Twist

Harkaitz Cano Jauregui · Capítulo 4 de 9 · parte 1/2

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Legis Silva

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

 

A veces, el ingeniero se obliga a recordar el día en que lo secuestraron. Lo ve lejano, pero sabe que no debe olvidar:

«Cuando salga de aquí me lo preguntarán en todas partes, y tendré que contarlo con pelos y señales. El ambiente era frío, acababa de afeitarme y me había dado esa loción Williams que tan fuerte le resulta a mi mujer. Me pillaron por detrás, sentí un brazo, un brazo sobre el mío y otro en mi cuello. Enseguida me di cuenta de que las manos pertenecían a dos personas distintas. Debía de haber un tercero que conducía, suele ser así en estos casos. Me dijeron que eran de ETA y que estaba secuestrado, que estuviera tranquilo, que no me sucedería nada si obedecía. "No te va a pasar nada malo…" Me cubrieron la cabeza con una capucha negra; a decir verdad, capucha es lo que llevaban ellos. Lo que me impusieron a mí era más bien un saco negro con olor a polvo y a manzana, sin agujero ninguno para la boca y los ojos, no sabría concretar más; quién sabe qué fin habría tenido aquel saco de arpillera, quién sabe en qué desván había estado guardado, si no habría cubierto antes la cabeza de algún otro. ¿Cuántos sacos negros como este utiliza una organización armada para este tipo de labores? Embutirle la cabeza en un saco negro, ¿acaso hay gesto más perverso que pueda infligir un torturador a su víctima? "Eres una víctima, así que te tienes que poner el saco negro en la cabeza." Apenas podía respirar dentro del coche, dentro del saco negro, pero enseguida me quedé dormido, seguro que me dieron algo, inyectándomelo o haciéndomelo oler, quién sabe. No sentí ningún pinchazo en el cuerpo, solo un olor intenso, como de aperos de labranza amontonados en un granero».

Lo va a contar tal cual. Y luego contará cómo se despertó en el zulo. En un iglú cuadrado, una ratonera que parecía una habitación irregular de manicomio: unos agujeros diminutos, orificios para que el aire pasara, pero escasamente, y un portillo que comunicaba con el mundo exterior la caseta de perro que constituía su hábitat.

Y luego están las hormigas. «Las había a cientos, salían por las grietas y trepaban por mis brazos», dirá, de forma que a más de uno se le antojará inverosímil.

No llevan armas. Al menos nunca se las han mostrado, aunque las tendrán tal vez a buen recaudo, porque saben que al secuestrado ni se le pasaría por la cabeza enfrentarse a ellos, intentar huir de allí.

¿Cómo pasar el tiempo cuando has sido enterrado vivo?

Es preciso establecer una disciplina. Tomar algunas decisiones. Imponerte un horario. Les pide un reloj, y le dan un viejo Casio de esos del tiro al pichón de las barracas de feria.

Así se lo dice a su secuestrador: «Parece del tiro al pichón». Y diría que el secuestrador sonríe, a pesar de que no puede verle la cara. Quién le iba a decir al ingeniero que pronunciaría aquellas palabras en un zulo: tiro al pichón.

Es importante saber en qué hora vive, cuántos días lleva allí, con exactitud.

Los ejercicios los hace antes del desayuno. Flexiones, abdominales. Cincuenta y cincuenta. Podría hacer más, y los hizo, lleno de rabia e impotencia, durante los primeros días, pero no merece la pena: con el sudor, las paredes se llenan de vaho, y luego queda un ambiente irrespirable durante todo el día; aquí dentro las cosas tienen su propia medida, y en absoluto se trata de la misma de ahí afuera, sino de otra nueva, completamente distinta. La condensación es algo a tener en cuenta. Después de eso llega el desayuno: se lo toma despacio, prestándole atención. Le sobra el tiempo. Cuando le traen tostadas de sobre, antes de untar la mantequilla comprueba con la punta de los dedos la superficie dura y áspera del pan, acaricia ese pan tostado como papel de lija; pasadas las primeras semanas, se da cuenta de que la parte más alarmante de estar secuestrado es la pérdida de los sentidos: el hecho de ver y oír siempre las mismas cosas —esto es, casi nada— embota los sentidos, especialmente el tacto y la vista. Con el oído es distinto: sucede lo contrario, que se aguza, hasta que uno llega incluso a descifrar ondas y susurros extraños.

Al principio no oía nada. Pero es imposible no oír nada en absoluto. Ahí están sus propios latidos, sus movimientos intestinales, el chasquido de su lengua, el rechinar de sus dientes, el compás de su respiración. De vez en cuando hace chasquear los dedos, a fin de asegurarse de que su cuerpo conserva intacta la capacidad de hacer ruidos. Que aún es él. Luego están, claro, los sonidos que provienen del exterior. Los que cree oír durante las largas horas en que está solo, sin percibir ninguna señal de sus guardianes.

Como si fuera un zorro, el oído se le va aguzando con el paso del tiempo. Cree haber oído un sonido lejano de agua resbalando por una tubería, similar al ruido que emiten los frigoríficos de madrugada. Pero el sitio en el que está no es una casa. Sin embargo, aquello que parecía una evacuación irregular de líquidos no se detiene por la noche, y empieza a pensar si no se tratará, más que de vertidos, más que de algo líquido, de voces humanas. Voces humanas surcando las tuberías. No hablan de nada serio: son voces animadas, en alegre conversación, gente de palique. No son las voces de sus guardianes, no es nada probable que lo sean, y no hay forma de entender lo que están diciendo. Suena como si alguien, en algún lugar, quizá en medio de un bosque silencioso, se hubiera dejado una radio encendida. Sus sentidos siguen aguzándose, y comienza a distinguir alguna que otra palabra, aunque también puede tratarse de una mala pasada que le juega su imaginación. Son voces con mucho ritmo y entusiasmo, deben de ser sin duda las de una retransmisión de un partido de fútbol. Sí, ya no le cabe duda. Eso que oye a lo lejos es fútbol. Primero empieza a distinguir los nombres de los jugadores: Sarabia, Gajate, López Ufarte… ¿Un derbi? Pero ese partido de fútbol no tiene fin. Esa retransmisión deportiva dura mucho más que los noventa minutos reglamentarios. Además, y eso es lo más sorprendente, aunque los locutores hablan de forma efusiva, nunca cantan un gol. Es un partido eterno en el que siempre empatan a cero.

Como para volverse loco. «Esas voces a través de las tuberías, esa radio, son fruto de mi imaginación», se dice. Decide no prestar más atención a esos sonidos.

Entonces empiezan a aparecer las hormigas. Hormigas por todas las esquinas, que le pican en las zonas más húmedas del cuerpo.

