Un juego peligroso
Capítulo 1
Neil
Quizá la vida sea como un río que va al mar.
No ha ido adonde se supone que debía ir,
pero ha acabado donde tenía que estar.
FABRIZIO CARAMAGNA
T ener relaciones sexuales, hacer el amor o follar para mí eran tres actos que pertenecían a una única y gran categoría: el placer.
Mi placer, sin embargo, no era como el de los demás: no recurría al sexo para llegar al orgasmo, porque a menudo ni siquiera llegaba.
No, para mí era un mecanismo que me concedía un sentimiento de enferma excitación cuando imaginaba que debajo de mí estaba aquella que había dañado profundamente mi psique y mi alma: Kimberly.
Aquella mujer no me había infligido solo una violencia física, sino también visual, táctil y psíquica. Muchas veces, las personas que sufrían una violencia así durante la infancia desarrollaban una conducta social anómala en la edad adulta. Se volvían manipuladores, molestos, irritantes, perversos e inquietos.
Exactamente como yo.
Mi personalidad estaba gravemente herida, y yo sabía que cuanto más precoz era el abuso —que en mi caso había tenido lugar a los diez años—
mayor era el daño, que además implicaba una modificación psicopatológica de las tendencias instintivas. El doctor Lively me lo había explicado con todo detalle en una de nuestras sesiones. Y había añadido que el sufrimiento y la humillación que aún albergaba en mi interior se manifestaban en las relaciones sexuales y humanas que establecía con las mujeres, con la consecuencia de que vertía esos sentimientos de forma irreparable sobre ellas. Es más, lo que hacía era obligarme a revivir mi abuso, pero desde el otro lado. Esta enfermedad la había definido mi médico como «coacción de repetición egosintónica».
De pronto, el cerebro, después de haberse paseado por su caos, me trajo de vuelta al presente.
Estaba en la cama, y no estaba solo.
—Neil.
Jennifer seguía meciéndose sobre mí, tocándome los pectorales sudados.
Se mordía el labio y contoneaba, lo que solo conseguía aumentar mis malditas náuseas.
Mis dedos la guiaban, apretándole los costados, mientras miraba fijamente el anillo de acero que llevaba en el dedo corazón de la mano derecha, para no ver hasta qué punto su cuerpo me absorbía y me soltaba con ardor. Jennifer no deseaba a ningún otro, solo a mí, y yo no deseaba a ninguna otra, solo a… la niña.
Para no pensar en Selene, me puse a pensar en cuánto odiaba la postura en la que la rubia y yo estábamos haciéndolo. Como de costumbre, no conseguía aguantar debajo de una mujer más de cinco minutos, así que cuando mi cabeza contó el quinto minuto, le di la vuelta a la situación y me
puse a horcajadas sobre ella, apoyando mi erección, mojada por sus secreciones, sobre su abdomen.
Le toqué la mejilla con la nariz y le dediqué una sonrisa provocadora; entonces decidí apropiarme de otro agujero de su cuerpo.
Me quité el condón usado y ella siguió el gesto con mirada voraz.
Le gustaba mi tamaño, como a todas, y yo era consciente de ello, razón por la cual demostraba cierta confianza en la cama.
Jennifer, por su parte, no ocultó sus ganas de disfrutar de mi miembro como una deliciosa piruleta.
Tenía ganas…, pero que muchas ganas.
Me miró con la respiración contenida, las mejillas sonrojadas y los ojos inundados de una expectativa que pronto satisfaría.
Me puse de rodillas y desvié el glande hinchado hacia su hermosa boca.
Apoyé las manos en el cabecero de la cama y, de nuevo, el mismo ritmo.
Dentro, fuera, dentro, fuera, pero esta vez observando cómo se apoderaba ella de mí con sus labios pecaminosos.
La miraba y me encantaba lo que veía, pero sobre todo me gustaba cómo conseguía complacerme. No era nada fácil abarcarla entera, pero Jennifer sabía dónde pararse, sabía cómo satisfacer mis demandas. Era desinhibida, guarra y atrevida.
De repente, tosió y me detuve unos instantes en el calor de su boca.
Esperé a que asintiera y reanudé la marcha.
Con las manos me apretaba el culo, que se contraía con cada embestida, sentía sus uñas clavándose en mi carne mientras yo seguía apoderándome de lo que quería.
Cuando Jen empezó a jadear y a ralentizar el vaivén de la nuca, me di cuenta de que Xavier había vuelto con nosotros a la cama, para deslizar, esta vez, su cabeza entre los muslos de ella.
En realidad, aquel banal teatrillo obsceno había comenzado alrededor de una hora antes con ambos compartiendo a la misma mujer, como siempre.
—Nena, ¿cuánto has echado de menos mi lengua? ¿Eh?
La voz ronca y excitada de Xavier me llegó por la espalda, ralentizando bastante la carrera hacia el orgasmo que sentía cada vez más distante.
Aquel día mi cabeza no quería colaborar. Estaba tenso y nervioso, tanto que no conseguía dejarme ir como me habría gustado.
—Joder —gruñí por lo bajo, mientras salía de la boca de Jennifer para alejarme y levantarme de la cama.
Dirigí una última mirada a los dos que seguían dándose placer, y vi que Xavier estaba concentrado haciendo enloquecer a la rubia.
Mi amigo probablemente fuera más generoso que yo, que últimamente solo le había concedido ciertos privilegios a la chica con los ojos de mar que se había marchado: Selene.
Jennifer me miró suplicándome que volviera, enterrado entre sus labios, pero sacudí la cabeza y decliné la invitación.
Me metí en el baño y cerré la puerta tras de mí, aunque oía de todas formas los gemidos de los dos, que habían empezado a darse lo suyo en serio.
Apoyé las manos en el borde del lavabo y contemplé mi reflejo: tenía el pelo despeinado, los labios rojos, los tendones del cuerpo marcados, los músculos aún tensos; era la expresión de un hombre insatisfecho. En mi cuerpo el erotismo circulaba como una droga venenosa. Todavía lucía una erección obstinada, que no quería concederme ni un momento de desconcierto, los cinco segundos de explosión total, los escalofríos que iban desde la base de la espina dorsal hasta el cerebro, los mismos que solo había sentido con una mujer.
