Una dama solitaria
Capítulo 14
catorce
Estaba desnuda y todos me miraban como si fuera solo un pedazo de carne. Trataba de ocultarme detrás de mis manos, pero no podía eludir sus miradas por más vueltas que diera. Los despiadados reflectores blancos me apuntaban de todos lados.
No sé por qué de todos los hombres presentes los que más me molestaban no eran los desconocidos sino los que ya había tratado antes. No me importaba aparentemente tampoco que todos estuvieran vestidos como los jugadores de un equipo de fútbol, con cascos, caretas protectoras, camisetas de color rojo vivo con números negros. Y todos tenían el mismo, el uno. Quizás lo más curioso del traje era que los pantalones bien acolchados no tenían la parte delantera.
Súbitamente, todos formaron un grupo. Traté de oír lo que decían, pero no pude. Luego se separaron y ocuparon los lugares correspondientes a cada uno dentro del equipo. El único de la primera línea que reconocí era Harry Gregg. Detrás de él podía ver las caras de los demás. George Fox de zaguero, Chad y John en el medio del campo, y no muy alejado Walter de back.
George se enderezó y gesticuló enérgicamente hacia mí y luego señaló a Harry. Obedeciendo un impulso que no podía comprender, caminé hacia la línea de jugadores, me arrodillé, apreté las rodillas contra mi pecho fuertemente, sujetándolas con las manos, adoptando la posición fetal. A partir de ahí me convertí en una especie de pelota de fútbol utilizada por Harry primero y por George después, hasta que de repente oí la voz de Walter que exclamaba:
—¡Suéltenla! ¡Maldición! ¡Suéltenla!
De repente sentí que me elevaba por el aire como un cohete. El viento frío rozaba mi piel mientras volaba por encima de ellos sintiéndome libre por fin. Nada podía tocarme excepto el viento. Y el viento me quería, me protegía. Pero entonces comencé a caer.
Miré hacia abajo y vi que Chad y John corrían hacia el medio del campo.
Se me hizo un nudo en el estómago. Me oía gritar, pero ningún sonido salía de mis labios. Le supliqué al viento que me mantuviera, pero mi caída proseguía hasta que pude ver la decidida expresión de sus rostros ocultos detrás de las caretas protectoras.
El grito brotó finalmente de mi garganta.
—¡No! ¡No! ¡Esto no es un juego! ¡No soy una pelota de fútbol!
Me desperté entonces helada, empapada de sudor, temblando y con las mejillas bañadas en lágrimas. Me quedé durante un momento con los ojos abiertos a oscuras. Luego alargué una mano temblorosa y encendí la lámpara.
Los fantasmas de mi sueño huyeron con la luz. Al incorporarme ligeramente advertí que el vestido estaba hecho un bollo y la falda rota en un costado al haberme enganchado en ella el tacón de un zapato mientras dormía.
Miré la hora: eran casi las cinco: Faltaban dos para que llegara el auto que me llevaría al estudio. Sentía la boca seca. Me levanté y fui al baño.
Lo primero que hice fue lavarme los dientes y enjuagarme la boca. Después me miré al espejo.
Tenía los ojos hinchados y mi cara estaba pálida y demacrada. Me quedé contemplándome asqueada. Tardaría por lo menos dos horas en ponerme presentable. Dejé correr el agua de la bañera y abrí un tarro de crema limpiadora para quitarme el maquillaje.
Advertí que aún me temblaban las manos y mecánicamente busqué un tranquilizante. Pero me detuve. Entre las píldoras y la bebida había terminado hecha una piltrafa. No había otra explicación posible de esa absurda pesadilla.
Guardé la píldora en el frasco. Debía haber una forma mejor de seguir adelante.
Pasé dos horas en la sección de Maquillaje y Peluquería, donde cambiaron ligeramente la tonalidad rubia de mi cabello y mis cejas y cubrieron mi cuerpo con una base oscura que transformó en un cobre apagado el color de mi piel. Luego siguió la elección del vestido: una túnica de gamuza suelta y corta con unos cuantos abalorios de colores. Lo llamaban el vestido de Debra Paget. A las diez me condujeron a la parte de atrás donde estaban rodando la película.
Chad se acercó al auto no bien me bajé.
—Estás fantástica —dijo besándome en la mejilla—. ¿Dormiste bien?
Asentí.
—Me alegro —respondió y enseguida me presentó al hombre que se había aproximado—. Este es tu director, Marty Ryan. JeriLee Randall.
Ryan vestía unos pantalones vaqueros y una camisa celeste desteñida.
—Encantado de conocerte, JeriLee —dijo con un acento del Oeste y estrechándome la mano con fuerza.
—El placer es mío —respondí.
—¿Lista para trabajar?
Asentí.
