Una dama solitaria

Harold Robbins · Capítulo 48 de 71

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Una dama solitaria

Capítulo 3

tres

 

El bar se cerró a las cuatro de la mañana. Todos los clientes y la mayoría de las muchachas del bar se habían ido en menos de diez minutos. Los encargados del bar no perdían tiempo. Cualquier cliente que pareciera retardarse más de lo necesario en apurar su copa, se encontraba con que esta había desaparecido súbitamente.

Fred recogió desganadamente sus cuadernos de música, los guardó en la cartera y luego se dirigió a la caja para cobrar su paga. El barman estaba de pie de espaldas a él contando el dinero. Fred esperó pacientemente a que terminara. Sabía que no convenía interrumpirlo.

De repente, Licia se acercó por detrás.

—Un hombre quiere convidarte a una copa —anunció.

—Muy bien, whisky con agua —respondió Fred agradecido.

—Jack Daniel’s y agua —ordenó—. El whisky del bar es una porquería —explicó —, el cincuenta por ciento es agua.

—Gracias.

El barman colocó el vaso frente a él y regresó a la caja.

—Muy bueno —manifestó bebiendo un sorbo.

—Le has gustado al hombre —afirmó Licia—. Dice que sabes tocar.

—Dale las gracias de mi parte —replicó Fred. No había recibido felicitaciones en mucho tiempo.

—¿Qué planes tienes? —le preguntó súbitamente.

—¿Qué quieres decir?

—De trabajo —aclaró Licia.

—Buscar otra oportunidad.

—¿No tienes un trabajo durante el día?

—No, solamente mi música. Es lo único que sé hacer.

—¿Y en qué pasas el día?

—Buscando oportunidades para tocar. Y escribiendo canciones.

—¿Compones canciones?

Asintió.

—Lo malo es que no encuentro alguien que quiera escucharlas. Las compañías importantes trabajan con nombres famosos y lo único que les interesa es el rock. Disfraza a un muchacho con ropas de hippie, dale una guitarra, déjale que crezca su barba y todos se pelearán por él.

—Quizás el hombre pueda ayudarte —dijo—. Está relacionado con varias editoriales musicales.

—Se lo agradecería —respondió.

—Déjame que hable con él.

La vio dirigirse al fondo y desaparecer en la oficina situada entre el aseo de caballeros y el de señoras. Estaba seguro de que no conseguiría nada, pero apreciaba esa demostración de interés. Desde que hacía vida en común con JeriLee jamás habían hablado ellos de su habilidad como compositor. Estaba demasiado absorta en su propio trabajo. En su cabeza no había lugar para ninguna otra cosa.

Cuando Licia volvió, le dijo:

—Me pidió que te dijera que tiene un piano en su casa. Está dispuesto a escuchar tus canciones si quieres molestarte en ir allí.

—¿Ahora? —preguntó—. Son más de las cuatro.

—El hombre es un ave nocturna —respondió—. Ahora es como a media tarde para él. No se levanta de la cama hasta las siete.

Fred se quedó pensando un momento. Estaba seguro de que JeriLee dormía. No se hacía muchas ilusiones, pero una oportunidad era mejor que nada.

—De acuerdo —contestó.

—Dale treinta y cinco dólares a Fred —ordenó Licia.

El barman contó rápidamente el dinero y Fred lo guardó en su bolsillo.

—Gracias —dijo.

—Vamos entonces —insistió Licia—. Tengo mi coche estacionado en el garaje de Radio City. El hombre me dijo que te llevara a su casa.

 

El auto era un Cadillac convertible plateado, tapizado en cuero negro y capota negra también. Se instaló en el asiento junto a ella y respiró hondo. Siempre tuvo una marcada debilidad por los coches nuevos. Y este olía a eso.

Licia puso en funcionamiento el magnetófono mientras avanzaban por la calle 49. Nat King Cole cantaba Too Young, uno de sus mayores éxitos.

—Nunca habrá otro como el Rey —afirmó Fred.

—El Rey ha muerto —respondió ella tranquilamente.

Dobló hábilmente por la Avenida de las Américas en dirección al centro. Tenía calculados perfectamente bien los semáforos. Llegaron al parque antes de que tuviera tiempo de darse cuenta.

—Bonito coche —manifestó.

—Me gusta —respondió ella inexpresivamente.

Salieron del parque en la 72 y la Quinta Avenida y cruzaron hasta la Avenida York. Metió ella el coche en uno de los modernos edificios de una esquina de York y descendió por la rampa hasta el garaje. Se detuvo y bajó del vehículo sin esperar al encargado.

—Allí está el ascensor —indicó.

