Twist

Harkaitz Cano Jauregui · Capítulo 6 de 9

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Twist

Paper Requiem

 

FEDE Epelde se ríe con ganas cuando Lucio entra a su despacho.

—Acaban de llamar desde la cárcel…

A Lucio no le parece motivo de risa.

Fede sigue riéndose. Como pocas veces. Como nunca. No es el humor su rasgo predominante. Lucio sigue sin comprender el motivo de la carcajada.

—El último envío, los libros para penitenciaría…

—¿No han llegado?

Hace ya meses que han dejado de ordenar triturar y reciclar los excedentes de libros, para enviarlos a las cárceles. El stock del almacén, pero también libros que amontonaban ellos en casa con la certeza de que jamás los releerían. A partir de cierta edad, la abundancia de libros puede empezar a ser exasperante. Tras un correo masivo a los autores de la editorial y a sus respectivos amigos, también ellos empezaron a liberarse de su mercancía. Cada fin de mes acaban por reunir una cantidad considerable de cajas.

—Llegar sí que han llegado, pero no les han gustado. ¿Qué te parece? ¡En Martutene no han gustado nuestros libros! «Se agradece el envío, pero absténganse de mandarnos material de desecho».

—No puede ser… Hay que ser caradura.

—¡Al contrario! Tienen toda la razón: estar en la cárcel no debería privarles de lo mejor de la literatura universal, ¡no deberíamos torturarles con esa pseudoliteratura infantil para adultos que escriben nuestros autores!

—¿Van a devolver el envío?

—No, pero en lo sucesivo no aceptarán cualquier cosa. ¿Qué te parece? En la cárcel se toman muy en serio la lectura. ¿Quién nos lo iba a decir? Quizá nos equivocamos, quizá todavía hay esperanza después de todo…

—¿Deberíamos notificárselo a nuestros autores, para que no manden cualquier cosa?

—Ni hablar. Se ofenderían… Los escritores son como los jarrones chinos; peor aún, Lucio, añade a la fragilidad su tendencia a enojarse… Hay que cuidarlos. Eso sí, el editor también debe saber provocar celos al creador demasiado seguro de sí mismo, alabando libros de otros autores de vez en cuando, dándole a entender que otros escritores ajenos a su estilo te gustan tanto o más, aunque sea mentira, para que él siga dando lo mejor de sí mismo en su próxima obra…

—¿No corres así el riesgo de perderlos?

—Hay que saber cuándo tensar la cuerda y cuándo destensarla, Lucio: con el escritor que carece de autoestima se ha de obrar a la inversa, menospreciando a sus colegas para que su moral se venga arriba.

—Ya veo: eres mitad editor… mitad psicólogo.

El director del periódico Julio Virado ha convocado a una reunión a Idoia, Víctor y Roger. Le han visto muchas veces antes, tanto en televisión como en las fotos, en las multitudinarias cenas que el grupo celebra todos los años. No obstante, es la primera vez que lo tienen frente a frente. Al menos en el caso de Idoia y de Roger, que enseguida se han percatado de que a Víctor debe de conocerlo, ya que le ha palmeado el hombro amistosamente. Tal y como sucede en estas ocasiones, Virado les ha parecido al natural más pequeño de lo que imaginaban. El hecho de que se haya tomado la molestia de desplazarse desde Madrid en vez de convocarles en la capital no parece augurar nada bueno. La sospecha no tarda en confirmarse.

—Lamentablemente hemos de reestructurar todas las redacciones. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos y tendremos que cuidar mucho los gastos a partir de ahora… Como sabréis, contamos con una radio, hemos conseguido tres licencias de televisión digital terrestre y nos gustaría seguir creciendo como empresa. Lo que significa que tendréis que ser periodistas integrales; os pediremos breves comentarios de las noticias en nuestras emisoras, de momento…

—¿Tendremos que desplazarnos a los estudios?

—Esto no va contigo, Roger, sino para Víctor e Idoia. Y no, no tendréis que desplazaros: podéis hacer vuestras aportaciones vía telefónica, tenemos buenas conexiones de RDSI en la redacción, ¿no es así?

Llegado a este punto, Julio Virado vacila y solicita a su secretaria con la mirada un apoyo que esta no puede brindarle. Como cabía esperar, tampoco falta la risible encíclica relativa a las líneas estratégicas de la empresa. Cuando todos se levantan de la mesa e Idoia cree haberse ganado por fin el derecho a respirar tranquila, Virado la sujeta del codo.

—Me gustaría hablar contigo, Idoia.

A medida que avanza la conversación, la repulsión que siente Idoia por Virado va en aumento; por su vestimenta, cara pero carente de buen gusto, por sus labios demasiado secos y sus encías demasiado húmedas, por su cabellera teñida de negro que no peina en exceso con la pretensión de dar una imagen más juvenil sin conseguirlo.

—Prefería decírtelo en privado: en esta redacción, tú eres la más imprescindible.

Aun consciente de que todo era puro teatro, Idoia relajó por un momento sus líneas de defensa, reprochándose de inmediato haber retirado sus tropas tan alegremente. Así de débiles somos: basta un raquítico halago de alguien a quien odiábamos, para que nuestra falta de estima hacia él se vea inexplicablemente compensada.

«Ahora es cuando me lo pedirá», razona Idoia, llegando a la conclusión de que tiene motivos para echarse a temblar.

—Tienes una gran voz. ¿Has trabajado alguna vez en la radio?

—Cuando fui becaria, solamente por unos meses, en Herri Irratia.

—¿Herri Irratia?

—Radio Popular.

—¡Ah, la cadena Cope! Nuestros aliados estratégicos…

«Por qué no me habré callado», pensó Idoia, a sabiendas de que ni merecía la pena empezar a aclarar la diferencia entre Radio Popular y Herri Irratia, ni le convenía en absoluto intentarlo.

—Entonces no hay duda: tú eres lo que necesitamos. Te dispensaremos de ciertas labores en redacción y te encargarás de las desconexiones en los boletines. Trabajo a pie de calle… De todo un poco. Siempre y cuando aceptes, por supuesto. Te subiríamos el sueldo, por descontado.

No se atrevió a preguntar a cuánto ascendería el aumento. ¿La razón? No deseaba decepcionar a quien le había dispensado tan falsos halagos. Era difícil explicar cuánto y de qué manera indignó a Idoia verse en posesión de tan baja autoestima. ¿Dónde había quedado su habilidad para la dialéctica, su ping-pong verbal? Se dieron la mano; Idoia ofreció la suya con mansedumbre, Julio Virado se la estrechó con determinación.

Roger quiso saber en el bar sobre qué habían hablado.

—¿Qué te ha dicho Virado?

—Que tendré que trabajar más: redacción, boletines de radio, «trabajo a pie de calle… De todo un poco». Hay que fastidiarse. No he tenido arrestos para decirle que no.

—Al menos te subirán el sueldo.

—Un aumento simbólico.

—¿Cuánto?

—No me lo ha dicho.

—¿Y no se lo has preguntado?

—No…

—Why not? Are you nuts?

Roger gesticula ostensiblemente, dando a entender que su compañera es un caso perdido. Para un americano es impensable no hacerlo, no hablar francamente respecto a los términos económicos; aquella incapacidad de Idoia para discutir sobre dinero sin tapujos le resulta inexplicable, una actitud que, así lo ha comprobado estos últimos años, abunda entre los vascos y que da para escribir un tratado freudiano completo —«sé generoso y no te ocupes del dinero, es de mal gusto»—. «A partir de ahora tendréis que ser periodistas integrales», farfulla Roger, imitando la voz de Virado. Consigue arrancarle a Idoia una sonrisa.

—Tengo en casa a un redactor del New York Times, ¿quieres que te lo presente? Tal vez te ofrezca un trabajo, who knows… Está escribiendo un reportaje sobre el País Vasco. Podemos comer una hamburguesa juntos…

—Lo siento, pero Diego me espera. Tengo que coger el autobús.

—Tienes una relación demasiado absorbente con ese tío, you know?

Idoia acababa de dejar a su marido, después de muchos años, para irse a vivir con un ex de su juventud. Un escritor. Sabía que lo había pasado muy mal mientras se separaban, pero a juicio de Roger había transcurrido ya el período de cuarentena en el que era mejor no bromear sobre el tema.

—No empieces con lo de siempre, Roger. Vivimos juntos.

—Lo que decía, demasiado absorbente.

Fede se despertaba todos los días a las seis de la mañana. Desayunaba siempre en una cafetería, en el único bar del barrio abierto a las seis y media: le gustaba acompañar el pequeño bollo suizo con un café solo sin azúcar, y los días en que no le servían el café en vaso de cristal sentía que algo iba a ir mal. Para las ocho y cuarto, y tras haber nadado media hora en la piscina, se encontraba ya sentado tras su mesa, en la editorial.

Aquel día, afortunadamente, no tocaba visita de ningún autor. Una mañana tranquila, para variar. En vez de eso, tenía concertada una cita con Lucio, el maquetador. Hacía tiempo que intentaba convencerlo para que comprase la nueva versión del tipo Garamond, le iba a mostrar las posibilidades que ofrecía la tipografía y las diferentes opciones para modificar la maquetación de sus colecciones: pretendía estrechar la caja y aumentar ligeramente el interlineado y el espacio entre letra y letra. La gente hablaba mucho en el sector respecto a diferentes tipografías, pero luego todos utilizaban la misma: la dichosa y manida Times Roman, o, como mucho, la Garamond, pirateada para más inri, jamás pagaban la licencia; los mismos editores que se lamentaban por las cuantiosas pérdidas económicas y defendían fervorosamente los derechos de autor eran luego los primeros en no respetar los de la tipografía. ¿Qué cabía esperar de un grupo de bandidos de esa calaña? Lucinda, Bembo… Fede siempre se había sentido estimulado por aquellos tipos de letra con nombre de mujer. Hojeaba con envidia ejemplares adquiridos en Francia e Italia, mucho mejor cosidos y maquetados, que respiraban otra tradición y gozaban de una gracia especial. Cada país —cada idioma— tenía sus propias características y gustos en lo concerniente a los tipos y al tamaño de las letras, y también respecto al espacio en blanco que había que dejar entre ellas. A algunos les gustaba que el espacio entre las palabras fuese más evidente, estrechando sin embargo la distancia entre las letras que conformaban las palabras y manteniéndolas más prietas, marcando claramente — demasiado claramente, a juicio de Fede— dónde empezaba y dónde terminaba cada una de ellas. Tal disposición de palabras y letras se le antojaba a Fede un insulto a la inteligencia del lector, prefería con mucho la tendencia que abogaba por mantener el espacio en blanco entre palabras, pero sin amontonar las letras una sobre otra, para darles cierta liviandad y armonía.

—La diferencia es casi imperceptible, pero cuando la «f» y la «l» minúscula van seguidas queda más espacio en blanco, un pequeño vacío entre las dos letras. ¿Lo ves? Forman una bonita figura: la curva superior de la «f» se alarga y llega a tocar la punta de la «l», pero dejando mucho espacio en blanco en medio. Al lector no habituado, puede llegar a parecerle que hay una errata y sobra espacio. ¿Qué te parece?

Lucio observaba aquellas páginas y aquellos espacios con auténtica devoción, como si admirase una escultura. Para Fede, recibir su visita era como tener en casa a un afinador de pianos. Alguien perteneciente a un oficio antiguo y con encanto, a punto de extinguirse.

—Se distinguirán bien al menos la «l» minúscula y la «I» mayúscula, ¿verdad?

—Esta vez no hay problemas con eso.

El común de los mortales no se apercibía de la vital importancia de separar letras y palabras con el espacio exacto. Después venía la batalla tipográfica, cada tipo con su bagaje, su larga historia y su desarrollo: siempre había detrás un artesano, ya fuese Claude Garamond o sir Aldus Manutius, un guardián del buen gusto. La disputa principal se había desarrollado desde siempre en torno a la redondez de las letras: por un lado estaban los tipos de letra tipo palo, que tendían a una mayor rigidez, y por otro las que tendían a tornear sus curvas y a redondearse. Entre ambas corrientes, infinitas posibilidades. Existía incluso quien había vislumbrado una lucha de sexos latente tras estos dos grupos. Tanto Fede como Lucio eran fervientes partidarios de la familia Bembo, pero nunca se atrevieron a utilizarla en los libros de su editorial, temiendo que alejarse demasiado de la tendencia predominante podría desconcertar a los lectores. Sí, también en eso dependían del mainstream.

