Un juego peligroso

Kira Shell · Capítulo 16 de 21

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Un juego peligroso

Capítulo 15

Neil

Cuidado con el hombre corriente, con la mujer corriente. Cuidado con su amor. Su amor es corriente, busca lo corriente.

CHARLES BUKOWSKI

« S i yo te…»

¿En serio iba a declararse?

Por suerte, no dejé a Selene ni terminar la frase; el negro de mis pupilas había absorbido el mar cristalino de su mirada, en el que me reflejaba, me perdía, me ahogaba, para luego salir a la superficie y volver a sumergirme en mi mundo retorcido.

El único lugar posible para mí.

Era yo quien estaba mal.

Era yo quien ni siquiera sabía lo que quería realmente.

Por un lado, quería estar solo, no quería atarme a nadie, no podía dar nada y no podía esperar nada a cambio; por otro, no podía quitarme de la cabeza a Selene: su piel me volvía loco, igual que sus labios, su aroma a coco, sus piernas y todas aquellas líneas que Dios había unido a la perfección cuando la había creado. Su cuerpo, para mí, era una carretera sinuosa que había recorrido más de una vez en mi coche, pero, joder, no

quería depender de ella, no quería tener una relación, porque habría roto todas las reglas, como ya solía hacer, y le habría roto el corazón.

Ya lo sabía.

Le había hecho daño muchas veces, pero habría sido aún más grave hacerle daño si teníamos una relación de la que esperaba respeto, fidelidad, atención y todas esas gilipolleces que conllevaba. Yo no era el hombre adecuado, no era un coche que pudiera aparcarse en un garaje.

Era un coche de carreras, dispuesto a asumir retos, peligros, saltos al vacío. Era un coche para tener accidentes, para destruir o para ser destruido.

Era un coche libre que corría solo hacia una única meta: la nada.

¿Quería llevarla conmigo?

No. Nunca habría hecho eso.

Ella se merecía su final feliz, la historia perfecta, un futuro brillante. Era una princesa que tenía que encontrar a su príncipe azul. Se merecía formar una familia, tener un marido cariñoso a su lado, hijos con su misma alma pura y el mar en los ojos.

No obstante, era consciente de que en parte ya la había contaminado; había dejado que entrara en contacto con mi mundo distorsionado el día que la había desvirgado y luego había seguido follando con ella, follándomelo todo de ella, hasta el punto de convertirla en el blanco de un maníaco que me perseguía a mí, como ella misma había confirmado poco antes, cuando me había gritado que su accidente lo había provocado Player.

Si me hubiera dado cuenta de que Selene se estaba enamorando de mí, habría parado antes; nunca habría creído que la niña, cabezota, torpe y guapísima, perdería la cabeza por mí, pero el destino me tenía reservado este otro problema.

Todavía no me lo podía creer, joder.

¿Cómo había podido pasar?

Selene buscaba un hombre que le hiciera perder la cabeza; yo, en cambio, buscaba alguien que me ayudara a encontrarla.

Éramos opuestos, diferentes, dos dimensiones muy lejanas.

Perdido en los pensamientos más caóticos, caminé enérgicamente hacia su casa mientras Campanilla me seguía cojeando por el tacón roto. El deseo de coger el primer avión como un ladrón que acaba de atracar un banco era enorme; y, sin embargo, al mismo tiempo, quería intentar no volver a cometer el mismo error de siempre: huir.

No sabía cómo comportarme. Ninguno de los dos había pronunciado palabra después de nuestro beso de vértigo, un beso que me había despertado las ganas de tocarla, de hacerla gritar, sudar, temblar, gozar debajo de mí, consumida por el placer más extremo.

Todavía tenía los músculos agitados y una erección que debía mantener a raya por la anorgasmia que no podía revelarle a nadie, y menos a ella.

Mientras caminaba, notaba su sabor dulce en los labios, podía oír los tímidos gemidos que habían llegado amortiguados a mis oídos, su deseo doblegado a mi voluntad, como si yo fuera un rey, una divinidad, que había llegado a incidir en ella. Incluso percibía en las fosas nasales el olor a coco que me había aturdido, peor que la marihuana, peor que el ron, peor que una puta experimentada.

