Un juego peligroso

Kira Shell · Capítulo 14 de 21

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Un juego peligroso

Capítulo 13

Neil

El pecado es todo lo que oscurece el alma.

ANDRÉ GIDE

N os habíamos perdido, ella y yo.

Sí, perdido de verdad.

Desde hacía catorce días.

Habían pasado dos semanas desde que la dejé marchar, desde que tomé la decisión correcta, desde que la liberé de la telaraña en la que había acabado, desde que ya no olía su olor a coco y ya no podía ver sus ojos marinos.

—¡Neil! ¿Quieres levantarte? Tienes que ir a la universidad —vociferó Logan, entrando en mi habitación.

No, no tenía ningunas ganas de levantarme de la cama. Aunque Logan me tocara las pelotas y yo contestara con el clásico «cinco minutos», la verdad era que no tenía ganas de hacer una mierda.

No tenía ganas de afrontar los días, que consideraba monótonos y aburridos, no me apetecía salir de fiesta, no me apetecía estar rodeado de mujeres dispuestas a abrir las piernas para que me las follase. En realidad, ni siquiera podía follar debido a mi anorgasmia. Estaba siguiendo el consejo

del doctor Lively de abstenerme de toda relación física y lo estaba consiguiendo.

Pero además no quería tener otros ojos fijos en mí que no fueran sus dos cristales tan profundos como el océano.

Simplemente no sentía ganas de hacer nada y no entendía qué me pasaba.

—Logan, cinco minutos —murmuré por enésima vez, metiendo la cabeza debajo de la almohada. Confiaba en que mi hermano se fuera y me dejara en paz, porque todo me irritaba, incluso su voz.

—¡Has dicho eso mismo hace cinco minutos, y ya ha pasado media hora desde que he venido a tu cuarto a suplicarte que levantes el culo de la cama!

—dijo impaciente. Entonces suspiró porque conmigo hacía falta paciencia, tal vez demasiada.

Sin embargo, no me importaba cuántas veces me regañara Logan, quería estar solo y hundirme en mis decisiones correctas, pero de mierda.

Era un despojo humano.

Y no era yo.

Ya no era yo.

Tras la marcha de Selene, Matt había dejado de hablarme, mi madre estaba profundamente decepcionada conmigo y yo intentaba vivir con las palabras tremendas que había pronunciado. Le había restregado por la cara a Matt Anderson que me había acostado con su hija; le había informado sin respeto de que había disfrutado y, sobre todo, que para mí era una más. Y al mismo tiempo había hecho daño a Selene. En realidad había mentido y me había comportado de aquella manera solo para alejarla de mí, pero nunca lo confesaría.

—Logan, no me hagas cabrearme y deja de tocarme los cojones.

Saqué la cabeza de debajo de la almohada y le dirigí una mirada que no necesitaba más advertencia; él, sin embargo, no me miraba a mí, sino al

cenicero de la mesita de noche junto a la cama, así que supe que iba a empezar a ametrallarme con una de sus charlas.

—¿En cuánto tiempo te has fumado todo eso?

Entrecerró los ojos para contar las veinte colillas o más que me había fumado aquella noche, y me miró muy serio.

—No podía dormir. No empieces.

Volví a meter la cabeza debajo de la almohada y suspiré molesto, de pronto sentí frío en la espalda desnuda.

—¡Levántate!

Logan, obviamente, me había quitado el edredón, pero yo no tenía ninguna intención de escucharle.

—¡Que me dejes! —exclamé, molesto—. Tienes tres minutos para salir de aquí. —No estaba bromeando ni jugando.

—Neil, llevas quince días así. Comes poco, fumas como un carretero, tu habitación parece una puta chimenea, y encima casi has roto las paredes. —

Suspiró preocupado.

Dos noches antes había tenido un ataque de ira que, por desgracia, no había podido controlar, y había despertado a todos haciendo agujeros en la pared.

—He tenido pesadillas. —Asomé la cabeza y rodé sobre mi espalda, luego me senté y me pasé una mano por la cara cansada.

—Claro. Estás acostumbrado a las pesadillas de Kim, pero las que tienes ahora no tienen nada que ver con ella, ¿verdad? —Mi hermano se puso las manos en las caderas y me observó con atención. Un rato después me levanté, vestido solo con los calzoncillos, y pasé junto a él bostezando—.

