Un juego peligroso
Capítulo 7
Neil
Algunas personas no enloquecen nunca.
Qué vidas tan terribles deben de tener.
CHARLES BUKOWSKI
« E nfermo». Así era como me había llamado Selene, y esa palabra era la que me había provocado aquella reacción furibunda.
Como siempre, no conseguía controlarme cuando mi cerebro se nublaba y la niña tenía que haberlo tenido en cuenta para evitar que se produjeran discusiones tan acaloradas.
Ya sabía que ella se había fijado en otras ocasiones en mi comportamiento a menudo contradictorio y anormal, pero no esperaba escucharla decir algo así.
Sobre todo aquello, joder.
Como si no supiera que estoy enfermo.
Pero ¿y ella?
¿Lo sabía de verdad? ¿O lo había dicho por decir? ¿Solo lo había intuido?
En cualquier caso, nunca habría tenido el valor de hablar con ella sobre mi pasado; de hecho, nunca había hablado de ello con nadie aparte de mi
familia y el doctor Lively.
¿Qué iba a decirle? ¿Que una mujer mayor había abusado de mí?
¿Que no solo había sufrido violencia física, sino también emocional y psicológica?
Lo que había vivido había causado una importante disfunción en mis relaciones humanas.
Kimberly había ejercido un «poder» sobre mí, una forma de posesión, que me había convertido en un mero objeto.
Yo no valía nada para ella, e incluso ahora sentía que mi cuerpo no valía nada, igual que entonces.
Con Selene no podía «hablar» como ella quería, porque en mi mente solo había un modo de comunicación. Solo conocía la sexualidad como medio de comunicación, solo la corporeidad como búsqueda de una sensación de paz y alivio, por lo que nunca podría tener una relación normal con ella.
Porque ese era el problema.
Tarde o temprano, la niña me habría exigido una relación seria, pero ella era absolutamente perfecta y merecía algo mejor que un hombre que aún vivía en la negación de cualquier sentido del yo, que convivía con el recuerdo del chantaje, de la humillación, de la violencia silenciosa que aún clamaba venganza en su interior.
Por eso me había comportado de manera irrespetuosa, por eso había intentado hacerla sentirse inferior a mí, por eso siempre trataba de hacerla entender que no podía tenerme.
Y ella había huido.
Ella había huido de mí mientras yo seguía sonriendo como un puto gilipollas al pensar que la había podrido con aquel ligero contacto entre nosotros.
Con una mano me toqué la bragueta de los vaqueros y me coloqué la erección que me había obligado a no sacar cuando la tenía inmovilizada contra la puerta.
Tenía que haberla ignorado del todo, desde el momento en que la había sorprendido mirándome, desde que me había percatado de su presencia, desde que había captado su olor a coco. Pero al final había sucumbido.
Había sucumbido como un idiota en cuanto mis ojos se habían encontrado con los suyos, azules como el océano, grandes, profundos y tan puros que desencadenaban en mí pensamientos indecentes que nunca me había suscitado ninguna otra mujer.
Me había bastado con mirarla un segundo para sentir ganas de apagar su recatada expresión infantil, de desnudarla con ardor, lamerla por todas partes, tocarla con avidez y follármela con todo el deseo visceral que me recorría.
Quería algo más que un contacto infantil y banal, porque yo estaba acostumbrado al sexo impúdico, sucio, obsceno y perverso.
Quería doblegarla y subyugarla.
Habría querido satisfacer mi deseo, follármela contra la puerta, allí mismo, sin ningún preliminar de consolación, sin frases empalagosas ni cumplidos galantes.
Como hacía siempre con todas.
Con ella tal vez habría llegado incluso al orgasmo, algo que no pasaba desde hacía semanas.
Podría haber hecho la prueba, pero el sentido común se había impuesto.
En lugar de hacerla mía, me había limitado a rozarla y aspirar su aroma, ya fuera porque seguía cabreado —la odiaba por lo que había pasado aquella mañana, cuando me había arrojado a la cara una amarga verdad— o porque no quería utilizarla como un objeto.
Quería más, sobre todo de ella.
Simplemente porque era una niña.
Pero era mi niña.
Y no habría sido justo exigirle atenciones que no estaba preparada o dispuesta a darme. Tal como le había dicho antes, percibía su excitación, pero también su miedo.
Quería besarme, por supuesto, tanto que no había hecho más que mirar mis labios fijamente, con la respiración acelerada y las mejillas teñidas de un suave color rosa, pero en sus ojos también había leído el terror que sentía hacia mí.
Al fin y al cabo, esa era precisamente la razón por la que quería alejarla y por la que no la había buscado después del accidente —algo por lo que me sentía culpable—, porque todavía estaba sufriendo las consecuencias de lo que me habían hecho y solo conseguía perpetuar en el tiempo el mismo dolor, explotando un mecanismo mental que me castigaba a mí, pero satisfacía al niño.
Por eso no quería que formara parte de mi gran desorden mental. Las mujeres con las que me acostaba solían ser conscientes, accedían a utilizarme y ser utilizadas a mi manera, pero eran diferentes a Selene.
Perdido en mis pensamientos, me quedé mirando la puerta contra la que la niña se había hecho daño en la espalda, en su absurda intención de huir de mí, y sonreí una última vez; luego me pasé una mano por el pelo. Lo tenía suave y húmedo, porque ya me había duchado tres veces, pero decidí darme otra más, principalmente para calmar los calores que me había provocado aquella cría.
Bajo el chorro de agua, me perdí de nuevo en el vórtice de mis pensamientos.
¿Cuántas había como ella en el mundo?
Campanilla era algo muy poco común.
Era tan bella que parecía un sueño, tan pura que despertaba mi deseo siempre.
Era belleza y sufrimiento al mismo tiempo, seductora como un ángel terrible.
Era mi opuesto.
Me parecía increíble que yo, que había dado mis primeros pasos en el sexo demasiado pronto, que había conocido a tantas mujeres dispuestas y experimentadas, estuviera siendo puesto a prueba por el destino con una niña como aquella.
Mis ganas estaban grabadas allí, entre las increíbles formas y curvas de su cuerpo que creaban algo inmenso.
Todo.
Lo quería todo.
Quería sus ojos marinos, quería la naricita perfecta, quería sus labios estirados en una mueca impertinente o en aquella sonrisa vertiginosa que a menudo incendiaba el aire que respiraba.
La quería a ella, que era el exceso de todo.
La quería debajo de mí, mientras me balanceaba entre sus muslos abiertos y me perdía en su calor y…
Joder.
Tenía que parar y actuar como un hombre sin ninguna obsesión con ella.
Un hombre normal que no pensaba en ella primero de forma dulce y luego perversa, y luego dulce de nuevo y luego aún más perversa.
Me estaba costando mucho lidiar con aquellas sensaciones tan absurdas.
Me estaba volviendo loco.
Resoplé con fuerza y decidí hacer algo para distraerme.
Salí de la ducha, me vestí a toda prisa, me puse unos vaqueros oscuros y una sudadera negra y salí de la casa para reunirme con mi familia en la playa.
A Matt se le había ocurrido hacer una hoguera junto al mar, algo que me pareció una tontería, pero cuando me propuso ir no rechisté.
Además, estábamos allí para celebrar su cumpleaños, así que no quería estropearlo con mi humor, que era definitivamente pésimo.
Me sentía tenso y frustrado.
Me había tomado un «descanso» de las rubias con las que me entretenía casi siempre, solo porque mi psiquiatra me había aconsejado evitar que el trastorno sexual que sufría empeorase —y yo no quería llegar al punto de dejar de experimentar excitación o impulsos físicos—, de modo que había empezado a evitar llevarme mujeres a casa, así como los teatrillos obscenos con Jennifer, o con Jennifer y Alexia juntas, y me había centrado en mí mismo y en lo que mi cuerpo necesitaba.
Una tregua.
Una tregua de la violencia a la que yo mismo lo sometía desde hacía años.
No fue fácil, sin embargo, manejar la abstinencia forzada que me había impuesto a mí mismo. Alguien como yo tenía instintos carnales frecuentes, sumados a un apetito sexual bastante pronunciado, y controlarlos requería una gran fuerza de voluntad.
Suspiré y me pasé los dedos por el tupé, acomodándolo sobre mi frente.
Mi pelo estaba tan despeinado como siempre, pero a las mujeres parecía gustarles por esa misma razón.
Decían que mi aspecto agresivo reflejaba mi alma.
Hundí los zapatos en la arena suave y caminé bajo el cielo estrellado, siguiendo la única fuente de luz que iluminaba la playa: la hoguera.
Mis hermanos ya estaban sentados alrededor de las brasas, sobre dos troncos de madera como bancos improvisados. Mia y Matt sonreían y charlaban, sosteniendo un sobre de color que no pude identificar desde donde estaba.
Pero había algo más que quería ver.
Mis ojos buscaron con impaciencia al «objeto» de mis deseos.
Selene, espléndida, guapísima, estaba sentada mirando las llamas ardientes que se elevaban hacia lo alto.
Brillaba como la luna resplandeciente en el cielo oscuro.
Era un hada que reavivaba en mí el deseo de imaginar una vida mejor, fantasías infantiles, emociones inmaduras que nunca había sentido, ni siquiera de niño.
De vez en cuando tenía la impresión de que ella me daba la infancia que nunca había tenido.
—Por fin nos dignas con tu presencia —me regañó mi madre en tono severo, porque llevaba todo el día desaparecido por la discusión de aquella mañana con Selene.
—Hombre, Neil, has venido. ¿Has conocido a alguien interesante aquí en Coney Island? —intervino Matt, guiñándome un ojo.
Probablemente se refería a una mujer, ajeno a los problemas con el sexo a los que me enfrentaba en ese momento. Sabía, sin embargo, de mi habilidad para encontrar chicas dispuestas a satisfacerme, aunque la mayoría de las veces eran ellas las que me buscaban.
Mi aspecto era un buen punto de partida para conseguir fácilmente lo que quería, no necesitaba esforzarme mucho para encontrar a alguien con quien pasar un buen rato.
—Sí, he dado un par de vueltas —mentí, y me senté casualmente junto a la niña.
Ella se sobresaltó en cuanto ocupé el trozo de madera no muy lejos de su lado, y tragó saliva, esforzándose por ignorarme. Estaba seguro de que, si le hubiera arrancado la sudadera rosa, habría notado los escalofríos que le recorrían la piel, los mismos que había sentido yo cuando había estado peligrosamente cerca de ella en el dormitorio. Un instante después, sin embargo, me arrepentí de haberme sentado allí, porque me llegaba su aroma a coco con cada pequeña ráfaga de viento, lo que me hacía agitarme para contener el impulso de abalanzarme sobre ella como la peor de las bestias.
Afortunadamente, con la experiencia había desarrollado cierto autocontrol, especialmente cuando no quería ceder ante una mujer que me tentaba o me seducía.
En realidad, Selene no hacía ninguna de las dos cosas, o, si intentaba seducirme, no era tan desinhibida como las chicas a las que estaba acostumbrado; sin embargo, bastaba con que se pasara la lengua ingenuamente por los labios para hacerme pensar en situaciones libidinosas.
Respiré hondo. Tenía que controlarme.