Era solo perfume de coco, pero habría querido absorberlo todo y dejar que fluyera a través de mí, como una panacea que me limpiaría del veneno, de los recuerdos, de las manos del monstruo de Kimberly sobre mí.

Al llegar a la puerta principal, suspiré y me volví hacia ella, que tenía la mirada perdida en un punto en el vacío, en completo silencio. Tal vez se sentía avergonzada o angustiada por mi reacción; me dieron ganas de acariciarla, pero desistí.

«Si yo te…»

No, no podía ser. Selene no podía amarme.

—¿Te quedas o…? —susurró con un hilo de voz, sin acabar. Le temblaba la voz, y sus manos esbeltas se torturaban presa de una agitación que no podía controlar. Evitaba mirarme porque sabía lo cabreado que estaba y que todo iba mal.

Otro hombre en mi lugar se habría alegrado de que la única chica que creía perfecta de verdad le estuviese dando prácticamente su corazón, pero yo no. No me alegraba, porque odiaba las cosas bonitas. El destino se burlaba de mí, me las daba a probar y luego me las arrebataba. Me había pasado demasiadas veces, y no iba a volver a caer en la trampa.

Había vivido una vida terrible, y por eso no podía apreciar a aquella hada de ojos cristalinos en mi camino.

Mi sitio estaba en otra parte y mi mundo era diferente al suyo.

—¿Y bien? —balbuceó, y su dulce voz sonó como una cuerda retorciéndose alrededor de mi cuello.

En aquel momento, todo en ella me molestaba: su cara blanca como la nieve, sus labios carnosos, incluso su presencia.

Sin embargo, no era culpa suya en absoluto, sino mía.

Yo era defectuoso y caótico; mi única certeza era que tenía demasiadas dudas.

—Cállate, Selene. No respires siquiera —le espeté con desprecio, sacando a relucir la otra parte de mí, la cruel, que estaba luchando por el control y que yo mismo odiaba.

Me hacía perder el control y solo veía ante mí infinidad de dibujos psicodélicos, solo colores contrastados, solo siluetas y líneas fluorescentes, como si estuviera bajo la influencia de alguna droga que no era más que la rabia.

Mi peor enemiga.

Mi respiración era demasiado acelerada, solo había hecho falta una palabra, suspendida en el aire, para hacer saltar el resorte de la locura en mi cabeza.

—No entiendo por qué estás enfadado.

Selene sacó las llaves del bolso con manos temblorosas, y trató de meterlas en la cerradura. No lo consiguió a la primera y se le cayeron al suelo; se agachó y las recogió para volver a intentarlo.

—No tiembles como una niña pequeña y abre la puerta —le ordené molesto, y ella abrió los ojos de par en par asustada, y pude ver en ellos la tormenta provocada por mí.

Cuando por fin abrió, la seguí dentro de la casa, que estaba completamente a oscuras. Afortunadamente, su madre aún no había vuelto.

Selene encendió el interruptor de la luz y subió las escaleras, sin dedicarme una sola mirada, así que la seguí, como el prepotente que era, y le miré el culo, con ganas de azotárselo.

Era una contradicción viviente: la odiaba, pero también quería follármela.

Maldición.

—Nadie te ha dicho que me sigas —me regañó, quitándose el abrigo, antes de entrar en lo que supuse que era su dormitorio.

Crucé el umbral de la habitación e inmediatamente admiré la decoración, elegante y sobria; luego desvié la mirada hacia Selene, que se estaba quitando las botas para quedarse con sus calcetines de colores.

—Tenemos que hablar —le dije con gesto torvo, pasándome una mano por la cara.

Estaba inquieto y nervioso, sentía que estaba a punto de explotar, estallar y destruir algo. Sabía que volvería a hacerle daño, porque era lo que mejor se me daba.

Era tan complejo que no entendía una mierda de mí mismo.

Sentía un cansancio amargo por dentro.

Me sentía abatido y derrotado por la vida.

Pero sobre todo solo.

Tan solo como estaba a los diez años, cuando en mi habitación me lamía las heridas como un perro apaleado que vagaba confuso por las calles desiertas de una sociedad inhumana.

Como cuando me secaba las lágrimas que me corrían por el rostro.

Como cuando me encerraba en mi caparazón, donde me protegía de todos, donde me sentía seguro, lejos de ataduras.

