Twist

Harkaitz Cano Jauregui · Capítulo 2 de 9

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Twist

Cambalache, 1983

 

AFUERA es de noche, la ocasión lo merece.

En las entrañas de la tierra siempre es de noche, es la hora de los topos en los dominios del topo. A quien vive bajo tierra, ¿ha de importarle la luz del día? No demasiado. Hace tiempo que eres uno con la tierra, y al principio te ha parecido que lo mejor que podías hacer era no moverte en absoluto. ¿Acaso no son la misma cosa tus entrañas y las de la tierra? Uña y carne. Una voz telúrica te dice: abandona tus huesos para siempre, qué demonios. ¿Acaso no son los huesos palillos de tamborilero, flautas para los flautistas? ¿Tanto cariño le has tomado a ese par de húmeros y tibias que ya apenas servirían para golpear un timbal? ¿Cómo vas a estar mejor que tumbado? Miles de insomnes estarían de acuerdo: las mejores horas son las que uno pasa dormido. Pero estarse tantos años quieto no puede ser bueno. Quisieras poner a bailar esos miembros entumecidos, hacer que espabilen un poco las puntas de tus dedos. «¡Si solo pudiera liberar los huesos de mis dedos, y volverlos a unir con un chasquido!». Tienes la sensación de que, en lugar de mejillas, llevas yeso del que usan los dentistas para hacer moldes; además te cuesta trabajo abrir los ojos, «no era muy hábil el tipo que me embalsamó», un polvo blanco más seco que la tierra se ha apoderado de una parte de tu cerebro: desmemoria, magnesio, cal.

¿Cuánto tiempo necesita un cuerpo para corromperse? ¿Seis, ocho, diez años? Según los antropólogos forenses, depende del grado de humedad. ¿Hacemos la prueba? Mata un gato y déjalo al fresco en la ventana, ya verás.

No puedes recordar nada. Tienes la mente totalmente en blanco, como si te hubieran hecho tabla rasa. Pero el lavado de cerebro no ha sido tan completo. Hay una pequeña luz al final del túnel; toma entre tus dedos ese hilo de luz semejante al de una cerilla, y tira de la madeja poco a poco, con mucho tiento, no se te vaya a deshacer ese hilillo inaprensible. En realidad, algo sí que recuerdas: eres capaz de unir palabras y construir frases. Eres sintaxis. Pura gramática. Un montón de palabras sin identidad. Pronto recobrarás también la memoria. No sufres más que una amnesia algo profunda, quizá recibieras un golpe, quién sabe; tienes que desperezarte, ahuyentar la resaca tormentosa de quien se acaba de despertar, la severa resaca tras una borrachera de tequila; de tequila o de cualquiera que fuese el veneno destilado que bebierais hace veintitantos años. No, ya te has dado cuenta: lo tuyo no será tan fácil como levantarse del prado, sacudirse las briznas de hierba de los pantalones y reanudar la marcha silbando.

Te va a costar un triunfo salir al exterior.

Y afuera, ¿qué? ¿Tienes a alguien que te espere? Matas de espliego, pinos menudos, brezo por todas partes, hijuelos de higuera que aún no han crecido lo suficiente para dar fruto, árboles a los que un sol abrasador ha obligado a encorvarse en busca de amparo, recogidos sobre sí, árboles agazapados para darse sombra a sí mismos, y que parecen arrepentidos de haber nacido; retamas, zarzas sin moras, muchas zarzas, algún eucalipto en todo caso, abetos. Aparte de eso, el desierto. Cerca del mar, el olor de la tierra es más penetrante. Hace un calor sofocante, y en tu boca ansiosa pesa más el anhelo de agua dulce que la promesa del agua salada que trae esa brisa de gaviotas. Carreteras comarcales llenas de parches de galipote. El perfume de hierbas como el hinojo o la salvia al borde de la carretera, anís y arena. Ahí están también las agujas del romero, prestas a pinchar a quien acerque los dedos. Aunque no viene del mar, el viento sopla arremolinado, no la tramontana sino el viento sur, levantando isobaras de polvareda que toman vuelo y se estancan. Observa el insomnio de las lagartijas, cómo permanecen quietas sobre las rocas como imanes de nevera: «Arriba las manos, esto es un atraco». No es tan distinto de un desierto mexicano. Solo que aquí no hace tanto bochorno, claro. Y los cactus no son tan llamativos, sino pequeños y dispersos.

¿México? ¿Tequila? ¿A qué viene tanta alusión al otro lado del océano, güerito? ¡No mames, güey! ¡Si tú nunca has estado en México! Quizá se trate de alguna señal de tráfico de la memoria. Este narrador se busca a sí mismo: busco alguna pista que me aclare si he de hablarte de tú o de usted. Te hice tantas perrerías. No siempre me porté bien contigo, lo reconozco, podrías odiarme si estuvieras vivo. Estate atento, lector, incluso a los rastros en apariencia más incoherentes. Los cascotes de alguna botella rota, por ejemplo, el vago olor a madera quemada de la víspera, algún campamento de boy scouts de hace mucho al arrullo de una vieja guitarra hippy, canciones de fraternidad, «por qué perder las esperanzas de volverse a ver, por qué perder las esperanzas de volverse a ver», gente que celebra futuros encuentros imposibles, duran tan poco y se extinguen tan deprisa esas amistades de verano, eternas durante dos semanas. Sigue, sigue adelante: hierbas altas de color verdoso, raras plantas de menta de hoja brillante, olor a alcohol o brea, no tan característico como el de la gasolina, no tan profundamente nauseabundo. El del mar contaminado es más soportable que el olor a gasoil que impregna el aire de la carretera. El viento vuelve a levantar polvo, nadie aparece. Vaya, vaya… pero si llevabas puesta una camiseta del Mundial de Fútbol de México. ¡Así que era eso! Nunca has estado allí, pero llevabas puesta una camiseta del Mundial de México cuando te conducían atado con esposas, arrastrando los zapatos con los pies atados (¿otra vez atado? Sí: dos, tres, cuatro veces atado y bien atado, demasiado, de tal forma que veinte años después aún te dolieran los tobillos, de manera que si contaras a alguien lo que te ha pasado también él se sintiera con los tobillos atados). Cuando te arrastraron por estas zarzas, quizá pensaste en las ventajas del peyote. «Si estuviera en una montaña rusa, o en un viaje lisérgico, ¡si todo esto no fuera más que un sueño!». No, no lo creo… No parece que estuvieras vivo cuando te trajeron aquí. ¿O tal vez sí? ¿Te pegaron aquí mismo el tiro de gracia? ¿Te trajeron aquí muerto, cuerpo sin vida, párpados caídos? En tal caso, ¿no tuvieron necesidad de esposas quienes te trajeron? Pongamos que sí, supongamos que sucedió de esa manera: que te trajeron hasta aquí sin esposas, porque las esposas, sus números de serie, incluso pasados veinte años, pueden ser una pista para dar con los culpables. O quizá te trajeron vivo, pero con los ojos vendados, la boca tapada, las muñecas ligadas con jirones de sábana. Tus verdugos eran gente cruel e inteligente. A partir de cierto grado, es indispensable ser inteligente para dar otra vuelta de tuerca a la crueldad; nos guste o no, así son las cosas, bien lo sabe el Diablo.