Con la niña.
Todavía recordaba cómo me había corrido en aquel cuerpecillo suave y estrechísimo, que me había absorbido y había hecho abrirse las puertas de un paraíso maldito.
Recordaba sus dedos delicados, que se me clavaban en la espalda, con miedo a hacerme daño, recordaba nuestros besos toscos que ella no acertaba a devolverme del todo, porque nadie la había besado nunca mientras se la follaba.
Recordaba todavía cómo me había mirado cuando le había enseñado cuánto me gustaba el sexo con ella, porque cada orgasmo que vivíamos juntos era tan paralizante que me dejaba sin aliento; aunque no jadeara, aunque intentara no perder el control, ella me quitaba una parte de mí, en pequeñas dosis, de puntillas, como un hada que siempre esparcía un puñado de polvos mágicos sobre mi alma.
Había pensado en llamarla, en preguntarle si había llegado a Detroit, si estaba bien y si había encontrado mi regalito en el bolsillo del abrigo.
Dios mío, ¿de verdad le había metido un cubo de cristal con una perla en el bolsillo?
Sí, lo había hecho, cuando, con la excusa tonta de darle un beso en la frente, me había acercado tanto a ella que me había comportado de una forma totalmente inapropiada.
Se había marchado aquel mismo día por la mañana y solo eran las diez de la noche, pero parecía que hubiese pasado una eternidad desde la última vez que me había sumergido en su océano.
Habría querido abrazarla, besarla y llevarla conmigo a mi habitación, pero me había propuesto no hacer tonterías y dejarla marchar, porque era la decisión más justa.
La más justa.
Me lo repetía continuamente como un loco para no coger el móvil y mandarle un mensaje que dijera «Vuelve inmediatamente aquí conmigo, Campanilla», porque, aunque lo hubiese hecho, nada habría cambiado.
Yo no habría cambiado, seguiría siendo el mismo niño enfermo que utilizaba a sus rubias, que se daba innumerables duchas al día, que se negaba a volver a terapia, que no conseguía controlar sus propios impulsos, que hablaba consigo mismo, que era incapaz de amar.
Mi personalidad nunca jamás habría aceptado el amor, porque un simple
«te quiero» habría traído de vuelta a la bestia que tenía dentro.
Era justo dejarla marchar, dejarla vivir su vida, quizá con un hombre normal que no sufriera un trastorno disociativo, TEI o cualquier otra obsesión compulsiva como yo. Con un hombre que la tratara bien, que la tocara con delicadeza y que no se acostara con otra que no fuera su mujer.
Con un hombre serio y respetuoso con quien formar una familia, tener hijos y vivir una historia con final feliz.
Al fin y al cabo, Selene se merecía todo aquello, pero era algo que yo no podía darle.
Si no tuviese los problemas que tengo lo habría intentado, habría intentado comprometerme con ella, pero la realidad era otra, y yo, por mi forma de ser, nunca había pensado en tener una relación estable con una mujer.
No mientras Kimberly siguiera en mi cabeza.
Miré intensamente mis ojos dorados en el reflejo de aquel espejo y todo cambió.
Muy despacio, como un sueño…
El maorí del bíceps derecho desapareció, los imponentes hombros se estrecharon, los pectorales menos hinchados, el cuerpo más pequeño, el pelo más largo y claro, la cara sin barba y los rasgos más… infantiles.
Y ahí estaba, mi persecución.
—Eres tú quien tiene la necesidad constante de utilizar a mujeres distintas.
Hablé yo primero, mirándome en el espejo antes de que él me atacara.
El chico inclinó la cabeza hacia un lado y me miró escéptico. Llevaba la camiseta deportiva azul del Oklahoma City, de nuevo, y los pantalones cortos del mismo color.
Seguro que quería justificarse y echarme a mí la culpa de todo, como siempre.
—¿Vas a negarlo? —seguí, apretando los dedos sobre el borde del lavabo.
Estaba nerviosísimo, y el deseo insatisfecho, que aún me latía entre las piernas, no resultaba de mucha ayuda.
—No puedes tenerla, se ha largado. Campanilla ya no está y deberías estar contento. —Esbocé una sonrisa burlona, y luego me pasé la mano por la cara—. Eres tú quien me obliga a comportarme de esta forma, ¿lo entiendes? —le acusé para que dejara de mirarme como si fuera solo culpa mía.
La culpa era toda suya, de lo que susurraba a mi conciencia y de su llanto, a veces ininterrumpido, que yo intentaba calmar como ambos sabíamos.
—Me gusta —contestó él, cruzando los brazos sobre el pecho.
Ahora estaba molesto y malhumorado, pero me importaba una mierda porque era él quien me había llevado a aquella situación.
—Sabes que no puedes tener una relación con una mujer como Selene mientras te acuestas con otras, ¿no? No es respetuoso, y ella jamás aceptaría algo así, no aceptaría compartirme. Es justo que se haya marchado —le regañé, levantando la voz.
Maldición, ¿por qué me cabreaba tantísimo aquel muchacho?
—Lárgate, me estás haciendo perder la paciencia —lo amenacé, y luego me acerqué a la taza del váter porque una necesidad fisiológica más urgente me invitaba a interrumpir aquel absurdo diálogo.
El problema era que mear con una erección como aquella habría sido no solo difícil, sino también bastante enervante. Intenté pensar en otra cosa, concentrarme en un tema alejado del sexo, como los estudios, los últimos exámenes, el grado, y por fin conseguí liberarme.
—Niñato de mierda —le gruñí a aquel chaval caprichoso, y luego me metí directamente en la ducha.
Cuarenta minutos de agua fría fueron suficientes para aplacar mi rabia, calmar la excitación sexual y deshacerme del olor de la saliva de Jennifer y de nuestro sudor.
Aquel era mi momento preferido del día: agua, gel de ducha, perfume.
Todo el mundo sabía lo obsesionado que estaba con la higiene, además de lo puntilloso que era para elegir a las mujeres con las que follaba, y poco proclive a concederles a mis presas relaciones orales.