Uno de los vigilantes coloca una corteza de melón en una esquina del cuarto, para que las atraiga. Al principio funciona, aunque es bastante asqueroso ver todas aquellas hormigas trabajando disciplinadamente, cubriendo toda la capa blanca de la piel de melón. Pero ni así les basta, pronto empiezan a subírsele invitados indeseados por los tobillos.

«Con las hormigas, ¿no se puede hacer nada? —pregunta al guardián—. A este paso, me van a comer vivo».

Le dice que lo intentarán, y que lo siente. No el haberlo metido en aquel agujero, sino el hecho de que hubiera resultado que el zulo tuviera hormigas.

Entonces empieza a matarlas por su cuenta: el vigilante también le ayuda. Luego las recogen con una escoba, pero vuelven a aparecer por las grietas de las paredes, por los resquicios, por todas partes.

Lee la prensa todas las mañanas, aunque las páginas con noticias sobre el secuestro se las traen recortadas. Según van avanzando las semanas, sin embargo, los periódicos le llegan casi sin pasar por la tijera: todo tiene su fecha de caducidad. Ya no dicen nada sobre el secuestrado. Lo han olvidado.

Hoy se ha despertado con fiebre. No cree que sea muy alta, pero es incapaz de cuantificarla. Tampoco puede terminar su sesión de ejercicios. Es una fiebre de esas un tanto dulces, como la que te afecta después de estar a pleno sol durante un buen rato. Le resulta agradable, incluso. Es un cambio, y desde que está aquí ha tenido muy pocos cambios. Ha sido una forma de recordar, por un momento, los rayos del sol que tanto echa en falta. La fiebre le ha recordado su luna de miel, en la República Dominicana.

El mediador Aguirre Sesma repasa el cálculo que, de tren en tren y de estación en estación, ha hecho ya mil veces en su cabeza. Son ya cuarenta y siete los días que el secuestrado falta de su casa, y otras tantas noches las que su mujer ha pasado sin dormir, preocupada por el estado de salud de su marido. La mujer del secuestrado dice que la salud también vale lo suyo, que la vida también cuenta —sobre todo la vida cuenta—, y se muestra dispuesta a pagar todo lo que piden. Así se lo dijo Murillo, el abogado de la familia; la cadena de la mediación es larga, porque, aunque siempre hay alguien de por medio, no es siempre la misma persona la que está «en medio» de unos y otros. Esa es la clave de este quehacer que, sin duda alguna, sería exagerado llamar arte: la responsabilidad y el trabajo sucio se van disolviendo de mano en mano. La labor tiene también algo de nobleza, claro: el mediador hace su trabajo de una forma totalmente voluntaria, con la intención altruista de evitar el sufrimiento, o al menos evitar que se dilate en el tiempo.

Según le contó el abogado de la familia, los hijos permanecieron alrededor de la mesa sin decir palabra. Al parecer, no estaban del todo de acuerdo con su madre, que había visto por última vez a su marido hacía cuarenta y siete días. Lo que tenían en mente era que aquel dinero les iba a ser arrebatado de su herencia, mermando parte de su patrimonio futuro —la mezquindad podían mantenerla alejada de su boca, pero la llevaban bien plantada en la mirada, bien a la vista, de una forma casi obscena, o al menos así se lo dijo Murillo al mediador: «Merecen que les quiten hasta el último céntimo, viven a costa de su padre»—. No parecía que Murillo tuviera en mucha estima a los hijos de sus clientes, porque en el momento álgido de su rabieta llegó a sugerir ante el mediador que el dinero del empresario sería más útil para comprar material explosivo, en lugar de para que lo dilapidaran sus hijos. «Hombre, tampoco es eso», le contestó Aguirre Sesma. Y Murillo: «Si les damos un par de meses, estos son capaces de fundir el acero y convertirlo en cualquier otra cosa». Se entendían bien el abogado de la familia y el mediador. En realidad, tanto monta monta tanto, el mediador era también abogado, y Murillo había sido mediador en otros casos, aunque él tenía un punto de vista bien distinto respecto a la gratuidad de aquel trabajo: «Si no cobro, estoy colaborando con un grupo armado. Si cobro, estoy trabajando —le decía siempre—. También tú deberías cobrar, Sesma».

Tiene, pues, las manos libres. Están dispuestos a pagar los setecientos millones de pesetas que piden, sin contraoferta; así se lo dijo el abogado de la familia al mediador. Debía tener especial cuidado con los tiempos. Podía llevar la mitad consigo, en una maleta. Si conseguía que la otra mitad se pagara en tres plazos, no habría ningún problema. Si en lugar de tres plazos eran dos, o uno solo, se arreglarían de todos modos, pero les venía mejor dividirlo en tres partes.

Por eso Aguirre Sesma, después de dejar la estación parisina de Montparnasse y mientras se dirige al distrito Décimo, muriéndose de ganas de llegar a Bruselas cuanto antes, hace cálculos y pondera la irreflexiva promesa de la víspera:

«Haré todo lo que pueda».

No es, en absoluto, la negociación más difícil que le haya tocado llevar, al menos así lo prevé. Le preocupan más otras cosas: por un lado, la sospecha de que puede tener tras de sí a los servicios secretos; por otro, la responsabilidad del dinero que lleva en aquella maleta.

Cerca de la Gare du Nord, entra al hotel que tiene reservado para tres noches. Recoge la llave, sube a la habitación, se ducha, coge la maleta y baja al garaje subterráneo. Tal como le habían prometido, allí le espera el coche que lo llevará hasta Bruselas.

«¿Eres Aguirre Sesma?», le pregunta un hombre pelirrojo con la cara llena de pecas.

Asiente con la cabeza, y el único hombre que ocupa el coche le abre desde dentro la puerta del copiloto.

El conductor solo vuelve a dirigirse a él cuando se da cuenta de que el mediador observa inquieto por la ventanilla los paneles de la carretera:

«La cita no será en Bruselas, sino en Estrasburgo. Por razones de seguridad. Lo hemos cambiado en el último momento», le dice en euskera. Y sobre el Pelirrojo, que no es ningún niño, el mediador Aguirre Sesma se pregunta si será solo un chófer o algo más. Cuestión bastante irritante en lo que atañe a los activistas clandestinos: «Con los militares, al menos, un simple vistazo a los galones y sabes qué grado tienen… Pero ¿con estos?». Le habla con respeto, por lo que pueda pasar. El mediador ofrece tabaco al conductor, que no acepta. Al parecer fuma negro, pero dice que no le gusta fumar mientras conduce. «Vaya tipo más raro», decide el mediador Aguirre Sesma, deplorando para sus adentros el aspecto bohemio y las inclinaciones del otro.

