Una hermosa trampa

William Pearson · Capítulo 7 de 13

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Una hermosa trampa

Capítulo VII

Cuando me desperté, a la mañana siguiente, Misty se estaba vistiendo para ir al trabajo. Silbé.

La intimidad de la noche que habíamos pasado juntos era un recuerdo demasiado reciente como para que hubiera ahora cualquier clase de protestas de modestia. Levantó la vista mientras estiraba una media sobre una larga y bien formada pierna, y me sonrió.

—¿Está derecha?

—Perfecta.

Fue al espejo y comenzó a pintarse los labios. No tenía encima más que las medias, unas pantuflas con cintas azules, y el corpiño. Distraídamente, dijo:

—¿Qué harás hoy, Vance?

—Seguir unas pistas.

—¿Por ejemplo?

—No sé aún. Hay algo que se me ha escapado… Todavía pienso en Struthers. Debe de haber descubierto algo de bastante importancia antes que lo asesinaran, porque insistió en que fuese a verlo lo más pronto posible. Si pudiera descubrir qué es, quizá tendría el medio de hacer caer a Dawson.

—Vance, tengo miedo de que andes en las calles. Toda la policía de la ciudad te busca. Anoche tu foto seguía en la primera plana de los diarios.

Saben que te has teñido el pelo.

—Muy bien. Me lo volveré a teñir. De negro. ¿Podrías comprarme tintura negra antes de ir a tu empleo?

Asintió y se enfundó en un vestido.

—¿Qué puedo hacer en el banco?

—Vigílalo a Dawson. Te llamaré más tarde.

Misty salió y yo fui al baño y comencé a lavarme la cara. Me miré en el espejo. Buena parte de la hinchazón ya había desaparecido, y los tajos mejoraban, pero la cara aún me ardía cuando pasé la mano por la barba crecida que asemejaban mis mejillas a un cactus. Me froté los ojos y traté de reconstruir los hechos de los últimos días.

Dawson y mi doble debían de haber sacado el dinero del banco el mismo día en que intercambiaron las bolsas. Un cuarto de millón de dólares ocupa mucho espacio, y no les habría sido posible sacarlo en la misma bolsa de lona. Eso los hubiera delatado. Pero podrían usar una valija. Nadie podría sospechar nada si un hombre de negocios como Dawson salía del banco, al fin del día, llevando una valija.

¿Qué habrían hecho luego con la bolsa de lona? Era demasiado grande para entrar en la valija. Pero tendrían que sacarla del banco antes de que se descubriese el robo. ¿Cómo? Eso me dejó perplejo.

¿Y qué habrán hecho con la valija, una vez fuera del banco? ¿Irían directamente al depósito de una estación de ómnibus o de trenes, la entregarían ahí para su custodia? ¿Y luego dividirían en tres partes el talón?

¿Y si uno de ellos decidía luego regresar en busca de la valija alegando que el talón se le había roto? No, eso no daría resultado porque el encargado requeriría que el contenido de la valija fuera identificado. Todas las salidas estaban a cubierto. Su confianza mutua no iba más allá de lo que yo alcanzaba con un escupitajo. Debía de ser una sociedad maravillosa.

Traté de pensar en algún modo de dar con la valija. Siempre estaba a tiempo de telefonear a Fisk, en la Gibraltar Fidelity, y usar el viejo truco de que me entregaría si él se ponía durante unas horas de mi parte y me acompañaba a revisar todos los depósitos de valijas de la ciudad. Ya me lo imaginaba diciendo que era una magnífica idea y preguntándome cuándo me vendría bien entregarme. Aunque se pusiera de acuerdo conmigo, y encontráramos algo, ello sólo probaría que en efecto yo tenía todo el dinero desde un principio. No había nada en esa valija que no probara que Dawson era casto y puro. Y aunque sus iniciales estuvieran repujadas en el cuero y pintadas de viejo oro inglés y midieran treinta centímetros de alto, ello sólo serviría para probar que, además de todo, yo le había robado su valija.

Maldije en silencio y cerré el grifo. Me sequé, me apliqué el maquillaje sobre la cicatriz, y volví al dormitorio a esperar a Misty. Cuando por fin abrió la puerta, estaba jadeante.

—¡Está muerto! —dijo.

—¿Quién?

—El hombre con quien te viste ahí en Forest Road —me alcanzó el diario de la mañana—. El asunto estaba en primera página, pero por el momento la policía no lo vinculaba con el robo del banco. Por ahora no se trataba más que de un cadáver no identificado. Y yo también figuraba aún en primera página. Había gente que me había visto en el Este, en el Oeste, cruzando la frontera con el Canadá… y Brocha, claro está, no se había animado a sacar la cara admitiendo que había hablado conmigo por teléfono la noche anterior.

Pero en seguida leí algo en el artículo sobre Watson que casi me hace desmayar: el tomacorriente seguía enchufado y la electricidad corría aún por el cuerpo de Watson cuando llegó la policía. Y yo sabía que lo había desconectado antes de irme.

—Vance, fue en defensa propia… ¿no es cierto? —preguntó Misty.

Asentí. Ella agregó:

—¿Puedo hacer algo más?

—Sí, mandar flores a la viuda, si es que hay viuda.

—No me engañas. Sé cómo te sientes por dentro. Nunca mataste a nadie hasta ahora, ¿no?

—No, soy sólo un aficionado. Pero dame tiempo y verás… —saqué mi pipa y la encendí. Mis manos temblaban de nuevo. Dije:

—Misty. ¿Dawson tiene alguna valija?

—Sí.

—¿No la has visto últimamente? ¿Después del asesinato de Struthers?

—No recuerdo.

—Quiero que te fijes cuando vayas a la oficina. Si en lugar de la vieja tiene una nueva, fíjate si en alguna parte figura el sitio donde la compró.

—Muy bien. ¿Podrías decirme para qué?

—Si tiene una nueva y puedo hallar el sitio en donde la compró, visitaré el negocio y veré si recuerdan haber vendido una valija a un tipo de la

descripción de Dawson. Si lo recuerdan, estaré un poco más cerca de mi meta. Quiero probar que Dawson usó su vieja valija para sacar el dinero del banco.

—Quizá esté loca —dijo—, pero me estoy volviendo optimista. Tal vez termines recibiendo tú mismo la recompensa.

—Nena, me conformo con salir de ésta sólo con mi piel. Claro está que no rechazaría la recompensa… ¿cuánto es?

—No sé. Pero podría llegar al diez por ciento del dinero robado.

—Veinticinco mil dólares. Podríamos hacer muchas cosas con ese dinero, Misty. ¿Adónde te gustaría ir conmigo?

—Soñemos juntos —dijo riendo—. ¿Qué tal Bermuda? Esta es la mejor época.

—Haz las valijas —dije—; ya estamos en camino. —La tomé de una mano y le pasé la otra por el cabello. La besé.

—¡Vance! —exclamó—, mi maquillaje, ¡lo arruinarás! —pero me besó fuerte. Sus uñas se clavaron en mi piel. Deslicé una mano bajo su vestido, junto a la ansiosa carne de su cuerpo.

—Vance —dijo—, tengo que ir al trabajo.

—Sí.

Se soltó riendo, y corrió a la puerta.

Me quedé mirando el sitio donde ella había estado. Tomé la tintura negra y me encerré en el baño. Mientras esperaba que se me secara el pelo fui a la cocina y comí un par de rosquillas. Después bajé a la calle y caminé hasta encontrar un bar. Me dirigí a la casilla telefónica y pedí una comunicación de larga distancia con Fred Davis, con la esperanza de que la amistad que habíamos hecho cuando él trabajaba en el Departamento de Personas Desaparecidas, aún se mantuviera. Tuve suerte. Estaba.

—Fred —dije—, soy Vance Westfall. No puedo hablar mucho.

Seguramente sabes por qué, por los diarios.

—Vance, ¿qué diablos pasa? —su voz era cautelosa.

—No fui yo, Fred. No te llamaría si hubiese sido. Pero necesito ayuda.