¿Se oye el rumor del mar desde aquí? No. El mar está bastante cerca, pero no lo suficiente; hoy el Mediterráneo es un contenedor silencioso que promete mucho y no da nada. Y no os engañéis: para los muertos, el mar no es más que una invención.

Algunas zarzas y un claro. Y más zarzas, sin otra razón de ser que fastidiarnos y poner a prueba nuestra paciencia. Hay arena en los claros, lo cual produce la ilusión de que es posible caminar descalzo por ellos, aunque luego aparecen las piedras, la gravilla y lo que no es gravilla, rocas diminutas y otras no tan diminutas. El punto exacto en que deciden apartarse del sendero. Estas zarzas no son como las de la vertiente cantábrica: están más dispersas, sin hojas frescas, con todos sus verdes cubiertos de un blanco mate similar al envés de las hojas de menta, ahí, ahí y ahí, matorrales secos erguidos como varas o fustas, cercados levantados a base de apilar piedras planas; los hombres llegan con paso seguro, el deseo de terminar cuanto antes la tarea les ayuda a contener su nerviosismo. Quizá uno de ellos ya conociera el lugar. Quizá hubiera hecho antes algún trabajo sucio aquí. ¿Qué clase de trabajo sucio? Imposible saberlo. Solo o en compañía de otros. Solo o en compañía del barro. ¿Estamos lejos de la carretera? ¿A un kilómetro? ¿A kilómetro y medio? ¿Solo a kilómetro y medio? Tampoco hace falta alejarse tanto, basta apartarse tres pasos de la carretera, y ya se coloca uno lejos de los recorridos acostumbrados y los hábitos de la gente. Generalmente dos pasos son suficientes para alejarse de los caminos trillados y frecuentados. Basta un paso para caer por el borde del precipicio.

Porque es de noche. La ocasión merece que sea de noche. La carretera no es de las principales. «Ese hijo de puta ni siquiera merece que lo escondamos bien», piensa alguien. «Perro descarriado, tendríamos que dejarlo colgando de una farola, como escarmiento para quien se dé por aludido, merece que lo dejemos reventado en la carretera como una rata, es lo que hicieron con Trota, hacerlo reventar en una cuneta; que también a él se lo encuentren con las moscas rondándole la boca unos turistas ingleses que han parado a vomitar».

Pero la cuestión no es lo que te mereces.

Esto no tiene nada que ver con lo que tú mereces, sino con lo que ellos quieren ocultar. Una coartada oportuna y sólida, mantener la propia piel a resguardo y sobre seguro, lo mismo ahora que dentro de veinte años, las manos y el expediente inmaculados. Estar seguros mientras prescriben la ley, el castigo y la memoria. Se nos fue la mano. Se les fue la mano, y aún no la han recobrado. La mano. ¿Dónde?

Aquí.

Puede que te trajeran hasta aquí en coche, quizá te trajeron a hombros, amarga paradoja, aquellas almas mezquinas avanzando mientras te llevaban a hombros, tralará. ¿Cómo era aquella canción de lucha? «Si tu hermano cae, échatelo al hombro, y sigue adelante, tralará». Pero ¿quién es el mezquino, y de quién es la mezquindad? Quizá los comprendieras, deberías comprenderlos, ser capaz de ponerte en su pellejo. Si estuvieras en su lugar serías igual que ellos, igual que ellos y su circunstancia. «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Suele olvidarse siempre la segunda parte de la frase del conocido filósofo, vaya usted a saber por qué. Pero ya nadie se pone en el pellejo de nadie, ¿verdad? Bastante trabajo nos cuesta soportar nuestra propia piel para que se nos ocurra meternos en la de otro. La diferencia es que tú ahora estás en tus huesos, y no en tu propio pellejo.

De golpe se abre el maletero del coche. O quizá se trata de una furgoneta. Una furgoneta de los ochenta, una Ebro de suspensión insuficiente y —debido a las gomas gastadas— limpiaparabrisas deficientes y chirriantes que provocan dentera. El vehículo se tambalea allí donde se unen el polvo y la arena. El cadáver del maletero se mueve, a la luz de una linterna se ve una cabeza inerte con una profunda herida en la ceja. Enseguida te cubren con una manta pardusca, una segunda piel.

—Sí, me doy perfecta cuenta. Por el momento me resisto a la tentación y te hablo de tú, no sé por qué, me sale así con los muertos.

Los muertos son muchos, y siempre agradecen un poco de entretenimiento.