¡Neil! —me llamó; obviamente no pensaba callarse, lo que no ayudaba a mi cabeza; me empezaron a latir las sienes tras otra noche de insomnio.

Me dirigí al baño y contemplé mi reflejo en el espejo. Estaba despeinado, como siempre; unas terribles ojeras indicaban todo mi estrés y mi fatiga mental; la barba de tres días solo estaba presentable porque había decidido arreglarla el día anterior; tenía los ojos apagados y el cuerpo tenso. Era un puto manojo de nervios a punto de estallar.

—No, Logan. No tenían que ver solo con Kim —dije.

Luego me lavé la cara para intentar despertarme y recomponerme. El problema era que no podía sacarme de la cabeza a la niña.

Esa noche había soñado con Selene en la cama con Luke, que la había besado, desnudado y tocado como solo yo lo había hecho, pero no era fácil confesarlo. Mi hermano, por supuesto, me siguió hasta el baño, invadiendo mi privacidad.

—Tengo que mear —le dije para quitármelo de encima. Esperé a que se fuera, pero no lo hizo. Se apoyó en el marco de la puerta y arqueó una ceja, esperando a que le revelara lo que me pasaba por la cabeza.

—Tus jueguecitos no funcionan conmigo, dime qué has soñado —

insistió.

—Nada, no es de tu puta incumbencia —exclamé, perdiendo la paciencia, y me dirigí al inodoro, ignorándole. Hice lo que tenía que hacer y, después de tirar de la cadena, me lavé los dientes. Me los froté con brío e hice lo mismo con la lengua.

Todavía notaba el sabor de la puta de Kim en mi boca y Logan lo sabía, por eso se quedó en silencio mirándome pensativo. Me dio todo el tiempo que necesitaba. Sabía que, cuando me lavaba los dientes o me duchaba, me castigaba con agua helada y me frotaba la piel con fuerza hasta que se ponía roja porque podía oler a mi vejadora en mi cuerpo y oír el eco de sus vulgares palabras en las sienes. Me daba asco en lo que me había convertido por su culpa, tanto que a veces buscaba la forma de arrancarme

la piel y tal vez coserme una nueva; sin embargo, una parte de mí tenía la certeza de que ni siquiera así dejaría de recordarla.

Aquella mujer había echado raíces profundas dentro de mi cabeza.

—¿Y bien? —dijo Logan, reanudando su tortura en un tono más calmado y medido—. ¿Por qué has fumado tantísimo? ¿Y cómo has hecho esos agujeros en la pared? Cuéntame…

Señaló con el pulgar el cenicero y los estragos que había hecho en mi habitación.

Volví a cepillarme los dientes, me enjuagué la boca y luego escupí en el lavabo y suspiré profundamente.

—El más pequeño lo hice con una lámpara que estampé contra la pared cuando soñé con la lengua de Luke entre los muslos de Selene. El más grande, lanzando una silla cuando soñé que se la follaba. ¿Ya estás contento?

Listo. Había confesado.

Logan esbozó una media sonrisa, con una mueca divertida en la cara.

—Mmm… Interesante. ¿Entonces Selene no te importa nada? No estarás celoso, ¿no? —se burló de mí. Sus palabras me hicieron reflexionar. Nunca había tenido celos de ninguna de mis amantes, jamás. Ni siquiera sabía qué demonios eran los celos.

Pasé junto a Logan golpeándolo con mi hombro para volver a la habitación y noté que estaba aún peor de los nervios por culpa de nuestra charla.

—Exacto. No lo estoy —repliqué—. Hasta a Matt le he dicho claramente que solo me estaba divirtiendo con su hija —le informé.

—Lo sé, y la has cagado pero bien —repuso.

No iba a ceder. No iba a contarle a nadie, y menos a mi hermano, que había mentido solo para conseguir que Selene me odiara y volviese a

Detroit. Era testarudo y ya había tomado una decisión. Fin de la discusión.

Me puse con rabia una sudadera negra y unos vaqueros, y Logan observó cada uno de mis movimientos con atención, decidido a no dejarme tranquilo tan fácilmente.

—Lo has hecho porque estás convencido de que no te la mereces,

¿verdad? ¿Crees que ella podría juzgarte si supiera de tu pasado? —me preguntó, pero no contesté.

Sabía muy bien lo que intentaba hacer. Quería meterme sus ideas y sus pensamientos en la cabeza. Quería convencerme de que fuera detrás de Selene para que dejara de odiarme, como ya ocurría, por otra parte.