No confiaba en nadie, no me dejaba atrapar, porque si pasara algo así me moriría.

Había levantado un muro infranqueable para alejar el dolor de mí, pero también el amor.

Y Selene no quería entenderlo.

—¡No tenía que pasar esto!

Levanté la voz y ella se sobresaltó. Otra vez estaba furioso, cuando menos. La niña se mordió el labio y contuvo la respiración, sin saber cómo actuar, pero sobre todo cómo enfrentarse a mí.

—Yo no quería… —intentó decir, pero no la dejé hablar.

Aquella era mi marca, mi trazo distintivo, dominar a todo el mundo, no aceptar ninguna excusa.

—¿No querías qué? ¿Qué coño no querías, Selene? —grité, fuera de mí, y me di cuenta de que estaba temblando—. No tenías que encariñarte de alguien como yo. La palabra que ibas a pronunciar en ese parque no debe existir entre tú y yo, no debes asociar eso conmigo. ¿Qué es lo que no te queda claro de todo esto, eh?

La señalé con un dedo, consciente de que estaba exagerando y de que ella no se merecía aquel comportamiento, pero los recuerdos del trauma me

habían sobrepasado y me habían empujado por un acantilado.

Ahora estaba en caída libre e iba a chocar contra la chica asustada que tenía frente a mí.

—¡No quería decir nada! Fue el momento, la situación, no lo pensé lo suficiente —se defendió, tropezándose con sus propias palabras. Me estaba mintiendo, ya la conocía bien y sabía interpretarla como un libro abierto, sabía que solo intentaba protegerse de mí, remediar el error que ya había cometido.

—¿Así que no ibas a decirme que te has enamorado de mí? —repetí con una sonrisa sádica—. Pero si lo habrías dicho claramente si no te hubiese detenido. Y tú no le dirías eso a cualquiera, Selene. ¡Tú también estás enferma, enferma de amor, pero yo no soy tu cura, no soy tu medicina! —le espeté, usando palabras afiladas como cuchillos, sin importarme que le cortaran el corazón—. Yo no he nacido para amar, Selene. Hago complicadas las cosas sencillas, e imposibles las cosas difíciles. Soy así. Mi propósito en la vida no es amar a alguien. No sé qué es ese maldito amor que todos los demás os engañáis a vosotros mismos para sentir, que todos ensalzáis sin saber siquiera qué demonios es. ¿Te ha quedado claro o no?

Y retorcí la punta de mi cuchillo invisible en las heridas que ya le había infligido, alimentándome de su dolor.

Tenía tanta rabia dentro de mí que era esclavo de ella.

Estaba tan desilusionado con la vida que me había vuelto insensible.

Era el resultado de este mundo cruel. Ya no tenía corazón, porque me lo habían arrancado cuando era solo un niño.

Así que no podía dárselo a Selene, a quien quería y no quería.

Sí, no quería una relación con ella, pero quería follármela en aquella cama y taparle la boca con mi lengua.

Yo era el rey del caos o, quizás, el caos reinaba en mí.

Ya no entendía nada.

—Me ha quedado clarísimo, pero no es culpa mía. Además, ¡estás mal de la cabeza! Hasta hace media hora me estabas besando y ahora me gritas sin motivo. —Su voz bajó un tono con cada palabra y se tapó los ojos con una mano. Estaba llorando, pero intentaba ocultármelo.

Selene no podía entenderme porque no conocía la verdad. No era consciente de lo que Kim me decía: que me utilizaba porque me quería y que, según ella, nuestra relación escondía un amor incomprensible para los demás.

—¡Sí que tengo un motivo! —le grité—. Odio la palabra «amor». No quiero oírla, y menos de ti —le dejé claro, aunque me daba cuenta de que Selene no era como Kimberly; entre la niña y yo nunca había existido la violencia que yo había sufrido en la relación malsana con la niñera.

Si hubiese tenido el valor de confesárselo todo…

—¡Estás loco! —reaccionó por fin Selene, y me miró con rabia y decepción. Me sentí aliviado. Si me hubiese gritado que era un cabrón, que no era adecuado para ella, que era una persona problemática de cojones, me habría parecido justo.

—Sí, eso es. Soy un loco.