Aquí. Estamos en la década de los ochenta. En el Estado español, de cada diez personas en edad de trabajar, dos están en el paro, siempre según datos oficiales; el tenista sueco Björn Borg se retira este año, Martina Navratilova gana Flushing Meadows; en la base Vostock de la Antártida se alcanzan los 89,2 ℃ bajo cero, la temperatura más baja registrada nunca en la Tierra; se cumplen seis años desde la muerte de Elvis Presley, he ahí otro hombre que debería despertar algún día; en el Hospital de Bellvitge de Barcelona se lleva a cabo el primer trasplante de hígado del Estado, no todo es escabechina cuando abre la carne el escalpelo; el 8 de marzo, coincidiendo con el día de la mujer, Ronald Reagan declara que la Unión Soviética es «el imperio del mal»; el primero de septiembre cazas soviéticos derriban un avión comercial surcoreano, debido a un lamentable error, provocando lamentablemente 269 muertos lamentables. Es el año de la muerte de Tennessee Williams, «Deseo» es el nombre de un barrio de Nueva Orleans. Hay también quien ha corregido las malas acciones de sus antepasados, tarde, es cierto, pero algo es algo —no perdáis la esperanza, brujos coetáneos que empezáis ya a arder bajo la nueva inquisición, ¡resistid!—; hoy es 9 de mayo, y Juan Pablo II, el papa que allá donde va se postra y besa el suelo, el mismo que el sicario turco Mehmet Ali Agca estuvo a punto de matar por encargo de los servicios secretos búlgaros y de la KGB hace dos años, ha retirado la condena contra Galileo, las cosas de palazzo, ya se sabe, piano piano, pero al fin lontano. Como hace tiempo que te espero, nunca estoy sola, podría ser una frase de Galileo, pero es también el título del libro publicado este año por Arantxa Urretabizkaia; Margaret Thatcher gana las elecciones en Gran Bretaña y, ay, las gana de calle; han pasado seis años desde la última vez que guillotinaron a alguien, solamente dos desde que el Elíseo abolió la guillotina (la mort de la mort), aunque el sesenta y dos por ciento de los franceses estuviera en contra, aunque al sesenta y uno por ciento de los franceses le pareciera mal la liberación de cinco mil presos con la que Miterrand celebró su victoria, aunque y a pesar de que, por tanto y por lo demás, porque los políticos aún son líderes y el carisma puede más que las encuestas.

Este año, 1983, sale a la calle el exitoso Thriller, de Michael Jackson; ve la luz el disco de Imanol Iratze okre geldiak (Helechos ocres e inmóviles); Anjel Lertxundi publica Hamaseigarrenean aidanez (Parece que a la de dieciséis), Madonna canta Holiday ya con el ombligo al aire; el actor Christopher Reeve filma la tercera parte de Superman: esta vez se volverá malvado, y luego, por supuesto, tornará a ser bueno otra vez; hace un año que Felipe González llegó a presidente con el lema «Por el cambio», y la única palabra que pronunciaba en el spot de televisión era «Adelante»; hace ya tres años que guerrilleros argentinos asesinaron a Somoza, dictador de Nicaragua en el exilio, sucedió en la avenida Francisco Franco, en Asunción (Paraguay): el cuerpo quedó calcinado, pero el motor del Mercedes siguió en marcha, «de un coche alemán, puedes fiarte».

La RDA no es ninguna broma ni un parque temático, faltan seis años para que caiga el muro de Berlín, solo uno para que los disciplinados y hormonados atletas rumanos ganen un porrón de medallas en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, y otro tanto para que conozcamos a Carl Lewis, «El Hijo del Viento». El negocio de las franquicias, y los guardias de seguridad que llegarán con ellas, aún no se ha generalizado; a los guardas jurado solo los conocemos en los furgones blindados, inspiran un cierto glamour de film noir, y no la lástima mileurista de veinticinco años después. Los niños únicamente conocen las pizzas por las películas; las fotocopias son casi un lujo cósmico, no es tan fácil copiar las cosas y multiplicarlas, no es tan fácil, no es fácil para nada, todavía se usan las multicopistas, la toxina de la tinta es más intensa; escribimos a máquina, y cuando lo hacemos colocamos bajo el folio una hoja de papel-carbón, para conservar en papel cebolla copias de calco de los documentos más importantes, benditas hojas de calco; aunque ya lo haya escrito, aún no hemos leído a Borges que los espejos y la cópula son abominables, o a Benedetti que lo grave no es el pecado original, sino las fotocopias; predominan las ventanas de madera, todavía no se conocen el PVC y el doble acristalamiento, el titanio es ciencia ficción, en el ánimo popular la aleación con más prestigio es aún el aluminio, en los hornos de las fundiciones se utiliza el amianto como si fuera bizcocho; para marcar un número de teléfono se ha de meter el dedo en el disco, el computador más sofisticado que hay en la mayoría de las casas es una calculadora que extrae la raíz cuadrada; marketing es una palabra demasiado moderna, los escaparates no son más que oscuros almacenes soviéticos donde se apila el género, hay que pasar al otro lado de la muga para ver un escaparate de verdad, una vitrina elegante y luminosa, decorada con gusto, a las galerías Lafayette y otras similares (no te olvides del pasaporte); en el país vasco-francés, en el otro lado, los supermercados parecen joyerías a nuestros ojos, porque Europa aún rezuma hiel, entre fronteras y alambradas. Porque el contrabando aún es algo más que un grito de rebeldía contra los bandos, aún es un oficio vivo, y conlleva riesgo de cárcel.

Los hombres que te han traído a este lugar cercano al Mediterráneo y a los cotos de caza privados no han tenido que sufrir la demanda, la necesidad y la obligación de las academias de inglés para alcanzar su puesto de trabajo. Por no saber, ni saben aún qué significan las palabras X marks the spot, en nuestro país —¿nuestro?— no se subtitulan las películas, en su lugar contamos con un magnífico ejército de tachadores —les llaman dobladores—, ejército que borra con voz de feriante las palabras de cualquiera; a los policías educados en el lenguaje de la leña en grises academias les costaría imaginarse los coloridos escaparates y las gigantescas galerías comerciales de las afueras de los años noventa; aquí el ancho de vía es diferente, y aunque está muy extendida la creencia, es falso que ello se deba a la decisión del caudillo; le favorece, no obstante. ¿Por qué? Para que en caso de guerra no lleguen hasta el meollo de su pequeña dictadura desde más allá de la frontera francesa trenes extranjeros llenos de armas extranjeras, y conservas extranjeras con etiqueta extranjera e ideas extranjeras y yogures Danone extranjeros de esos supermercados iluminados que parecen más bien joyerías. Esos hombres apresurados que levantan arena con sus botas son obedientes servidores de una institución caduca en un país caduco, mosqueteros de un Estado que en dos años ingresará en la OTAN, que en tres años entrará en la Comunidad Económica Europea; ellos querían ser espadachines, pero les tocó nacer demasiado tarde, una pena, quel dommage!; trabajan en el turno de noche, doce horas, a veces se les va la mano, es comprensible —tendrían que atarse un sedal en torno al pulgar para recuperarla, para volver a pescar esa mano que se les escapa—. Vienen de una dictadura y de sus reglas. Quien dice reglas dice también entrañas. Ahí lo van a enterrar. En el agujero. Ahí, ahí y ahí. Solo ellos saben dónde. En las entrañas de la tierra.

