Un juego peligroso

Kira Shell · Capítulo 13 de 21

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Un juego peligroso

Capítulo 12

Selene

Sé que es un secreto porque todo el mudo lo susurra.

WILLIAM CONGREVE

M e fui corriendo a mi habitación.

Todavía llevaba la ropa de la noche anterior y esperaba no encontrarme con nadie para no levantar sospechas.

Se habría montado una buena si Matt nos hubiese descubierto.

A veces pensaba en su reacción y temblaba de miedo, segura de que algo así lo trastornaría tremendamente.

En cualquier caso, llegué a mi destino sin problemas, me encerré en mi habitación y apoyé la espalda en la puerta.

Las mejillas aún me ardían por todo lo que había sucedido.

La noche anterior se había comportado de un modo perverso, había sido sencillamente increíble ver sus músculos tensos, sentir sus embestidas, mis pechos, admirar la expresión excitada de su rostro, oír sus gemidos guturales.

Neil era sexi, descarado, divino, un verdadero apasionado del sexo.

Sonreí y me tapé la cara. Todavía me avergonzaba al recordar ciertas cosas, a pesar de todo lo que ya habíamos compartido.

Incluso me había pedido que durmiera con él y, cuando me desperté, me lo había encontrado a un suspiro de mí, con la cabeza entre mis muslos, dispuesto a concederme el placer que solo había percibido levemente durante el sueño.

Por supuesto, Neil era magnífico incluso recién levantado.

Me quedé mirando su rostro perfecto durante mucho tiempo. Los labios carnosos y curvados en una sonrisa traviesa, las pestañas marrones que enmarcaban sus ojos dorados, el pelo despeinado por el que me encantaba pasar los dedos y la arruga que se le hacía en el centro de la frente, como si estuviera perpetuamente pensativo.

Me resultaba tan difícil entenderlo…

Primero me había echado, luego me había pedido que me quedara.

Ya lo conocía un poco y me había dado cuenta de que la confianza era un bien preciado para él. Me desvelaba partes de sí mismo en pequeñas dosis, por lo que nunca debía exigir demasiado, sino aguantarme con lo que decidía ofrecerme.

De hecho, me estaba mostrando su alma a su manera, pero estaba asustado por lo que nos unía.

Por lo demás, el vínculo entre nosotros era innegable, y ambos lo sabíamos.

Aunque no supiera lo que sentía por mí realmente, estaba segura de que había tomado posesión no solo de mi cuerpo, sino también de mi mente. Me había encerrado en una prisión de cristal y había tirado la llave. Me sentía cautivada por su mirada, adicta a su cuerpo, dependiente de su estado de ánimo, subyugada por su alma oscura y retorcida.

Con aquella nueva conciencia, volví a sonreír y a dar saltos alrededor de la habitación, feliz como nunca antes. Luego decidí ducharme y cambiarme, así que me dirigí al baño, tarareando una canción de Coldplay. Una vez allí,

me lavé, quitándome su olor, aunque ya se había metido en mi cabeza y ni siquiera el gel de baño tendría el poder de dominarlo. Una vez hube terminado, me recogí el pelo en una coleta alta y me puse una sudadera y unos vaqueros.

Media hora más tarde seguía sintiéndome particularmente feliz y no se me quitaba la impresión de que había habido un avance en nuestra relación.

Neil estaba confiando en mí y eso ya era un gran paso.

Por supuesto, no debía ilusionarme con nada. No era la única para él, y la confrontación con Jennifer la noche anterior me había confirmado que seguían acostándose, lo que significaba que yo no era lo suficientemente importante para que Neil renunciase a las demás. Pero la confianza ya era algo. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, más se desvanecía mi felicidad, dando paso a la consciencia de que estaba viviendo un sueño, algo que no existía, y que pronto tendría que abrir los ojos y volver a mi realidad.

Fruncí el ceño y me acerqué a la cama para sacar el móvil del bolso. En aquel momento, sentí la necesidad de llamar a mi madre, la única que podía ahuyentar la angustia que sentía por dentro.

Suspiré, llamé y esperé a que contestara.

—Hola, cariño —dijo al segundo tono.

—Hola, mamá, ¿todo bien?

No tenía nada particularmente importante que decirle, solo quería escucharla.

—Sí, ¿y por ahí? ¿Has pasado algo de tiempo con tu padre? —me preguntó, y yo puse los ojos en blanco.

Sabía que iba a hacerme esa pregunta. Mi madre estaba obsesionada con la idea de que entre Matt y yo las cosas podían arreglarse, mientras que yo estaba firmemente convencida de que eso nunca ocurriría. Por ahora estábamos viviendo un período de «paz», había enterrado el hacha de

guerra después de su cumpleaños, pero eso no significaba que estuviera lista para desprenderme de ella por completo y tratarlo como a un padre.