—Di —dijo con cautela.

—Me han enredado en un lío, Fred. La gente que robó ese dinero empleó en el banco a un tipo muy parecido, mientras yo andaba fuera de la

ciudad por aquel asunto de la amnesia. Se llama Harold Watson, y en este momento descansa sobre una tabla en la morgue. Tengo que conocer todos los datos posibles sobre él cuánto antes. ¿Has oído hablar de él antes?

—No.

—Se me ocurrió que tendría prontuario, pensé que quizá tú podrías dar con él.

—Sí —dijo—. Si está registrando en el FBI podría pasarte un informe sobre él. Si su prontuario es sólo local, de Middleburg, no podré hacer nada por ti. Tú sabes cómo ando con los muchachos de Brocha.

—Sí, ya sé. Y ese informe del FBI, ¿podrías conseguírmelo?

—¿Me tienes confianza, Vance?

—Te tengo confianza.

—Muy bien —contestó—, llámame dentro de dos días.

—¡Dos días! —exclamé—. No dispongo de tanto tiempo, Fred. Lo necesito a lo sumo en un par de horas.

—No trabajan tan rápido, Vance —dijo Fred—. Por otra parte no puedo pedirlo directamente. Tengo que usar mis cuñas en el Departamento de Policía local. Todo eso lleva tiempo.

—¡Tiene que haber un modo de conseguirlo más rápido, Fred!

—Si el tipo tiene prontuario local, podrías ir y pedir la información tú mismo.

—Seguro. Brocha estaría encantado de hacerme ese favor.

—No, en serio. Casi todos los empleados de la Sección Prontuarios e Identificación son civiles: jóvenes dactilógrafas, etc. Es la oficina 106 de la planta baja. Entras como si conocieras el sitio y pides el prontuario del tipo que quieres, y una de las chicas te lo entregará sin pestañear. Consíguete una camisa azul y pantalones azules en algún sitio donde vendan desechos de guerra y te parecerás a cualquier otro policía de servicio en la Central.

—A ti te parece fácil…

—No será mucho riesgo.

—Lo intentaré.

—Buena suerte, viejo —dijo.

Supongo que no debía echarle en cara el que su voz manifestara tanto alivio. Le dije:

—¿Y cómo andan tus cosas, Fred?

—Más o menos. Sin embargo todavía pago a los proveedores.

—Saldrás a flote en un par de meses.

—Sin duda —dijo—, sin duda.

Terminamos con nuestras despedidas forzadas y busqué en la guía el negocio más cercano en desechos de guerra. Quedaba a dos cuadras. Le dije al vendedor:

—Quiero una camisa de policía, pantalones, zapatos, cinturón y corbata.

—¿Usted es policía?

—¿Sí, cómo se dio cuenta?

—Uno está habituado… —me tomó las medidas y me llevó a una pieza al fondo para que pudiera probarme las ropas. Todo me iba bien. El vendedor dijo:

—El cinturón y los zapatos no son exactamente del uniforme, pero pueden pasar. No me quedan más del uniforme.

—Así está bien —dije.

—Son treinta y dos dólares —dijo—. ¿Tiene su tarjeta de identidad?

—No, no sabía que la necesitaría.

—No puedo hacerle el descuento sin la tarjeta.

—Está bien, me iré sin el descuento esta vez.

—Bueno, no importa —comentó—, lo haré igual. A ustedes nos gusta tratarlos bien. ¿Un revólver?

—Tendré que esperar a mi próximo sueldo…

—Sin duda… Nadie se hace rico con el dinero que le dan por el uniforme. A mí me parece que quienes pagamos impuestos deberíamos cuidarlos mejor a ustedes.

—El sindicato ya se ocupa de eso —dije.

Hizo un paquete con la ropa y yo me cambié en el baño de un hotel barato cercano. Envolví mi ropa con el mismo papel, se la dejé encomendada al botones y tomé un taxi frente al hotel.

Yendo hacia la Central de Policía tuve que convencerme a mí mismo de que era necesario llevar adelante la idea de Fred, porque no habría escapatoria si las cosas fallaban. Pero necesitaba la información sobre Harold Watson con demasiada urgencia como para echarme atrás ahora. Lo

cual no me impidió sudar copiosamente cuando nos acercábamos al sucio edificio gris de la policía, que parecía una fortaleza, ahí junto al río. Cuando el taxi se detuvo, le di al conductor un dólar y me lancé corriendo hacia la entrada principal antes que algún sargento me rezongara por andar sin gorra ni arma. Por otra parte, si no corría hacia allá sabía que tendría que correr en la dirección contraria.

Entré y encontré la habitación 106 sin que nadie se fijara en mí. Había una chica rubia sentada frente a una máquina de escribir, leyendo una de esas revistas de Confecciones Íntimas.

—Diablos —dijo, viendo las heridas de mi cara—, ¿qué te pasó?

—¿Tiene mal aspecto? —pregunté—. Y me pregunté a mí mismo si alcanzaría a oír esos tambores selváticos que algunos llaman, cómicamente, latidos detrás de la pared izquierda de mi tórax.

—No es que me interese —insistió—, ¿pero qué le pasó al otro?

—Descansa calmo y tranquilo en una habitación privada del Precinto A.

—¿Por qué a la gente se le ocurre ser policía? —meditó.

—Porque es la posibilidad de rescatar hermosas damas en aprietos.

—Sí, claro —dijo—. ¿Qué se te ofrece, Dick Tracy?

—Brocha quiere el prontuario de Harold Watson.

—¿Quién es Watson?

—¿Qué sé yo?

Sólo le llevó medio día levantarse de la silla y hacer el viaje desde ahí hasta el otro extremo de la pieza, donde había un fichero. Cada vez que oía pasos en el corredor, mi corazón salteaba unos latidos. Hurgó en un cajón y extrajo una tarjeta.

—Parece que tenemos algo de él. Un minuto.

Pasó por una puerta hacia lo que debía ser el archivo propiamente dicho.

Cuando regresó, traía una tarjeta rosada del tamaño de una carta.

—Parece que es ésta —dijo.

Traté de tomarla, pero ella la puso fuera de mi alcance.

—¿Qué quieres, ser jefe de policía? —dijo burlona—. Nunca vi un tipo más apurado —hizo un movimiento de cabeza indicando la máquina automática del rincón—. Cómprame una “cola”.

—Me gustaría hacerlo pero el patrón aguarda.

—¡Bah… todos le tienen miedo a Brocha! ¿Qué pasa, es un monstruo de dos cabezas, o algo así? —sonrió, mimosa—. ¿No me regalas esa

“cola”?

—Volveré en cuanto quede libre. Tengo que llevarle ese prontuario a Brocha.

—Yo no sé —dijo—, debe de haber algo mal con mi personalidad. ¿No te asusto, verdad?

—No.

—Quizá si me conocieras mejor… Por ejemplo, si fuéramos a bailar…

Todos los policías que conocí eran malísimos bailarines. ¿Tú que tal bailas?

—Muy mal. ¿Me das esa tarjeta?

—Está bien, ganaste —me alcanzó un talonario—. Firma el recibo en el último renglón.

En el momento en que comenzaba a firmar, me dijo:

—¿Dónde está tu chapa?

Me llevé la mano al pecho.

—Diablos. Debo haberla perdido.

Comenzó a alejarse con la tarjeta de Watson.

—No puedes sacar esto de aquí sin tu chapa. Perdería mi empleo.

¿Cómo sé yo que no eres un tipo de Seguridad Interna poniendo a prueba al personal?

—Está bien, no voy a discutir contigo. Déjame mirar la ficha aquí mismo y luego Brocha enviará otro hombre a buscarla. Pero sólo Dios sabe lo que te hará por ello.

Me dio la ficha y la miré rápidamente. Harold “El Actor” Watson, decía el nombre, bajo la foto. Había sido arrestado trece veces y condenado dos, una por estafa y la otra por violación y abuso de fuerza. El arresto más reciente era por falsificación, pero habían levantado la acusación. Tenía una mujer, dos hijos y tres alias. También decía que había sido paracaidista.