Cuando entran en el garaje de una casona de las afueras de Estrasburgo, hace tiempo que ha anochecido. «Espera», le ordena el Pelirrojo, y al poco rato llega un hombre moreno de bigote poblado. Al tiempo que mira la maleta, le tiende la mano. Se la estrecha con fuerza y, aunque referida a una mirada resulte una expresión extraña, a la maleta también la mira con fuerza. A la mente del mediador acuden los cálculos que ha hecho, y en los ojos del otro ve un cálculo distinto. Adivinar el cálculo de la persona con la que está negociando es también parte del trabajo del mediador.

—Ese oficio vuestro tiene algo de juego de cartas, ¿no te parece? Algo divertido tiene que tener… ¿Cómo lo hacéis? —le provocó en una ocasión el abogado de la familia de un secuestrado.

—No me preguntes cómo lo hacemos, lo hacemos y punto; además, no es un oficio, no cobramos un céntimo —fue la seca respuesta del mediador.

—Murillo sí que cobra.

—Yo no soy Murillo.

Pero no le faltaba razón: aunque la palabra correcta era excitante, no divertido.

Le hacen pasar a la sala. ¿De quién sería aquella casa? ¿Quién se la habría dejado? ¿Vivirían en ella? ¿Su trabajo se limitaba a negociar el rescate y decidir dónde esconderlo? ¿De verdad creían en la liberación del pueblo y el socialismo? ¿Cuántos años estaban dispuestos a sacrificar? ¿Toda una vida? ¿Toda la vida negociando y llevando maletines de un lado a otro, en la compraventa de armas traídas clandestinamente de Líbano, cuidando y probando el producto con celo profesional? No, no lo cree. Según los cálculos del mediador —y siempre que estuvieran bien organizados—, aquellos debían de ser activistas de guante blanco, no muy distintos de los contables de Wall Street —otro tipo de mediadores, como Aguirre Sesma, al fin y al cabo—, cuya labor era conseguir el dinero y gestionarlo para sacarle el mejor partido. Habrá también quien se ocupe de la compraventa de armas y, claro está, quienes se dediquen a usarlas.

La casa es realmente antigua: sí, al menos, la habitación donde le hacen sentarse. De decoración barroca y recargada, los estampados de flores que abundan por todas partes hacen difícil extraer un perfil inmóvil y troquelado de la cara del interlocutor, y guardarlo en la memoria.

—¿Has tenido un buen viaje?

El mediador decide no tener en cuenta más que el trayecto hasta París:

—Me gusta viajar en tren.

—Sí: desde Hendaya se hace largo, pero no hay nada como el ferrocarril. ¿Cenamos algo? En esta zona tienen un cordero excelente.

Ni que estuvieran en un restaurante. Entonces aparece el Pelirrojo con el cordero asado en una bandeja. Huele a ajo, laurel y hojas de menta. Chófer y cocinero. El bohemio, el Pelirrojo, se ocupa de la intendencia, apunta mentalmente el mediador. Él no tiene hambre, o más bien hasta ahora pensaba que no la tenía, pero nada más ver el cordero, aquella piel crujiente le ha recordado las horas que lleva sin comer y se le ha abierto el apetito.

Traen también vino. El mediador bebe poco.

—Jauregizar está bien: le damos todas las pastillas que nos pide. También hemos fijado el día de su liberación, si es que llegamos a un acuerdo, claro.

Ese es el momento que esperaba. Según sus cálculos, ha llegado la hora de actuar:

—Como sabrás, las cosas están complicadas en la industria del acero: el año pasado tuvieron que prescindir de setenta obreros.

—¿Tuvieron que prescindir? Di más bien que los despidieron. Y según nuestras informaciones fueron setenta y dos. Si te han enviado para regatear, me temo que has hecho el viaje en vano…

—Queremos acabar este calvario cuanto antes.

—Entonces estamos todos de acuerdo.

—En la maleta hay trescientos cincuenta millones. La familia no ha podido reunir más de forma discreta. Ahí está todo lo que tenían guardado en cajas de seguridad privadas y el dinero de amigos de confianza del entorno bancario.

—Dinero negro… Familia prudente… Pero esto es solo la mitad.

—No voy a andarme con rodeos: la familia puede llegar hasta los quinientos. Después de la liberación de Jauregizar, haríamos tres pagos de cincuenta, tal como decíais.

—Faltarían doscientos.

—Eso sería su ruina. No los podéis atosigar más.

—Vamos a hacer una cosa: dentro de ocho meses, tú y yo nos vemos en Ginebra. Me traerás doscientos, de un solo golpe. Y con eso quedamos en paz.

—Tendría que consultarlo.

—Vamos, vamos… Sé que tienes margen para eso y más. ¿Qué clase de mediador serías, si no?

Podría haber dicho que sí directamente. ¿Qué más le daba? ¿Acaso no había conseguido el trato prometido a la familia, respetando su margen e incluso rebajándolo? Se acuerda de los herederos, de esos parásitos que viven a expensas de su padre. Sin embargo, el mediador se empeña:

—Tendría que hacer una llamada.

—Nada de llamadas. La próxima cita, en el lago Lemán. Ginebra.

—Entonces no puedo garantizar…

—Entonces no podré dar la orden de liberar a Jauregizar mañana mismo. Lo sabemos todo sobre la liquidez de la acería de Jauregizar, compañero. El trato es bueno. Y tú lo sabes bien, Luis.

El chófer, el camarero, el Pelirrojo bohemio, ha surgido de repente, o puede que en ningún momento se haya apartado de allí; quizá su rostro blanquecino, lleno de pecas, pelirrojo hasta la última pestaña, casi transparente, haya estado oculto entre las flores de esas paredes recargadas. Cada cual tiene su rostro, cada cual su selva. Pensándolo bien, el Pelirrojo ha sido el único que ha llamado a Aguirre Sesma por su nombre de pila.

Trae una estrecha botella de orujo, recién sacada del congelador, y tres vasitos.

—Un trato es un trato —dice y, ahora sí, Luis Aguirre Sesma ve más claro que nunca que es el Pelirrojo quien lleva allí la voz cantante. Se lo imagina oculto en una granja, cortando hojas de menta y leyendo la prensa económica. Él es el pez gordo, ¿cómo no se ha dado cuenta antes?

Con un suspiro, el mediador sella su aprobación, un poco irritado al calcular que sus cálculos, y sus contracálculos frente a los cálculos del enemigo, no se han cumplido del todo.

«Soy joven, aún tengo la sangre demasiado caliente», se reprocha.

Brindan con los vasitos helados sin entrechocar los vidrios. Pero desde cerca. El mediador vacía de un trago el suyo, sin percatarse de que los otros dos hombres sentados a la mesa apenas mojan sus labios.

