Una dama solitaria

Harold Robbins · Capítulo 70 de 71

Páginas del PDF

Una dama solitaria

Capítulo 25

venticinco

 

Angela abrió la puerta del cuarto de baño mientras ella estaba duchándose.

—Te llama por teléfono tu agente —le gritó—. Dice que tiene que hablar contigo inmediatamente. Parece ser algo muy importante.

—Enseguida salgo —respondió JeriLee envolviéndose en una gran toalla.

—¿Qué sucede? —inquirió cogiendo el teléfono.

—¿Puedes venir enseguida al estudio? Tom Castel quiere verte.

—¿Qué pasa con nuestra cita? Convinimos que debía estar en tu oficina dentro de una hora.

—Puedo esperar. Creo que esta es nuestra gran oportunidad. Está esperando en el otro teléfono para saber la contestación.

—¿Te parece bien dentro de una hora?

—Trata de que sean tres cuartos de hora. Parece sincero.

—Muy bien —respondió riendo. Un agente era siempre un agente. Hacía negocios incluso con el tiempo.

El médico había estado en lo cierto. Le había dicho que hoy se sentiría mejor y así era en realidad. No sentía dolor alguno, excepto una sensación de inflamación en la pelvis.

Terminó de secarse en el cuarto de baño, se quitó el gorro de ducha y dejó que cayera su pelo. Le bastarían treinta segundos para ponerlo en condiciones con el secador. Había decidido maquillarse muy poco, solamente un poco de rímel y un carmín de labios de tono suave. Todos sabían por lo que había pasado.

Angela entró al dormitorio mientras se vestía.

—¿Qué quería?

—Tengo que presentarme en la oficina de Castel dentro de veinte minutos.

—¿Quieres que te lleve?

—Creo que podré arreglármelas.

—¿Estás segura? Hoy estoy libre. No tengo nada que hacer.

—De acuerdo —asintió.

 

—¿Cómo te sientes, querida? —preguntó Tom Castel besándola en la mejilla.

—Muy bien.

—Fue mala suerte lo que sucedió. George no debió haberte puesto jamás en semejante situación.

—Fue enteramente culpa mía —respondió dirigiéndose hacia la silla situada ante al escritorio.

—No, siéntate allí —indicó solícitamente tomándola por el brazo y conduciéndola hacia el sofá—. Aquí estarás más cómoda. ¿Café?

Ella asintió y él oprimió un timbre junto a su silla. Un momento después entró su secretaria trayendo dos tazas de café.

—Mi agente me dijo que viniera enseguida. Que era importante.

—¿Tienes muchas ganas de que se haga la película?

—No quiero que resulte un fracaso. Quiero que se haga bien.

—No juegues con las palabras, JeriLee. Sé que eres una escritora. ¿Quieres o no que se haga la película?

—Sí quiero.

—Muy bien —respondió seriamente—. Te diré entonces lo que hace falta para ello. Conseguí que el estudio me respondiera afirmativamente siempre y cuando George interviniera en ella. Debes convencerlo.

—¿Y por qué yo? Tú eres el productor. ¿No es esa tu misión? Además, ¿no tiene un contrato con el estudio?

—Es verdad. Pero tiene el derecho de aprobación sobre las películas que se le ofrecen y no consigo convencerlo. Pero creo que a ti te haría caso. Después de todo acaba de hacerte pasar un mal momento y tú te hiciste cargo de todo sin armar líos. Supongo que está en deuda contigo.

—¿Y si no quiere?

—Pierde 500.000 dólares y cinco puntos de porcentaje.

—¿Y tú que perderás?

—Nada. Tengo un contrato. Si no hago esta película haré otra. Pero me gustaría hacer esta. Creo que todos saldríamos beneficiados. Además quiero trabajar contigo. Creo que entre los dos podríamos hacer algo realmente bueno. Tu libro me encantó.

—Gracias.

—No me conoces. Soy pura dinamita cuando me pongo en movimiento. Trabajo día y noche. Tengo una casa junto a la playa donde nadie puede molestarnos.

JeriLee asintió. Había oído hablar a sus amigos de aquella casa junto a la playa. La única persona que creía que él iba allí a trabajar era su esposa.

—Muy bien —respondió—. Veré qué puedo hacer.