—En realidad no —admití, omitiendo el detalle de que, a cambio, había pasado la noche con el hijo de Mia. Había intuido que mi madre sabía algo de Neil, pero aun así temía su reacción; temía decepcionarla, que me echara de casa y dejase de hablarme para siempre.

¿Qué había hecho?

—Mamá… —dije con voz temblorosa. Me senté en el borde de la cama y me froté una mano en mis vaqueros, nerviosa.

—Dime, cariño. ¿Qué pasa? ¿Otra vez tus migrañas? ¿Has tenido náuseas de nuevo? ¿Tuviste una de tus pesadillas anoche?

La noté asustada y enseguida me sentí culpable. No quería preocuparla, sobre todo porque yo estaba lejos y, conociéndola, sabía que podía coger el primer avión para venir conmigo.

—¿Dejarías de quererme si descubrieras que te he dicho una mentirijilla?

—susurré con lágrimas en los ojos, tratando de controlar mi voz, ya que mi madre tenía la gran habilidad de percibir mi estado de ánimo. A decir verdad, no sabía por qué le había hecho esa pregunta, tal vez porque por primera vez estaba pensando de verdad en las repercusiones si mis padres se enterasen de lo mío con Neil.

—Yo nunca voy a dejar de quererte, Selene. ¿Qué ha pasado? —preguntó preocupada, y me mordí la uña del pulgar para aliviar la tensión. Estaba pensando seriamente en contarle todo, en confesarle la verdad y pedirle su opinión, porque no tenía a nadie con quien hablar, nadie que pudiera aconsejarme.

—¿Te acuerdas de cuando me contaste la historia de la princesa y el caballero oscuro? —le pregunté poniéndome de pie.

—Sí, claro —respondió ella confundida.

—¿Y si el caballero oscuro no se enamora de la princesa? ¿Y si al final elige a otra persona o decide desaparecer para siempre? —dije casi sin respirar, agitada y melancólica al mismo tiempo. La mera idea de que Neil pudiera comprometerse con otra mujer o pedirme que olvidara lo que quiera que hubiese entre nosotros me hizo sentir una presión en el pecho.

—Lo que te conté no era un cuento de hadas, ¿recuerdas? Puede que no haya final feliz —dijo y me detuve en seco, después de dar vueltas por toda la habitación presa de la ansiedad—. Pero puede contener una importante lección que la princesa se lleve para toda la vida —añadió con su habitual sabiduría, y yo sacudí la cabeza.

La única lección que me llevaría sería el sufrimiento por haberme enamorado del hombre equivocado, pero eso no podía decirlo.

—La princesa ha de ser fuerte y estar preparada para todo. Tiene el corazón de una guerrera —declaró, y me imaginé sus ojos azules idénticos a los míos, su sonrisa indulgente y sus brazos amorosos que anhelaba sentir a mi alrededor.

En contra de lo que creía, no era una mujer ni era valiente; al contrario, todavía me sentía una niña con un corazón de cristal que cualquiera podía destrozar. Por eso, la necesidad de sentir el amor de mi madre era tan fuerte como la certeza de que nunca podría capturar el alma de un chico complicado como Neil.

Míster Problemático, de hecho, me atraía hacia sí y me rechazaba constantemente, y estar a su lado implicaba soportar sus cambios de humor y lidiar con su carácter decididamente complejo.

Además de tener que afrontar con él lo que había vivido de niño. Por supuesto, todavía no sabía toda la verdad, pero Logan me había dicho que una mujer llamada Kimberly Bennett había abusado de él. Nunca juzgaría a Neil por su pasado, pero no estaba segura de poder soportar las

consecuencias de un trauma tan grave a su lado. Entendía por qué no conseguía confiar en mí, y también por qué trataba de alejarme, pero no estaba segura de poder curar heridas tan profundas.

Podría hacerlo un médico, un centro psiquiátrico, pastillas, pero no yo.

Los monstruos de Neil eran demasiado grandes para que yo los domara.

Como resultado, cuando estaba con él, alternaba momentos en los que pensaba que todo iba a salir bien, que íbamos a conseguir entendernos y unir nuestras vidas, tan diferentes, y momentos en los que la realidad llamaba a la puerta de la consciencia para decirme que dejara de vivir aferrada a una ilusión.

Derrotada, terminé la llamada con mi madre, después de recordarle que llegaba a casa aquella noche, y luego pasé un rato en el ordenador distrayéndome con música.

Escuchar a mi grupo favorito era terapéutico para mí; me ayudaba a no pensar demasiado y a ahuyentar la ansiedad que a menudo sentía en aquella época.

Me mordí el labio inferior y busqué en YouTube la canción «Fix You» de Coldplay, pero antes de que el vídeo empezara a sonar, dos golpes de nudillos en la puerta llamaron mi atención. Murmuré un «adelante», y Anna, el ama de llaves, apareció en el umbral con su uniforme y el cabello claro recogido en un moño.

—Señorita Selene. Su padre quiere verla —me informó, con las manos entrelazadas en el regazo. Parecía preocupada, a juzgar por la sonrisa triste que me dedicó.