Con el mismo apasionamiento con que otros discutían alrededor de cilindradas de motos y marcas de coches, ellos lo hacían en torno a tipos de letra y a pequeñas variantes tipográficas imperceptibles para el ojo no entrenado. Lucio se extrañó de que aquella mañana Fede le hubiese dado la razón en todo sin llevarle apenas la contraria.

—¿Va todo bien, Fede?

Fede asintió, aunque no bien lo hizo se dio cuenta de que Lucio se le había multiplicado por dos, de que ahora tenía ante sus ojos a dos Lucios, así como dos puertas, dos teléfonos y dos manos derechas y dos izquierdas. Lo veía todo por duplicado.

Fue aquella mañana cuando se percató por vez primera de que algo iba mal en sus ojos, mientras fijaba como de costumbre su mirada en la oscura línea azul del fondo de la piscina para no desviarse de calle: le pareció que aquella vidriosa raya azul se desplazaba ligeramente y, al tiempo que cobraba el color del alabastro, tal como le sucedía ahora, se había duplicado en una curiosa bifurcación acuática a la que no prestó especial atención y que le hizo incluso cierta gracia.

Lucio notó que la mesa de la secretaria estaba vacía.

—¿Otra vez sin ayudante?

—Que es difícil trabajar conmigo, dicen. ¿Te lo puedes creer, Lucio? ¿Difícil, yo? Lo que es difícil es cumplir la expectativas laborales de la gente: llenarse los bolsillos sin pegar un palo al agua, eso es lo que quieren todos. No entienden que esta es una empresa cultural. Que lo normal es perder dinero. Que el milagro es sobrevivir.

—Deberías reconsiderar la opción de la imprenta digital.

—Ni hablar. Eso está fuera de toda cuestión.

—Cada vez es más difícil distinguir entre el offset y el digital, Fede.

—El día que consigan que yo no los pueda distinguir, quizá entonces cambie de parecer. Mientras tanto…

—Te lo decía por el coste, es bastante más barato… Muchas editoriales han dado ya el paso, y los lectores ni siquiera lo han notado.

—Al cuerno con ellos. No estoy en este negocio por los lectores.

El primer trabajo que tuvo que hacer en la radio consistió en la lectura de las bases de un concurso que el ejército español organizaba con motivo del Día Internacional de las Fuerzas Armadas. ¿El ejército español organizaba concursos artísticos? Desconcertante, pero cierto; y cómo no, el tema no era del todo libre: «Se valorará que la obra ensalce los valores del ejército». Idoia nunca firmaba aquellas crónicas, pero el mero hecho de pensar que algún ex colega del diario Egin pudiese escucharla y reconocer su voz le ponía carne de gallina. «Esto es peor que trabajar en Radio María», se decía.

Aquello no fue sino el principio. Aún estaba por llegar la inexcusable cobertura del movimiento pro-virginidad de Estados Unidos y la crónica que le solicitaron sobre la influencia que tal corriente podría tener hipotéticamente en España.

Por responsabilidad profesional y, por qué no negarlo, también con cierto grado de masoquismo, empezó a interesarse por la radio para la que trabajaba, cosa que jamás había hecho hasta la fecha. La escuchaba todo el tiempo. La manipulación era tan burda e indisimulada que se ponía hecha un basilisco cada vez que llegaba un boletín informativo. Pronto se dio cuenta de que, estando como estaban vacíos los bolsillos de los ciudadanos, la línea editorial de la casa se centraba en relacionar con el fraude económico todo aquello que los accionistas del grupo denostaban ideológicamente. Todo pensado al milímetro, no dejaban nada al azar: estaban contra el aborto, y subrayaban antes que nada la presunta estafa millonaria a la hacienda pública por parte de ciertas clínicas abortistas. Por si todo ello fuese poco, resultó incierto que las desconexiones se pudiesen hacer desde la redacción del periódico; la emisora se encontraba en las afueras y se pasaba el día yendo y viniendo entre el periódico y la radio.

El día en que tocó fondo, no obstante, llegó cuando la obligaron a grabar cuñas de publicidad: un anuncio que ensalzaba la visita del papa, un corte sobre la importancia de marcar la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta… Tras quejarse de que aquella labor excedía sus funciones, aceptaron su petición de asignar las locuciones a dobladores profesionales. Fue Diego quien le dio la pista de La bella Inés, «Trabaja en el peaje de Biriatou». Cuando la llamó a casa, un hombre la informó de que se encontraba en el trabajo. Finalmente La bella Inés accedió a grabar el corte de una empresa de telefonía. Tras la grabación, comentaron entre cervezas cuánto habían cambiado las cosas desde la época en que lanzaban cócteles molotov a la sede de Telefónica. Era ley de vida, se dijeron para zanjar el asunto. Había llovido mucho desde entonces.

Idoia deja la radio y regresa otra vez a la redacción sin solución de continuidad, desde y hacia, por y para el trabajo y sin posibilidad alguna de que se atenúen sus abolsadas ojeras. Se deja la piel. Elabora ahora la lista de posibles candidatos del PSOE para las elecciones generales: en realidad le han pedido el perfil de un solo candidato, el candidato vasco, Fontecha, aunque ella tiene la certeza de que carece de la más mínima posibilidad. ¿Un vasco en la Moncloa? Le da la risa solo de pensarlo. Bronceado y de pelo tupido, con la raya bien peinada a un lado, su saber estar y su cara de póquer, Fontecha era fotogénico en los ochenta; atesoraba cierto talento para evitar el pronto irascible que lleva a la perdición a tantos políticos, don de palabra, cintura flexible y cara dura para acordar con sus adversarios políticos pactos de caballero que acabaría por no cumplir. Y no menos importante: contaba con un admirable control de sus músculos faciales. Pero tras un largo destierro en el Parlamento Europeo, ha perdido aquella capacidad de nadar contra corriente y remontar el remolino de la que hacía gala durante el tormentoso Pacto de Ajuria Enea. ¿Fontecha candidato? Difícilmente. Aun dejando de lado su siempre mencionado pero nunca suficientemente demostrado vínculo con la guerra sucia, Idoia ve en él demasiados puntos flacos.

Javier Fontecha Alberdi, nacido en Bilbao, divorciado y casado en segundas nupcias con una cardióloga de Getxo, cincuenta y ocho años, padre de tres hijos, los tres de su primera esposa, nacidos antes de haber cumplido la treintena («A quien entrevistaría con gusto es a su ex»). Licenciado en derecho. Trabajó durante dos años en el bufete Fontecha y Cía de su padre, antes de ser elegido concejal en el consistorio bilbaíno. Se curtió después en la diputación vizcaína, tras lo cual fue nombrado delegado del Gobierno español en los convulsos ochenta. Cumplido ese periplo, descanso obligado, spa e hidromasaje en Estrasburgo, y vuelta al Parlamento de la comunidad autónoma.

Ha pedido a la nueva becaria, a Pilar, que se ocupe de buscar una foto: las más recientes que ha encontrado en el archivo son de hace dos semanas, pero no hay ningún primer plano. La becaria ha tenido que remontarse seis meses atrás para dar con un retrato que no pierda calidad al ser aumentado con el zoom. Cortar cabeza y copiar cabeza. La foto le fue tomada en una rueda de prensa del Tribunal de Derechos Humanos. Aunque se sigue peinando la raya igual que antes, la cabellera ha encanecido casi por completo. Añadan a eso un rostro hinchado y cierto aspecto de haber abusado de alguna substancia legal o ilegal —¿cortisona?, ¿cocaína?, ¿ambas dos?—. «Ni de lejos tiene la cara de un candidato», concluye también la becaria.

Al parecer iba a ser cuestión de tiempo. Una especie de variante de la retinosis pigmentaria. La enfermedad estaba relacionada con los pigmentos y la interpretación neuronal de las imágenes, problemas de recepción, transmisión, interpretación y no se sabe qué más. No reparó tanto en los detalles al principio, como en aquellos tres adjetivos: crónico, progresivo, irreversible. Oídas aquellas palabras, todo lo demás sobraba para Fede. ¿Con qué velocidad iría perdiendo la visión? Eso no podían especificarlo. «Todos somos diferentes». Que no tenía cura ni tratamiento posible, eso sí se lo dejaron meridianamente claro. Así como el amargo final: ceguera casi completa, percepción a lo sumo de alguna que otra sombra aislada. Que la ciencia no deja de avanzar y que algún día acabaría por llegar el modo de frenar la enfermedad, «mire si no lo que ha pasado con el sida», pero que de momento solamente cabía darle algún consejo general relativo a la salud del ojo: que no faltaran vitaminas, mejor abandonar por completo el alcohol, un chequeo mensual para controlar el avance del mal.

—¿A qué se dedica, señor Epelde?

Fede se ha acordado de la época en la que trabajó en aquella gran editorial: cómo desaconsejó enérgicamente el lanzamiento de una colección de audiolibros. La razón: que acabaría siendo un lujo innecesario para invidentes, un capricho para ciegos y para vagos que no sería rentable en ningún caso; opinaba que si tal invento funcionaba en Estados Unidos se debía únicamente a que la gente realiza grandes desplazamientos en coche o en autobús. No le hicieron caso, pero el tiempo acabó por darle la razón: el proyecto fracasó y la colección se vio interrumpida cuando la dirección estimó que ya había perdido bastante dinero. Pero hacía tiempo que había dejado de estar bajo el paraguas de aquella gran editorial y, lo que es peor, bajo la cobertura de su aseguradora.

Observó detenidamente la ingente cantidad de libros amontonados en estanterías durante decenios. Nuevos, viejos, deteriorados. Aquellos libros revelaban palmo a palmo la condición de sus estados de ánimo, el amplio espectro de sus ansiedades, año por año. Era el catálogo de sus preocupaciones e inclinaciones, la razón y la cura de sus desvelos, su coartada para salir tan poco a la calle, el reverso sin arrepentimiento de su nula vida social, el símbolo de su derroche, su nociva inversión económica.

Toda una vida en libros. Cuánto peso muerto desplazado de un sitio a otro, cuántas dentelladas sufridas por su cartera. Cuántas comidas perdidas a las que había renunciado, cuando era joven y pobre, en la época en la que viéndose obligado a elegir entre libro o almuerzo, elegía el primero. Le partía el alma pensar que al cabo de poco tiempo toda aquella biblioteca no le iba a servir para nada. Apagó la luz y puso en el tocadiscos una ópera de Puccini. ¿Conseguiría encontrar alguna razón para seguir viviendo? ¿Lograría renunciar a la antigua pasión de su vida, para aficionarse, pongamos por caso, a la ópera, que siempre le gustó pero de la que nunca tuvo un conocimiento más allá del de un vulgar aficionado?

El oftalmólogo mencionó antes de lo deseado aquella palabra que bajo ningún concepto quería oír: braille. Por supuesto que podía aprender ese nuevo lenguaje y seguir leyendo y releyendo continuamente con la punta de los dedos tantos y tantos libros de la literatura universal… Pero ¿y los originales? ¡Los escritores no enviaban a las editoriales manuscritos en braille! Tendría que cerrar la editorial. O, de lo contrario, salir victorioso allí donde había fracasado estrepitosamente hasta entonces: debería contratar a la mejor de las ayudantes posibles, alguien fuera de lo común, a cuyas virtudes habría que añadir ahora la capacidad de leer en voz alta todos los manuscritos que recibía.

Idoia ha reñido con Roger a cuenta de las infografías. Tras haber discutido acaloradamente y cuando han alcanzado por fin un acuerdo —«no tan colorista, se entiende mejor si es más sobrio»—, llega Víctor, el redactor de deportes: demanda una página extra porque un ciclista vasco ha dado positivo en el Tour. No solo pide una página más, la exige. Al parecer tiene prioridad. A Idoia y a Roger se les queda cara de tontos ante la milagrosa aparición de un dictador mayor, capaz de romper incluso la pequeña dictadura del maquetador: con o sin infografía, no hay espacio para la noticia de Idoia.

