Una dama solitaria
Capítulo 7
siete
Llegué puntualmente a las 10 de la mañana del día siguiente a la oficina de George Fox y me hicieron entrar casi enseguida. George era el vicepresidente primero de la Artists Alliance, Inc., y Walter su cliente particular.
Era un hombre bajo, apuesto, con el pelo gris y muy sonriente. Rodeó el escritorio y me besó en la mejilla.
—Felicidades —dijo—. Fannon parece realmente entusiasmado con su obra.
—Gracias —respondí sentándome frente a su mesa de trabajo—. No obstante, estoy un tanto desilusionada por su forma de pago. Esperaba que pagara todo por adelantado.
—Eso no se hace nunca —contestó rápidamente—. Le aseguro que yo revisé personalmente su contrato. Le han hecho una muy buena oferta tratándose de su primera obra. Y más importante aún, ha conseguido al productor más cotizado de toda la ciudad.
—Lo sé. Pero tengo problemas de dinero. Así que he de encontrar trabajo para poder mantenerme hasta que se estrene la obra.
—Puedo prestarle dinero —dijo prestamente.
—No es necesario. Puedo arreglármelas. Lo que necesito es trabajo.
—¿Tiene algo en perspectiva?
—En realidad, no. Pensé que tal vez podría encontrar algo en una de las producciones de verano.
No pareció muy convencido.
—No lo creo. Todos los repartos están ya completos. Empiezan a buscar los artistas en enero.
—Quizás algún trabajo como escritora, entonces —insinué. Sabía que estaban organizando los programas de televisión para el próximo otoño.
—Ya es tarde para eso también —dijo—. Generalmente ya están todos organizados en enero.
—Quizás haya un papel libre en alguna de las nuevas series. Después de todo, tengo experiencia como actriz. Leí en el Variety de la semana pasada que hacen falta caras nuevas para la televisión.
—Siempre dicen lo mismo, pero tratan de seguir con lo viejo conocido dentro de lo posible. No les gusta correr riesgos. Además, toda la actividad está ahora en la Costa y jamás le pagarían el viaje por más interesados que estuvieran. Y encima de todo esto, son unos roñosos.
—Estaría dispuesta a pagarme yo el billete si tuviera una posibilidad de conseguir algún trabajo.
—No lo sé. En realidad, no estoy enterado muy bien de la situación. —Hizo una pausa y agregó—: Déjeme ponerla en relación con un joven que trabaja en nuestra oficina y que está al tanto de esas cosas. Estoy seguro que él encontrará algo para usted. —Tomó el teléfono y dijo—: Díganle a Harry Gregg que suba.
Pocos minutos después entraba Harry Gregg. Era alto, delgado, con el pelo alborotado y vestido con el traje oscuro, la camisa blanca y la oscura corbata que, junto con una expresión circunspecta, eran las características de la agencia.
—Permíteme Harry que te presente a uno de los nuevos talentos más importantes de la agencia, y también buena amiga mía: JeriLee Thornton…, bueno, Randall. JeriLee, Harry Gregg, uno de los jóvenes más brillantes y prometedores de la agencia.
Harry sonrió y nos estrechamos la mano.
—Quiero que hagas todo lo posible por ella —prosiguió diciendo George—. Te haré responsable personalmente de ello. Ya hemos cerrado trato con Fannon para producir una obra que ha escrito, pero quiero que explores otros terrenos en los que podamos serle de ayuda.
Antes de que tuviera tiempo de darme cuenta, ya habíamos salido de la oficina de George y estábamos sentados en el pequeño cubículo de Harry.
—¿Quiere un café? —preguntó haciendo a un lado un montón de papeles apilados sobre su escritorio.
Asentí.
—Dos cafés —pidió por el teléfono—. ¿Cómo le gusta?
—Negro. Sin azúcar.
Un minuto después entraba su secretaria en la oficina trayendo dos vasos de plástico con café. Era muy diferente de la oficina de George. Allí el café se servía en una cafetera de plata y las tazas eran de auténtica porcelana Wedwood.
—¿George se encargó de conseguir el contrato con Fannon? —preguntó Harry.
—No. Yo hice lo mío pero casi todo fue obra de Guy Jackson. De no haber sido por él no creo que lo habría logrado.
—Lo imaginaba.
—¿Qué quiere decir?
—George no es un negociante. El recibe la mercancía. —Tomó un sorbo de café y preguntó—: ¿Guy dirigirá la obra?
—Sí.
—Eso es bueno. Me gusta —afirmó—. ¿Está usted en buenas relaciones con su ex-marido? —Vio la expresión de mi cara y se apresuró a explicar—: No quiero entrometerme en su vida privada, pero es importante saber la situación.
—¿Por qué?
—Walter es uno de los mejores clientes de la agencia. Si está enojado con usted, la agencia la olvidará, así le digan lo que le digan.
Súbitamente el joven me cayó simpático. Por lo menos, era sincero.
—Estamos en buenas relaciones —aclaré.
—¿George está enterado de ello?
—No lo sé.
—Sería conveniente que lo supiera. Me facilitaría mucho el trabajo. En los actuales momentos, probablemente no tiene la menor idea de cómo van las cosas entre ustedes dos.
—¿Por eso estoy aquí?
—No lo repita, pero… sí.
—Comprendo. —Me levanté—. ¿Hay algún otro motivo para que sigamos conversando entonces?