—Todavía no es la hora de comer —contesté después de echar un vistazo rápido al reloj. No entendía qué podía ser tan importante como para que Matt mandara a Anna a buscarme.

—Me temo que tendrá que ir a verlo al salón ahora. Es urgente.

Suspiró y se marchó sin darme tiempo a rebatirle. Parecía haber hecho un enorme esfuerzo para decirme aquellas poquísimas palabras. Me levanté apresuradamente de la cama y cerré el portátil.

Salí de mi cuarto y me dirigí a las escaleras para bajar al salón. Temía que a Matt se le hubiera vuelto a ocurrir la feliz idea de proponerme un fin de semana en Coney Island; si era eso, pensaba negarme. No tenía intención de repetir la experiencia. Por culpa de Neil, de hecho, no guardaba un buen recuerdo del cumpleaños de mi padre.

Me dirigí al salón, pero me detuve cuando vi a Matt de pie con los brazos cruzados, vistiendo un elegante traje azul y una camisa blanca con un chaleco abrochado sobre el abdomen, y a Neil apoyado en las puertas correderas con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. Como de costumbre, estaba guapísimo: la sudadera blanca contrastaba con su piel bronceada y llevaba el tupé despeinado como siempre.

Sus ojos dorados, sin embargo, estaban vidriosos y helados; parecía tenso y nervioso.

—Hombre, aquí estás —dijo Matt en tono de burla. Me miró entornando los ojos y me puse rígida. Fruncí el ceño, sin saber por qué actuaba de esa forma tan extraña, y luego observé a Neil, que no dejaba de mirar a mi padre, como un león a punto de abalanzarse sobre su presa al primer paso en falso.

—¿Qué pasa? —reuní fuerzas para preguntar, aunque mi voz sonó baja e insegura. Mi padre se acarició la perilla con una mano y arqueó una ceja, pensando en quién sabía qué.

—Le he hecho a Neil una pregunta sencilla, pero parece que tiene dificultades para darme una respuesta —replicó desdeñoso, con tono severo. Miré a Neil con la esperanza de entender lo que sucedía, pero él seguía quieto, de pie, fanfarrón y engreído.

—N-no entiendo… —balbuceé.

Una extraña agitación empezó a revolverme el estómago, el corazón se movía de un lado a otro en mi pecho como si se hubiera vuelto loco, y mi respiración se aceleró, creando un nudo insoportable en mi garganta.

—Le he pedido a Neil que me explique cómo es que habéis pasado la noche juntos en la casa de invitados. No me parece una pregunta tan difícil.

¿No crees?

Inclinó la cabeza hacia un lado y me analizó como hacía con sus pacientes. Tragué saliva y me faltó el aire. Esperaba que fuera un mal sueño, traté de mirar a mi alrededor para comprobar que realmente estaba allí, en el salón de la mansión de Matt Anderson, pero, por desgracia, todo parecía absolutamente real.

¿De verdad mi padre lo sabía todo o solo tenía sospechas?

Me estremecí al pensar que nos pudiera haber espiado a través de las puertas acristaladas.

—Pues… yo… —susurré apenas. Mi voz cambió, me temblaban las manos, pero aun así traté de mantener el control. No estaba preparada para enfrentarme a Matt, pero sabía que tenía que ocurrir tarde o temprano.

Instintivamente volví a mirar a Neil, quizás en busca de apoyo, pero él estaba quieto y en silencio, mirándome fijamente, encadenado a la misma angustia que yo.

—¿Y bien? —insistió mi padre, mirándonos a los dos. Luego sacudió la cabeza y se tocó la cara. Tenía el cuerpo tenso y los ojos nublados por una ira espantosa. Retrocedí, porque había visto a mi padre enfadarse pocas veces, pero las recordaba muy bien—. ¡En Coney Island te dije que te alejaras de él! —gritó de repente y yo me eché atrás. Señaló a Neil con un dedo, pero su mirada torva seguía fija en mí. Parecía el cañón de una pistola apuntándome—. ¡Te dije que no cruzaras ciertos límites con él! —añadió,

cada vez más furioso—. ¿Y tú qué? No me has hecho ni caso. Has hecho lo que te ha dado la gana, has cedido. ¿Crees que soy idiota?

Se acercó y yo di un paso atrás, y me choqué con alguien. Me di la vuelta aterrorizada y sorprendí a Anna detrás de mí; Matt la miró furioso y entendimos que no quería espectadores en aquel momento.

—Anna, vaya a ocuparse de sus tareas. Ahora —le ordenó con brusquedad y el ama de llaves asintió, escabulléndose inmediatamente.

Tragué saliva con dificultad y sentí pinchazos en la garganta, los mismos que sentía en el pecho, y traté de mantener la mirada baja. Por primera vez tuve miedo de mi padre.

—¡Maldita sea! ¿Qué hay entre vosotros? ¿Una relación? ¿Estáis juntos?

