Una dama solitaria

Harold Robbins · Capítulo 54 de 71

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Una dama solitaria

Capítulo 9

nueve

 

La carretera de Río Sawmill estaba desierta. Haciendo caso omiso del cartel indicador de la velocidad máxima, Licia apretó el acelerador hasta imprimir al gran auto una velocidad de 130 kilómetros. JeriLee miró la hora en el reloj del tablero. Eran casi las nueve y media.

—¿Estás segura de que a tu madre no le importará que lleves a alguien a cenar a esta hora de la noche?

—Está acostumbrada. Somos una familia de noctámbulos —agregó aminorando la marcha—. Además ya casi hemos llegado. Nos desviaremos en la siguiente salida de la carretera.

—¿Te gusta conducir? —inquirió JeriLee.

Licia asintió.

—Especialmente este auto. Pertenecía a un rufián. —Lanzó una risita y agregó—: Cuando se subía se sentía dueño del mundo y despreciaba a todos. Más adelante se dedicó a las drogas y perdió totalmente el control. Sus muchachas se la conseguían y tuvo que venderlo para satisfacer su hábito. Me costó dinero porque todavía le faltaba pagar unos plazos. Pero te aseguro que no me importó nada reventarlo. Era un grandísimo sinvergüenza.

Abandonaron la carretera principal y se internaron por un camino angosto, flanqueado de árboles, que trepaba hasta lo alto de una pequeña colina donde se alzaban unas cuantas casas.

—Llegamos —anunció metiéndose por la primera entrada a la izquierda.

La puerta de la casa se abrió en cuanto se bajaron del coche y un chico bajó corriendo los escalones y atravesó el césped gritando:

—¡Mamaíta! ¡Mamaíta!

Licia se inclinó y estrechó al niño entre sus brazos. Él le rodeó el cuello con los suyos.

—Llegaste justo a tiempo —afirmó—. No hay nada más que anuncios comerciales.

Licia rio y lo besó.

—Estoy segura de que acabarás teniendo los ojos cuadrados de tanto mirar la televisión. JeriLee, este es mi hijo Bonny —dijo soltándolo—. Bonny, te presento a JeriLee.

El niño se acercó tendiéndole la mano.

—Hola. ¿Te gusta la televisión? —le preguntó.

—Sí —respondió JeriLee riendo.

—Bien —dijo Bonny—. Podremos sentarnos juntos entonces. Está por empezar un programa bastante bueno.

—Lo que tú tienes que hacer es irte a la cama, jovencito —dijo una voz de mujer desde la puerta abierta—. Mañana tienes que ir a la escuela.

Bonny se volvió hacia Licia.

—¿Mamá?

Licia lo tomó de la mano y ambos se dirigieron a la casa.

—Ya oíste lo que dijo tu abuela.

—Pero si acabas de llegar —protestó—. Ni siquiera voy a poder estar contigo.

—De todos modos no estarías conmigo —respondió—. Estarías con la televisión.

La madre de Licia era una mujer alta y a no ser por su pelo canoso podría pasar perfectamente bien por su hermana mayor. Saludó a JeriLee con una cálida sonrisa y un fuerte apretón de manos.

—Mucho gusto en conocerte —dijo.

La casa estaba alegremente decorada. Bonny se dirigió directamente al televisor.

—Diez minutos más —suplicó.

—Muy bien —asintió la madre de Licia—. Pero luego subes directamente a la cama.

Pasaron a la cocina. Había una mesa puesta en el porche cerrado por cortinas. Una parrilla estaba encendida en un rincón.

—Tengo chuletas y ensalada —dijo la madre de Licia—. No esperaba visitas.

—Me parece perfecto —afirmó JeriLee.

—Hago un pollo frito riquísimo y unas costillas a la parrilla con verduras que son deliciosas, pero Licia no quiere comer comida barata. Porque es muy grasienta y ella está siempre con su dieta.

—Mamá —replicó Licia riendo.

—Está bien —contestó su madre—. Trata de acostar a tu hijo mientras tanto yo cocinaré las chuletas.

—¿Cómo te gusta la carne? —le preguntó a JeriLee.

—Bien jugosa.

—A Licia también —replicó la mujer mayor—. A mí me gustan muy hechas. No soy entusiasta de la carne cruda.

JeriLee sonrió.

—¿Puedo ayudarla en algo?

—No, estoy acostumbrada a manejarme sola. ¿Pero tal vez querrías beber algo fresco? Tenemos toda clase de jugos de fruta. En esta casa no bebemos alcohol ni gaseosas.

—Cualquier cosa estará bien, señora Wallace.

—A Licia le gusta el jugo de naranja, pero yo prefiero el Hawaiian Punch.

—Eso me parece perfecto.

La señora Wallace sonrió.

—Le pondré unos cubitos de hielo. Así no quedará tan dulce.

Las chuletas estaban ya a medio cocinar cuando volvió Licia.

—¡Que olor tan rico! —dijo.

—Se las hice cortar especialmente al carnicero y no me cobró extra —aclaró su madre.

—Mi mamá domina a todos los del mercado —dijo Licia a JeriLee. Se acercó a la parrilla y agregó—: Me parece que ya están a punto.

La señora Wallace se levantó de la silla.

—Ven ahora aquí y siéntate —ordenó—. Yo soy la encargada de cocinar en esta casa.

—Sí, mamá —respondió Licia sumisa mirando de soslayo a JeriLee y sonriendo.

JeriLee le devolvió la sonrisa sin decir nada.