Súbitamente adormecido, se cae hacia atrás, y un cuarto hombre —un hombrecito con sombrero y aspecto de botones o de duende— llega corriendo y le sujeta la cabeza sobre una almohada, como si de una cabeza recién degollada por una guillotina se tratase.

Cuando el mediador abre los ojos, está de nuevo en París, acostado en la cama de su hotel del distrito Décimo, completamente vestido, la maleta negra de piel en la mesita de noche, y nadie con pinta de duende alrededor. Coge la maleta y la levanta. Vacía, tal como esperaba. Sale al pasillo y ve un ejemplar del diario Le Monde en el suelo: en primera plana, Margaret Thatcher y François Mitterrand se estrechan la mano sonrientes. Al desdoblar el periódico, cae de él un billete de tren para Hendaya. Al otro lado de la ventana, París está desierto. Aguirre Sesma no tiene ninguna duda: o es demasiado temprano, o es demasiado tarde.

Cuando llama a casa, su mujer Emilia le da el encargo de Murillo de que llame cuanto antes: otro secuestro. Esta vez se trata de un ingeniero. No es dinero lo que piden.

El secuestrado sigue quejándose de las hormigas. Se multiplican por momentos, y no hay forma de saber de dónde salen. Dice que no le dejan dormir. Las primeras semanas no se ha quejado de nada, ha sido un preso modélico. Es a Diego Lazkano a quien le toca hablar con él, y decirle que todo saldrá bien. No tienen intención de hacerle ningún mal. Le dice frases como: «No te vamos a hacer daño», o bien «No te vamos a hacer nada, descuida». Aunque el secuestrado tiene mucha más facilidad de palabra que él, hace lo que puede y le da conversación, está allí precisamente para eso, para decirle al secuestrado que esté tranquilo, que no lo van a matar, que no le harán daño, que no le harán nada, como si arrancar de cuajo a un hombre de su vida cotidiana y encerrarlo en un agujero fuera «no hacerle nada».

Recoge las hormigas de la entrada con una escoba, limpia bien la estancia cada vez que el secuestrado come algo, pero siguen saliendo a pesar de todo. Y, para colmo, cada vez son más. Trae la fregona, pensando que tras quitar el polvo, gracias a la humedad tóxica del agua y la lejía, podrá ahuyentar las hormigas. Después de fregar el exterior, pasa un trapo mojado al secuestrado.

—Dale una pasara con esto.

Muchos años después aún recordará con vergüenza que le dijo pasara en lugar de pasada, «dale una pasara con esto», «emaiok pasara bat honekin», algo pensado en euskera y expresado en castellano.

Y el secuestrado limpia el zulo también por dentro, lo restriega bien con agua y lejía, matando con rabia las hormigas que circulan en hileras, confiado en que no volverán. Y aquellas puede que no, pero llegan otras. A Lazkano le parecen aún más grandes que las anteriores, pero lo más seguro es que no lo sean: lo que pasa es que ahora se ven mejor, porque el suelo está limpio y reluciente, y porque ellos están un poco obsesionados, se fijan más en las hormigas, solo tienen ojos para ellas. Friegan, lavan, matan ejércitos de hormigas. Todo en vano. Siguen dentro y fuera del zulo, tan tranquilas. Lazkano coloca una cáscara de melón en una esquina, para atraerlas. Al principio funciona, pero las hormigas son demasiadas y no parecen rendirse.

Por fin, desesperado, hace lo que tenía que haber hecho el primer día. Una noche en que alguien le sustituye, llama por teléfono a su padre, cuyo negocio es precisamente ese; le resulta doblemente humillante tener que preguntar a su padre cómo acabar con las hormigas; su padre se pasa la vida liquidando bichos, pero él no conoce ni el más sencillo de los trucos.

—¿Tienes hormigas en casa? Mañana mismo me paso.

Cómo explicar a su padre que no, que las hormigas no están en el piso que comparte con Ana, sino en casa de un amigo, que no quiere hacer «nada traumático», que una empresa de fumigación es demasiado, si no hay algún truco casero, quién sabe si con vinagre, algo así es lo que necesitan.

—Pues dime dónde vive tu amigo, y tranquilo: no le cobraré nada.

Está a punto de colgar el teléfono, cómo le gustaría decir: «No te puedo llevar donde están las hormigas, padre», pero tiene que morderse la lengua. Así son todos los padres del mundo.

—¿Cómo son?

Ni se le había ocurrido que hubiera más de un tipo de hormiga. Pero, claro, hay hormigas de muchas clases.

—¿Has localizado ya el nido?

Así que tienen nido, las hormigas. Pues claro que las hormigas tienen nido.

—Suelen ser muy persistentes.

Le cuesta, pero finalmente le da un consejo: que ponga un bote de miel en el lugar donde menos estorbe. Que observe de dónde salen y tape los agujeros con pasta de dientes. Las que están dentro se irán a la miel, y, en principio, no vendrán más…

—Pero si el nido de la casa de tu amigo es bastante grande, un agujero de esos malos, entonces lo mejor es fumigarla.

Un agujero de esos malos. Lo mejor, fumigarla. En casa de tu amigo. Un nido bastante grande.

—Muchas gracias, padre.

—¿Me llamarás para decirme si ha funcionado?

—En cuanto pueda.

Y luego compra pasta de dientes, un bote de miel, observa la cara de perplejidad del secuestrado, con los brazos y la cara llenos de manchas rojas provocadas por las hormigas, desquiciado. Las hormigas han dejado de caminar por el suelo, y se han puesto a resguardo en las paredes.

—¿Lo ves? Las hormigas no saben cuál es el suelo y cuál la pared —dice el secuestrado—, pueden vivir sin bajarse al piso.

«Nosotros dos, tú y yo, distinguimos el suelo y la pared», parece querer decirle el secuestrado, establecer un vínculo entre ellos, cierta empatía, invitándolo a unirse contra las hormigas. Y, efectivamente, juntos obstruyen las grietas con dentífrico y funciona, no vuelven a aparecer. Ni en el piso, ni en las paredes que las hormigas confunden con el suelo.

El secuestrado se pregunta a menudo si, de no ser por aquella cuestión de las hormigas, se habría forjado una relación tan estrecha entre Diego Lazkano y él. Lo adopta como confidente; es notorio que con los vigilantes del turno anterior no habla en absoluto, y que le da por charlar en cuanto llega él; aunque siempre lleva la cara bajo la capucha negra, se miran a los ojos, hasta tal punto que Lazkano está convencido de que el secuestrado sería capaz de distinguirlo fácilmente en una rueda de reconocimiento, de que le bastaría con reparar en sus ojos grises. «Quizá debería de quitarme la capucha, él lo agradecería, este tipo no me acusaría», llega a pensar Lazkano, pero sabe que las normas son las normas y no puede hacer tal cosa.