Ahora ya sabía qué hacer: “esfumar” la tarjeta de Watson, porque una vez que la policía hubiera obtenido las impresiones digitales del cadáver necesitarían esta tarjeta para hacer coincidir las impresiones con la identificación. Si yo me llevaba la tarjeta los demoraría un par de horas. Y

si podía llegar a la viuda de Watson antes que la policía, tal vez encontrara

“petróleo”. Tomé la tarjeta y me dirigí a la puerta.

—¡Eh! —gritó la chica—. Traiga acá esa tarjeta.

—Dentro de quince minutos. Luego te compraré esa “cola”.

No fue petróleo lo que hallé, sin embargo, mientras caminaba por el corredor. Fue Ed Brocha, que venía en la otra dirección oculto tras un inmenso cigarro. Pude escabullirme por la primera puerta antes de que me viera.

Pero otra gente me vio: me había metido en un aula de algo. Un capitán de aspecto severo estaba parado frente a un pizarrón donde había un diagrama de impresiones digitales y unos veinte hombres frente a pequeños pupitres anotaban en sus cuadernos lo que él decía.

—¡Siéntese! —rugió en mi dirección—. ¿Qué diablos se cree llegando a estas horas?

Vi que los estudiantes llevaban la insignia de patrulleros provisorios.

Comencé a sentarme.

—Un minuto —ladró el capitán—. ¿Cómo se llama?

—Patrullero Harold Watson, señor —repliqué.

—Venga aquí —dijo.

—¡Sí, señor! —me acerqué al frente de la clase. Me investigó con ojo experto.

—¿Dónde está su chapa? ¿Qué infiernos le pasó a su cara? ¿Qué hace aquí? Usted no figura en la lista de alumnos.

—Me equivoqué de habitación, señor.

—¡No cambie de tema! ¿Dónde está su chapa?

—La perdí, señor.

El capitán tomó un teléfono del escritorio.

—Vea si hay un Harold Watson de servicio en el edificio y llámeme —

habló; y colgó el auricular—. ¿Cuánto hace que está en la fuerza, Watson?

—Capitán, quiero pedirle perdón —dije—. En realidad no pertenezco a la fuerza policial.

—¡Quiere pedir perdón! ¡No pertenece a la fuerza! Exactamente, ¿ quién es usted?

—Harold Watson, capitán, pero soy periodista del Daily Sentinel. El jefe de redacción me mandó aquí. Fue una idea de él. Quería saber cuánto tiempo puede un hombre fingir que es oficial en la Central sin que se lo pesque.

El capitán sonrió paternalmente.

—Así que usted es periodista. ¡Qué maravilla! —luego le gritó a uno de los alumnos, un muchacho alto y rubio, sentado cerca de mí—: ¡Eh, tú!

Lleva a este periodista al escritorio del sargento y que anoten su nombre.

Después que lo encierren.

—Un segundo —protesté—, usted no puede hacerme eso.

—¿Cuál es la acusación, capitán? —preguntó el rubio.

—Hacerse pasar por policía. Y que le tomen una foto también. Pueden ponerla en la página uno del Sentinel.

La clase rio. El rubio me tomó del brazo y me llevó afuera. Por lo menos había una cosa de la que podía estar contento. Brocha ya no andaba cerca. Caminamos unos diez metros cuando el rubio dijo:

—No valía la pena meterse en semejante lío. ¡Ahora el capitán está furioso y te va a enseñar quién es él!

Me reí.

—¿Quiere decir que tú también caíste?

Me miró, interrogante.

—¿Qué quieres decir?

—¿Cuánto hace que eres provisorio? —pregunté.

—Dos semanas.

—Sí, lo que suponía —meneé la cabeza pensativamente—. Dos buenos actores, ¿eh?

—No entiendo.

—Mira, creo que eres un buen tipo. ¿Cómo te llamas?

—Johnson.

—Mira, Johnson, no soy periodista. Jamás he estado ni cerca del Sentinel. Diablos, no hace falta que me entregues. Salvo que quieras pasar por pavo.

—Todavía no entiendo.

—¡Qué cosa! Te miré y creí que te habías dado cuenta de todo. Soy de Seguridad Interna. Esto es parte del curso. ¿Sabes qué es lo que el capitán está haciendo ahora con ese grupo de monos? Les hace escribir en sus cuadernos un relato de todo lo que sucedió desde que entré a la habitación.

Estamos poniendo a prueba su capacidad de observación. Castañeteé los dedos. En este oficio hay que ver de todo, y no sólo verlo sino recordarlo.

Por eso planeamos estas sorpresas. Preparamos un poco de acción rápida que parezca real y controlamos a los muchachos para ver si saben dejar constancia de todo. Mírame a mí. ¿Cuántos de los muchachos recordarán cómo estaba marcada mi cara? ¿Cuántos se dieron cuenta de que mi cinturón y los zapatos no pertenecen al uniforme? ¿Cuántos se dieron cuenta de que no llevo armas? Esos detalles, Johnson, ésos son los que cuentan.

—No sé —dijo, vacilante—, me parece mejor que lo entregue, sin embargo. Eso es lo que dijo el capitán.

—Adelante entonces. Sólo trataba de ayudarte.

—¿Cómo sé yo que en realidad usted no es un periodista?

—Eso debiera ser obvio. Si realmente me hubiera mandado el Sentinel, me habrían preparado mucho mejor. Hubieran conseguido un cinturón y zapatos reglamentarios, y sin duda una chapa —lo llevé a un lado del corredor, extraje la billetera de Watson—, mira —le dije, mostrándole el registro de conductor de Watson—, soy Watson. Ahora telefonea al Sentinel, pide por el jefe de redacción y dile que llamas del Departamento de Policía. Pregúntale si tiene un periodista llamado Harold Watson que se hace pasar por un agente. Dile que estás por encerrarlo y que él sostiene que trabaja en el Sentinel. A ver qué dice.

—Me sentiría un poco idiota si me dicen que no hay tal tipo.

—No importa. Adelante. Tú quieres quedar tranquilo.

Johnson me llevó con él a una cabina cerca de donde estábamos parados. Pidió a la operadora que le diera con el Sentinel y pidió con el Jefe de Redacción. Miré la cara de Johnson y me imagino que el jefe de redacción realmente lo aniquiló. Johnson colgó el tubo amargamente.

—¿Satisfecho? —pregunté.

—Creo que sí. Pero me podía haber engañado…

Miré mi reloj.

—Cruzo la calle a tomar un cafecito. ¿Vienes conmigo?

—No —dijo—. Entonces sí que se me armará un lío.

—Bueno, llámame uno de estos días cuando tengas un descanso. Estoy en la oficina de Brocha. Te presentaré a algunos de los muchachos.

—Perfecto —dijo—, lo haré.

—Bueno —le hice un saludo y me dirigí a la puerta de entrada—. Hasta pronto, Johnson.

Crucé la calle y me metí en el bar de enfrente, temeroso de volver la mirada y temeroso de largarme a correr porque pensé que podría haberse quedado mirándome. Si no me miraba, sabía que tendría aún dos minutos antes de que vinieran tras de mí. Y aún así, buscarían a un tipo que se había entrometido en uno de sus seminarios, y no a Vance Westfall; de modo que las probabilidades eran buenas. Pero no pensé regresar al hotelucho donde había dejado mis ropas, sobre todo cuando recordé la mirada extrañada del botones.

Traté de ubicar un taxi, pero parecía que los taxis trataban de alejarse del Departamento de Policía con tanto empeño como yo. Miré hacia atrás.

Johnson ya no estaba. Me largué a correr y me escabullí en el primer pasaje.

Un camión cargado de muebles se alejaba por el callejón; me trepé a él sin que los hombres me vieran. Me cubrí con una de sus lonas y sudé copiosamente durante los próximos cinco minutos en la oscuridad total.