Me gustaba hacerlo, pero no a todas, más bien casi a ninguna, excepto a Campanilla, cuyo sabor tenía aún impreso en el paladar.
Era un sabor distinto, intenso y único, simplemente… suyo.
Pero tenía que dejar de pensar en aquello o volvería a empalmarme, y esta vez no sería suficiente con una ducha fría para hacer desaparecer la erección.
Salí del baño completamente desnudo, con el cuerpo aún goteando agua, y me acerqué a donde estaban mis calzoncillos para ponérmelos.
Jennifer y Xavier habían terminado y estaban cómodamente tumbados en la cama de mi habitación fumándose un cigarro. Noté sus ojos pegados en mi espalda, pero evité mirarlos.
—¿Con quién hablabas ahí dentro?
Fue la curiosidad de Jennifer la que rompió el silencio mientras me ponía también los vaqueros. Le dirigí una mirada furtiva y encogí un hombro con indiferencia.
—Hablaba por teléfono —mentí; mierda, no me había percatado de que había levantado tanto la voz como para que me oyeran desde la habitación, así que solo podía dar una excusa absurda como aquella.
—¿Cuánto tardas en darte una ducha? Espero que te hayas hecho también una buena paja, amigo. No entiendo cómo puedes controlarte tanto rato después de haber estado una hora follando —me dijo Xavier mientras yo me ponía la sudadera blanca para taparme el tórax aún húmedo.
Tenía el pelo despeinado, solo me lo había secado por encima con una toalla; me acerqué al espejo y me pasé los dedos por la cabeza para peinarme un poco.
—Xavier, lo que haga o deje de hacer no debería interesarte —repliqué huraño, y luego cogí las llaves, el móvil y el paquete de Winston.
Me di la vuelta para mirarlos y pillé a Jennifer mirándome el culo como de costumbre. Xavier era alto y atlético, pero yo estaba más bueno.
Practicaba boxeo desde los dieciséis años, bebía poco alcohol y no consumía drogas, así que tenía un cuerpo musculoso y fornido como pocos, potenciado solo por mis asiduos relajos.
—Voy a salir a fumar. Limpiad un poco y abrid la ventana.
Salí y me puse la capucha de la sudadera para resguardarme del frío.
Me senté en un sofá y me encendí un cigarro, echando el humo al aire.
Miré fijamente el agua cristalina de la piscina en desuso que tenía delante, y reviví el momento en que, en el tercer piso, había seducido a Selene y le había robado el primer beso, envolviendo su cuerpo con el mío.
Recordé sus ojos marinos con los que me había mirado, cohibida, y su sabor
dulce que se había diluido en mi paladar, volviéndome adicto a sus labios carnosos.
¿A cuántas mujeres había besado? A muchísimas.
Pero ningún beso había tenido nunca un efecto así en mí.
Aún sentía en la piel el ardor de aquel momento, como si me hubiese dejado grabada una señal indeleble parecida a una herida dolorosa.
Intenté ahuyentar cualquier pensamiento, pero los recuerdos seguían asaltándome, como si mi mente se divirtiera torturándome.
Reviví el momento en que la vi por primera vez en mi habitación, asustada y envuelta entre las sábanas de mi cama. Tenía el pelo castaño hecho una maraña y los labios hinchados y agrietados.
Me había despertado citando a Bukowski, mi autor favorito, mientras el pánico se le insinuaba por todo el cuerpo por culpa de la prueba de su virginidad impresa sobre mi cama; le había arrancado la pureza en un arrebato de inconsciencia, y ahora me arrepentía como un cabrón. Selene había sido algo nuevo para mí. Me había resultado graciosa y a la vez adorable con sus muecas y su timidez, que luego daba paso a un lado testarudo y agresivo; sin embargo, bastaban una sonrisa maliciosa o un beso prepotente para derribar su coraza. Quizá justo por eso me había aprovechado de su bondad sin darme cuenta de lo cansada que estaba ella de mi falta de respeto, decepcionada con mi comportamiento y desesperada por mi carácter decididamente difícil.
Sabía que Selene se había marchado porque yo había exagerado en la fiesta de Halloween.
Había exagerado pero mucho.
No solo porque unos días antes me la había chupado una rubia en la casa de invitados, casi delante de ella, sino que encima, en aquella fiesta, le
había pedido a Jennifer que uno de nuestros jueguecitos perversos incluyera también a Selene.
Yo sabía que se odiaban, y mucho, pero justo por eso había elegido a Jennifer como la tercera en discordia, porque quería que la niña viese cómo era yo —un pervertido que utilizaba a las mujeres a su antojo— y se alejara de mí.
—Eh, sabía que te encontraría aquí. ¿En qué piensas?
Mi hermano se acercó a mí apoyándose en las muletas. Muy despacio, se sentó en el sofá a mi lado y suspiró; me había dado cuenta de que para él no era fácil vivir con las secuelas de un accidente casi mortal. Aunque los moratones habían desaparecido, cada vez que le veía los apósitos y las heridas de la cara me acordaba de que había corrido el peligro de perderlo.
Y se me encogía el pecho de un modo doloroso.
—En nada —repliqué, evitando decirle que en realidad la nada era Selene, y no podía dejar de pensar en ella.
—Mmm… —musitó reflexivo. La verdad es que Logan me conocía tan bien que no se iba a creer tan fácilmente las tonterías que decía para ocultarle la verdad—. ¿La has llamado? —añadió, e instintivamente me giré para mirarle.
¿Qué clase de pregunta era esa?
No llamaba a las mujeres, no me preocupaba por ellas y no me importaba lo más mínimo su vida.
Sí, había «robado» el número de móvil de Selene de la agenda de mi hermano, y sí, le había escrito mensajes, mirándola desde su balcón, pero no sentía nada por ella, solo atracción sexual.
—¿Por qué iba a llamarla? Yo no hago esas mierdas.
Hacía otras mucho peores.
—Alyssa y yo le dijimos que nos avisara cuando llegara a Detroit, pero ninguno de los dos hemos sabido nada. Ni siquiera un mensaje —murmuró Logan con un velo de inquietud que me puso nervioso de repente a mí también.