—preguntó desgañitándose, y tuvo que aclararse la voz por los gritos. Se pasó la mano por la cara otra vez y empezó a caminar frenéticamente frente a nosotros—. ¿Os dais cuenta? ¿Entendéis lo grave que es lo que habéis hecho?

Sacudió la cabeza y comenzó a farfullar palabras incoherentes en voz baja; parecía estar perdiendo la cabeza, los músculos se tensaron bajo su chaqueta ajustada y gotas de sudor empezaron a resbalarle por las sienes.

—¿Desde cuándo existe esta historia absurda? —preguntó, volviéndose ahora hacia Neil—. ¿Desde cuándo? —volvió a gritar y yo me estremecí; mi corazón se desplomó y dejó de latir. Neil, por su parte, seguía inmóvil mirando, sin intimidarse en absoluto, a Matt.

—Desde una semana después de que Selene llegara. Fui yo quien la provocó, es culpa mía. Si quieres cabrearte, hazlo conmigo, no con ella —

replicó él, abriendo la boca por primera vez desde que yo había llegado. Su voz profunda y decidida no manifestó inseguridad alguna. Neil parecía tener el control absoluto de sí mismo, incluso en una circunstancia así de delicada.

Me habría gustado tener aunque fuera una pequeña parte de su indiferencia para calmar la ansiedad que amenazaba con hacerme desfallecer.

Mi padre dirigió toda la atención hacia él y se acercó lentamente, esforzándose por creer lo que acababa de oír.

—¿Una semana después de que llegara? —repitió con voz temblorosa, cerrando los ojos y moviendo la cabeza, visiblemente enfadado y decepcionado—. Confiaba en ti. Pensaba que al menos con mi hija mantendrías tus malditos impulsos a raya, pero no. Has sido tan egoísta como siempre. No me has respetado ni a mí ni a tu madre. ¿Y por qué, Neil? ¿Por un capricho? ¿Por un deseo? ¿Qué demonios te pasó por la cabeza cuando intentabas seducir a mi hija, eh? —vociferó a un palmo de su cara.

Neil apretó la mandíbula, sus rasgos se endurecieron, pero no reaccionó, como me temía. Sus ojos no mostraban emoción alguna.

—¿Hasta dónde has llegado? —preguntó Matt de nuevo y me acerqué para evitar que ocurriese lo peor—. ¿Hasta dónde has llegado con ella?

¡Dímelo!

De repente, agarró a Neil por la sudadera y lo atrajo hacia sí. Mi padre no era tan fuerte como él, no era joven ni atlético, pero aun así era capaz de hacerle daño, sobre todo cuando estaba fuera de sí. Por esa razón, no quise quedarme allí, quieta y asustada, sin reaccionar; así que corrí hacia él y lo agarré por la chaqueta.

—¡No, Matt! —grité y lo aparté de Neil. Estaba temblando como una hoja y tenía lágrimas en los ojos. Notaba las mejillas húmedas, ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba llorando.

—¡Dímelo! ¡Ten el valor de decírmelo, igual que tuviste el valor de hacerlo! ¡Eres repugnante! Tu madre debería avergonzarse de ti.

Matt volvió a señalar con el dedo a Neil y lo miró indignado. Cada insulto y cada palabra eran como un corte en mi piel. Era como si Matt blandiera un cuchillo con el que estuviese haciéndome incisiones en el corazón y no solo en el de Neil.

—Tienes razón —fue todo lo que Neil tuvo fuerzas para responder.

Miró a Matt a los ojos y los pensamientos nublaron sus iris, tanto que las pupilas se volvieron casi imperceptibles y el dorado dio paso a algo turbio.

—En estos cuatro años nunca me he entrometido en tu relación con tu madre, ni en la relación entre tú y tus hermanos. Nunca me he atrevido a reprocharte nada, ni siquiera cuando he visto chicas saliendo de tu habitación constantemente, a pesar de que esta también es mi casa y, créeme, tendría todo el derecho del mundo a expresar mi descontento —

continuó mi padre, cada vez más decepcionado—. Nunca he pretendido sustituir a tu padre. Sé que al principio fue difícil para ti aceptar la relación entre tu madre y yo, por lo que me esforcé en ser un buen compañero para ella y una figura positiva para ti y tus hermanos. Siempre he aceptado tus arrebatos, tus faltas de respeto y tus ofensas verbales. Siempre he tratado de entenderte porque estoy al tanto de tu pasado y de lo que has vivido.

Siempre he tratado de darle buenos consejos a tu madre para que vuestra relación mejore. He hecho todo lo posible para mantener el equilibrio adecuado en esta familia. ¿Cómo has podido hacerme algo así? —preguntó Matt, al borde de las lágrimas, reprimiendo a duras penas los sollozos.

Nunca había visto a mi padre tan devastado. Era una escena desgarradora. Me sentía incapaz de decir nada, además su razonamiento había sido muy profundo y sincero, así como lleno de tristeza y decepción.

