es chico, Rodri —le dice su mujer; y abuelo y nieto son, por un momento, dos bebés, a cual más niño.

¿Cuánto tiempo hace que su mujer no le llamaba Rodri?

—Chico, Rodri, lo que tú querías.

Aunque es chico, diría que se parece más a Teresa, no al yerno. Será mejor permanecer alerta, en cualquier caso: con las personas nunca se sabe, cuando menos te lo esperas te asestan la puñalada y les cambia la cara. Más les vale no bajar la guardia, no se vaya a parecer demasiado al pánfilo.

Cuando el bebé empieza a llorar, se lo quitan de los brazos; «es por culpa del uniforme», se disculpa, es tan áspero el tejido —Virginia le habló una vez del almidón—. Entonces recuerda cómo lloraba aquel hombre cuando lo han liberado del cautiverio, y se sorprende al darse cuenta de lo poco que lo ha impresionado el llanto del secuestrado, y cuánto el de su nieto recién nacido.

Fontecha venía reventado. Desde que formaba parte de la comisión de violencia de género, sus estancias en Vitoria se alargaban sobremanera. Patricia estaba trabajando con el portátil sobre la mesa del salón, con una copa de pie largo llena de vino y rebanadas de pan recién tostado untadas de tres quesos distintos.

—¿Cena de trabajo, cariño? —le preguntó Fontecha, con ironía.

—Qué remedio…

La besó en la mejilla, y se trajo otra copa de la cocina.

—Mañana tenemos una operación bastante complicada. La estaba repasando.

—Déjame adivinar: ¿un cambio de válvula?

—Sí, y de los difíciles: le pararemos el corazón y los pulmones con la máquina nueva. Así podremos trabajar con más comodidad. ¿Quieres ver el diagrama?

—A la hora de cenar, mejor no, gracias.

Patricia era una apasionada de su trabajo. Igual que en todos los aspectos de su vida, también en eso era metódica, exigente, muy dada a cuidar todos los detalles. Le gustaba que las cosas salieran bien y se enfadaba mucho si algo se desviaba de lo planificado. Desde que habían traído la máquina nueva a la policlínica atravesaba una temporada bastante feliz, una dicha profesional que Fontecha no llegaba a comprender del todo, pero que al mismo tiempo lo divertía. La escuchaba siempre con fascinación cuando le contaba que empleaban válvulas extraídas de corazones de cerdo o de aleaciones imposibles, aunque a veces le resultaba complicado seguir sus explicaciones. «Le pararemos el corazón y los pulmones para así poder trabajar con más comodidad». ¿Había máquinas capaces de hacer algo así? Al parecer, las había. Luego, un chispazo y todo volvía a ponerse en marcha. También Fontecha deseaba que aquello fuera posible en su trabajo: detener por un momento su corazón y sus pulmones, no para que alguien trabajara en sus entrañas, claro, sino para poder descansar de algún modo. Luego, un chispazo y podría seguir trabajando, con renovadas fuerzas, con la seguridad de que su corazón y sus pulmones no fallarían. Tampoco estaría mal, por qué negarlo, tener la opción de detener algún corazón ajeno. Se le ocurría una larga lista de gentuza a la que le gustaría cambiar las válvulas, gentuza cuyo corazón le gustaría tener en sus manos. Al contrario que su mujer, Fontecha se largaría del quirófano dejando el pecho del operado abierto de par en par.

—No está mal este vino.

—Con la excusa de que es cardiosaludable, últimamente todos los pacientes me traen una botella.

Fontecha cogió la botella y se puso las gafas de cerca para leer la etiqueta: Château Latour, 1994. Tipos de uva: Cabernet Sauvignon, Merlot, Petit Verdot, Cabernet Franc.

—A saber cuánto cuesta…

—El sueldo de un mes de un mileurista. Es un Pauillac, cerca de Saint-Julien… ¿Te acuerdas de Antoinette y Philippe? No viven lejos de allí…

La alusión a Antoinette y Philippe le amargó el trago. En cierta ocasión le habían dado a probar un vino joven de poca calidad y a él no se le ocurrió mejor cosa que elogiarlo. Se burlaron de él los tres, Antoinette, Philippe y Patricia. «Los vinos de verdad vienen ahora, guárdate las alabanzas para luego», le dijo Philippe, con tono paternalista, queriendo subrayar quizá que soportar aquellas burlas era el precio a pagar por ser aceptado entre su clase. «No eres de los nuestros, pero te aceptamos… Eso sí, el peaje que habrás de pagar es el escarnio pequeñoburgués y las risitas, tamaña es tu ignorancia. Te enseñaremos, pero poco a poco. Te enseñaremos, pero entre tanto nos divertiremos. Nada es gratis».

Nada es gratis.

El sueldo que en aquella casa hacía frente a los gastos reales era el de Patricia. De Patricia era la atalaya de experta en vinos. De Patricia eran también, aunque ahora habían pasado a ser «de los dos», aquellos amigos de veraneo dueños de un velero, que los invitaban a pasar la Semana Santa en ostentosos castillos del valle del Loira. Él solo era un político modesto. Un político en tierra de bárbaros, así le hacían sentirse en las contadas ocasiones en que visitaban a Philippe y Antoinette. Qué humillado se sintió ante ellos cuando su partido, no sabiendo qué hacer con él, lo envió al Parlamento Europeo, y él tuvo que confesarles que no sabía ni francés ni inglés. Los franceses sí que eran políticos, verdaderos estadistas, la de Francia sí que era política de altura, no lo que Fontecha y sus compañeros de partido hacían en España… En cierta ocasión, Philippe le dio un artículo de Oriana Fallaci sobre Andreotti, como si aquel franchute quisiera darle una lección sobre lo que era la política, precisamente a él, que había sufrido durante años la sombra de los guardaespaldas, al ex delegado del Gobierno que en la convulsa década de los ochenta se desayunaba cada mañana con algún muerto. Aún recordaba el artículo de Fallaci, en el que contaba el miedo que le había inspirado Andreotti, la conclusión a la que había llegado tras conocer al jefe de Estado italiano: «El verdadero poder te ahoga con lazos de seda, con encanto e inteligencia». Sí, ese era el tipo de frases que gustaba a Patricia y sus amigos franchutes. Philippe, Antoinette. Vinito y degustación de quesos. Pero todo aquello no era impedimento para Fontecha. Patricia era el amor de su vida, y estaba dispuesto a perdonarlo todo, incluidos los desprecios y las carcajadas, también el escarnio, porque estaba completamente convencido de que lo hacía sin querer.

—Habréis comentado la noticia del periódico, ¿no? Han estado llamando sin parar hasta las diez. No lo he cogido, claro. Al final he decidido desconectar el teléfono. Es tan gracioso…

Fontecha sabía de sobra a qué se refería su mujer. ¿Le parecía gracioso? Volvió a llenar la copa de vino más de lo recomendable, olvidando a los comedidos Antoinette y Philippe, y apuró de un solo golpe aquel Château Latour tan cardiosaludable, «un Pauillac», de espaldas a Patricia, seguro de que ella no apartaría la mirada de la pantalla: válvulas, cerdos, pulmones detenidos y un corazón paralizado.

Viendo que Fontecha no decía nada, Patricia retomó el hilo. Aún lo hacía divertida:

—Tendrás que aclarar a los periodistas que no soy exactamente cardióloga, sino cirujana cardiovascular… Si todas las noticias las dan con el mismo rigor…

Fontecha se sentía demasiado cansado, y un poco decepcionado también. Lo de estar cansado no tenía remedio, pero la decepción no la traía consigo al cruzar el umbral de su casa, y eso le dolía más. Aunque sabía que se iba a arrepentir nada más decirlo, no pudo evitarlo:

—¿Tan gracioso te parece?

Fontecha se empeñó en esbozar una sonrisa mientras formulaba la cuestión, pero sabía que el gesto le había salido forzado, a causa de su orgullo herido. Patricia apartó la mirada de la pantalla por primera vez.