—Tienen un aspecto lamentable, no podemos dejarlos así: que desaparezcan.

—Cuanto menos gente lo sepa, mejor.

Si las paredes oyen, las zarzas tienen ojos. Tres pueden guardar un secreto, si dos de ellos están muertos. Pero no nos desviemos. ¿Dónde nos habíamos quedado?

Aquí. X marks the spot. Han empezado a cavar como quien busca un tesoro. No, miento: han empezado a cavar como quienes saben que no encontrarán ningún tesoro. Son dos, o quizá tres. Visten de calle —de paisano— y no es fácil distinguir al oficial al cargo. Pero el que parece serlo no hace más que dar órdenes. Hacen lo que hacen sin pensar demasiado en lo que hacen. Mecánicamente, pero con el agravante del escalofrío que puede darte tener a un muerto mirándote al cogote. Es miedo. Es prisa. Es desasosiego. La mirada del cadáver en la nuca. Aunque el muerto esté bien muerto, aunque lo cubra una manta pardusca a modo de piel, aunque no se vean sus ojos. Aunque no te vean los ojos. No hay luna, gracias a Dios. La noche es tranquila, se oyen grillos y chicharras cuando el sonido de las palas se interrumpe y dejan de cavar esa tierra neutra y cuarteada, cubierta de polvo y de sequedad. Son adanes armados: al parecer Adán fue el primero que trabajó la tierra en su jardín, por eso se dice que, si una pala puede considerarse un arma, Adán fue tal vez el primer hombre armado. A saber, que de jardinero a enterrador no hay apenas diferencia: ambos sucesores de Adán, ambos seres armados. Cuando al hombre obediente se le empieza a humedecer la espalda por el sudor, cava que te cava, calcula el centro de algo cada vez que la punta metálica agujerea la tierra, rogando y con el mazo dando: «que al menos no aparezca una piedra justo aquí, por lo que más quieras». Pero ¿a quién ruega? A la noche, sigue rogando a la noche y a los seres nocturnos.

Ha refrescado, el trozo de noche que consiguen alumbrar con su aliento es minúsculo.

El vaho va y viene velozmente de sus bocas. Blanco en la noche. Difuso en lo oscuro. Humo de fuego recién apagado.

Es una noche estrellada, pero ellos no están para estrellas.

El primer trabajo es cavar el hoyo. Un hoyo adecuado. Que pueda adecuarse. En el que quepas tendido mientras duermes. O con las rodillas encogidas, tampoco hace falta exagerar. Además, a todos nos encoge un poco el atardecer, todos medimos un centímetro menos por la noche, al acostarnos. Aprovechemos esa humildad que nos aporta la noche para hacer la tumba más pequeña, para cavar menos. Y es de noche, la ocasión merece que sea de noche. Un rápido cálculo, «más nos vale no quedarnos cortos, seguid cavando». Ahora los obedientes servidores sienten la carga del trabajo inútil: «Este hijo de puta nos está haciendo sudar más que la gorda Mariluz». Meretriz conocida de todos, al parecer, la tal Mariluz. Y el más joven de los hombres obedientes, apellidado Hernández, aunque no la conoce, ríe con insolencia, para que los demás no lo tomen por maricón. El heredero de Adán empieza por soltar unas carcajadas insolentes para que no crean que es maricón, y nunca sabe qué crimen terminará cometiendo. Y ahí se le acaba a Hernández su vocación de jardinero, si es que alguna vez la tuvo el hombre armado.

Los fantasmas, ¿prefieren el viento sur? ¿Son más sosegados los fantasmas mediterráneos? Dicen que en Europa del Norte los fantasmas son estridentes, espantosos, que sus gritos son más desafinados a causa del frío. A los fantasmas nórdicos, irlandeses, estonios, alemanes, es fácil imaginárselos atacándote cuchillo en mano sin previa explicación. Los espectros mediterráneos, en cambio, no son tan tétricos, es imposible tomárselos demasiado en serio; incluso cuando te matan, lo hacen de una forma chapucera; don Juan Tenorio y otros semejantes son cómicos, bufos, a veces su misma comicidad los vuelve más temibles; nos jugaríamos el cuello a que en lugar del cuchillo prefieren usar la pandereta; los fantasmas mediterráneos son como para irse a tomar unos vinos con ellos. Fantasmas devotos de Frascuelo y de María. ¿Hay en la literatura española algún fantasma serio y realmente temible? ¿Y en el País Vasco? ¿Cuáles son? ¿Cómo son los fantasmas vascos?

¿Aquí?

—La fosa está lista, jefe.

—Seguid cavando.

Siglo veinte. ¿Cómo? ¿Halógena? ¿Qué es eso? La luz de las ventanas es azul o amarillenta, si se funde la bombilla se cambia y punto. Cuántas casas sin ascensor. O cuántas casas con su ascensor de una sola puerta. Y los temores de nuestra madre cada vez que lo tomábamos: que no nos acercáramos demasiado, nos decía, que a alguien del portal contiguo tuvieron que amputarle un brazo porque se lo pilló la puerta del ascensor en marcha. Uno se queda sin mano, se le escapa y ya no hay forma de traerla de vuelta. ¿Calle peatonal? ¿Qué es eso? Siglo veinte. Fue él quien nos atrapó a nosotros, igual que una trampa para ratones atrapa a un roedor. Con vida y de lleno. Y del mismo modo que el ratón ve pasar el tiempo en su ratonera, así vemos nosotros pasar el siglo veintiuno, mientras el cepo nos mantiene clavados al veinte. Y va para largo.

Cambalache, siglo veinte.

—Seguid cavando.

—¿Pero no es suficiente ya?

—¡Que sigáis cavando, hostia! ¡Como para que quepan dos!