Entonces el secuestrado le cuenta detalles de su vida: por qué le puso a su hija el nombre que tiene, cómo su padre lo enviaba de joven a un hospital de Suiza para que aprendiera alemán, que su mujer es farmacéutica.

—¿Alguna novedad?

El secuestro se alarga, y Lazkano ya no sabe qué contestar.

—Todo va bien —le dice al principio, pero luego empieza a comunicarle fríamente que no hay «ninguna novedad», porque no cree que le haga ningún favor ocultándole la verdad.

Sin embargo, el secuestrado no se angustia demasiado, se diría que confía en él, que está convencido de que todo irá por buen camino. No es empresario, su familia no tiene dinero. Es un ingeniero. En una ocasión se atrevió a preguntar qué era lo que pedían a cambio de su liberación. Lazkano no supo qué contestar. Él no es más que un vigilante. «También nos hacen falta legales».

Y luego llega aquella orden del Pelirrojo:

—Tu último turno, mañana tienes que estar en Iparralde.

El hombre de cara transparente llena de pecas le entrega la dirección. Anglet, rue Moulinaou. Así pues, tendrá que pasar a la clandestinidad. Así pues, tendrá que despedirse sin decir adiós del amor de su vida, Ana. Así pues, adiós a la colección de discos de los dos, ordenados alfabéticamente en una sola estantería: Mikel Laboa y Patti Labelle, Echo & The Bunnymen y Errobi, «un vínculo más firme que el matrimonio». Así pues, adiós a las dulces broncas de su madre. Así pues, no podrá volver a llamar a su padre para preguntarle cómo se matan las hormigas. Cómo se matan las cucarachas. Las ratas. Y aún le queda tanto que aprender de él.

—¿Dónde lo vamos a liberar?

El silencio es la respuesta; la respiración resignada de aquel pelirrojo hasta la última pestaña. Un fuerte suspiro que parece proceder de más de dos orificios nasales. Espera y sigue esperando, pero no recibe respuesta. Finalmente Lazkano agarra al Pelirrojo de los hombros, con temeridad: nunca debería hacer algo así con alguien de mayor rango y más edad que él. Recuerda las palabras «célula embrionaria» o «célula durmiente», y de repente cae en la cuenta de que, aunque hasta ahora no haya sido consciente de ello, él es uno de los que están despiertos.

—Lo dejaremos ir, ¿no?

En la casa silenciosa de la calle Moulinaou, en Anglet, vive su primer día de clandestinidad, el primer día en que, además de hacer cosas al margen de la ley, vive completamente oculto, esperando órdenes. Recordando a sus padres, recordando a Ana. Y por la mañana temprano ve la foto del secuestrado muerto en la portada de un diario que no tiene el valor de abrir, en la cocina, en aquella casa en la que el resto de la gente aún duerme. Aparece con un tiro en la nuca el ingeniero… El mundo, ya quieto, se vuelve aún más lento, y otro tanto le pasa a su corazón; hay vaho en las ventanas, no se mueve ni una pluma de ave en la selva de El Salvador que tiene en su cabeza. Es el golpe más duro que ha encajado en su corta vida, una bomba que ha hecho saltar en mil pedazos su idea de «célula embrionaria» o de «célula durmiente». Es como si le hubieran escamoteado la tierra bajo sus pies. Ni siquiera se ha despedido del secuestrado (¿pero cómo despedirte de alguien a quien has secuestrado y, lo sepas tú o no, se llevan al matadero?; ¿cómo despedirte del secuestrado, si no te has despedido de tu propia novia, del amor de tu vida?). Le ha fallado, las cosas no iban bien y él le dijo que sí. De haber sabido que todo iba a acabar así, le habría hablado de otra forma, se habría quitado la capucha desde el principio, joder, qué clase de cobarde no da la cara; de saber que todo iba a acabar así, habría medido con tiento cada palabra que decía, cada palabra que no debía decir: «dale una pasara con esto».

«Matamos hormigas juntos —piensa—, él y yo matamos hormigas, y ahora él está muerto». «Sabía alemán, y ahora está muerto», se le ocurre de manera absurda, como si saber alemán —saber cualquier cosa— fuera un seguro infalible contra la muerte.

El despacho del abogado Luis Aguirre Sesma se encuentra en un sótano de la calle San Marcial, un local sin muchas pretensiones para alguien de su categoría, un hombre bregado en política treinta años atrás, que conocía de primera mano la cara amarga de la labor de mediador. Bajo la escalera, una de las dos manos la tiene alquilada una mujer que se dedica a hacer arreglos; la otra mano es la suya. Adela Retoucherie, avisa el cartel de la puerta contigua; y, un poco más abajo, especifica entre paréntesis: Arreglos. No es cuestión de perder a la clientela no francófila por un alarde de distinción.

En aquel cartel bilingüe que apunta ambición y se retracta —retoucherie, arreglos —, Diego Lazkano cree percibir de lleno la idiosincrasia cosmo-hipócrita de San Sebastián.

Llama al timbre de la puerta sin cartel, y tiene que esperar más de minuto y medio, demasiado, dado el reducido tamaño de esos despachos bajo la escalera.

—Le estaba esperando…

Su mirada es amable y transparente, como un mar en calma, la de alguien que ha vivido y ha visto mucho. No es fácil calcular su edad: podría tener entre sesenta y setenta años. Rollizo y entrado en carnes, las lorzas se le escapan por entre los tirantes, como sábanas colgadas en un patio interior. Aguirre Sesma, escaso de pelo, tiene un rostro redondo y simétrico; es uno de esos hombres que ya desde su nacimiento es imposible imaginar de ninguna otra manera, de esos que envejecen muy temprano y se aferran a ese aspecto durante lustros, hasta que acaban pereciendo de un infarto. Tiene la cabeza proporcionalmente algo pequeña, teniendo en cuenta que ese tronco que se expande a ambos lados de la corbata podría albergar a dos hombres como Diego.

El sótano está repleto de viejos papeles, códigos y libros de jurisprudencia. El despacho resulta un tanto desangelado. Al avanzar por el corredor, lo flanquean haciendo pasillo libros, pilas de carpetas y torres de revistas —Punto y Hora, Cambio 16— acumulados durante décadas. Siguen adelante, muy despacio, y, cuando percibe la fisura silbante de la respiración asmática del abogado, Lazkano no puede dejar de sentir la corazonada de haber acudido a la persona equivocada, con toda la profunda decepción que ello acarrea.

«Una tarde perdida. Le daremos un poco de conversación al viejo, y a casa».

Aguirre Sesma se deja caer tras un escritorio alumbrado por un flexo de sobremesa, y con un gesto de la mano le invita a sentarse en el sillón de enfrente.

