Twist

Harkaitz Cano Jauregui · Capítulo 3 de 9 · parte 1/3

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Twist

Primeras Difuminaciones

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

A Idoia Erro le han gastado muchas bromas a cuenta de su Mini verde, algo que siempre le ha sido útil para ejercitar sus reflejos: «Tu coche es de color guardia civil»; «Ríete, pero a mí en los controles no me paran»; «Si es igual que una caja de After Eigth»; «No me gustan los hombres mentolados». Sabe cómo defenderse cuando la conversación torna en partida de ping-pong, de lo contrario no habría llegado tan rápidamente a jefa de la sección de cultura en Egin. Ese es, precisamente, el periódico que lleva Diego Lazkano doblado en el regazo. «Reagan relanza la ofensiva propagandística contra la URSS», puede leerse, aunque la fotografía de portada se la lleva la nutrida asamblea contra la destrucción de la industria de la comarca, celebrada frente a la iglesia de Rentería.

—¿Nervioso?

—Un poco.

Hace ya tres meses que dejaron de salir y a Diego, quizá por esa engañosa atracción intacta —y en suspensión— que mantienen en ocasiones los amantes perdidos, Idoia le parece más bella que nunca. Lleva el pelo a lo garçon, pero no como lo hacen esas mujeres que quieren desembarazarse de la tiranía de gobernar sus greñas, como simple reivindicación de un pragmatismo liberador, sino de una forma más sofisticada: un mechón ondulado hacia arriba, bien corto pero con mucho estilo, un trabajo de poda selectiva con tijera. Diego recuerda cómo, cuando Idoia se le sentaba en el regazo, él la agarraba del pelo y tiraba un poco de su cabeza para ladearla y besarla en el cuello. Aunque ahora lo lleva cortito, aún tiene pelo suficiente para tirar de él de aquella forma. Sucumbe ante esa fantasía pasajera de los ex amantes: ¿Cómo controlar una pasión intermitente que pretende quebrar un pasado fijado y prensado por la razón? «Apártate de ese camino, Diego», se dice. Pero le resulta imposible. Y lo cierto es que si, para besarla, Diego tiraba del pelo a Idoia, era porque ella ya lo había hecho antes con él. Ha de reconocerlo. Es Idoia quien le ha enseñado todo lo que sabe sobre el género femenino y, una vez terminada la lección, lo ha dejado solo para que ponga a prueba su sabiduría con el resto de las mujeres. Dado que Idoia no deseaba una relación estable, Diego tenía la dolorosa sensación de que lo habían arrojado, no ya de la cama, sino por la borda. Además, Idoia es dos años mayor que él, algo que se antoja absurdamente una brecha insalvable cuando tienes diecinueve recién cumplidos. No siempre le pasa, pero al estar con ella revive el dolor de la ruptura. Pensar que ya no tendrá ocasión de acostarse con aquella Idoia con el pelo a lo garçon le produce una tristeza, más que de enamorado, de coleccionista sentimental.

—¿A qué hora es la función?

—A las ocho en euskera y a las diez en castellano.

—¡Qué me dices! ¿Dos funciones en un día? Estáis locos, Diego.

«¡Qué me dices!», le encanta su manera de hablar, dentro y fuera de la cama. En la época en que empezó a acostarse con Idoia le resultó chocante la contenida violencia del sexo: cómo la chica se rendía a su propia excitación, se entregaba completamente —entregarse, ¿pero a quién?— y se dejaba ir mientras le asía salvajemente la cabellera; y cómo también él se atrevió por primera vez a tirarle con cierta firmeza de la melena y a contemplar su cuello; porque, digan lo que digan, en la cama no todo son caricias y dulzura, no todo tiene que ser tierno, aunque es preciso vigilar con tiento cada paso que se aleja de la ternura. Nunca antes le ha visto los pendientes que lleva en esos lóbulos pequeños que dan ganas de morder. Azuzado por la fantasía del alfiler de aquellos pendientes, Diego siente la punzada de los celos en un lugar indeterminado entre los pulmones y el estómago. «Y los pendientes que yo le regalé, ¿es que ya no se los pone?».

Diego se obliga a recordar el odioso trato que ambos hicieron —«podemos ser amigos, ¿no?»— y, para apartar de sí aquella flaqueza que lo acecha, introduce una cinta en el radiocasete. Como si el silencio del coche tuviera alguna culpa. Idoia carraspea mientras la parte no grabada de la cinta emite un sucio chisporroteo.

—Tu reportaje sobre Dario Fo…

—¿Sí?

—… no saldrá la semana que viene, tenemos falta de espacio y habría que cortarlo demasiado. ¿Te parece bien?

—No tengo ninguna prisa.