¿Acaso te han traído envuelto en una manta marrón? Tiene un color pardo, de eso no hay duda. Coagulada tu sangre hace ya tiempo, no mana de ti ni una gota, si no es del líquido que rezuma de la cicatriz cuajada y sólida. Igual que a la figura de san Jenaro en Nápoles, otro santo o fantasma mediterráneo; también a él le vienen lágrimas de sangre a los ojos de vez en cuando, así lo afirman al menos los devotos católicos napolitanos que creen en milagros. Pero de tu cuerpo no mana ninguna lágrima carmesí. No te queda ni una gota de vida. Ya no estás ahí. Ahí, no. Y tampoco ahí, ni ahí, ni ahí. Tu familia, sin embargo, querría saber dónde estás. X marks the spot. Pasarán muchos años antes de que lo sepa, y tus familiares envejecerán mientras en cada arruga de la cara se les va cincelando esa angustia, esa incertidumbre. El olor a hinojo y brezo y espliego permanecerá, los turistas y las carreteras principales quedarán más cerca, y serán más amplias las calzadas, las conurbaciones, las rotondas. Lo que antes eran capilares ahora son venas anchas fáciles de pinchar: según dicen, las carreteras son un modo de comunicar los órganos entre sí, algo que en los ochenta no había… En los ochenta el rabo del toro y el hígado del toro y el estómago del toro y el corazón del toro y los ojos del toro y los intestinos del toro solo estaban comunicados por medio de capilares zigzagueantes, mala circulación; cada órgano, cada población funcionaba por su cuenta; doscaballos de dos colores —negro y granate—, y seiscientos —blancos—, y minis —del color de las botellas de sidra— y dyaneseis. En los programas de radio de los ochenta el locutor matinal saludaba de forma diferente: «Día soleado en toda la piel de toro, queridos oyentes». Lo de «queridas» vino después: por aquel entonces, querida era la mujer a la que el burgués adúltero le ponía un piso.

Cambalache, siglo veinte.

Al cabo de los años, la noche seguirá siendo noche, pero no ya tan oscura, en los noventa se distinguirán aquí y allá las luces fluorescentes de pabellones industriales con distintos grados de sofisticación; jueces y forenses democráticos vendrán con la cara recién lavada a sacarte de la fosa con hábil técnica y profesionalidad suntuosa, con tabaco rubio en el bolsillo en lugar de negro, o quizá ni eso, solo la tiranía de los parches de nicotina. «Sabemos cómo hacerlo, no estorbéis y dejad que los profesionales hagan su trabajo». Saben cómo meterte en el ojo un dedo envuelto en látex. Es posible incluso que algunos de ellos sean los mismos fantasmas que vinieron a enterrarte en su día, volver, volver, y las nieves del tiempo blanquearon mi sien (a las tuyas no les hace falta blanqueo, llenas de cal como están). Pero no adelantemos demasiado la rueda del tiempo, oh, qué será, qué será, aún faltan años para eso, ninguno de nosotros es un narrador tan ampuloso como para presumir de omnisciencia, de ser el dueño absoluto de esa rueda.

Por el momento el sida es algo nuevo en Europa, en Estados Unidos se habla tímidamente de ello, y este año la comisión del Parlamento europeo formula por primera vez una vaga petición para que se investigue. Al agacharse, uno de los hombres obedientes se pincha en un dedo con una rama de romero, nunca se ha hecho un análisis. Estamos en el siglo veinte, clavados en la trampa, con nuestros ojos de ratón vigilantes; vivimos en la década de los ochenta, quién no ha perdido algún amigo por culpa de la heroína; quizá dentro de unos pocos años el virus del sida atrape al hombre obediente, en su noche libre, después de echar un triste polvo en un club de carretera de Miranda de Ebro, con una prostituta heroinómana nacida en Chueca —quién sabe, ¿quizá Mariluz?, ¡ay mi candela!—; morirá a los dieciocho meses, de forma fulminante, a la velocidad de la luz, con las muñecas como estrechas zarpas de pollo famélico, «para una vez que la meto en caliente, me voy a poner yo el gorro en la polla». No quisiéramos estar en su pellejo. Tampoco él querría estarlo si conociera a fondo cada recoveco de su piel, pero a veces ponerse una segunda piel en la polla es bueno para la supervivencia, así como es beneficioso también proteger nuestro cuerpo con un pellejo prestado para no caer en brazos de la locura.

¿Quién querría estar en su propia piel si se conociera a sí mismo hasta la reversibilidad, hasta el último resquicio?

Pero eso solo puede saberlo y hacerlo un narrador omnisciente, ¿y quién se pone en la piel de ese resabiado? Bastante tiene cada uno con lo que tiene. Tampoco conviene saberlo todo.

Vargas y Hernández abren la puerta del coche, la furgoneta, el vehículo, y desdoblan la manta sin pensar siquiera que esa gran frazada que despliegan podría muy bien ser la piel de toro, queridos oyentes. Bueno, bonito, barato, paisa. Los inmigrantes aún son pocos en España, los magrebíes y subsaharianos prefieren Francia; en realidad, en euskera todavía no se ha inventado el neologismo etorkin para designar a esos pocos inmigrantes que venden relojes y bisutería; creemos que son una minoría, que son exóticos, somos tan ingenuos, está tan lejos Camerún, y tan lejos el ansia de contar lo vivido a tiempo real. Aunque en las inundaciones del 83, debido al desbordamiento de los ríos, muchos partos se adelantan, la verdadera oleada, la oleada africana, está aún por llegar: nadie ha oído todavía las palabras «patera» o «cayuco». El enemigo está en casa, y en verano quienes venden melones en las cunetas son aún los gitanos. Los marroquíes cruzan la piel de toro en interminables caravanas durante las vacaciones estivales, deteniéndose en Hispania Una Grande y Libre lo justo para orinar, y de puntillas, sin mayor relación con la dura superficie de Castilla que la que tienen con el asfalto los neumáticos gastados de sus viejos Citroën, Peugeot y Renault, que soportan el montón de trastos torpemente apilados sobre la baca. «¿Quiénes son esos, madre?»; «Marroquíes»; «¿Adónde van?»; «A casa»; «¿Qué llevan los moros encima del coche?»; «Televisores, alfombras, radios, muebles, mantas».

—No, la manta también tiene que desaparecer. No hay que dejar ni rastro. Ni el más mínimo rastro.

Cuando arrojan tu cadáver a la fosa, tus huesos crujen, toman tierra, polvo, arena.