Eran casi las once cuando terminaron. La madre de Licia habló constantemente durante la cena. Evidentemente, todos los problemas y charlas acumulados durante la semana habían sido reservados para esa noche. Licia escuchaba pacientemente los comentarios sobre la escuela de Bonny, las compras y el fontanero. Todos los detalles triviales de la vida diaria salieron a la luz, con una notoria sensación de orgullo al realizar el relato. Ella había cumplido con su tarea. El visto bueno de Licia era por lo visto de gran importancia para su madre y no pudo ocultar su alegría al lograrlo.

Hasta que finalmente Licia dijo:

—Tenemos que volver a la ciudad.

Su madre pareció sorprenderse.

—¿No os quedáis a dormir? Tengo un cuarto preparado.

—Tal vez JeriLee tenga algo que hacer por la mañana, mamá —dijo Licia.

—¿De veras? —preguntó bruscamente.

—No quiero ocasionarles más molestias —replicó JeriLee.

—No es ninguna molestia —respondió rápidamente la señora Wallace—. Hay dos camas en el cuarto de Licia.

Licia sonrió.

—Mi madre está acostumbrada a hacer su voluntad.

JeriLee asintió, se puso de pie y cogió su plato.

—Déjeme ayudarla a lavar los platos —dijo.

—No será necesario —interpuso la señora Wallace—. Tenemos un lavavajillas.

 

En el piso de arriba había tres dormitorios. Licia ocupaba el principal. Quedaba en una esquina de la casa separado de los otros dos por un gran cuarto de baño. Licia se detuvo en el descansillo del primer piso y besó a su madre.

—Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, señora Wallace, y muchas gracias —dijo JeriLee.

La mujer asintió y se dirigió a su cuarto. JeriLee siguió a Licia. Una pequeña lámpara estaba encendida entre las dos camas. Licia atravesó el cuarto en dirección al baño.

—Te daré un cepillo de dientes nuevo. Tengo unos cuantos camisones en el armario. Sacaré uno para ti.

—Gracias —respondió JeriLee dirigiéndose a la ventana, aspirando profundamente el aire nocturno que olía a fresco y a verde.

—No se parece mucho a la ciudad —dijo la voz de Licia a su espalda.

—Casi había olvidado lo delicioso que es el aroma del aire fresco.

Licia sacó un camisón pulcramente planchado. Lo alzó y preguntó:

—¿Te parece bien?

—Perfecto.

—Puedes usar el baño primero —dijo alcanzándole el camisón.

JeriLee lo tomó, se dirigió al baño y cerró la puerta tras de sí. Se desvistió rápidamente y colgó cuidadosamente su ropa en la percha. Sacó el cepillo de dientes de su envoltorio, se los cepilló y luego se lavó la cara. Se había sentido perfectamente bien hasta entonces, pero en ese momento se dio cuenta de que estaba algo nerviosa. Hurgó en su bolso. Si su memoria no le fallaba tenía una pastilla de Valium 10 en la cajita. La encontró y la ingirió sin pérdida de tiempo. Enseguida se tranquilizó. El Valium siempre le daba sueño.

Licia sonrió al verla entrar en el dormitorio.

—Ese camisón te queda un poco grande.

JeriLee bajó la vista y advirtió que le arrastraba por el suelo.

—Parece que sí —replicó.

—Esa es la tuya —indicó Licia señalando la cama más cercana a la puerta.

JeriLee asintió. Se acercó a la cama y se sentó. Automáticamente buscó un cigarrillo y lo encendió.

Licia pareció percatarse de su nerviosismo.

—¿Te sientes bien?

—Ya pasará. He tenido un día fatigoso, eso es todo.

—No te preocupes —dijo Licia en voz baja—. No te traje aquí para aprovecharme. No imaginé jamás que nos quedaríamos.

—No importa. Me alegro que lo hicieras. Ha sido la única cosa agradable de todo el día.

—Me alegro —replicó Licia dirigiéndose al armario. Se quitó rápidamente la blusa y la falda y estiró los brazos hacia atrás para desabrocharse el sujetador.

JeriLee apagó el cigarrillo. Cuando levantó la vista, Licia lucía un camisón de color beige, casi del mismo tono que su piel. JeriLee se deslizó entre las sábanas.

Licia se sentó en la otra cama.

—¿Qué te parece mi pequeña familia? —preguntó.

—Se nota el amor en ella.

Licia sonrió.

—Por esa razón los mantengo aquí. No es posible disfrutar de esa sensación en la ciudad.

—Haces lo justo.

—Pero eso no quita que Bonny crezca muy rápidamente —replicó Licia—. Un chico como él necesita tener un padre.

JeriLee no dijo nada.

—¿Crees que a Fred le molestaría? —inquirió Licia.

—A Fred le encantan los chicos —respondió JeriLee.

—¿Y qué opina sobre mí? —insistió—. ¿Te ha dicho por casualidad algo sobre mí?

—Solo que le gustabas. Te respeta.

—Pero sabe lo que soy. Me ha visto con Sam. —Licia quedó un momento en silencio—. No creas que no me gustan los hombres. Lo que pasa es que me cansaron. Con ellos todo es una lucha. Parece que hicieran la guerra cuando hacen el amor.

—Fred no es así. Es un hombre muy suave.

Licia se puso de pie.

—No lo sé —dijo titubeando—. Tengo que pensarlo un poco más. No quiero cometer un error.

—No será un error —afirmó JeriLee—. Habrás acertado.

—¿Lo crees de veras?

—Sí.

Licia sonrió súbitamente.

—Basta ya de mis problemas. Debes dormir. Buenas noches —agregó apagando la luz.

—Buenas noches —respondió JeriLee observándola entrar al baño y cerrar la puerta tras ella. Se quedó entonces contemplando la oscuridad. Al cabo de un momento oyó el ruido de un grifo abierto y cerró los ojos. No la oyó salir del baño. Tampoco sintió su ligero beso en la mejilla ni la oyó musitar:

—Pobrecita niña. —Estaba profundamente dormida.