Prisa, ninguna. Difícilmente podría tenerla. En aquella relación, Diego Lazkano siempre había sido, no ya «Toro Sentado», sino «El que Espera»: las reuniones se eternizaban, surgían cambios de última hora, imprevistos en la rotativa. Así era el trabajo de una redactora jefe de cultura. Más responsabilidad, más horas de trabajo y una subida de sueldo simbólica. En cualquier caso, Lazkano reconoce, casi con alegría, que esperar a alguien que amas forma parte de la relación, convencido de que aquella ausencia previa que aseguraba la presencia venidera era una forma de remarcar los momentos en que iban a estar juntos, de hacerlos brillar y darles lustre. En el amor, y no solo en el amor, hay que aprender a gozar incluso del previo a los preliminares. Quizá la vida no sea, en sí, más que eso: una acumulación de previos que no conducen a ninguna parte. Una acumulación de previos de previos. Por mucho que rasquemos, nunca conseguimos arañar lo suficiente.

Lazkano reconoce enseguida la voz de Silvio Rodríguez, aunque la canción no le suena.

—¿Silvio?

Idoia asiente. Luego cambia de marcha y se queda callada, mirando hacia fuera por la ventanilla; no está incómoda, pero es consciente del momento de incomodidad que puede estar a punto de llegar. ¿Cómo llamar al momento en que, sin sentirte incómodo, prevés la incomodidad? Aún quedan muchas palabras por inventar.

«¿Te molesta mi amor?», pregunta Silvio. Pero la cinta no es de Silvio Rodríguez, sino una miscelánea de canciones de amor confeccionada expresamente por alguien. El salto es demasiado brusco: la siguiente es No One Like You, de Scorpions.

—Son canciones escogidas —se adelanta Idoia.

«Canciones escogidas», claro. Escogidas por quién, mejor no preguntarlo. Se las ha grabado, sin duda, el mismo que le ha regalado aquellos pendientes. Aunque Idoia es una apasionada de las artes plásticas, la música nunca ha sido su fuerte. Lazkano siente que aquel ser anónimo le sigue lanzando dardos en un lugar indeterminado entre el estómago y los pulmones; no puede evitar una mirada furtiva hacia la guantera. En la carátula de la cinta naranja marca Agfa —la única que hay entre los mapas de carretera— descubre una torpe caligrafía que le es desconocida, caligrafía masculina, sin duda alguna. Lazkano se siente desamparado: «En un tiempo las cintas se las grababa yo». También él, precisamente, acaba de comprar el LP Blackout de Scorpions, y la última vez que lo ha escuchado se le ha pasado por la cabeza que la canción No One Like You resultaría del gusto de Idoia. Pero ahora es demasiado tarde: ha sido reemplazado. Se le han adelantado, no solo como amante, sino también como proveedor de música. A Diego —los caminos de la mente son inescrutables— le parece que lo segundo le resulta tan doloroso, o más, que lo primero.

—Buena suerte…

Le dice «Buena suerte», pero lo que escucha Lazkano en realidad es aquella otra frase: «Podemos ser amigos, ¿no?».

—¿No vienes a la función?

—He de volver al trabajo, quizá el fin de semana…

—Llámame, y dejaré entradas a tu nombre.

Después de decirlo, Diego se humilla y añade: «Dos entradas».

Idoia asiente con el mentón y Diego cierra la puerta del Mini en la alameda del Boulevard, enfrente del semáforo de la cafetería Barandiarán. Se siente como si le hubieran absorbido todas sus fuerzas con un secante. Sin ánimo siquiera para pedir algún estimulante en la cafetería, pasa frente al Pequeño Casino y se dirige al Teatro Principal. Gloria le riñe:

—¿Se puede saber dónde te has metido? No, ni me lo digas: prefiero no saberlo… Vais a terminar todos en la cárcel… Solo faltas tú por vestirte…

Ana Etxarri, la protagonista, inmersa en sus ejercicios de voz, se dirige a Lazkano imitando mímicamente a un pato, con los dedos picudos en la boca, «no hagas caso de la bocazas, es noche de estreno y está nerviosa». Esta noche se ocupará de las luces Kepa Zeberio.

Xabier Soto también está allí, visiblemente excitado. Es la primera vez que se representa un libreto suyo.

—Ya estaba empezando a pensar si no tendríamos que reemplazarte, primo…

«No, más sustitutos no, por favor. En esta obra tengo un papel pequeño, pero solo yo puedo interpretarlo».

No tienen ningún sustituto, por supuesto. Cuando uno de los actores enferma, algún otro de la compañía hace su papel. Del de Diego Lazkano, en concreto, podría ocuparse cualquiera, dado que no tiene más que tres o cuatro frases.

De que lo de su padre es serio, se da cuenta cuando tiene que ir a buscarlo a la oficina de Correos. Le llama llorando, «me he confundido de sitio, Diego», y a Diego le cuesta entender las palabras de su padre, por qué no puede, después de haberse confundido de sitio, cambiar de itinerario y volver a casa por su cuenta; incluso la razón de la llamada se le hace difícil de comprender —su padre nunca le telefonea—, «me he confundido de sitio», «ven a buscarme, estoy en Correos»; y se le pasa por la cabeza si no habrá sufrido algún percance que le da apuro confesar por teléfono.

Llueve a mares, así que al viejo, en lugar de en la calle, se lo encuentra cerca del guarda jurado. Desde lejos, el perfil de su padre le parece ajado y decaído.

El guardia le entrega a su padre, como si permaneciera bajo custodia.

—¿Es su padre? Creo que se ha desorientado.