—No pensarás en serio presentarte, Javier…

—No era esa mi intención, desde luego, pero…

—¿Se te ha olvidado en qué quedamos respecto a eso?

—No, pero las cosas han cambiado…

—Te destrozarían, Javier. Hace tiempo que está elegido el candidato, lo sabes de sobra…

—Me lo ha pedido el partido… He recibido llamadas importantes, de gente que ni te imaginas.

—¿El sucio judas de Fuchs que te llamó para que pidieras la convocatoria de un congreso extraordinario? Salisteis en su favor como corderitos… El candidato será él… ¿Acaso lo pones en duda?

Patricia tenía razón. Patricia tenía razón en cuanto decía. Todo lo que ahora le estaba reprochando, ya lo habían hablado a menudo en la sobremesa de las cenas, casi siempre entre risas y con desdén, subrayando lo lejos de ellos que estaban aquellas miserias del partido, protegiéndose de aquellos seres repugnantes que se acuchillaban por una pizca de poder, formulando conjuros para nunca tener la tentación de caer en semejantes luchas fratricidas que sacaban lo peor del ser humano. Patricia tenía razón, pero eso no calmaba a Fontecha en absoluto.

—Todavía no hay nada decidido.

Patricia se levantó de su silla.

—¡Lo estás pensando! Te han lavado el cerebro, ¿o qué? ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Por qué nunca me lo has mencionado?

—Ya te he dicho que aún no hay nada decidido, Patricia.

—Pero te lo estás pensando…

—Me lo estoy pensando, sí. ¿Qué hay de malo en pensarlo?

—Todo, si desde el principio sabes que lo que piensas no lleva a ninguna parte.

—Puede ser una oportunidad. La última.

—Te han dado pico y pala para que caves tu propia tumba… El candidato será Fuchs, lo sabes mejor que nadie…

Quizá porque entendió que había sido demasiado dura, Patricia se le acercó para susurrárselo a media voz, convencida de que el contacto físico suavizaría la cruel evidencia de sus palabras. Acercó su mano a él, pero no para acariciarle cariñosamente el cuello, y tampoco para palmearle el hombro con paternalismo. Se la colocó en un punto intermedio. Cariñosamente. Con paternalismo. Convencida de que el amor que él sentía por ella inclinaría la balanza hacia la percepción cariñosa del gesto.

—Querido, ¿es que no te das cuenta?

—Yo siempre te he apoyado. Siempre te he animado en tu carrera.

—Lo sé, cariño.

—¿Y tú, por qué no?

—Que quede claro: la decisión será tuya. Me tendrás a tu lado, eso ya lo sabes. Pero no creo que sea una buena idea.

—¿Por qué?

—Porque te arrojarías a ti mismo a los lobos, y perdona, pero tú no eres uno de ellos. No estaría contigo si lo fueras.

—Pero lo fui…

—¿Tú, un lobo?

—¿Qué crees que era esto en los ochenta? Fui delegado del Gobierno… Aún no me conocías…

—Las cosas han cambiado mucho desde entonces. El mundo era más sucio, pero los políticos erais más limpios.

Un estallido de ingenuidad, al fin. «Si tú supieras, Patricia», pensó, y por un momento aquella ingenuidad de su mujer le hizo sentirse más fuerte que ella. «Tú, con esa capacidad tuya de parar los pulmones y los corazones, tú, con tu cuenta corriente bien provista, con tu afición por el teatro. Con tu aptitud para hablar largo y tendido sobre el argumento de La Traviata, con tu colección de discos de Cecilia Bartoli, Château Lafitte, Château Latour, "es un Pauillac", con tu perfecto francés, tú, querida esposa, ni siquiera tú lo sabes todo. Lo ignoras casi todo sobre mi mundo. Sobre mi vida anterior. Si supieras que nada sabes, ¿acaso vivirías conmigo, acaso en su momento me habrías abierto la puerta siquiera a la humillación pequeñoburguesa? Parar los pulmones y el corazón para así poder trabajar con más comodidad… ¿Qué te parecería si te dijera que también yo sé algo de eso?».

Lo piensa, pero no lo dice.

Entonces el mundo era más sucio, pero los políticos erais más limpios.

¿No sería al revés? «Todos éramos más jóvenes», se dijo Javier Fontecha, esa era la única diferencia. Que el olor a podrido era distinto en los jóvenes y en los mayores. Aunque todos fueran corruptos, atraían a moscas diferentes las podredumbres joven y vieja.

—¿Qué te ronda la mente, Javier?

—Puede que tengas razón: no debería presentarme. Ya no estoy para esos trotes.

—Eres demasiado bueno para que te pongan en primera fila. Es todo cuanto intentaba decirte.

La idea de entregar las armas en el pantano ha sido de Pedro Vargas. Llevan también la documentación que falta, así como el coche con su llave. Para cuando los recogen en el bar Beti-Jai y los traen, Hernández y él esperan ya con el material.

—¿Solo una llave?

El hombre que tiene una segunda ceja sobre la primera dice que quiere un duplicado.

—¿Para qué?

—¿Qué pasa si la perdemos?

Pedro Vargas ni siquiera contesta. No merece la pena. Les entrega la documentación y las fotos, les presenta a Hernández. Los portugueses no ponen muchos reparos a la documentación: solo se fijan en las fotografías, como quien pasa deprisa las páginas de sociedad y política del diario hasta llegar a las sección de deportes, despreciando descaradamente los informes mecanografiados. Vargas abre el maletero del coche y les muestra las armas. Los portugueses se quedan mirando como niños delante de un puesto de chucherías. Al principio se quedan maravillados con los subfusiles.

—¿Benelli?

—Sí, Benelli.

Quitan el seguro e inspeccionan la munición: todo en regla.

—¿Y las Beretta?

Pedro Vargas abre la segunda caja.

—No hay Berettas: estas son Star. ¿No son lo suficientemente buenas para vosotros?

—Nosotros pedimos Berettas. —Ahora el que habla no es el de la doble ceja, sino el otro. Un palurdo de mil pares.

—No hay Berettas… lo siento.

—Sin Berettas no lo haremos.

Pedro Vargas empieza a ponerse nervioso. Creía que todo eso ya lo había negociado el jefe. Coge una de las Star y carga el arma, furioso. Tanto que el más palurdo de los portugueses teme por un momento que los vaya a liquidar allí mismo: se arrepiente de los dos brandys que se ha tomado para desayunar; si no se los hubiera tomado, quizá tendría suficientes reflejos como para sacar la pequeña pistola Derringer que lleva en la chaqueta. El repentino cambio de humor de Pedro Vargas ha pillado a todos por sorpresa. No solo a los portugueses. También a su compañero Hernández.

Coloca el silenciador a la pistola y se la mete al cinto. Saca la rueda de recambio, que está debajo de la caja de armas, y la lleva rodando hasta uno de los abedules que hay al borde del pantano. Apoya la rueda contra el árbol, y vuelve caminando hasta el lugar donde están los portugueses y sus hombres de confianza.

Efectúa tres disparos contra la diana improvisada, desde una distancia aproximada de veinte metros, uno detrás de otro. Firme el pulso. Las dos primeras balas perforan la llanta de lado a lado. La tercera desinfla la cámara, pero impacta cerca de la circunferencia de aluminio.

Pedro Vargas mira con rabia a los portugueses, limpia las huellas de la culata con la manga y entrega el arma al hombre de la doble ceja.

—Star. No las encontraréis mejores. ¿Creéis que seréis capaces?

Los portugueses se miran, parecen dudar.

El hombre de la ceja doble da el visto bueno, con voz ronca, refunfuñando:

—De acuerdo. Pero necesitaremos una rueda de repuesto, por si las moscas.

«Su puta madre», dice para sí Pedro Vargas, pero luego palpa la medalla de la virgen de Vera Cruz por dentro de la camisa, le pide perdón y decide calmarse.

Se acuerda de Ivan Lendl, el tenista checo. De esos que saben controlarse y no pierden los estribos. Sangre eslava. Para sí la quisiera.