Me apoyé en su escritorio, derrotado por mi propia aceptación, y me froté la frente, que comenzó a palpitar.

Selene dejó escapar un suspiro pesado y se encogió de hombros. Cuando la miré y me fijé en que el jersey que llevaba le marcaba a la perfección sus firmes pechos, pensé en empujarla sobre la cama, en someterla y resolver todo sin «hablar».

—Deberías dejar de tener miedo, de huir de mí y de encerrarte en ti mismo. Puede que sea la única que…

Pero, una vez más, no la dejé terminar. Selene se negaba a afrontar la realidad: yo era huraño y demasiado problemático para pensar en compartir mi vida con una mujer.

—¡Para, joder! —exclamé, y luego bajé la cabeza hacia mi mano porque un fuerte dolor de cabeza me obligó a cerrar los ojos.

Por favor, para. No digas que tengo que abrirme contigo, no digas que serías la única para mí o que me aceptarías como soy, porque podría incluso creerlo. Y acabaría creyendo también en las cosas bonitas.

Tú eres una cosa bonita, Campanilla, demasiado. Si te abriera mi corazón y luego decidieses marcharte o alguien te alejara de mí, me haría pedazos.

Para no desmoronarme, no debo depender de nadie, y menos de ti. Podrías hacerme daño, y no puedo permitir que me rompas.

O que me consumas.

Ya me han hecho daño. Pero si Kimberly consiguió destruirme, tú tendrías el inmenso poder de matarme.

Y no puedo dejar que lo hagas.

Sin embargo, en lugar de decirle todo lo que pensaba, guardé silencio.

—¿Ahora qué vas a hacer? —me preguntó y no pude responder—. ¿La tarde que hemos pasado juntos no ha tenido ningún valor para ti? —Otra pregunta que ignoré—. ¿Nuestro beso no ha significado nada para ti?

Ella esperaba una respuesta que le respondiera, pero yo no dije nada en absoluto.

—Neil…

Hice girar lentamente el pulgar y el índice sobre mi frente en busca de un alivio que no llegó.

—Tengo que irme.

Eso fue todo lo que le concedí, porque no podía darle nada más.

—¿Otra vez? ¿Quieres huir de nuevo? —me preguntó ella, incrédula y resignada. En ese momento levanté la mirada hacia ella y vi que tenía los ojos vidriosos y le temblaba el labio. Quería besarla y ponerle fin a todo este tormento, pero ella continuó—: Neil, deja de hacerme daño. ¿Has venido a verme para esto? ¿Para herirme otra vez?

No. No estaba allí por eso. Le había dicho a Logan que nunca iría a Detroit, estaba firmemente convencido, hasta que mi hermano me había dicho: «Si la pierdes, no volverás a encontrar a nadie como Selene tan fácilmente», y entonces había cogido el primer avión y había ido a buscar a mi Campanilla, cometiendo una gran estupidez.

—Debías habértelo esperado —contesté cínico y ella se sentó en la cama con los hombros encorvados. Sus manos descansaban sobre sus muslos y el pelo castaño le caía sobre los pechos. Sacudí la cabeza, ahuyentando la idea de consolarla, y me dirigí hacia la puerta del dormitorio. Sin embargo, unos sollozos repentinos me hicieron detenerme.

¿Cuántas veces le había faltado al respeto? ¿Cuántas veces le había fallado?

¿Cuánto aguantaría mi hada hasta que sus alas se rompieran?

Me di la vuelta y la vi acurrucada en la cama, en posición fetal. Ahora parecía una niña de verdad. Suspiré, me acerqué a ella y me senté en el borde del colchón sin pedirle permiso. Ella me ignoró y me quedé mirando su pequeña nariz curvada hacia arriba; me gustaba darle un beso allí de vez en cuando, sobre todo cuando la arrugaba en una de sus muecas.

—No quiero… —Me aclaré la garganta y le acaricié el pelo—. No quiero verte llorar —logré decirle, pero ella me apartó la mano y se enjugó una lágrima.

—Déjame en paz —susurró y mantuvo su mirada fija en el vacío.

Yo miraba su pelo caoba con reflejos castaños, que le caía sobre su rostro perfilado. Sí, Dios había hecho un buen trabajo con ella y su belleza era mi trampa.

