Una hermosa trampa

William Pearson · Capítulo 4 de 13

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Una hermosa trampa

Capítulo IV

Los titulares decían:

ROBA LOS SUELDOS: SE BUSCA A UN EMPLEADO DE

BANCO, POSIBLE ASESINO. EL CRIMEN DEL HOTEL

RELACIONADO CON LA FALTA DE 250.000 DÓLARES.

Una modelo víctima de malos tratos.

La noticia comenzaba así:

“Un ex contador y empleado del Securities Exchange Bank, ahora desaparecido, fue señalado por la policía como autor del robo de dinero destinado a salarios de una fábrica militar, dinero que alcanza a 250.000 dólares, y que fue escamoteado bajo las narices de los guardias, ayer a la tarde.

Asimismo se lo sindica como asesino de otro empleado del banco, Robert R. Struthers, a quien se encontró muerto en el sexto piso del Wellington Arms, ayer por la noche.

”El empleado desaparecido, Vance Westfall, veterano de guerra, de treinta años de edad, planeó el robo con fría precisión de segundos. Ayer, a eso de las 15 horas, contaba el dinero a medida que lo introducía en una pequeña bolsa de lona bajo la mirada de los guardias de la Shelton Defense Plant. Cuando terminaba de llenar y cerrar la bolsa, sonó el teléfono. Aparentemente en ese momento cambió la bolsa por otra idéntica. Los guardias tomaron la bolsa falsa y con ella se encaminaron a la fábrica Shelton. Cuando llegaron a la fábrica

a las veinte horas, la bolsa fue abierta. El dinero que contenía era falso”.

En este punto, el relato del diario pasaba al asesinato de Struthers, realizado “por un hombre alto y rubio de cabello corto, con una cicatriz en su mejilla derecha”. La descripción había sido dada, según el artículo, por la hermana del muerto. “Más tarde el asesino irrumpió en la habitación de la hermana y trató de violarla”.

Estaba tratando de digerir esa joya cuando vi esto otro:

“En el ínterin, la policía encontró el arma homicida, una pesada pistola Luger, dentro de un tacho de basura de los fondos del hotel…

”La pericia de laboratorio ha demostrado que la bala que mató a Struthers fue disparada por esta arma. Los registros de la policía demuestran que una Luger con el mismo número de serie pertenecía a Vance Westfall. Las impresiones digitales tomadas en el departamento de la víctima, coinciden con las de Westfall cuando solicitó licencia para dicha pistola”.

No necesitaba ser adivino para comprender lo que había sucedido después. La policía obtuvo una de mis viejas fotos y Laura me identificó.

Como decía el diario, no se dejó engañar por mi disfraz. La policía había revisado también el domicilio registrado en el archivo del banco, comprobando que era falso. Además, decía el diario, la encargada de esa casa había manifestado que un hombre que respondía a mis señas particulares y que dijo ser de una compañía de seguros, la había visitado durante ese día con el pretexto de buscar a Westfall para tratar una demanda por accidente.

Para peor, la policía había revisado mi propio departamento y había encontrado las paredes de la ducha mojadas, lo cual indicaba que había estado allí recientemente y que había salido con mucha prisa. La nota que dejara en mi puerta y que decía “Joe, volveré al mediodía” era, como mi disfraz y como el domicilio falso, otra indicación de mis premeditados esfuerzos por despistar a la policía.

Claro está, el diario hacía mucho hincapié en el hecho de que recientemente yo había escrito un artículo sobre la corrupción policial en Middleburg, y no me sorprendió leer que el capitán Ed Brocha, delegado del jefe y uno de los blancos principales de mi artículo, se encargaba personalmente del caso. Al final del artículo se informaba que el banco abriría sus puertas como de costumbre y que el dinero robado estaba asegurado por la Gibraltar Fidelity and Guaranty Company.

Luego venía mi foto. No pude menos que mirarla sentado allí, en la pequeña cafetería de la Y. M. C. A., mientras trataba de esconderme detrás de una pila de panqueques. Un dibujante la había retocado para que se ajustara a mi aspecto actual y el epígrafe me sacudió como una corriente de diez mil voltios: SE BUSCA A ESTE HOMBRE. ¿LO HA VISTO

USTED?

