Un juego peligroso

Kira Shell · Capítulo 1 de 21

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Un juego peligroso

Epígrafe

El amor es un lío enorme.

A veces hace enloquecer a todo el mundo.

KIRA SHELL

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A todos mis lectores

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Prólogo

El país de Nunca Jamás no existía,

pero yo creía poder volar tras las estrellas.

KIRA SHELL

E staba sentado en el sofá del salón mirando un cuadro de Jesucristo.

Mi madre me decía que tenía que darle las gracias a Dios todos los días, rezar una oración cada noche e ir con ella a misa.

Decía que a mí me pasaba algo, que el coco del que tanto hablaba era un monstruo que solo existía en mi cabeza y que la Iglesia sería mi salvación.

No me entendía.

—Te juro que existe —repetía continuamente, sobre todo cuando volvía del colegio y las maestras la llamaban para hablarle de mi mal comportamiento.

Como aquel día.

—¡Deja de decir mentiras! —me regañó mamá—. ¡Lo que has hecho es inaceptable! —me gritó, porque mi profesora le había contado que había toqueteado a una compañera de clase, pero en realidad no había sido así.

Solo le había puesto la mano en el muslo mientras ella lloraba porque había sacado una mala nota. La maestra nos había visto y había pensado que la estaba tocando de una forma poco apropiada para un niño. Así que estaba intentando explicarle a mamá que esas cosas feas me las hacía a mí

el coco, pero que yo no se las haría jamás a nadie. Pero era como si no me escuchase.

—Tienes que creerme, mamá —le susurré con tristeza.

—¡Ya es la segunda vez que me llaman para hablarme de tus comportamientos absurdos, Neil! ¿Por qué demonios haces estas cosas?

¿Lo haces para llamar la atención? ¿Eh?

Se tocó la barriga con una mano; ya faltaban pocos meses para que naciera Chloe, y mi madre no estaba tranquila.

No quería enfadarla como la última vez. Lo pasaba muy mal y papá me castigaba.

—Mamá, yo…

No llegué a terminar la frase porque ella se acercó a mí y me dio una bofetada en la cara. Me hizo tanto daño que me temblaba el labio. La miré con los ojos llenos de lágrimas y la mejilla dolorida, pero mi madre permaneció fría y me señaló las escaleras con el dedo índice.

—¡A tu habitación! —me ordenó con severidad, y yo agaché la cabeza y obedecí.

Subí al piso de arriba corriendo y cerré la puerta detrás de mí. No tenía ganas de ver a nadie. Me sentía solo e incomprendido. Me arrodillé a los pies de la cama y junté las manos en señal de oración, como mi madre me había dicho siempre que hiciera. Luego levanté el rostro y hablé:

«Dios, te ruego que hagas acabar esta tortura.

¿Por qué Kim me ha elegido a mí?

¿Qué he hecho mal? Dímelo, porque yo no lo entiendo.

Te pido perdón.

Te pido perdón si en Navidad pedí demasiados regalos.

Te pido perdón si alguna vez he contestado mal a mi madre sin querer.

Te pido perdón por haberle escondido la merienda a Logan para molestarle.

Te pido perdón si estoy celoso por la llegada de mi hermanita Chloe, solo tengo miedo de que mi madre se olvide de mí.

Te pido perdón por haber hecho enfadar a papá por mancharle la camisa nueva con zumo.

Te pido perdón por no acordarme de la última estrofa del poema en el cole, cuando la profe me dijo que tenía que habérmelo estudiado mejor.

Te pido perdón por no ser capaz todavía de atarme los cordones solo ni lavarme bien los dientes.

Te pido perdón por haber tirado los cereales al suelo a mi hermano por error esta mañana.

Te pido perdón por todo, pero tú, por favor…, ayúdame».

Los niños temían que los monstruos se escondieran debajo de la cama, detrás de las cortinas o en el armario, pero para nada era así.

Paseaban por nuestro mundo, tenían un aspecto engañoso y una sonrisa misteriosa.

Te tendían la mano y te ofrecían un caramelo, y luego te invitaban amablemente a seguirlos.

Allí, en la oscuridad, en un lugar turbio y desconocido, te arrancaban la piel y tus gritos se apagaban en una lenta agonía.

Un día, uno de estos monstruos se me había sentado al lado y, sin permiso, había echado abajo la puerta de mi alma, había invadido mi corazón y había contaminado con su veneno cada parte de mi cuerpo.

Yo había luchado mucho por defenderme, pero el monstruo se había fundido y confundido conmigo demasiado rápido, creando el caos.

La esperanza se hacía añicos cada vez que me tocaba, y el castillo de mi inocencia había empezado a derrumbarse muy despacio con cada oleada de dolor.

Entonces había nacido dentro de mí el enemigo.

Habían empezado a coexistir dos almas.

Distintas, opuestas, lejanas.

Así había aprendido a manejarlas y aceptarlas, y me había convertido, con el tiempo, en…

El enemigo de mí mismo.

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