—No era mi intención —dijo Neil con voz firme y actitud inflexible; en aquel momento, me pregunté cómo podía mostrarse tan insensible en una situación así—. Todo empezó como un juego… —prosiguió, mirándolo a

los ojos—. Me gustaba provocarla. Siempre me ha atraído lo prohibido, lo vetado, los límites que no puedo cruzar. Sé que es una excusa de mierda, pero no quería llegar tan lejos. La situación se me ha ido de las manos y…

No terminó la frase porque Matt levantó un dedo para callarlo.

—¿Que la situación se te ha ido de las manos? —repitió con una sonrisa amarga—. ¿Como te pasó con Scarlett y con todas las demás? —se burló amargamente.

Me llevé las manos a los labios para reprimir un sollozo que Neil pudo escuchar, y me miró con ese calor ardiente que podía sentir hasta en la piel.

Parecía que pudiera sentir su tristeza, mientras él sentía mi dolor.

Estábamos conectados sin necesidad de hablarnos.

—Lo siento, pero lo inevitable ha ocurrido, Matt. Nosotros…

Dejó la frase en suspenso, confirmando lo que mi padre sospechaba, luego se recolocó la sudadera arrugada y se humedeció el labio inferior.

Temblé, los escalofríos me recorrieron la piel y me precipité en las llamas altas del miedo.

—No tengo palabras —susurró mi padre, muy afectado, y luego retrocedió como si le hubieran dado un fuerte puñetazo en el pecho. Se apoyó en el sofá como si estuviera a punto de derrumbarse en cualquier momento y sacudió la cabeza repetidas veces.

—Matt, también ha sido culpa mía. —Decidí intervenir por primera vez, atrayendo su mirada hacia mí—. No me ha obligado a nada —murmuré, mirando fijamente sus ojos tan negros como la oscuridad que envolvía su mente en aquel momento—. Nos hemos dejado llevar por nuestros instintos, nos hemos equivocado, pero la culpa es de los dos.

Respiré hondo y traté de mostrar una confianza que no tenía. Sin embargo, mi padre redirigió su atención una vez más a Neil, esforzándose por no llorar, por no derrumbarse, por no romperse delante de nosotros.

—¿Acaso te importa? ¿Sientes algo por mi hija? ¿O es solo uno de tus pasatiempos? —preguntó ya sin fuerzas, angustiado.

No parecía lúcido ni capaz de enfrentarse a una posible respuesta negativa. Yo también miré a Neil, esperando oírle hablar, y me quedé mirando sus iris en los que se mezclaban tantas emociones. Había aprendido a leer en su interior y lo que veía no me gustaba nada. Veía a un hombre que intentaba comunicarse conmigo en silencio, a un hombre que intentaba pedirme perdón por lo que iba a decir a continuación. Sacudí la cabeza y retrocedí para protegerme de las palabras afiladas que sus hermosos labios estaban a punto de pronunciar.

—No, Matt. Me sentí atraído por tu hija desde el primer momento. En cuanto la vi, me propuse utilizarla. Y lo he conseguido. He satisfecho mis deseos para luego deshacerme de ella, como hago con todas. Siempre he pensado que yo no era adecuado para ella y sigo pensándolo. No la quiero, nunca la he querido y nunca la querré…, simplemente porque yo no creo en el amor.

Su voz era tan austera y la actitud tan gélida que me doblé de dolor. Matt cerró los ojos y al mismo tiempo yo cerré mi corazón y decidí tirar la llave.

Sentí que mi cuerpo se rompía en pedazos minúsculos, como un jarrón de cerámica destrozado en el suelo; las lágrimas silenciosas se deslizaron incontrolablemente por mis pómulos, mi alma se consumió para disolverse en la nada, mientras Neil permanecía allí, quieto, presenciando mi destrucción.

Lo miré por tiempo indefinido con la esperanza de escucharlo decir algo más, pero cuanto más miraba su cara, más me daba cuenta de que no iba a suceder. Tenía una sensación de ahogo y frío, mucho frío. Caí en un abismo de dolor del que no sabía cómo iba a salir. En mi interior se abrieron grietas profundas, el corazón me latía tan rápido que temí que explotara. Di un

paso atrás y, como aviones de papel, vi volar cada sueño, cada expectativa, todo en lo que había creído.

Ilusa de mí, me dije y pensé otra vez en lo que habíamos compartido.

«Yo te llamo como quiero, Campanilla», había dicho la primera vez que había utilizado aquel mote. Solo llevaba unas horas en Nueva York y me había perdido de camino a una librería cualquiera, luego me lo había encontrado en la acera con los locos de sus amigos, como si el destino quisiera burlarse de mí, poniéndome delante el ángel más hermoso que había visto en mi vida. Me había dejado embrujar, sin saber que acababa de ser expulsado del paraíso, porque estaba destinado a vivir en el infierno.