Compartiendo los honores de la primera página conmigo estaba Laura Struthers, vestida con una malla y un tapado de piel.

Bueno, mi tarea era fácil. Todo cuanto debía hacer era: esconderme de los millares de detectives aficionados de la ciudad, encontrar a mi doble, resolver un asesinato y recobrar doscientos cincuenta mil dólares.

Terminé de comer y salí a la calle. Caminé dos cuadras y llamé a un taxi. Me senté en el asiento de atrás, sostuve el diario abierto frente a mi cara, y le dije al conductor:

—Demos unas vueltas.

—Sí, señor.

Al cabo de unos minutos, comenté:

—¡Mujeres, que se vayan al diablo!

El conductor tenía la cabeza como una calabaza vacía.

—¿Casado? —preguntó.

—Sí —dije.

—¿Suegra?

—No, volví borracho ayer a la noche. Una fiestita. Se enojó. La zarandeé un poco.

—Hay que tratarlas con rigor.

—Me echó de casa. Dijo que llamaría a la policía. Dijo que iría a ver a un abogado hoy.

—Mejor para usted.

—No, es una buena chica. Una belleza.

—No hay que casarse nunca. Ese es mi consejo.

—No había otra solución. Usted me entiende, ¿no?

Rio.

—Es de ésas, ¿eh?

—Una chica debe cuidarse. No tengo nada contra ella.

—¿Y por qué no vuelve a su casa y habla con ella antes de que llame al abogado?

—No puedo. Trabaja.

—¿Dónde?

—En un banco. Ese que asaltaron.

—¡No me diga! ¿Por qué no la pesca antes de que entre?

—No quiero hacer una escena en la calle. Es capaz de llamar a la policía. Ya lo hizo una vez. Y con seguridad que ese banco hoy es un hormiguero de policías.

—Parece que no hay remedio.

—Sí, así parece. Pero lo esperaba. Ya me había dicho que la próxima vez que volviera mareado, todo se terminaría.

Estuvimos callados. Luego agregué:

—Oiga, no lo quiero mezclar en mis líos, pero si le paso un par de dólares a lo mejor usted me ayuda.

—Seguro.

—Pensaba que si pudiera agarrarla justo cuando llega al trabajo y meterla en el taxi, y si diéramos luego unas vueltas y conversáramos un poco, a lo mejor podríamos ponernos de acuerdo…

—Seguro que podrían.

—A usted no le importaría, ¿no? Se va a defender como un gato salvaje.

La conozco del derecho y del revés. Le pedirá que llame a la policía…

—Seré una tapia, compañero. Cierre la ventanita que me separa de todos ustedes, y no oigo nada.

—Es un gran favor que me hace.

—Olvídelo.

—Bueno, vamos al banco.

Fuimos hasta el banco y estacionamos en el espacio reservado para coches blindados.

—¿No tendrá un amiguito? A veces usan la excusa de la bebida…

—Que yo sepa, no. Le aseguro: si arreglo ésta, me reformo.

—Ella debería darle otra chance.

Miré por la ventanilla y vi a la rubia secretaria de Dawson acercándose desde la esquina. Traía puesto un impermeable verde claro y era realmente hermosa, aun yendo al trabajo.

—Ahí viene —dije.

El conductor silbó.

—Ya veo de qué me hablaba. Me gustaría un poquito para mí.

Abrí la puerta.

—Mejor que ponga el motor en marcha —bajé y le corté el paso—.

Métase adentro —le ordené—. Y le di un empellón. Comenzó a clamar por la policía. Le guiñé al conductor. Me hizo una seña y partimos. Cerré la ventanita que nos separaba. Me volví hacia la rubia. La rodeé con mis brazos y traté de besarla. Comenzó a arañarme. Su vestido se levantó.

Alcancé a ver carne blanca sobre el tope de las medias. Entonces aflojé un poco mi abrazo. Ella se zafó y me abofeteó. Podía ver al conductor por el espejito. Sonreía.