Cuando el camión se detuvo frente a una luz roja, me largué hacia un negocio cercano, desde donde llamé a Dee Francis. Le pedí que me comprara unas ropas y le dije que la encontraría en la Central de Ómnibus.

Luego llamé a Misty al banco y le pedí que se fijara de inmediato si Dee tenía cuenta en el Securities Exchange. Misty volvió al teléfono a los pocos minutos para informarme que Dee tenía dos mil dólares en su cuenta. Le agradecí y colgué.

No me causaba mucho entusiasmo encontrarme con Dee en la estación de ómnibus; si ella estaba con los otros y no conmigo, la terminal era un sitio tan bueno como cualquier otro para dar cuenta de Vance Westfall. Y

existía la posibilidad de que Ed Brocha hubiera designado a dos de sus hombres para que la siguieran dondequiera que fuese, con la esperanza de

que eventualmente los llevara a mi encuentro. Pero quitarme estas ropas de encima y vestirme con otras era mucho más importante que preocuparme de todo lo demás.

Así es que cuando llegué a la terminal ni siquiera perdí tiempo tratando de inspeccionar el sitio. Entré y me dirigí directamente a mi agente, que estaba junto a un puesto de cigarrillos. Me entregó el paquete y me dio un empellón urgente en dirección al baño de caballeros.

En cuanto salí con mis ropas nuevas, pareció despreocuparse por completo de todo peligro inmediato. Quiso saber qué había estado haciendo y por qué estaba uniformado de policía. Prácticamente quería que le escribiera un diario de mis experiencias.

—¿Por qué fuiste al departamento de Dawson la noche siguiente a la que me viste?

La tomé del brazo.

—¿Cómo supiste?

Se rio, pero sin alegría.

—Salió en los diarios… ¿o es que no lo sabías?

—Quería saber hasta qué punto llegaría a admitir tu juego.

—¿Y hasta qué punto llegó?

—Bastante lejos —comencé a llevarla hacia la calle. La calle ofrecía más seguridad—. ¿Conoces a Harold Watson, Dee?

—No.

—¿Seguro?

Asintió.

—¿Y si te dijera que él te conoce a ti?

—Entonces diría que uno de los dos está equivocado.

—¿Qué hay de tu amistad con Dawson? Dijiste que lo conocías.

—Muy poco.

Estábamos ahora en la calle y ella lucía esa sonrisa inexpresiva de quien está en un cocktail party oyendo como un desconocido cuenta algo aburrido. Me molestó.

—Pasaré por alto ahora el favor que me hiciste al decirle a Brocha que me habías visto en el banco cuando se suponía que estaba fuera de la ciudad, pero tendrás que explicar una cosa: para qué fuiste a ver a Struthers

la tarde en que lo mataron. No fue para pedir dinero prestado, Dee, como me dijiste antes. Dos mil dólares en una cuenta de banco no es poco.

—¿Quién te dijo eso? ¿Tu amiguita?

—Bueno, bueno… —comenté—, esto complica la cosa. ¿Cómo te enteraste de ella?

—Sumé dos más dos. Es la más grande ninfomaníaca que hay entre esta ciudad y el Mississippi. Cuando dijo a los periodistas que tú trataste de violarla, supe que no podía ser cierto. Pensé que debía ser al revés.

—¿De quién estás hablando?

—De Laura Struthers.

—Ah —dije—. Ah —luego recordé lo de la cuenta del banco—. ¿Para qué fuiste a ver a Struthers la tarde en que lo mataron?

Se encogió de hombros.

—Pues bien, te diré… y además quizá eso explique por qué le dije a Brocha lo que le dije. Compré acciones en una pequeña compañía petrolera que está explorando Kansas. Dawson es accionista. También lo era Struthers. Y otra gente. Tuvimos suerte al principio, pero luego nos metimos en tierra seca. Dawson había sido el principal promotor, y aunque no tenía la mayoría de las acciones, él era el que movía las cosas. Pero había mucho descontento con él. Era demasiado audaz… o desaprensivo.

Struthers comenzó a intrigar secretamente para asumir él el mando. No tomé partido, pero estábamos llegando al punto en que los neutrales como yo tenían en sus manos el equilibrio de la compañía. Fui al departamento de Struthers la tarde en que lo mataron para conversar sobre una propuesta.

Cuando llegué, estaba muerto. No podía permitir que se me asociara a su muerte porque Dawson hubiera sabido de inmediato cuáles eran mis planes.

Y Dawson tenía poder suficiente como para excluirme de la compañía.

Tiene un pagaré mío a noventa días, con mis acciones como garantía.

Cuando me visitaste en mi departamento esa noche y amenazaste decirle a la policía que había estado en el Wellington esa tarde, no me quedaba otro recurso. Cooperé con Brocha a cambio de que no me incluyeran en los diarios. Era el único modo de impedir que Dawson supiera que yo había estado allí —hizo una pausa antes de agregar—: Esa es la historia.

—La tragaré por ahora —dije—. El dinero que había metido en este negocio de petróleo, ¿era suficiente como para motivar un asesinato?

—¿A qué precio están los asesinatos en el mercado? El hombre que consiga el control de la compañía podría terminar siendo dueño de media Kansas.

—¿Cómo se llama le compañía?

—Sundown Oil Company.

—¿Está registrada?

—Con todas las de la ley.

—¿Has hablado con Dawson después del crimen?

Hizo una pausa.

—Sí, he hablado con él.

—¿Acerca?

—Acerca de ponerme de su parte en la batalla de la Sundown. Se hizo referencia al hecho de que mi pagaré está por vencer.

Dije:

—¿Qué hay de Laura Struthers? ¿También ella tiene acciones en la Sundown?

—Sí —dijo Dee e hizo otra pausa. Por fin continuó—. Más vale que te lo diga. Laura quiere cenar conmigo esta noche. Quiere hacerme una propuesta.

—Yo también tengo una propuesta.

—¿Cuál?

—Quiero pedir quinientos dólares prestados.

—Oh, no, querido. No a mí.

—¿Qué sucede? Nuestros amigos de la revista me darán mucho más.

Gané el premio. ¿Recuerdas?

—No querrán saber nada de tu artículo.

—¿Y si pruebo mi inocencia?

Eso sería otra cosa.

—Necesito quinientos, Dee.

—¿Por qué?

—Quizá deba irme de la ciudad de prisa —iba a interrumpirme pero yo continué—: No te aflijas. Te devolveré el dinero. No tengo ganas de

pasarme el resto de la vida escondiéndome de la policía.

Llegamos a una esquina; hice señas a un taxi. Subimos. Dee dijo:

—Quisiera ayudarte, Vance. Pero sería quemar el dinero…

—Quizá no. Puede ser que encuentres el dinero robado y obtenga la recompensa.

—¿Yéndote de la ciudad?

Me desaté el zapato, me quité la media, y le mostré el trozo de talón de equipaje que le había quitado a Watson. Me imaginé que si Dee estaba implicada en el asunto, enseñarle ese trozo de cartón significaría sembrar el pánico en la organización. Y si no estaba implicada en el asunto, el cartoncito podría ayudarme a conseguir el préstamo de parte de ella.

—Mira, Dee, si consigo el resto de este talón puedo decir que tengo el dinero robado.

Comenzó a interesarse.

—¿Cómo lo sabes?

—Esto lo tenía el cómplice de Dawson. El tipo que se hacía pasar por mí en el banco.

—A menos que tú mismo te hayas hecho pasar por ti en el banco…

—Si hubiera sido así no estaría pidiendo quinientos dólares —me guardé el talón en el bolsillo—. Piénsalo. Me pondré en contacto contigo luego. Te devolveré el doble.

El taxi se detuvo frente a una luz de tránsito; al abrir la puerta Dee dijo:

—Muy bien, lo pensaré.

Y bajó a la calle. Vi que agitaba la mano cuando nos alejamos.