—Antes que nada: no quiero que se haga falsas ilusiones. Aún no he decidido si aceptaré o no el caso…

«¡Vaya con el viejo! ¡Ni siquiera me ha dado la mano! Prácticamente comparte el despacho con una retoucherie, ¿y pretende hacerme tragar que es un bufete de alto copete que elige a su clientela? —piensa Lazkano—. ¿Qué se cree, que voy a poner el caso en manos de un dinosaurio a quien puede sobrevenirle una cardiopatía en el primer asalto?». Porque, además de inteligencia y capacidad enciclopédica, un abogado necesita también coraje y energía, perspicacia, reflejos, sangre fría, mano firme y oxigenada retórica para meterse en un sumario como el de Soto y Zeberio, archivado hasta dos veces por los tribunales.

—Imagino que quien le envía le pondría sobre aviso de que hace mucho que me retiré de los tribunales.

—También me ha dicho que no hay nadie mejor.

—Necesitaría mucha ayuda, caso de que lográramos la reapertura del sumario, claro está.

—No sé cuáles son sus honorarios, pero no ando sobrado de fondos.

—No: el dinero es importante, pero no me refería a eso. Hablaba de valor, y de gente valiente.

«Vaya, parece que empezamos a entendernos —piensa Lazkano—. Él también es consciente de que no está para muchos trotes».

—Mire, joven, no sé si tiene alguna relación con el mundo del derecho…

—Digamos que conozco de primera mano lo que es estar encerrado…

—No me lo tome a mal, pero las comisarías y las cárceles no tienen nada que ver con el derecho.

—¿Ah, no? Yo pensaba que se detiene a la gente en nombre de la ley. Al menos así me lo contaron.

—Mi trabajo consiste en meter gente en la cárcel, o en sacarla de allí, y el método que utilizo para ello…

—Ese método es el derecho, si he comprendido bien.

—Uno de los métodos… No el único, por supuesto, pero sí el que mejor conozco. Y, más que el método, lo que conozco son sus recovecos.

Por un momento se apodera del despacho el silbido de serpiente de su fuelle asmático, como si la respiración dificultosa y los recovecos de la ley fueran una y la misma cosa.

—Y los conozco como nadie…, disculpe mi falta de modestia. Mucha gente ha evitado la cárcel gracias a mí. Incluso la muerte en su día, más de uno. Estoy orgulloso de ello.

«Está usted disculpado, hombre, no faltaba más. Los vanidosos nos entendemos bien», resuelve Lazkano para sí.

—Con el sumario Soto-Zeberio no vamos a sacar a nadie de la cárcel. La cuestión es otra.

—Sí, ya sé que es otra la cuestión. Pero es posible que, si llevamos las cosas hasta las últimas consecuencias, más de uno tenga que tomar el sol entre rejas durante años…

—Eso no me interesa.

Aguirre Sesma sonríe. Lazkano queda desconcertado con la última frase del abogado.

—¿Que no le interesa?

—Ni pizca.

—Un letrado al que no le interesa la justicia, interesante.

—La justicia, eso son palabras mayores. Cada cual tiene la suya.

—Lo mismo dicen respecto a los culos. Que cada uno tiene el suyo, y hay gran diferencia entre unos y otros.

—Tiene una curiosa forma de hablar, joven. ¿Cuál es su profesión?

«Dejar migas por el camino. La suya, que los pájaros no se coman esas migas, me temo». Cosas que se piensan pero no se dicen.

—Soy escritor.

—Ah, un creador…

«Un creador», dice, como quien descubre en un adulto una debilidad mental propia de adolescentes. Como si dijera «un romántico». Antes le ha llamado «joven», aunque hace tiempo que rebasó la cuarentena. El abogado retoma el hilo.

—Como sabrá, lo que es la justicia no lo enseñan en las facultades. Cambian las leyes, y cambia la justicia. Las leyes que nos legaron los romanos intentan ensalzar la figura del juez equidistante y justo, pero nada de eso existe: digan lo que digan las teleseries, la ley es un instrumento del poder ejecutivo…

—Dígame la verdad: ¿cree que tenemos alguna posibilidad?

—¿De que se reabra el sumario, o de, permítame la expresión, joder vivos a quienes tomaron parte en la muerte de Soto y Zeberio?

—Las dos cosas.

—Ahora déjeme a mí hacerle una pregunta. Sea honesto: para usted, ¿qué es más importante? ¿Su tranquilidad, es decir, eso a lo que usted llama justicia…, o dar con unos cabezas de turco que paguen muy caro lo que hicieron?

—Usted les llama cabezas de turco, yo les llamo culpables.

—No me ha contestado.

Lazkano guarda silencio.

El abogado Aguirre Sesma abre un cajón, saca de él un puro y se lo acerca al oído, cris-cras, un niño que quiere oír el mar en una caracola. Lo enciende sin prisa. Exhala el humo con gran ceremonia. Fuma con delectación, el humo del puro tarda en despegarse de sus labios, como si su entorno natural fuese aquella boca.

«El silencio no es siempre la peor respuesta», zanja el abogado.

—Voy a aceptar el caso.

Aguirre Sesma espera alguna reacción: una alfombra roja, aplausos, fuegos artificiales. Pero no recibe de Lazkano nada parecido. Solo se oye, afuera, el rugido de un motor. Los bramidos de los autobuses urbanos.

—Pero con una condición…

«Ya basta —decide Lazkano—, es hora de pasar al contraataque».

—¿Y si me decido a buscar otro abogado? Puede que no me parezca usted el más adecuado…

—Adecuado o no, no encontrará ningún otro que acepte el caso. Menos aún, uno con alguna posibilidad de ganar. Y, ni que decir tiene, tan dispuesto a rebajar su minuta. No se engañe; el tiempo de las causas perdidas ya pasó.

—Entonces, ¿cuál es la condición?

—Que no haya preguntas. Hará las cosas tal y como yo diga.

—¿Haré las cosas?

—De los juzgados me ocupo yo. Pero fuera de ellos habrá mucho que trillar.

—Hablemos del dinero. ¿Cuánto?

—Soy un abogado atípico, quizá le comentara algo su amigo: ni un céntimo hasta que termine el caso. Luego, ya veremos.

—¿Qué es lo que vamos a ver?

La mirada de Aguirre Sesma se repliega con malicia hasta los escasos cabellos de sus sienes, traviesa, horizontal. Habla, no sin cierta ampulosidad, desde su cobijo de humo.

—Si conseguimos hacer justicia, o no.