No me soportaba a mí mismo cuando estaba tan obsesionado con la idea de conseguir una mujer. Nunca podría tener una relación, ni mucho menos involucrarme con una chica joven como ella, no porque no quisiera, sino porque mis problemas me llevarían a arrastrarla conmigo a una vida desordenada, y no quería un futuro así para ella.
No quería un futuro entre psiquiatras, fármacos y trastornos psicológicos.
No quería que fuera testigo de mis pesadillas, de mis arrebatos de ira, o que fuese víctima de mi incapacidad de amar, porque para mí el amor era una condena, un recuerdo dañino, una adicción nociva, un mal del que intentaba escapar.
Si Selene hubiera intentado tener una relación conmigo, le habría hecho entender que no era lo mejor para ella en absoluto.
—¿Quién quiere malvaviscos asados al fuego? —Logan me pasó dos palos de madera afilados en la punta, dando por hecho mi respuesta afirmativa. Arqueé una ceja y miré primero los palos y luego su cara.
—¿Quién te ha dicho que yo también quiero? —refunfuñé, con mis habituales malos modales, pero Logan esbozó una sonrisilla e insistió.
—No has comido. No seas idiota y cógelos. Venga.
Iba a decir algo sobre el apelativo que había utilizado, pero no quería cabrearme, cosa que habría sucedido si le hubiera contestado, así que me limité a mirarle fijamente antes de coger los malditos palos y pasárselos directamente a Selene.
La chica se estremeció, probablemente agitada por mi cercanía. Pasó la mirada de mi mano extendida hacia ella a mis ojos y, tras un momento de vacilación, los cogió.
—Gracias —dijo avergonzada.
Ni siquiera le contesté y cogí dos palos más, esta vez para mí. Los retorcí entre los dedos y pensé en lo nervioso que me ponía toda aquella situación.
Yo tampoco sabía qué coño hacer.
Podría haberla ignorado, hacerle entender que lo mejor era estar lejos de mí, pero hacía un rato la había seducido y ahora me sentaba a su lado, y, por si no fuera bastante, me estaba comportando con amabilidad.
¿Yo, amable con una mujer?
Normalmente no lo era ni cuando me proponían un trío u otra cosa que pudiera estar a la altura de mis fantasías perversas.
—Coged.
Matt le pasó la bolsa llena de malvaviscos a Logan, que cogió un par y los pinchó con su palo; Chloe hizo lo mismo, y luego mi hermano me tendió la bolsa a mí. No me gustaban los malvaviscos, pero no me opuse, y cogí dos para pincharlos con mis dos palos.
Selene repitió el gesto, pero con su delicadeza femenina.
En ese momento observé sus largos dedos y sus uñas rosas perfectamente cuidadas. Me gustaban las manos de las mujeres, sobre todo cuando eran tan elegantes. Bajo mi mirada, ella estiró los palos hacia el fuego para asar sus malvaviscos, y cometió el error de acercarlos demasiado a las llamas, haciendo que uno de ellos se quemara.
—Mierda —susurró intranquila, y yo sonreí divertido, porque era una niña de verdad.
Me daba mucha ternura verla en actitudes incómodas o cuando se sonrojaba por miedo a que alguien la juzgara. Instintivamente, la agarré por la muñeca y dirigí correctamente el palo que sostenía el malvavisco aún intacto.
Ella se estremeció y volvió su cara hacia mí, mientras mis ojos seguían clavados en la hoguera.
—Tienes que ponerlo aquí. —Acerqué su muñeca a la llama para enseñarle cómo hacerlo. Sentir su suave piel en contacto con mis dedos me provocó una descarga eléctrica a lo largo de todo mi brazo, pero ahuyenté la sensación de inquietud y permanecí impasible. Odiaba mostrarme vulnerable con las mujeres; de hecho, nunca lo había hecho, excepto con ella, y eso me ponía nervioso—. La zona que está justo encima de las brasas es perfecta para tostar los malvaviscos. No hay llamas repentinas que puedan arruinar la textura masticable —le expliqué, y solo entonces me giré para mirarla. La pillé mirándome fijamente, tanto que incluso había dejado de parpadear.
Estaba embelesada alternando su mirada marina de mis ojos a mis labios, y joder, quería besarla solo para sustituir aquella expresión muda por la de placer que había experimentado solo y siempre conmigo.
—El fuego está ahí —susurré, refiriéndome a la hoguera.
Selene se despertó de quién sabe qué pensamiento e inmediatamente desplazó la mirada al malvavisco que se estaba cocinando al final del palo.
—Eh… Gracias —dijo, avergonzada de nuevo, subyugada y atraída por mí.
Mierda.
—Deja de ponerte colorada como una niña pequeña —la regañé, quizá con demasiada brusquedad, pero era necesario.
No quería que la historia se repitiera. No quería que se hiciera más ilusiones conmigo, como había sucedido en el pasado. Era verdad que me había equivocado al acercarme demasiado, había roto la regla de mantenerme alejado de ella, la misma regla que me había impuesto antes de poner un pie en aquella maldita casa de la playa, pero aún había tiempo para hacerla entender que yo no era ningún príncipe azul, y menos el suyo.
—¿Qué? —preguntó ella, saliendo por fin de su estado de trance.
—Ya me has oído. Estás ridícula cuando te sonrojas por cualquier cosa que digo. Estoy cansado de estar rodeado de zorras que buscan mi atención.
Borra esa expresión soñadora de tu cara —volví a exagerar, y Selene abrió los ojos, porque mi flecha en llamas le había dado justo en el pecho, en el corazoncito puro y frágil que habría roto en mil pedazos si ella hubiera pensado, aunque fuera remotamente, en estar con un gilipollas como yo.
—¿Pero qué demonios te pasa?
Intentó no levantar la voz para evitar que nuestros padres nos escucharan.
Su expresión cambió de «niña inocente» a «niña cabreada» y, absurdamente, aquello me excitó aún más.
—¿Que qué me pasa? —repetí—. Nada. Solo quiero que pares. Odio a las mujeres que me miran así —contesté con soberbia, la de un auténtico narcisista al que era imposible acercarse.
Selene me miró perpleja, sin entender el porqué de mi actitud huraña. En realidad, aquello era solo una forma retorcida y enferma de defenderme de ella y de lo que sentía cuando me perdía en sus ojos.
Ahora que finalmente había decidido volver a Detroit, no iba a cometer el error de dejarla volver a entrar en mi mundo y en mi vida problemática.
—¿Y cómo te miro? —repuso ella con picardía, apartándose para aumentar la distancia entre nosotros.
Típica actitud infantil.
—Como si quisieras que te follase —susurré, inclinándome hacia su oreja. Campanilla abrió mucho los ojos y me miró horrorizada, ondulando sus labios en una mueca de asco.
—Eres un idiota, Neil. Un verdadero idiota.
Se puso en pie de un salto y llamó la atención de todos. Matt y Mia la miraron confusos; Logan, por su parte, me miró fatal porque había adivinado que la actitud de Selene era culpa mía.
—Voy… Voy a dar un paseo.
La niña tiró el palo al fuego y se alejó indignada. No me detuve a admirar su figura, por no hablar del culo firme que se balanceaba sin gracia con cada paso furioso. En lugar de eso, cogí mi malvavisco, bien cocinado, con los dedos, me lo llevé a la boca y lo mastiqué tranquilamente.
Tenía que fingir que no tenía nada que ver y, como siempre, lo conseguí sin problema.
—¿Qué le pasa? —refunfuñó Chloe, pero nadie respondió.
—Eres un imbécil —articuló Logan, imitándola, y yo lo ignoré encogiéndome de hombros.
Sabía que lo era, pero con Selene tenía que serlo aún más, para hacerle ver la realidad tal y como era.
Matt me lanzó una mirada fugaz y yo se la sostuve.
No sabía por qué me miraba así, pero aparenté indiferencia para parecer inocente a los ojos del padre aprensivo.
Cuando terminamos de comer los odiosos malvaviscos, mi madre, helada, entró en la casa seguida de Chloe, mientras que Matt se levantó con Logan y se sacudió la arena de los pantalones, concluyendo una conversación con mi hermano que yo ni siquiera había escuchado. Yo, en cambio, me levanté el último del tronco para sacarme el paquete de Winston del bolsillo de los vaqueros. Lo abrí y saqué un cigarrillo, luego busqué el mechero y lo acerqué al extremo.
Di la primera calada y eché el humo al aire, mientras notaba que Matt se dirigía hacia mí.
—¿Tú no entras? —me preguntó en un tono que no conseguí descifrar.
¿Por qué me estaba controlando? ¿Temía que me colara entre las piernas de su hija?
Ya había pasado, pero él ni siquiera lo sospechaba.
—Me termino este y entro.
Señalé el cigarrillo entre mis dedos y él asintió y volvió a alejarse.
Podría haber fumado en otro momento, pero había encontrado una excusa plausible para quedarme fuera.
Cuando me quedé solo, miré a mi alrededor buscando a la niña, y me ayudé de la luz de las llamas débiles para divisarla. La vi no muy lejos, de pie en la orilla del mar.
Me puse el cigarrillo entre los labios y me dirigí hacia ella, apartándome un mechón de pelo que caía sobre mi frente. Al acercarme a ella, aproveché para examinar su silueta, ya que estaba de espaldas, pero sobre todo distraída. Me fijé en sus hombros delgados, la cintura estrecha y el culo redondo y bien torneado.
Estaba loco por su cuerpo.
Recordaba perfectamente lo mucho que me gustaba montarla por detrás, igual que adoraba ver cómo se balanceaba su larga melena. Ahora le había crecido hasta la base de la espalda y no me resultaba difícil imaginar la coleta enrollada perversamente en mi puño mientras la retorcía como quería.
Una punzada de excitación me golpeó en el bajo vientre y me obligué a pensar en otra cosa para no tener una engorrosa erección justo en aquel momento. Habría sido difícil ocultarlo.
—¿Has venido aquí para volver a humillarme y comportarte como un gilipollas?
Selene percibió mi presencia sin siquiera darse la vuelta, así que me detuve justo detrás de ella.
¿Por qué iba a buscarla?
Mi objetivo debería haber sido alejarla, pero cuando eso ocurría, parecía incapaz de mantenerme lejos. Asocié aquella actitud con un instinto de protección provocado por su ingenuidad y…
No. Eso no era cierto en absoluto.
La verdad era que no aceptaba el cambio que se estaba produciendo en mí.
Estaba furioso, porque mi estado de ánimo dependía de ella y aquello me estaba causando una gran confusión.
Di un paso más, luego otro, y al poco tiempo me encontré rozando su espalda con mi pecho.
Selene se estremeció levemente, lo noté por un movimiento casi imperceptible de sus hombros. Entonces aspiré la dulce fragancia de su pelo castaño y entrecerré los ojos. Solo faltaban unas horas para que ella volviera a Detroit y yo a mi rutina. Aunque pensaba que era lo mejor, quería capturar ese aroma y llevármelo conmigo.
—¿Te gustaría quedarte aquí conmigo un poco más? —susurré como un idiota.
Me sorprendí a mí mismo: la niña era capaz de inducirme a hacer estupideces absurdas como aquella. Selene se volvió para mirarme y su rostro, incluso en la penumbra de la noche, era perfecto.