«Mi cama olía a coco esta mañana», había dicho después de cometer el error fatal que más tarde repetiríamos sin cesar. «La verdad está en los detalles, Selene.» Yo creía que la verdad era un sentimiento que él ocultaba para no mostrarme su lado más humano. En cambio, había sido una estúpida al creer cada palabra que me había dicho, al pensar que podría haber un futuro entre nosotros. El amor a menudo te vuelve ciego e irracional, y eso era lo que me había pasado a mí. Debería haberle dado la libertad que buscaba y tendría que haberle dejado marchar hace tiempo.

Se merecía vivir su vida sin mí, si eso era lo que quería, y yo estaba dispuesta a aceptarlo con tal de que fuera feliz.

—Estaba claro —susurró mi padre con sarcasmo—. Me has decepcionado profundamente —añadió con amargura.

De repente, en la habitación se oyó un sollozo inesperado. Me giré y vi que Mia estaba allí. No había reparado en su presencia. Sus ojos azules estaban angustiados y miraba a su hijo con incredulidad, con una mano sobre la boca para contener las lágrimas.

—Neil… —murmuró sin más, pues no había nada más que añadir, nada más que decir. El silencio se cernía sobre nosotros, ni un solo ruido movía

el aire del salón.

—Me haces daño, Neil. —Hablé después de unos minutos que parecieron interminables, y mi padre y Mia se volvieron hacia mí; sentí sus miradas, pero con las últimas fuerzas que me quedaban, decidí continuar—: Me haces daño cuando me tocas, cuando me besas, incluso cuando me hablas.

Provocas emociones devastadoras capaces de destruir incluso a la mujer más fuerte del mundo. Y ambos sabemos que no lo soy. —Me pasé el dorso de la mano por la mejilla y, tras respirar hondo, proseguí—: Eres complicado y problemático, y sin duda no eres el chico que una querría presentarle a su padre como novio. Pero eres el único con quien me he reído y he llorado, el único con quien he sentido emociones indescriptibles, el único con quien mi corazón se ha despertado, el único con quien me he sentido viva. Sí, viva. Serás imperfecto y a veces insoportable… —Sonreí débilmente, rezando para poder terminar mi discurso—. Pero he oído latir tu corazón más de una vez cuando estaba a tu lado y no por la estúpida excitación de la que tanto hablas. Tal vez nunca estés en condiciones de tener una relación, tal vez necesites más tiempo, tal vez no sea yo la persona adecuada, pero sé que, ahí dentro, una parte de ti solo necesita que te quieran. Lo conozco todo de ti, y de memoria, ¿sabes? Cada error, cada necesidad, cada paso en falso, cada defecto y tal vez incluso cada debilidad.

Pero, a pesar de tus palabras crueles, sigo pensando que eres increíble tal y como eres. Recordaré todo lo que hemos vivido juntos, lo llevaré dentro de mí. Puedo parecer tonta ahora mismo, pero… gracias por todo lo que me has enseñado. —Suspiré y me humedecí los labios secos antes de continuar

—. Me has enseñado a no creer en los cuentos de hadas, a reconstruir los sueños cuando una tormenta los destruye. Me has enseñado a ser más fuerte, a enfrentar la vida con la cabeza bien alta, porque está llena de trampas y obstáculos. Me has enseñado a ser una mujer, aunque en el fondo

ambos sabemos que sigo siendo una niña. Me has enseñado a ser paciente, porque las personas especiales precisan de tiempo para comprenderlas —

concluí con un hilo de voz, y dejé que mis palabras flotaran en el aire; no me importaba si llegaban o no a su corazón, lo importante era que las había pronunciado.

A pesar de todo, no podía odiarlo, porque el odio era el sentimiento opuesto al amor y nunca podría asociarlo con Neil.

Estaba decepcionada, con el corazón roto, pero por fin lo había entendido todo.

Había entendido que me había engañado, que no significaba nada para él.

Si le hubiese importado, no habría tocado a nadie más que a mí, habría tenido el valor de luchar contra mi padre para proteger lo que había entre nosotros. Yo solo lo quería a él, pero él no sentía nada por mí.

Cuando quieres a alguien, no le haces daño, y Neil siempre me había hecho daño.

Había sido una estúpida al creer que era mío, incluso en los pocos momentos en los que se entregaba a mí, pero en realidad no lo era. No lo había sido nunca. Me di cuenta de que me había equivocado, porque nunca podría salvarlo ni arreglar nada. El amor no bastaba para redimir a los condenados. Estaba tan convencida que había dejado incluso de leer novelas románticas, porque me engañaban y me hacían desear cosas que no existían. Habría luchado por Neil, por nosotros, pero ahora entendía que no había esperanza si él no me tendía la mano. Había hecho todo lo posible para entrar en su corazón, pero la verdad era que no dejaba entrar a nadie, ni siquiera a mí.