En cuanto me convencí de que nadie nos seguía, miré el registro de conductor de Harold Watson. Nos llevó unos veinte minutos más encontrar el domicilio que figuraba en el registro. Era un departamentito, parte de una interminable hilera de pequeños chalecitos con frente de ladrillo expuesto y techo de tejas verdes, que en veinte años más constituiría un barrio bajo.

Toqué el timbre y una cansada ama de casa con una vincha desteñida sujetándole los cabellos y un plumero en la mano, me abrió la puerta.

—¿La señora de Watson? —dije.

—Sí —contestó secamente.

Le sonreí.

—Soy Pee Wee.

—¿Quién?

—Pee Wee. Pee Wee Hopper. ¿Nunca le habló de mí Hal? Fuimos compañeros paracaidistas.

—Se fue de casa —dijo amargamente—. Otra vez.

—¡Qué pena! Pasaba por aquí… —miré por sobre su hombro y vi una salita abarrotada de muebles baratos—. Lindo sitio, éste. Hal tiene suerte.

La mujer hizo un gesto de desprecio.

—¿Podría entrar un segundo? —pregunté.

Abrió la puerta.

—Siempre que no me venga a vender nada, puede pasar.

Me senté en un desgastado sofá verde.

—¿A qué se dedica Hal ahora?

—Investiga.

—¡No me diga! Suena lindo. ¿Qué investiga?

—Cosas.

—Quizá podría dar con él si llamo a su empleo.

—No tiene oficina.

—¿Ah, no? ¡Parece que es su propio patrón!

—Es raro que nunca haya hablado con usted.

—Sí, es raro. Especialmente pensando que me escribió mucho. Nunca me dijo lo que hacía, pero leyendo entre líneas supuse que le iría muy bien.

Decía que se preparaba para algo grande.

—Siempre dice lo mismo… Me he vuelto vieja oyendo esa cantinela…

—Sí, pero, ¿no somos todos así?

—¿Quiere un poco de café?

—Cómo no. —Cuando regresó con la taza, le dije—: ¿Qué sería eso grande para lo que se preparaba?

—Nada. Pura charla.

Sorbí lentamente el café, con gusto a agua sucia, mientras mistress Watson me miraba, sospechosa. Por fin, no quedándome otra alternativa, apunté lejos. La miré fijamente y le dije:

—Hal arregló el asunto de la falsificación sin dificultades, ¿no?

—Así que le contó eso —comentó ella.

—Éramos muy amigos, mistress Watson.

—Sí —dijo impasible—, la gente del banco aceptó no demandar.

Casi se me derrama el café, pero alcancé a decir:

—¿Qué banco era?

—¿Él no le contó?

—No.

—El Securities Exchange.

—Ahora que pienso —dije—, me parece que mencionó algo al respecto. Había un tal Dawson, del banco, que lo ayudó…

Me miró inexpresivamente.

—¿Dawson?

—Me parece que era Dawson.

—Nunca oí nombrar a Dawson. Struthers era el nombre que él mencionaba.

—¡Struthers! —exclamé—. ¡No puede ser! —No podía ser, pero era.

Había pasado por alto algo obvio. Cuando mataron a Struthers pensé que era inocente, pero ahora comprendía que había estado tan metido en esto como Dawson.

Mistress Watson se puso de pie. Pensé que iba a pegarme con el plumero.

—¿Quién es usted? —demandó—. ¿Qué busca? Olí algo raro cuando usted entró aquí.

—Tranquila, mistress Watson, no me extraña que se enoje. Tuve que proceder así. Lo siento. Ahora le diré la verdad. Su marido está muerto.

—¡Muerto! —abrió la boca, le tembló el mentón—. ¿Harold está muerto?

—Sí, lo siento.

—¡Lo siente! —repitió. Luego, otra vez—: ¡Lo siente! —se rio histéricamente—. Eso sí que está lindo. ¿Qué es lo que siente? ¿A usted qué le importa? ¿ Quién es usted?

—Mistress Watson, me llamo Fisk. Trabajo para la Gibraltar Fidelity and Guaranty Company. Puede llamarlos y preguntar por mí, si así lo desea.

Nuestra compañía había asegurado el cuarto de millón de dólares que robaron el otro día. Usted habrá leído los diarios…

—Oí algo por la radio.

—Su marido estaba complicado, mistress Watson. Por eso lo mataron.

Ayer a la tarde.

—No lo creo. ¿Por qué no vino la policía?

—La policía tiene su cadáver, mistress Watson, pero aún no lo han identificado. Nosotros trabajamos mejor que la policía —extraje la tarjeta de identificación policial de Watson—. Le enseñaré a qué me refiero. Vea esta tarjeta. Teníamos una pista que nos llevaba a su marido, así es que uno de nuestros hombres pidió esta tarjeta prestada a la policía. Por supuesto, tenemos que devolverla, pero esto le da una idea del tipo de cooperación que mantenemos con ellos.

—¿Por qué no me lo dijo al llegar?

—Debiera habérselo dicho. Pero primero tenía que averiguar cuánto sabía usted. Lo siento. Veo que usted nada tiene que ver con todo esto. Y

me alegro de ello, porque de lo contrario no podríamos pagarle a usted parte de la recompensa.

—¿Qué recompensa?

—La recompensa que ofrece mi compañía al que entregue el dinero robado.

—¿Por qué iba a participar yo de la recompensa?

—Usted participaría, mistress Watson, porque la persona que robó el dinero es la misma persona que mató a su marido. Es este Dawson, del banco.

—¿Por qué no lo detienen?

—No hay pruebas suficientes todavía. Por eso necesitamos su ayuda.

—¿Qué quiere decir?

—La policía no tiene pruebas suficientes para atrapar a Dawson, pero si confeccionáramos unas pruebas podríamos asustarlo y quizá hiciera algo que nos llevara a una prueba real. La policía no puede cooperar con nosotros en cosas así, porque son una entidad pública, pero usted puede, mistress Watson, porque usted es un individuo particular. Pero lo principal es que la policía no debe enterarse.

—¿Y qué quiere que haga yo?

—Probablemente la policía tardará un día más en identificar el cadáver de su marido. Cuando lo haga, le preguntarán a usted muchas cosas. Quiero que usted les diga que el día del robo su marido trajo a casa una valija, que según él, pertenecía a un hombre llamado Dawson. Quiero que les diga que su marido dijo que con esta valija tendrían asegurada la comida por el resto de sus días porque el dueño no podría explicar cómo le fue escamoteada.

—¿Quiere que les diga eso?

—Si no tiene inconvenientes, sí. Eso nos ayudaría a eliminar a Dawson.

Entonces alguien tendrá que llevarse la recompensa. Si no fuera por Dawson, su marido no estaría muerto.

—Es mejor así —dijo. Se quitó un mechón de los ojos—. ¿Y cuánto me darían?

—Una buena suma, mistress Watson. No puedo hacerle promesas.

Tendrá que bastarle mi palabra.

—Pero usted quiere que yo diga algo falso…

—Sí, si lo encara así… Pero por otra parte ayuda a capturar a un criminal. La policía querría hacer lo mismo que le digo, pero tiene que mantenerse dentro de ciertas normas. Si ellos procedieran así, un abogado inteligente podría conseguir que se pusiera en libertad al detenido. Pero si se trata de un particular, el abogado no puede protestar. Todo lo que tiene que hacer usted, es aferrarse a la historia de que su marido trajo a casa esa valija el día del robo. Y nada más. Usted no sabe qué sucedió con ella luego.

—¿Y qué les diré cuando me pregunten qué aspecto tenía la valija?

—Yo le daré una descripción hoy a la tarde.

—¿Y si no fuera Dawson el que mató a mi marido?

—Ya lo creo que fue. ¿Quiere una prueba? Quizá no sea el tipo de prueba aceptable para un tribunal, pero a nosotros nos basta, y sobre todo a usted.

—¿Qué clase de pruebas tiene?

—Mistress Watson, su marido fue muerto en Forest Road 7820. Cuando venga la policía, usted podrá confirmarlo. Ahora le probaré que Dawson fue a Forest Road 7820 ayer por la tarde. ¿Tiene usted una guía telefónica?