—¿Te has preguntado alguna vez cómo sería estar juntos de verdad?

Fijó sus ojos azules en los míos y respiró suavemente. Sus iris marinos estaban intentando hacer el amor conmigo, pero mis ojos dorados la estaban jodiendo, dejándole claro cuánto la deseaba. Le acaricié un costado y ella se estremeció y dobló las rodillas contra el pecho. No quería que la tocara, no cedería aunque la hubiese seducido como hacía con todas.

—Deberías descansar…

Desvié la conversación, o al menos lo intenté, y ella se enfadó.

—Deja de tratarme como si fuera una cría. No lo soy. Te he hecho una pregunta y exijo una respuesta.

Se sentó y se echó el flequillo hacia un lado, revelando la cicatriz; a pesar de la fuerza que intentaba aparentar, no podía vencer contra mi arrogancia.

—¿Qué pregunta? —me burlé, y ella se puso roja de ira.

Apoyó la espalda en el respaldo de la cama y estiró las piernas delante de ella. Frunció los labios en un mohín involuntario y la miré hambriento. Me la habría comido a bocados.

—Eres gilipollas —respondió ella con picardía.

—Las hadas no deberían decir palabrotas —me burlé de ella y le miré fijamente los muslos. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no arrancarle los malditos vaqueros.

—Ese es tu problema: crees que soy una especie de princesa salida de un cuento de hadas, pero te equivocas. No vivo en un castillo encantado. Yo también tengo un pasado de mierda, una familia rota, un padre con el que no me llevo bien, un chico que me escupe a la cara que no le importo cada vez que intento hacerle ver que es importante para mí —dijo de un tirón,

amargada; inspiró y siguió hablándome con furia—. ¡Si eso es ser una princesa, entonces no he entendido nada de los cuentos de hadas!

Sacudió la cabeza decepcionada y apretó las manos en dos puños, junto a las piernas.

No entendía por qué Selene no abría sus alas para volar y huir de un enemigo diabólico como yo, por qué se obstinaba en impresionarlo, aturdirlo y mancillarlo, cuando ella era tan fuerte y tenaz, inteligente y delicada, atractiva y…

Más bella que nadie.

—He pensado muchas veces en cómo sería estar juntos.

»Y encerrarnos en cada momento del día. Te querría dentro y junto a mí en cada minuto. Serías mi ángel rival contra el que luchar hasta el fin de mis días. Mordería tu lengua afilada, besaría tu puchero infantil, acariciaría tu pelo perfumado y lamería tus sinuosas curvas. Te pediría que abrieras más galletas en un parque cualquiera de Detroit para perseguir juntos nuestra fortuna. Te propondría que me besaras como si me amases mil veces más, pero también te pediría que no me digas nunca «te quiero».

Luego te haría arrodillarte ante mí, te haría esclava de mi alma, te mandaría a paseo un millón de veces, pero siempre volvería a buscarte.

»Sí, de vez en cuando he pensado en ti y en mí juntos. Y no solo en una cama.»

La miré muy serio después de confesarle parte de la verdad y le acaricié instintivamente la mejilla. Me entró un escalofrío por la espalda cuando mis dedos entraron en contacto con su piel suave, y ella se estremeció por mi gesto. Me quedé mirando sus ojos azules, aún húmedos de sufrimiento, con los labios secos aprisionados entre ellos.

—Túmbate —susurré y ella obedeció, y a continuación, todavía con el chándal de su padre y mi cazadora de cuero, me tumbé junto a ella, de lado,

y le toqué el pelo.

Selene estaba ahora de frente a mí, mirándome intensamente, tanto que me sentía desnudo.

—¿Me dirás algún día qué es lo que te hace enfadar tanto? —murmuró, regocijándose en el contacto con mis dedos que se deslizaban suavemente por sus largos mechones.

—Duerme —contesté, observando sus mejillas sonrojadas y sus párpados hinchados por el llanto. Ella suspiró mientras yo absorbía su olor a coco, para capturarlo en mis pulmones y llevármelo conmigo.

—Entonces, ¿te quedas esta noche o…? —repitió ella, luchando contra el cansancio y la necesidad de dormir, porque todavía tenía ganas de hablar.