Allí se queda Víctor, con el teléfono pegado al lóbulo de la oreja; por una vez va a ser él quien cierre la redacción. Parece disfrutar, no obstante. ¿El motivo? Han encontrado un chute de Celesemine en la orina de un ciclista. Cada uno es esclavo de sus emociones.

—Te invito a una cerveza —el tono de Roger es conciliador.

—¿Ahora quieres que seamos amigos? No, gracias.

—Fuck! Solo quiero despellejar a Víctor.

Idoia emite un suspiro: de acuerdo, también ella lo necesita.

Roger es estadounidense, lo suficientemente insípido como para beber cerveza Budweiser, pero lleva ya muchos años en Bilbao. Llegó como tantos otros, en Sanfermines, conoció a una chica de Pamplona y se quedó a vivir con ella en la Rochapea. Cuando la Rochapea y la pamplonica desaparecieron de su vida, encontró trabajo en Bilbao. Pertenece a la primera remesa: entró en la redacción a la vez que Idoia, cuando el periódico tenía una línea editorial más abierta y combativa y la redacción merecía aún tal nombre, pero fue ganando peso de un modo bastante irritante para su compañera. La imagen había cobrado mucha importancia durante los últimos años, a la par que la palabra escrita iba perdiendo peso específico. Guste o no, así están las cosas.

—Fucking sports.

—Eso lo dices porque aquí no hay béisbol.

—I hate baseball: mi padre estaba emperrado con él. Era un buen bateador, lo que no me gustaba era correr.

—¿Sedentario tú? No me digas…

No anda lejos de los cien kilos, es fácil imaginar a Roger niño con parecida complexión. Tiene todavía cierto aire infantil, cara redonda, ojos azules corrientes que enrojecen con facilidad cuando bebe demasiada Budweiser. Pelo pajizo de Wisconsin.

—¿Has preparado ya la entrevista con el pez gordo?

—Acabaré esta noche, en casa. Quiero leer antes algunos artículos. No sé aún por dónde abordarle.

—No deberías llevarte trabajo a casa. Es una mala costumbre seguir trabajando en el autobús… Deberías aprender a separar tu vida de tu trabajo. ¿Otra ronda? Una Budweiser y una Voll-Damm, please.

—No sé cómo puedes beber esa cerveza.

—Un hábito juvenil; reaviva el recuerdo de los states que llevo pegado en el paladar, bad habits die hard… ¿Cómo era… about that bird?

—Orhiko txoriak Orhira nahi.

—That’s it. El pájaro de Orhi quiere regresar a Orhi.

—De todas formas, no sé si estás en lo cierto: siempre hemos sido un pueblo de emigrantes.

—Sí, emigrantes como los chinos: gracias a Dios que no sois mil millones… Construís vuestro Basquetown, wherever you go… the txistu goes with you…

—No necesariamente. Habría que verlo, caso por caso.

—You say that because you’re a Basque separatist…

—And proud of it…

—Te echarían si lo supiesen en Madrid… le darían tu trabajo a la becaria, a Pilar.

—¿Y cómo lo van a averiguar? ¿Se lo vas a decir tú? Disimulo bastante bien, ¿no crees?

Tras pasarse tres noches compadeciéndose de sí mismo y escuchando ópera, Fede decidió drásticamente que la cruda realidad que le deparaba el destino era demasiado horrible y lo conducía directamente al abismo. «He dedicado mi vida a los libros, me faltan cinco años para jubilarme, hasta aquí hemos llegado, todo ha acabado para mí». Sin drama alguno y de manera sumamente cerebral, tomó la decisión de poner fin a su vida. Llenó la bañera de agua y se hizo con una cuchilla de afeitar de las grandes, de las que utilizaba para afeitarse la barba de más de tres días y arreglarse la parte inferior de las patillas, una cuchilla clásica de un solo filo pero que cortaba por los dos lados, con la parte interior hueca y dentada. El agua caliente no tardó en empañar el espejo del baño. Por la fuerza de la costumbre, había vertido también jabón, y la bañera estaba rebosante de espuma. Cerró el grifo y dejó cuidadosamente la cuchilla en el borde de la bañera, no se fuera a cortar antes de tiempo. «Espera hasta que desaparezca la espuma, Fede»; hasta donde le alcanza la memoria, cree que nadie se ha suicidado en una bañera llena de espuma. No al menos en las películas que él ha visto. La desesperación no es compatible con el ascenso de la espuma. ¿O quizá la cuestión era que sí que la utilizaban, pero la espuma había ya desaparecido por completo cuando encontraban los cadáveres desangrados?

Sea como fuere, a Fede lo venció el sueño en la bañera. Hasta que sintió que alguien golpeaba la puerta con los nudillos: era Yolanda, la mujer ecuatoriana que le limpiaba la casa una vez por semana.

—¿Puedo pasar?

—¡Un segundo!

«Todos los días se aprende algo, Fede, pero te tenía por alguien con mayor fuerza de voluntad», se reprochó, y después pensó que «la culpa ha sido de la espuma», mientras su rotativa mental elegía grandes letras mayúsculas para el titular de prensa: Salvado del suicidio gracias a la limpiadora ecuatoriana.

Tampoco resultaba tan fácil planificar un suicidio, y a Fede se le pasó por la cabeza que debería escribir unas instrucciones con tal uso. En la lista de contingencias a contemplar, aquella sería la primera: si vas a suicidarte en casa, asegúrate de que no sea el día de la semana en que viene la limpiadora. Si no se había cerciorado de aquel detalle, ¿cuántas eventualidades tanto o más importantes habría pasado por alto? Habiendo tomado la determinación de acabar con su vida con un suicidio en condiciones, se avergonzó al ver la cuchilla en el borde de la bañera. Antes de hacer lo que debía hacer, era conveniente dejarlo todo bien atado: no deseaba dar demasiado trabajo a su pobre sobrina, y tampoco quería dejar huérfanos a los autores de la editorial de la noche a la mañana, aunque eran muchos los que merecían quedarse sin editor.

Se iba a quedar ciego, cierto. Pero antes de que sucediese disponía aún de unos meses. Debía sacar partido a esos meses. Le vino a la mente un título absurdo para un libro absurdo en una absurda colección que ya existía: 1000 cosas que has de ver antes de quedarte ciego. O, más dramático aún: 1000 cosas que has de ver antes de morir.

Para él, ciego o muerto venía a ser la misma cosa.

Debía elaborar aquella lista. Ver esas mil cosas y luego quitarse la vida. O tal vez consiguiese una imaginería tan nutrida tras observar aquellas mil cosas que gracias a esos mil iconos clavados en su memoria lograría renunciar al suicidio y encontrar alguna razón por la que seguir con vida. «He ahí tu desafío, Fede».

Con la mirada fija en Yolanda, su chaparra rechonchez se le antojaba más vívida que nunca: la eximió de las labores de limpieza por aquella semana, en vez de eso le alargó un libro y le pidió que se lo leyese en voz alta. Como cabía esperar, Yolanda se vio desconcertada ante tal petición, y llegó a asustarse por un momento, a punto de negarse ante aquella perversión de su empleador; le vino quizá a la mente que también su trabajo tenía límites y que ella no estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, valorando qué otra pérfida perversión podría reservarle una persona que solicita que le lean un libro en voz alta. Pero hacía mucho que conocía a Fede, y sabía de sobra que era inofensivo. Una vez superado el recelo inicial, Yolanda resultó ser una lectora hábil y vivaracha. «Lástima que no sepa euskera», pensó Fede, comprobando cómo la entonación ecuatoriana abría un nuevo universo de connotaciones al cuento Los asesinos de Ernest Hemingway que había elegido al azar.

«Mil cosas que he de ver antes de quedarme ciego (no solo las he de ver, sería más cierto decir que he de verlas y blindarlas en un rincón del cerebro, para poder recurrir a ellas y volver a verlas una vez me quede ciego, con total claridad, como si las tuviese ante mis ojos)». Empieza la lista: «Los grabados de Durero, La Pietà de Tiziano, La lechera de Vermeer, los cuadros negros de Goya, los lienzos de la época más oscura de Rothko».

«El pensador de Rodin, en el Museo Rodin. No sirve recurrir a las reproducciones, imprescindible viajar a París. Quiero verle barbilla y mejillas, he de memorizar sombras y recovecos esculpidos en el bronce, procesar la presión justa de la mandíbula prieta, comprobar la longitud de los dedos».

«La escena de Fuego en el cuerpo en la que Kathleen Turner y William Hurt se acuestan en una caseta junto a un río, aquella escena que tanto me excitó en su día, he de tratar de verla en una pantalla gigante, cueste lo que cueste. Nunca me he preocupado demasiado por el cine, la mayoría de las películas que amo podría disfrutarlas igualmente con solo escuchar los diálogos (los hermanos Marx, In the mood for love). Hay excepciones, no obstante: las películas de Fellini (especialmente La dolce vita), las películas de Dreyer (especialmente Ordet). Considerar qué hacer con las películas de cine mudo: quizá baste volver a verlas reparando especialmente en sus bandas sonoras…».

«Una última ascensión al monte Aralar, memorizando la textura de la hojarasca. Las nervaduras de las hojas caídas. Reparar en la densidad del humo que sale de las cabañas, considerar si esa densidad puede compararse con alguna otra cosa».

«Poner especial atención en las manchas herrumbrosas que brotan en la piel de las reinetas».

«Poner especial atención a las mujeres que se pintan la uñas, ese gesto reconcentrado cuando pasan el pequeño pincel sobre la superficie de sus uñas, con pulso artero, sin fallar nunca».

«No olvidarse de escudriñar el andar despreocupado de las adolescentes que no parecen conscientes de su belleza. Cómo se descalzan sus zapatos de tacón de madrugada en el ascensor, cuando vuelven a casa de sus primeras juergas».

«Ojear revistas de moda, diferentes cortes de pelo. La textura del tweed».

«El mar en días tormentosos, desde el Paseo Nuevo. Fotografías que tomé en Buenos Aires y en Hong Kong. Fotos de compañeros de clase y fotos de mis ex novias. Las fotos de mi ex mujer. Fotografías que muestren todas las edades de mi sobrina. Fotografías del niño que fui».

Memorizar la casa. Memorizar mi propio rostro. Memorizar cada palmo desde mi casa al trabajo y desde la piscina a mi casa, para tratar de recorrer ese tramo luego con gafas negras, con los ojos cerrados. Aprender a afrontar las situaciones. Adiestrarme para mi vida como ciego.

«Adiestrarme para mi vida como ciego».

Le había salido una lista azarosa, sin demasiado sentido. Resultaba frustrante. ¿Se limitaba de veras a eso todo cuanto deseaba ver y hacer? ¿No había más? No, no lo había. Tal vez la ceguera no era sino el modo de dejar de ser turista de sí mismo. Un modo de dejar de lado toda la morralla prescindible y aferrarse a lo esencial. Por qué no decirlo, era una oportunidad. Aquella mañana, camino de la piscina, se demoró más que de costumbre frente a la estación de bomberos de Amara. Como un niño, engulló visualmente el camión de bomberos, su brillante esmaltado rojo y sus guardabarros plateados. «Está hecho, lo tengo todo en la cabeza» o «ya te he memorizado», se dijo al cabo de cinco minutos, como quien marca una imagen en su retina con un hierro candente. Después, al llegar al trabajo, cerró los ojos para cerciorarse de si había olvidado algún detalle. No, no había olvidado nada. Estaba todo. El camión de bomberos, con todos sus accesorios. En su retina. En la caja negra de su cabeza.

Memorizar todo aquello que no volverás a ver jamás. Aprenderte de memoria todas las piezas, para después efectuar con ellas infinitas combinaciones. Como aprenderse las letras del alfabeto, un letraset de Garamond. Pero con los ojos siempre cerrados.