Ni los rayos de la luna, que irradiaban sobre un mar plano y tranquilo, ni las estrellas, esparcidas por el cielo, le hacían sombra a su belleza.
—No pienso dejar que me tomes el pelo.
Sacudió la cabeza e intentó alejarse, pero la agarré por el brazo para retenerla allí, conmigo. Con la otra mano sujeté el cigarrillo entre los dedos y le di una calada, exhalando el humo sobre su bonita cara. La niña tosió y me miró molesta; estaba claro que la estaba irritando, pero a mí me parecía sencillamente adorable.
—No te estoy tomando el pelo. Solo hago lo que puedo para hacerte entender que no puede funcionar… —murmuré con aquel timbre de voz que tenía un efecto hipnótico en cualquier mujer. Pensaba de verdad lo que le había dicho, aunque mi comportamiento de antes sugiriese lo contrario.
Me daba cuenta de que era contradictorio y de que mi actitud era demasiado confusa; sin embargo, no sabía si achacárselo a mi estado psicológico, al momento por el que estaba pasando yo o a lo que estaba viviendo ella, que de alguna forma también me afectaba a mí.
En resumen, no entendía una mierda.
—¿Por qué no reconoces que me quieres? —dijo ella demasiado rápido, y luego se arrepintió, porque se mordió el labio y bajó la mirada. Yo, en cambio, fruncí el ceño por dos razones. La primera era que no entendía de dónde sacaba toda aquella confianza en sí misma, y la segunda era que…
¿Qué había dicho? ¿Que yo la quería a ella?
La quería, era cierto, pero no de la manera que ella creía.
Selene pensaba que yo era como Jared, pero se equivocaba.
No íbamos a pasear juntos de la mano por el parque, no iríamos a comer helado como una pareja feliz, no hablaríamos de libros, series de televisión y tonterías absurdas durante horas mientras comíamos pizza.
—Porque no puedo tener una relación. La mujer para mí no es una compañera de vida.
Pero, inconscientemente, mi mano aún seguía firmemente en su brazo, incapaz de soltarlo.
Aspiré un poco más de nicotina del filtro y miré a Selene.
La miré durante interminables minutos.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿qué es una mujer para ti? —preguntó en tono bajo y provocativo. Ella también se había dado cuenta de que la estaba reteniendo allí a la fuerza, pero no se oponía, tal vez porque eso era exactamente lo que ella quería.
Ella quería estar… conmigo.
—Venganza —susurré. Las mujeres representaban para mí un medio a través del que vengarme de lo que me habían hecho, a través del que vengarme de la humanidad y su maldad.
—¿Venganza por qué? —continuó ella, cada vez más intrigada ante la idea de arrancar respuestas de mi boca, mientras que lo que yo quería era arrancarle la ropa y poner fin a todas aquellas tonterías.
Después de una última calada, tiré la colilla y me concentré exclusivamente en ella.
—¿Qué te parecería si te utilizara para vengarme de ti? —respondí con picardía, bajando el tono de forma seductora.
Sabía el poder que tenía mi voz sobre ella.
Estaba seguro de que mis notas profundas y oscuras la acariciaban entre los muslos, para filtrarse en sus pensamientos, encender sus deseos y viajar
a través de ella hasta llegar a su cerebro y provocar un potente apagón.
Para confirmar mi teoría, su brazo tembló bajo las yemas de mis dedos y tragó saliva, haciendo alarde de una confianza fingida.
Probablemente entendió lo que quería decir y la idea me excitó.
—No, no creo —replicó tras meditarlo unos instantes.
—Pues ya lo hice, y fuiste tú quien me lo permitió… —Me acerqué a su pequeño cuerpo, rozando sus pechos con mi tórax. Era menuda, pero sus curvas eran perfectas. Las recordaba todas, recordaba incluso la forma en que mis manos las habían analizado para entender dónde le gustaba que la tocaran, qué le gustaba y cómo—. Te gustó que te utilizara… —le susurré al oído, y luego le chupé el lóbulo suave, haciéndola jadear. Desprendía un perfume intenso, que me hizo temblar ante la idea de probarla, probarla entera, allí mismo, sin perder más tiempo.
—¿Por qué me hablas así? —preguntó ella, pero le temblaba la voz y le costaba respirar.
La forma en que me expresaba le había provocado muchos orgasmos, y estaba seguro de que volvería a tener el mismo efecto si se entregaba a mis deseos.
—¿Crees que otros hombres no hablan así? —la provoqué—. ¿Crees que no utilizan a las mujeres para su propio placer físico? El sexo es un impulso natural, niña —le expliqué, como un profesor explicando la galaxia a una estudiante que no entendía una mierda de astronomía.
—También hay hombres que aman a sus mujeres —respondió mi dulce soñadora.
—Eso pasa en las novelas románticas que tanto te gusta leer —susurré cerca de sus labios, demostrándole que la conocía bien.
Había prestado atención a los detalles.
Sabía que le gustaba leer y sabía que a menudo leía precisamente esas historias románticas que ilusionan a las jóvenes de su edad con amores estereotipados de cuento de hadas.
—Los hombres necesitan follar, es parte de su esencia. Para el hombre, el amor es solo una consecuencia posible. Para la mujer es al revés. Necesita amar para poder follar. Sois así.
Conocía perfectamente la mente femenina y no solo por haberme llevado a tantas a la cama, sino porque había «analizado» su psique, su forma de pensar y abordar el sexo.
Scarlett, mi ex, era como Selene.
Soñaba con un cuento de hadas y vivía en un estado de amor surrealista, de pura imaginación, y proyectaba en mí sus fantasías románticas, ignorando la que era nuestra realidad, una realidad en la que el amor no tenía cabida.
El problema siempre era que las mujeres necesitaban amor para abrirse al sexo; no todas, pero sí la mayoría.
Muchas limitaban el deseo porque lo consideraban inmoral respecto a sus principios. Preferían que las cortejaran, ponerle al hombre una correa, y solo entonces, cuando estaban absolutamente seguras de haberlo convertido en un perro faldero bien adiestrado, se entregaban al placer carnal.
Detestaba aquel tipo de mujer, porque estaba muy alejado de mi ideal.
Yo utilizaba el sexo para olvidarme de las cosas, para aliviar las tensiones y atenuar los problemas, y no necesitaba una compañera que buscara un intercambio emocional y afectivo. Me oponía a hacer y recibir «mimos» o a
«hablar», porque entonces mis problemas se habrían hecho mucho más pesados.
Estaba firmemente convencido de que el hombre y la mujer eran diferentes, y comprenderse o aceptarse nunca sería fácil.
—Hablas así porque crees que solo puedes entregar tu cuerpo —contestó la niña, y yo sonreí.
¿Qué sabía ella de la vida?
Solo tenía veintiún años, y había vivido apenas la mitad.
De repente, le solté el brazo y me senté en la arena. Apoyé las manos detrás y me puse cómodo.
Selene me miró desconcertada y cruzó los brazos sobre el pecho, sin saber qué hacer.
—¿Qué haces? —refunfuñó ella, hosca.
—Me he sentado, ¿no lo ves? —le dije divertido y ella se apartó un mechón de pelo detrás de un hombro, con soberbia, pero involuntariamente sensual. Se las arreglaba para resultar seductora incluso sin querer—. Estoy esperando a que me des tus grandes lecciones de vida. ¿Con cuántos chicos has estado? —me burlé, y Selene por fin sintió que yo había empezado a comportarme de la manera que ella más odiaba: como un gilipollas arrogante.
Además, me di cuenta de que nunca le había hecho esa pregunta antes, porque siempre me había negado a hablar con ella. Mi forma de comunicarme con Selene siempre había implicado una cama deshecha y nuestros cuerpos desnudos, por lo que la curiosidad de entablar un diálogo con ella era algo nuevo incluso para mí.
Ahora parecía que no quería hacer nada más que escuchar su delicada voz zumbando a mi alrededor.
Me preparé para no estallar en carcajadas en cuanto me contestara que el único hombre, o más bien chico, con el que había estado era Jared, pero…
—Tres —contestó, y mi expresión arrogante se desvaneció para dar paso a la sorpresa que se reflejó en mis ojos.
¿Qué había dicho?
—¿Tres? —repetí, escéptico.
¿De dónde había salido aquella cifra?
A lo mejor había estado con alguien durante nuestro distanciamiento, y tal vez ni siquiera fuese Jared.
No pensaba preguntarle, pero utilizaría mis métodos para investigar.
—Eso. —Decidió sentarse a mi lado, pero no demasiado cerca. Dobló las rodillas contra el pecho y apoyó los codos en ellas, curvando la espalda.
—¿Y cuándo conociste a esos tres hombres? A ver.
Tuve la extraña sensación de que me estaba mintiendo o, más bien, de que había interpretado mi pregunta de otra manera.
Se tomó su tiempo antes de responder, luego suspiró y adoptó una expresión seria.
—Mi primer novio se llamaba Alain. Me dio un beso casto detrás del muro del colegio, tenía unos catorce años. —Comenzó su relato y yo escuché, recostado sobre los codos. Por primera vez, no me importó ensuciarme las manos ni la ropa, porque luego volvería a ducharme—. El segundo se llamaba Marlon. A él le di el primer beso con… —Hizo una pausa y carraspeó, incómoda.
¿Le daba vergüenza hablarme de un simple beso con lengua?
¿Yo le había hecho de todo con la lengua, y Selene estaba avergonzada contándome aquellas tonterías de adolescente?
Era única.
Permanecí en silencio para no aumentar su malestar y esperé un minuto larguísimo antes de que reanudara su discurso.
—Con lengua —murmuró en voz muy baja y apenas pude contener una carcajada.
—Perdona, no he oído bien. ¿Qué? —Fingí no haber entendido nada y me miró como si le hubiera pedido que me la chupara.
Era adorable.
—Con lengua —repitió ella, insegura.
—¿Qué? —Fruncí el ceño para que mi reacción fuera más sincera.
—¡Con lengua! ¡Neil! ¡Tío! —casi gritó, y yo me eché a reír como nunca antes lo había hecho.
Intenté no caerme en la arena y me puse una mano en el abdomen, adonde se desplazaron también sus ojos, después de observar mi pecho.
—Ah, interesante. Es lo más erótico que he oído en toda mi vida. Te lo juro.
Me mordí el labio inferior y miré su boca carnosa. Volví a ponerme serio porque me habría gustado recordarle qué era un beso de verdad, quería demostrarle cómo besaba un hombre, pero ella giró la cabeza hacia el mar, así que me quedé admirando su perfil perfecto y la nariz respingona que habría mordido con gusto.
En ese momento me di cuenta de que no quería incomodarla y, curiosamente, tampoco quería que dejara de «hablar».
Solo habíamos hablado así una vez, tumbados en la tumbona junto a la piscina, en el tercer piso de mi mansión, después de que yo hubiese cometido la gran gilipollez de terminar nuestro coito de una forma demasiado íntima.
Y ese había sido uno de los momentos más hermosos que recordaba, no solo por el sexo intenso que habíamos compartido, sino sobre todo por las ganas que había sentido de conocer su historia.
En aquella ocasión, Selene me había hablado de ella, de la vida en Detroit, de su madre, y todo el rato había notado su entusiasmo por permitirle conversar conmigo.