—No soy el tipo de hombre que se enamora de una mujer como todo el mundo, Logan. No soy un Romeo que trepa al balcón a por su Julieta. No voy a ir a buscar a Selene arrastrándome como un gusano con lágrimas en los ojos. No pienso pedirle perdón. Si quieres una gran escena de amor, cómprate un DVD o ve al cine con tu novia, porque mi vida no es una puta película romántica. ¿Te queda claro o te hago un croquis?

Recuperé el aliento, después de haber escupido prácticamente toda mi ira contra él. Era mi hermano y debería haberme entendido mejor que nadie, pero no podía. No me entendía.

No entendía que no podía estar con la niña con todos los problemas que tenía aún por resolver.

Mi cabeza no estaba allí.

Ni siquiera sabía dónde estaba, pero tenía la certeza de que estaba en otro lugar.

Que no era normal.

Y hasta que no tuviera el control de mí mismo, no podría vincular mi vida a la suya.

—¿Prefieres que siga haciéndole daño o que esté lejos de mí y sea feliz?

¿Eh? ¿Cuál es la decisión correcta? —Avancé hacia él y lo reté. Traté de acorralarlo y desarmarlo—. Dime, ¿cuál es la decisión correcta, Logan? —

grité, luego lo miré fijamente a los ojos y él me sostuvo la mirada.

Pareció meditar la pregunta durante un segundo y luego sacudió la cabeza con tristeza.

—Necesitas ayuda, Neil. Lo sabes, ¿no?

Mi hermano me dio donde más dolía, justo en mi talón de Aquiles, exactamente donde no debería haberme golpeado. Su pregunta fue como la hoja de un cuchillo clavándose en mi estómago; sentí un escalofrío recorriéndome la espina dorsal.

—Ya no puedes seguir gestionando tú solo esta situación. Te estás consumiendo y estás dejando que el pasado te consuma. O te salvas o… —

Sus palabras fueron directas a mi cerebro, pero también a mi pecho. Me arañaron, me picaron, me hicieron daño.

Mi cabeza las rechazaba, las ahuyentaba; no quería aceptarlas.

—Yo…, yo… estoy bien… Puedo con todo.

Mi confianza vaciló, pero no me doblé. No me rompí. Seguía en pie.

Porque nunca dejaría a nadie más —ni siquiera a nadie de mi familia—

controlar mi mente, como había pasado con Kim.

Ante la idea de volver a ser manipulado por alguien, pensé que preferiría morirme antes que salvarme; quizás inconscientemente, había tomado un camino sin salida, y sabía que aquel sería mi final y también mi liberación.

No me gustaba decirlo en voz alta, no me gustaba admitirlo, nunca se lo habría confesado a Logan ni a Chloe porque habrían sufrido demasiado, pero no tenía otra opción.

Llegué a pensar que era la única manera de liberarme de Kim por completo.

—No puedes con una puta mierda. La vida que llevas no es normal y tú no…

No le di tiempo a terminar. Mi voz tapó la suya, con arrogancia, con ira, pero también con resignación.

—Mi vida nunca ha sido normal. A partir de mi décimo cumpleaños todo cambió. Siempre he vivido así. Ya no puedo luchar. No a los veinticinco.

Ahora no. Es demasiado tarde, Logan. —La voz se me quebró.

Con demasiada frecuencia, me sentía derrotado y pensaba que había perdido la guerra; demasiado a menudo me preguntaba de dónde sacaba las fuerzas para seguir adelante, para resistir; últimamente, sin embargo, sentía que incluso esas fuerzas me abandonaban, sentía que estaba al borde de un precipicio. Caminaba, trataba de no caerme, pero estaba empezando a tambalearme. No podía soportar el peso del sufrimiento. Cuantos más días pasaban, más aplastado me sentía por la realidad.

—Las pastillas no me han ayudado, ni los doce años de terapia con el doctor Lively. No puedo hacer nada más…

Le miré a los ojos. Esta era la verdad. Con Logan no fingía, con él era yo mismo, por eso podía admitir cómo me sentía en realidad. Sus ojos cambiaron, se volvieron lúcidos, claros, y fue allí donde vi el amor verdadero, en el que yo creía, el que me había mantenido en pie durante tanto tiempo y el que seguía manteniéndome en pie incluso ahora. Pero sabía que no era suficiente.

Mi vida era un engaño absoluto.