Idoia tenía en la bandeja de entrada un mensaje de una amiga felicitándola por el especial de radio sobre las elecciones europeas.

No daba crédito. Jamás le escribían sus amigos por motivos de trabajo, y mucho menos para felicitarla por nada. Era el colmo. Para una vez que lo hacían, la felicitaban por un trabajo que no había hecho ella: no fue Idoia quien cubrió la noche electoral, sino su sustituta Pilar. Odió a su amiga, convencida de que se trataba de un despiste deliberado, como si la hubiese felicitado a posta para dañar su autoestima.

Encendió la radio con curiosidad, para comprobar si de veras su voz se parecía tanto a la de la becaria. La escuchó durante toda una hora, mientras correteaba a un lado y a otro de la casa, con el volumen a tope. Y tuvo que reconocer que sí; que, en efecto, filtradas por las ondas, ambas voces resultaban mucho más similares de lo que estaba dispuesta a reconocer. No se trataba tanto de cuestión de timbre —era más suave el de Pilar—, sino de tono. Más que del modo de hablar, se trataba de la forma de hacer las pausas, del modo en que se callaba para tomar impulso, la cadencia de sus frases, el modo en que se reía, las muletillas que utilizaba —«como nos lo cuentan se lo contamos», «para que lo entiendan nuestros oyentes», «bueno, para ir terminando»—, incluso las fórmulas de saludo y despedida eran exactamente las mismas. Ninguna frase especialmente singular, pero sí lo suficiente como para identificarla con ella. Había que tener sangre fría para hacer lo que hacía aquella chica: absolutamente nada de su propia cosecha, ni el más mínimo rasgo de su personalidad, todo se lo había tomado prestado a ella. No parecía algo que se pudiera hacer inadvertidamente, sino solamente de modo consciente y premeditado. Se trataba de alguien que la había escuchado con atención durante semanas, que había ensayado durante muchas horas antes de convertirse en su clónica sombra. ¿O no era así? ¿De veras se estaba volviendo demasiado susceptible? En opinión de Idoia, la actitud de Pilar no denotaba admiración ni afán de aprendizaje alguno, creyó ver en ella una clara intención de borrarla del mapa. Su voz gemela empezó a convertirse en una desagradable amenaza. Le revolvió las tripas y repentinamente se sintió exhausta, como si una sanguijuela le hubiese chupado la sangre.

«Me han robado la voz», se dijo.

¿Qué hacer cuando alguien tan parecido a ti como tú misma —o incluso más— trata de suplantarte, cuando copia al dedillo tu manera de hacer las cosas y las hace tan bien —o incluso mejor— que tú? ¿Con quién puede una hablar al respecto? Era vergonzante: mejor andarse con tiento si no quería una que la acusasen de pecar de un ego obsesivo henchido de vanidad. «¿Te crees acaso tan diferente, única e inimitable? No eres el ombligo del mundo, esa chica que consideras tu imitadora bebe de las mismas fuentes de las que bebiste tú antaño, ambas copiáis y suplantáis por igual, no ella solamente», se le podría haber contestado. ¿Cómo probarlo? ¿A quién contárselo? ¿Con quién se podía hablar sobre estos temas sin mostrarse ridícula?

De camino al trabajo, justo antes de entrar a redacción, vio a Víctor que caminaba unos pasos por delante. Iba distraído, leyendo la prensa deportiva, y por una vez Idoia pareció percibir algo atractivo en su irritante compañero. Cuando decidió acelerar la marcha para llegar a su altura, se percató de que también Víctor la había acrecentado, apartando la vista del periódico. Al parecer intentaba alcanzar a alguien que le precedía.

Escuchó alto y claro el nombre de quien perseguía:

—¡Idoia!

La invocación paralizó a Idoia: «Idoia soy yo y voy tras de ti, cretino, no delante». La chica que aventajaba a Víctor tres o cuatro pasos se volvió extrañada. Era Pilar, y Víctor la había confundido con Idoia. «Idoia soy yo», quiso gritar… Cayó en la cuenta de que el corte de pelo y la ropa que llevaba últimamente no diferían demasiado de su aspecto. Notó por un instante el embarazo de Víctor cuando Pilar se giró, pero Idoia quiso ahorrarle un segundo momento de incomodidad, el de humillarle mostrándole que había sido testigo de su error. En vez de dirigirse hacia Víctor, Idoia se ocultó tras la puerta de una cafetería.

Pero ¿qué era lo que temía en realidad, si la original era ella?

Elegir o descartar los manuscritos a medida que se los iban leyendo era de lo más sencillo. A decir verdad, al ser leídos en voz alta Fede veía claramente —más que nunca— cuándo un original era impublicable. La mediocridad no admitía una lectura en alto. De haberlo sabido, habría puesto en marcha aquel sistema mucho antes. Muchos pseudoescritores merecían recibir la grabación de un par de páginas de sus novelas con una nota adjunta: «Escucha esto, ¿de veras crees que esta mierda puede publicarse sin sonrojo?». El problema principal lo tenía con los originales que pasaban la criba, una vez que empezaba a perfeccionarlos: aunque detectaba al instante frases enrevesadas u oscuras, a Fede le resultaba arduo proponer de oídas cambios de orden y de sintaxis. Para eso no bastaba con tener a un lector al lado; le haría falta alguien que, además de saber leer, supiese también escribir.

Tras perder a cuatro secretarias sin haber cumplido su primera semana de prueba —tres dejaron el trabajo voluntariamente, solamente una fue despachada—, decidió llamar a Diego Lazkano, con la esperanza de que este pudiese dar con la mujer de sus sueños.

—¿Tiene que ser una chica necesariamente?

—Sabes de sobra que la cantidad de hombres con la que puedo trabajar codo con codo es limitada: cero. Bastante tengo con aguantarme a mí mismo, e incluso eso…

—Deja que lo piense, te llamo si se me ocurre alguien.

—Le pagaría bien.

—Eso sí que es novedad.

—O eso o cierro la empresa. Por cierto, olvídate del offset en tu próximo libro.

—¿Al fin has dado el paso?

—No me ha quedado otra.

—Tranquilo: no se nota la diferencia.

—Yo no, al menos… Me prometí a mí mismo que el día en que fuese incapaz de percibir la diferencia dejaría el offset y me pasaría al digital. Lo que no esperaba era que ese día llegase tan pronto.

Cuando colgó el teléfono, a Lazkano le vino a la mente La bella Inés. No es que fuese muy hábil redactando, pero aquel trabajo como lectora le iba como un guante. Contaba con una gran voz. Cuando la llamó, tal y como temía, ella creyó erróneamente que la llamada excedía el interés estrictamente profesional.

—Te llamo por cuestiones de trabajo.

—Te pasarás por mi casa a comer un día, ¿verdad?

Lazkano se vio en un brete y tuvo que aceptar.

Trató de encauzar el tema de Fede cuanto antes, excusándose desde el principio porque tenía otro compromiso y debería dejarla enseguida, pero fue en vano. Para cuando quiso darse cuenta, sin saber muy bien cómo, tenía sus mejillas entre los muslos de Inés, y dos ansiosas manos le palpaban la hebilla del cinturón. Era innegable que aquel lamerse mutuamente fue más agradable que hacer el amor, por mucho que el tabique nasal de Lazkano necesitase varios días para volver a su estado natural.

—¿Te interesa el trabajo, entonces?

—Tendría que conocer al tal Fede, ¿verdad? ¿Y dices que pronto se quedará ciego?

Lazkano no supo qué contestar. ¿Se quedaría ciego? Él se comportaba como si no fuese a suceder nunca, le gustaba decirle a todo el mundo que tenía visión limitada, pero Diego estaba convencido de que iba camino de convertirse en un ciego sin paliativos, si es que no se encontraba ya en el último estadio de aquel amargo proceso.

—Todavía ve algo, pero le cuesta cada vez más.

—¿Y dices que era un mujeriego empedernido?

—Espero que no sea un impedimento… Hace ya mucho de eso…

Inés comenzó a enfundarse su uniforme de trabajo.

—Si no te importa, tengo que trabajar…

Lazkano se sintió ofendido. «¿Crees que hay algo que me retenga aquí?». Pero la verdad era que Inés se le había adelantado al decir que solo le quedaba media hora para entrar en el turno de tarde. Y Diego, todavía medio desnudo, se sentía más a gusto de lo que cabía esperar en aquel húmedo lecho con olor a lilas.

Dicho y hecho. Lo de Inés y Fede fue, valga la expresión, amor a primera vista. Aquel hombre que tanto denostaba la vida social empezó a aparecer en todas partes, siempre del brazo de Inés.

Lazkano visualizó los mullidos glúteos de Inés, sentada sobre la nariz de Fede, y se compadeció de su tabique nasal.

No por ello se suavizó el arisco carácter del editor, ni mucho menos.

Tuviera o no culpa Cupido en ello, Inés y Fede no se arreglaron bien en el trabajo. Afortunadamente se dieron cuenta a tiempo, antes de que aquello que había entre ellos saltase en mil pedazos. En vez de agradecérselo, Fede telefoneó a Lazkano para reñirle por no haber sido capaz de encontrar a nadie que se ajustase a sus requisitos laborales. Había dado con algo mucho más difícil que una secretaria, algo casi milagroso —alguien que le aguantase en casa—, y sin embargo el editor no hacía sino quejarse y refunfuñar.

Era ilusorio esperar que el tozudo Fede cambiase a estas alturas. Por lo demás, Lazkano era consciente de que el editor lo tenía agarrado y bien agarrado, y que podía permitirse todo eso y más. No tuvo más remedio que encajar aquella ristra de insultos y desaires.

—Intentaré encontrar a alguien más, pero no te prometo nada.

«¿Habéis visto a algún tenista? Me han dicho que el año pasado vino Rafa Nadal», preguntó Víctor, con su limitada mirada de buey en yunta. Roger, sin embargo, reservaba un ojo para los canapés y otro para las madrileñas facilonas. Idoia, por su parte, atrapada en una burbuja que no acertaba a hacer explotar, se incomodaba ante la becaria, Pilar, que enmudecía cuando estaba a su lado.

—Yo aquí no veo más que prebostes del Opus Dei. Y esos no juegan a tenis.

—No, a esos les va más el paddle —terció Roger.

Idoia se sentía ridícula con aquel vestido. No estaba para muchos bailes. Pilar, por el contrario, pasaba de mano en mano, bailando alegremente con unos y charlando con otros. Era evidente: eran la misma voz, pero con diferentes grados de cansancio.

El periódico ofrecía a los trabajadores una fiesta en Nochevieja todos los años. Era la primera vez que Pilar, Roger, Idoia y Víctor asistían al evento, espoleados por la insistencia de este último. Idoia se arrepintió de inmediato de haber aceptado la invitación, pero su relación con Diego no atravesaba la mejor época y cualquier excusa era buena para no tener que pasar con él aquellas fechas señaladas. Sea como fuere, había que tener muchas tragaderas para digerir las uvas proporcionadas por tu propio jefe el día de Nochevieja.

La sede del periódico, que habían renovado para añadirle una terraza acristalada aquel mismo año, se encontraba en pleno centro de Madrid, un capricho caro en tiempos de crisis. Todo se había organizado con esmero, muy a la americana, con speech de la directiva incluido.

—Recordaréis que el año pasado celebramos la fiesta en el lobby… Este año estamos en el último piso. Sois libres de sacar vuestras propias conclusiones, pero sabed que el cambio no se debe a ninguna tendencia suicida del director…

Hubo algunas risas entre la multitud, unos pocos aplaudieron, el alcohol empezaba a hacer efecto. El cóctel de cava y las cerezas confitadas que lo acompañaban le provocaban a Idoia escalofríos en las muelas.

Tras el discurso de Julio Virado se reanudó el baile. Idoia pudo ver a Víctor y a Pilar departiendo animadamente con el director, y a Roger en compañía de dos jóvenes pizpiretas que sonreían a cada rato. Su instinto le decía que la conga no se haría esperar. Bien, todos estaban donde les correspondía. Todos, menos ella. Se imponía una retirada a tiempo. Tomó el ascensor para dirigirse al hotel. Llevaba en la mano el regalo de empresa, una pluma estilográfica sin recambio. Otro detalle significativo. Por todas partes, plumillas que no escriben, un signo más de los tiempos.