Lazkano asiente y padre e hijo se alejan de bracete bajo la lluvia: «Desorientado, qué sabrás tú de eso, ni que un guarda jurado fuera la persona más orientada del mundo», se dice Diego.

—¿Qué ha pasado, padre?

Su padre le enseña los libros: tienen la pegatina de la biblioteca y han pasado por muchas manos. Son best sellers para pasar el rato; Lazkano no tiene ánimo para memorizar ninguno de los títulos, hace muchos años que no atiende al capricho de los lectores, le deprime ver la basura que lee la gente.

—Quería devolverlos en la biblioteca. Hoy era el último día, ¿entiendes? El préstamo de estos libros no se puede alargar más.

Habla como si fuera un asunto de vida o muerte, con apuro y sin proporción, ni que aquel último día fuera el del juicio final. Y, además, esa costumbre de acudir a la biblioteca… no sería, por cierto, por problemas de dinero. En su padre hay aún demasiadas cosas que no entiende, y hace tiempo que renunció a entenderlas.

—¿Y por qué no los has devuelto? ¿Quieres que vayamos ahora los dos?

Si acaso pensaba que el aspecto del viejo no podía derrumbarse más, Diego se equivocaba. Esa mirada de perro apaleado le ha hecho perder tres pulgadas de altura. Persona o cosa, algo está jibarizando a su padre. Con los ojos llenos de lágrimas, sin fuerza para avergonzarse siquiera, le dice:

—Me he confundido de sitio, Diego. Me he puesto a la cola en Correos, he esperado hasta llegar al mostrador y se me ha metido en la cabeza que tenía que facturar estos libros.

Ya se han alejado unos veinte pasos de la oficina postal, sin espacio suficiente para los dos bajo un solo paraguas, ambos ofrecen sendos brazos a la tromba de agua que está cayendo, más cerca de la verja trasera de la catedral del Buen Pastor que de la oficina postal. El edificio principal de Correos de San Sebastián y el que alberga la biblioteca Koldo Mitxelena tienen el mismo aspecto exterior. El espejismo de la simetría. Cualquiera puede confundirse.

—Te has despistado, eso es todo. Dejamos los libros, y se acabó.

—No lo entiendes, Diego: estaba convencido de que los libros eran paquetes postales. He estado media hora esperando a que llegara mi turno… El empleado de Correos me ha mirado desconcertado. ¿Sabes qué quiere decir eso?

Lazkano siempre ha oído —y es algo que le hace sentirse culpable— que, en caso de enfermedad mental, la familia suele darse cuenta antes que el mismo enfermo; y no solo eso: al parecer, incluso cuando se percataban de algo, los enfermos tendían por lo general a obviar los primeros síntomas del mal y a quitarles importancia, y solían ser las personas de su entorno las que se preocupaban y apremiaban a los enfermos a acudir al médico. No era algo habitual que el propio enfermo detectara su enfermedad, porque la enfermedad mental casi siempre comporta el autoengaño. No ha sido así en el caso de Gabriel Lazkano, y a Diego le parece una clara muestra del poco caso que le hacen en casa, mientras intenta sopesar, bastante asustado, cuánto y de qué manera influirá en su padre vivir de forma consciente aquella enfermedad. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que las sinapsis neuronales habían empezado a rebelarse? Si le hubieran detectado antes la enfermedad, ¿habría tenido más opciones de retrasar su degeneración con ayuda de medicamentos? No había forma de saberlo. Durante tres o cuatro semanas, Lazkano anula todos sus compromisos —está presentando su último libro, que al parecer lleva camino de superar el éxito de los anteriores—, y con la ayuda de su madre y su hermana se dedica a llevar a su padre de prueba en prueba, de hospital en hospital.

Las primeras opiniones coinciden en que los análisis no revelan nada fuera de la normalidad. Con mucha cautela, eso sí: «El cerebro aún es para nosotros un gran desconocido». Tras aquellos iniciales mensajes positivos, llega la llamada de su madre.

Ella no le llama llorando, sino más bien después de haber llorado. Es inútil que intente ocultárselo. El trabajo de Lazkano consiste en observar la condición humana, los instintos, pulsiones y anhelos humanos, y en elaborar una ficción coherente basándose en todo ello; los detalles son su vida, es la única habilidad de la que puede sentirse orgulloso. Por eso se da cuenta al instante del malestar de su madre.

—Tu padre ha empezado a decir cosas raras.

Antes de lo que esperaban, y mientras todos los escáneres y resonancias siguen sin mostrar nada concluyente, entran sin previo aviso en la fase de la desinhibición. A ratos está bien, y a ratos se pone a decir lo primero que se le pasa por la cabeza. O quizá no es exactamente así, porque, más que soltar lo primero que se le ocurre, lo que hace es decir precisamente aquellas cosas que llevaba mucho tiempo guardadas en la recámara; extraños juicios, revelaciones y reproches que parecen demasiado bien elegidos, cosas que sucedieron hace tiempo y ocultó a la familia, cosas de las que no siempre se adivina si son reales o imaginadas.

—¿Cuándo va a venir Ángeles?

—¿Ángeles?