Mi amor nunca sería correspondido, porque su dolor siempre sería más fuerte que todo lo demás.

Neil era como un águila negra que volaba alto, volaba lejos, imposible de alcanzar. Nunca se detendría, porque buscaba lo infinito y no lo finito. Para él, el amor era cautiverio y no libertad.

Había soñado con la posibilidad de estar juntos, incluso durante el coma, pero sabía que seguiría siendo solo un sueño, un sueño precioso. Ahora lo entendía y esperaba que Neil también soñara conmigo de vez en cuando; esperaba que al menos allí, en nuestro país de Nunca Jamás, pudiésemos ser felices.

¿Cómo acababa la historia?

¿Peter elegía a Wendy?

Yo esperaba que eligiera a Campanilla…, al menos allí, en los sueños.

Aquella misma noche volví a casa con una nueva certeza, dispuesta a retomar las riendas de mi vida. Nunca dejaría de pensar en Neil, porque él seguiría dentro de mí para siempre, pero intentaría seguir adelante. Cuando llegué a casa, mi madre no me hizo ninguna pregunta. Sabía que estaba al corriente de todo por Matt, ya que había escuchado su llamada antes de montarme en el taxi para irme, pero mi madre me saludó con un abrazo cariñoso y un beso en la frente, exactamente en el punto surcado por la cicatriz.

—Te he hecho pastel de cereza —me dijo, refiriéndose a la tarta cuyo olor ya había percibido en el aire; luego pasamos la noche tiradas en el sofá viendo una comedia americana y nos quedamos dormidas juntas en una posición muy graciosa.

Había pasado más de una semana desde entonces. Neil no se había puesto en contacto conmigo, ni por mensajes ni por llamadas, pero aun así no conseguía acostumbrarme a su ausencia. Me preguntaba todos los días qué estaría haciendo y cómo. Estaba firmemente convencida de que no me

echaba de menos y de que nunca iba a pedirme perdón por lo que había dicho. Después de todo, Neil solo había sido sincero. Le había confesado a mi padre lo que sentía, lo que había intentado hacerme entender en repetidas ocasiones. Yo sabía desde el principio que amar a alguien suponía un riesgo; me había arriesgado y, ahora, tendría que pagar las consecuencias. Además, no estaba destrozada solo por las palabras con las que Neil se había referido a mí, sino también por la reacción de Matt, que había sido tan devastadora que temía que nunca se recuperara del shock.

—¿En qué piensas? —me preguntó Janel cuando estábamos en la biblioteca de la facultad de la Universidad Estatal de Wayne.

Desde hacía unos días había retomado las clases, porque según la doctora Rowland ya podía dedicarme tranquilamente a todas mis actividades diarias.

—La verdad es que desde que volviste de Nueva York pareces ausente —

intervino Bailey, enrollándose un mechón de pelo rojo en el dedo índice.

¿Cómo podía hablar de lo que había pasado sin derrumbarme?

Prefería guardármelo todo dentro, porque no podía expresarme con palabras sin parecer destrozada, y no quería preocupar a mis amigas.

—Va todo bien. Estoy estudiando mucho estos días para recuperar el tiempo perdido —respondí con una sonrisa tensa.

Era verdad. Me había volcado en los estudios para no perder mis buenas notas, pero sobre todo para distraerme: pasar las tardes encorvada sobre los libros me ayudaba a no pensar.

—Oye, si necesitas algo, aquí estamos.

Janel estiró un brazo por encima de la mesa y me acarició el dorso de la mano. En aquel momento sentí que el corazón me daba un brinco, y me escocieron los ojos. Sacudí la cabeza e intenté tranquilizarla con otra sonrisa.

—Imaginaba que te encontraría aquí. ¿Quién coño te ha dado permiso para coger mi coche?

Las tres dimos un respingo cuando Ivan, el hermano gemelo de Janel, apareció de la nada, enfadadísimo con su hermana. El problema siempre era el mismo: no quería que ella tocara su precioso coche.

—¿Estás loco? Estamos en la biblioteca —replicó molesta, y yo me eché a reír.

Algunas cosas no habían cambiado en absoluto, y el comportamiento de Ivan era una de ellas. Lo conocía desde hacía dos años, exactamente desde el día en que me había hecho amiga de Janel. Tenían un carácter muy parecido, y por eso se llevaban tan mal. Eran gemelos heterocigóticos. Ivan tenía los ojos verdes y Janel lo envidiaba por eso. Además, era diez minutos mayor que ella y ponía especial cuidado en sacarlo a relucir en cada una de sus discusiones. Ese día llevaba ropa deportiva, como de costumbre, y le quedaba muy bien. Jugaba al baloncesto y era alto y atlético, con una espesa cabellera negra que enmarcaba su rostro masculino.

—Es que he perdido el autobús. ¿Qué pasa? —replicó Janel, resoplando y encogiéndose de hombros con indiferencia, una actitud que hizo enfurecer a su hermano.