Imposible dejar de reparar en la geometría de los pezones. Inés tiene pechos generosos pero un tanto caídos. Los pezones, no obstante, qué milagrosos pezones. Fede nunca los había visto tan puntiagudos, y sabe que son, con toda probabilidad, los últimos que llegará a ver jamás: en punta y apuntando a derecha e izquierda, cada uno hacia un lado, como si se tratase de dos pechos aquejados de estrabismo que crean dos puntos de fuga alejados y distantes entre sí; imposible concentrarse en las labores de cama observando aquellos dos puntos. Inclina levemente la cabeza con ánimo de investigar hasta dónde podrían llegar aquellos puntos de fuga; el pezón izquierdo señala hacia la ventana como la punta de una flecha, hacia la ventana y más allá, hacia el horizonte, atravesando justamente la tercera farola de la calle; calcula que aquel presunto punto de fuga del pezón de Inés, de haber estado provisto de un puntero láser, alcanzaría sin dificultad el cuartel de la policía del otro lado. ¿Y qué decir del derecho? El punto de fuga del pezón derecho apunta justo al lado contrario, irremisiblemente, hacia la biblioteca de su casa. ¿Pero qué libro señala exactamente aquel vector? Fede intuye que debe de señalar la tercera estantería, aunque su vista ve ya la biblioteca totalmente borrosa; hace tiempo que la enfermedad ha empezado a hacer estragos: su campo visual y su pigmentación se han visto afectados notablemente.

Debido a los golpes de cintura de Inés le resulta cada vez más difícil moverse, el impulso de la chica ha atenazado el suyo propio, la nuez parece a punto de rasgar su cuello y partirlo; otro tanto sucede con el eje encorvado de su espinazo, puede quebrarse en cualquier momento, y el pezón derecho de la chica, que sigue señalando la tercera estantería de la biblioteca, como un dedo índice, el dedo de Cristóbal Colón que señala América, ahí lo tenéis, «nunca he podido separar placer y literatura», razona Fede, ¿sería muy aventurado afirmar que la diagonal de aquel pezón derecho llega quizá hasta el mismísimo rincón en el que se alinea su preciada colección de la editorial Gallimard?

«Piensa en tus libros de Gallimard para retrasar la eyaculación, aguanta ahí, Fede… Vive la France! ¡Un pezón afrancesado, qué duda cabe! Gallimard, hourra!». Mientras lame el pecho con la punta de su lengua le viene a la mente la inclinación redondeada de la tipografía de Claude Garamond, sin poder acertar a qué tipo de letra podría asimilarse aquel pezón, qué letra y qué tipografía, e inmediatamente después deja caer hacia atrás su cabeza mientras Inés lo cabalga con más ímpetu, el agujero negro de la enorme boca abierta de la chica, un recordatorio del oscuro porvenir que le aguarda. Pero haber adjudicado cierto afrancesamiento a los pezones de Inés no ha hecho sino sobreexcitarlo. Dos pezones y dos puntos en fuga diversos, comme il faut!, el uno lo lleva en diagonal hacia la comisaría, el otro a la biblioteca, dos geometrías opuestas conducentes a la promiscuidad; siente que la mujer que lo cabalga le está siendo infiel con aquellos pechos desatados, qué placer, un placer que da opción a Fede de serle también infiel. Pero, siendo como es imposible mientras lo mantiene atrapado a golpe de pubis, acaba por correrse en su interior.

¿Le dejará más tarde, una vez recobradas las fuerzas, frotar su miembro en sus pechos? Resulta que sí, y Fede desea febrilmente que uno de aquellos pezones se introduzca en su pene, que aquel rabillo del pecho afrancesado le penetre la ranura del glande, hacia dentro y hacia fuera, eso desea. Pero no se atreve a pedir tanto.

Los pezones estrábicos de Inés señalan, a un tiempo, la comisaría de la Policía Nacional y el rincón de la biblioteca en el que se encuentra la colección de Gallimard, y pedir más que eso, en aquel incipiente momento de la relación, habría sido pedir demasiado.

La labor de periodista se había asimilado últimamente a la de coleccionista de aniversarios. Cien años desde que nació este pintor, cincuenta desde que murió ese otro, veinticinco desde que estalló aquella polémica… Observar el presente con un ojo y reservar el otro para el pasado, así entendía su trabajo Idoia. Hacía tiempo que no existía un periodismo más allá de la servidumbre de los aniversarios y el automatismo de las ruedas de prensa. Los aniversarios eran una buena excusa para reportajes más o menos sesudos, pero cuando llevabas más de una veintena de años haciendo tu trabajo y tenías una docena de carpetas a rebosar de reportajes propios o ajenos sobre Alfred Hitchcock, resultaba cada vez más arduo añadir algo nuevo, o mínimamente sensato, sobre el mago del suspense. Le entraba a uno pereza, complejo de reescritor. Aquello de utilizar mercancía averiada, recortes de segunda mano, refritos, comida precocinada recalentada lo justo antes de servir. Algunos aniversarios se conmemoraban todos los años, con su correspondiente y tediosa ronda de opiniones de la gentuza que estuviese de moda en el momento; había eventos cuyo recuerdo llenaba páginas y páginas. Pero, cada año que pasaba, el número de caracteres se iba reduciendo, el paso del tiempo era implacable y se pasaba a rememorar los hechos importantes solamente en aniversarios redondos. A celebrar solamente las bodas de oro y de diamante de las noticias y los muertos. Al cabo de un siglo, ¿qué aniversarios recordaríamos? ¿El de la Revolución Francesa? ¿El de la liberación de los campos de Auschwitz? ¿El derribo de las Torres Gemelas? ¿Cuál de los tres tendría mayor repercusión mediática entre nosotros? ¿Cuál de los tres acabaría siendo el primero en no ser mencionado?

Las ruedas de prensa eran harina de otro costal, ser invitado al establo y hundir el morro en el surco, tragar lo que te echasen al abrevadero, sin preguntar lo que era, para luego digerir como buenamente podías aquella información chapucera y evacuarla después sobre la maqueta. Eso que se viene a llamar periodismo.

Idoia estuvo a punto de pedir una excedencia, pero cuando el periódico solicitó un enviado especial «flexible», decidió darse una oportunidad. Fue recién fallecida su madre, justo cuando se convenció de que, tras su affaire con el fotógrafo Chema Santamaría, no iba a ser posible arreglar las cosas con Diego. Podía ser un modo de romper amarras.

Los enviados especiales eran una casta especial. Vivían el periodismo de forma totalmente diferente, sentían su profesión a flor de piel, sufrían y disfrutaban con la frágil e incómoda realidad y con la precariedad de los horarios, y gozaban a cambio de una libertad que ni soñarían trabajando en redacción. El enviado especial en el extranjero era quien al fin y al cabo tomaba sobre sus hombros la responsabilidad de interpretar todo un país; elegía el enfoque, liberal o conservador, neutro o colorista, a favor o en contra. El enviado especial reconstruía e inventaba una ciudad entera, o incluso todo un estado… De ahí la tendencia a fantasear de ciertos corresponsales de guerra, la de contar batallas inexistentes, su escoramiento consciente o inconsciente hacia la literatura, consecuencia directa de la casta especial a la que pertenecían. De ahí, también, la paradoja de que enviados especiales de izquierdas pudiesen desempeñar su labor en medios conservadores: muchos de ellos habían pedido el traslado voluntario o habían sido confinados en países extranjeros.

Idoia fue enviada a París. Pronto descubrió que las crónicas políticas del país galo no interesaban demasiado en su periódico. Esperaban de ella otro tipo de noticias: rodajes de películas, novedades literarias, polémicas entre pensadores. Nada pudo alegrarla más. El nuevo trabajo que debía desempeñar suponía para ella volver a los orígenes, a la cultura, a su terreno natural; no tardó en hacerse ilusiones, imaginándose lo que podría gozar entrevistando a Houellebecq y a Beigbeder y asistiendo a los últimos conciertos, y a las exposiciones y estrenos de moda.

No tarda en darse cuenta, sin embargo, de que las propuestas que hace llegar al jefe de la sección de cultura tampoco son de su interés. Solamente le acepta alguna que otra cada dos semanas. Eso se traduce en que su sueldo —a tanto alzado por pieza escrita— no rebasa el mínimo acordado y apenas le llega para cubrir los gastos de alquiler. Idoia está perdiendo dinero en París. Intenta hablar con el director, pero Julio Virado no se pone al teléfono.

Fede Epelde se encontraba solo en la oficina, sin ayudante. Sucedió bastante antes de que empezasen sus problemas de retinosis pigmentaria, cuando todavía era capaz de arreglárselas solo. El rostro del hombre pelirrojo que atravesó la puerta le resultó familiar. ¿Lo había visto en los periódicos? ¿En la televisión? No sabría decirlo con seguridad. Escritor no era, de eso no tenía dudas. Tenía cara de vikingo. La familiaridad se debía tal vez a la rareza del estereotipo, su llamativo pelo rojo, cortado a cepillo y ligeramente encanecido, ese pelo erizado cuyas puntas dan ganas de tocar, rasurado al estilo recluta. Y, si bien hacía tiempo que había rebasado la edad de soldado raso, aquel hombre no dejaba de desprender un inquietante aire castrense.

No se trataría del primer aspirante a escritor de cierta edad que le entregaba un original en mano, pero carecía también del perfil de escritor amateur. ¿Un escritor frustrado que acomete la tarea de escribir sus memorias una vez transcurrida la mitad de su vida? No parecía ese el caso del pelirrojo.

Aparte de su ruda apariencia, era imposible no reparar en la carpeta que traía bajo el brazo. Una carpeta muy vieja según todos los indicios, de un color asalmonado que el inclemente paso del tiempo o la prolongada exposición a la luz natural habían desgastado visiblemente. Quizá se tratase de un original ajeno, especuló Fede, uno de esos «originales encontrados» que son hallados por alguien que es incapaz de evaluarlos y que ingenuamente cree que pueden resultar del interés de alguna editorial. Rara vez aparecía una obra maestra en un cajón, pero nunca se sabe. Ante todo, Fede era un profesional.

—Siéntese, por favor.

El pelirrojo se sienta, pero cuando lo hace, entorna ligeramente la silla hacia la pared, de modo que pueda controlar la puerta desde su asiento. Fede no tarda en entender lo que aquel gesto significa: tiene ante él a un ex militante de un grupo armado. Imposible cambiar los antiguos hábitos.

Ha dejado la carpeta color salmón sobre la mesa. La desliza para acercársela a Fede, como si le quisiese dar a entender que esa carpeta le corresponde y él no la quiere de vuelta.

—Xabier Soto. ¿Le suena?

—Xabier Soto… ¿El mismo Xabier Soto del caso Soto y Zeberio?

—El mismo.

—¿Esta carpeta contiene sus escritos?

—En efecto.

—He oído que escribía teatro.

—Sobre todo teatro, entre otras cosas.

—Nosotros no publicamos teatro.

—¿Seguro? Pues resulta que esto sí que lo han publicado. ¿Tal vez involuntariamente? ¿Es eso posible, señor Epelde? Me refiero a publicar un libro sin querer…

—No entiendo adónde quiere ir a parar…

—Eche un vistazo a los originales, muchos de ellos le resultarán familiares. Haga después lo que le dicte su conciencia.

—Perdone usted, pero… ¿se puede saber de dónde ha sacado estos papeles, esta carpeta?

—Copias en papel de calco. Por aquel entonces se sacaba una copia de todo, lo recordará… Diego Lazkano es quien tiene los originales. Sus libros sí que los publican ustedes, ¿me equivoco?

Julio Virado se expresa con autosuficiencia, como de costumbre.

—Entonces deseas volver a casa. No ha durado mucho la aventura, que se diga. Tampoco te has concedido un plazo de adaptación. ¿Por qué no probarlo un poco más?