Pero no quería que me dominaran los malos pensamientos. Mi hermano era muy distinto a mí: era aprensivo, atento, amable y se encariñaba con facilidad con la gente; yo era justo lo contrario, por lo que preocuparme por aquella muchacha no entraba en mis costumbres ni en mis prioridades.
—Tranquilo. Seguro que se le ha olvidado y ya está. Habrá hablado con su madre, deshecho las maletas, avisado a sus amigos de que está de vuelta… —Seguí fumando como si tal cosa mientras imaginaba que todo había pasado exactamente así—. Ya sabes, esas chorradas —concluí sin variar el tono de voz.
Logan levantó una ceja; parecía escéptico y sorprendido por mi indiferencia.
Cansado, respiró hondo y luego se giró en dirección a la casa de invitados; oímos que la puerta se cerraba con un golpe seco. Yo ya sabía quién se dirigía hacia mí, pero mi hermano no.
—Aquí tienes las llaves.
Xavier me las lanzó y yo las cogí al vuelo con una mano; Jennifer, a su lado, se envolvió en la chaqueta por el frío y me sonrió. Tenía el maquillaje corrido y había vuelto a hacerse sus dos trenzas perfectas, que le daban un aspecto atractivo.
—Hombre, hola, princesa.
Xavier le dedicó una mueca de burla a Logan, pero lo miré fijamente con la clara intención de cortar de raíz lo que fuera a decir o hacer.
—Te veo mañana —intervine con decisión, dándole a entender que se largara. Él encogió los hombros con prepotencia y se encaminó a la puerta,
seguido por Jennifer, que me guiñó un ojo.
—No me lo puedo creer —soltó Logan, decepcionado—. ¿Cuándo vas a dejar de hacer estas guarradas? —me regañó, pasándose una mano por la cara.
Tal vez algún día dejaría de hacerlo, o tal vez seguiría para siempre, porque era así: malo.
—¿Me vas a dar la charla? —me defendí.
No necesitaba que me recordaran que estaba equivocado, que era un depravado con una personalidad desviada.
Después de todo, no era culpa mía.
Si hubiera tenido una infancia normal, probablemente habría sido distinto.
—No, yo solo he venido porque desde esta mañana, es decir, desde que se fue Selene, no has hecho más que evitarme. Follar con Jennifer no te va a ayudar a olvidarla —rebatió muy serio.
Me giré hacia él con el cigarro entre los labios. Joder, «olvidarla» era una palabra un poco fuerte.
¿Qué coño creías, Logan? ¿Que me había comprometido de alguna forma con aquella muchacha? ¿Que me había…?
—¿Creías que me había enamorado? —pregunté con tono burlón.
Casi le escupí al reírme en su cara; solo suponer una cosa así era absurdo.
Había acabado con aquella mocosa.
Ella había vuelto a Detroit, había retomado su vida, lejos de mí, lejos de Player 2511, lejos de todos los peligros que me rodeaban. Y eso era exactamente lo que yo quería.
—No, no lo creo, pero sí creo que te gusta mucho, más que ninguna otra
—contestó con cierta firmeza. Tenía razón: Selene me gustaba, igual que me gustaba lo que había pasado entre nosotros, pero eso no significaba
nada. El amor para mí era otra cosa, tenía una connotación negativa y nunca habría podido asociarlo a ninguna mujer que no fuera Kimberly.
Ella para mí era el Amor, un amor enfermo, impúdico, perverso, sucio, inmoral.
Ella había desviado mi mente, generando dentro de mí una visión terrible y distorsionada de un sentimiento que para los demás era puro, una visión con la que tendría que vivir siempre.
—Es justo que viva su vida. Esa niña no me importa —repliqué con franqueza, pero mi hermano parecía empeñado en tocarme las narices.
—Ah, ¿sí? —me espetó—. Pues espero que encuentre a un chico que se la merezca —añadió provocativo—. Un chico que la colme de atenciones.
Me imaginé por un instante a Selene con otro. Me habría gustado poder decir que aquella imagen no tenía ningún efecto en mí, pero en lugar de eso una extraña sensación corrosiva empezó a subirme desde la boca del estómago hasta el pecho.
—Vale ya —le exhorté para que se callara, mientras intentaba concentrarme en mi cigarro, pero nada conseguía sacar de mi mente las imágenes que había evocado.
—Alguno que la bese, la toque y le susurre palabras dulces al oído mientras la hace experimentar un orgasmo tan devastador que la haga olvidarse por fin de tu existencia —continuó, y ahí se pasó tres pueblos.
Tiré el cigarro lejos con rabia y clavé mi mirada en la suya, que parecía divertida.
—¡Que te calles, joder! —Alcé la voz como un loco y lo señalé con el dedo, porque, maldición, tenía que cerrar el pico y dejar de provocarme y fastidiarme.
—Mmm… Vale, o sea que no te importa nada, claro. Me ha quedado clarísimo.
Esbozó una sonrisa insolente y yo me pasé las manos por el pelo y me puse la capucha de la sudadera. Logan me conocía muy bien, sabía qué teclas tocar para hacerme saltar, para ponerme al descubierto y hablar.
Vale, tenía que admitir que a lo mejor aquella muchacha me importaba un poco, a fin de cuentas ella siempre sería mi Campanilla, mi país de Nunca Jamás, y eso no iba a cambiar en cuestión de pocas horas, pero no significaba que hubiese podido ir a buscarla, ni empezar una relación con ella o declararle sentimientos inexistentes.
Si Selene quería un cuento de hadas, yo no era el príncipe azul con el que hacerlo realidad.
—Solo quieres cabrearme —lo acusé, caminando de un lado a otro, inquieto, mientras Logan me observaba atentamente; me recordó al doctor Lively y su fastidiosa manera de analizarme.
—Me preocupo por ti y lo sabes. Solo quiero que seas sincero contigo mismo —me dijo muy serio, y yo me paré y lo miré.