—Puede que no te lo dijera… ¿Te acuerdas de aquella vez que fui a Ámsterdam? Allí conocí al amor de mi vida: vive en Ibiza, tendría que ir a visitarla, hace tanto tiempo. En Ibiza ahora tendrán un tiempo de maravilla, y no este calabobos.

Cuando Josune, la hermana de Diego, le pide que deje de decir tonterías, Gabriel Lazkano saca de su cartera la foto de una joven y, como quien echa un órdago en el mus, arroja el retrato sobre la mesa.

Diego intenta recordar el viaje de trabajo de su padre a Ámsterdam. Hace al menos quince años de eso: cursó un seminario en Holanda en torno al control natural de plagas y a métodos «sostenibles» de eliminación de insectos. Por aquella época hubo una palabra que, divertido, usaba sin parar: ecoveneno.

—Tú no estás enfermo… Lo que pasa es que te estás volviendo loco.

Soto está enojado con Gloria. Le parece que la directora es blanda, que no se compromete lo suficiente. «Tanto arte y tanto cuento…; están pasando cosas muy graves ahí fuera, primo, y Gloria les da la espalda». En muy contadas ocasiones asiste con ellos a las protestas. Y si por la época hay algo que no escasea, son manifestaciones: no fue con ellos a la marcha contra la central nuclear de Lemóniz, y tampoco a la concentración de Bilbao en favor de los médicos abortistas condenados a seis años de cárcel. «Vive en su jodida torre de Babel, burguesa hija de burgueses», alecciona a Lazkano un soliviantado Soto. «O peor aún: una mera aristócrata; porque un burgués, aunque sea mal, algo hace». Hoy la directora ha vuelto a echarles en cara que vayan a «esas reuniones». «Vosotros veréis si vais o no, pero a los ensayos más os vale llegar puntuales, ¿me habéis oído?». «¿Quién se cree que es, primo? ¿Nuestra madre? ¿La señorita María Pilar?».

«Vais a acabar mal».

«No esperéis que vaya yo a sacaros de la cárcel».

«Como para pagar abogados estamos…».

Todo eso les ha soltado, y Soto está de mal genio. Coge el libreto y se lo echa a la cara, al tiempo que le espeta que, si no va a respetarlo, no cuente con él.

—¿Te vienes, primo?

Pero Lazkano sabe que no es más que una rabieta. Zeberio recoge del suelo el libreto desparramado. Lazkano vuelve a colocar en orden las escenas, todas las páginas, una por una, a pesar de que Soto no las tiene numeradas.

Aunque en la representación no tiene más que unas pocas frases, Diego Lazkano se sabe casi toda la obra de memoria.

Al poco tiempo de que a Gabriel se le suelte la lengua, el matrimonio empieza a dormir en camas separadas. Y por fin llega el diagnóstico. La confirmación de sus sospechas llega de la mano de Santos Herguera, viejo amigo de la familia. Es, desde hace ya algún tiempo, jefe de la Unidad de la Memoria en un hospital de Dallas, y aprovechan su veraneo en San Sebastián para realizar la que, en otras circunstancias, hubiese sido su primera consulta.

Lo de menos es ponerle una etiqueta. Se trata de algún tipo de demencia, no específicamente alzhéimer. Les muestra los diagramas en colores de su cerebro, sofisticados tests que no comprenden en absoluto.

—¿Y hasta ahora no os han dicho nada de nada? No me lo puedo creer.

Que en pleno siglo XXI tengan que venir los médicos americanos a aclararnos las cosas no tiene perdón a juicio de Diego. No hay milagro que detenga el desastre: ejercicio físico y mental, controles estrictos, pastillas de todos los colores; la familia va a tener que vigilarlo muy de cerca para que se las tome todas.

—Cuidad de vuestro padre, pero de vez en cuando dejad de cuidarlo para cuidar de vosotros mismos.

No por ello deja el viejo Lazkano de hablar de Ibiza, ni de llamar de vez en cuando a su mujer con el nombre de aquella supuesta Ángeles. Algo siempre trufado de peticiones de fantasías sexuales que a su hijo le resulta tan desagradable oír en boca de su padre, «¿cuándo volverás a dejar que me corra en tus pechos, Angelines?», frases que, tras el escándalo inicial, la familia más cercana acoge y procesa casi con normalidad, y que llevan a Diego a conocer en profundidad las inclinaciones de su padre; un escritor, si de verdad lo es, debe aprender a extraer alguna enseñanza incluso de las situaciones más adversas. Y Diego está seguro de su vocación, aunque no siempre lo haya estado, a pesar de que para afianzar esa vocación y seguir adelante haya tenido que clausurar de un portazo varias estancias de su mente.

No: tampoco su vida ha sido fácil.

A veces, el padre de Diego abraza con pasión a su mujer, pero no es a ella a quien quiere abrazar realmente, sino a su recuerdo de aquella tal Ángeles. No comprende por qué ella rechaza sus besos. Solo cuando está dormido le da su mujer un beso de mariposa. Solo entonces le parece su marido de antes, su Gabriel.