—No estoy cómoda, no consigo ubicarme, el ambiente, no lo sé…

—Entenderás que tu puesto está cubierto. Le hicimos un contrato de seis meses a… ¿Cómo se llamaba tu sustituta?

—Pilar.

—¿No querrás que la despidamos, verdad?

—Claro que no.

—Daremos con la solución: y levanta el ánimo, mujer, hasta por teléfono se nota que estás cabizbaja. Tengo buenas noticias para ti: Víctor se viene a Madrid.

—¿Víctor Irigoien?

—El mejor periodista deportivo de la cornisa cantábrica.

La expresión cornisa cantábrica le provoca náuseas.

—Su puesto quedará vacante.

—¿Deportes?

—Hay lo que hay, toca apretarse el cinturón, lo sabes mejor que yo.

«Vaya si lo sé, a mí me lo habéis apretado, pero en el cuello, indeseables»; lo piensa, pero no lo dice.

—Están de moda las comentaristas femeninas. Antes el deporte era un mundo de hombres, pero las cosas han cambiado, ahora es mucho más divertido. ¿Eres aficionada?

—No me gusta demasiado el fútbol, la verdad.

—Tampoco es todo fútbol, Idoia: ciclismo, atletismo, tenis… Algo habrá que te guste… Víctor se viene en quince días, tenéis dos semanas para poneros al día antes de eso.

—¿Y la radio?

—Seguirías colaborando: también necesitamos a una comentarista.

Idoia traga saliva. Intenta percibir algún rastro de crueldad en las leves crepitaciones que distorsionan la línea telefónica, algún chasquido de su lengua, algún indicio de que Virado esté retorciendo sádicamente el cable del auricular. Le parece que el director está actuando, que no se encuentra solo en su despacho y que el público invitado se ríe a sus espaldas.

—¿Tendré que retransmitir los partidos?

—No, eso de momento lo tenemos cubierto… ¿Acaso te gustaría?

—No, no especialmente.

—Está bien. Tómate libre lo que queda de semana, a partir del lunes te esperamos en Bilbao.

Lo que queda de semana no es demasiado. Es un viernes por la tarde. Aunque le sale más caro, toma el TGV del sábado por la mañana para Hendaya.

A Diego Lazkano le gustaría ser un salmón. Remontar la corriente, detener la flecha del tiempo, retroceder y, por qué no, arrepentirse. Coger aquella carpeta y dejarla en su sitio. No haberla cogido nunca. No haberla abierto jamás. ¿Cómo pudo haber pasado por alto el hecho de que Xabier Soto hacía un duplicado de todo?

—Vivir su vida… No tenías derecho a hacerlo.

—¿Por qué no? No he vivido su vida, eso no es cierto; de hecho, he utilizado sus apuntes, sus borradores, sus sueños, nada más que eso, Fede.

—¿Nada más? ¡Nada menos! ¿Te parece poco?

—He partido de aquellos esbozos para crear mi propia obra, he transformado sus…

—¿Transformado? ¿Esbozos? Has tomado una obra de teatro y la has convertido en novela, ¡valiente transformación de un esbozo!

—Aquello fue una excepción, la mayoría de sus ideas eran meros apuntes, les faltaba desarrollo.

—Has inflado sus cuentos y los has convertido en novelas. ¡Le debes todo tu éxito! ¡A Soto! ¡Todo!

—No es exactamente así, y lo sabes.

—He leído todos los papeles, uno por uno, hay párrafos enteros copiados de principio a fin, al pie de la letra. ¿Pero qué digo párrafos enteros? ¡Páginas y páginas! Lo que te es atribuible es lo más flojo, ¿o acaso se lo has copiado a algún otro? No, esos pasajes parecen tuyos: ¡no valen nada! No se puede decir que no haya disfrutado comparando una por una todas las páginas. Con las molestias que me he tomado podría declarar como perito si me llamase el juez.

—He escrito miles de páginas durante los últimos veinte años. En la carpeta de Soto apenas si había dos centenares. Estás siendo injusto conmigo. No hay… apenas si tengo… nada que ocultar.

—Por eso no te importará que los periódicos conozcan tu verdadera «fuente de inspiración».

—Yo no he dicho eso, Fede… Lo tomé… lo tomé como punto de partida…

—Claro que sí, ahora me explicarás en qué consiste la co-creación. Lo que decía Picasso: los artistas mediocres copian y los verdaderos roban. O lo que dijo el bueno de Foster Wallace: que los artistas modernos son cleptómanos con buen gusto y toda esa vaina; Google, el hipertexto…

—Fede…

—Quizá se deba a mi obsoleta formación humanista, Lazkano, pero tengo que reconocer que me resulta muy difícil entenderlo. Soto ha sido un mártir para tu gente, y eso que tú has hecho, eso es lo peor que puedes hacerle a un mártir: has profanado su tumba, has tomado sus reliquias y, por si fuese poco utilizarlas para intereses personales, has hecho dinero con ellas, sin reconocer en ningún caso que se trataba de reliquias. ¡Te has lucrado a su costa! La verdad, no me cabe en la cabeza cómo has podido…

—Tú también te has lucrado, indirectamente, gracias a mí.

—¡Nos llevarán a los tribunales!

—Yo también fui torturado, también yo sé lo que…

—Eso decís todos.

—Pero es cierto. Es inútil tratar de explicar el infierno a quien nunca ha estado allí.

—¿Cómo es eso que se dice entre…? Ah, sí: ojo por ojo…

—Me torturaron, esa es la verdad. Y mis torturadores siguen impunes, quién sabe dónde.

—¿Pretendes convencerme de que tu pecado actual fue expiado antes de ser cometido? ¿Eso quieres decirme? ¿Que haber sido torturado te exime de toda profanación posterior? ¡Por favor! ¿Acaso pretendes darme lástima?

—He trabajado duro. Yo… sé muy bien lo que es sufrir.

—Y crees merecer una compensación por ese sufrimiento: la de apropiarte de la vida de otro. Estamos igual que antes, he comprendido tu punto de vista a la primera.

—Yo no he robado a nadie su…

—Eres un plagiador, un usurpador, un parásito: no solo te has apropiado de sus escritos, le has arrebatado el pellejo a aquel que ni tan siquiera lo tenía.

—¿Qué se supone que debía hacer? ¿Qué hubieses hecho tú en mi lugar, Fede?

—¿Me lo preguntas como editor? ¿Como amigo? ¿Como confesor? Dime, ¿qué se supone que he de hacer yo? ¿Seguir como hasta ahora? ¿Te das cuenta de la situación en la que me has dejado?

—¿Cómo puedes…?

—No es que nunca haya tenido demasiada fe en el género humano; ni en el género humano ni en las personas… Por regla general solamente he creído en las excepciones, pero no doy crédito, eso es todo. Después de todo lo que has hecho, no serás al menos tan caradura como para decir que lo has hecho como homenaje a tu amigo…

—Si tú lo has pensado será que no es tan descabellado.

—Tener cabeza no significa que no podamos decir cosas descabelladas, Diego, te conozco bien, soy muy capaz de introducirme en tu insensata cabeza. Y, escúchame bien, es un lugar aterrador.

—Te lo voy a volver a preguntar: ¿qué se supone que debía hacer?

—Muy sencillo: pulir sus trabajos y publicarlos con su nombre, por ejemplo, reservándote tus cinco minutos de gloria en el prólogo. ¡Lo que hizo Max Brod!

—Soto no era Kafka, ni yo Max Brod.

—Ni yo Gaston Gallimard, eso va por descontado.

—Tal como yo lo veo, hice algo para revivir sus cenizas. He mejorado sus trabajos…

—Tu modestia no conoce límites, Lazkano.

—Publicarlo todo tal cual estaba hubiese sido un ejercicio meramente arqueológico. ¿Acaso no te das cuenta? Yo no quería eso.

—No, querías vivir a sus expensas.

—No a sus expensas, ¡ha sido un modo de vivir junto a él! Éramos uña y carne, teníamos un estrecho vínculo… No puedes imaginarlo. Él y yo. Hemos recorrido este camino juntos. En todos estos años.

—Llevas cinco años sin publicar. Deja que lo adivine: ¿se te ha agotado la imaginación? ¿O son los contenidos de la carpeta los que no dan más de sí?

—Puede que no haya más novelas de Diego Lazkano, tienes razón en eso. Pero escribiré una crónica, la crónica del juicio Soto-Zeberio… pronto arrancará… declararé como testigo.

—Has expoliado hasta el último hueso de la tumba. Lástima que solo hubiese una carpeta.

—¿Vas a denunciarme? ¿Entregarás la carpeta a la prensa?

—Dime: ¿qué más puedo hacer?

—No lo hagas. Te lo ruego. Nos hundirán a los dos.

—¡Despierta de una vez! Haga lo que haga, tengo las manos atadas… ese tipo… el pelirrojo… podría tener copias de todo.

Se ganaría la vida eterna trabajando como periodista deportivo, así se lo parecía a Idoia: el horario laboral se le hacía interminable, cada día duraba un siglo. Ruedas de prensa de pelotaris, elecciones de material, entrenamientos de fútbol… Visto uno, vistos todos. ¿Le resultaría a Víctor tan tediosa la cultura como a ella el fútbol? Probablemente. Los periodistas deportivos y los culturales debían de poner en funcionamiento diferentes zonas del cerebro, no cabía otra explicación. El vía crucis no consistía tanto en su sincopado peregrinar entre la radio y la redacción. Lo peor empezaba en el momento de escribir las crónicas y transcribir las entrevistas. Cada palabra le resultaba más fatigosa que la anterior, necesitaba el doble del tiempo del que emplearía en una crónica cultural para redactar un comentario que no ocupaba ni la mitad de caracteres, y siempre le quedaba un profundo sentimiento de ridículo, la sensación de que lo que había escrito era una bazofia inservible.

Idoia jamás había seguido el trabajo de Víctor —no había seguido el trabajo de ningún periodista deportivo, de hecho—, despreciaba en silencio al vanidoso redactor que iba siempre por libre, y ahora se veía en la tesitura de ser su ayudante durante dos semanas.

—Nunca os he entendido: vuestra adscripción a unos colores, a una nación… ¿Es posible ser periodista deportivo sin ser ultranacionalista?

Víctor la observó perplejo.

—Es todo fingido, Idoia… Hay que crear cierta tensión para narrar un partido de fútbol, pensaba que lo sabrías. No son más que trucos baratos; el morbo, el ascenso y la caída del héroe… Shakespeare en estado puro.

¡Shakespeare! Precisamente Víctor, dándole lecciones de dramaturgia, hablando sobre representar un papel. ¿De verdad debía creer que Víctor tenía alguna noción sobre el teatro de Shakespeare?

—Vamos, Idoia. Los lectores siempre quieren el mismo forraje, cambian los nombres, todo lo demás es igual. ¿Quién se librará hoy de los leones? ¿Quién será nombrado emperador? Basta con oír lo que dice la competencia en la radio cada mañana.

—Tu consejo es que no me complique la vida, entiendo.

—Vosotros, los de cultura, colocáis una coma por la mañana y la quitáis por la tarde. ¡Esto es un periódico, por Dios! Lectura diagonal, un par de titulares picantes mientras el lector se toma su café, se acabó, ¡no hay más!

Roger no había salido mejor parado que Idoia: además de sus trabajos habituales, le habían endosado un método radiofónico para aprender inglés. Bastaba con que fuese americano, la pedagogía era lo de menos. Idoia se preguntaba muchas veces qué hubiese sido de su vida de haber continuado en el diario Egin. ¿Sería más feliz? Probablemente no. Las que le daban de comer ahora eran aquella gente y aquellas ideas diametralmente opuestas a su ideología y a su estilo de vida. Le resultaba doloroso aceptarlo, pero así era. ¿Cuánto tiempo llevaba engañándose? ¿Qué sería lo próximo? ¿Empezar a empatizar con la línea editorial de su periódico y su radio?