—Bien —replicó—. Estamos preparados para tu primera toma.
Sentí que me invadía el pánico.
—Anoche me dieron el libreto —interpuse rápidamente—. Todavía no he tenido tiempo de leerlo. No me sé el papel.
—No importa —dijo—. De todos modos no tienes ningún diálogo en esas escenas. Ven conmigo.
Lo seguí hasta donde estaba estacionado el camión con la cámara y el equipo sonoro, frente a donde se había dispuesto el escenario representando el campamento indio. Varios hombres vestidos de indios estaban sentados alrededor de un cajón de madera jugando a las cartas. Otros dos se ocupaban de los caballos del corral.
—Oye, Terry —gritó el director—, trae aquí su caballo.
El más bajo de los dos separó un gran caballo blanco del montón y se dirigió hacia donde yo estaba.
—Es una toma muy simple —explicó el director volviéndose hacia mí—. Sales de esa tienda miras alrededor, corres hacia el caballo, montas y te alejas.
Me quedé mirándolo, demasiado alelada como para poder hablar.
Interpretó mi silencio como confusión.
—Suena más complicado de lo que realmente es —explicó amablemente.
—Alguien ha cometido un gran error —anuncié moviendo la cabeza.
—¿Qué quieres decir? —inquirió confundido.
—El libreto que leí no tenía ninguna escena en la que debería montar a caballo.
—Lo corregimos para darte más que hacer —respondió—. Ahora tienes un papel importante. Eres prácticamente la jefa de la tribu. Tienes que hacerte cargo de ella porque tu padre ha sido herido.
—Suena espléndido —dije—. A no ser por un detalle. No sé montar.
—¿Qué has dicho?
—No sé montar —repetí.
Me miró como atontado. Chad se acercó sospechando que algo marchaba mal.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—No sabe montar a caballo —contestó el director volviéndose hacia él.
Chad se quedó mirándome.
—¿No sabes montar?
—Jamás me he subido a un caballo —respondí moviendo la cabeza.
—¡Maldición! —estalló Chad—. ¿Por qué demonios no lo dijiste antes?
—Nunca me lo preguntaron —contesté—. Además, el libreto que leí no tenía ninguna escena en la que tuviera que montar a caballo.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó el director.
—Usaremos un doble —repuso Chad.
—Imposible —afirmó el director decididamente—. Hacemos televisión. Todas las tomas son muy de cerca. No hay forma de utilizarlo.
Chad se volvió al muchacho que había traído el caballo y le preguntó:
—¿Cuánto tiempo crees que te llevará enseñarle?
El muchacho me miró con ojos fruncidos, masticó un trozo de tabaco, escupió y dijo:
—Si aprende rápido bastará con una semana para lo que exige el papel.
—¡Estamos listos! —dijo el director con indignación alejándose.
—Lo sabía —dijo Chad—. Lo sabía. Me di cuenta de que tendríamos problemas no bien pusiste el pie en mi oficina.
—No me echen la culpa —contesté enojada—. En primer lugar, no quería aceptar este maldito papel. Pero usted no quiso darse a razones.
—¿Cómo demonios iba a adivinar de que no sabías montar a caballo? —espetó.
—Los únicos caballos que he visto en mi vida son los de unos carruajes a la puerta del Hotel Plaza de Nueva York.
—Estoy frito —manifestó Chad.
—¿Qué quieren que haga con Queenie? —preguntó el encargado de los caballos.
Chad le dirigió una mirada que no dejaba duda alguna respecto de lo que le gustaría que hiciera.
—¿Ese caballo es manso? —le pregunté al muchacho.
—Como un cordero —contestó—. Quiere a todo el mundo.
—Ayúdame a subir —dije—. Deseo saber lo que se siente.
Se arrodilló junto al caballo formando un estribo con sus manos.
—Ponga el pie izquierdo aquí —me indicó—. Y alce el derecho hacia arriba.
—De acuerdo. —Seguí sus instrucciones y todo marchó a las mil maravillas hasta que el caballo decidió moverse justamente cuando alzaba la pierna sobre su lomo. No pude detenerme y terminé en un charco embarrado del lado opuesto.
—¿Estas bien? —preguntó Chad con voz asustada.
Me incorporé apoyándome sobre un codo. Tenía la cara y el vestido cubiertos de barro.
—Lo siento mucho, muchachos —dije mirándolos. De repente, me di cuenta de lo ridículo que había sido todo y comencé a reír.
Convencidos de que me había dado un ataque de histeria, todos se apresuraron a ayudarme a ponerme en pie.
—¡Busquen un médico! —gritó Chad y dándose vuelta hacia mí agregó—: No te preocupes, no te preocupes. Todo va a arreglarse.
Pero no pude dejar de reír y esa misma noche me dejaron fuera de la película.