—Chist… —susurré, y luego le di un beso en la frente.

Sus ojos se cerraron por completo y, en pocos minutos, su respiración se hizo más profunda. Se había quedado dormida. Dejé de acariciarla y me levanté de la cama con cuidado de no hacer chirriar los muelles para no despertarla. Me acerqué de puntillas al escritorio y rebusqué en su estuche rosa con un dibujo de un gatito. Sonreí al ver ese detalle infantil, y luego le escribí una nota en un post-it, donde garabateé lo primero que se me vino a la cabeza. Dejé el bolígrafo en su sitio y pegué el miserable mensaje en el primer libro de varios que tenía apilados.

Luego me dispuse a hacer lo que mejor sabía hacer: huir y decepcionarla.

Abrí la puerta, que crujió ligeramente, y le dirigí una última mirada fugaz. La suave luz de la lamparilla seguía encendida e iluminaba la figura de Selene tumbada en la cama, con una mano cerrada junto a los labios y la otra estirada a lo largo de su costado.

Era mi niña, y siempre lo sería.

Salí de la habitación, cerré la puerta tras de mí y respiré aliviado al bajar las escaleras y llegar al salón sin que nadie me molestara.

—¿Te vas?

Me sobresalté al oír la voz segura pero tranquila de Judith. Me giré para mirarla y la pillé detrás de mí. Todavía llevaba su elegante abrigo y los zapatos de tacón, señal de que acababa de volver.

—Sí. Lavaré la ropa que me ha prestado y…

Ella sacudió su cabeza y me pidió que le diera un minuto. Poco después regresó con una bolsa en la mano, en la que había metido mi ropa, ya seca, y me la entregó amablemente.

—La ropa de Matt puedes quedártela. Aquí tienes la tuya.

—Muchas gracias por la ropa y por su hospitalidad, pero ahora debo marcharme —dije, cogiendo la bolsa con una sonrisa tensa.

—Negro… —replicó Judith.

Me quedé inmóvil mientras palpaba el bolsillo de mi chaqueta en busca del paquete de Winston; hacía mucho rato que no fumaba, porque siempre que pasaba tiempo con Selene, me olvidaba de la nicotina.

Ella se estaba convirtiendo en mi adicción.

—¿Qué? —inquirí, frunciendo el ceño.

—Tu nombre viene de Njal, que significa «nube». Luego se latinizó al término Niger, que significa negro.

Cruzó los brazos sobre el pecho y apoyó un hombro en la pared, mientras yo la miraba sorprendido de que conociera el origen etimológico de mi nombre.

—Eso es —murmuré, apoyando la mano en el pomo de la puerta.

—Naciste como una Njal, una nube blanca, y te convertiste en Neil, el anochecer, la oscuridad, pero depende de ti decidir si quieres seguir siendo eso o volver a convertirte en lo que eras originalmente.

Me sostuvo la mirada, estudiándome detenidamente como si fuera uno de los libros de mitología griega que estudiaba, o un alumno lidiando con una

pregunta difícil en un examen.

Le sonreí con picardía.

—Cómo es el destino, ¿verdad? Mi nombre, al igual que yo, ha sufrido una metamorfosis, señora Martin. Pero desgraciadamente no hay nada que pueda hacer para volver a ser una Njal —dije con sarcasmo amargo, y luego abrí la puerta y sentí el aire mordaz de la noche rozando la piel de mi cara

—. Buenas noches —me despedí, serio, y me fui, cerrando la puerta detrás de mí.

Negro era mi nombre, negro era mi ser.

Y debería darle las gracias al destino por haberme convertido en la oscuridad, por haberme concedido una vida lamentable, por haberme hecho esclavo del sexo, amante del vicio, súbdito del pecado carnal y hostil a los sentimientos.

Debería darle las gracias por poner a su ángel de ojos de océano en mi camino, en el momento equivocado, en el lugar equivocado, de la manera equivocada.

Por las pesadillas que me torturaban cada noche.

Por permitir que una puta me utilizara a los diez años.

Por obligarme a huir de lo único bueno que tenía, porque si me hubiera atado a Campanilla, me habría perdido.

La vida era una partida de ajedrez.

Y este era un punto para mi hada y otro golpe recibido por mí, el diablo vencido…

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