Desde que tomó la decisión de presentarse a las primarias de su partido para ser candidato, Fontecha estaba hasta el cuello de trabajo. Afortunadamente contaba con Belén, su secretaria.

Belén era una rara avis. Tenía una especie de aura. ¿Tal vez el ímpetu de la juventud, a los ojos de un hombre maduro? Era muy posible, sí, pero Fontecha quería creer que la aureola de Belén era algo más que una efímera lozanía biológica que acabaría por apagarse. Recién afiliada al partido, dominaba con soltura cuatro lenguas, y fue la primera de su promoción en la Universidad de Deusto. Su único defecto era ser licenciada en Derecho, una carrera vulgar para una persona fuera de serie. Como a la mayoría de los que estudiaban en Deusto, le gustaba precisar que había hecho «derecho económico», como si quisiera en cierto modo rentabilizar el esfuerzo, y distinguirse de la mediocre horda de picapleitos. ¿Un toque elitista? ¿Clasista, tal vez? Puede. Después de licenciarse con uno de los diez mejores expedientes de su promoción, había cursado un máster de periodismo y fue nombrada de inmediato ayudante del responsable de comunicación de la comunidad autónoma. Hasta que terminaran las primarias, iba a ser su mano derecha. Una vez encontrada una joya semejante, Fontecha albergaba esperanzas de que pudieran recorrer un largo camino juntos en el futuro.

Iban tan tranquilos, volvía a ser época de alto el fuego y, dado que habían aprendido que esos períodos de tregua no eran para siempre, les tocaba disfrutar de la ocasión, casi hasta el punto de olvidarse de los guardaespaldas que caminaban discretamente a unos cincuenta metros de ellos. Si el verano durara por siempre, no sería tal.

—Tenemos una entrevista. Una edición local, poca cosa. La periodista es una tal Idoia Erro. De joven trabajó en la prensa de la izquierda abertzale, pero lleva ya unos cuantos años en la redacción de Bilbao de El Mundo.

Fontecha no tenía buena memoria, pero la amargura hace muy bien el trabajo del líquido fijador, y aquel nombre se le había quedado grabado. Idoia Erro. Tenía muy presente el perfil que le hizo aquella periodista, y que había provocado una discusión con Patricia. Después de tantos años juntos, no había conseguido que Patricia dejara de comprar El Mundo y se pasara a El País.

«Tendrás que aclarar a los periodistas que no soy exactamente cardióloga, sino cirujana cardiovascular… Si todas las noticias las dan con el mismo rigor…».

—Es de suponer que ya se le habrá difuminado la idealización de sus luchas de otro tiempo, pero más te vale tener cuidado, por lo que pueda pasar.

Pedro Vargas era de la vieja escuela. No solo porque creía en Dios y en los castigos divinos. Creía también en la lealtad y en la venganza.

Y fue un viejo vínculo de lealtad el que le empujó camino de Palencia, con la bombona de oxígeno como copiloto; aunque se veía obligado a llevarse de cuando en cuando la máscara a la nariz y la boca, sabía que llegaría sano y salvo. La virgen de Vera Cruz lo auxiliaría. Tenía allí una cita importante, algo que suele bastar para convencerte de que llegarás a tu destino sano y salvo. Antes de entrar a la autopista, condujo por la carretera comarcal y se detuvo un momento en el pantano. El lugar apenas había cambiado. Los abedules seguían en su sitio. Por allí enterrados debían de estar también los casquillos de la Star. Sin salir del coche, se pasó al asiento del copiloto y sujetó la bombona en el regazo. Sin embargo, abrió la ventanilla y respiró el aire del exterior en lugar de recurrir al oxígeno de apoyo. Al contrario de lo que esperaba, aquel aire limpio no fue suficiente. Tuvo que ponerse otra vez la máscara a toda prisa, para no asfixiarse.

¿A qué venía aquella parada en el pantano? Allí ya no había nada. Aguas tranquilas, recuerdos perturbadores. Y, a pesar de todo, aquel lugar significaba muchas cosas para él. Le traía multitud de recuerdos. Lo calmaba y lo ponía nervioso. Beretta y Benelli.

Llegó a Quintanaluengos antes de oscurecer. Se encontró a su hermano arrancando las malas hierbas. Se abrazaron. Con gusto le habría dicho: «No tienes edad para andar arrancando hierbas».

—¿Cómo se te ocurre venir sin avisar? ¿Cómo estás? Te sacaré algo de comer…

Le dijo cortésmente que no tenía apetito, pero no pudo rehusar un hermoso trozo de melón.

—Me lo trajo ayer mismo el yerno de Murcia. Está en su punto.

Fresco y dulce: hacía tiempo que Vargas no comía nada tan a gusto.

—¿Por qué no te has traído al hijo? En el estado en que estás, ha sido una tontería hacer el viaje solo. ¿Hasta cuándo piensas quedarte?

«¿En este mundo, quieres decir?», estuvo tentado de responder Vargas. Pero, para una vez que venía de visita, no quiso ser insolente con su hermano.

—No te conviene conducir. Estoy solo hasta mañana por la tarde. Si quieres, la Nuri puede llevarte a casa…

Pedro Vargas le contestó que no.

—¿Más melón?

—Quizá por la noche…

—Por la noche, nada de melón: «Por la mañana, oro; por la tarde, plata; y por la noche, mata». ¿Es que no te acuerdas del dicho de padre?

Los dichos, claro, Pedro Vargas se sabe muchos: «Pocos y finos, como en botica».

—Del viejo recuerdo muchas cosas. Por ejemplo, por qué se metió guardia civil.

—«Para que todo esté en su sitio».

—Exacto. «Para que todo esté en su sitio». Don Emilio por aquí, don Emilio por allá, todos conocían y estimaban a Emilio Vargas, todos llamaban a padre por su nombre de pila.

—Es pequeño nuestro pueblo.

—Pueblo pequeño, infierno grande.

—Nunca disparó un tiro. Ni siquiera al aire.

Aquello era una puñalada. Nunca habían hablado del asunto cara a cara, pero algo sabía su hermano acerca de la guerra del Norte de los años ochenta. No estaba de acuerdo con los métodos que habían empleado. Su hijo tampoco, en eso se parecía a su tío. Le producía una especie de escozor comprobar que nadie de su entorno fue nunca capaz de ponerse en su piel.

—Diría que nuestro padre… confundió ser guardia civil con ser sereno —afirmó Pedro Vargas.

—No fue tu caso.

—De niño, ¿no querías ser como él? ¿Nunca? Cuando éramos unos críos… ¿qué era para ti ser guardia civil? El «síndrome del norte» aún estaba por inventar.

—Pero Franco murió cuando tú entraste al cuerpo, Pedro… Podías haber escogido otro camino.

—¿Como tú, quieres decir?

No es capaz de responder a eso. A su hermano nunca le hizo gracia que Pedro se hubiera metido guardia civil. Él siempre se dedicó a la agricultura y a los sindicatos agrarios, nunca sintió la tentación de abandonar Palencia, ni siquiera cuando parecía que toda la familia iba a morírsele de hambre. Dos veces quebró su cooperativa, y las dos veces le dejó dinero Pedro. Por no hablar de los estudios de empresariales de su hija Nuria.

—Cuando me hice guardia civil, ¿tú te crees que estaba yo pensando en Franco?

—No te arrepientes, entonces.

—Cada cual vive su vida. Hacemos lo que podemos.

En esas dos últimas frases estaban de acuerdo los dos. Ambas podían haberlas dicho tanto Pedro como su hermano. Pero la falta de arrepentimiento tenía matices distintos en cada uno de ellos.

Vargas fue a rezar tres veces ante la virgen de Vera Cruz. Por un momento, le dio la impresión de que la imagen se parecía a Ivan Lendl. De vez en cuando le pasaba ese tipo de cosas desde que dejó de tomar las medicinas para su enfermedad mental. A tomar por saco. Bastante atiborrado le tenían ya con la medicación contra el cáncer.

