Una dama solitaria
Capítulo 13
trece
Harry me vio a través de las mamparas de vidrio de su oficina y se puso de pie. Movió la cabeza y dijo:
—La hiciste. No puede negarse que la hiciste.
—Lo pensé detenidamente —repliqué—. No me interesaba el trabajo dijeran lo que dijeran.
—Conseguiste arruinar tu carrera. En solo dos días te las arreglaste para hacer lo que a cualquier persona le tomaría la vida entera. —Su voz reflejó una curiosa nota de asombro—. Te arruinaste de veras.
—Todo lo que hice fue rechazar un trabajo. Llamé incluso al estudio y dejé un mensaje advirtiéndoles que no me presentaría.
—¡Cielos! —exclamó—. La Universal está pasando noticia de que es imposible tratar contigo y encima recibo una angustiosa llamada de Tony Styles informándome de que echaste a perder su película.
—¿Tony Styles? ¡Jamás lo he visto!
—Dice que dejaste a su hermano en tal estado que tuvo que suspender el rodaje durante dos días para que John pudiera quedarse en cama. Afirmó que reducirá al mínimo tu parte aunque eso signifique rodar nuevamente las escenas con otra muchacha.
—No comprendo.
—¿Qué pasó entre los dos?
—Me fui porque no conseguimos ponernos de acuerdo.
—¡Ay, cielos! —repitió cogiendo una hoja de papel—. Este memorándum llegó pocos minutos antes que tú. George quiere verme para conversar sobre ti.
—Si George quiere hablar conmigo, todo lo que tendrá que hacer es avisarme.
—No comprendes. Tú has dejado de ser ya su responsabilidad. Eres mía. Él me dice todo lo que quiere hacer o decir y yo te lo repito.
—¿Qué quieres decir con eso?
—A George no le gusta dejar huellas —dijo—. George es el típico señor correcto con todo el mundo… La Universal, Styles, tu ex-marido, y hasta el mismo Dios en persona.
—¿Entonces?
—Entonces estamos metidos en un lío. George se debe haber enterado de alguna desavenencia y no quiere que nadie se alborote en su agencia.
—¿Con eso quieres decir que me va a despedir?
—No lo sé —respondió—. Pero si tienes algunos amigos a los que sea capaz de prestar oídos, ahora es el momento de recurrir a ellos.
—Pero tenemos un contrato.
—Lee lo que está escrito en letra pequeñita. Pueden rescindirlo en cualquier momento.
Quedé en silencio.
—¿Crees que tu ex-marido sería capaz de decirle algo en favor tuyo?
—No quiero recurrir a él —dije—. Me tomó mucho tiempo poder librarme de su influencia.
—¿Algunos otros amigos?
Pensé durante un rato y al final dije:
—¿Guy Jackson?
Movió la cabeza.
—George le odia. Firmó con otra agencia después que George trabajó como un loco para conseguirlo.
—Entonces no hay nadie más.
Se puso de pie lentamente.
—Mejor será que estalle de una vez.
—¿Quieres que te espere?
—Qué diablos —respondió encogiéndose de hombros—. Mejor será hacer las cosas en caliente.
Cuando volvió, al cabo de media hora, yo había terminado de fumarme lo que quedaba de mi paquete de cigarrillos y había echado mano del suyo. Cerró la puerta tras él, se dirigió a su mesa y se dejó caer en la silla.
—Cielos —dijo. Parecía ser su frase del día favorita.
—Muy bien, habla de una vez.
—Rescinden tu contrato como actriz, pero han decidido conservarte como escritora, por más que hice lo posible para que ese lo rescindieran también.
—Creía que eras amigo mío —comenté sarcásticamente—. Media tajada es mejor que nada.
—Tienes mucho que aprender. Si hubieran rescindido también tu contrato como libretista tendrías una excusa para cambiar de agente. Tienes la obra que podría brindarte algunas rentas. Pero en esta forma nosotros conservamos todo el dinero y tú pierdes toda influencia.
—Eso no es justo —respondí mirándolo.
—Nunca dije que lo fuera.
—Iré a verle.
—No servirá de nada. Jamás pasarás de su secretaria. George lo tiene todo muy bien pensado.
—¿Qué puedo hacer?
—Se me ocurre una sola cosa, pero tampoco creo que te guste.
—¿Qué?
—Pedir perdón —manifestó—. Llama a Chad Taylor. Dile que estabas de mal humor porque te sentías indispuesta, o alguna excusa femenina por el estilo, pero que luego recapacitaste y decidiste hacerlo. Sé que todavía no le han dado a nadie el papel.
—¿Estás seguro?
—Como de que estoy aquí sentado.
—¿Esa es una idea tuya o George te dijo que me lo sugirieras?
Un ligero rubor coloreó sus mejillas.
—Lo sugirió George.
—¿De lo contrario estoy de sobra aquí?
Asintió en silencio.
Me sentí atrapada. Estaban jugando un partido, pero todos ellos eran del mismo equipo. No tenía posibilidades de ganar.