Un juego peligroso.

Había superado todos los niveles y, con dificultad, había llegado al último.

Había corrido.

Llevaba años corriendo para huir de mi enemigo, pero estaba aminorando el paso.

Me había cansado.

Estaba perdiendo.

Mis monstruos iban a ganar.

Y al final de todo habría un enorme game over intermitente esperándome.

Ya lo sabía.

Ni siquiera el amor podía salvarme.

El amor no salva.

Solo la medicina puede hacerlo.

Pero, conmigo, incluso eso había fallado.

—Has interrumpido la terapia muchas veces, Neil…

Logan se acercó a mí casi con miedo. Estaba claro que no le gustaba lo que leía en mi rostro, la oscuridad que veía en mis ojos. Aun así, tenía que aceptar la puta realidad: me estaba apagando. Y por primera vez lo admitía.

—Estoy cansado, Logan. Estoy cansado de soñar con Kim, de sentirla.

Estoy cansado de volver en mi cabeza a cuando tenía diez años. Estoy cansado de volver a esa casa una y otra vez. Es una tortura. Es una cárcel. Y

solo tengo una forma de romper los barrotes…

Miré hacia otro lado. En las últimas dos semanas había estado experimentando cada vez más momentos de pánico, ataques de nervios o, sencillamente, momentos de debilidad como aquel. Eran todas señales que me enviaba mi mente. Señales inconfundibles.

—¡No! —gritó, abalanzándose sobre mí—. No tienes ni que pensar esas cosas. Ahuyenta toda esa mierda. Maldita sea, estás diciendo tonterías y eso no es bueno. No me gusta nada ese razonamiento, Neil, y no es propio de ti.

Eres fuerte, siempre lo has sido, no puedes rendirte…

Me agarró la cara con las manos y sus ojos se anclaron en los míos; podía sentir su corazón latiendo a toda velocidad. El miedo se filtró desde su cuerpo y atravesó el mío, y me arrepentí. No quería asustarlo. Mi cabeza era como arena arrastrada por el viento: iba por su cuenta, y no podía controlarla, no como antes, no tanto como antes, y no sabía qué hacer. Me sentía inestable y hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así.

—Neil, no me gusta ni lo que dices ni lo que piensas. No estás bien en absoluto.

Logan me sacudió la cara como si estuviera borracho o drogado, pero desgraciadamente no lo estaba.

—Chicos, ¿qué pasa?

Mi madre entró en la habitación con uno de sus elegantes trajes y me miró alarmada, como si fuera un maldito psicópata en libertad. Aparté las manos de Logan lejos de mi cara y volví a cambiar de actitud. Esto también me ocurría con demasiada frecuencia.

—¿No deberías estar en el trabajo? —resoplé y luego cogí el paquete de Winston para guardármelo en el bolsillo de los vaqueros. No podía no fumar, mucho menos en las condiciones en las que estaba.

—Neil, ¿puedo hablar contigo? —dijo y luego se volvió hacia mi hermano—: Logan, déjanos solos, por favor.

Me di cuenta por su voz de que algo le preocupaba, pero traté de mostrar indiferencia.

Mi hermano me acarició un brazo para transmitirme que mantuviera la calma. Estaba realmente asustado, podía verlo en sus ojos. Después de echarme una última mirada de preocupación, salió de mi habitación, dejándome a solas con ella. Con la mujer que una vez consideré mi madre.

—Si vienes a tocarme las narices, te informo de que hoy no es el día —le hice saber, mirándola fijamente a los ojos.

—Eso lo dices todos los días, Neil. ¿Te haces a la idea de cómo está viviendo Matt esta situación?

Se preocupaba más por su pareja que por mí. Exactamente igual que cuando era un niño, ella no se daba cuenta de nada.

Sus ojos azules no se apartaron ni un solo instante de mi rostro, pero, como siempre, los sentí distantes, fríos, incapaces de comunicarse con los míos.

—Me ha llamado el doctor Lively. Me ha dicho que has vuelto a hablar solo, a tener visiones de un niño que te trata mal y…

—Diría que mi psiquiatra ha olvidado el significado de la expresión

«secreto profesional».

Solté una risa nerviosa y me di cuenta de que nunca volvería a confiar en él.

—Solo lo ha hecho porque piensa que tu situación es grave. Estás fuera de control —murmuró preocupada y yo hice un gran esfuerzo para no echarla de mi habitación.