Le aconteció todo lo contrario. Sucedió el primer día en el que tuvo que encargarse de las desconexiones de los boletines debido a las vacaciones de Pilar — lecciones que da la vida: ahora era ella quien sustituía a la sustituta—. Mientras leía en directo la noticia sobre unos paramilitares somalíes que, tras haber robado uniformes de los cascos azules, se habían hecho pasar por soldados de las Naciones Unidas para tomar por la fuerza una aldea, tirotear uno a uno a todos los miembros de su comunidad y acabar prendiendo fuego al poblado, se quedó muda ante el micrófono. Fue un silencio largo y sostenido que duró medio minuto, uno de esos silencios que tan explosivos resultan en una emisión en directo, y que se prolongó hasta que el técnico tuvo reflejos suficientes para poner una canción.

Pidió la baja por depresión y, cuando no quisieron prolongársela más, solicitó una excedencia voluntaria. Se pasó semanas sin salir de casa, sin leer los periódicos, hundida y desolada, alojada en una pequeña buhardilla que le dejó un amigo ausente de la ciudad. La asaltaba el llanto a cada rato. El suyo era un pozo sin fondo. Roger la llamaba muy a menudo al principio, pero al comprobar que Idoia no cogía el teléfono, espació poco a poco las llamadas y acabó por rendirse.

Una mañana, encontró un periódico atrasado en el montón de papeles que el amigo que le dejó la casa no se había molestado en bajar a reciclar.

Se trataba de un periódico de la competencia, eso se dijo, «de la competencia», y le dio coraje haberlo pensado así, considerar aún suyo aquel diario en el que había trabajado. Reparó en uno de los titulares, apenada de que rara vez hubiese leído en su periódico un titular de ese cariz:

La pornografía como terapia.

Se acordó entonces de Chema Santamaría —«un fotógrafo auténtico en este mundo de auténticos farsantes»—, de aquel proyecto que tenía para una serie de retratos pornográficos. ¿Lo habría llevado a cabo? El reportaje le pareció una soberana estupidez al principio, un truco barato de algún gacetillero convencido de que lo único que vendía era el sexo, puro cebo. Pero ella lo había mordido.

El artículo explicaba cómo algunos psicólogos prescriben pornografía para superar problemas afectivos y rupturas sentimentales. Cierto que el mundo del porno había cambiado mucho. Las curvas perfectas y los cuerpos diez de antaño habían sido relegados en parte para favorecer el realismo y la verosimilitud de cuerpos y caras «de verdad», gracias al género amateur y al gonzo, que habían puesto en la red a disposición del usuario infinidad de gigabytes de sexo doméstico y naturalista. Clasificados de forma sistemática, se habían creado sofisticados menús de afinidad agrupando al detalle las más bizarras inclinaciones. Si lo que te excitaba de veras era ver a una pareja de fumadores que se masturba montada en la montaña rusa, no tenías más que teclear tu petición, et voilà!

«El problema de la pornografía es que una vez acostumbrado a ella puede llegar a resultar adictiva, y hay que saber reducir su consumo a tiempo para que esa manera de vivir el sexo de forma unívoca y virtual no se anteponga totalmente a las relaciones humanas. El consumidor habitual de pornografía está acostumbrado a ostentar el poder y a que esté totalmente en sus manos, y luego puede llegar a resultarle dificultoso volver a acostumbrarse a saciar las necesidades sexuales de su pareja; es decir, asumir el hecho de que no estamos solos en la cama». Al parecer no todos los psicólogos estaban de acuerdo con este tipo de terapia. «Aunque puede ser efectiva en algunos casos, no es una receta que se pueda generalizar. Puede servir quizá para que la gente que identifica en demasía el amor con el sexo se aperciba de que una vez saciado su deseo con la pornografía no echa tanto de menos a quien la ha rechazado, pero generalmente no suele ser ese el caso. Utilizar la pornografía en su justa medida es saludable, el peligro está en el exceso, en creer que más allá de eso no hay nada».

Entró en Internet y probó suerte en diferentes páginas, con curiosidad, asombrada ante la falta de pudor de la gente, con las felaciones grabadas con móvil en los transportes públicos, con mujeres de todas las edades y condiciones que ordeñaban a ciegas vergas anónimas que salían de golosos huecos de la pared, con las desatadas adolescentes que se mecían en camas elásticas bamboleando sus pechos y dando la impresión de cabalgar a quien tenían al otro lado del ordenador, con tantos y tantos vídeos que colocaban estudiadamente la cámara en los ojos del internauta cabalgado. Al igual que en las revistas pornográficas que había ojeado ocasionalmente en su juventud, al principio le pareció que también en Internet se imponía el punto de vista del macho dominante, que no encontraría allí nada mínimamente excitante para ella, más allá de una ingente cantidad de estímulos para salidos que se hacían pajas. Pero a medida que navegaba de un sitio a otro, dio con una pareja de jóvenes chicas lamiéndose el sexo salvajemente, ajenas al mundo, a merced del placer. El atractivo de sus pequeños cuerpos desnudos, más allá de los pechos planos y golosos, se debía al arrebol de sus mejillas y a su incapacidad para controlar su expresión. No había fingimiento allí, sino auténtico gozo. Para cuando quiso darse cuenta, Idoia tenía los ojos clavados en la pantalla y la imagen maximizada. Quería lamer cada sonrosado píxel de las mejillas de aquellas chicas. Daban ganas de besar aquellas bocas abiertas. Pero faltaba algo: se dio cuenta de que tenía el audio desconectado. Una vez subió el volumen, no necesitó mucho más para desatarse suavemente los botones de sus vaqueros y empezar a acariciarse. Cuando la imagen empezó a resultarle demasiado repetitiva, cerró los ojos y giró la silla: los lacerantes suspiros, los gritos y la respiración acelerada de las chicas le bastaron para alcanzar el orgasmo.

Con el paso del tiempo aprendió a introducir las palabras más adecuadas en el buscador, y aunque le costaba reconocer que se encontraba en el umbral de la pornoadicción («puedo dejarlo cuando quiera»), dejó de encender el televisor después de la cena y empezó a ponerse todas las noches ante el ordenador, alternando un amante tras otro. Con estos no tenía que citarse en hoteles («Estoy en el hotel Orly, llámame»; «Ni se te ocurra hacerme daño, ¿vale?»). Estos no le daban disgustos.

Según había leído, las «neuronas espejo» eran las culpables de hacernos sentir emociones análogas a alguien a quien veíamos disfrutar o sufrir, aunque las acciones que provocan ese disfrute o sufrimiento no operen sobre nosotros directamente. Muchos investigadores opinaban que el hecho de que haya gente que disfrute más que otra con la pornografía se debía a su mayor número de «neuronas espejo». Idoia creía pertenecer a ese grupo. Empezó a sentirse rica por una vez. Debía renovar su perfil: ex periodista, grupo sanguíneo cero negativo, cuarentona, mujer separada, sin hijos, alergia a los ácaros, gran abundancia de neuronas espejo, tantas como para ser donante.

Tuvo ganas de hablar con alguien. Se decidió finalmente a telefonear al periódico. Un contestador automático le indicó que aquel número no existía.

Más tarde supo que habían cerrado la redacción de Bilbao y que todos sus compañeros habían sido despedidos.

Lucio encuentra a Fede inclinado sobre un catálogo de Alberto Durero. Parece que esté sorbiéndolo, esnifándolo incluso, acercando la imagen del cuadro a sus ojos mediante una enorme lupa.

—Mira esto, es sensacional…

Le ha mostrado un grabado del libro: Melencolia I, de 1514, que según algunos expertos marcaría el inicio del Renacimiento. La Melancolía está representada por un ángel sentado con aspecto atormentado. A sus espaldas, una casa inacabada; frente a él, multitud de objetos: un reloj de arena, una pluma, una balanza, un tintero, una escalera… Objetos que atestiguan un trabajo que se ha dejado a medias.

—Por aquel entonces no se entendía por melancolía lo que entendemos nosotros: era el menos apreciado de los cuatro humores.

—En efecto. Se relacionaba con la locura, con el color de la tierra, con el otoño, con el viento boreal, con el frío y la sequía, con Saturno, que tanto parece influir a los creadores. Se relacionaba también con la época en la que los hombres cumplimos sesenta años.

—Con nuestra época, por tanto.

—La melancolía se relacionaba siempre con la pereza pero no es el caso del grabado de Durero. Observa: es cierto que la Melancolía ha abandonado su trabajo, pero no lo hace por vagancia, sino porque se ha dado cuenta de que no tiene sentido aventurarse más allá.

—Lo más curioso es que no hay ninguna Melencolia II o Melencolia III…

—Obras de arte perdidas…

—No estoy tan seguro. Siempre he creído que esa «I» no es un número, sino una invocación.

—¿Una invocación?

—Sí: «¡Melancolía, vete!», en latín… ¡Fuera de aquí! La voluntad de despedirse de la oscura Edad Media y abrazar la luz del Renacimiento.

—Fue por aquel entonces cuando nuestro querido Aldus Manutius dio a conocer su primer libro con la tipografía Bembo…

—También la Garamond viene a ser de aquella época. ¿Sabes, Lucio? Me acabo de dar cuenta de por qué prefiero la tipografía Bembo a la Garamond: la Garamond tiene los ojos más pequeños, como si tuviese los ojos de las letras «a» y «e» entrecerrados…

—Como recién despertado de un largo sueño.

—La Bembo, sin embargo, tiene los ojos abiertos de par en par… La Bembo es la primera tipografía que permanece alerta, atenta y vigilante. La Garamond corresponde a los soñolientos, a los que aún no se han desperezado, tiene sueño… Es una tipografía legañosa… Después de ver este cuadro de Durero creo tener la conciencia lo suficientemente tranquila como para poder quedarme ciego.

De ser consumidor a convertirse en creador solamente había un pequeño paso. Un paso mucho más pequeño de lo que parecía. Activó la webcam y la colocó de modo que solo se le viese el cuerpo de cuello para abajo —le preocupaba el hecho de que se viese bien todo el cuerpo, pero no así su rostro—. A diferencia de la mayoría de los ejercicios masturbatorios femeninos que había visto en la red —vestían jeans, trajes de baño o simples minifaldas, cuando no aparecían desnudas de buenas a primeras—, se enfundó un vestido, blanco y liviano, lo suficientemente diáfano como para que se le transparentasen sus oscuros pezones. Comenzó a acariciarse, imaginando que había un público allí, como si se encontrase en un teatro privado, en un peep show. Se apretaba con firmeza los pechos por encima de la fina tela, enseñaba el ombligo y lo ocultaba, contoneaba hombros y caderas sin mover los pies del sitio. Se introdujo el dedo corazón entre los pechos, acariciando las aureolas, apretó sus pechos haciéndolos más compactos, invitando al público imaginario a mordérselos, casi rozando la webcam con su labio inferior. Empezó a suspirar, profiriendo gemidos exagerados que no obedecían al placer, pero que, poco a poco, a fuerza de escucharse suspirar a sí misma, empezaron a resultarle excitantes: pronto les seguirían otros gemidos, pero esta vez no fingidos, sino fruto del verdadero placer. Era posible, por tanto, convertirse en conductista de sí mismo, las neuronas espejo funcionaban también en el caso en que el actor imitado fuese uno mismo. ¿Autosugestión? Puede, pero había algo más que eso. Se quitó la parte superior del vestido y acercó de nuevo sus pechos hacia la cámara.

«Ven», murmuró. Era la primera palabra que pronunciaba en muchas semanas.

Una palabra surgida del suspiro.

El pudor la contuvo durante tres o cuatro días de visionar lo grabado. Cuando lo hizo, no obstante, lejos de sentirse avergonzada, se sintió excitada de nuevo. Se contagió de la verosimilitud de sus falsos suspiros, de esos suspiros fingidos a los que siguieron otros que eran de placer verdadero. No podía dejar de darse placer. ¿Qué otra cosa era la pulsión sexual sino la búsqueda de la repetición continua de un placer familiar que contuviese en él alguna variante desconocida? ¿Era acaso la falta de esa variante desconocida lo que malograba la pasión de muchas parejas y las empujaba de un modo insensato a caer en brazos de otros? A medida que empezaba a imitar lo que veía en la pantalla, sus gemidos reales se fueron solapando a los grabados. Empezó entonces a despegarse de la grabación, a balbucear palabras, en busca de su propia variación: «Desnúdate para mí, sácatela, menéatela delante de mí, más rápido, más rápido, aquí, en mi vientre».