El mío había sido un gesto ínfimo, banal, insignificante, pero para ella había tenido un gran valor.
Antes de conocerla, a fin de cuentas, siempre había sido hostil al diálogo, reservado y reacio a abrirme a la gente; con ella estaba descubriendo una nueva forma de comunicación y empezaba a ver normal tomarle el pelo y reírnos juntos. Pero seguía siendo una persona complicada, y esperaba que ella lo entendiera sin demasiados preámbulos ni justificaciones, aunque le hubiese dejado ver partes de mí que no había dejado ver a nadie antes y que, tal vez, no dejara ver a nadie más adelante. De pronto, elevé el torso y saqué el paquete de tabaco. Encendí uno, como si no hubiese fumado desde hacía días, y, tras una profunda calada, exhalé por la nariz.
En aquella época fumaba demasiado, mi garganta se irritaba a menudo y tosía, pero al menos la nicotina tenía el poder de calmarme.
De repente, me quedé sombrío y pensativo, preso de un cambio de humor que no podía controlar.
—¿Va…, va todo bien? —balbuceó Selene a mi lado con el ceño fruncido.
A mí me gustaba Campanilla, mi Campanilla, la que había hecho de todo para tratar de conocerme y entenderme, pero yo no podía ceder ante aquel cuerpo y aquellos ojos del color del mar que me miraban intimidados pero también extasiados.
No debía volver a cometer los mismos errores.
En aquella cama de hospital, cuando estaba en coma, le había prometido que estaría a su lado, pero no como ella quería.
La protegería como la concha protege a su perla.
Con mi vida si hacía falta.
—Y una mierda bien.
No levanté la voz, pero la forma en que hablé fue suficiente para hacerle entender que estaba nervioso. Selene siempre tenía la capacidad de entenderme; aunque me miraba como me miraban todas, y se sentía atraída
por mi aspecto, mi presencia, mi cara e incluso mi voz, también apreciaba mi esencia, mis puntos fuertes y débiles, mi carácter retorcido y mi mente desviada.
Me quería a mí, no el sexo conmigo.
Quería utilizarme para llegar a mi alma; no utilizarme para llegar a mi cuerpo.
Y eso… Eso me asustaba.
No estaba acostumbrado a aquel tipo de interés.
Me llevé el cigarrillo a los labios y le di una larga calada antes de echar el humo al aire fresco y salado, y luego lo tiré, todavía entero.
—Neil… —murmuró preocupada.
Me froté las manos para quitarme unos granos de arena, y luego me volví hacia Selene y clavé mis ojos en los suyos con lascivia. Ella separó los labios y respiró agitada, intuyendo mis intenciones. Me acerqué a ella de inmediato, sin darle tiempo a que me parase, y le pasé una mano por el sedoso cabello con un dominio que la desarmó.
—¿Me dejarías follarte ahora? ¿Aquí? Porque eso es lo único que quiero de ti —mentí.
En realidad, yo también quería conocer sus sueños, quería saber cuál era su música favorita, qué helado prefería y el color que más le gustaba.
Quería ver sus ojos nada más despertarme. ¿Al amanecer serían también brillantes como el océano? Quería saber si tenía más pijamas horrendos, además del de los tigres, y en qué postura dormía.
—Sí —dijo ella, y yo volví a la realidad.
Me habría gustado sentir paz, la misma paz impagable que sentía cuando una mujer no me importaba. En cambio, allí estaba, con la mente llena de pensamientos en busca de una solución que idear para alejarme de ella.
Espera... ¿había oído bien?
Había dicho que sí. Estaba loca pero de verdad.
¿Por qué no me odiaba después de todos mis actos depravados?
De hecho, me miraba como si fuese un dios, el hombre más hermoso que jamás había visto, digno de veneración y quizás… de amor.
No, me negaba a pensar eso.
Aunque quería besarla y con mi experiencia sería capaz de hacerla ceder a mis deseos, decidí controlarme.
Le quité la mano de la nuca y me puse de pie, sintiendo todo su dolor por el inesperado rechazo.
En el pasado, nunca había conseguido resistirme así a ella, pero a partir de ahora sería más fuerte que la tentación.
Selene me miró desconcertada y luego se levantó, alarmada.
En aquel momento solo pensé en una cosa: huir, de inmediato.
No iba a quedarme ahí y permitir que me desestabilizara.
La dejé allí y me dirigí hacia el porche, desde el cual una lamparilla encendida iluminaba el camino.
A la mierda ella y a la mierda lo que sentía en el pecho.
Tenía ganas de devorarle los labios. Me gustaba la forma en que se esforzaba por alcanzarme, pero yo seguía repitiéndome que todo estaba mal, que no podía confundir una mera atracción física con un interés real.
Siempre, cuando estaba cerca de ella, me sentía fuera, en otro lugar.
Incluso ahora.
Con ella siempre estaba fuera de mí.
—Neil, espera… —gritó Selene detrás de mí, pero no lo hice.
Seguí caminando enérgicamente con rumbo fijo, hasta que oí su respiración agitada detrás de mí. Había corrido para alcanzarme, de lo contrario le habría sido imposible seguirme el ritmo.
No paré, sino que apreté más el paso, a propósito.
—¡Espera! —Se agarró a mi brazo y me giré bruscamente. Yo era enorme y ella era tan pequeña que daba ternura. Se asustó, pero no me soltó.
La tenacidad y la determinación eran sus mejores cualidades.
—¿Qué coño quieres? —Había perdido la paciencia, y razonar, cuando estaba en aquel estado, era imposible.
—Quiero entender qué es lo que te pasa —contestó angustiada.
Me encogí de hombros bruscamente, haciendo que se tambaleara, y le lancé una mirada furiosa. No debería haberse acercado a mí y ni siquiera debería intentar tocarme, porque yo era incapaz de gestionar la ira.
Podía sentir las palpitaciones, la presión sanguínea, el sudor, el temblor de las manos, la respiración acelerada y todo el odio que seguía reprimiendo, un odio que no sentía hacia Selene, sino hacia mí mismo, hacia lo que yo era.
—¿Entender lo que me pasa? —repetí—. ¿De verdad? —Di un paso adelante y ella dio un paso atrás—. Yo…, yo…, no puedo. No soy yo mismo cuando estás cerca de mí. Porque cruzas todas las líneas. Tú eres mi más allá, Selene. —Arrastré las palabras porque la respiración irregular me impedía hablar con ella como me hubiera gustado.
No se me daba bien expresarme sobre ciertas cosas, y quizá Selene no había entendido lo que realmente quería decir: ella no era solo mi limitación. Era más.
Era mi más allá.
La miré con intensidad y me di cuenta de que estaba a punto de llorar; lo noté porque tenía los ojos brillantes y le temblaba el mentón.
—Te he concedido partes de mí que no he concedido a nadie más. He intentado muchas veces respetar todas mis reglas contigo, pero no lo he conseguido.
Jadeé y sentí que me ardía la piel bajo todas las molestas capas de ropa que llevaba. Selene se contuvo un poco más, pero al cabo de unos segundos rompió a llorar.
Liberó todas las emociones que tenía dentro, y tal vez, si yo hubiera sido un hombre sensible, la habría abrazado y consolado, pero ni siquiera sabía lo que significa transmitir afecto a alguien, porque cuando lloraba de niño en un rincón de mi habitación, después de los abusos de Kimberly, nadie me abrazaba.
Cuando intentaba escapar de ella y le suplicaba que no me hiciera daño, ella no me escuchaba, me ignoraba y seguía satisfaciendo sus antojos.
Entonces, ¿por qué tenía que ser humano de cara a un mundo que había sido inhumano conmigo?
—Sentimos lo mismo. No debes tener miedo. No es culpa de nadie.
Algunas emociones escapan a nuestro control.
Selene se secó las lágrimas con el dorso de una mano, aunque seguían cayéndole copiosamente sobre los pómulos.
El problema era el siguiente: yo era un maníaco del control, siempre lo había sido, especialmente con las mujeres.
En mi mente había un esquema preciso, que seguía con cada una de mis amantes.
Había encontrado un equilibrio en mi caos, y ahora una cría cualquiera quería entrar en mi vida, en mi cabeza, para mandarlo todo a hacer puñetas.
Intenté calmarme y me pasé la mano por la cara.
Ella tenía razón.
No era culpa suya, sino mía.
Era culpa de mi incapacidad para alejarme de ella como tantas veces me había prometido.
A decir verdad, yo tampoco sabía lo que quería de ella.
¿Qué creía?
¿Que las cosas volverían a ser como antes del accidente?
Pero ¿cómo eran exactamente antes?
—Creo que la situación está clara para ambos —le dije y me obligué a aceptar la realidad.
Me dolía pensarlo, pero no había otra alternativa.
El tiempo se había agotado.
Ella cogería su avión en unas horas, yo volvería a Nueva York. Tenía que evitar que volviera a vivir con nosotros en la mansión de Matt solo porque pensara que había una remota posibilidad de continuar lo que habíamos empezado hacía tiempo.
No podía hacer otra cosa, solo dejarla ir, porque no era el hombre adecuado para ella.
—¿Qué quieres decir? —murmuró ella, arrugando los ojos y emborronando sus mejillas con el rímel.
¿Desde cuándo se maquillaba? Y lo más importante, ¿por qué se había maquillado?
No lo necesitaba, no lo necesitaría ni siquiera con el paso de los años.
—No podemos. Míranos… —Me señalé a mí y luego a ella—. Tú eres una joven con una vida llena de sueños y planes. Yo soy un desastre total, más problemático de lo que puedes siquiera imaginarte —confesé, bajando el brazo a un lado, rendido, aplastado una vez más por los obstáculos que el maldito destino me ponía delante—. No tengo fuerzas para librar guerras imposibles, Selene. Si hubiera vivido otra vida, si hubiese sido un hombre diferente, habría luchado por alguien como tú —admití, porque no era estúpido.
Sabía lo especial que era encontrar a alguien como Selene, sabía los valores que tenía, lo bueno que era su corazón, lo pura que era su alma,
pero yo tenía demasiados monstruos a las espaldas.
Ella no los veía, nadie los veía, pero yo los oía.
Me hablaban a menudo, sobre todo el niño.
Me decía que, si elegía a una mujer y ponía fin a mis hábitos, lo abandonaría y moriría.
—Espera… —murmuró sollozando, pero no iba a esperar nada.
No iba a esperarla a ella ni a un destino que probablemente nunca estaría de nuestro lado.
Fui a encerrarme a mi habitación y pasé la noche en vela tratando de poner orden en mi cabeza.
A la mañana siguiente volví a casa.
Había decidido ir allí para el cumpleaños de Matt, después de luchar contra mis propios tormentos, solo para mirarla, solo para pasar algo de tiempo con ella. Con la niña.
No esperaba que folláramos ni que lo resolviésemos todo en solo dos días.
En poco tiempo era capaz de seducirla, tocarla y el juego estaba servido: Selene cedía y yo aliviaba mis problemas con un simple polvo.
Ahora, sin embargo, sentía la necesidad de acercarme a ella de otra manera, de maneras que no estaba acostumbrado a utilizar. Durante el día que pasamos juntos, solo habíamos discutido y sus diamantes azules, llenos de lágrimas, que casi me suplicaban que me quedara allí y la escuchara, eran el único recuerdo desastroso que me llevaba arrastrando de Coney Island.