Aguirre Sesma no acostumbra a acudir a los funerales de gente que no conoce. Opina que suelen estar casi siempre manipulados, sea por la izquierda o por la derecha, y le parece que no es de recibo sacar provecho político a costa de los muertos. Pero, por otra parte, sin rentabilidad política, ¿qué sentido tendría toda esta barbarie? No, Aguirre Sesma no suele asistir a funerales de muertos que no conoce, pero en este caso hará una excepción. Lo del ingeniero ha sido especialmente doloroso. Al principio pensó que se trataba de un acto de propaganda al estilo Tupamaro: algunos diarios aceptaron publicar en portada el comunicado de los secuestradores, hasta en El País incluyeron el texto completo. También lo hicieron los periódicos vascos, y algunos catalanes. No siempre en primera plana, como exigían… pero la prensa tuvo manga ancha, dispuesta a sacrificar la libertad de expresión a cambio de salvar una vida, en el sentido de la doctrina alemana. En vano.

A pesar de todo, han matado a sangre fría al ingeniero.

En la iglesia, corbatas negras y camisas blancas. Chalecos de hilo gris. Abrigos oscuros y largos, hasta los tobillos, ropa apropiada para esconder un revólver. Aguirre Sesma quedó desconcertado cuando el parlamentario Murillo le confesó que algunos colegas del Congreso llevaban revólver habitualmente. Estremecedor. Todos aquellos políticos socialistas, cada uno con su arma. Uno tenía la sensación de que podía pasar cualquier cosa, un nuevo conato de golpe similar al reciente 23-F.

En la iglesia están presentes el lehendakari Carlos Garaikoetxea y otros mandatarios de la comunidad autónoma y de Madrid, entre ellos el ministro Barrionuevo, llegado de víspera para el funeral del policía nacional Alfredo Trota, acribillado frente a la cristalería de sus padres. Tras lo sucedido con el ingeniero se han quedado a dar el último adiós, no a uno, sino a dos muertos, en un solo viaje. Es el último empujón que necesitaba la nueva Ley Antiterrorista: desde la oposición, asombrosamente, el ex ministro Manuel Fraga y su grupo parlamentario han aplaudido a Barrionuevo, ministro socialista. Es algo que deja bien a las claras la dimensión del asunto.

Murillo, diputado del Congreso y abogado, comenta a Aguirre Sesma que, en su opinión, ETA se ha equivocado: si en ese momento hubiera ofrecido una tregua, el presidente Felipe González seguramente habría retirado la Ley Antiterrorista. «Puede que sí, puede que no», piensa Aguirre Sesma. Lo piensa, pero no lo dice.

Aguirre Sesma se encuentra con Javier Fontecha, recién nombrado delegado del Gobierno, un hombre llamado a ocupar cargos más importantes en la política. Siempre le ha parecido un mediocre juicioso. No sería de extrañar que llegara lejos.

—Te has atrevido a venir al entierro —le provoca, con penoso sarcasmo.

—Este mes está siendo muy duro, Fontecha.

—Ayer no viniste al de Trota… Todavía hay clases… Muertos de primera y de segunda.

—No voy a entierros de gente que no conozco.

—Al ingeniero, ¿lo conocías?

—A su familia.

—Entonces, es cierto: he oído que has actuado de mediador… Pero esta vez no te ha salido bien.

—Me he encontrado con todas las puertas cerradas. No se trataba de dinero. No ha habido forma de hablar.

—Vosotros bien que os lleváis lo vuestro…

—No todos somos como Murillo. Yo nunca he cobrado un céntimo, Fontecha. Si vas a empezar otra vez con el cuento de que nuestro partido se queda con una parte de los rescates para financiarse…

—Yo no he dicho tal cosa.

—Además, ¿quién eres tú para pedirme cuentas? En Francia gobierna Mitterrand, en Portugal Soares, en Grecia el PASOK de Papandreu… los tres socialistas… También vosotros podríais actuar de otra forma, ¿para qué queréis, si no, el poder?

Javier Fontecha suspira, pero no contesta. Aún es joven, aunque lo avejentan sobremanera el cuero oscuro de su gabán, el cansancio y la falta de sueño.

Adela Retoucherie. Arreglos. Están de nuevo en el búnker de Aguirre Sesma.

—¿Por qué tanto interés? Han pasado ya muchos años.

—Y otros tantos que pasarán, si nadie hace nada. Sucederá como con la Guerra Civil: descorrerán una cortinilla, aplaudirán sin muchas ganas, descubrirán una lápida conmemorativa y, cuando no quede nadie a quien pedirle cuentas ni perdón, dirán que se ha hecho justicia.

—Iustitia… Ius sanguinis? Ius loci? La justicia, perdona la grosería, pero es como la punta del capullo: no se la chupa uno mismo porque no llega. Creí que había quedado claro la otra vez.

Aguirre Sesma había empezado a tutearlo, pero Lazkano no se atrevía a hacer lo propio.

—Me dijeron que usted amaba su profesión. Que era un apasionado…

—El corazón, cuando me pongo a trabajar, lo meto en un cajón. En nuestro oficio se necesita otro carácter, y doble ración de hígado.

—Entonces, por el amor de Dios, ¿por qué es usted abogado?

—Por el amor de Dios, no; eso seguro.

—Necesito ayuda.

—Y yo necesito conocer tus verdaderas razones, señor Lazkano.

—Ya le he dicho que…

—El anhelo de justicia nunca es la verdadera razón. Viene gente movida por el deseo de venganza, la necesidad de dinero, el afán de humillar a alguien, por orgullo o por soberbia. Pero nunca por necesidad de justicia. Sin conocer la verdadera razón, será difícil seguir adelante… Disculpa, pero mi ética profesional es esa.

—Entonces no tenemos más que hablar.

¿Acaso no le había dicho que iba a aceptar el caso? Entonces, ¿a qué venía ahora todo aquello? Aguirre Sesma adivina la confusión de Lazkano, y vuelve a la carga:

—¿Qué es lo que te hace daño? ¿Dónde está el epicentro? ¿Cuál es el punto en el que se clava la aguja del compás?

—¿Si le digo que algo me hace daño, nos pondremos a trabajar de una vez? ¿Es eso suficiente razón?

—¿Qué relación tenías con Soto y Zeberio? ¿Qué favor les debías para que, incluso después de su muerte, sigas tan vinculado a ellos? Quiero la verdad.

A aquel bastardo se le daba bien agarrar por el cuello al reyezuelo y estrujarlo hasta que le faltara el aire en la cabeza.

Lazkano tuvo sentimientos encontrados, sintió una doble punzada. Soto y Zeberio. Un doble estremecimiento.

—Vamos, soy todo oídos. La verdad es siempre lo más fácil.

—No me parece que eso sea… Lo lamento: la verdad es algo que solo me atañe a mí.