—De nada valdrán los gritos —le dije—. El conductor es amigo mío.

Compañeros de colegio.

—¿Qué pretende usted?

—Salvarte la vida. Nena, estás metida en un lío. Alguien fue asesinado ayer por saber tan poco como lo que sabes tú. Lo más afortunado que te ha sucedido es que yo te haya raptado. Uno ya no sabe cuándo está de parabienes.

Estaba sentada en su rincón, erguida, arreglándose las ropas. Extrajo un espejito de su cartera y se arregló el cabello.

—Tú sabes quién soy, ¿no? —le dije.

—No podía evitarlo.

—Bueno, te contaré una breve historia. Había una vez un tipo llamado Vance Westfall que fue al Securities Exchange Bank a pedir trescientos dólares prestados porque pensaba estar fuera de la ciudad durante un mes

con el fin de escribir algo. No sólo iba a estar un mes fuera de la ciudad, sino fuera del contacto con cualquier conocido. Y había un tipo que había estado esperando una oportunidad como ésta. Había estado esperando la oportunidad perfecta de alzarse con un cuarto de millón de dólares. Su plan era el de conseguir que un cómplice asumiera la personalidad de Westfall y aceptase trabajo en el banco. Todo era perfecto porque Westfall había sido contador antes de la guerra y estaba calificado para trabajar en un banco. El plan era que el cómplice robaría el dinero de una fábrica y se esfumaría. La policía buscaría a Vance Westfall. Quizá Westfall podía probar que era inocente. No importaba. Si lo hacía, la policía debía comenzar a buscar a otro, un hombre invisible, sin cara ni nombre. O quizá el verdadero Vance Westfall no tendría oportunidad de probar su inocencia. Quizá los conspiradores lo envolverían en una frazada de cemento y ahí terminaría el caso. De todos modos, el plan fue puesto en marcha. Los conspiradores consiguieron fotos de Westfall. El cómplice, que era probablemente un buen actor, fue preparado para que se pareciese a Westfall. Todo se planeó hasta el más ínfimo detalle. Hasta usaron el número de seguro social de Westfall e imitaron su firma, pues tenían ambas cosas en la solicitud de préstamo. Pero se excedieron un poco en sus cuidados. No quisieron arriesgarse a que una carta del banco, por ejemplo, una nota de retención de fondos, fuera enviada al verdadero domicilio de Westfall y de ahí se la mandaran a él, estuviera donde estuviera. Así es que le pusieron un domicilio falso. Pero tampoco podían correr el riesgo de que una carta fuera devuelta al banco con el sello de Domicilio desconocido. Podría dar motivo de sospechas. Así es que tuvieron que alquilar una pieza en el falso domicilio. Luego todo lo que tenían que hacer era recostarse a esperar que regresara Westfall a la ciudad, porque si operaban antes, a él no le habría sido difícil ofrecer una coartada.

Pero en cuanto él regresara, podrían robar el dinero y el doble podía desaparecer —la miré—. ¿Me oyes?

—Sí, le escucho.

—Todo fue perfectamente planeado, pero olvidaron una cosa. El factor suerte. Cuando la nota de retención fue enviada al domicilio falso, la encargada del edificio escribió en el sobre “No se encuentra”, en lugar de quedarse con él, porque nadie utilizaba esa pieza. Y el correo envió la carta

al verdadero Vance Westfall. Y el verdadero Vance Westfall llegó a la ciudad más o menos en ese momento. Vio la nota y fue al banco a preguntar de qué se trataba. Westfall llegó al banco y había tres personas ahí que tenían contacto con él. Uno era un hombre llamado Struthers, otro era un hombre llamado Dawson, y la tercera es una secretaria rubia que está tan sorprendida de verlo que da un gritito de asombro. La razón es que ella ha visto una foto de Westfall sobre el escritorio de Dawson. La suerte entra en el cuadro una vez más, porque Westfall descubre la susodicha foto. Se la mete en el bolsillo al salir del banco. En esta historia, Dawson es el cerebro.