—He venido en bicicleta porque mi coche no estaba aparcado en su sitio.

Eso es lo que pasa —exclamó Ivan, señalándola con el dedo. Bailey y yo apenas podíamos contener la risa; sus peleas siempre eran muy divertidas.

—Oh, venga, no seas niñato. Si hasta he limpiado los asientos, que quién sabe cuántos fluidos corporales habrá ahí.

Janel puso una mueca de asco, pero tenía razón: Ivan estaba muy ocupado con las estudiantes del campus, y el coche era donde más tiempo pasaba con ellas.

En ese momento nos echamos a reír. Bailey intentó taparse la cara para disimular y yo le di una patada por debajo de la mesa. Entonces Ivan enarcó una ceja y nos miró muy serio, cruzando los brazos sobre el pecho.

—¿De qué demonios os reís? —preguntó mirándonos primero a una y luego a la otra.

—Nada, nos solidarizamos con Janel. Hace falta valor para entrar en tu coche —le dije en broma y él extendió un brazo para despeinarme el flequillo. Siempre lo hacía y yo no lo soportaba.

—Para. —Le di una palmada en la mano y sonrió socarronamente.

—Ya está, ahora estás mucho más guapa —se burló de mí, mostrando el hoyuelo de su mejilla derecha, un detalle que volvía locas a muchas chicas.

Yo estaba convencida de que ese hoyuelo estaba maldito: tenía el poder de enamorar a cualquiera.

—En cuanto a ti, ya hablaremos en casa.

Ivan se volvió hacia Janel y se alejó, no sin antes echarme una última mirada furtiva, seguida de un guiño. A pesar de su actitud de flipado, yo sabía que en realidad era un tipo listo e inteligente. Cuando no estaba entrenando, estudiaba, y había tenido la amabilidad de pasarme los apuntes que me estaban permitiendo ponerme al día con los estudios.

Bailey me miró con una sonrisa traviesa y yo fruncí el ceño.

—¿Qué? —pregunté curiosa.

Mi amiga adoptó una posición sensual y tamborileó con los dedos sobre la mesa. Siempre hacía eso cuando estaba a punto de decir una de sus tonterías.

—Te pega —contestó, y Janel levantó la cara del libro para mirarla.

—¿Ivan?

Dejé escapar una risita y sacudí la cabeza. Era guapo, pero tenía la misma reputación que Neil. Cambiaba de novia con la misma frecuencia con la que

entrenaba, y yo había decidido pasar de los tíos así. No iba a volver a caer en la trampa. Me puse triste al pensar de nuevo en mi problemático. En sus ojos dorados, su olor almizclado, sus frases perversas, sus sonrisas enigmáticas.

Neil no estaba allí, pero siempre estaba en mi cabeza.

Era una verdadera obsesión.

—¡No, de ninguna manera! —afirmé con severidad, tratando de poner fin a aquella tontería.

—Eres guapa e inteligente, creo que a él también le podrías gustar. No me importaría tenerte como cuñada —comentó Janel con ironía, pero yo no pensaba cambiar de opinión.

—Ivan es un buen tipo, pero…

Hice una pausa. Mi corazón estaba en otro lugar. No estaba preparada para salir con nadie, y quizá no lo estaría durante mucho tiempo.

—Selene, no puedes prohibirte salir con otros chicos solo porque conociste a un grandísimo cabrón en Nueva York.

Bailey me regañó y yo me estremecí.

—Sí. Has perdido la virginidad con él, vale, pero considéralo una experiencia —le restó importancia Janel—. No puedes vivir atada para siempre a su recuerdo —añadió preocupada.

Yo, por toda respuesta, me quedé mirando la mesa, reflexionando sobre sus palabras, perdida en mis pensamientos.

¿Cómo iba a olvidar a Neil?

Cuando lo conocí, pensé que era como los demás.

Guapísimo e insignificante.

Creía que su vida era perfecta, que se acostaba con muchas mujeres distintas solo por aburrimiento.

La primera noche no dormí por los gritos de Jennifer y yo hasta me compré tapones, aunque él no lo sabía.

¿Y cuando me robó el puñado de palomitas en el sofá? Me había dado cuenta de lo prepotente que era.

Lo odiaba, no lo soportaba en absoluto, sobre todo cuando me trataba como a una niña e intentaba dominarme con su experiencia.

Se burlaba de mí cuando no alcanzaba a entender muchas cosas, cuando no estaba a su altura en el sexo y me sonrojaba con sus bromas maliciosas.

Tenía novio, pero lo había conocido y, desde entonces, no podía evitar desearlo.

Al principio había sido superficial y poco atenta con él, pero siempre pensé que era diferente.

Cada día era un descubrimiento.

Era especial.

Tenía un caos enorme dentro, y por eso no sentía ningún resentimiento ni odio hacia él.

Nunca le habría hecho daño, ni siquiera después de que él me lo hiciese a mí una vez más.

Solo le habría dicho… gracias.

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