El estremecimiento es doble, en efecto: de un lado, siente que el discurso del abogado le ha dejado la moral hecha trizas. De otro, por primera vez desde que conoció a Aguirre Sesma, le parece encontrarse ante un hombre sagaz y con experiencia, y más importante aún, poseedor de la capacidad de valerse de esa sagacidad y de esa experiencia; por primera vez considera que es sin duda el abogado que necesita. Sabe dónde sacudir la maleza.

—Estamos en un sótano, querido amigo. Lo que oyen estas paredes permanece entre estas paredes. Tómate tu tiempo. ¿Te gusta el coñac?

—No, no acostumbro.

Aguirre Sesma asiente satisfecho y llena de coñac un vaso de fondo ancho. Luego lo deja muy cerca de Lazkano, que se lo lleva directamente a los labios.

Y así como se lo bebe, se lo suelta de un solo golpe:

—Los delaté…

La voz le falla, lo traiciona de nuevo.

Al tiempo que Lazkano se desfigura y debilita, el abogado se hace fuerte y se impone.

—¿Te torturaron?

El coñac vuelve a caer a chorro sobre el fondo de vidrio. Esta vez en dos vasos. Solo el soplido asmático de su respiración interrumpe el silencio. Lazkano sigue bebiendo, y los ojos se le desvían hacia los anticuados códigos de las paredes. Le resulta imposible leer ninguno de sus títulos.

El abogado apaga el único flexo que hay sobre la mesa. Como si la mesa fuera un mostrador, alarga los brazos hacia Lazkano y le pone una mano en el hombro, al modo del camarero que se dispone a cerrar el bar.

—Bebe.

Nada sabe el abogado Luis Aguirre Sesma sobre el periodista Julio Virado. Se le ocurre que debe de ser más joven que él, y se le antoja leer alguno de sus artículos antes de la entrevista.

Emilia le acerca los últimos números de Cambio 16. El abogado comprueba que Virado tiene una pluma afilada, si bien le parece que sus artículos y opiniones adolecen de un exceso de hojarasca. Lo que más le divierte es un reportaje efectista titulado «El bosque vasco» en el que, con mucha literatura y aliteración, describe el País Vasco como una «foresta impenetrable» en la que se superponen intereses inconfesables, complicidades y cobardías.

Cuando lo tiene enfrente constata que es aún más joven de lo que se había imaginado.

—¿Qué le parece que hayan detenido al parlamentario y abogado Murillo por ayudar a pagar rescates a ETA?

—Murillo cuenta con toda mi solidaridad. Castigar labores de mediación que se hacen por razones humanitarias es un despropósito. En casos de causa mayor, y un secuestro lo es, el derecho penal permite tanto pagar rescates como llevar dinero más allá de nuestras fronteras.

—¿Aunque luego ese dinero se use para comprar armas, y con esas armas se mate gente?

—Ahí hay un conflicto entre causas mayores: pero la urgencia, el salvar ahora la vida de una persona, tiene prioridad sobre un posible atentado futuro, aunque este sea reprobable, porque puede evitarse y porque es una abstracción. En un caso de secuestro la ley ha de quedar en suspenso; no solo para el secuestrado y su familia, también para todo el Estado.

—Eso es discutible, en la medida en que somete continuamente a todo un Estado a cualquier chantaje…

—Es lo que dicta la doctrina alemana, yo me ciño a ella. Hemos de hacer todo lo posible por salvar a quien está en peligro aquí y ahora. Luego, ya se verá.

—En el caso de Murillo, se ha criticado muy duramente que el abogado que ha realizado las labores de mediación se haya quedado con una parte del rescate.

—Cabe abordar esa cuestión desde distintos ángulos. Yo no actuaría así, pero la actitud de Murillo me parece absolutamente respetable… En su opinión, dado que la labor de mediador está ligada con su trabajo, lo irregular sería no cobrar, y no lo contrario… Él aduce que, si lo hiciera de manera gratuita, eso podría suponer un cierto grado de colaboración, tipificado en el código penal. Yo no estoy de acuerdo, pero ambas actitudes son lícitas.

—¿Qué opina sobre el proyecto de reforma del código penal?

—Estoy en contra. Se ha solicitado consejo a Stampa Braun, y eso es un fraude. ¿Qué le parecería si, sobre el aborto, pidiéramos consejo al papa Karol Wojtyla? La decisión se toma en el momento en que se elige al asesor, no cuando el asesor da su veredicto. En cualquier caso, creo que es prioritario establecer cuanto antes el plazo máximo para la prisión preventiva.

—Como sabe, algunos tacharán esa decisión de débil y blanda.

—No podemos seguir como hasta ahora, teniendo a la gente a la espera de juicio indefinidamente. Es extraño, pero mientras aquí está pasando eso, en Gran Bretaña, Margaret Thatcher, nada sospechosa de ser blanda o débil, ha liberado a miles de presos de las cárceles inglesas, bajo promesa de no huir, después de que una comisión revisara sus casos.

—¿Podría adelantarnos algo sobre el rumor de que hay más presos arrepentidos que pronto serán liberados?

—En primer lugar, he de decirle que no me gusta nada esa palabra. No es riguroso hablar de «arrepentidos». El término se importó de Italia, y no me parece adecuado: nosotros hablamos de reinserción social. Y no, no puedo adelantar nada, porque ese es un asunto que exige la máxima discreción.

A Aguirre Sesma, Julio Virado le ha parecido un hombre despierto y con criterios propios. Es, además, un hábil manipulador: si bien a la hora de transcribir la entrevista lo hace con bastante fidelidad, luego en las entresacas exagera considerablemente el peso de la palabra «arrepentido». Hay maneras y maneras de plegar el periodismo a los propios intereses. No fue Julio Virado quien se inventó la «doctrina de los arrepentidos», pero a partir de aquel día muchos medios se hicieron eco del término. Aquella vía, que tan buenos frutos había dado hasta entonces, comenzó a languidecer, y la vía abierta por Aguirre Sesma y su grupo para reinsertar a los presos políticos se complicó mucho. Nadie quería ser un «arrepentido».

Antes de despedirse, Julio Virado le estrecha la mano con deportividad, e incluso le ofrece su tarjeta de visita. La cortesía llama poderosamente la atención a Aguirre Sesma, ya que en ese tiempo este es un gesto habitual de los abogados, pero no de los periodistas.

—No estoy de acuerdo con usted prácticamente en nada, pero ha sido un placer —le dice al marchar el joven periodista.

La escarcha invade las aceras, pero Aguirre Sesma mantiene la estufa apagada. Sin embargo, no lleva chaqueta; solo camisa blanca, corbata mugrienta y tirantes. Diego Lazkano comete el error de darle demasiadas pistas sobre lo que está pensando: observa largamente la estufa apagada.

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