—Muy bien —contesté finalmente—. Llámale por teléfono.
Resulté ser mejor artista de lo que pensaba. No solamente pedí perdón, sino que me humillé. Y como consecuencia esa tarde, durante el vuelo de regreso a California, tuve constantemente una desagradable sensación en la boca del estómago.
Enviaron un coche al aeropuerto para recogerme y llevarme al hotel. El chófer me entregó una nota de Taylor cuando aún no había yo terminado de sacar mi equipaje.
Querida JeriLee,
No te cites con nadie para cenar. Iré a buscarte a las ocho y media y
llevaré el libreto. Vístete para ir a Chasen’s. Saludos.
Chad.
Concisa y precisa. No cabía duda de quién estaba al mando. Pero ya no importaba. Estaba tan cansada que lo único que quería era meterme en cama y dormir.
El chófer me llevó a un hotel-motel llamado Regency, situado en el Hollywood Boulevard, entre Fairfax y Laurel Canyon. Me instalaron en una pequeña suite de dos habitaciones en el segundo piso, con vistas a la piscina.
—Alojamos aquí a muchos neoyorquinos —explicó el chófer—. Hay un atajo de aquí a Laurel Canyon.
Le di las gracias mientras él colocaba mi equipaje sobre una pequeña banqueta. No bien salió me desvestí y corrí las cortinas para que no entrara la luz del sol. Abrí entonces la gran cama camera, y llamé a la telefonista para rogarle que me despertara a las ocho menos cuarto.
Estaba para conciliar el sueño cuando sonó el teléfono. Era Chad Taylor.
—¿Todo en orden?
—Perfecto.
—Bien —parecía satisfecho—. Vístete elegante esta noche. Van a estar presentes algunos importantes representantes de la prensa.
—Muy bien.
—Te veré a las ocho y media.
Después que colgó me volví y cerré los ojos, pero nuevamente comenzó a sonar el teléfono. Alargué el brazo agotada.
—Hola.
—¿JeriLee? Soy John. —No había el menor rastro de enojo en su voz. Parecía que nada hubiera pasado.
—Sí.
—Me alegro que recuperaras tu sentido común. Empezaba a preocuparme por ti.
—Estoy bien.
—Pensé que podríamos comer juntos. Me acordé que te gustaron mucho los bistecs el domingo pasado.
—Tengo un compromiso. El señor Taylor me traerá el libreto esta tarde.
—¿Qué piensas hacer después?
—Dormir. Estoy molida. —Volar ida y vuelta atravesando el país no es precisamente lo que más me divierte.
—Tengo que verte, aunque solo sea un minuto.
—Vamos a ir a Chasen’s. Dijo que habría unos periodistas. No sé a qué hora volveré.
—Debemos aclarar ciertas cosas.
—Tendrás que esperar hasta mañana. Si no descanso, moriré.
—De acuerdo —dijo finalmente—. ¿Hay algo que pueda hacer por ti mientras tanto?
—No. —Súbitamente cambié de parecer—. Sí, puedes hacer algo. Dile a tu hermano que deje de denigrarme por todo el país.
Cuando colgué estaba demasiado nerviosa para dormir. Tomé un Librium y esperé que me tranquilizara. Mientras tanto llené la bañera y me di un baño. Sentí que me invadía nuevamente el cansancio. Me sequé rápido y me metí en cama sin perder un instante. Entonces sí conseguí dormir. Pero no por mucho tiempo. El teléfono sonó cuando aún no había transcurrido una hora, anunciándome que había llegado el momento de despertarme.
Tomé una pastilla de anfetamina, me di una ducha de agua fría y empecé la lenta tarea de reunir ánimos.
El timbre sonó exactamente a las ocho y media. Abrí la puerta vestida todavía con la bata.
—Pase, señor Taylor. Enseguida estaré lista.
—Traje el libreto.
—Póngase cómodo —dije dirigiéndome nuevamente al dormitorio.
Me siguió hasta la puerta.
—¿Recibiste las flores?
—No las he visto.
—Deberían haber estado aquí a tu llegada. Maldita secretaria. ¿Te importa si hago una llamada por teléfono?
—En absoluto.
Regresó al salón mientras yo fui al cuarto de baño. Me puse unas pestañas postizas, me pinté rápidamente los ojos y comprobé el resultado en el espejo. No estaba mal para haber sido realizado con tanta premura.
Estaba de pie en el vano de la puerta cuando volví al dormitorio.
—Dice ella que las encargó.
—No se preocupe. Ya llegarán. Gracias de todos modos.
—Nadie cumple como es debido hoy día. Uno tiene que estar pinchándolos todo el tiempo. —No se movió de su lugar y algo me advirtió que no pensaba hacerlo. Abrí el armario me oculté detrás de la puerta mientras me ponía el vestido. Era uno largo de seda negra muy ajustado al cuerpo. Lanzó un prolongado silbido cuando salí de mi escondite.
—No está mal.
—Me sienta pésimo.