Y una vez más me cabreé conmigo mismo y volví a caer en el vórtice de la ira, mi falsa amiga, mi compañera de infortunios, una puta que me jodía el cerebro todo el tiempo y a la que no podía controlar.
—Estaba esperando a que volvieras —me susurró Jennifer al oído, bajando la mano desde mi pecho hasta el abdomen. En ese momento estábamos sentados en un banco, en una de las muchas zonas verdes de la universidad perdiendo el tiempo entre una clase y otra. Su tacto me molestaba, pero estaba tan absorto en mis pensamientos que no tenía ganas de ponerla en su sitio.
—¿Así que me estás diciendo que tu padre ha encontrado una bolsa de droga en casa? —Xavier se burlaba de Luke porque su padre había encontrado éxtasis en el cajón de su mesilla.
—¿De qué coño te ríes, gilipollas? —soltó Luke, tirando la colilla al suelo—. Tengo una hermana de diez años, y él empezó a sermonearme sobre lo irresponsable que era, porque, si lo hubiera encontrado ella, habría sido un drama. Cree que soy un drogadicto, un mal ejemplo y… —Luke continuó balbuceando enloquecido porque su padre abogado había descubierto la doble vida que llevaba su hijo.
A veces tomaba aquella mierda para drogarse con Xavier; yo era el único de los Krew que se desvinculaba de ciertos hábitos.
Siempre había sido un cabeza de chorlito, pero lo suficientemente reflexivo en determinadas situaciones.
Solo había cedido cuando era más joven, movido por la curiosidad de saber a qué sabía un porro o cuáles eran los efectos de la cocaína, pero nunca había considerado ni remotamente abusar de todo aquello.
—¿Y ahora qué? Joder, Luke, te estás acobardando.
Xavier se echó a reír, burlándose de él; Jennifer, por su parte, siguió acariciándome el pecho, pasando sus dedos lánguidamente entre mis pectorales. Era un día soleado, pero hacía frío, así que además de la chaqueta de cuero, me había puesto un jersey gris que la rubia, a mi lado, tenía ganas de arrancarme.
Me dio un beso en la curva del cuello y presionó los pechos contra mi brazo, mientras mi mano seguía perezosamente apoyada en su muslo.
Me molestaba sentir su saliva en mi piel, pero por otro lado me gustaban los besos en el cuello, así que pensé en dejar que siguiera un poco más.
—Quiere que me haga unos análisis, y si salen positivos, me echará de casa. ¿Sabes lo que significa eso? —exclamó Luke, pasándose una mano por el pelo rubio. Jennifer, mientras tanto, empezó a gemir y a frotarse contra mí, para hacerme entender que quería que nos fuésemos al coche o adonde fuera para pasar un rato solos. Me volví hacia ella y dejé de escuchar a los otros dos.
—¿Qué pasa? —le pregunté aburrido, y la rubia sonrió, contenta de haber captado mi atención.
—Tengo ganas de… —se acercó más a mi oído—… chupártela —me susurró con picardía.
Cualquiera en mi lugar habría aprovechado la oportunidad, pero yo no podía.
Y no solo porque estuviéramos en un lugar público, sino porque no podía permitirme ciertos privilegios, ya que estaba siguiendo los consejos de mi psiquiatra.
La idea de introducir mi erección en su boca me atraía, y no poco, pero, a diferencia de la mayoría de los hombres, conservaba mi capacidad de razonar incluso con mujeres seductoras como Jennifer.
Yo decidiría con quién follar, cuándo y dónde.
Siempre había sido así, a pesar de las propuestas y apetencias de la chica de turno.
Así que no le contesté y me acerqué a ella para rozarle los labios.
Tenía que encontrar el modo de no despertar sus sospechas, de no revelar que estaba valorando la idea de retomar la terapia que había interrumpido
hacía tres años, de no decirle que me habían diagnosticado un trastorno sexual y, sobre todo, de no decirle que mi anorgasmia tenía su origen en problemas psicológicos personales.
Le sonreí sensualmente y la sorprendí con un beso.
El contorno de mis labios se mezcló con los suyos y su lengua se deslizó en mi boca, como si no esperara otra cosa. Jennifer era experta en complacerme, pero ni siquiera su habilidad podía compararse ni remotamente al modo en que todo mi ser vibraba cuando recibía los besos enloquecidos de la niña.
Selene besaba con timidez —sus besos eran tan suaves como una caricia
—, cerraba los ojos y soñaba con un amor inexistente. Jennifer, en cambio, me reclamaba como la peor de las putas, tocándome entre las piernas con una mano y arañándome la nuca con la otra, clavando sus uñas en mi piel.
Su enardecimiento excitaba mi cuerpo, pero no mi mente.
Entre nosotros siempre había habido solo entendimiento sexual y nada más.
Un beso de Jennifer despertaba mi libido.
Un beso de Selene despertaba mi deseo de saborear hasta su alma.
Con Jennifer, sin embargo, me sentía a gusto, me sentía yo mismo, porque no sentía la presión de tener que cumplir ninguna expectativa.
A pesar de que era celosa, sabía lo que debía y no debía esperar de mí.
Para Selene, en cambio, todo era distinto. Un beso representaba un gesto dulce, significativo y cargado de valores, el anticipo de un hipotético romance conmigo con el que nunca debía haber fantaseado.
—Ah, gracias, Miller. Puedo ver que mi situación de mierda te llega al corazón —refunfuñó Luke, interrumpiendo mi momento de placer.
Me separé de Jennifer y me lamí el labio inferior, luego estiré un brazo sobre el respaldo del banco y me acomodé. Había logrado mi objetivo de
distraer a la rubia, que ni siquiera recordaba lo que me había dicho antes del beso, y ahora miraba con expresión gélida a Luke, porque odiaba que me interrumpieran en ciertos momentos. Estaba molesto porque, aunque un trivial roce de lenguas no era suficiente para provocar una erección, sí era capaz de despertar mi apetito sexual.
—Si quieres follártela, adelante. Yo puedo mirar y meneármela como un loco —intervino Xavier, imitando el gesto con una mano. Desplacé mis ojos hacia su expresión cómica y lo miré serio.
No encontraba nada divertido en lo que había dicho, especialmente en aquel período de abstinencia forzada.
—Por cierto, ¿qué tal tu fin de semana en Coney Island?
Xavier desvió la atención hacia otro tema, consciente de que estaba a punto de cabrearme, como siempre. Sin embargo, había elegido un tema del que yo no quería hablar, ya que no quería recordar lo trágico que había sido mi encuentro con Selene el día anterior.
—Solo estuve un día, por el cumpleaños de Matt —respondí con sequedad.
De repente me molestó la proximidad de Jennifer y su pierna doblada sobre mi muslo, así que me la quité de encima. A ella no se le escapó mi tensión repentina. Después de la reacción exagerada con Luke en la casa de invitados, tenía que medir cada gesto para no hacerlos sospechar, pero cuando pensaba aunque fuese remotamente en Selene, la racionalidad se desvanecía en el aire.
—Oh, ¿también estaba la muñequita? —preguntó de nuevo, refiriéndose a ella. Noté que Luke se ponía alerta, esperando escuchar más, y lo miré fijamente con la intención de leerle la mente. Seguramente estaba pensando en aquel beso con Selene y sabía lo que sentía: insatisfacción.
Lo mismo que había sentido yo cuando la había besado la primera vez en la piscina.
Selene estaba tan lejos de nuestro mundo, era tan distinta de las mujeres que estábamos acostumbrados a frecuentar, que despertaba nuestra curiosidad, y estaba seguro de que Luke tenía interés en ella.
—Sí, la niña también estaba —dije con tono plano, encogiendo un hombro con indiferencia. Jennifer se volvió para mirarme y sondeó mi rostro, pero yo permanecí impasible y apoyé un tobillo en la rodilla opuesta.
—¿Y? ¿Te has quedado a gusto? —Xavier se tocó con vulgaridad la bragueta y sonrió—. Todavía recuerdo su hermoso culito, ¿sabes? —
comentó, y yo apelé a todo mi autocontrol para no callarle la boca con uno de mis puños. Me mordí el labio inferior hasta sentir el sabor de la sangre en la lengua y traté de permanecer impasible.
—No, ya no me gusta. No sé qué coño me pasó en esa época, pero, fuera lo que fuese, lo he superado —contesté con la actitud chulesca con la que solía hablar de todas las mujeres. Jennifer siguió estudiando mi reacción.
Estaba fingiendo bastante bien, pero ella estaba celosa de Selene.
Habría sido difícil convencerla de que la chica me era indiferente.
—Eh, ¿de qué habláis? —Alexia se ciñó la chaqueta azul, a juego con su pelo, y nos miró con curiosidad, esperando a que alguien le diera una respuesta. Salió de la nada para meterse en nuestra incómoda conversación y, por primera vez, su presencia me irritó.
—Del viaje de Neil a Coney Island por el cumpleaños del medicucho, y de que no ha vaciado las pelotas con la virgencita del culo de oro.
Xavier le hizo un resumen impecable y Alexia resopló aburrida.
—¿Por qué «culo de oro»?
Con todo lo que le había dicho el moreno, y ella solo se había quedado con la última parte de la frase, porque estaba celosa de él, aunque el idiota
de Xavier nunca se había dado cuenta, o tal vez fingía no notarlo. Me habría gustado decirle que no tenía que preocuparse, porque Xavier no se acercaría a Selene mientras yo tuviera oxígeno circulando por mis pulmones, pero me obligué a callarme.
—Porque me parece la típica princesita con poca experiencia con los hombres.
Xavier me miró en busca de confirmación, pero yo no iba a contarles lo que había o no había hecho con ella; ya me había arrepentido de hablar demasiado fuera del Blanco, cuando su ex se había enfrentado a mí delante de todos, y no iba a volver a cometer el mismo error.
—¿Y una mamada? ¿Eso por lo menos? —Xavier seguía con la broma y yo estaba haciendo un esfuerzo gigante para no reaccionar.
Seguí mirándolo, serio, y Luke le dio un codazo para que parase.
—Déjalo —le reprochó, porque había leído algo turbio en mi mirada a Xavier. Inhalé y exhalé por la nariz y seguí mirándolo, impertérrito.
—Tío, tendrías que verte la cara ahora mismo, es para hacerte una foto
—se burló Xavier mientras se sacaba el móvil del bolsillo de los vaqueros
—. Sonríe, hombre.
Cuando me apuntó con el teléfono, los recuerdos me asaltaron…
Hacía frío, mucho frío, y yo temblaba.
La luz deslumbrante de la cámara me golpeó en la cara, y levanté un brazo para protegerme los ojos, pero era demasiado fuerte.
A mi alrededor, la oscuridad era total. Kimberly estaba sentada en una silla de madera y me observaba con su habitual sonrisa maligna en el rostro angelical.
Sí, tenía la apariencia de un ángel que ocultara un demonio terrible.
—Deja de taparte la cara —me riñó molesta, pero la vergüenza era tan grande que, en lugar de obedecerla, con la otra mano me tapé entre las piernas.