—Mamá, sigue haciendo lo que mejor sabes hacer —le dije, arrojando todo mi desprecio a su rostro bien maquillado—: pensar solo en tu vida —

añadí en voz baja sin siquiera mirarla.

Intenté pasar junto a ella para salir de la habitación, pero me agarró por el brazo, clavándome las uñas rosas en la piel como tratando de aferrarse a mí; la pena era que nadie podía aferrarse a un añico roto como yo sin cortarse.

—¿Te parece que esa es manera de hablarme? Estoy tratando de entender lo que te pasa. Te acostaste con la hija de mi pareja sin tener en cuenta las consecuencias. Sales todas las noches con tus amigos desenfrenados y vuelves tarde. Eres agresivo e irracional. Tienes que empezar a escucharme, si no…

Levanté una mano para detenerla inmediatamente. No quería escuchar sus amenazas. Siempre me había considerado diferente y nunca había sido capaz de ayudarme.

Si eso era querer a un hijo, entonces el amor era una mierda enorme.

—Si no, ¿qué vas a hacer? ¿Castigarme?

Le sonreí sarcásticamente, a sabiendas de que no ejercía ningún poder sobre mí. Ella no podía manejarme, nunca había podido.

Era un fracaso.

Pero no se lo dije, de lo contrario la habría destrozado.

—Neil. Soy tu madre, solo quiero ayudarte y…

Se detuvo cuando me solté bruscamente. Mi madre se sobresaltó y se tocó el pecho con una mano.

¿Tenía miedo de mí?

Siempre me había tenido miedo, quizá.

¿No era yo el que definía como un completo desastre?

¿El que estaba mal?

Sí, efectivamente era yo.

Y me acordaba de todo.

—¿Quieres ayudarme? —Me eché a reír en su cara porque aquella era la mayor estupidez que podía decir—. ¿Y dónde coño estabas cuando tu marido me castigaba porque decía que era un pervertido? ¿Cuando la niñera me follaba y me humillaba? ¿Dónde estabas en aquellos momentos? ¿Eh, mamá? —grité furioso a poca distancia de su cara; además de Selene, mi madre era la única mujer capaz de hacerme perder cualquier conexión con la razón.

—No puedes decirme esas cosas… —Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas, pero no me importó; a aquellas alturas ya no sentía piedad por nadie, ni siquiera por la persona que me había traído al mundo.

—No, tienes razón. No puedo decírtelo, porque no tienes el valor de admitir ante ti misma tu gran fracaso. Y el resultado lo tienes delante de tus ojos. Toma nota y acéptalo. Yo seré un gilipollas, pero tú fuiste una mala madre y sigues siéndolo.

La miré fijamente a los ojos; quería que leyera en los míos lo que realmente pensaba de ella. Quería que entendiera que hacía muchos años que había tirado nuestra relación por el desagüe, quería que dejara de esperar un gesto afectuoso por mi parte porque nunca iba a suceder.

—Lo sé, Neil. Sé que has sufrido mucho, sé que te han hecho daño, pero daría mi vida por ti y por tus hermanos. Pienso todos los días en lo que te pasó, y, si pudiera volver atrás y borrarlo todo, lo haría. Te echo mucho de menos. Echo de menos un abrazo o una sonrisa tuyos, cualquier pequeño gesto de afecto que un hijo pueda tener con su madre. Sé que no estás bien.

Ya lo veo, no puedes seguir así… Ya no más…

Intentó acercarse, pero retrocedí, mirándola indignado. Era absurda: llevaba años rogándome por algo que nunca obtendría de mí. No sentía hacia ella más que una profunda decepción.

—A ti no tiene que importarte mi vida.

Seguí ignorando sus palabras, pero sabía que ya era irrecuperable.

Me estaba precipitando.

Y, desde que había dejado irse a la niña, era aún peor.

Todo se me había venido encima.

Con ella podía ver la luz a lo lejos.

Y esa luz me daba un ápice de esperanza.

Una pequeña esperanza de alcanzarla… algún día.

Pero ahora estaba en la oscuridad total.

No veía nada delante de mí.

Solo un túnel profundo.

Interminable.

Oscuro.

No había nada para mí.

Me estaba ahogando.

Estaba perdiendo.

Mi alma se estaba muriendo lentamente y yo no estaba haciendo nada por salvarme.