Sabe que Westfall sospecha, y de todos modos, Westfall está de regreso en la ciudad, que es lo que faltaba para poner en marcha el plan. Así es que se da orden al cómplice de que el dinero se sustraiga de inmediato. Y así se hace.

Saqué mi pipa y la encendí. Entonces continué:

—Ahora sólo quedan unos cuantos hilos que atar para terminar el asunto. Struthers tiene que ser eliminado. No sólo porque él fue quien tomó la solicitud original de préstamo de manos de Westfall y podría respaldar el alegato de inocencia de éste, sino también porque Struthers habló con Westfall ayer a la tarde. Dawson sabía desde un principio que Struthers debía ser liquidado, así es que unas semanas antes había robado la pistola de Westfall de su departamento. Esa sería el arma asesina.

Me recliné en el rincón del taxi y la miré. Finalmente ella dijo:

—No lo creo.

—¡Mil diablos! —dije—. ¡Tienes que creerlo, porque si no lo crees terminarás con dos metros de tierra encima! Dawson tiene que liquidarte por el mismo motivo que liquidó a Struthers. Tú me viste entrar a hablar con él ayer a la tarde, y eres el tipo de testigo presencial que él no puede permitirse que aparezca. Y no puede arriesgarse a que hayas visto la foto sobre su escritorio, porque sabe que te andarás preguntando qué hacía mi foto en su mesa antes de que hubiera asesinato y antes de que hubiera robo.

Porque sin duda viste la foto ahí, ¿no?

—Sí.

—Y es por eso que te sorprendió tanto verme ayer, ¿no?

—Sí. Lo pude reconocer de la foto, aunque no tenía bigote y su cabello estaba más corto.

—Nena, yo no aseguraría tu vida ni por cinco centavos.

Supongo que conté todo demasiado rápido, porque me sonrió escépticamente:

—Míster Westfall, su cuento es muy ingenioso, pero yo no creo una sola palabra de él.

—Bueno, no crees una sola palabra de él, está bien. Pero antes de repetírselo entero a Dawson o a la policía, fíjate si Dawson te pregunta o no por esa foto hoy a la mañana.

—Sería natural si me lo preguntara. Al fin y al cabo, ha desaparecido.

—Sí, pero no lo será tanto que te pregunte si sabes de quién es esa foto; y eso es lo que te preguntará, porque temerá que sepas demasiado.

—Veremos. ¿Por qué me dice todo esto?

—Tuve la loca idea de que eras demasiado joven para morir. Y necesito alguien que trabaje en el banco para que me ayude.

—Se equivocó de persona.

—Es una lástima. Para ambos.

—Dígale a ese gorila de su amigo que detenga el taxi.

—Te dejaré bajar. Quizá cuando Dawson comience a hablarte de la foto cambies de idea. Te esperaré a las ocho frente al Edificio de Comercio —

golpeé en el vidrio y le hice señas al conductor de que parara—. ¿Cómo te llamas? —pregunté a la rubia.

—Misty. Misty Thompson.

—Bueno, Misty. Te espero a las ocho.

—Adiós, míster Westfall —dijo. Abrió la puerta y bajó a la calle.

Abrí la ventanilla de vidrio entre el conductor y yo, y le dije:

—Dé vuelta a la esquina.

—¿Qué tal le fue?

—Creo que está arreglado. Pero no sé. No le tengo confianza.

—Está para comérsela —comentó el conductor, pensativo.

—Sí —dije—. Llegamos a una luz de tránsito y al bajarme le di cinco dólares. Doblé la esquina y llamé a otro taxi, del cual me bajé a las cuatro

cuadras para tomar otro. Viajé diez cuadras, descendí, y seguí a pie. Llegué a una tienda, me dirigí al mostrador de cosméticos, y le dije a la empleada:

—Mi mujer me pidió que le comprara tintura. Quiere teñirse el cabello de rojo por un tiempo.

—¿Qué color de cabello tiene?

—Rubio.

Tomó un paquete del otro lado del mostrador y me lo alcanzó.