Diego y su hermana intentan hallar algún rastro de la tal Ángeles. Algún número de teléfono, su nombre y apellidos completos. Rogándoles discreción, muestran la fotografía de la mujer a los amigos y compañeros más íntimos de su padre. Pero nadie tiene noticia de ella. Escondió muy bien su secreto, al parecer.

Después de muchos altibajos, al cabo de seis meses le cambia el humor. «Estoy enfermo, ¿no?», pregunta de repente, y luego se pasa horas sin decir nada, con la mirada perdida.

Cuando ya se niega a comer y a ir al baño, lo ingresan. Al mes escaso, cuando parece que las rutinas establecidas por la estricta disciplina hospitalaria han logrado equilibrar un poco su situación, Gabriel Lazkano desaparece.

Deja una nota, más que sorprendente para haber sido escrita por un enfermo en su estado: «Begoña, Josune, Diego, os quiero, pero ahora tengo que vivir mi vida». Los nombres de su mujer y sus hijos, sin atisbo de la sombra de Ángeles, impecablemente escritos, en mayúsculas. Los neurólogos y los psiquiatras no llegan a una conclusión clara. «Es extraño», dicen, y Diego empieza a cansarse de lo escaso del registro lingüístico: «extraño» no es en absoluto una palabra demasiado científica.

Ni la familia ni la policía vuelven a saber nada de Gabriel Lazkano.

Sería cruel decirlo, pero pensarlo es humano: aunque durante varias semanas, entre suspiros desalentados y noches sin sueño, siguen esperando una llamada de teléfono que no llega, la desaparición del padre tiene también el reverso inconfesable de la tranquilidad.

Han pasado muchos años desde que desaparecieron Soto y Zeberio: curiosamente, Lazkano no relaciona al principio la desaparición de su padre con la de sus dos amigos de entonces. Ni se le ocurre pensar que, aunque de un modo muy diferente, su padre, igual que Soto y Zeberio, es también un «desaparecido». Desaparecido, desaparecido, desaparecido… la desaparición es el eje de su vida, un remolino que tira de él hacia no se sabe dónde.

Durante los dos primeros años posteriores a su desaparición, Diego y Josune visitan la morgue varias veces, por turnos. A los ocho años llega la declaración legal de su muerte, y un reposo sostenido: un descanso precario y sin nombre, matizado, que les vibra en el pecho.

Lazkano sigue escribiendo, Josune, dando clases de danza. Su madre recoge sus fragmentos y rehace el puzle de sí misma, esforzándose en poner, donde faltan piezas, imaginación y olvido.

—¿Pero tú te crees que esto lo hacen en todos los teatros del mundo, Gloria? ¡Esto solo pasa aquí, porque este país es anormal! ¿A las ocho una representación en euskera, y a las diez, con los mismos actores, la misma obra en castellano? Es pura esquizofrenia… Desperdiciamos nuestro talento, Gloria, así no podemos hacerlo bien… ¡Es imposible!

Soto está alterado. La obra ha dejado indiferente al público y culpa de la pobre acogida a la necesidad de trabajar en dos lenguas simultáneamente.

—O lo hacemos así, o no resulta rentable.

—Vamos, Gloria…

—¿Quieres que disolvamos la compañía? ¿Que funcionemos como amateurs? ¿Que actuemos solo en frontones y colegios?

—Como si no actuáramos en frontones y colegios…

—Esas Vulpes de las que tanto hablas… ¿no tocan en sitios aún más cutres?

—¡Pero es que son punkis!

—Entonces nosotros también…

—¿Tú? ¿La condesa descalza, punk?

—Lo siento, pero así están las cosas.

La discusión no es nueva, pero vuelve a surgir después de la representación de las diez, en la que Lazkano, inadvertidamente, ha soltado una frase en euskera en plena actuación en castellano. Lazkano está completamente abatido, aunque Gloria y los demás intentan quitar importancia al desliz:

—El público ni se ha enterado, Diego: ten en cuenta que solo vienen a verlo una vez, la vanguardia acostumbra a mezclar lenguas, seguro que han encontrado una justificación para esa frase en euskera…

Soto no pierde la ocasión:

—¿Vanguardia? ¿Qué pretendes, Gloria? ¿Insultarme?

Es inútil tratar de animar a Diego. Hoy Lazkano quiere estar solo, y no sale con los demás a celebrarlo. Por si fuera poco, sigue sin noticias de Idoia: el fin de semana no apareció a ver la obra, y la última vez que la ha llamado no le han puesto con ella porque estaba «reunida».