Estaba completamente desnudo.
—¡Neil! —me gritó irritada, pero evité escucharla; estaba en un estado de shock total.
Solo sentía mi corazón latiendo rápidamente, veía la palidez de mis manos y cómo me temblaban los dedos.
Sin embargo, no estábamos solos. Había alguien más con nosotros.
Los sollozos de la niña que estaba a mi lado resonaban entre las paredes.
También estaba desnuda y seguía tapándose, con su esbelto antebrazo, el pecho desnudo y plano, mientras su pelo de un negro intenso le caía en suaves ondas sobre los hombros.
Ignorando nuestra angustia, Kimberly me ordenó que le hiciese caso y que hiciese con la niña lo que ella me había enseñado.
La pequeña lloraba y temblaba ante la austera voz de nuestra vejadora, que no paraba de dar órdenes que ninguno de los dos obedecía.
Estábamos aturdidos, asustados, éramos víctimas de algo demasiado grande. La cámara, frente a nosotros, habría sido el fin para ambos.
Habríamos sido observados por otros monstruos, nuestra dignidad habría sido pisoteada y absorbida por aquella lente.
Pero algo salió mal.
Alguien irrumpió en aquel sombrío lugar.
Unos hombres echaron la puerta abajo y se desató el caos.
Me alejé instintivamente de aquella terrible escena; la chica me siguió y nos escondimos juntos detrás de un viejo y maltrecho sofá.
Me agaché en el suelo, con las rodillas contra el pecho.
Todavía desnudo y asustado, me tapé los oídos con las manos y cerré los ojos.
Papá decía que llorar era de mariquitas, así que apreté los dientes y me mecí de atrás adelante, tarareando una canción para ahogar los ruidos que oía a mi alrededor.
Canté la canción favorita de mi madre: «Imagine», de John Lennon.
Aquella canción, una simple y banal canción…, consiguió acallar los gritos de Kim.
No me di cuenta de nada, solo sentía descargas potentes por los brazos, mis manos cerradas en dos puños como si fueran esferas llameantes, el cuerpo de Xavier bajo el mío, el brazo flexionándose una y otra vez para golpearlo en el mismo punto. Oí gritos detrás de mí, sus ojos negros elevados al cielo, sus labios partidos que se separaban, pero no me detuve, no pude.
Apreté los dientes y seguí golpeando, una y otra vez, y con cada golpe mi cuerpo se cargaba con más energía negativa, una energía que necesitaba ser desencadenada. Me gustaba la sensación liberadora que sentía en mi interior.
—¡No vuelvas a hacer eso, hijo de puta! —grité a poca distancia de su cara, aferrando su chaqueta con las manos, que aún me hormigueaban—.
¿Me oyes? Nunca más —le espeté con furia, y lo dejé caer al suelo para reanudar después los golpes. No estaba del todo satisfecho, porque todavía estaba sobrecargado.
Sin saberlo, Xavier había sacado a flote una parte terrible y oculta de mi pasado.
Detrás de los abusos de Kim había más.
Ella no buscaba el mero placer carnal, producto de una mente enferma.
Kim hacía mucho más.
Tenía un propósito.
Un objetivo.
Un trabajo.
Formaba parte de una organización.
Solo me estaba preparando, y si no hubiera llegado el día de su arresto, yo nunca me habría dado cuenta.
Nunca habría sido capaz de salvarme a mí mismo ni a la niña que estaba conmigo.
—¡Neil, para!
Alguien trató de agarrarme por los hombros, pero lo aparté violentamente de un codazo.
Ya había sucedido lo inevitable: había perdido el control, la razón, el sentido común, todo.
Mis nudillos empezaron a teñirse de un rojo vivo e intenso, pero no me detuve, no podía gestionar la rabia.
Era más fuerte que yo.
Me levanté de encima de Xavier, que yacía en el suelo completamente aturdido, y comencé a darle fuertes patadas en el abdomen.
Tenía la frente empapada de sudor, la mandíbula tan tensa que me dolía, el cuerpo caliente, el jersey arrugado, pero nada me importaba.
En aquel momento solo podía sentir que la locura explotaba como un volcán, estaba cayendo en una espiral de destrucción, sentía las tinieblas brotar y derramarse sobre todos, tiñéndolo todo de negro, en una oscuridad en la que no había flores, ni colores, ni serenidad.
Notaba una energía ardiente que no podía controlar y que me hacía disfrutar, fue más fuerte que un orgasmo, más estimulante que un polvo.
Experimentaba una sensación de satisfacción y no me importaban las consecuencias, no me importaba nada excepto liberar a la bestia indomable, la locura transitoria.
Disfrutaba como un cabrón al ver el color púrpura que pintaba la cara hinchada de Xavier.
Y recordaba: la violencia de un padre sobre un hijo, el abuso de una mujer sobre un niño.
Esto había marcado el descenso de Satanás a mi alma.
—Ya no te ríes, ¿eh? —Estaba agotado, sin fuerzas, y Xavier aprovechó el momento de tregua para reaccionar. Tumbado en el suelo, estiró un brazo y me agarró por el tobillo, tirándome al suelo; se posicionó ágilmente sobre mí, inmovilizándome con el peso de su cuerpo, y me dio un puñetazo en la cara, y luego otro, primero en la mandíbula y luego en la ceja.
Conseguí defenderme, golpeándolo de vuelta, y lo empujé para ponerme de pie; parecía que el muy hijo de puta se hubiese despertado de su estado de confusión inicial.
Durante la violenta e interminable pelea, me las arreglé para agarrar su móvil y lanzarlo lejos, para destruirlo en mil pedazos.
Ser fotografiado o grabado desencadenaba mi furia.
Xavier se tambaleó y tosió, luego trató de hablar a pesar de la falta de aliento.
—¿Qué coño te pasa, eh? Pareces un maldito psicópata.
Escupió sangre junto a mis zapatos y aun así intenté abalanzarme sobre él, pero Luke me agarró de los brazos y me detuvo.
—¡No vuelvas a comportarte como un gilipollas conmigo, Xavier, o te juro que te mato! —bramé fuera de mí, poniéndome una mano en el abdomen. Probablemente me había golpeado allí también y estaba empezando a notar el dolor.
—¡No te tengo miedo! —me espetó con una sonrisa maléfica, recogiendo con el dorso de la mano la sangre que le caía del labio.
Lo había dejado hecho unos zorros, pero yo no había salido mejor parado.
Había conseguido golpearme. De pronto, todo a mi alrededor empezó a dar vueltas y las punzadas de dolor se extendieron desde el costado hasta la cabeza, pero todavía estaba cargado, seguía furioso.
—¿Qué coño has dicho? —grité, sintiendo que se me raspaba la garganta
—. ¡Y tú, suéltame! —Me revolví como un condenado mientras Luke seguía intentando alejarme de Xavier. Finalmente, me empujó y me tropecé.
—Mierda, ¿estás loco?
Logan corrió hacia nosotros, tiró su bandolera al césped, y me agarró por el brazo, liberándome del agarre de Luke.
Mi respiración era agitada y tenía los ojos vidriosos por la rabia.
—¿Tú qué quieres? ¡Piérdete! —le espeté también a mi hermano, pues ahora estaba fuera de control, fuera de mis límites.
Estaba completamente fuera de mí.
—¡Levanta! —Avancé de nuevo hacia Xavier, pero Logan se interpuso en mi camino, empujándome otra vez. Era alto y fuerte, pero no tanto como yo. Lo habría quitado de en medio con una mano si hubiese querido, pero era mi hermano y nunca lo tocaría.
Él lo sabía.
—No vas a ir a ninguna parte. ¡Cálmate! —me gritó, asustado y preocupado. Pude leerlo en sus ojos abiertos y en su expresión alarmada. En ese instante, Xavier farfulló algo, pero Luke le regañó y le dijo que lo dejara estar.
—¿Qué ha pasado? —exclamó Logan, y yo miré a mi alrededor y vi a los numerosos estudiantes que habían acudido a presenciar la pelea, solo por
curiosidad y diversión, ciertamente no para ayudarnos de ninguna manera
—. ¿Y bien? —insistió impaciente.
Me temblaban las manos, me temblaba todo el cuerpo; la cabeza me daba vueltas, las sienes me palpitaban y tenía las venas del cuello tan hinchadas que temía que pudieran reventarse en cualquier momento.
De repente me sentí sin fuerzas y caí de rodillas, agotado.
En ese momento me di cuenta de que los cortes de mis nudillos estaban sangrando y de que no podía ni mover los dedos. Más sangre me rezumaba de la ceja y del labio inferior, por el que pasé la lengua para sentir el sabor metálico en el paladar. Logan se acercó corriendo y me puso la mano en el hombro, pero yo no quería que me tocara, así que pegué un respingo y me aparté.
—No me toques —murmuré sin dejar de mirarme las manos.
Una vez más, la ira me hacía tener comportamientos enfermizos, me desconectaba de la realidad y me volvía inestable y violento, aunque yo no quería perder el control.
—Está bien, Neil, cálmate. Estoy aquí. —Logan volvió a intentar rozarme, y esta vez no me opuse a su tacto fraternal. Parpadeé y me senté en la hierba. No tuve el valor de mirar cómo había dejado a Xavier, ni de detenerme en los rostros horrorizados de quienes habían presenciado aquella lamentable escena.
Como siempre, me avergonzaba de mí mismo cuando perdía la razón, pero me avergonzaba aún más de mí mismo por haber sucumbido a Kimberly cada vez que me deseaba.
Para evadirme de todo, tarareé «Imagine», en voz baja, como si me hubieran hipnotizado, y Logan permaneció en silencio, escuchándome.
—La… he visto… —susurré, posando muy despacio los ojos sobre él.
Mi hermano lo entendió enseguida. Él lo sabía todo y, al escuchar las notas de aquella melodía, adivinó lo que había pasado y dónde estaba mi cabeza ahora.
En otra parte.
—Lo sabes, ¿verdad? ¿Sabes que vas a tener que volver al doctor Lively?
Me acarició la frente con una mano y me apartó un mechón de pelo, mirándome con sus ojos asustados, preocupados y tristes; se había dado cuenta de que, una vez más, estaba sucumbiendo a mí mismo y a esa parte de mí que no dejaba de torturarme.
Solo asentí con la cabeza.
Sabía que no había otra solución.
Cerré los ojos, los volví a abrir y me quedé mirando al cielo azul en estado de trance absoluto.
Habría querido perderme en aquella serenidad, conocer la luz, ahuyentar a mis demonios para dejar paso a algo maravilloso; me habría gustado vivir con más ligereza, sonreír más a menudo, para olvidar todo lo que me había pasado. Me habría gustado ser como una de las nubes que estaba mirando, imperfecto y capaz de flotar en el aire, habría querido ser libre. Pero no lo era y tal vez nunca lo sería.
—La he visto, Logan… —murmuré de nuevo, volviendo a mirarle fijamente—. Estaba sentada en la silla y la luz me deslumbraba… y…
Balbuceaba y me chupaba los labios, porque los notaba secos y no podía continuar.
—Lo sé. No lo pienses, todo ha terminado… —Me acarició la mejilla y se arrodilló frente a mí.
Él no era solo mi hermano menor, era mucho más: era el único hombro en el que podía apoyar el peso de mis problemas.