—Siéntese, siéntese —replicó rápidamente—. No hay razón para que se retire enojada. Ya nos ha entregado el libreto, de modo que bien puede seguir adelante con nosotros en todo lo demás. Podríamos tener un golpe de suerte.
Volví a sentarme y bebí un sorbo de café. Siempre me ha parecido inmundo el sabor del café bebido en un vasito de plástico.
—¿Qué es lo que busca? —me preguntó.
—Trabajo —respondí—. Cualquier cosa. Como actriz o escritora.
—¿Por qué?
—Tengo que mantenerme.
Quedó un momento en silencio. No sabía si me creía o no.
—Muy bien —manifestó en un tono frío de hombre de negocios—. Tendremos que empezar por algún lado. ¿Tiene algunas fotografías?
—Alguna que otra. —Saqué un sobre marrón de la carpeta donde guardaba el libreto—. No son muy buenas. Todas fueron tomadas mientras actuaba hace cuatro o cinco años.
Examinó rápidamente las fotos.
—Vamos a necesitar otras nuevas. En estas parecía una niñita.
—Ese era el papel que representaba.
—Necesitaré una serie completa. Cara, expresiones, figura. ¿Tiene algún fotógrafo?
—No. Pero conozco unos cuantos.
—¿Cree que alguno de ellos estaría dispuesto a hacerlo?
—No lo sé. Podría preguntarles.
—De lo contrario, conozco uno muy bueno que haría exactamente lo que necesitamos por doscientos dólares. Y si le permite sacarle algunas fotos para una revista, en lugar de tener que pagarle se metería usted unos dólares en el bolsillo.
—¿Qué clase de fotografías?
—Ya sabe. Playboy. Le pagarían 1500 dólares.
—Tendré que pensarlo —respondí—. ¿No cree que ese tipo de cosas arruinaría mi carrera?
—Su impresión es tan válida como la mía. Las actitudes están cambiando. Los estudios no son tan rígidos como solían serlo.
—¿Me haría él esa serie de doscientos dólares aunque no me aviniera a posar para la revista?
—Sí.
—Pues entonces me arreglaré con él. Puedo darme ese lujo.
—Perfecto. Le llamaré yo. Ahora bien, ¿tiene una copia del libreto para que pueda leerlo?
Saqué una y se la entregué.
—¿Hay en esta obra un papel para usted? —preguntó.
—El principal, pero Fannon quiere a Anne Bancroft.
—Lo leeré —manifestó—. Me dará una idea de su talento como escritora.
—Le dije a George que podría ir a California si ustedes me consiguen algún trabajo en las nuevas series.
El teléfono sonó en ese momento. Luego de escuchar lo que le decían, ordenó:
—Comuníqueme con él. Hola, Tony.
Quedó unos minutos en silencio y finalmente dijo:
—¿Cuántos años le parece que debe tener la muchacha?
La voz al otro extremo de la línea murmuró algo ininteligible.
—Me parece que hemos tenido un golpe de suerte, Tony —dijo—. Acabo de toparme con una nueva cliente. ¿Recuerdas a JeriLee Randall? La ex-esposa de Walter Thornton. Trabajó un año en Broadway en su obra y tiene justo la edad indicada. Veintitrés, eso es. Y es muy bonita. Pero tenemos un problema. No sé si aceptará un papel así. Es una dama muy elegante.
Quedó en silencio escuchando durante unos minutos y luego dijo:
—Envíame el libreto, Tony. Hablaré con ella y veré lo que puedo hacer. No, Tony —agregó—. Acabo de decirte que es una dama muy elegante. No se dedica a realizar entrevistas de esa clase. No es su tipo. —Hizo una breve pausa, me miró y añadió—: Es maravillosa. Con unas curvas sensacionales, pero muy correcta. Una combinación entre Ava Gardner y Grace Kelly. Envíame el libreto y me ocuparé enseguida del asunto.
Colgó el teléfono y dijo:
—Siento mucho haber tenido que expresarme en esa forma. Pero es el único idioma que comprende ese desgraciado. Piensa que puede acostarse con todas las artistas que pisan su oficina.
—¿Quién es?
—Tony Styles. Tiene un papel en una película que comenzará a rodarse en Nueva York la semana próxima y la muchacha a la que había echado el ojo para ese trabajo está en California.
Había oído hablar de él. Pensé que quizás llegué a conocerlo en una fiesta en Hollywood a la que fui acompañada por Walter. Un hombrecito vulgar con una boca sucia. Pero él y su hermano realizaban películas que producían mucho dinero. Los Hermanos Styles.
—¿Qué clase de papel es?
—Dos semanas de trabajo. Una bien cotizada prostituta neoyorquina que no hace más que vestirse y desnudarse durante toda la película. Dijo que el papel tiene algunas buenas frases, pero sabré más cuando haya leído el libreto. Pero está desesperado y creo que es capaz de pagar 2500 dólares por las dos semanas.
—¿Podré leerlo después que usted lo haga? —pregunté.
—Por supuesto —contestó mirando su reloj—. Dios mío, ya es hora de comer. ¿Tiene alguna cita?
—Estoy libre.
—Bien. La invitaré a comer, así podremos seguir conversando.
La comida también fue diferente, ya que consistió en unos sándwiches que tomamos en su oficina.