—Dígale que pruebe esto.

—Gracias —pagué y salí—. La venda me pesaba sobre la mejilla y el ojo. Sentí un vértigo en el estómago. Recordé que la había tenido puesta mientras hablaba con Misty. Si ya le había contado todo a la policía, a estas horas mi disfraz era conocido en todas las seccionales.

Vi una estación de ómnibus. Entré al baño y le puse llave a la puerta. Al salir, quince minutos después, era pelirrojo. Me dejé el vendaje puesto.

Tenía que correr el riesgo. Era mejor que andar mostrando la cicatriz.

Mi billetera contenía todavía veinte dólares, pero eso sería todo lo que tendría en adelante, aunque planease ir a Sudamérica. A menos que me decidiera a hacer un cheque y firmarlo Vance Westfall.

Caminé con la cabeza gacha. Cada vez que alguien me miraba, se me subía el corazón a la boca. Tropecé con una señora que empujaba un cochecito de bebé, murmuré una disculpa y apreté el paso. Me di vuelta para ver qué hacía. Se había quedado mirándome. Comencé a correr.

Detente, me grité a mí mismo. Seguí caminando.

Un borracho sin saco y de nariz bulbosa y sucios bigotes grises que brotaban de sus mejillas y hasta de su mentón, me acorraló y comenzó a limosnearme. El hedor a ropa sucia y a tabaco era abrumador.

—¿No tiene trabajo para mí, caballero?

—No —traté de separarme.

Se me colgó, siguiéndome.

—No le mendigo —dijo—. Quiero trabajar.

—No lo puedo ayudar.

—Caballero, ¿no me prestaría unas monedas?

—No. ¡Fuera!

Llegamos a la esquina y debimos esperar a que cambiasen las luces. La gente nos miraba. Me sudaban las palmas de las manos. Me temblaban las piernas. Un policía nos vio. Comenzó a acercarse. Me di vuelta y traté de regresar por donde había venido. El policía me gritó. Me detuve. Asió al borracho y me dijo:

—¿Este vago lo estaba molestando?

—No, no es nada.

—Será mejor que me lo lleve.

—No hizo nada.

—Treinta días a la sombra no le vendrá mal.

—Sí, bueno… Tengo una cita…; me voy.

Extrajo una libreta de anotaciones.

—No le llevará ni un minuto, señor. ¿Su nombre?

—George Johnson. Vivo en Toledo. Viajo para allá esta noche.

—¿En dónde se puede dar con usted, señor?

—En el Colchester.

—Gracias, señor.

Comencé a alejarme. Luego de un minuto junté coraje para volverme a mirar. El agente estaba junto al teléfono policial, llamando a la comisaría.

El borracho estaba junto a él. Metí la mano en el bolsillo en busca de mi bolsita de tabaco.

Quedé helado.

Me faltaba la billetera. El borracho tenía ahora todo mi dinero y además toda mi identificación.

Corrí de nuevo hasta el policía, aún junto al teléfono. Señalé al borracho.

—Me ha robado mi billetera.

El borracho gruñó:

—No he robado nada.

El policía lo registró y extrajo una billetera. La mía, sin duda.

—¿Es suya? —me preguntó. Yo asentí.

—Míster Johnson, tendrá que reclamarla en la comisaría. Debo comunicar al sargento. Y usted tendrá que firmar un recibo.

—¡Pero, no puedo! ¡Tengo una cita de negocios! ¡Ya es tarde!

El borracho dijo:

—No es su billetera. Es la mía.

—Te callas —le dijo el agente.

—Deme la billetera —dije— y regresaré luego a firmar el recibo.

—Está prohibido por el reglamento, señor.

—¿Y si firmo el recibo ahora?

—Habrá que levantar un acta.

—Oiga —dije—, si tengo que esperar esta billetera pierdo la cita. Si pierdo la cita, pierdo un negocio de cuarenta mil dólares. Si pierdo eso, le aseguro que lo demando a usted, al intendente, y a toda esta maldita ciudad.

¡ Deme esa billetera!