Visionó una y otra vez la grabación antes de dar el paso, para cerciorarse de que cuando besaba la cámara y el objetivo se llenaba de vaho su cara quedaba a resguardo. Nadie la reconocería. Tras comprobarlo, subió su ejercicio onanista a una de esas páginas web con menús gratuitos. Cada vídeo tenía un contador: un marcador que especificaba el número de visitantes. Observó perpleja que ya para medianoche mil quinientos cibernautas desperdigados por todo el mundo habían visto su vídeo, puntuándolo con una media de cuatro estrellas.

Como si no tuviera suficiente con su pornodependencia, invadida por una patológica y ególatra curiosidad, siguió comprobando con avidez a cada rato cuánta gente iba visionando su pieza masturbatoria, incapaz de poner freno a sus ansias de popularidad. Desde que subiese las imágenes a la web, solamente durante las primeras veinticuatro horas, veinte mil personas se habían descargado el vídeo o lo habían visto mediante streaming. Al cabo de una semana, la cantidad ascendía a casi cien mil. La puntuación seguía siendo de cuatro sobre cinco.

Cuántas mujeres jóvenes y adultas con la mirada clavada en ella en todo el mundo. Cuántos muchachos adolescentes meneándosela sin descanso. Imaginó al propio Roger, a Julio Virado, a Diego, a su ex marido Mikel. Hombres y mujeres, seres desesperados y no tan desesperados, que suspiraban por un momento de solaz y descanso —la petite mort— en sus labores.

Había conseguido lo que jamás logró tras haber trabajado casi treinta años en los periódicos: atraer la atención de la gente. Audiencia, lo llamaban algunos, y la suya era descomunal. Antes no la leía nadie, ahora eran muchos quienes trataban de leer su piel.

Pero Idoia era consciente de que debía salir del hoyo, dejar su refugio de invierno, salir al mundo y buscarse un trabajo.

Recordó la conversación que mantuvo con Diego antes de romper la relación:

—Fede siempre necesita lectores en la editorial…

Habían pasado meses desde entonces, pero nunca se sabe. Decidió telefonearle. Sabía que era una insensatez, pero no perdía nada por hablar con el cascarrabias. Necesitaba dinero.

Decir que Fede tenía problemas de visión era ser demasiado optimista. Se desplazaba en taxi desde su casa a la editorial y allí se guiaba a duras penas, encontrando el camino a su despacho con dificultad, gracias a haberlo automatizado por la fuerza de la costumbre. La primera vez que Idoia visitó la editorial se quedó atónita: el pasillo estaba repleto de carritos de supermercado abarrotados de sobres que se amontonaban sin orden ni concierto, sin nadie que los clasificara a medida que iban llegando por correo. En el fondo de algunos de estos carritos empalidecían sobres timbrados tamaño folio que jamás abriría nadie.

—En eso consistiría tu trabajo —le aclaró Fede—. Déjate guiar por el instinto, elige uno, ábrelo y lee la primera página. La mayoría de las veces basta con una página. El trabajo sería de media jornada, a partir del mediodía empieza a ser irritante… descartarías el mismísimo Ulises. Sé que no es un trabajo demasiado agradecido, pero si te quedaras ordenando el material por las tardes, te podría contratar durante seis meses a jornada completa. Mil quinientos al mes.

No era mucho menos de lo que cobraba en el periódico.

—Como soy medio ciego, te pagaría en negro.

Idoia no entendió el comentario.

—Era un chiste de invidentes, no me hagas caso.

—Primero querrás oír si leo bien…

—Me sirves. Te he escuchado en la radio.

«¿En Radio María?». Tanto se sonrojó Idoia, que incluso Fede, más allá de su ceguera incipiente, pudo notarlo. Así se lo pareció al menos a ella. Siempre tuvo la esperanza de que nadie escuchase sus locuciones radiofónicas.

Idoia atravesó el corredor lleno de carritos de supermercado.

Fede se había remangado la camisa, como si estuviese a punto de introducir el brazo en un vivero de langostas. Permaneció acomodado en su silla, no obstante. Era a Idoia a quien correspondía ponerse a pescar.

Idoia no sabía por dónde empezar: tras dos semanas de intenso trabajo, había logrado clasificar los originales a partir de la fecha de recepción, pero no pasaba un día sin que recibiesen más sobres, que creaban inevitablemente en los carritos nuevas capas tectónicas de literatura potencial. Era asombroso lo mucho que escribía la gente, tan asombroso como las muchas ganas que tenía para que aquello que escribía se publicase. ¿Debería empezar a partir de los sobres más antiguos, por orden rigurosamente cronológico? No tenía demasiado sentido: allí había ejemplares remitidos hasta tres o cuatro años atrás, sus autores se habrían dado por vencidos, difícilmente seguirían cruzados de brazos a la espera de una respuesta por parte del editor. O bien habrían encontrado ya otra editorial que los acogiese y publicase, o bien los aspirantes a escritor habrían cambiado de oficio. ¿Dónde fijar, de todas formas, el plazo lógico y razonable para que un editor respondiese? ¿Era justo hacer esperar todo un año a un autor? Idoia estimó que seis meses eran más que suficientes y decidió salomónicamente empezar a partir de ahí. Lo sentía mucho por quienes hubiesen enviado su manuscrito con anterioridad.

Eligió al azar media docena de originales y empezó a leerlos en voz alta, uno por uno.

Fede descartó los tres primeros con solo escuchar el título.

—¡No, ni hablar! ¿Pero cómo? Ni pensarlo.

El cuarto fue dejado de lado a causa del autor de la cita que precedía al libro.

—¿Cómo va a escribir bien si ni tan siquiera sabe robar como es debido?

Los dos restantes fueron condenados a la hoguera antes de que Idoia traspasase la primera página. Gritaba como un matasanos en su consulta:

—¡El siguiente!

O si no:

—¡Dónde se han escondido los escritores de verdad, por Dios!

O si no:

—¡Plagiando a Cheever, cualquiera!

O si no:

—¡Harto me tienen con Edipo!

O si no:

—Ocúpate de enviarle una copia de Una habitación propia de Virginia Woolf.

O si no:

—¿Por qué no leen algo antes de empezar a escribir?

O si no:

—¿Por qué no se dedican a vivir un poco antes de empezar a escribir?

O si no:

—¡Eso no es literatura, es karaoke! ¡Puro calco! Silbar por encima la melodía compuesta por otro; y si al menos lo hiciese bien…

O si no:

—¡Basura!

O si no:

—¡Una palangana, por compasión! ¡Voy a vomitar!

Tras dos semanas de duro trabajo, Idoia le leyó de cabo a rabo una breve novela de un joven autor desconocido. Tenía entendido que existía la figura de la lectora en Cuba, en las fábricas de habanos en las que una mujer se encargaba de leer novelas de viva voz mientras las cigarreras liaban los puros. Se identificó con ellas mientras lo hacía. La novela se titulaba El guardaespaldas que leía Moby Dick.

—¿Te ha gustado? —le preguntó Fede.

Idoia sintió que le tendía una trampa. La novela le había encantado, pero temía decir que sí. Decidió responder indirectamente, dejando un resquicio para echarse atrás.

—A mí me ha enganchado desde el principio…

—Telefonea al autor, entonces. ¿Cómo dices que se llama?

Tuvieron suerte: el autor no había apalabrado el manuscrito con ninguna otra editorial. Se mostró entusiasmado por la llamada.

Durante las seis semanas siguientes no fueron tan afortunados. De un modo que resultaba descorazonador, Fede descartó entre aspavientos e improperios docenas de trabajos, rebasando rara vez el primer capítulo. Las reservas iniciales de Idoia fueron convirtiéndose en simpatía: aquel editor, Fede, era un personaje totalmente novelesco.

La broma era demasiado fácil: fe de editor. Fe ciega. Fe que no depositaba en nada, salvo en la literatura.

—¿Me acompañarás a la entrada? Llama a un taxi: hoy no viene Inés a recogerme… Le han cambiado el turno en el peaje.

—Faltaría más.

La tomó del brazo para dirigirse al exterior.

Fede permaneció un momento en silencio. Se acomodó el cuello de la gabardina y se enderezó frente al grabado de Durero clavado con chinchetas que hacía las veces de espejo. Melencolia. A veces sucede: una tristeza repentina nos invade en el momento más inesperado.

—Dime la verdad, Idoia, ¿te doy lástima? No quiero tener trabajando conmigo a nadie a quien dé lástima.

—Lástima, ninguna. Estoy muy a gusto aquí.

—Me alegro, porque tampoco yo me doy ninguna lástima, ¿sabes? La visión está sobrevalorada, es mucho peor quedarse sordo.

A Idoia le extrañó el comentario, viniendo como venía de un hombre de letras que se había abrasado las cejas entre libros y legajos.

Fuera hacía frío, se cruzaron los faldones de los gabanes para abotonárselos y se cubrieron hasta la nariz con las solapas. Idoia se sentía cómoda junto a su jefe. A la espera.

—Tu taxi ha llegado, Fede.

Idoia sintió la mano de Fede que se posaba tiernamente sobre su hombro.

—Me has facilitado mucho las cosas, el año ha acabado muy bien.

Le alargó un sobre. El guardaespaldas que leía Moby Dick les había salvado el año. No solo este. También parte del siguiente.

—Habrá que cuidar a ese muchacho. Esperemos que no envíe su siguiente libro a una gran editorial, como hacen todos.

Idoia abrió el sobre. Había pocos billetes, pero de un colorido al que no estaba acostumbrada.

—Aquí hay mucho dinero…

—Has conseguido lo que nadie: seguir en la empresa después de seis meses.

«Empresa» le pareció una palabra demasiado pretenciosa para aquel cuchitril, pero no era cuestión de llevarle la contraria.

—Puedo ver tu sonrisa desde aquí, ¿sabes? —bromeó de espaldas desde el taxi, como si de veras fuese capaz de tal prodigio.

Tal vez lo era.

Sobres que tanto tiempo había llevado clasificar desperdigados por doquier, libros arrancados de estanterías y pisoteados en el suelo, lámparas desenchufadas atravesadas sobre la mesa, las láminas de Klimt y de Durero arrancadas de las paredes… Idoia encontró la oficina patas arriba. No parecía faltar nada a primera vista, si era dinero lo que buscaban habían venido al sitio equivocado. ¿Esperaban encontrarlo en una editorial? Los profesionales del hurto deberían saber que eso es imposible. Y los ordenadores ni tan siquiera los habían tocado. Dudó si debía llamar a Fede antes de empezar a ordenar el desaguisado. Tampoco era cuestión de alterarlo más de la cuenta. Se le ocurrió que quizá lo más lógico era dejar todo tal cual estaba y poner una denuncia. Que lo decidiera Fede, qué demonios. Al fin y al cabo la editorial era suya.

—Fede, no te asustes, pero hemos tenido visita en la oficina. Algún gamberro. No parece que se hayan llevado nada.

Optó por la vertiente humorística, para que Fede no se encolerizara.

—Quién sabe si buscaban algún manuscrito. ¿Crees que ha sido la competencia?

Fede permanecía en silencio. Idoia le oía respirar aceleradamente.

—¿Estás bien, Fede?

—Escucha: quiero que abras el primer cajón de mi mesa.

Aquel era el único cajón que cerraba con llave. Nunca lo abría delante de ella. Idoia estaba familiarizada con este tipo de manías: Diego hacía lo mismo.

—Sabes que no tengo la llave…

—Mira por si acaso, intenta abrirlo.

Aunque al principio se resistía y parecía que el cajón estaba cerrado, al tirar del pomo se abrió suavemente: estaba vacío. Alguien había forzado la cerradura y vaciado el cajón.

—No hay nada. Está vacío.

—¿No hay una carpeta color salmón? ¿Una carpeta vieja?

—Aquí no hay nada, Fede. ¿Qué había en esa carpeta? ¿Era importante?