—No quería hacerle daño a Xavier, pero no puedo controlarme. Ya no puedo controlarme… —susurré angustiado, atrapado en una jaula irrompible. Quería mejorar, quería destruir la parte dañina de mí, pero no era fácil, no sería fácil mientras Kim siguiese viva en mi mente.
De repente, oí la voz del doctor Lively martilleando en mi cabeza, que sentía palpitar y girar como un torbellino de pensamientos nubosos.
«El tuyo es un trastorno caracterizado por ataques extremos de ira, a menudo incontrolables o desproporcionados para la situación. Esta es otra consecuencia del abuso físico que sufriste y la edad a la que empezó. Los sucesos traumáticos han desencadenado este tipo de problemas. Recibiste violencia y desahogas tu ira con los demás a través de la violencia. Es un círculo vicioso.»
Mientras sentía que el pecho se me comprimía y me quedaba sin aire, miré fijamente a Logan a los ojos, y entonces, de nuevo, mis nudillos se crisparon.
Estaba confundido, no entendía nada, pero sabía qué tenía que hacer.
Sabía lo que había que hacer.
Aquel día no fui a casa, me quedé en la cabaña de invitados con Logan solo para darle el gusto de curarme al menos el corte de la ceja y el labio.
Ya me había duchado y me había puesto unos sencillos pantalones de chándal negros, y estaba semidesnudo. Mi hermano había estado conmigo todo el tiempo, cuidándome como si fuera un maldito niño.
—Estate quieto —me regañó, pasándome un algodón por las heridas.
—Cuidado, que escuece —protesté apretando los dientes. Mi hermano incluso me había sugerido que fuera a urgencias, por el dolor de costillas, pero me negué rotundamente a seguir su consejo.
Hacía boxeo, y no era la primera vez que me peleaba con alguien, así que sabía que los moratones desaparecerían en un par de días, y lo mismo ocurriría con el dolor.
Por suerte no me había roto la mano, solamente tenía rozaduras visibles.
A fin de cuentas, sabía cómo golpear a mi rival, especialmente en una pelea callejera como la de unas horas antes. A veces, un puñetazo mío bastaba para dejar a mi oponente fuera de combate, pero Xavier era fuerte y había sido capaz de soportarlo, así como de defenderse.
—Ya casi he terminado —dijo Logan.
Yo estaba sentado en el sofá esquinero de la casa de invitados con una bolsa de hielo en la mano derecha, que se había hinchado mucho; en el abdomen tenía un hematoma espantoso que me impedía agacharme y girar el tórax.
—Bueno, te voy a poner una tirita en la ceja. Ten paciencia.
Mi hermano siguió curándome con delicadeza, y cuando hubo terminado, se levantó de la mesa baja para dejar el botiquín en el baño. Mientras tanto, decidí tumbarme, debido al fuerte dolor de cabeza, y cuando Logan volvió, me miró mal.
—¿Qué pasa? —le pregunté molesto, pero me ignoró y empezó pasear nerviosamente por el salón, pasándose los dedos por el cabello grueso.
—Siéntate. Me das más dolor de cabeza todavía —refunfuñé, intentando estarme quieto para sentir menos dolor. Cada vez que había tratado de levantarme, aunque fuera para hacer pis, el mareo me había obligado a permanecer sentado, por lo que había decidido evitar cualquier movimiento brusco por el momento.
Pero estaba seguro de que Xavier no estaba mucho mejor, quizás había acabado en el hospital o se había roto algo. La idea de haberle pegado no me entusiasmaba, es más, me preocupaba, porque cuando perdía el control
no podía controlar la fuerza ni la potencia de mis puños. Estaba acostumbrado a pegar sin guantes, la diferencia era que me había enfrentado a un rival fuerte, uno de los Krew; ni Luke ni Xavier eran chavales enclenques incapaces de defenderse, como tampoco lo era yo, por lo que una pelea a puñetazos entre nosotros siempre acababa mal para todos.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó Logan, preocupado, deteniéndose a poca distancia de mí.
—Estoy bien, no es la primera vez que me pasa —contesté irritado.
¿Cuántas veces me había visto envuelto en peleas callejeras?
—¿Sigues mareado? —insistió y puse los ojos en blanco.
—Pásame un cigarro y cállate. —Necesitaba fumar y dejar de escuchar a mi hermano.
Logan, por suerte, se limitó a mirarme mal, pero no protestó. De hecho, cogió el paquete de Winston del rincón de la cocina y me lo pasó.
Saqué un cigarrillo, me lo puse entre los labios y dejé que me lo encendiera él.
—Bueno, por lo menos sirves para algo —me burlé mientras daba la primera calada.
No quería que se preocupara por mí, estaba bien, el único problema iba a ser mi madre con sus preguntas incómodas. Prefería que no me viera así.
—Intenta distraer a mamá, yo dormiré aquí. No quiero que me dé por saco —le advertí, esperando que estuviera de mi lado.
Logan arrugó la frente y suspiró.
—¿Y qué le digo si pregunta dónde estás?
—Dile que estoy aquí con Jennifer o con alguna otra. Que estoy ocupado y que no me moleste.
Aquella era la única excusa convincente que podía utilizar para evitarla.
Mi madre conocía bien mis hábitos y sabía que hubo una época en que me dedicaba a ellos en mi habitación, pero que ahora lo hacía en la casa de invitados. Nunca me había hecho preguntas directas sobre mi vida sexual, le daba vergüenza hablarme de ello, por eso si le decían que no estaba solo no vendría a buscarme.
—Vale, puedes evitar darle explicaciones esta noche, pero por la mañana,
¿qué vas a hacer? Tarde o temprano te verá, y también verá el estado en el que estás.
Mi hermano, por supuesto, tenía que plantearme problemas futuros, mientras yo intentaba resolver los inminentes. Eché el humo y seguí fumando, agradeciendo el sacrosanto cigarrillo que tenía en mí el efecto de un calmante.
—Logan —le dije—. Mañana será otro día y ya lo pensaré entonces.
Resoplé.
Dios, éramos tan diferentes él y yo.
Yo era impulsivo, imprudente, revoltoso, descarado y menos nervioso.
Logan, en cambio, era Logan: todo lo planificaba, todo lo pensaba, todo lo analizaba y por todo me tocaba los cojones.
—Sí, vale, tranquilo —se defendió, molesto.
—¿Puedes irte y dejarme en paz? —le pedí, aburrido. Quería estar en silencio, fumar tranquilamente y soportar el dolor intercostal en paz.
Después de otro ceño fruncido, porque obviamente quería estar encima de mí otra vez, mi hermano afortunadamente se marchó.
—Vengo en un rato, voy a llamar a Alyssa. Tenía que estar aquí hace una hora, pero aún no ha llegado. Tú no te muevas —me advirtió, dejándome claro que no me iba a librar de él tan fácilmente. Lo ahuyenté con una mano y se fue cerrando la puerta tras de sí.
Bueno, por fin estaba solo. Apoyé la cabeza en el reposabrazos del sofá y miré al techo, reflexionando sobre lo sucedido.
Todo lo que estaba viviendo en aquel período era una clara señal de que necesitaba ayuda, ayuda que tenía que pedir, a diferencia de los últimos tres años; de lo contrario, me derrumbaría y destruiría la pizca de lucidez que aún me quedaba.
La reacción que había tenido contra Xavier había sido anormal, tan anormal como la incapacidad de experimentar un orgasmo en la cama o tener relaciones humanas estables. Poco a poco, los recuerdos me estaban consumiendo, el pasado se colaba en mi presente con la intención de condicionar mi futuro, y tenía que reaccionar, debía pararlo, o él ganaría y yo perdería.
Pero la realidad era la que era: no había nada ni nadie que pudiera salvarme.
Yo, y solo yo, podía salvarme a mí mismo.
Dos golpes en la puerta me despertaron de mis cavilaciones. Suspiré y dirigí mi mirada más allá del cristal de la puerta corredera para ver qué coño quería Logan ahora.
—¿Ya has terminado de hablar por teléfono? —Levanté la voz y resoplé, pero no obtuve respuesta ni oí nada más.
Lo intenté de nuevo:
—Logan, usa tus llaves y entra. No me voy a levantar a abrirte.
Y una punzada de dolor me atravesó las sienes por hablar demasiado alto.
Me molestaba hasta mi propia voz.
Una vez más, no obtuve respuesta, excepto dos golpes de nudillos en la puerta.
¿En serio? Le había pedido que me dejara en paz con mi silencio meditativo, pero se estaba empleando a fondo para cabrearme de nuevo.
—A tomar por culo —susurré mientras levantaba el torso despacio.
Apreté los dientes por las punzadas que sentía en las costillas, y me senté respirando con dificultad. Tiré la bolsa de hielo en la mesa baja, luego dejé el cigarro que aún me estaba fumando en el borde del cenicero y me puse de pie, apretándome la mano bajo el pectoral derecho. ¿Por qué demonios actuaba así mi hermano?
Tenía mis llaves, podía entrar tranquilamente sin someterme a la tortura de levantarme.
Me acerqué a la puerta y la abrí de par en par, dispuesto a atacarlo.
—¿Qué coño…?
Me detuve al encontrarme con dos ojos verdes y una melena negra que caía en mechones salvajes. Un cuerpo femenino y dos piernas curvilíneas me sorprendieron en el umbral. Se me cortó la respiración y un sentimiento de angustia me oprimió el pecho al darme cuenta de que no estaba teniendo una alucinación, sino que Megan Wayne estaba allí, delante de mí.
¿Qué estaba haciendo allí? ¿Quién la había dejado entrar en nuestra mansión?
—Hola, Miller. —Me miró y puso una mueca de decepción cuando se fijó en mi aspecto—. Si te estás preguntando qué hago aquí, te respondo ahora mismo: he acompañado a Julieta a ver a su Romeo, porque necesitaba que la trajeran en coche, así que he aprovechado la oportunidad para hacerte una visita y ver cómo estabas. Los rumores vuelan y ya hay una porra en la universidad a ver cuál de los dos está peor. Yo había apostado por Xavier, pero ahora que te veo…
Arqueó una ceja y se demoró en los abdominales; yo estaba a punto de pedirle que dejara de mirarme así. Nosotros dos no debíamos estar solos en una habitación, no debíamos acercarnos ni intercambiar palabra, precisamente por el pasado que compartíamos.
—Gracias por la información, pero puedes irte a tomar por saco, justo por donde has venido.
Le señalé la puerta con el mentón. No estaba bromeando en absoluto, tanto que intenté cerrarle la puerta en la cara, pero ella frustró mi intento, bloqueándola con ambas manos.
—Sé amable por una vez, Miller, no estás en condiciones de dártelas de gánster.
Ella sonrió y entró con prepotencia en mi casa de invitados; o, mejor dicho, en mi espacio personal, cruzando la línea que siempre me había impuesto no cruzar con ella. Me quedé quieto en el umbral y la miré molesto: no la quería cerca, ni en mi camino ni dondequiera que estuviese yo.
—Megan, no me hagas repetírtelo. Vete —dije en un tono medido pero firme.
Miró alrededor de la sala de estar, como si no le hubiera ordenado largarse, y luego se inclinó para coger mi cigarrillo humeante del cenicero y llevárselo a los labios mientras se giraba hacia mí.