Asintió.

—Démela —dije.

La trajo.

—Busque el número del Securities Exchange Bank.

—Ya lo tengo.

—Muy bien. Ahora llame al banco y pida hablar con la secretaria de Dawson. Cuando dé con ella, páseme el auricular a mí.

Fuimos hasta el teléfono y ella se sentó en un endeble banquito. Me ubiqué cerca. Discó. Luego dijo:

—Hola, ¿podría hablar con la secretaria de míster Dawson?

Esperó unos segundos. Luego me pasó el teléfono.

—Hola, ¿habla la secretaria de míster Dawson? —dije.

La voz de Misty dijo, del otro lado:

—Sí, soy yo.

Dije:

—No quiero dar mi nombre por teléfono, alguien puede oírlo. He estado trabajando en ese asunto del dinero robado. Usted sabe quién habla, ¿no?

—Sí —dijo.

—Podría sonarle a extraño lo que le voy a preguntar, pero quisiera saber algo acerca de esa cita que tenía Dawson ayer por la tarde. ¿Dónde debía tener lugar la cita?

Acerqué el teléfono al oído de mistress Watson y pudimos oír a Misty que decía:

—No entiendo.

Tomé el auricular nuevamente y dije brevemente:

—Sólo el domicilio, ¿quiere?

Acerqué el teléfono nuevamente al oído de mistress Watson, y Misty dijo:

—Iba a encontrarse con Watson en Forest Road 7820.

—Gracias —dije, y colgué rápidamente. Miré a mistress Watson—.

¿Ahora está satisfecha?

Asintió.

—Una cosa más, mistress Watson. ¿Le habló su marido alguna vez acerca de la Sundown Oil Company?

—No.

—Bueno, gracias. Le hablaré luego para darle la descripción de la valija.

Me fui y caminé hasta una farmacia. Entré y llamé a Misty. Cuando la tuve en el aparato le dije:

—Gracias, Misty. Me ayudaste más de lo que crees. Tengo un plan en marcha.

—¿Otro?

—No puedo probar que Dawson mató a Struthers y robó el dinero. Así es que haré lo único que puedo hacer: hacerlo caer en una trampa del mismo modo en que él me hizo caer a mí.

—¿Qué sucedía hace un rato?

—No te lo puedo contar por teléfono. ¿Te fijaste en la valija de Dawson?

—Sí.

—¿Qué hallaste?

—Que tiene una. Pero es vieja. La misma de siempre.

—Diablos, creí que ya no la tendría. Descríbemela.

—Es marrón oscura, cuero de chancho, con las iniciales F. D. doradas en la esquina inferior derecha.

—¿Tiene cierre relámpago?

—Sí.

—¿Marcas especiales, rayaduras?

—No.

—¿Bueno, podrías robarla y dármela a la hora del almuerzo?

—¡Robarla! Vance, ¿en qué andas ahora?

—Lo que te dije nena. Ojo por ojo. Dawson me puso una trampa a mí, así que ahora yo le pongo otra a él. ¿Me la conseguirás?

—No sé…

—Quieres que liquide este asunto, ¿no es así?

—Sí —hubo una pausa—. Podría… sacarla bajo mi tapado.

—Así me gusta. ¿Dónde hay un buen sitio, un poco alejado, donde podamos almorzar, y adonde sea fácil llegar?

—Déjame pensar. Está el Brown Jug. Poca gente va ahora por ahí. La comida es terrible. Ni siquiera sé si todavía existe.

—Bueno, probaremos. Encuéntrame ahí a las doce y media. ¿De acuerdo?

—Sí.

—Ah, Misty…

—¿Sí?

—¿No sabes si el tipo de esa compañía de Seguros dejó una de sus tarjetas cuando visitó a Dawson?

—No estoy segura.

—¿Quieres fijarte? Si la encuentras, tráela al almuerzo.

—Muy bien.

—Bueno. Nos vemos a las doce y media.

Colgué y busqué en la guía el número del Daily Sentinel. Llamé a la Sección de Avisos Clasificados. Le dije a la chica:

—¿Estoy a tiempo de publicar un aviso en el diario de la tarde?

—Saldrá en la última edición.

—Muy bien. Quisiera que apareciera durante los próximos tres días.

—Su nombre, por favor.

—Fred Dawson —y le di el número de teléfono del departamento de Dawson.

—¿Cómo quiere pagarlo?

—¿Podría dar el aviso ahora y pasar por la tarde a pagarlo?

—Sin duda.

—¿Y podrían asignarme un número de casilla? No quisiera que apareciese mi número de teléfono.

—Sí, se puede. ¿Qué dice el aviso?

—Es para la columna de Objetos Perdidos. El aviso debe decir:

“Perdida valija de hombre en cuero de chancho, marrón oscura. Cierre relámpago. Iniciales F. D. en la esquina inferior derecha. Recompensa de trescientos dólares. No se harán preguntas”. Luego si le fuera posible poner el número de casilla al final…

—Es una gran recompensa por una simple valija, ¿no? —dijo la chica al azar.

Me reí nerviosamente.

—Es que tiene mucho valor sentimental.

—Ah —luego preguntó—: ¿Tenía algo adentro?

—No, estaba vacía.

—Bueno. El número de su casilla es A-462. Usted pasa por aquí y simplemente pregunta si no hay correspondencia para A-462. Si la hay se la entregaremos.

—¿Cuánto será en total?

—Tres dólares con ochenta.

—Muy bien. Pasaré a pagar dentro de un rato. ¿Por quién pregunto?

—Por miss Taylor. Soy yo.

—Muy bien, gracias.

Salí a la calle y llamé a un taxi. Le pedí al conductor que me llevase al edificio del Daily Sentinel.

El edificio del Sentinel quedaba en una bocacalle que era el centro geográfico de la ciudad. El tránsito circulaba por cinco calles angostas que corrían por entre macizos rascacielos que se elevaban sobre la calzada como las paredes de un precipicio; letreros luminosos posados sobre los techos de los edificios más bajos proyectaban sombras grotescas sobre el tránsito y la gente que se abría paso por esa zona. Dentro mismo del edificio había una eficiente encargada de la Mesa de Entradas, sentada detrás de un escritorio cargado de panfletos que describían la historia del Sentinel desde el año uno hasta la fecha. Detrás había unas grandes puertas de vidrio modernos que conducían a la Sección de Avisos Clasificados. Penetré por ellas a una habitación donde unas cincuenta chicas sentadas en pequeños nichos, contestaban llamadas telefónicas y hacían anotaciones sobre papeles amarillos. Otras diez chicas estaban detrás de un mostrador frente a las puertas de acceso, aceptando los avisos que la gente llevaba personalmente.

La charla chillona de las voces femeninas era puntuada de vez en cuando por el ruido de recipientes metálicos al ser introducidos en la cañería neumática del sistema de mensajes, por la que luego viajaban.

Me acerqué al mostrador y pregunté por miss Taylor. Unos minutos después se me acercó una rubia rechoncha que caminaba como si montara un caballo.

—Yo soy Goldie Taylor.

—No sé bien en qué me estoy metiendo —le dije—. No quiero líos, pero hace unos minutos un tipo de aspecto nervioso, calvo, con anteojos de marco de hueso negro, se me acercó en la calle y me dijo que me daría un dólar si tomaba el dinero y pagaba un aviso que iba a publicar. Me indicó que la buscara a usted. El aviso debe costar, dijo, tres con ochenta. ¿Usted sabe algo de esto?

—Sé de qué aviso se trata, pero no entiendo por qué no vino él mismo a pagarlo.

—Yo tampoco. Parecía muy nervioso.

—La gente… —y cambió de lado el trozo de goma que mascaba.

—Así es —pagué y ya me iba. Me llamó.

—¿No quiere un recibo?

—¿Para qué? —contesté—. La última vez que vi al tipo ése, corría por la calle a todo lo que daba.