A la mañana siguiente de su lapsus, compra el diario y ojea el contenido de las páginas de cultura, impulsado por la curiosidad de saber el motivo del nuevo retraso en la publicación de su colaboración sobre Dario Fo. Impaciente, abre el periódico y, en su lugar, se encuentra con un reportaje a toda página: «Silvio Rodríguez, la pluma y la trova». Bueno, parece que poco a poco las piezas encajan. Estruja el diario hasta dejarlo completamente arrugado y lo arroja a la primera papelera que encuentra cerca del quiosco. Nada más hacerlo, Lazkano se arrepiente de su niñería y vuelve a comprar el periódico en otro quiosco. Lleva semanas sin aparecer por la universidad, pero no pasa nada. Que le den a la Sociología. Aún falta mucho para los exámenes. Vuelve a abrir el diario por las páginas de cultura y comprueba el nombre de su sustituto en la firma del artículo sobre Silvio Rodríguez: Mikel Remiro. El artículo le parece bastante flojo, pueril y repleto de adjetivos hasta la náusea. Silvio Rodríguez, Scorpions… el tal Remiro quizá sepa algo de música, pero como escritor es penoso. Diego intenta afrontar la verdad: Idoia lo ha dejado por un escritor de medio pelo; quién sabe si esa segunda relación solapada no ha tenido algo que ver con el hecho de que lo despachara a él tan ricamente. No, Idoia no ha jugado limpio. Mientras el trágico suicida hormonal que habita en él baraja distintas formas de poner fin a su vida —veneno, haraquiri, salto mortal—, suena el teléfono. Es Ana, la protagonista de la obra. Le llama para preguntarle qué tal está y de paso ver si pueden quedar a tomar un café.

La gran Ana Etxarri, la más bella y risueña del grupo. Una de esas mujeres a las que los hombres dejan de prestar atención porque les parecen inalcanzables. Claro que pueden quedar a tomar un café. En realidad, necesita más que nada ese café, si quiere reunir fuerzas para seguir con la obra de teatro. La semana que viene tienen contratadas seis representaciones en Bilbao y, mientras reflexiona sobre los diferentes métodos de suicidarse, mil veces toma la decisión, y mil veces la pospone, de pedir a Gloria que lo sustituya.

Es tan distinta de Diego. Una mujer de vocación muy clara, que desde que se matriculó en la escuela de teatro no tiene otra cosa en la cabeza. Se apunta a todos los cursos que se organizan: mimo, talleres de voz, guión, Stanislavski, katakali, danzas orientales, esgrima… Si entre ellos hay alguien que pueda convertirse en un gran intérprete, todos están de acuerdo, esa es Ana Etxarri. Por algo la ha elegido Gloria para el papel protagonista.

—¿Te acuerdas del curso que nos dio Roulant?

Lazkano acompaña su respuesta con gestos amanerados. No era difícil imitar a aquel profesor Roulant que se acercó desde Lyon para darles un cursillo intensivo:

—«La lección fundamental, c’est ça: se trata de componer un dibujo con el gesto, e introducir luego las palabras en ese dibujo. A partir de ese momento, movimiento y texto irán de la mano. Basta con recordar el gesto para acordarse de las palabras». Pero yo no soy capaz.

—Hay que esforzarse.

—Esforzarse es duro.

—En eso no te falta razón.

Lazkano se ha esforzado, pero no lo ha conseguido. Se siente cada vez más incómodo sobre el escenario, así que aquel es el último trabajo que hará para la compañía de Gloria. Ha decidido abandonar esa vocación y consagrarse a sus estudios. Además, tal como a Diego le gusta decir desde que ha empezado a despertarse al lado de Ana, dos actores son demasiados en una sola casa.

Diego Lazkano es feliz. Gracias a Ana. Gracias a sus verdes ojos acharolados. A esa cabellera oscura, cortada en forma de hoz. A los libros que se regalan, porque los dos desean leer. Cada vez que Ana ensaya una nueva obra, es él quien le da la réplica, y luego asiste con gran satisfacción al estreno, ya sin tensiones, para ver cómo la mujer de su vida, en todo su esplendor, se come el escenario. Del mismo modo que cuando se hablan, cada vez que se tocan se esfuerzan para que sea diferente: se acarician el rostro, por ejemplo, después de pelar una naranja con las manos. No importa que sus dedos estén fríos entre los muslos del otro, y luego en su nariz, fríos y con olor a naranja. Es cuanto Diego necesita.

Forman una pareja de esas que dan envidia cuando las ves por la calle, van tan afinados entre sí, incluso sonríen de la misma forma: es casi una pareja de hermanos bien avenidos, deberían disimular su felicidad para no dar asco a los envidiosos viandantes. Se han contagiado no solo los gestos sino también las razones del otro para ser feliz; se les han multiplicado por dos, incluso: ahora las razones les pertenecen a ambos, cuando antes eran de uno solo. Memorable, el día en que colocan, por orden alfabético, las colecciones de discos de ambos en una misma estantería. «Un vínculo más firme que el matrimonio», se dicen, tras disponer flanco con flanco los discos de Patti Labelle y Mikel Laboa, de Echo & The Bunnymen y de Errobi.

«¿Esfera privada, algo íntimo, que sea solo mío? Claro que lo tengo», piensa Diego. Su estrecha amistad con Soto y Zeberio es algo que disfruta la pareja, pero la militancia política, las reuniones y charlas que celebran en casa de ellos, los gritos y carreras de las manifestaciones, eso es algo que atañe solo a Diego. También Ana tiene su esfera privada. ¿Cuál? Diego no lo sabe. Le pertenece únicamente a ella. Es algo a lo que no presta demasiada atención, prefiere aferrarse a esa forma compartida que tienen de manifestar su felicidad.