El ascensorista parecía conocerla. Se llevó la mano a la sien y dijo:

—Buenos días.

—Buenos días —contestó Licia.

Él sabía adónde iban. El ascensor se detuvo en el piso diecisiete sin que ella dijera una sola palabra. Fred la siguió por el pasillo alfombrado. Debía estar en muy buenas relaciones con el hombre. Ni siquiera habían avisado por el portero eléctrico que estaban en camino como solía hacerse en esos edificios. La observó detenerse ante una puerta y sacar una llave del bolso. Sí, se dijo para sus adentros, está en muy buenas relaciones con el hombre. No cabe la menor duda. Tiene incluso llave propia.

Las luces del apartamiento estaban encendidas y recorrió junto a ella un gran recibidor que conducía a un salón más grande todavía. Era un cuarto lleno de ventanas desde las que podía verse el East River, el puente Triborough, como también el de Queensboro y la calle 59. En un recoveco junto a los ventanales había un pequeño piano de cola de color blanco. Se quedó parado admirando todo en silencio. La única vez que había visto algo parecido había sido en el cine.

—Parece que el hombre tiene un buen apartamiento —dijo.

Ella le miró sin hacer comentario alguno y le preguntó:

—¿Jack Daniel’s con agua?

Asintió él.

Le preparó la bebida y esperó hasta que la probara.

—¿Está bien? —inquirió.

—Perfecto —contestó asintiendo, y se volvió al oír ruido de pasos.

Una muchacha blanca con pelo largo castaño y ojos azules entró al cuarto vestida con un deshabillé blanco.

—Estaba dormida —dijo dirigiéndose a Licia—, pero oí voces.

—Siento haberte despertado, querida. Pero Fred ha venido para hacernos oír su música. —Dirigiéndose hacia él, dijo—: Fred esta es Sam. Abreviatura de Samantha. Sam, este es Fred… —la muchacha le miró interrogativamente y Fred agregó rápidamente:

—Lafayette.

—Fred Lafayette —replicó Licia.

La chica le tendió la mano.

—Encantada de conocerlo.

—Lo mismo digo —respondió. La mano de ella era fría. Se volvió hacia Licia y le preguntó—: ¿El hombre no ha llegado todavía? Puedo empezar cuando él quiera.

Licia le miró fijamente.

—Puedes empezar ahora mismo.

Se quedó mirándola absorto. Y de repente todo se aclaró. Había trabajado cuatro veces en ese bar y jamás había visto al hombre.

—¿Tú? —preguntó sorprendido.

Licia asintió.

Dejó su vaso sobre una mesita.

—Creo que será mejor que me vaya —dijo—. No me gusta que me tomen el pelo.

—Nadie te está tomando el pelo —respondió Licia con voz firme—. Dijiste que no podías encontrar que alguien escuchara tu música. Pues yo puedo, si creo que vale la pena.

—¿Haces esto a menudo? —preguntó buscando su mirada.

—Es la primera vez.

—¿Y por qué yo?

—Estudié música en el colegio —explicó—. Pero no tengo talento alguno. Puedo simularlo, pero no es lo mismo. Y sé lo que es bueno cuando lo oigo. Te he oído tocar algunas cosas en el bar. Tienes un estilo muy personal. Tocas esas canciones como si tú las hubieras compuesto.

Él quedó un momento en silencio.

—¿Administras el bar?

—Soy la dueña —respondió simplemente—. Y no te hagas ilusiones de que estoy interesada en ti como hombre. Estoy muy contenta tal como soy. Lo que pasa es que me gustó como tocas y pienso que si tienes lo que yo creo, podremos ganarnos unos cuantos dólares.

Miró primero a ella y luego a la muchacha y se dio cuenta de que esa noche había estado muy lento en apreciar la situación.

—¿Qué preferís? —les preguntó—. ¿Rápido, lento, baladas, pop, folk o blues?

—Toca lo que sientas —le dijo—. Yo escucharé.

—Me vuelvo a la cama —anunció la muchacha súbitamente.

—Muy bien, querida —dijo Licia con parsimonia.

La muchacha salió del cuarto sin decir buenas noches.

—Puedo volver mañana si lo prefieres —sugirió Fred.

—No veo por qué. Te traje aquí para que tocaras. Toca de una vez.

Licia lo acompañó hasta el piano. Fred sonrió como respondiendo a sus sentimientos. Había pasado mucho tiempo desde que lo único que solía hacer era tocar la música que tenía en la cabeza.

No había ejecutado más de ocho compases de su primera canción cuando Licia comprendió que su corazonada había sido acertada. Era maravilloso. Sencillamente maravilloso.