Es entonces cuando llega el segundo vehículo. El conductor es menos hábil: sin preocuparse de sortear las zarzas, pasa directamente sobre ellas hacia el agujero que alumbran los faros del primer vehículo. Las luces del coche bañan una rústica piscina llena de raíces, un pequeño orificio terroso. Una piscina vacía empapada de luz amarilla derramada de forma cónica. Una tumba, bastante regular para lo que cabía esperar, teniendo en cuenta que cavar de noche es más complicado. No es tan tosco el trapezoide. «Estupendo, estupendo. Habéis hecho un buen trabajo, muchachos».

—¡Como para que entren dos!

Pero aquí llega la primera sorpresa, igual que esa femme fatale que ha de aparecer forzosamente en el minuto doce de las películas americanas, igualito a esa rubia que exige el guión o la falta de talento del guionista.

En el segundo vehículo traen a otro. Lo sientes como si estuvieras en su propio pellejo. Era tu amigo. Íntimo, fraternal.

Viene de rodillas, con los ojos cegados con trapos. El primer tiro no ha sido suficiente. El segundo lo contaremos rápidamente, es demasiado doloroso. Lo damos por contado, y punto.

Os enterrarán juntos, ambos ya sin carne y sin dolor. Pronto vuestros cuerpos solo serán huesos cifrados. De vuestros cadáveres indescifrables no llega mensaje alguno. No podéis decir, por ejemplo: «Ha sido un detalle por vuestra parte cavar tan hondo, aunque ese afán por llegar a la profundidad del asunto se deba al más puro egoísmo; todo un detalle enterrar conmigo a mi compañero, abrazados los dos hueso con hueso, siempre íntimos, siempre fraternales, mil gracias, nunca os podremos pagar, saldar, liquidar esta deuda. Esto que nos habéis hecho tampoco podréis pagarlo, saldarlo, liquidarlo: pongamos por caso un domingo por la tarde, en el momento menos esperado, los gritos radiofónicos del carrusel deportivo os traerán a la mente otros gritos. Nosotros estamos en paz. La familia —la vuestra y la nuestra— tendrá que pelearse con los fantasmas». Traerán en barco docenas de psicoanalistas argentinos, cambalache, siglo veinte, vibrante, bárbaro, que tendrán que luchar con los silencios y los fantasmas. Vuestros hijos tendrán que luchar con los silencios y los fantasmas. Que le den por saco al porvenir, allá se las componga la gente del futuro, que te vaya bonito y que te partan en dos los tobillos. Break a leg, aprenderán los policías modernos en las academias de inglés. Home English. Mucha mierda, sí, así dicen los actores, mucha mierda. ¿Qué nos dejáis? «¿Que qué os dejamos? Os dejamos en herencia nuestros fantasmas. ¿Acaso os parece poco, ingratos?». Podéis fingir que no pasa nada, podéis cambiar de barrio, de vecinos, de pareja, de guardián afectivo, de soporte sentimental, de ciudad incluso, pero cuando menos lo esperéis se os aparecerán los viejos fantasmas en los nuevos silencios.

«Lo tenías merecido, tú mismo te buscaste ese destino».

«Jódete y vive con eso».

«Vive con eso aquí».

«Aquí y ahora».

Pero el trabajo no ha concluido. Ahí, ahí y ahí. No sabemos de quién ha sido la idea de la cal viva. Vargas, Hernández, se llaman por el apellido, por mucho que el teniente coronel se lo tenga expresamente prohibido. No deja huella, dicen que es muy limpia, la cal lo quema todo. Ni los perros podrían encontrarlos.

Ni siquiera los perros.

Luego, que el polvo y los años hagan lo que es preciso. Un folio en blanco.

«¿Aún no sabes, Soto, en qué te vas a convertir? ¿Quieres que te lo diga? No creo que te guste oírlo. ¿Así y todo? ¿De verdad quieres que te lo diga? Está bien, Soto. Tú lo has querido. Al principio te convertirás, como todos los mártires, en adrenalina para el pueblo. Y luego te convertirás, como todos los mártires, en anestesia para el pueblo. Mencionar el formol sería demasiado cruel, aparte de que dentro de pocos años será la misma palabra "pueblo" la que pongan en formol. ¿Que por qué lo digo? Porque la palabra "pueblo" perderá su sentido, querido amigo, cher ami, my friend. La tratarán como a un feo tubérculo, sí, no te extrañes, no me mires así… Pero no voy a contarte demasiadas noticias de golpe, ¿no? Mejor lo dejo… Pueblo, por ahora usaré ese término, para que te vayas acostumbrando. Digo que, como todos los mártires, al principio te convertirás en adrenalina del pueblo, y que luego te convertirás en anestesia para ese feo tubérculo llamado pueblo. En primer lugar adrenalina, símbolo contra la sinrazón, porque serás el hilo conductor de muchos arrebatos. Porque las bodas traen bodas; y los entierros, entierros. Más tarde, anestesia, porque demasiada gente, durante demasiados años, buscará en tu piel la razón de otras muchas cosas. Adrenalina y anestesia, puede que ambas a un tiempo. Cuando esté falta de fuerzas, la gente introducirá la cabeza en vuestra tumba desconocida, y se dará un chapuzón de envilecimiento y de energía en esa laguna, en esa piscina vuestra; "sí, claro, no está bien esto que han hecho nuestros muchachos, pero mira lo que hicieron con Soto y Zeberio… ¿Acaso lo has olvidado? ¿Acaso no los querías? El pueblo no va a olvidar, el pueblo no va a perdonar"».

Se cierra de golpe la primera puerta, luego la del copiloto. De golpe. Antes de entrar a los coches, apagan las linternas. El segundo auto, y los hombres obedientes que lleva dentro, tanto por su forma de actuar como de moverse, no son más que la sombra del primer coche. Todo lo que hacemos lo ha hecho antes algún otro. Allí donde vayas a estar, ya estuvo otro antes.

Los hombres obedientes van en silencio dentro de los coches. Con las ventanas cerradas, ajenos al sonido de grillos y chicharras. Alguien se empieza a poner nervioso, el silencio es una rata que roe la conciencia.

—¡Que alguien ponga la radio! ¡Esto parece un funeral!