Don Gregorio lo recibió con los brazos abiertos. Pedro fue generoso en su día, cuando se cayó la campana de la iglesia y hubo que poner dinero para comprar una nueva. Aquella donación de Pedro Vargas había sido anónima. Era lo que le había sobrado tras comprar la casa de Nerja. También aquello fue en los ochenta, no había tanto control como ahora respecto al dinero confiscado en la lucha contra el narcotráfico. Tampoco respecto a las facturas de la iglesia, al parecer. Hoy en día también ponía en duda la fiscalización de estas últimas. Aunque la afluencia de parroquianos había bajado muchísimo, entre una cosa y otra, el negocio que menos se había resentido era el de don Gregorio. El sacerdote no tardó en reparar en la bombona de oxígeno con ruedas que arrastraba Vargas.

—Te ha afectado los pulmones, ¿me equivoco?

Vargas había decidido que no se iba a dejar hacer ni una sola punción, placa ni escáner más. Sus últimas visitas a los médicos solo habían servido para corroborar que nuevos territorios habían sido invadidos por la metástasis. Había perdido la guerra pero, por desgracia, no podía, como los mariscales, ordenar la retirada a los hombres bajo su mando y abandonar el campo de batalla. De nada servían las Star, las Beretta, los Benelli. Porque el campo de batalla era su propio cuerpo. Era demasiado fácil pensar que la expansión de ese cangrejo que llevaba en su organismo era consecuencia de los malos actos de su vida: castigo de Dios, Soto y Zeberio pudriendo sus entrañas, dos jóvenes diminutos, dos esqueletos esparciendo veneno por sus intestinos y sus pulmones. No, las cosas no eran tan sencillas, pero la mente humana funciona a veces de forma tan simple…

Vargas se quedó mudo cuando, al tiempo que solicitaba al médico que le subieran la dosis de morfina, oyó a su mujer pronunciar aquellas palabras:

—Esto es una tortura.

La verdad siempre sale a la luz, a fin de cuentas.

Vargas dio noticia al cura de aquellos días de octubre de 1983, pero no como anteriormente, como quien se dice a sí mismo «hiciste lo que tenías que hacer», sino de forma totalmente distinta. Tal como él lo recordaba, sin olvidar ningún detalle, sin tomarse el trabajo de justificarse. De un modo en que nunca se lo había contado a sí mismo, sorprendido por la facilidad con que se entrelazaban las palabras y frases que iban saliendo de su boca. Le repitió también las palabras de Rodrigo Mesa, sin mencionar su nombre:

«Tienen un aspecto lamentable, no podemos dejarlos así: que desaparezcan».

De vez en cuando se llevaba la máscara de oxígeno a la boca, y absorbía un aliento más de aquella bombona que venía a ser un almacén de últimos alientos, sin ninguna certeza de cuándo llegaría el aliento final. Había comenzado la cuenta atrás. El último aliento puede ser más de uno. Qué lejos quedaba la época en que podía jugar partidos de tenis de cinco sets sin agotarse. Las broncas simuladas de McEnroe, la bola entró, apurado, muy apurado.

El cura escuchó su relato, y quedaron ambos en silencio por un instante.

—Es terrible todo eso que me dices, Varguitas.

Se llevó la máscara al rostro, aunque esta vez no se debía a que los pulmones le pidieran más aire. Se llevó la máscara a la cara, no como portadora de oxígeno, sino como máscara de cobertura.

Contar cosas terribles a sacerdotes compasivos. ¿Qué hacía que aquello fuera posible, a principios del siglo XXI? La respuesta era muy simple: conscientemente o no, quien se va a confesar sabe que no hay institución que haya cometido tantas atrocidades como la Iglesia. Resulta mucho más fácil contar las propias salvajadas a quien las ha hecho similares, seguro de que la institución que tiene delante ha sido más sanguinaria que la propia. ¿Cómo ignorarlo? Las barbaridades cometidas, la Inquisición, la dictadura interna, constituían el mayor capital moral de la Iglesia: su forma de funcionar era críptica y opaca, por eso atraía aún a personas dudosas y oscuras y sus testimonios para luego hacer negocios con esos secretos. Tenía la atracción de los agujeros negros. En el momento en que la Iglesia se convirtiera en una institución transparente y democrática, su poder se acabaría.

Vargas quedó tranquilo, en paz. Se sentía aliviado, arrodillado en el confesionario de madera. Afuera hacía demasiado calor, pero allí, al fresco, sus pulmones no demandaban tan a menudo la máscara de oxígeno. Se habría quedado allá toda la tarde, en penumbra, esperando la sentencia. Le picaba un poco la curiosidad, cierto: eran demasiados años sin confesarse, sin hacerlo «de veras». —Beretta y Benelli—, y no sabía si el cura le iba a decir «ego te absolvo», o solo lo bendeciría con la mano. Ignoraba qué penitencia se le ocurriría al comprensivo padre; por no saber, ni siquiera sabía si se apiadaría de él viéndolo en un estado tan lamentable.

Vargas recordó su viaje de bodas a Italia, cómo en la visita al Duomo de Milán se quedaron estupefactos al ver, dentro de la inmensa catedral, docenas de confesionarios dispuestos en hilera uno al lado del otro, a cual más elegante. Uno podía confesarse en docenas de lenguas distintas. Aquello era un verdadero procesador multilingüe de secretos. Junto a todos aquellos pequeños cubículos, vieron uno de mayor tamaño: penitenza maggiore. Vargas y su mujer bromearon acerca de qué grave pecado habría que cometer para entrar en él.

Ahora ya lo sabía.

Dicen que, a fin de cuentas, la verdad siempre sale a la luz. Pero la mayoría de las veces sucedía tarde, cuando ya no servía para nada. «Por la mañana, oro; por la tarde, plata; y por la noche mata».

Dicen que la verdad siempre acaba saliendo a la luz, y generalmente lo hace porque aquel que la ha estado ocultando durante años la confiesa; se sabe el secreto por voluntad de quien lo ha guardado, no por el tenaz trabajo de investigación de quien lo ha estado buscando, sino porque quien lo posee quiere desprenderse de su custodia. Uno se delataba a sí mismo, al fin y al cabo. Por tanto, la mayoría de las novelas de detectives estaban basadas en una falsedad. No eran creíbles en absoluto. Siempre resultaba más importante la confesión espontánea que la pesquisa cerebral.

—Sus familias deberían saber dónde están los huesos —le susurró el cura, y Vargas dio por oída su penitencia.

Qué había empujado a Fontecha a iniciar aquella relación —¿pero, de veras la empezó él? ¿No habría sido Belén?—, no era cosa fácil de explicar.

Las largas horas de trabajo que habían pasado juntos, las noches que compartieron fuera de casa, en el mismo hotel y distintas habitaciones, pero también, y especialmente, algunos momentos íntimos que se produjeron entre aquellas largas horas, aburridas, neutras e insípidas, sin ninguna intención previa de deslizarse hacia una relación física y sentimental; momentos que, de improviso, acercaron su relación laboral a su esfera personal. Uno de esos relatos que se contaba a sí mismo — probablemente falso, por tanto—, era el de la entrevista que le hizo el enviado especial del New York Times. La entrevista fue larga, aunque a la hora de componer el reportaje el periodista apenas si le dedicó cuatro líneas; Belén ejerció de traductora. No solo tradujo sus palabras: tal como hacen los intérpretes, le susurró al oído, sentada a su lado en el sofá, las jugosas preguntas del entrevistador. Aquella proximidad, el muslo de la chica apretándose contra el suyo, los labios de Belén rozando su oreja, aquella voz susurrante, fue lo que acabó por encandilarlo.