—Alguien os grabó. Estaba todo el mundo viendo el vídeo y comentando lo fuerte que fuiste, lo alterado que estabas, etcétera —dijo apresuradamente, agitando una mano en el aire—. Pero… —Le dio otra calada a mi cigarrillo y luego aplastó la colilla en el cenicero, centrando toda su atención en mí—. Pero no estabas simplemente furioso. Había algo más en tus ojos. Algo que venía de aquí.
Se tocó el centro del pecho con una mano y yo cerré la puerta, resignándome a la idea de que no se iba a ir. Podía agarrarla por el codo y echarla, pero en ese momento no estaba ni de humor ni en condiciones físicas para hacerlo.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté exasperado.
Mantuve cierta distancia entre nosotros, me acerqué a la isla de la cocina y apoyé una mano en ella. Necesitaba tumbarme, pero no quería mostrarle ninguna debilidad.
Al día siguiente estaría mejor, pero ahora sentía la necesidad de descansar, de desconectar el cuerpo y la mente.
Siempre me pasaba lo mismo después de mis arrebatos de ira.
Eran tan intensos que me agotaban, me debilitaban y me dejaban sin fuerzas.
En ese instante, Megan analizó mi aspecto y esta vez no miró los moratones, sino que admiró cada ángulo, cada músculo evidente, cada relieve natural y línea definida.
Me di cuenta por la forma en que sus ojos se iluminaron y tragó saliva.
Ella quizás hiciera alarde de confianza en sí misma; yo, en cambio, la tenía.
Ella se hacía pasar por mujer, pero yo era un hombre, y no solo en la cama.
No bastaba con que una chica fuera atractiva para follar conmigo. Yo era calculador, era astuto, malvado y haría cualquier cosa para averiguar el propósito de sus actos.
Por eso sospeché que había algo extraño detrás de su inusual visita.
Siempre nos habíamos ignorado, mientras que ahora parecía que mi salud mental se había convertido en una prioridad para ella.
—¿Y bien? —la insté cuando noté que sus ojos se concentraban en mi zona pélvica, cubierta por la goma del chándal negro. No sabía lo que estaba observando: si el bulto entre mis piernas o el Pikorua de mi cadera izquierda.
¿Tal vez se preguntaba dónde terminaba la punta de mi tatuaje?
—Por si te lo estás preguntando, termina en la base de mi polla —la provoqué y ella se sobresaltó e inmediatamente dirigió los ojos a mi cara—.
Pero lo siento por ti. Nunca lo verás.
Con la mano izquierda me bajé mínimamente el elástico de mis pantalones, dejando que asomara por debajo, y luego me los volví a subir a la cadera y le sonreí provocativamente.
Decidí hacerla sentir incómoda; sería el precio a pagar por invadir mi intimidad.
—Ya sabía que tienes un cuerpo bonito —replicó ella, para nada avergonzada—. Que tu tatuaje terminaba ahí, lo suponía, pero me gusta más el Toki.
Se encogió de hombros y desvió la mirada hacia el tatuaje maorí de mi bíceps derecho. Era la primera vez que me veía semidesnudo, por lo que estaba aprovechando la oportunidad para examinarme en condiciones.
Los tatuajes eran solo una distracción para confundirme.
Pero yo era muy astuto, y ni siquiera una chica inteligente como ella podía engañarme.
Me pasé una mano por el pelo, desordenando nerviosamente el tupé, y luego volví a centrarme en ella e intenté no perder el control.
—Entonces, ¿qué quieres?
Me acerqué al sofá y ella retrocedió.
¿A Megan la asustaba tenerme demasiado cerca?
Al pasar junto a ella me di cuenta de que mi robusta talla hizo que se pusiera rígida, y recordé que una vez, en lugar de temerme, me había considerado un amigo con el que jugar en el parque, tan inconsciente como yo de lo que sucedería más tarde.
Me senté, presionándome las costillas con la mano, y apoyé la espalda en la suave tela del sofá, respirando profundamente.
A estas alturas se estaba volviendo agotador hacer cualquier movimiento por leve que fuera.
—¿No puedo hacer una visita de cortesía a un amigo?
Se quedó de pie enfrente de mí, y la escudriñé con atención, fijándome ahora en su atuendo. Llevaba unos pantalones negros de cintura alta y un jersey corto, cubierto por un abrigo largo. Su pecho alto y generoso era claramente visible, a pesar de su intento de ocultarlo con aquel abrigo horrendo, y las curvas de sus caderas formaban un reloj de arena perfecto.
Una bufanda de lana le envolvía el cuello y unos botines altos de piel estilizaban su figura. Era la segunda vez que me sorprendía observándola de forma tan descarada, pero no sentía ninguna atracción sexual por ella y me alegraba de ello. Ninguna parte de mi cuerpo exigía su atención, y eso denotaba que era mucho más fuerte que sus constantes provocaciones.
—Tú y yo no somos amigos —le dejé claro, volviendo a mirarla a los ojos, y la sorprendí mirándome fijamente. Estaba sentado en el sofá, lleno de cortes y moratones y, sin embargo, me miraba como si nunca hubiese visto a un hombre en chándal y sin camiseta.
—Siempre podemos hacernos amigos.
Cruzó los brazos sobre el pecho e hizo estallar una burbuja con un chicle que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba masticando.
Su actitud descarada era insoportable.
—Nunca. Me importa una mierda tu amistad.
Levanté la voz y, de nuevo, otra punzada de dolor me hizo reclinar la cabeza sobre el sofá e inhalar profundamente. Miré al techo y traté de arreglármelas.
Calma, tenía que mantener la calma.
—Hoy estás más irritable que de costumbre.
Miró a su alrededor con gesto aburrido y me habló con esa confianza que intentaba no perder, solo para demostrarme que estaba a la altura de enfrentarse a alguien como yo.
Empecé a pensar en una forma de alejarla de mí y de la casita de la piscina, y no me fue difícil pensar en algo diabólico para herirla.
—Pero ¿tú te estás oyendo? Me hablas como si me conocieras de verdad
—me burlé de ella, tratando de no prestar atención al dolor de mi cuerpo.
Megan dejó de mirar a su alrededor y observó con sus ojos verdes la expresión chulesca de mi cara.
—¿Sabes lo que veo cuando te miro? —dijo de repente, mirándome fijamente desde arriba, como una bruja dispuesta a lanzar algún hechizo maligno sobre mí—. Veo a un hombre que no consigue luchar contra su pasado, un hombre que se ha anulado, dejándose abrumar por los recuerdos, los mismos que revive al dormir con diferentes mujeres, creyendo que es la solución a todos sus males. Veo a un hombre incapaz de reconocerse a sí mismo que intenta autodestruirse, que utiliza su cuerpo como medio de comunicación, solo por miedo a que sus sentimientos puedan hacerle daño.
Veo a un hombre bueno e inteligente, que lleva una armadura que solo utiliza para ocultar sus debilidades, porque es incapaz de curarse y, sobre todo, de quererse.
Levantó una comisura de los labios en una mueca desafiante y permaneció inmóvil, mirándome fijamente. Aunque intenté fingir lo contrario, había cazado al vuelo cada palabra de su discurso, y odiaba admitirlo, pero me había herido en mi orgullo masculino.
Un orgullo que no permitía que nadie pisoteara.
No pretendía que me entendieran, pero odiaba que me juzgaran.
Con una fuerza que me recorrió inesperadamente de las piernas hasta el cerebro, me levanté, con la mano aún en el abdomen, y me acerqué a ella,
alzándome sobre su cuerpo.
Había entendido sus intenciones: me estaba provocando para obtener de mí una reacción, y ahora yo correspondería de la misma forma.
—¿Sabes tú lo que veo yo cuando te miro? —murmuré con un timbre diabólico. Megan tragó saliva y por fin noté que su falsa confianza vacilaba.
No fue suficiente: iba a destrozarla por completo. Avancé un paso más hasta que su cara estuvo a la altura de mi pecho y me incliné lo suficiente para mirarla a los ojos; era allí donde me iba a apoderar de cada uno de sus miedos para golpearla y herirla de gravedad—. Veo a una mujer que cree que ha olvidado el pasado, pero que sigue llevando sus marcas. Veo a una mujer que solo sabe vestirse de negro, cubrir su cuerpo. Una mujer que no ha tenido relaciones con hombres desde quién sabe cuándo, porque es incapaz de dejar que la toquen. ¿Crees que no te he observado a lo largo de los años? ¿Crees que no me he dado cuenta de tu actitud esquiva y desconfiada? —susurré sin apartar la vista de sus ojos que ahora estaban nublados y cargados de una rabia oscura que intentaba controlar—. ¿Cuánto hace que no te acuestas con un hombre? ¿Cuánto tiempo hace que no tienes una relación normal? ¿Cuántas noches has pasado soñando con Ryan?
¿Cuántas te quedas en vela imaginando sus manos sobre ti? —le pregunté con fingida curiosidad y ella bajó sus ojos a mi pecho, mirándome allí en vez de a la cara—. Puedes engañar a tu psiquiatra, y al mío también, pero a mí no —concluí.
Un pequeño temblor de sus hombros me hizo darme cuenta de lo poderosas que habían sido mis palabras. Le había echado en cara la verdad, una verdad que nadie más podía entender mejor que yo. Sus temores afloraron, pero solo por un breve instante; Megan los ahuyentó rápidamente, esbozando una sonrisa falsa para ocultarlos.
—Te excita darle a la gente donde duele, ¿verdad?
Enseguida recuperó la confianza y levantó la barbilla en señal de desafío, para hacerme intuir que tal vez me dejaría ganar la batalla, pero no la guerra.
—Igual que te excita a ti darme a mí donde me duele —respondí en la misma línea, alejándome de ella, de su cuerpo y de su olor.
Megan sonrió y me miró de arriba abajo, con la misma expresión de confianza en el rostro que me habría gustado borrarle de una bofetada, si hubiese podido; luego avanzó hacia mí y se puso de puntillas para llegar a mi oído. En ese instante, sus pechos se apretaron contra mi tórax y sus caderas coincidieron con las mías. Me encontré en el espacio entre sus muslos que custodiaba su sexo, y estaba seguro de que ella también notaba el mío.
—Te contaré un secreto —susurró con voz sensual—. Sin duda eres un hombre difícil de manejar, Miller, pero yo ya he vivido el infierno. No tengo miedo de ningún demonio, y menos de ti.
El calor de su aliento acarició mi hombro, luego se apartó de mi oído y me sonrió. Miré instintivamente sus labios carnosos y me detuve en el pequeño lunar que, como un grano de café, salpicaba el arco de Cupido del labio superior, subrayando sus orígenes italianos. Un momento después, retrocedí y di otro paso atrás, estableciendo la distancia necesaria entre nosotros.
—No juegues conmigo, Megan, porque si empiezo a jugar yo, te vas a hacer mucho daño —le advertí con firmeza.
Ella era inteligente y entendería lo que quería decir.
Una sonrisa burlona curvó sus labios, y luego, sin decir nada más, dio media vuelta, caminó con decisión hacia la puerta y se marchó, dejándome allí de pie, reflexionando sobre lo que acababa de pasar.
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