O bien: «¿Alguien quiere un cigarro?». En la época no hay ningún reparo en fumar dentro del coche. Cambalache, siglo veinte. Esa ratonera. Ninguno de ellos fuma, pero no están en disposición de rechazar el cigarrillo que les ofrecen, teniendo en cuenta que se trata de Vargas, Hernández, y otros tantos, hombres obedientes que vienen de enterrar a dos muertos. Tres luciérnagas y el humo, las ventanillas del coche cerradas. Cada cual embebido en sus pensamientos. Todos con ganas de lavarse las manos. Las ocurrencias freudianas saltan de los temas trascendentales a la cotidianidad: son humanos, claro que son humanos, demasiado humanos, han dejado atrás la muerte, y a uno de los policías el cuerpo le pide una copa de Anís del Mono y jabón Lagarto (lagarto, lagarto); a otro le recuerda la cantidad de días que lleva sin follar («sin meterla en caliente»); y al tercero le trae a la mente la fiebre del niño y las escasas posibilidades de que su mujer lo aguarde despierta, la duda de si se enfadaría con él si la despertara y la tomara por detrás, para volver a sentirse en su piel, follársela sin desvestirla, apartándole la ropa interior, y sintiendo la fricción del algodón en la polla. Las manos, ¿se las lavarán en la comisaría, o cada uno en su casa? ¿Se las lavarán todos dos veces? ¿Por turnos? ¿Se llevarán los dedos a la nariz antes de mojárselos bajo el grifo? ¿Sabrán que hay que cantar Cumpleaños feliz tres veces mientras te lavas para que todas las bacterias desaparezcan?

«Una mano lava otra mano; dos manos lavan la cara».

«Los uniformes de diario no se llevan a casa, se lavan en el cuartel, ¿no conoce las reglas?».

Pero llevan ropa de calle. De paisano.

El primer auto se aleja. El segundo se aleja también. Supongamos lo siguiente: uno de los hombres obedientes, doce años más tarde, de vacaciones en Nerja, en una casa encalada. El sol incendia la cal, y el hombre obediente queda cegado por un instante, mientras el impulso reconfortante del trago de brandy, que parece plomo derretido, le dice, nunca tan consolador como uno quisiera:

—Hiciste lo que tenías que hacer.

La fachada encalada le dirá:

—Hiciste lo que tenías que hacer.

El torturador pronto tendrá preocupaciones domésticas de otra índole: su hijo en paro, la diabetes de su mujer, un tumor, otras maneras de mirar a la muerte, otro prisma.

«¡Descansen… armas!».

«Obediencia debida. No es gente: es gentuza; diligencia, ejecución, un trabajo como cualquier otro, combatir limpiamente la escoria».

«Sí, mi comandante».

«¡Firmes!».

«Tienen un aspecto lamentable, no podemos dejarlos así: que desaparezcan».

Aquí, ahora.

Nadie quiere ya este tesoro enterrado. Incluso a quien lo enterró le costaría encontrarlo. Las lluvias y el polvo de más de veinte años han cambiado de sitio hasta las zarzas, allez hop! El hinojo, el espliego y el romero sí, siguen ahí. El brezo y la savia pegajosa de los pinos. Las plantas son sabias, más sabias que los humanos; sí, al menos, más pacientes. No es cosa difícil, en realidad. Alguna rama caída, imitando las traviesas de un ferrocarril anárquico en una estación abandonada. Es lo primero que ves. Ramas secas que te parecen la calavera de algún animal sobre un círculo de piedras. Tu cráneo. Lo primero que distingues cuando te quitas el polvo de los ojos son unos fémures y unas caderas cubiertas de cal. Has tenido que esforzarte al máximo para asumir que no pertenecen a una ternera. Te ha costado incorporarte, no es fácil ponerse de pie sin talones: los huesos no están en su sitio, y el viento te silba por entre los huecos. Como este blanco no parece el propio de los huesos, decides ordenarlos en el suelo antes de marchar, y limpiarlos uno a uno a base de soplidos, soplando la cal, soplando a las hormigas que te hacen cosquillas en los brazos. Has reconocido un fémur, pero no eres muy bueno en anatomía; y aunque has colocado las tibias, te da la impresión de que te falta alguna costilla… ¿Acaso hay un niño en Nerja que usa la costilla que te falta para aporrear su tambor de juguete, porrompompón? Una costilla de menos, qué se le va a hacer. No es un gran impedimento: apartas una de las que te sobran en el otro lado, y restableces el equilibrio, la simetría que, por otro lado, tampoco es tan importante. Se te acerca un perro. Te mira fijamente, babeando. Le lanzas la costilla sobrante: la agarra con gusto y la entierra en algún escondite. Sonríes por primera vez.

A pesar de esas carencias, te parece que los pulmones podrán resistir dentro de la caja torácica, sin caer al suelo. Haces crujir tus dedos hasta producir un denteroso chasquido —«empezamos bien: no he hecho más que desperezarme y ya se ha cumplido mi primer capricho»—, y los colocas todos en su sitio. Comienzas a caminar, escultor de ti mismo, arrastrando los pies, intentando imprimir a tu cuerpo la apariencia que tuvo en otro tiempo.

Los huesecillos de tus manos estaban en buen estado, no ha sido preciso recomponer el puzle, has tenido suerte. Tomas la calavera entre tus manos. Pesa menos de lo que creías. «Cráneo sin ojos, ¿acaso te me pareces en algo? Aquí algo huele a podrido: tranquilo, el cielo proveerá». Nos quedan muy lejos los fantasmas de Dinamarca, los quesos con agujeros de Dinamarca; ah, no, esos eran suizos. Quesos neutrales con sus neutrales agujeros.

¿Estás ahí?

¿Estás lejos?

¿Estás en los huesos?

No es lo mismo estar en los huesos que estar en los puros huesos.

Tú vuelves a estar en tus huesos. En tu piel. «Si al menos tuviera a mano un peine», no has podido evitar un pensamiento absurdo, frívolo.

Quizá porque estás buscando el peine, inconscientemente miras a la fosa y ¿qué es lo que ves?, peine, ninguno; un espejo roto, un cráneo que no es el tuyo quemado por la cal, una mandíbula que parece desencajada, una dentadura negruzca, un montón de huesos fuera de lugar; al contrario que tú, dormidos y sin vida. Lo palpas, le acaricias la mandíbula, en busca de un mensaje, una textura, un temblor: el braille de san Vito.