—Fuiste tú quien le dijo que soy inestable, que la iba a utilizar como hago con todas y que nunca tendría que haberse encariñado con un tipo como yo. Y ahora ¿qué? Ahora que la he dejado marchar, ¿no aceptas mi decisión? —Esbocé una sonrisa socarrona y seguí mirándolo—. ¡Al menos deberías entenderme y apoyarme, joder!
Estaba furioso, y solo podía haber calmado los nervios dándole puñetazos al saco de boxeo.
—Lo acepto, pero es innegable que Selene significa algo para ti y quizás habría sido la mujer adecuada. A ella podrías haberle dado algo más, además de tu cuerpo, porque no es como Jennifer ni como todas las demás que se van a la cama contigo hechizadas solo por tu físico.
Sacudió la cabeza, contrariado, y ambos nos dimos cuenta de que había dicho la verdad. Las mujeres no querían saber nada de mí, no les interesaba
mi pasado, mi forma de ser ni mis pasiones.
Solo les importaba mi aspecto y mi potencia sexual.
—Acabo de follarme a otra, ¿cómo puedes pensar que Selene es la mujer adecuada y chorradas así? —le contradije, y seguí negando impertérrito la evidencia de algo que, en realidad, había notado también yo. Selene siempre había demostrado interés por mí, por quién era, por lo que me gustaba, como dibujar o leer; incluso se había colado en mi habitación para curiosear entre mis cosas y entenderme mejor.
A ella no le bastaba con tenerme, no le bastaba con utilizarme como yo les dejaba hacer a todas: ella quería mi alma, quería sacármela, aunque yo había conseguido protegerme, había conseguido impedírselo.
Había conseguido escaparme de ella, pero solo en parte.
De hecho, había compartido con la niña situaciones que con otras mujeres no había querido compartir nunca.
No conseguía explicarme por qué había decidido darle algunas partes pequeñas de mí, partes que iban más allá de la mera relación física.
—¿La echas de menos? —me preguntó Logan, así, de repente, como si fuera normal hacerme una pregunta semejante.
Lo miré durante unos segundos infinitos. Tenía en la punta de la lengua una única respuesta, negativa, que aun así no conseguía pronunciar, porque sabía que sería una mentira enorme.
¿La echaba de menos?
No había pasado ni un día desde su marcha y a mí me parecía que había pasado una eternidad, que cuando ella no estaba, yo tampoco estaba. Desde que se había ido, no sentía su presencia a mi alrededor ni su olor en mí.
Percibía un vacío de dimensiones imprecisas que era inútil colmar con otras cosas, pues solo se llenaría encajando la pieza perfecta, y esa pieza era ella.
Siempre la había rechazado, pero la quería como si no la hubiese tenido nunca o como si siempre hubiésemos estado juntos y, de repente, me la hubiesen quitado.
Éramos como dos coches que chocaban, que se perseguían y hacían saltar chispas, pero también un montón de piezas rotas.
A menudo nos equivocábamos de camino, se nos daba bien meter la pata; a la hora de hacernos daño éramos imbatibles, pero, a pesar de todo, éramos la cosa más imperfecta y hermosa del mundo.
—No —respondí con firmeza, y me felicité.
Era muy buen actor.
Logan me miró molesto; quizá se había dado cuenta de que estaba mintiendo, pero antes de que se pusiera a sermonearme otra vez, desvié mi mirada hacia Matt, que se estaba poniendo el abrigo a toda prisa y corría agitadamente hacia nosotros.
Me levanté deprisa; por su cara de esfuerzo y la expresión de preocupación, pude adivinar inmediatamente que había pasado algo.
—¡Matt! —proferí, y mi hermano también se volvió hacia él con el ceño fruncido.
El compañero de mi madre, que durante cuatro años siempre había sido una persona comedida y sosa, venía con el pelo despeinado, la camisa mal abotonada y la respiración acelerada.
—Chicos, tenemos que irnos corriendo al hospital.
Nos alarmó, y en aquel momento, detrás de él, apareció también mi madre con la misma expresión descompuesta. Empecé a preocuparme seriamente: una extraña sensación negativa se apoderó de mi cuerpo como una serpiente venenosa.
—¿Qué ha pasado, Matt?
Logan cogió las muletas y se puso de pie despacio, luego miró a Matt y a Mia visiblemente confuso. Entonces Matt habló con la voz rota.
—Se trata de Selene: no llegó al aeropuerto. Ha tenido un accidente, el coche se salió de la carretera y…
Intentó explicarse, pero yo dejé de escucharle porque en mi cabeza empezaron a repetirse las palabras: accidente, coche, Selene…
Retrocedí unos pasos y perdí todo contacto con la realidad, catapultado de repente a la más profunda de las pesadillas. Sentí que la respiración me raspaba los pulmones, mi corazón bombeaba cada vez más rápido y la vieja conocida adrenalina recorría cada fibra de mi cuerpo.
Una bomba acababa de activarse en mi cerebro y lo había hecho explotar en mil pedazos. Estaba cabreado, no, más que cabreado. Si le había pasado algo grave, iba a enloquecer. Y no me cabía ninguna duda sobre quién era el culpable de todo: Player 2511.
—Id vosotros, yo ahora solo voy a ser un incordio. Me quedaré aquí con Chloe —dijo mi hermano.
Logan señaló las muletas y esbozó una sonrisa tranquilizadora, instándome a moverme.
Me apresuré a sacar las llaves del coche del bolsillo de los vaqueros y seguí al Range Rover de Matt de camino al hospital adonde habían llevado a Selene.
Conduje como un loco mientras la culpa empezaba a tomar forma en mi cabeza. Si no hubiera animado a la niña a marcharse, el accidente nunca habría ocurrido.
Si no hubiera actuado como lo hice en esa maldita fiesta de Halloween, se habría quedado aquí, con nosotros, conmigo, y habría seguido siendo la Campanilla que tanto le gustaba al niño.
Me pasé una mano por la cara y la volví a apoyar en el volante; estaba temblando porque, por segunda vez en mi vida, tenía miedo.
Tenía mucho miedo de que las consecuencias del accidente fueran graves.
De repente, la ansiedad se introdujo en cada parte de mí, abriendo un canal en el que caían irremediablemente todos los demás pensamientos.
¿Estaría bien?