—Fantástico. Lo arreglé con George para comer juntos en el comisariado. Le dije que tú vendrías también. —Agregó sonriendo—. Sé que tú puedes conquistarlo, querida. Dale otra oportunidad de gozar de tus encantos.

—¡Por el amor de Dios, Tom! —respondió disgustada—. Va a ser necesario algo más que eso para convencerlo.

—No conoces tu poderío, tesoro. Dice que no hay nadie que pueda excitarlo como tú.

—¿Cuándo dijo eso?

—Este último fin de semana. Tuvimos una reunión de terapia de grupo con nuestro psicoanalista. Salió…

—Salió a relucir por casualidad —le interrumpió terminando la frase por él—. Ya me he enterado.

—Debo confesar que te puso por las nubes. ¿Eres realmente tan buena como el afirma?

—Por supuesto —replicó poniéndose de pie—. Soy sensacional. —Y dirigiéndose hacia la puerta preguntó—: ¿Dónde queda el baño? Creo que voy a vomitar.

—La primera puerta a la izquierda —respondió rápidamente—. Lo siento, olvidé que todavía no debes sentirte muy bien.

—No te preocupes por ello. Es uno de los inconvenientes de ser mujer. Hay ciertas cosas que nos revuelven el estómago.

 

—En realidad es un asunto muy simple —le explicó a su agente—. Castel me da el trabajo si convenzo a George que haga la película. Además me aclaró que trabajaríamos juntos en su casa junto a la playa y se encargó de especificar que él trabaja día y noche. George dice que le parece una idea maravillosa. Que admira mis dotes como escritora y que admira a Castel como productor, pero que para él lo primordial es el director y que está enterado de que Dean Clarke está disponible porque la esposa de Dean le puso la proa a la película que pensaba realizar con la Warner.

—Dean Clarke sería un buen director. Y lo afirmo aunque no sea cliente mío.

—Pero tú conoces el problema de Dean. No lo hará si no obtiene el consentimiento de su mujer. Y ese es otro problema para mí. Ella pretende de mí lo mismo que quieren George y Castel. He estado esquivándola desde que nos conocimos en una reunión.

—Se han rodado películas con peores problemas.

—Sé que hay quien tuvo que acostarse con cierta persona para conseguir trabajo en este ambiente. ¿Pero has oído hablar alguna vez de alguien que haya tenido que acostarse con todos los que intervienen en la película? Antes que terminen el rodaje habré hecho el amor con cada uno de ellos, excepto tal vez el peluquero, y eso solamente porque es pederasta.

—No te agites, por favor. Aclaremos un poco el asunto.

—Muy bien.

—¿Estarías dispuesta a hacerlo si logro convencer a Castel que acepte por 75.000 dólares y siete puntos y medio?

—No me has escuchado. No hablo de dinero. Lo único que pienso es que no me parece justo que deba acostarme con todos para obtener el contrato.

—Estoy de acuerdo contigo. Pero ya que según parece te acuestas cuando quieres, no veo por qué tanto alboroto.

—No tuve que acostarme con nadie para que me compraran el libro, ¿por qué tengo que hacerlo entonces para que hagan la película?

—La película no ha sido hecha todavía, ¿verdad? —preguntó astutamente el viejo. JeriLee trató de decir algo, pero él la interrumpió levantando la mano—. Escúchame primero y luego podrás hablar. Hace ya casi tres años desde que nos trajiste el libro. Sacaron dos libretos de él. Los dos resultaron malos y no se hizo la película. No me digas que se vendieron 40.000 ejemplares encuadernados de tu libro, 100.000 en el Libro del Mes y 1.000.000 en rústica. O que hiciste cincuenta emisiones por radio y televisión y que apareciste en la cubierta de la revista Time como ejemplo de la escritora representante del año de la liberación femenina. Lo sé, tú lo sabes y el estudio lo sabe. Lo que el estudio sabe también es que eso ocurrió hace tres años. Han aparecido otros libros desde entonces. Y te aseguro que preferirían empezar desde cero con una obra nueva, que invertir dinero en algo que ya les ha significado dos fracasos previos. Acabas de mencionar lo que tendrías que hacer para conseguir que hagan la película. Permíteme decirte lo que yo tuve que hacer. Durante todo el año pasado mientras tú te acostabas gratuitamente con el que viniera a mano, yo me lo pasé invitando a comer y beber y adulando a cuanto ejecutivo del estudio creía que podía contribuir con un empujón a que se hiciera la película.