A Fontecha se le ocurrió que podría pasarse allí todas las horas del mundo, como esos que susurran a los caballos, él convertido en caballo y Belén en su susurradora. Le resultaba excitante tenerla tan cerca, aquel perfume de pétalos blancos, el aroma de la crema hidratante que se daba en la cara. Estaba nervioso en puertas de aquella entrevista, fue una sorpresa para él que Belén se sentara tan cerca, no solo con los muslos y las cinturas en contacto, sino también los hombros, sin reparos. Cuando la chica, al explicar las preguntas, movía las manos, Fontecha miraba a ratos sus dedos, para no verse obligado a sostener constantemente su mirada —eso lo ponía aún más nervioso—; quería darle a entender que mantenía la atención, que comprendía la pregunta, sí, pero lo que Fontecha quería en realidad era coger aquellas manos, acariciarlas, contagiarse de aquella fina piel, de aquel suave tejido. Todo muy profesional, solo profesional y nada más que profesional, un impersonal ejercicio de traducción consecutiva; solo hablaron de política, de la sociedad vasca, de la pasión de los nacionalistas vascos y la crítica visión de Fontecha con respecto a esa pasión; y, sin embargo, Fontecha deseaba que el cuestionario no terminara nunca: «Que haga preguntas largas, quiero seguir oyendo la traducción de Belén al oído».

Una vez terminada la entrevista en el vestíbulo del hotel, compartiéndola por una vez, hablarían de ello en la misma habitación, de cómo a Fontecha se le aceleraba el pulso solo de pensar que le estaría viendo hasta los pelillos de las orejas mientras ella le traducía las preguntas, de cómo también Belén tenía cierto recelo de si su aliento no le resultaría desagradable a Fontecha, «como si las orejas fueran narices de incógnito capaces de captar los olores…». Y tras la atemporalidad de los hoteles, llegó el momento de conocer la casa de Belén, un paso demasiado grande, de esos que dan vértigo; entraron por el garaje, temiendo que alguien los viera, muy de madrugada; pero nadie los vio, y se sintieron a salvo en los brazos del otro, en una guarida clandestina, en un refugio. Y su casa, una casa sencilla, muy doméstica, la casa de alguien que acaba de dejar de ser estudiante y aún no tiene el dinero suficiente para dejarse caer en las garras del diseño —al parecer, los sueldos del área de comunicación del partido no eran tan generosos—; muebles y tazones de Ikea, nada que ver con el derecho económico, allí predominaba la Belén corriente y moliente, a la medida de la ropa que vestía, una buhardilla con aspecto de desván, un poco bohemia incluso, por qué no decirlo, y qué ternura inspiraba presenciar su pudor al repetir constantemente si aquel lugar no sería poquita cosa para Fontecha, «tengo una casa muy normalita», cuántas veces no habría repetido aquella disculpa, ignorando probablemente que Fontecha se iba a sentir allí más a sus anchas que en su propia casa, que le haría revivir los recuerdos intermitentes de su época de estudiante, que la casa lo iba a rejuvenecer casi tanto como su aterciopelada piel, que lo emocionaría ver a Belén a horcajadas sobre él, sujetando su pene y acariciándolo como si le perteneciese a ella, transformada de pronto en una imposible travesti ante sus propios ojos, «hacía años que nadie me masturbaba».

Y después, cosas que era mejor evitar cuando los amantes ocasionales quieren seguir siéndolo: el riesgo de conocer la rutina diaria del amante, la costumbre de preparar juntos comidas sencillas que dejan más tiempo para el sexo, el hecho de ayudarle a doblar su ropa, de aprender cómo se abren y se cierran los frascos y las cremalleras de Belén, susurrándole cosas al oído para que se ría, la culpa es del enviado especial del New York Times, de aquellas palabras traducidas al oído.

Vivir ese riesgo, y caer en él. El riesgo de despeñarte, y la certeza de que tendrás ocasión de volver a hacerlo.

Cuando leyó que habían identificado los huesos de Soto y Zeberio en Cartagena, Rodrigo Mesa llamó inmediatamente a Vargas. Pero este no le cogió el teléfono. Entonces, devorado por la impaciencia, lo intentó directamente con Fontecha.

La de Rodrigo Mesa era la última voz que Fontecha habría deseado oír.

—¿Has visto la prensa?

«A veces se traen también a los perros».

«¿Los perros?».

«Sí, para entrenarlos».

«Pues de ahora en adelante que no los traigan. Por una temporada, se acabaron los perros, las motos y los partidos de tenis. ¿Está claro?».

—Rodrigo…

—¿Has leído el periódico? —oyó de nuevo.

Javier Fontecha no necesitaba desdoblar el periódico para saber qué decía, aunque enseguida leería la noticia, en diagonal, como quien lo sabe todo, solo para comprobar cuánto se alejaba de la versión que mentalmente tenía ya escrita, y especialmente y sobre todo, para cerciorarse de si aparecían su nombre y sus apellidos.

No aparecían, pero —así son de inescrutables los caminos de la mente— no por eso Javier Fontecha se quedó más tranquilo.

—Quiero un buen abogado —le dijo Rodrigo Mesa, amenazante—, no el payaso que me pusisteis la última vez.

—Por teléfono, no, Rodrigo…

—Entonces, ¿dónde quedamos?

En cuanto llegó a casa, Patricia advirtió su palidez.

—¿Ha pasado algo, Javier?

Desde que se rompió el alto el fuego Patricia prestaba más atención a su marido, a sus entradas y salidas, a sus imprevistos; prestaba más atención, incluso, a las noticias de la radio. Siempre reparaba en su reloj cuando había un televisor cerca, y a las horas en punto encendía la radio, y oía el primer minuto del noticiario para asegurarse de que no habían matado ni a su marido ni a nadie: tsunami en Malasia, terremoto en Haití, convenio laboral amenazado, la gripe aviar golpea duramente Asia. «Está bien, lo siento, pero lo que me pide el cuerpo es un suspiro de alivio». Ciertamente: el diámetro de las catástrofes que nos afectan es muy limitado, y se va reduciendo con el paso de los años. «Hoy tampoco han matado a Javier», o, como mucho, «un día más sin atentados», se decía; y su corazón —ese cuyo funcionamiento tan bien conocía, con sus válvulas y sus isquemias y sus electros escarpados— volvería a sus constantes habituales, el móvil dejaría de ser una bomba de relojería, dejaría de ser una granada de mano en su bolsillo, a punto de explotar en manos de su portadora, para convertirse otra vez en el aparato corriente del mensajero: un divertido aparato para enviar y recibir mensajes frívolos. Lo pasaba mal cuando esperaba a Javier, especialmente cuando asistía a actos públicos, aunque sabía que en el fondo esas ocasiones eran las más seguras; que a la mayoría los liquidaban —«Dios, ¿qué verbo es ese?»— por la mañana temprano, cuando menos lo esperaban, a causa de un pequeño error o un mínimo instante de relajación en las medidas de seguridad, incluido el guardaespaldas, con una bomba lapa debajo del coche, «como ratas»; y sabía que poco se podía hacer, lo único que quedaba eran sus corazones destrozados, y que era imposible volver a ponerlos en marcha luego con una chispa, que no había válvula porcina ni metal de aleación especial que pudiera resucitarlos. Patricia estaba acostumbrada a ver sangre en su trabajo: transfusiones, un chorro que brotaba inesperadamente, los guantes de látex, las mascarillas y batas que acababan en la basura tras las operaciones más complicadas; solo muy de vez en cuando se les quedaba algún paciente en el quirófano, máscaras hieráticas imposibles de revivir, aneurismas difíciles de detectar, no siempre era posible el milagro. Aquello era parte de su profesión: ciertos olores, ciertas imágenes y ciertos gestos, precisos y certeros, bastante mecanizados a base de repetirlos una y otra vez. Los increíbles adelantos tecnológicos de los últimos años la habían obligado a aprender constantemente nuevas prácticas y nuevos gestos —lo atestiguaban, en la biblioteca de casa, al lado del montón de novelas del gusto de Javier, los gruesos manuales de cirugía que llenaban las estanterías, y los artículos de investigadores de Estados Unidos y Australia—, pero la sangre es siempre sangre, y estaba acostumbrada al dibujo exacto del bisturí, al corte calculado, a palpar esternones con la punta de los dedos. Nada que ver, sin embargo, con la perspectiva de encontrarse desangrado en mitad de la acera a su marido. Aunque nunca se lo había confesado, pensaba en ello a menudo cuando Javier le daba el último beso antes de salir de casa. Les cambiaron los horarios y la rutina diaria, gracias que al menos sus hijos estaban ya en la universidad o se habían casado —cada uno tenía los suyos, de cónyuges anteriores, en otra vida—. Tenían que reconocerse el acierto de haber tenido pronto a sus hijos, así aquel mal trago les afectaba solamente a ellos, no a sus retoños. Del mal, el menos. Pero lo menor de un gran mal, en cualquier caso.