¿Estaría viva?
Claro que sí.
Tenía que estarlo.
Divisé a lo lejos el enorme edificio del hospital y me vinieron a la mente los recuerdos de la estancia de mi hermano en una de aquellas habitaciones desnudas. Y ahora la pesadilla parecía repetirse.
Detuve el coche bruscamente, sin molestarme en aparcarlo bien. Saqué la llave y salí muy rápido, encaminándome hacia la entrada.
Con cada paso, mi agitación aumentaba. No descansaría hasta haberme asegurado de cuál era el estado de salud de Selene.
Atravesé las puertas automáticas seguido de Matt y de mi madre. Una vez dentro, arrugué la nariz por el fuerte olor a desinfectante y miré a mi alrededor desconcertado. Me dirigí hacia un enfermero que pasaba con la intención de pedirle información, pero Matt se me adelantó.
—Disculpe, han traído aquí a una chica, Selene Anderson. Es mi hija y necesito…
Pero él no le dejó terminar, arqueó una ceja y resopló.
—¿Cree usted que nos sabemos los nombres de todos los pacientes de memoria? —contestó con una arrogancia que me hizo temblar de ganas de darle un puñetazo. En un segundo, el instinto se apoderó de mí: avancé
hacia él, furioso, y lo agarré por la bata, haciéndole retroceder contra la pared blanca que tenía detrás.
—¡Neil, no! —gritó mi madre, pero no me importó el miedo que escuché en su voz.
Acerqué la cara de aquel imbécil a pocos centímetros de mi nariz y lo miré fijamente con una rabia ciega que ardía en mis iris.
—Escúchame, gilipollas —siseé, sondeando su expresión aterrorizada—.
Ya estaba cabreado, pero tú lo has empeorado. Ahora ve a buscar a un compañero o a un puto médico, y ayúdanos a encontrarla —lo amenacé—.
¡Ya!
Lo zarandeé y el tipo me miró turbado, como si estuviera a punto de hacerse pis encima.
Matt me puso una mano en el hombro, con la clara intención de tranquilizarme, y me giré hacia él. Respiraba con dificultad y tenía los puños cerrados. Siempre igual: la ira se apoderaba de mí como un demonio, me envolvía con sus llamas y me impedía pensar con claridad.
—Ahora preguntamos a alguien más, cálmate —murmuró Matt, y el velo de tristeza que cruzó sus ojos oscuros me hizo lamentar de inmediato mi actitud instintiva y estúpida. Actuar así no era nada respetuoso con el dolor de un padre que temía por su hija.
—Sí, perdona —murmuré mortificado.
Él me sonrió y seguimos buscando dónde habían llevado a mi Campanilla. Unos minutos después, Matt obtuvo la información deseada de un médico, y finalmente pudimos dirigirnos hacia su habitación.
Yo estaba nervioso y agitado, me faltaba el aire solo de pensar en no verla más, en que le hubiese pasado algo muy grave.
Joder, nunca me había preocupado tanto por nadie que no fuesen Logan o Chloe. Mientras seguía a Matt y a mi madre por los pasillos, parecía un
maldito psicópata. Sentía que la piel me ardía bajo la ropa, me temblaban las manos, tenía la frente caliente y empapada en sudor, la respiración irregular y el cerebro nublado. Cuando otro enfermero se plantó delante de nosotros con expresión seria, lo miré turbado.
Estaba convencido de que tarde o temprano iba a pegarle a alguien aquel día.
Matt explicó rápidamente la situación y el tipo, que era calvo y fornido, nos señaló la habitación número tres.
Número 3.
El 3 simbolizaba el destino y la fuerza para afrontarlo. Lo había descubierto hacía muchos años cuando buscaba un tatuaje para hacerme en el costado izquierdo y, antes de elegir el Pikorua, me estuve informando sobre varios símbolos y sus significados.
Me aferré a la esperanza de que el número de la habitación de Selene fuera una señal positiva, para aliviar la desesperación que se cernía sobre mi pecho. Mientras seguía a Matt, miraba dentro de todas las habitaciones, en las que solo había camas vacías, personas que sufrían y paredes blancas que afilaban el aire a mi alrededor y hacían que sintiera que me asfixiaba.
Pero ella no estaba.
No veía nada ni oía ninguna voz; en mi cabeza solo centelleaban sus ojos azules, que quería volver a ver de inmediato. Tenía que asegurarme de que estaba bien o iba a volverme loco y hacer una barbaridad.
Notaba una sensación absurda en mi interior, como si me hubieran arrancado una parte del corazón y el resto no tuviera motivos para latir sin ese trozo, pequeño pero fundamental, que faltaba.
En ese instante me di cuenta de que Logan tenía razón hacía un momento.
Ansiaba volver a ver ese océano que me había absorbido desde el primer día, un océano al que había robado más de una gota, un océano en el que solo quería jugar, sin saber que, poco tiempo después, tendría en mis manos la perla más hermosa.
—Judith.
La voz de Matt me devolvió a la realidad mientras rodeaba con sus brazos a una mujer guapísima que era una fotocopia exacta de Selene.
La señora, que hasta hacía unos instantes estaba desplomada sobre una de las sillas que había a lo largo de la pared blanca y desnuda, se echó a llorar en los brazos de su exmarido, y poco después dirigió los ojos azul cielo primero a mi madre y luego a mí.
—Hola, Judith —murmuró mi madre con tono afligido.
Matt la soltó y la mujer se secó las lágrimas con el dorso de la mano, esbozando una sonrisa triste.
—¿Cómo está Selene? —preguntó Matt.
Yo también quería hablar, pero me había detenido en un punto indefinido de la sala y me sentía incapaz de pronunciar una sola sílaba.
Quería saber cómo estaba Selene, qué le había pasado, pero al mismo tiempo estaba aterrorizado.
No estaba preparado para recibir malas noticias. Si el accidente había causado un daño irreparable, nunca me lo perdonaría.
—Selene está dentro. La médica la está examinando —nos informó con voz cansada y angustiada.
—¿Cuándo ha pasado? —pregunté, llamando su atención.