—¿No te vienes conmigo, Zeberio? ¡Te necesito a mi lado! ¡Levántate y anda!

Lo agarras de los hombros, deseando despertarlo de su largo sueño, pero su clavícula se te rompe en dos pedazos cuando lo zarandeas, frágil osamenta de un zorzal. Cuando intentas unir las articulaciones, en cada mano se te deshace una manzana de yeso. Soplas al polvo. Has comprendido. Él no se viene. Se ha rendido. No tiene ganas de vivir, de vengarse, de reír. Ni siquiera intentas hacerle cambiar de opinión. También merecen respeto los muertos que quieren seguir estándolo. Muertos y dormidos.

Suspiras. La vida es un trabajo solitario. La muerte también, según parece.

Dejas atrás a tu amigo y caminas hacia la variante, echando de menos algo más que una costilla. De vez en cuando vuelves la vista atrás. Querrías que tu amigo se viniera contigo, pero el hecho es que no te sigue.

Zeberio se ha quedado para siempre en la fosa: callado, discreto, loco, hermano.

Es de noche, la ocasión merece que sea de noche. Dejas a un lado la señal «Valle de la Escombrera 10 km» y te colocas junto a otra que reza «La Aparecida 4 km»; más que colocarte, te plantas allí, con pocas esperanzas de que pare alguien que no tema a los autoestopistas. Quién sabe, quizá una familia alemana, un grupo de jóvenes hippies en una furgoneta Volkswagen llena hasta los topes, al volante una mujer amante del hachís, de larga cabellera y pechos pequeños y hermosos. ¿No dicen que pedir es gratis? ¿Habrá sobrevivido algún hippy después de tanto tiempo? A estas alturas ya deberíamos de estar en Europa, con todos nuestros derechos y deberes, ¿no? Un escalofrío te recorre la columna: ¿y si volvieras a encontrarte a aquella gente de otro tiempo, Hernández, Vargas, aquellos adanes armados sin vocación de jardinero? No, hay cosas que solo suceden una vez en la vida, una vez en la muerte. No son tan torcidos los renglones del Diablo. Sería mala suerte volver a tropezar con aquella gente obediente después de más de veinte años… No, no crees que vayan a volver por aquí. El asesino no suele volver al lugar del crimen. Tampoco al lugar donde lo asistió inesperadamente un coraje que luego perdió. Quizá porque le parece inconcebible el solo hecho de haber poseído tal coraje alguna vez.

¿No es hermoso estar vivo?

Pero tú no estás vivo exactamente: estás muerto y despierto. No es lo mismo. Ansías ver las cosas que han cambiado, quieres contemplar el mundo tal como es ahora, diferente. Quieres reencontrarte con tus amigos, ahora envejecidos. Reírte a costa de sus contradicciones. Es hermoso estar vivo, claro que lo es, aunque no sea más que por ver cómo todo ha cambiado y se ha ido al carajo, es hermoso volver a la vida. ¿Por qué no habrían de tener los muertos ese privilegio? No es justo. Ciertamente, esto no tiene nada que ver con lo que tú mereces… Eres un poco ingenuo para tratarse de un espíritu que llega del más allá. Y un poco de ingenuidad no está mal del todo, ni siquiera en el caso de los espíritus. Se cura con el tiempo.

Consigues desembarazarte del último resto de cinta aislante. Tienes sed. Besarías cualquier cosa, algún metal frío, te conformarías aunque no fuese plata de ley, alguna tela, con tal de asegurarte de que tus labios siguen en su sitio.

Sientes humedad en la boca. «Bien. Soy yo, esta es mi dentadura torcida».

A lo lejos se ven las luces de una gasolinera de la compañía Shell, contigua a un hostal: Hostal Europa. «Malo —piensas—, el nombre de los negocios siempre alude a aquello que les falta: Pensión Edén, Ultramarinos Paraíso… ¿Hostal Europa? Excusatio non petita… Así pues, no estamos en Europa, se trata de una cuestión puramente nominal. A Europa quizá se la hayan cargado esos dobladores con voz de feriante». Decepcionante, sobre todo para los humanistas europeos, si no estuvieran todos muertos. Puestos a elegir, mejor que el hostal, prefieres la gasolinera. Sales de una concha y te diriges a otra. Shell. De hueco a hueco y tiro porque me toca. Por el camino vas dejando un rastro que parece de tiza, pero que en realidad es de cal viva. Vas marcando tu territorio con cal, como hacen los lobos con su orina. Las líneas del terreno de juego y sus límites. Un campo de fútbol improvisado en la playa. Con cal viva. Antes, solo la cal era viva. Ahora tú también lo estás. Otra vez vivo. O poco más o menos. Muerto pero despierto.

Tienes, roja, una herida en la ceja. Te llevas una gota de sangre a los labios. Te sonríes. Se ha obrado el milagro: el napolitano san Jenaro se ha echado a llorar. El aroma del romero forma tibias virutas en tus orificios nasales. Vuelves a estar en tu ser, si bien no te atreves a comprobar si tienes pulso, y prefieres refugiarte en ti mismo y aguzar el oído, intentando distinguir el rumor de alguna ola.

No se distingue.

Quizá un kilómetro o dos más allá, quién sabe. Valle de la Escombrera. La Aparecida. Olas. Ondas. Ondas expansivas. Demasiado pronto para desistir, no has hecho más que empezar.

Sin peine, entonces. Tampoco hay rastro de tus gruesas gafas. Y, sin embargo, puedes ver con nitidez. Mejor que nunca. Al tiempo que te sorprendes, decides, cada vez más animado, atusarte el cabello con la mano, mientras consideras que la cortesía y la coquetería no son, ni mucho menos, los rasgos más insignificantes de los vivos. Una ausencia intermitente difumina la presencia de tu cuerpo, y no estás seguro de si lo que tus dedos han acariciado son tus antiguos mechones de pelo, o no se trata más que del cálido aire de Cartagena.

No cabe duda, vuelves a estar en tu piel. Y eso nadie va a negártelo: así como la noche merece ser noche, igual que el mar se merece su cobertor azul, tú bien mereces tu pellejo.