—No puedes ser así de orgulloso conmigo, Neil. ¿Entiendes? Eres demasiado drástico, no le das a nadie una segunda oportunidad. Llevo años rogándote que me dejes quererte y tú me lo niegas todo. Me niegas llegar a ti, me niegas la posibilidad de estar a tu lado. ¡No estás bien, y, si crees que voy a quedarme de brazos cruzados mirando cómo te aniquilas, te equivocas!

Se echó a llorar, pero mi reacción fue una sonrisa burlona, amarga como el veneno.

—No hay que pedir permiso para querer a un hijo. Ese ha sido siempre tu mayor error.

La miré muy serio y vi que estaba reflexionando sobre mis palabras. No esperé ni un minuto más: aproveché su distracción y me fui.

La dejé sola con su silencio sufriente y salí de la casa.

Lo mejor que había hecho el último año era tomar clases en la universidad y estudiar. Era la única manera de dejar de pensar.

Aunque no era fácil. A aquellas alturas mis problemas estaban atados con cuerdas anudadas a los dedos de mis manos: Kim, mi pasado, la violencia de mi padre, Scarlett, mi relación con mi madre, la desconfianza, mi orgullo, mi incapacidad para creer en los sentimientos y toda esa mierda, mis trastornos de conducta y, finalmente, Selene. Cada hilo se había

incrustado dolorosamente en mi piel, pero el último lo había cortado apenas dos semanas antes.

Si hubiera sido egoísta, habría decidido mantener a la niña conmigo, no dejarla ir, pero no quería un futuro negro para ella, quería lo mejor. Y

alejarla había sido mi forma absurda de protegerla y hacerla feliz.

Me había dado cuenta hacía tiempo de que estaba destinado a vivir con las heridas del pasado, a seguir sintiendo el dolor por dentro; para mí no había cura, ni medicina ni salida; no había luz, no había salvación.

Y, por eso, mi presencia solo traería la oscuridad y el mal a la vida de Selene.

Era cierto que la niña había disfrutado de mi cuerpo, de mis atenciones en la cama, de los besos, de las caricias, pero ni siquiera ella podía amar a alguien como yo, alguien convencido de que los sentimientos eran solo una ilusión.

A la gente como yo no se la podía amar.

Pronto incluso Selene entendería que el amor solo era un cúmulo de palabras importantes que no tenían ningún significado real. Era una colección de gestos, frases grandilocuentes sin valor alguno.

La gente amaba sin amar de verdad.

Vivían con la ilusión de un amor que nunca existiría.

Perdido en mis pensamientos, cogí el Maserati y me dirigí al campus para ir a clase.

Sin embargo, después de las tres primeras horas de clase, sentí la necesidad de alejarme de todo y estar solo.

Así que salí del aula, aburrido como una ostra y con una necesidad imperiosa de fumarme un cigarro. Caminé por el pasillo fingiendo que todo estaba bien, fingiendo ser el Neil de siempre, y evité las miradas maliciosas de las chicas, dispuestas a meterse conmigo en el baño; con solo alzar el

mentón habría bastado para llevármelas al huerto, pero no me apetecía estar con nadie.

Sin duda, habría rechazado a cualquiera que intentara un acercamiento conmigo.

Mientras seguía mi camino hacia la salida de la facultad, saqué el iPhone del bolsillo y mi pulgar se desplazó automáticamente por los contactos, deteniéndose en un único nombre: Campanilla.

Siempre pasaba lo mismo.

Quería mandarle un mensaje o llamarla. Pensaba en ella cada instante, pero no hacía nada por remediar lo que le había hecho. Nunca me sometería, nunca perdería la cabeza por ninguna mujer, y mucho menos por ella. Además, yo no llamaba a las chicas ni me preocupaba por ellas.

Dependía solo de mí mismo.

Pertenecía al mundo, no a las mujeres.

Firme en mi convicción, por fin salí a la intemperie y me encendí un cigarro.

—Ey, Miller, ¿no deberías estar en clase?

Una voz femenina y familiar llamó mi atención. Tenía delante a la última persona que quería ver: Megan Wayne.

—Debería hacerte la misma pregunta.

Eché el humo al aire y la miré. Llevaba unos pantalones de cuero demasiado ajustados y una camiseta negra con una enorme calavera plateada estampada justo sobre sus tetas generosas. El estilo rockero no me volvía loco, pero a ella le quedaba bien.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta mi look? —preguntó ella cuando notó mi mirada sobre su cuerpo, y arqueó una ceja.