Sus ojos me estudiaron con desconfianza; yo ya sé de sobra que no causo buena primera impresión, pero, en ese momento, para mí era importante saber en qué condiciones estaba su hija.
—Esta mañana. Selene se golpeó la cabeza y… —Sentí que el corazón me subía a la garganta y volvía a bajar al pecho, como en una montaña rusa
—. Ha entrado en coma. El traumatismo craneal es moderado, pero no sabemos cuándo va a despertarse —añadió mirando a Matt.
No sabía si alegrarme por la noticia de que no había consecuencias irreversibles o agonizar ante la idea de lo que podía haberle ocurrido a su diminuto cuerpo.
Empecé a caminar por la unidad de cuidados intensivos, justo frente a su puerta cerrada.
No estaba de humor para hablar, solo quería verla.
Me pasé una mano por la cara y me apoyé en la pared que tenía detrás.
Mis ojos se posaron en las sillas dispuestas en largas filas, como en el cine, con la diferencia de que en un hospital no hay nada que ver aparte de la sangre de los que llegan en camilla, las lágrimas de los que esperan y rezan, los rostros impacientes y aburridos de los enfermeros, a quienes a veces ni siquiera les importa la vida o la muerte de los pobres pacientes. Me di cuenta de que aquella disposición de las sillas anula las ganas de hablar, de compartir, de regalar una mirada o incluso una simple sonrisa.
Inquieto, miré la pared de enfrente y esperé a que pasara el tiempo; de vez en cuando intentaba predecir los movimientos de los médicos, pero sin éxito. Y mientras tanto, la ansiedad aumentaba, junto con el sufrimiento, y en mi mente bullían demasiadas preguntas, demasiadas dudas, demasiados miedos.
De repente la puerta se abrió para revelar la figura de una mujer de unos cuarenta años, de rostro delgado y ojos alargados.
Me separé de la pared de un salto y me acerqué a ella.
—¿Cómo está mi hija, doctora Rowland? —preguntó enseguida Judith con la mirada de una madre que suplicaba recibir solo buenas noticias. La
doctora suspiró y se humedeció los labios finos.
—Afortunadamente, no ha habido ninguna hemorragia interna. Sin embargo, hemos detectado la presencia de un hematoma cerebral. La paciente ha sufrido un traumatismo craneal y… —Hizo una pausa, y fue desplazando la mirada a cada uno de nosotros—. Cuando se despierte, tendré que hacerle un examen más exhaustivo para asegurarme de que no hay ningún daño neurocognitivo.
Carraspeó y trató de mantener su actitud controlada.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Judith alarmada.
La médica continuó como si no la hubiera escuchado.
—Por el momento no puedo decirles nada más. Tendré que consultar los análisis y pronto volveré para darles información más concreta —se apresuró a explicar, pero por su tono parecía preocupada—. Solo puede recibir visitas breves… —añadió, adelantándose a nuestra siguiente pregunta.
Sin añadir nada más, se fue, aferrando su carpeta contra el pecho. La observé alejarse, absorto en mis pensamientos, y luego volví a mirar a Judith y a la puerta entreabierta de la habitación.
—¿Puedo verla? —pregunté desesperado a la madre de Selene; ella me observó durante unos instantes—. Por favor, necesito verla, solo unos minutos —continué, aunque ni siquiera me había presentado; la galantería y los buenos modales no iban conmigo.
Quién sabe qué pensaría de mí Judith, cuyo apellido ni siquiera recordaba, aunque su hija me lo había dicho poco antes de marcharse. Me di cuenta de que la situación era absurda: nunca había rogado a nadie en mi vida, y allí estaba, mirando suplicante a una mujer a quien apenas conocía.
—Está bien, pero solo unos minutos —respondió con voz fría.
No perdí más tiempo: apoyé una mano en la superficie de la puerta y entré despacio.
La habitación estaba desnuda y oscura excepto por una lucecita que brillaba junto a la cama aséptica, en la que nunca habría querido ver a mi Campanilla.
Tenía varias vías conectadas a sus brazos, los labios entreabiertos para que la sonda le permitiera respirar, la cabeza vendada, su hermoso rostro hinchado y unos cortes profundos rodeaban los pómulos y la nariz estrecha.
Todavía no podía creer que aquello hubiera sucedido de verdad.
Cogí una silla y la puse al lado de su cama. Me senté y rocé su mano pálida con las yemas de los dedos. Estaba fría. Levanté la mirada hacia su rostro durmiente, que llevaba varias horas sumido en un sueño profundo, y respiré hondo.
—Hola, Campanilla —susurré, tragándome el nudo que sentía en la garganta y casi me impedía hablar.
¿Cómo podía ser así de vil? Ella estaba allí por mí y yo no podía ni mirarla, porque la culpa se había incrustado en mi pecho como un montón de esquirlas de cristal.
—No sé ni por dónde empezar, pero probablemente ya sabes que no se me dan bien los discursos.
Me humedecí los labios y seguí acariciándole la mano despacio.
Estaba reviviendo el mismo dolor que había sentido tan solo unas semanas antes con mi hermano.
—Siempre me has pedido que te hablara, Selene —empecé a decir, intimidado por su presencia, como si tuviese los ojos abiertos y me estuviera excavando por dentro con ellos—. Y ahora voy a hacerlo —añadí con una sonrisa triste—. Te habría dejado estar a mi lado si fuese distinto de como soy, porque desde el primer momento siempre fuiste mi país de
Nunca Jamás, aunque ambos sabemos que no existe… —Volví a acariciarle la mano con suavidad, como si fuera un cristal que temiera romper—. Yo…
no soy capaz de amar, por eso no puedo darte lo que te mereces. Siempre has sido más valiente que yo, ¿sabes? Siempre has estado dispuesta a entenderme, a leerme por dentro, pero yo no he podido hacer lo mismo por ti. Y lo siento. —Bajé la mirada y, con las yemas de los dedos, rocé sus dedos inertes—. Hemos llegado a nuestro final antes incluso de empezar, a pesar de que has intentado varias veces poner mi mundo patas arriba y hacerlo más justo… —Sonreí apenas, y luego me mordí el labio, descargando toda mi frustración en él—. Últimamente habíamos discutido por mi culpa, pero tú has aceptado cada parte de mí, incluso la peor… —
Mis dedos subieron lentamente por su brazo, acariciando la piel aterciopelada—. Has intentado amansar a mis demonios mientras yo no hacía nada, solo ponerte la zancadilla. Has intentado recomponer mis pedazos, pero yo no te he dejado.