Volví a atravesar las puertas, crucé el hall y salí a la calle, en donde dejé que el gentío me arrastrara mientras trataba de pensar.

Lo que la señora de Watson había dicho acerca de Struthers y su marido daba vuelta por completo a mis teorías. A Struthers no lo habían matado porque fuera un inocente que sabía demasiado; lo habían matado porque sus socios querían uno menos con quien repartir el botín. Si hubiera participado del asunto no habría insistido en verme. La persona que contestó el teléfono cuando llamé esa tarde no había sido Struthers; tenía que ser el asesino.

Y si Struthers participaba del robo, quería decir que probablemente había cuatro pedazos de ese talón, y no tres. Cuando llamé a Struthers, el asesino debe haberse reído en grande. Tantos meses cocinando planes para hacerme caer y luego, por pura coincidencia, yo llamo a Struthers justo en el momento en que más hondo me podían hundir. El asesino tenía que llamarme, porque de ese modo había un cincuenta por ciento de probabilidades de que me sorprendieran junto al cadáver. Y aunque no me encontraran, dejaría tras de mí toda una colección de impresiones digitales.

La visita a la señora Watson había cambiado mucho las cosas. Como Struthers participaba del robo, no temía perder la vida (¿por qué iba a temerlo, si él poseía la cuarta parte del talón?); y si no temía, no pudo haber dejado una nota en la puerta de la pieza de su hermana diciendo que su vida

corría peligro. Si en realidad había habido una nota en la puerta de Laura Struthers, ella misma la había colocado o, en caso de que ella no estuviera complicada en el crimen, la había puesto el asesino, pensando que Laura seguramente regresaría a su casa mientras yo estaba aún en la habitación de su hermano. Él sabía que la nota la atraería directamente al sexto piso, en donde me descubriría.

Un hombre había contestado el teléfono cuando yo llamé a Struthers; el hombre debía haber sido Dawson, y él tenía que haber matado a Struthers.

En cuanto a Laura, no importa hasta qué punto estuviera envuelta en el lío, no parecía culpable del crimen. Porque si ella hubiera matado a su hermano, jamás habría contado a la policía que él le había dejado esa nota. Una historia así resultaba demasiado peligrosa para ser falsa, demasiado fácil de verificar por simple comparación de la letra manuscrita de su hermano con la del papel.

Después recordé que Laura me había dicho que había perdido la nota, lo cual me hizo volver al principio; porque en este caso la policía no dispondría de la nota para comparar.

Pero aún así, el rompecabezas ya comenzaba a formarse, y comenzaba a aparecer un dibujo. Ahora ya sabía qué debía hacer. Era necesario hacerlo, y hacerlo antes de que la policía diera conmigo.

¡La policía! Me había olvidado por completo de ella. Me sentía tan seguro con mi pelo teñido y mi cicatriz disimulada que me había olvidado por completo del pequeño incidente de la mañana en la Central.

Probablemente había orden de arrestar a un tipo de cabello negro, con la cara muy magullada. Seguramente todavía no habían conectado a Vance Westfall con ese tipo, pero no los detendría en su intensa búsqueda, luego de haberlos engañado como lo había hecho.

Me entusiasmé demasiado pensando en ello, y cometí un error. Vi a un policía en la esquina mirando en mi dirección, y traté de dar vuelta y caminar en la dirección opuesta. Si no me hubiera detenido, seguramente no me habría prestado mucha atención. Pero la reacción de pánico fue demasiado evidente. Me vio y vio mi cara. Me gritó. Traté de no correr, pero la reacción fue automática: ya estaba corriendo. Me di vuelta una vez y vi que se lanzaba a atraparme. En menos de dos minutos, algún héroe

frustrado, de entre la multitud, me atajaría y detendría hasta la llegada del agente.

No tenía más remedio. Me zambullí en el primer zaguán a mano y me encontré en el hall de un edificio de oficinas. Busqué un escondrijo, pero el lugar parecía el desierto de Sahara. El policía llegaba ya a la puerta de entrada. Uno de los ascensores descargaba una tanda de gente. Había una sola alternativa y la acepté. Me largué escaleras arriba.

Subí tres pisos lo más rápido posible, llegué al tercero y abrí la puerta que daba a un largo corredor de oficinas a ambos lados. Cerré la puerta y me apoyé en ella, tratando de tomar aliento. ¡Genial! Todo lo que tenía que hacer ahora el policía era cerrar el hall y esperar a que llegasen refuerzos.

Luego revisarían piso por piso. Ven, pósate en mi casa, le dijo la araña a la mosca.

Miré a mi alrededor frenéticamente en busca de un escape de incendios.

No había. Corrí a una ventana. Frente al edificio se había reunido ya una multitud, aguardando morbosamente para averiguar a qué se debía la conmoción, ansiosa por saber quién había tenido un síncope, quién había tratado de saltar desde el décimo piso, quién se había caído por las escaleras.

De golpe pensé: conmoción, escape de incendios. Corrí hasta la puerta más cercana, la abrí de golpe, y vi una enorme habitación con unos treinta hombres y mujeres sentados en eficientes hileras de angostos escritorios de caoba. Abrí la boca y grité:

—¡Fuego en el cuarto piso! ¡Sálvese quien pueda!

Caras estúpidas me miraron fijamente.

—¡Fuego, idiotas! —volví a gritar—. ¡Que se salven los que puedan!

Di un portazo y corrí hasta la próxima. La abrí y vi una pieza como la anterior.

—¡Fuego! —grité.

Ahora se había formado una multitud; era algo sólido y cohesivo y poderoso, como las enfurecidas aguas de una inundación. Se volcaba por la angosta abertura hacia las escaleras y las bajaba irresistible y despiadadamente, lista a pisotear lo que se interpusiera en su camino. Me abrí paso hasta el centro, en medio de un enorme torbellino de mujeres que

gritaban asustadas, y me dejé llevar por su impulso. Parecía como si todos en ese edificio se hubieran desbocado. El hall, cuando llegamos, recordaba a Times Square en una noche de Año Nuevo.

Proseguimos agitándonos como olas incansables hasta llegar a la vereda donde pudimos dispersarnos en todas direcciones. Corrí a la mitad de la calzada y me lancé por entre dos hileras de vehículos detenidos. Media cuadra después me volví a mirar. El pánico se había extendido. La gente seguía saliendo del edificio. Subí a un ómnibus que cargaba pasajeros y me fui bien al fondo. El conductor accionó los cambios y comenzamos a movernos lentamente.

Miré las caras desinteresadas de los pasajeros, los cuerpos arqueados grotescamente en los asientos marrones de material plástico, los ojos fijos mirando hacia adelante, concentrados en los problemas de su pequeño mundo. Era increíble ver gente tan próxima y tan lejana a la vez. Una rubia pintarrajeada, huesuda, con cara dura y cansada, mascaba goma junto a una anciana de cabello gris y anteojos, cuyo párpado se crispaba constantemente. Un rubicundo sargento del ejército, de más de cien kilos, del otro lado del pasillo, leía un periódico de carreras de caballos con un ojo y con el otro miraba a la rubia. Me tomé de un sostén que colgaba del techo y miré el retrato de una modelo de veintiún años llamada Gretchen Picone que era la Miss Transportes Públicos del mes y que había dicho que siempre se las arreglaba para hacer sus compras entre las diez y las cuatro, porque los ómnibus nunca iban llenos a esa hora.

Junto a mí, un petiso morocho luciendo un vistoso chambergo y un par de anillos grandes como aros de cortinajes, con rubíes falsos, me golpeó en las costillas y me dijo de costado.

—¿Qué pasaba ahí abajo, diga?

—Un zorrino se metió en el sistema de aire acondicionado. Hizo evacuar el edificio.

—Usted debería trabajar en televisión —dijo— con ese humor. Es una lástima que la cara no lo favorezca —me inspeccionó más de cerca—. ¿No nos conocemos de alguna parte?