«Finalmente conseguí hacer figurar tu libro nuevamente en la lista de posibilidades y entonces logré que se lo pasaran a Castel, uno de los principales productores, porque sé que es un buscavidas y que encontraría una forma de que se hiciera la película. Bueno, por fin la encontró y ahora resulta que te quejas.

»Soy un hombre viejo. No necesito trabajar tanto. Dentro de poco les dejaré mi oficina a mis jóvenes socios. ¿No quieres que se haga la película? Por mí no hay inconveniente. Es tu libro y tu vida, y también tu dinero. Soy un hombre rico. No lo necesito. De todos modos lo único que obtengo es un miserable diez por ciento. — Movió la cabeza con tristeza—. Vete a tu casa, entonces. Seguiremos siendo amigos. Escribirás otros cuentos y otros libros. Yo haré otros contratos. Pero es realmente una pena. Podría haber sido una película importante. —Alzó la mano y agregó—: Ahora puedes hablar.»

Ella empezó a reírse histéricamente.

—¿Te parece gracioso lo que dije?

—No. Es que súbitamente todo se ha vuelto tan irreal…

—Pues permíteme entonces volverte a la realidad. —Su voz hería como un cuchillo afilado—. En este negocio hay una sola verdad. Siempre ha sido así y siempre lo será: hacer la película. Solo eso. Nada más ni nada menos. Hacer la película.

»Me importa un comino lo que debas hacer y con quien tengas que acostarte. No me importa si quieres rehacer el mundo. Haz lo que quieras, pero primero debes enfrentarte con la verdad. Hacer la película. Es la única cosa que te valorará. De lo contrario seguirás siendo una pobre infeliz que no alcanzó el éxito en esta ciudad.»

—Y no te importa con quien deba acostarme con tal de lograrlo.

—Me importa un comino. Consigue que se haga esa película.

—Ya no me importa tanto en realidad —respondió con voz cansada.

—No te creo. Si no te importara no habrías venido aquí hace tres años. Te habrías quedado en el Este y escrito otra novela.

—Es lo que debería haber hecho. Ahora lo sé.

—No es demasiado tarde. Los vuelos no han sido suspendidos.

Vio que los ojos de la muchacha se llenaban de lágrimas, pero antes que pudiera decir nada más esta se levantó y salió de la oficina. Cogió el teléfono y pocos minutos después Tom Castel estaba al otro extremo de la línea.

—Acabo de hablar con ella, Tom —dijo en tono confidencial—. Te aseguro que no hay forma de convencerla por menos de 100.000. Trataré de conseguir que acepte los siete puntos y medio, pero tendrás que poner el resto en efectivo. En estos momentos está harta de esta ciudad. He hecho todo lo posible para evitar que tome un avión y vuelva al Este. Lo único que quiere hacer es escribir su próxima novela.

JeriLee sacó un kleenex de la caja guardada en la guantera y se secó los ojos.

 

—Volvamos a casa —dijo.

Angela puso en marcha el coche silenciosamente y salieron del estacionamiento. JeriLee encendió un cigarrillo y miró por la ventanilla del auto.

—Mierda —dijo.

—¿Qué pasa?

—Acabo de descubrir algo sobre mí misma que no me gusta —respondió—. La gente no se prostituye únicamente por los sistemas sino también por los sueños.

—Me ganaste.

—Somos todas putas —afirmó JeriLee—. Lo único diferente es la moneda con que se hace el pago. Cuando lleguemos a casa el viejo me llamará por teléfono para comunicarme que consiguió 100.000 por hacer la película. Y yo le diré que estoy de acuerdo.

—Es mucho dinero.

—No se trata de dinero. Ahí reside la viveza del viejo. Él lo sabe. Y se aprovecha. Sabe que quiero que se haga esa película más que nada en el mundo. No logré engañarlo ni un minuto.

—No veo que tiene eso de malo.

JeriLee lanzó una carcajada.

—Eso es lo maravilloso de ti. Eres la última de las inocentes.

—Ha sido un día ajetreado —afirmó Angela—. Fumaremos unos cigarrillos de marihuana cuando lleguemos a casa.

JeriLee se inclinó sobre el asiento y besó a Angela en la mejilla.

—Es lo único sensato que me han propuesto en todo el día.