Bajé la mirada, decepcionado conmigo mismo y con mi fracaso, y continué:
—Desde el momento en que te conocí supe que te dejaría marchar, porque soy un loco que ahuyenta a los buenos corazones como el tuyo. —
Suspiré y volví a observar sus delicadas facciones—. La culpa es mía, de todo. Tengo demasiadas heridas aún abiertas por dentro como para ser capaz de amar —confesé con el pecho cada vez más prieto con cada palabra
—. Todavía no soy libre, me han hecho demasiado daño, gente que debía protegerme, y todavía no he salido de ahí. —Apreté la mandíbula y cerré los ojos, llenando los pulmones con el aire que de repente sentía que me faltaba—. Así de injusta es la vida conmigo, Campanilla. He encontrado algo especial que nunca podré disfrutar, porque no te merezco… —Apreté su mano menuda en la mía, tan grande como el dolor que sentía en aquel
momento—. Pero si fuera distinto, créeme, te habría buscado por todas partes y no te habría dejado marchar por ningún motivo del mundo. Estoy suspendido entre el pasado y el presente, y nunca podré vivir una vida normal con los monstruos que cargo sobre los hombros. —Le acaricié el dorso de la mano con el pulgar y apoyé los codos en la cama para estar aún más cerca de ella—. La verdad es que te he utilizado, y no me arrepiento.
¿Entiendes por qué soy un pervertido? Soy completamente diferente a la imagen que te has hecho de mí. —Sacudí la cabeza, enfadado conmigo mismo, por mi incapacidad de entenderla y tratarla como se merecía—.
Pero quiero darte las gracias por haberme permitido vivir algo nuevo… —
Le besé la mano y un escalofrío me recorrió la espalda, haciéndome temblar
—. Me has seguido a la oscuridad, Selene, has sido la única que ha podido llegar hasta mi alma condenada. —Le sonreí y me humedecí los labios para saborear la piel que acababa de besar—. Pero no voy a poder seguirte hacia la luz, no puedo cruzar los confines de la oscuridad…
Seguí mirándola. Me parecía hermosísima.
Su rostro no brillaba en aquel momento, pero para mí siempre sería una perla reluciente.
—Estás aquí solo por mi culpa, por algo que forma parte de mi pasado, por algo que todavía tengo que enfrentar y destruir… —Me detuve y respiré hondo, sintiendo más que nunca la piedra sobre mis hombros, el enorme peñasco con el que había vivido toda mi vida—. ¿Recuerdas el día en que te pregunté cuál sería el final de la historia entre la princesa y el caballero oscuro? —La melancolía me envolvió como un velo invisible—. Tú te mereces un final de princesa, Campanilla. Yo, en cambio… —Hice otra pausa, tratando de reunir el valor para admitirme la realidad a mí mismo—.
Tengo que conseguir luchar contra mis monstruos antes de poder volver a vivir —murmuré—. Y no sé si lo conseguiré. No sé si conseguiré escapar
de la venganza de quienes, en realidad, me querrían muerto. No sé si seré capaz de superar el dolor que arrastro, pero te prometo una cosa… —Volví a posar los labios en el dorso de la mano de Selene y me detuve unos instantes antes de continuar—. Aunque no pueda estar a tu lado como me gustaría y como te gustaría a ti, voy a protegerte aunque me cueste la vida.
No permitiré que nada ni nadie vuelva a hacerte daño. Pagaré por mis errores y por mi pasado putrefacto, y por nada más. Me aseguraré de que seas feliz, incluso sin mí, porque yo también seré feliz si sé que tú estás a salvo. —Me levanté de la silla y volví a mirar su rostro—. Te protegeré, como la concha protege a su perla…
Me acerqué y le acaricié la mejilla, deleitándome con la visión de su piel inmaculada. Miré sus labios carnosos, cerrados y agrietados, que habría querido saborear de nuevo, una y otra vez, pero no podía, aunque tocarla era todo lo que necesitaba.
—Me aseguraré de que tengas la vida que te mereces; como ya te he dicho, no podré estar contigo como me gustaría y como te gustaría… —le repetí, apartando la mano de su cara. Sentí que el calor de nuestro contacto se disipaba en el aire repentinamente frío.
Salí de la habitación, con el peso de la culpa gravitando sobre mí, y enseguida me encontré con los ojos de Judith que me miraban fijamente, y no con indulgencia.
—Disculpe, creo que he estado un poco más de la cuenta —dije, pues probablemente la razón de su fría mirada era el tiempo que le había robado para hablar con su hija.
La mujer asintió sin ninguna expresión en el rostro condenadamente idéntico al de Selene. Me dolía mirarla, porque despertaba en mí recuerdos que quería borrar. Así que desvié la mirada y me acerqué a mi madre, sentada en una de las escuetas sillas. Pero antes de que pudiera decirle nada,
la médica volvió a acercarse a nosotros, lo que provocó que Matt se pusiera en pie de un salto.
—Señores…
Me giré en dirección a la mujer de la bata, y la tensión que se adivinaba en sus ojos no me gustó nada.
Se detuvo y nos miró pensativa, quizás esperando el momento adecuado para hablar.
—¿Hay alguna novedad? —preguntó enseguida Matt, al lado de su exmujer.
Sí que tenía noticias para nosotros y, por desgracia, tal vez no del todo positivas.
Después de respirar hondo, la doctora habló en un tono profesional y decidido.
Nos dijo que el accidente había sido más grave de lo que pensaban, que quedarían secuelas, que Selene ya no volvería a ser la misma, que teníamos que entenderla y estar con ella, que debíamos ser fuertes y lo superaríamos juntos, pero sus palabras me parecieron demasiado vagas.
¿A qué tendría que enfrentarse en realidad mi Campanilla cuando se despertara?
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