—¿Ha pasado algo, Javier?

Amar a alguien consiste en no recriminarle los bruscos virajes de dirección y los cambios de coordenadas vitales que hemos hecho por él; cuántas veces no habrá arruinado las relaciones esa fiesta de reproches: «Si no fuera por ti, a mí me da igual, pero tú, no te das cuenta de que si no fuera por ti yo, por ti le dije que no, por ti dejé de ir, renuncié a ello por ti y por los niños, ¿es que no te das cuenta?»; «Querer a alguien, Javier —piensa Patricia a menudo—, es no confesarle nunca que has renunciado a la tertulia de después del trabajo que antes tanto disfrutabas, que has prescindido de la cerveza que todas las tardes te tomabas con los neurólogos de la policlínica y el responsable de cirugía estética; ¿por qué?, para llegar al coche antes de las siete y no a las siete y cuarto, porque quieres oír en la radio el boletín de las siete en punto, sentada en tu coche recién comprado, envuelta en el olor a cuero de la tapicería. Y amor es también rezar sin tener fe, mientras miras al móvil como si fuera el oráculo, esperando que en el informativo no pronuncien el nombre de tu marido».

—¿Ha pasado algo, Javier?

«Lo quiero, lo quería y me acostumbré a vivir con él; luego la costumbre ganó peso, y el amor lo perdió; pero también se puede amar una costumbre, ¿no?». Se ha hecho tanta literatura, tanta ficción, tanto psicoanálisis barato a cuenta de esa simple ecuación: cómo compatibilizar la costumbre y las hormonas, cómo aunar la razón y la pasión sin autodestruirse, cómo asumir las batallas que se juegan y se pierden en el interior de uno, y seguir caminando dignamente por la calle con la cabeza alta, con un aspecto y una actitud que hace unos años habríamos considerado ridículos en nosotros mismos.

—¿Ha pasado algo, Javier?

Es algo que le ha dado la costumbre, esa capacidad para leer el rostro de Javier como si fuera la palma de su propia mano; sucede con los años, es lo único que le agradecemos al paso del tiempo: llega un momento en que todos los tipos de gente y de caras que conocemos los hemos visto ya en algún otro lugar, en el semblante de otro. «Nada nos resulta nuevo y, a partir de cierto instante, es hasta tranquilizador que no haya nada nuevo —pensaba Patricia—, y por eso sé que la palidez de mi marido significa algo, y me preocupa saber lo que significa, porque está vivo, aquí y conmigo, y porque el beso que me ha dado esta mañana —entonces no lo sabía, pero ahora sí— no ha sido el último».

Javier le dijo que no, que no había de qué preocuparse, pero Patricia sabía que no era cierto, y que Javier acabaría por confesarlo.

—Tengo algo que contarte, Patricia.

—Hemos tenido que darle seis puntos, pero su esposa está bien.

—Muchas gracias, en realidad… no es mi mujer, trabajamos juntos.

El médico le miró por encima de sus gafas, que parecían de poca graduación para su miopía.

—¿Cómo se ha hecho la herida?

«Estábamos follando como locos, tenías que haber oído cómo gritaba. Esta hembra me rejuvenece veinte años».

—Se ha resbalado y ha caído hacia atrás… Se ha golpeado con la mesilla de noche…

Entonces se dio cuenta de que no había acordado una versión conjunta con Belén. No sabía qué le había contado ella al médico. Le entró pánico. La hemorragia era importante, le puso hielo en la nuca y se vinieron volando a urgencias, sin pensar en nada más.

El médico permaneció en silencio, escribió algo en la libreta que tenía en las manos.

—En este tipo de casos… tenemos que redactar un informe, como usted sabrá.

«Como usted sabrá».

Vaya si lo sabía. Javier Fontecha intentó que su voz no temblara demasiado.

—Lo comprendo.

Cuando sacaron adelante la ley contra la violencia de género, poco sospechaba Fontecha que fuera a afectarle de aquella forma algún día.

—Puede visitarla si quiere, le hemos dado calmantes. No parece que tenga ningún coágulo, pero lo mejor será que pase aquí la noche.

La pobre Belén se sentía culpable, tanto como si hubiera sido ella la que diseñó aquel borde afilado de su mesilla de noche.

—¿Estás bien?

—Siento la piel muy tirante, pero no es doloroso. Me han tenido que cortar un buen mechón para coser con más facilidad. Yo… no sé qué decir, Javi. Lo siento mucho…

Aquella cara de ardilla asustada. Quería abordar el tema con recato, pero Fontecha estaba demasiado preocupado.

—Los médicos… ¿te han preguntado cómo te lo has hecho?

—Les he dicho la verdad… Es decir… que estaba limpiando y me he dado en la cabeza con el armario…

—¿Con el armario?

De pronto se da cuenta: no es cosa de broma, el daño que aquella tontería podía hacerle a Fontecha era mayor de lo que había previsto.

—¿A ti también te han preguntado? ¿Qué les has dicho?

Fontecha repasó mentalmente la versión de los hechos de Belén y la que él había dado: «se ha resbalado y ha caído hacia atrás»; «estaba limpiando y me he dado con la cabeza…», no era lo mismo, pero podían ser versiones complementarias, solo que uno había dicho «mesilla de noche» y la otra, en cambio, «armario».

—No te preocupes por eso.

—¿En qué estábamos pensando, Javi? No tenías que haberme acompañado hasta dentro del hospital… Si esto te crea problemas, nunca me lo perdonaré.

—Ahora descansa y cuídate la herida, olvida todo lo demás.

Javier Fontecha no sabía cómo despedirse. La habría besado en los labios, pero había enfermeras alrededor. El médico también podía entrar en cualquier momento. Le apretó la mano, acariciándole con el pulgar todos sus dedos. Belén respondió agarrándole con fuerza el pulgar.

—Mañana por la mañana te mandarán a casa, no ha sido nada.

Belén se llevó la mano de Fontecha a los labios.

—Te quiero, Javier. Ahora ve a casa antes de que las cosas se compliquen aún más.

«Te quiero, ve a casa»: las primeras palabras las dijo la amante; las últimas, la secretaria.

Fontecha le dio el último beso en la frente, y cruzó su mente como una flecha el recuerdo del cuerpo desnudo de aquella mujer que dos horas antes había abrazado, el sexo salvaje en la cama; recordó cómo, debido a su deseo exagerado de cogerla en brazos y ver sus senos balancearse ante sí, había hecho girarse a Belén para que cabalgara sobre él, cambiando de postura una y otra vez sin sacársela siquiera, y cómo Belén, en los últimos estertores del orgasmo, había echado la cabeza hacia atrás y se había golpeado accidentalmente la cabeza con el borde de la mesilla de noche. Fontecha se había asustado. Belén perdió el conocimiento durante unos segundos.

Cogió el ascensor del hospital y se dirigió a la calle. Sentía que todos lo reconocían. No tenía por qué: no era más que un ciudadano de a pie, a él también le pasaban cosas. Quizá estuviera paranoico, puede que la gente se sorprendiera de que un político como él fuera sin escolta. «Se ha resbalado y ha caído hacia atrás», «estaba limpiando y me he dado con la cabeza…». Más allá de culpabilidades, Fontecha intenta calcular la influencia que podría tener en su carrera política aquella visita al hospital. Intenta convencerse de que no es para tanto, pero le resulta irritante la tendencia que tienen los acontecimientos para torcerse cuando crees tener todo controlado. Afortunadamente nadie había visto a Fontecha entrar a casa de Belén, ni salir de ella; tuvo la precaución de subir en ascensor directamente desde el garaje.