—Mira, desequilibrada, no estoy de humor para charlar —le dije hosco, para dejarle claro que no me molestara.

—Tú siempre tan poco hablador, Miller.

Se puso un mechón negro detrás de la oreja y me miró con intensidad.

Sus ojos tan verdes como la hiedra siempre intentaban traspasarme, mirar más allá de lo que yo mostraba a todo el mundo.

—Y tú siempre estás en el puto medio.

Di otra calada y miré a mi alrededor solo para ignorarla. Su presencia me molestaba.

—Uh, menudos modales. —Megan esbozó una expresión de sorpresa y yo afilé mi mirada; en ese instante sus ojos bajaron a mis labios, entre los que sostenía el cigarro—. Me pregunto cómo alguien como Selene es capaz de aguantarte más de diez minutos —se burló de mí, sin darse cuenta de que nombrar a la niña era un error: estaba intentando no pensar en ella.

—¿Qué tendrá que ver ella ahora? —le pregunté molesto. Mi cambio de humor fue palpable y Megan lo notó.

—Estabais muy monos durante la partida de billar.

Sonrió con picardía y, en ese momento, decidí cortar de raíz cualquier duda que pudiera tener.

—No estamos juntos —aclaré, desviando la mirada hacia un grupo de estudiantes rubias que había al lado. Las observé atentamente, con la esperanza de que alguna pudiera despertar mi interés, pero, una vez más, no fue el caso.

Estaba aburrido de las mujeres y mi cuerpo no reaccionaba ante ninguna.

Ni siquiera ante las rubias.

—Sí, ella también lo dejó claro. —Megan se encogió de hombros y volvió al ataque—. Alyssa me ha dicho que ha vuelto a Detroit después de que te pusieras gilipollas con su padre —añadió con curiosidad, y yo me quedé mirándola confundido.

—Parece ser que tú y tu hermana no tenéis nada que puto hacer además de hablar de mí —le dije con displicencia.

Inexplicablemente, Megan siempre parecía estar al tanto de lo que ocurría en mi vida, cosa que me irritaba.

—Logan se lo ha contado todo y ella me lo ha contado a mí —explicó con indiferencia.

Sacudí la cabeza y pensé que tendría que tener una charla con Logan también.

—Tarde o temprano tendré que decirle a mi hermano que cierre la boca

—respondí molesto.

Odiaba a la gente que se metía en mis asuntos o intentaba analizarme como hacía Megan.

—Selene te gusta —afirmó de repente la desequilibrada, sentándose en un murete que había cerca. La miré tan serio como siempre y esbocé una sonrisa burlona.

—¿Y tú qué sabes?

Me cuadré y seguí mirándola fijamente, inflexible; nunca la dejaría entrar en mi cabeza.

—Me di cuenta por cómo la mirabas.

—¿En serio? ¿Y cómo la miraba?

Me acerqué el cigarrillo a los labios y, una vez más, sus ojos se detuvieron en mi boca.

—Como si fuera el sueño más hermoso que has tenido —contestó, y mi expresión impenetrable se esfumó. Me quedé con el Winston colgando y eché humo por la nariz, incapaz de contestarle.

—Menuda gilipollez —comenté mientras miraba a una chica que pasaba por al lado. El pelo castaño fue el primer detalle en el que me fijé. Los ojos

azules, sin embargo, eran banales, de un color insignificante como tantos otros; no vi ningún mar, ningún océano en esos iris.

Ninguna era como Selene.

Sin embargo, ella me devolvió una mirada intensa, con la vana esperanza de conseguir mi atención; después de todo, mi mala reputación me precedía: había follado con tantas que no podía molestarme la idea de que las chicas buscaran en mí lo que siempre les había dado. Esta vez, sin embargo, no tenía ningún motivo oculto, no había ninguna perversión, ningún deseo, solo tenía unas ganas horribles de ver a Selene aparecer como por arte de magia. De ver a la niña menear el culo hacia mí y gritarme que fumaba demasiado y que era un gilipollas; quería que se abalanzara sobre mí y me diera uno de sus besos inexpertos y torpes. Me asaltó un repentino impulso de saborear sus labios carnosos que sabían a coco, y de sentir su lengua llenándome la boca de azúcar.

—Te molestaba la presencia de Luke Parker. A los demás puedes mentirles, pero a mí no, Miller.