—Mucho gusto —le dije—. Hasta la vista —tiré de la soguita y me bajé en la primera esquina. Caminé hasta el primer pasaje, entré en él y comencé

a correr. Atravesé tres pasajes. Luego tomé un taxi y bajé a unas cinco cuadras del Brown Jug. El resto lo hice a pie.

Misty no había exagerado al decir que el sitio estaba en agonía. Aún antes de entrar me di cuenta de que las ventanas a la calle no habían sido lavadas hacía varias semanas y era evidente que el patrón suponía que la clientela gozaría más de la comida si olía los aromas de la cocina mientras comían.

Pero, tuve que admitir, los clientes habían aprendido que es mala educación mirar fijo a la gente. Cuando entré, los hombres de negocios que comían en el mostrador, continuaron leyendo sus diarios sin mirarme y las empleadas de las mesas terminaron sus ensaladas de frutas sin perder bocado. El mozo que tuve que eludir para llegar al rincón del fondo donde esperaba Misty, me consideró sólo un obstáculo más que debía salvar en su camino a la cocina mientras llevaba una fuente llena de platos.

Me senté junto a Misty y su pierna rozó la mía bajo la mesa. Dijo:

—Vete, alguien me siguió.

—¿Dawson?

—No, un hombre más grande. No le vi la cara.

—¿Lo eludiste?

—Creo que sí.

—¿Conseguiste la cartera?

—Sí. Pero casi me atrapan. Dawson no irá a su oficina hasta muy tarde, y la buscaba.

—¿Dónde está?

—Bajo la mesa.

—Muy bien. ¿Y la tarjeta de ese hombre de la compañía de seguros?

¿La encontraste?

Asintió y abrió su cartera. Extrajo una tarjeta y me la dio.

—Toma.

La tomé. Pertenecía a Fisk, del que había oído hablar cuando yo mismo llamé a la compañía de seguros. Le dije a Misty:

—¿Qué sabes de Struthers?

—Poco.

—¿Crees que podría haber estado mezclado en todo esto?

—Su hermana lo está. Quizá él también.

Se acercó el mozo y pedimos sándwiches de lomo y cerveza.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Le dije:

—Eso explicaría una serie de cosas. Por ejemplo porque la cartera vieja de Dawson estaba aún en su oficina. Estaba aún en su oficina porque habría sido Struthers quién sacó el dinero del banco.

—¿Entonces para qué quieres la cartera de Dawson?

—Porque aún no estoy seguro de lo de Struthers. Quizá Dawson haya llevado el dinero en su cartera, luego lo haya transferido a otra parte, y después haya regresado con la cartera vacía.

—Aún así, ¿para qué quieres la cartera ahora?

—Tengo dos motivos. Quiero que un par de personas la vean. Quizá alguno de los ascensoristas del departamento de Dawson lo hayan visto trayéndola consigo el día del robo. Eso sería otro eslabón de la cadena. Y

además tengo esa trampa… No está aún completamente elaborada, pero trataré de que parezca que la cartera tuvo mucho que ver en el robo. Eso enfocará por un tiempo la atención sobre Dawson y no sobre mí.

—¿Cómo lo harás?

—Estoy preparando una artimaña gracias a la cual parecería que Watson extorsionaba a Dawson con la cartera.

—Bueno —dijo—. Supongo que sabrás lo que haces.

Pensé en cómo iban las cosas y cómo esperaba yo que terminasen, y dije:

—Lo sé.

Puso su mano sobre la mía.

—Vance, cuando llamaste esta mañana, ¿qué hacías?

—Misty quisiera decirte, pero no puedo. No ahora. Si el tiro sale por la culata, serías cómplice de una tentativa criminal de prefabricar pruebas. Y

entonces estarías tan complicada como yo.

—Ya lo estoy.

—Esto es diferente —el mozo se acercó con nuestro pedido—. Así es como debe ser.

Ella protestó:

—No quiero que me protejan.

—Lo querrías si supieses qué es lo que te conviene —mordí mi sándwich con energía—. ¿Quieres conocer mi teoría sobre el asunto?

—Sí, claro está.

—He pensado mucho en esto toda la mañana. En primer lugar, creo que Struthers está implicado. Sé que su hermana lo está, aunque estoy bastante seguro de que lo mató ella. Pero estaba en el departamento de Dawson la tarde que fui a visitarlo, y le avisó desde el hall que yo estaba escondido en el corredor. Y pude ver cómo Dawson la miraba. Está loco por ella. No me sorprendería que ella manejara todo el asunto.

—Quizá —comentó Misty—. Quizá tengas razón.

—A propósito —dije—, ¿has oído hablar de la Sundown Oil Company?

—Algo. Soy uno de los directores de la compañía, eso es todo —se rio

—. Pero sólo nominalmente. Dawson me dio una acción —que es todo lo que necesita un director— y me dijo que el grupo de accionistas que él representaba votaría por mí. Ellos me indicarán cómo votar en todos los casos. Eso es todo lo que sé. Pero la cosa me interesó y compré otras acciones por mi cuenta. Supongo que eso me convierte en generala. De todos modos, es mi único capital.

Miré con admiración su magnífica figura y la belleza de su cara, y dije:

—No tu único capital, querida.

Cuando retomamos la conversación, no hablamos de asesinatos, ni de robos, ni de Dawson. Casi olvidé lo que había sucedido durante los últimos cuatro días; Misty no era más que una chica a quien yo conocía hacía mucho y que jamás olvidaría, porque no existía nada más que nosotros dos, y nada sucedería jamás ni nada importaría nada. Podía aspirar el perfume de su cabello, y sus ojos eran místicos como su nombre y yo tenía un nudo en la garganta.

—Vance —dijo suavemente.

—Sí.

—Tengo que volver al trabajo.

—Bueno —hice señas al mozo y pagué. Nos pusimos de pie y salimos.

Al llegar a la calle, Misty dijo:

—¡Vance, la cartera!

—Vuelvo a buscarla —dije.

—Caminaré lentamente —replicó.

Volví a entrar al restaurante, busqué bajo la mesa, y tomé la cartera.

Cuando volví a salir a la calle Misty me hizo señas desde la esquina. Hacia allí me dirigí.

En ese momento el mundo hizo explosión junto a mi oído. Oí un silbido agudo y el ruido de una bala rebotante en la pared, a mi lado.

Me tiré al suelo. La gente a mi alrededor gritó.

Luego las balas de una pistola ametralladora rociaron el área.

Un coche se alejó a gran velocidad.

Me puse de pie y corrí hacia Misty. La tomé de la mano.

—Vamos —grité—, larguémonos de este sitio.

Comenzamos a correr, ella con dificultad por sus tacos altos, ambos sin respiración y asustados. Había un taxi en la esquina; abrí la puerta. Le di una dirección al conductor, empujé a Misty y la tomé del brazo.

—¿ Quién era? —dije—. ¿Quién era?

—Vance —sollozó histéricamente.

—Nos buscaba a los dos, nena —dije—, pero cuando regresé a buscar la cartera tuvo que elegir el blanco más valioso. Por eso esperó que saliera por segunda vez. Entonces oprimió el gatillo. Pero no fue accidente que esas balas barrieran la vereda. Te querían dar a ti también. Te aseguro.

Se aferró a mí.

—Vance, no vi quienes eran.

—Yo tampoco. Seguramente Dawson. El tipo que te siguió…

seguramente le habló a Dawson; Dawson vino en su coche y nos esperó.

Una vez que nos haya liquidado, él y su chica podrán navegar viento en popa.

—¿Qué haremos?

—Te llevo al banco. Ahí no intentará nada. Pero no quiero que duermas en tu casa esta noche, ni que vayas a tu casa si yo no te lo digo —medité un minuto—. Te llamaré luego pero no usaré mi nombre. Ahora no podemos saber quién puede escucharnos. Si llamo, te diré que habla Fisk, de la compañía de seguros. ¿De acuerdo?

Trató de sonreír.

—De acuerdo.

—No te aflijas. Pasada esta noche se terminan nuestras preocupaciones, porque esta noche, querida, esta noche tendremos nuestra retribución.

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