—No da esa la impresión.
—Gracias. —Saqué de la maleta el chal de angora blanco y me lo puse sobre los hombros—. Estoy lista.
Me miró con expresión reprobadora.
—¿Algo malo? —pregunté.
—¿Tienes una piel?
—Sí, pero me gusta más como combina la angora con la seda negra.
—Ponte la piel. Vamos a Chasen’s, no lo olvides.
Me quedé mirándolo un minuto, luego me quité la estola y me puse la chaqueta corta de chinchilla.
—Así está mejor —anunció—. Da más clase.
Vi el libreto sobre la mesa frente al sofá mientras nos dirigíamos a la puerta.
—¿Quiere que lo llevemos? —pregunté—. Podríamos discutirlo durante la cena.
Movió negativamente la cabeza.
—Va a haber demasiada gente allí. Lo examinaremos a la vuelta. —No me dio oportunidad de contestar—. El coche está enfrente.
—¿Qué te parece? —inquirió al abrirme la puerta.
—Precioso.
—Es un clásico —añadió sonriendo—. Un Bentley Continental cincuenta y cinco convertible. Hacen solamente quince de estos. Y quedan actualmente solo cinco por ahí. Este es uno de ellos.
—Impresionante —respondí.
Chasen’s estaba repleto, como todos los martes por la noche. Pero nos dieron una mesa junto a la puerta, donde no podíamos pasar desapercibidos a cualquiera que entrara o saliera. Advertí que estaba preparada para dos personas.
—Por lo que me dijo pensé que vendría alguien más —manifesté al sentarme.
—El restaurante está lleno —respondió—. No se puede hablar de negocios. Ya verás cómo la gente se parará a conversar.
Tenía razón. Ni siquiera en un escaparate de Macy’s podría haberme exhibido mejor.
—Lo mejor del menú son las costillas à la diable. Pero como siempre se terminan me tomé la libertad de pedirlas por adelantado junto con un acompañamiento de pimientos picantes. ¿Qué te parece?
—Muy bien —contesté. A estas alturas estaba dispuesta a comerme el mantel.
Hizo seña al camarero y pidió para empezar y mientras esperábamos las costillas, un cóctel de cangrejos con salsa de tomate y mostaza. La mezcla del vino y la anfetamina que había tomado antes se me subió a la cabeza. No obstante, me las arreglé para mantener mi conversación aceptablemente inteligible, pero en realidad no creo que habría habido diferencia si hubiera enmudecido por completo. En ningún momento dejó de hablar sobre su carrera y el hecho de que la Universal habría acabado en la ruina de no haber sido por él.
De postre tomamos cada uno tres cafés irlandeses y cuando nos levantamos para irnos, alrededor de la una de la madrugada, casi no podía tenerme en pie. No bien llegamos al hotel se desplomó sobre el sofá y tomó el libreto.
—Ahora podemos empezar a trabajar —anunció.
No podía creer lo que estaba oyendo.
—Lo hemos mejorado —aclaró—. Pero eso no es lo realmente importante. Tengo otros planes para ti. Grandes planes. ¿Comprendes?
Lo único que pude hacer fue mover la cabeza. No comprendía nada.
—No bien pusiste el pie en la oficina me di cuenta de que eras la muchacha que precisaba. —Hizo una pausa para que trascendieran bien sus palabras—. Como sabrás, no me detendré en este espectáculo. Estoy preparando una obra importante. Una gran película. Ya está cerrado el trato.
—Enhorabuena —conseguí decir.
—Y tú eres la muchacha —replicó asintiendo—. La artista principal. La chica de hoy. Activa. Fuerte. Sensual. Inteligente. Por eso era tan importante que aceptaras este trabajo. Tenía que mostrarles lo que podía hacer contigo.
Quedé en silencio. Mi cabeza comenzaba a zumbar.
—Miremos un poco esto —dijo abriendo el libreto.
Cincuenta martillos golpeaban en ese momento mi cráneo.
—Chad —balbucí—. Señor Taylor.
Me miró con expresión de asombro.
—No quiero que piense que soy desagradecida —manifesté hablando lo más claramente que podía—. Pero si no me permite acostarme me voy a caer redonda aquí mismo.
Su expresión se serenó y se levantó sonriendo tristemente.
—Por supuesto. Olvidé completamente que habías tenido un día agitado, —y dijo cuando la acompañé hasta la puerta—: Te veré mañana por la mañana.
Estaba empezando a marearme.
—No te preocupes en ir por tu cuenta al estudio. Te enviaré un coche con chófer a las siete.
Nadie sabe cómo me las arreglé para asentir.
Me pellizcó ligeramente la mejilla, retrocedió, me miró y dijo:
—La próxima vez que salgamos a cenar no te pongas un vestido tan escotado, porque la mitad de la noche me la pasé hablando sin saber lo que decía.
Cerré la puerta y sentí una oleada de náuseas. Llegué al baño justamente a tiempo. Y después me tiré vestida sobre la cama y me dormí al instante.