Megan volvió a hablar y yo lamenté que hubiera estado callada tan pocos segundos. Me pasé una mano por la cara y maldije en voz baja.

—¿Pero a ti qué coño te importa? ¿Me estás analizando, por casualidad?

Empecé a perder la paciencia y ella se rio como si no tuviera enfrente a un hombre poderoso e intimidante. Como siempre, menospreciaba mi superioridad y no me temía en absoluto. Y por eso la odiaba.

—Los hombres agresivos solo me gustan en la cama, así que tranquilo.

Abrió ligeramente las piernas y se puso cómoda en el murete, sin dejar de burlarse de mí.

—Si me acostara con alguien como tú, la dejaría sin poder caminar durante una semana. Te mereces que te castiguen —le espeté al límite de la tolerancia, y pensé en lo satisfactorio que sería atarla y dejarla en alguna

habitación de hotel, sola, durante varios días. Quizás así aprendería a no provocarme.

—Tienes el encanto de un cavernícola. ¿Te lo han dicho alguna vez, Miller?

Se mordió el labio para echarse a reír en mi cara y me acerqué a ella.

Megan no dejó de reírse ni siquiera cuando vio claramente que estaba perdiendo el control, así que me coloqué entre sus rodillas y la agarré por el cuello.

—Estás provocando a la persona equivocada, desequilibrada.

La atraje hacia mí y le hablé a pocos centímetros de sus labios. La miré directamente a los ojos y me fijé en las motas marrones que salpicaban sus esmeraldas verdes. Me detuve a mirarlas y, entretanto, me di cuenta de que Megan no se sonrojaba, no se mordía el labio, no temblaba y no me tenía miedo. No era como Selene.

—¿Así es como tratas a la mujer a la que le diste tu primer beso de verdad?

Parpadeó con sus largas pestañas y fingió disgusto.

—Aquello no fue más que un juego —repliqué tranquilamente con el timbre de voz que solía adoptar cuando quería seducir a alguien y ligármela; en este caso, sin embargo, no tenía intención de acostarme con ella, aunque…

—Pero te gustó —susurró ella, moviendo lentamente sus carnosos labios.

De repente, me vi catapultado al pasado.

Megan y yo teníamos catorce años, estábamos en una fiesta de cumpleaños, sentados en el suelo y jugando a un juego llamado «Siete minutos en el paraíso». Consistía en un sorteo en el que los nombres de los participantes se escribían en trocitos de papel. A continuación, se mezclaban en un sombrero. Entonces, una mano inocente sacaba los

nombres de los dos afortunados que tendrían que besarse durante siete minutos. Y el destino quiso que fuésemos Megan y yo, y un rato después nos encontramos encerrados en la habitación del cumpleañero. Después de la vergüenza y el miedo iniciales, nos habíamos besado durante diez minutos, rompiendo las reglas del juego, porque ninguno de los dos quería parar. Aquel había sido nuestro primer beso después de los abusos que habíamos sufrido por parte de Ryan y Kimberly. De hecho, antes de ese momento, nunca habíamos besado a nadie, a no ser que fuese a la fuerza. A ambos nos daba arcadas la sola idea de que nuestros labios tocaran los de otra persona. Por eso, nuestra sintonía —así como la ausencia de arcadas—

nos había sorprendido a los dos, y lo habíamos atribuido al hecho de que compartíamos el mismo pasado. A Megan no le había tenido que contar nada.

Ella ya lo sabía todo sobre mí.

—A ti también te gustó —respondí con tono seductor. Traté de no moverme y no apretarle demasiado la garganta; no quería hacerle daño, solo intimidarla. Sin embargo, Megan parecía estar muy a gusto, a pesar de mi agarre. Su tenacidad y su fuerza interior eran, como siempre, sus armas más poderosas, y sabía muy bien cómo utilizarlas.

—En realidad no lo he olvidado —admitió; luego, con un ligero empujón, me echó para atrás y saltó del murete, sacudiéndose los pantalones—. Llama a Selene, Miller. Pídele perdón, dale uno de esos besos que te dejan mareada y deja de hacer el gilipollas. No se lo merece.

Me sonrió una última vez y se dirigió hacia la entrada de la universidad, segura de sí misma. Sacudí la cabeza y me humedecí el labio inferior mientras reflexionaba sobre sus palabras.

No pensaba ir detrás de la niña.

Solo quería seguir protegiéndola…

De mí.

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