Cuando empiezan a vivir juntos compiten por ver quién friega primero los platos, quién hace primero la cama. El juego consiste en sorprender a la pareja, y ver su sonrisa cuando se da cuenta de que el trabajo que se disponía a hacer ya lo ha hecho el otro; y luego, hacen el amor. Deshaciendo la cama que acaban de hacer.

Estar loco de amor, lavarse los dientes antes de comer. Y después, en lugar de comer, ponerse a hacer el amor lamiéndose todos y cada uno de los dedos.

Preparan café, y se ensucian las uñas con los posos. Quién sabe en qué recovecos de sus cuerpos dejarán después esos dedos el aroma del café.

—¿Dónde has estado?

—En casa de Soto y Zeberio…

—¿Conspirando?

—Escuchando música…

Lo tiene todo: amigos, amor. El amor de los amigos y la amistad de su amada.

Al atardecer, el aroma del café ha desplazado ya el émbolo de la naranja, pero ahí en el fondo sigue, como un bajo continuo, la cáscara de naranja, una dulce estridencia que se contrapone al amargor excitante de la cafeína.

Para que siempre sea distinto, Diego muerde a Ana en el cuello tal como Idoia le enseñó; cae el cinturón de la chica, sus botones nacarados chocan contra el suelo, unas uñas acarician unos labios, un dedo penetra en el surco; quisieran perfumarse, agacharse, olerse, besarse, sorberse. La punta de los dedos de Ana toca antes de lo esperado la erección de Diego, la chica no esperaba encontrársela tan cerca del cinturón. Lo acaricia primero con los dedos y luego con las uñas. Sonríen: siempre distinto, hasta que se les acaba el día, hasta que se les acaben todos los días habidos y por haber, dando la espalda a la evidencia de que los días terminarán, indefectiblemente, dándole la espalda a esa evidencia y haciéndole el amor, a la espalda y a la evidencia.

El entusiasmo por el grupo de teatro empieza a languidecer lentamente. La televisión engulle a muchos de los candidatos a actor: algunos eligen ser presentadores de informativos, otros hacen cursos de doblaje y deciden explotar su voz; inteligente decisión, quizá, ya que la voz es el último bastión que deteriora la vejez. Un actor sabe que es preciso poseer un gran talento para envejecer en el mundo del espectáculo. No todos somos Orson Welles.

O bien eso, o bien ganar unos kilos y convertirse en director. Pasar de ser una pieza de ajedrez a ser un jugador. Ese es el camino que desde el principio elige Gloria. Mientras estudia Bellas Artes en Bilbao, sigue produciendo obstinadamente obras de bajo presupuesto, siempre con su manía de no asistir a los estrenos, una especie de superstición: mientras dura el estreno se cobija en la coctelería del Boulevard, tomando gin-tonics, fingiendo ante el camarero y ante sí misma que no está nerviosa, prendiendo un cigarro tras otro con la colilla del anterior, hasta que el reloj le avisa de que la obra del Principal debe de estar a punto de terminar. Entonces paga la cuenta y vuelve al teatro. Le gusta salir de allí a escondidas, y regresar de la misma manera; en los ensayos está siempre muy encima de los actores, así que luego se permite esa pequeña deserción. La primera vez le salió bien, y desde entonces repite el ritual: al volver al teatro a hurtadillas, con la obra en las últimas, le gusta respirar la tensión del patio de butacas, percibir las carcajadas o el silencio al atravesar el foyer.

Entonces pregunta a sus compañeros: «¿Cómo va?», si bien es una pregunta inútil, porque a esas alturas Gloria sabe perfectamente cómo está yendo todo, en el ambiente y en los rostros de los actores se respira ya el fracaso o el éxito, si han logrado o no emocionar al público, si los espectadores se han reído en los momentos en que debían reír, si han contenido la respiración cuando se suponía que tenían que hacerlo. Luego vienen los aplausos, la invitación a subir al escenario de mano de los intérpretes, los ramos de flores, las carantoñas, los besos, muchas gracias, el mérito es todo suyo, de los actores, muchas gracias, gracias de corazón, yo también les quiero.

«Los actores son unos niños mimados, Lazkano: de vez en cuando hay que cepillar a los caballos». Cepillar a los caballos, afortunada expresión.

Y al domador de caballos, ¿quién lo peina, Gloria? Lazkano se queda de piedra cuando Gloria les anuncia que dejará el mundo del teatro en cuanto termine Bellas Artes. Soto y Lazkano se la encuentran cabizbaja, en tanto que Zeberio se ha quedado recogiendo las luces.

—No soy tan fuerte como pensaba, para este trabajo hace falta mucho coraje… No sirvo para esto…

Ha sido algo que ha oído por casualidad en el bar Paco Bueno lo que ha acabado por minar la moral de Gloria. Ha exagerado hasta la tragedia un trivial comentario de taberna. Ni siquiera llega a ser un comentario. En realidad, no son más que dos palabras.

—Tampoco habrá sido tan malo…

—«¿Qué te ha parecido la obra?», le ha preguntado. «Sin más», ha contestado el otro. ¿Sin más?