Y, con todo, nunca podía uno tener la certeza absoluta.

Su candidatura para las primarias pendía de un hilo: Fontecha iba a tener que declarar en el sumario de Soto y Zeberio. El partido, sin embargo, le mostró públicamente su apoyo. Tres días antes de que se hiciese pública la noticia de la citación, Patricia se marchó a casa de sus padres. De un día para otro, la vida que llevaba hasta entonces empezó a desmoronarse.

¿Qué era lo que Patricia no le perdonaba? ¿Que hubiera tomado parte en la guerra sucia? ¿Que se lo hubiera ocultado? ¿Que se lo hubiera confesado demasiado tarde? ¿Esperaba que lo negara todo, eso habría sido mejor? Fontecha siempre había considerado a Patricia la mujer de su vida, pero durante estos últimos meses lo había relativizado todo un poco: ahora tenía a Belén, que aunque no bebía botellas de Pauillac que costaban el sueldo de un mileurista, era dueña de un aura impetuosa y tenía a la política y a los políticos un respeto y una consideración que a Patricia le faltaban; y que, más importante aún, creía en su inocencia. Tenía intención de dejar a Patricia más pronto que tarde, y que ella se le hubiera adelantado no hacía más que facilitar las cosas. Javier Fontecha abrió la botella que su mujer guardaba para las ocasiones especiales, y decidió invitar a Belén a su casa.

—Mi mujer está fuera, puedes quedarte a dormir.

Belén se mostró reacia al principio, pero finalmente aceptó, «Patricia está en un viaje de trabajo, en Burdeos», aquella lejanía le dio seguridad.

Javier Fontecha lo tenía todo pensado: dejaría pasar unas semanas antes de confesar a Belén que había hablado a Patricia de su relación con ella, y que habían decidido separarse de mutuo acuerdo. Que viera que él era un gentleman, y que estaba dispuesto a dejarlo todo por ella.

Belén llegó a casa de Fontecha muy fatigada, casi una hora más tarde de lo acordado. No se disculpó por el retraso.

—He estado con los abogados del partido.

Fontecha se sorprendió.

—Creía que la cita era mañana…

—Para ir adelantando trabajo…

—¿Alguna novedad que deba saber?

—Quieren que renuncies a las primarias.

—¿Cómo? ¡Ni hablar! ¡Eso sería reconocer mi culpabilidad!

—No es eso: en el juicio lo negarás todo, por supuesto. Tú no sabías nada, y actuaron por su cuenta. Te pondrán los mejores abogados. La clave es el entierro de Trota: declararás que fuiste el único que habló allí con Rodrigo Mesa. Mesa también está enterado…

—¿Y no puede Rodrigo Mesa hacerse cargo de todo? Al fin y al cabo, fueron él y Vargas…

—Es lo que intentamos al principio, pero tienen demasiados datos que te vinculan a Rodrigo Mesa… ¿entiendes? Demasiados hilos sueltos… Tienen grabaciones, la confesión de Vargas… Y también está ese tal Diego Lazkano…

—Algún punto débil tendrá… No faltará por dónde atacarlo…

—Lo estamos investigando a fondo… Pero reconoció el palacio de El Cerro en el proceso de instrucción… Lo siento, Javier…

—No puede ser… Yo… ¿Van a dejarme solo? ¿Tú también? ¿Queréis que me lo coma yo entero? ¡Me meterán en la cárcel!

—No te pongas en lo peor. Y si llegara a pasar, sabes que nos tendrás contigo…

—¡Si esto se sabe, se acabó todo, Belén! ¿Es que no te das cuenta?

—Estaré a tu lado, prepararemos el juicio a conciencia. No tendrás que ir a prisión. Pero deberás retirarte por una temporada.

—Entonces, ¿por qué me ha dado su apoyo el partido?

—Porque esperan que te retires por tu propia iniciativa.

—¿Y si no acepto? ¿Y si digo toda la verdad? ¿Que yo no hacía más que obedecer órdenes, que estaba coaccionado, que alegaron razones de Estado, que me hicieron chantaje? Si no me dejan ser candidato, el resto me importa bien poco… ya cumplí mi destierro en Europa…

—Javi…

—¿Qué? Me exigen demasiado… Olvida el partido por un instante, dímelo como amiga: ¿no crees que debería decir la verdad? ¡Si tengo que ir a la cárcel, no iré solo! ¡Que se sepa todo de una vez, y santas pascuas! ¡Si los de arriba también están involucrados, nos darán antes el indulto!

—No habrá indulto para ti, porque no habrá condena.

—Yo no estoy tan seguro…

—Debes lealtad a quienes te nombraron.

—No te reconozco, Belén. ¿Les has pasado información a mis espaldas? ¿Con quién estás? ¿Con el partido o conmigo?

—Estamos juntos en esto.

—No, no lo estamos. A ti esto no te salpica. No estabas conmigo en aquella época. No puedes saber la clase de infierno que era aquello, Belén. ¿Y sabes lo que te digo? Que ya me he asqueado… Creo que es hora de que se sepa todo.

—Piénsatelo bien, Fontecha…

—¿Ahora me llamas Fontecha?

Belén posó su mirada en los caros muebles de la casa. ¿Cuántas viviendas podrían decorarse con muebles de Ikea vendiendo aquel mobiliario?

—A mí también me tienen pillada. Se han enterado de la visita que hicimos juntos al hospital. No fue buena idea.

Javier Fontecha se alteró aún más:

—¿Qué quieres decir, Belén? ¿Estarías dispuesta a testificar contra mí?

—A veces pareces tonto, Javier: no tienen ninguna necesidad de que yo testifique. Pueden filtrar mi informe médico, tu firma consta en el registro de urgencias. Les basta con sacar dos copias: una para tu mujer, y otra para mandarla al diario El Mundo a nombre de ese Julio Virado que tanto te quiere… Aunque yo no testifique el resultado es el mismo, quizá peor, porque mi silencio corroboraría la peor hipótesis: «Candidato socialista da una paliza a su secretaria», con mayúsculas. Y debajo del titular: «Mantenía con ella una relación». Menudo escándalo. Por mucho que salieras bien parado del juicio, tendrías que retirarte.

—Pero no es verdad…

—¿No es verdad?

—¡No que te diera una paliza!

—Vaya novedad. ¿Desde cuándo importa la verdad? No te lo perdonarían: ni la verdad en minúsculas ni la mentira con mayúsculas.

—Creía que entre nosotros había algo especial.

—Eso no va a cambiar…, pero sabes muy bien que no tenía otra opción.

Javier Fontecha se queda callado.

—Porque… a tu mujer no le habías dicho que me acompañaste al hospital, ¿verdad?

Javier Fontecha guarda silencio.

—Lo que sospechaba.

Se lo ha perdonado todo, incluso que haya puesto al mismo nivel su lealtad al partido y su lealtad hacia él. Siguen siendo amantes, después de todo. La ha tenido a su lado durante todo el calvario que ha supuesto el juicio, y eso quiere decir algo.

Por otra parte: ¿cómo se celebra la libertad? ¿Hay alguna forma de celebrar tu libertad, cuando te has librado in extremis de unos cargos de los que eres culpable, y sabes que tus hombres de confianza, Rodrigo Mesa, Vargas —que está agonizante— y otros cuantos que actuaron con los portugueses tendrán que pasar una temporada en la cárcel? ¿Son iguales todas las celebraciones? El champán era algo absurdo, pero a veces no queda más remedio que caer en el tópico y cumplir lo que ya estaba escrito. Con la botella de Taittinger —que los llevará incluso a posponer el sexo— chorreando espuma, Fontecha llena dos copas, rebosante de alegría.

—Por nosotros…

Belén se aparta un mechón detrás de la oreja. Responde al brindis y sonríe, un poco forzada.

—Tendré que pasar una temporada en la nevera, tengo dos o tres ofertas en el sector privado. Me han ofrecido entrar en la fundación, pero no sé… Demasiado aburrido para los que estamos acostumbrados a nuestro nivel de adrenalina, ¿no crees?