Lazkano no puede creerlo. Gloria la orgullosa, la que desprecia por igual buenas y malas críticas con un «no han entendido una mierda, estos no tienen ni idea de quién es David Mamet»; Gloria, la inquebrantable, tan segura de sí misma y de cada paso que da, ¿a punto de rendirse por semejante tontería?

—No creo que sea para tanto.

—Es lo peor que pueden decirte sobre un trabajo que has hecho, Lazkano.

—Uno: ignoras quién hablaba, ni lo que sabe sobre teatro. Dos: ¿acaso no pertenecemos a la escuela de Handke? El público nos importa un bledo.

—No vas a convencerme, Soto… voy a dejarlo.

—Tienes que aguantar —tercia Diego, tímidamente—. Mañana lo verás todo de otra manera.

Pero no sucede así. La de la víspera ha sido la última obra dirigida por Gloria. De la noche a la mañana, deja la dirección y se aleja del ambiente de las salas de teatro para sumergirse en el de los artistas plásticos. Renuncia y se traslada a vivir a Barcelona.

En cualquier caso, a aquellos amigos íntimos, Soto y Zeberio, ¿no habían sido la muerte y la culpa las que los elevaron a esa categoría? ¿No eran acaso, y cada vez más, no ya los mejores amigos de su vida, sino los mejores amigos de su muerte, los mejores amigos de su futura muerte, que lo esperaban pacientemente al otro lado? A la tortura y desaparición de sus dos mejores amigos se unía ahora la ignorancia del paradero de su propio padre. Sucede cuando en su memoria la desaparición de Soto y Zeberio había empezado a difuminarse un poco —tan solo un poco—, y la responsabilidad que Lazkano siente por los desaparecidos, no solo no disminuye, sino que se refuerza y se redobla. La ausencia de su padre hace que Soto y Zeberio vuelvan a aparecer ante Lazkano, que vuelvan a emerger en su memoria, que su falta recobre vigencia en el día a día. Sus perfiles se le aparecen nítidos y renovados, como si hubiera estado repasando fotos que hace tiempo no veía. «Somos tres, y ahora todos hemos desaparecido; para los dos primeros no hay esperanza, puede que para el tercero sí la haya».

Pero también para el tercero, para el viejo Gabriel Lazkano, las esperanzas son cada vez más escasas. Si no aparece durante la segunda semana, así lo atestiguan las estadísticas —y las estadísticas son la cortesía de la policía—, es improbable que aparezca con vida. Al principio se dice a sí mismo «tres desaparecidos», y luego «tres muertos». Entonces comienza la obsesión de las viudas de los pescadores, la declaración provisional de ausencia legal, el insoportable desasosiego que se siente cuando el mar no devuelve los cuerpos de los marineros. Necesita el cuerpo. Que al menos uno de ellos sea un cadáver presencial, que sus huesos confirmen el final de la historia. El cuerpo significa que el muerto reposa en algún lugar, en un sitio concreto, que allí termina su historia, y que tal emplazamiento ayuda a ponerle fin. El sitio ofrece descanso no solo al muerto, sino también a su familia y a sus amigos.

Sin paradero no hay descanso, o al menos resulta más difícil que lo haya. Los cementerios acotan la muerte, sin camposanto la muerte puede estar en cualquier lado, y a los familiares les es hurtada la tierra bajo sus pies. Multiplíquese eso por tres.

—El fregadero está atascado, hijo. ¿Puedes venir?

La llamada de su madre no se corresponde con sus peticiones habituales, parece más bien un SOS semejante a aquel «me he confundido de sitio, Diego». En cuanto llega a casa, Lazkano confirma sus sospechas.

Dándole duro al desatascador, consigue librar tras un gran esfuerzo la cañería. La causante del atasco es una larga mata de pelo blanco. Observa a su madre para comprobar que el pelo es suyo. Está sin peinar, se ha cortado el mechón esa misma mañana. Las tijeras siguen aún sobre la mesa.

—¿Qué has hecho, madre?

—Me sentía muy sola. Quería que vinieras.

Lazkano empieza a darse cuenta de lo que puede llegar a ser la desesperación: no tener fuerzas siquiera para disimularlo. Cortarte el pelo, atascar con tu propio mechón el fregadero y luego llamar a tu hijo para que venga a verte.

«¿No será que los desaparecidos provocan un cierto afán por desaparecer también en los que no desaparecieron?», se dice Lazkano. Debido al golpe recibido, desaparecen de sus esquemas, horarios y comportamientos habituales. No es solo que no tengan fuerzas para recuperar su vida anterior a la desaparición de la persona que querían, sino también que el hecho de desaparecer un poco ellos mismos, de cambiar un poco su conducta y su estado de ánimo, les hace sentirse más cerca de quienes ya no están: «Antes de que desaparecieras, vivía feliz, ahora he de vivir triste; antes de que desaparecieras, los domingos cenaba fuera, ahora he de cenar en casa; antes de que desaparecieras, pasábamos las vacaciones en la montaña, ahora tendría que pasarlas en la costa». Un comportamiento inconsciente y absurdo, que nos aparta de las antiguas rutinas, como si abandonarlas, alejarnos de nuestros lugares de costumbre y aparecer en otro lado, nos pudiese devolver parcialmente al desaparecido.

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