—Sin ninguna duda…

—Allá donde vaya, te quiero conmigo, por supuesto. Eso no es negociable.

Fontecha agarra de la muñeca a Belén. Ella deja la copa de champán sobre el televisor, sin probarlo.

—¿Qué pasa, Belén?

—Dime una cosa: ¿con tu mujer, ya lo has celebrado, o te toca hacerlo después? ¿Tienes otra botella de Taittinger en el coche? ¿Las has comprado tú, o se las has hecho comprar a alguien? Tengo curiosidad, me gustaría saberlo…

—No comprendo… ¿Quieres que deje a Patricia? Pronto la dejaré… Como te habrás fijado, no ha estado conmigo en el juicio.

—Mira, no voy a andarme con rodeos: me han ofrecido ir al ministerio de la Presidencia.

—¿A Madrid? ¿Quién?

—Fuchs y su grupo.

—No comprendo…

—Dicen los rumores que va a ser el próximo candidato socialista en las elecciones generales. Contigo fuera, lo más seguro es que Erviti y Subiol se retiren también.

—Fuchs siempre ha sido un hombre en la sombra… No entraba en las quinielas…

—No, pero saldrá espoleado por la necesidad de un candidato de consenso.

Fontecha se encuentra en la piel de alguien que no es él, y que no es de su gusto, pronunciando palabras que no son suyas.

—No pensarás aceptar, ¿verdad?

Belén guarda silencio. Fontecha tenía que haberlo adivinado desde el principio. Los encarecidos ruegos para que se presentase. La gran generosidad de su partido al ponerle al lado a la mejor colaboradora posible. ¿Para ayudarle? Más bien se había encargado a la perfección de cuidar de que no se saliera del carril. Por encargo de alguien. Por encargo de Alberto Fuchs y de su grupo. Y Fontecha se lo había tragado todo.

Decide presionarla un poco más, sin esperar a la respuesta de la chica.

—No estás preparada.

—Me han dicho que quieren savia nueva, Javier.

Fontecha no puede reprimir una amarga sonrisa. Necesitan a alguien que no sea corrupto, Javier, eso es lo que Belén ha querido decirle. Necesitan una virgen capaz de crear en los electores ilusiones y espejismos suficientemente poderosos. Una joven que tenga la capacidad de conquistar al electorado apartándose un mechón de pelo detrás de la oreja. Dejen paso a la juventud. Savia nueva. Ley de vida. El partido no era más que una máquina de ganar elecciones, ¿de qué se sorprendía Fontecha?

Siente un volcán de celos y rabia en su interior: Alberto Fuchs no sabe inglés. Fontecha tiene una vaga idea de quién le susurrará al oído las traducciones.

—No estás preparada, y lo sabes.

—Nunca sabes si estás preparada hasta que saltas a la piscina.

—Así que… lo tienes decidido.

—Estamos hablando de Alberto Fuchs… Tenemos en contra las encuestas, será un desafío tomar parte en la campaña, si finalmente es él quien se presenta… Una campaña de ámbito estatal, Javier, es algo que no puedo rechazar.

Le brillan los ojos, nunca ha visto así a Belén. Es la ambición que abre sus alas de águila imperial. Fontecha empieza a resignarse.

—Además de trabajar en Presidencia, te ha ofrecido algo más, ¿no es cierto?

—Quiere que lleve todo el gabinete de prensa.

—Y si gana, un ministerio. Una ministra, joven y estilosa… Bingo… ¿El ministerio de Igualdad, quizá?

—A Fuchs le ha encantado el trabajo que he hecho a tu lado, siempre estaré en deuda contigo, Javier. Sin ti nunca habría…

Cada vez que lo llama Javier, remacha a golpe de martillo el clavo que tiene dentro.

—¿Qué sabes tú de Fuchs? No lo conoces, Belén. Se ha movido siempre fuera de los focos. Igual que en los ochenta. ¿Sabes lo que eso significa? ¿Estás informada de ello?

—Seguiremos en contacto, lo nuestro no tiene por qué…

No quiere dar una impresión desesperada, pero le parece que ha llegado el momento de cambiar de actitud, porque lo está realmente. Desesperado y desengañado. Quiere inspirarle un poco de lástima, aunque sabe que no funcionará, que él, al contrario que Patricia, nunca ha sido hábil inyectando la dosis exacta de compasión.

—Sin ti no saldré del hoyo, Belén.

—Es mi oportunidad: quién sabe si volveré a tener otra igual. Hay trenes que pasan solo una vez.

—Antes no hablabas así… Has cambiado mucho desde el congreso extraordinario del partido en Toledo.

—Antes no tenía claro lo que quería. Ahora se me han abierto los ojos, gracias a ti…

—Últimamente no te he prestado mucha atención, lo sé. He aprendido la lección. He comprendido. Las cosas cambiarán.

—Lo siento, Javi.

Javier Fontecha recoge de encima del televisor la copa de Taittinger, que ha perdido sus burbujas. La vacía por el váter.

—Te van a destrozar, ¿es que no te das cuenta?

Fontecha se siente patético al oírse decir palabras prestadas que en otro tiempo pronunció Patricia. El minotauro desea una joven, y esa será Belén. O quizá no. Puede que no la destrocen y salga sana y salva. La chica tendrá más opciones que Fontecha, tiene razón: es joven, transmite frescura, es lo que se valora hoy en día, tal vez le perdonarán las meteduras de pata. Necesita un buen mánager, solo eso, un agente que le consiga combates fáciles, que le haga llegar a la cima poco a poco y sin quemarse. Y ese mánager es Fuchs. ¿Es realmente Belén la elegida, la señalada con el dedo después de que los barones del partido hayan valorado muchos factores, hoy jefa de prensa del candidato, mañana ministra, pasado mañana candidata a la presidencia de España? ¿Es realmente Belén la escogida para ese camino de espinas? Tal vez sí. Sin duda Patricia tenía razón desde el principio, y Fontecha se había equivocado de pleno al pensar que le habían puesto a Belén como ayudante: el ayudante era Fontecha, y no al revés. Sin darse apenas cuenta, le había enseñado todo lo que sabía, lo que hacía bien y, sobre todo, lo que hacía mal y haría mejor en evitar. Javier Fontecha imagina una conversación de muchos meses atrás entre Fuchs y Belén: «Cuando estés con él fíjate en esto y en lo otro, sus puntos flacos son este y aquel, vigila todos sus contactos en ese período de tiempo. Lo más importante es tener una buena agenda. En caso de duda, mejor callar. No digas nada. Es mejor arrepentirse del silencio que tener que retractarse de lo dicho. Contigo tenemos que ir poco a poco».

Sí, lo han utilizado desde el principio y, ahora que ya lo han exprimido del todo, lo dejan en la cuneta sin siquiera agradecerle los servicios prestados.

El último tiro es siempre el más desesperado.

—Fuchs pertenecía al grupo… En los ochenta venían de Madrid con pistola a los funerales… En el entierro de Trota… Recibimos un mensaje suyo… «Garantías». ¿Eso te lo ha contado?

No hay respuesta.

—¿Te ha hablado de eso, Belén?

—En el juicio tuviste ocasión de decirlo, Javier. Ahora es demasiado tarde.

Javier Fontecha se siente humillado. Destrozado.

Y es entonces cuando ve a Belén llegando a un hall repleto de gente, tarde, es cierto, pero en posesión de una magia que crea una espera dulce, de esas que la gente soporta con gusto; la ve, con la misma claridad con que vemos lo que sabemos que sucederá mañana o pasado, ve claramente a Belén estrechando la mano a la gente, maquinalmente pero con aparente naturalidad, ecuación potencial andante, repitiendo palabras que no son suyas, escurridiza, anguila que flirtea y se escabulle rechazando todos los anzuelos, con una amplia sonrisa que deja ver lo bien justificado que está el dinero que, de adolescente, sus padres emplearon en corregirle la dentadura, «encantada, un placer, he oído hablar muy bien de ti».