Titubeó. Entonces el borracho insistió:

—No es suya.

—Veamos la identificación —dijo el agente.

Lo tomé del brazo.

—Mire. Tengo que llevar a esta gente a almorzar. Deme el dinero que hay ahí adentro y volveré luego a firmar el recibo.

Oí sirenas a pocas cuadras.

—Tendrá que esperar, míster Johnson, hasta que verifique la identidad.

—Muy bien —dije—, usted lo pidió. Demandaré a la ciudad. Se meterá usted en un lío tan tremendo que no le hará ninguna gracia. No puedo detenerme a discutir, tengo que correr, pero ya va a tener noticias mías.

Corrí.

Estaba a media cuadra cuando lo oí gritar. Ya sabía yo quién era.

Esquivé varias caras asombradas. Me lancé a través de la calzada, escapándole por centímetros a un taxi que se clavó con gran chirrido de frenos y trompeteo de bocina. La vida tranquila me había echado a perder un poco. Mi respiración se agitaba y me dolía un costado. Entré en la sucursal de una gran tienda y bajé las escaleras hasta el subsuelo.

Caminando, me grité a mí mismo.

Caminé por el pasillo central hasta el otro extremo del edificio. Me hallaba en el Departamento de Artículos de Sport para Caballeros. Comencé a subir las escaleras. Me detuve. Dos policías habían pasado frente a las escaleras, en el piso de arriba. Di media vuelta y volví al Departamento de

Artículos de Sport para Caballeros. Vi unos pantalones de ski sobre el mostrador, en mitad del pasillo. Tomé unos de la medida treinta y seis, y busqué un vendedor.

—Ando con mucha prisa —dije—, ¿dónde puedo probármelos?

—Por aquí, señor —dijo.

Me enseñó una pequeña cabina y cerré la puerta. Esperé cinco minutos y abrí la puerta. Los dos policías patrullaban el pasillo central. El vendedor estaba cerca.

—¿Cómo están, señor?

—Un poco ajustados. ¿No tendría un tamaño mayor? ¿Algo en azul? ¿Y

unos zapatos de ski? No me gusta comprar pantalones sin probarme unos zapatos de ski. Porque he comprado antes pantalones que parecían justos, y luego uno compra los zapatos y entonces tiran demasiado. Calzo cuarenta y tres.

—Veremos, señor.

Volví a cerrar la puerta.

Revisé mis bolsillos para ver cuánto tenía en monedas. Lo conté dos veces, tratando de que aumentara. Tres dólares con ochenta centavos.

Cuando volví a abrir la puerta, la policía ya no estaba. Trepé las escaleras y salí a la calle. Unas mujeres miraban al azar unos maniquíes en las vidrieras. Un negrito barría la vereda. Seis o siete hombres, junto al cordón, miraban trabajar a un equipo municipal que excavaba en el centro de la calle. Un ciego vendía lápices en la esquina.

¿De qué tenía miedo? Era un día como cualquier otro.

Doblé a la derecha, caminé unas cuadras, y llegué a un cine barato.

Compré una entrada y me metí. Debía haber comprado una máscara de oxígeno, de paso. Era como estar en el vestuario de un gimnasio mal ventilado.

Me quedé allí sentado, tratando de encontrar la gran idea que me sacara de este laberinto, pero en lo único que podía pensar era en que la policía tenía ahora mi billetera y sabía que yo me había teñido el cabello.

A la hora de almorzar salí al vestíbulo y puse una moneda de cinco en una de las máquinas de golosinas que había allí. Luego volví a entrar al cine. Ver la película por segunda vez no fue tan horrible. Lo malo fue la

tercera vez. Pero finalmente el reloj junto a la pantalla indicó las seis y media; ya estaría oscuro afuera. Entré al baño de hombres para lavarme un poco la cara y vi un sombrero colgado en una percha junto a la puerta. No había nadie a la vista. La puerta de la cabina del inodoro decía ocupado. Me puse el sombrero. Había un saco bajo el sombrero. Me quité el mío y lo dejé en la percha. Me llevé el otro.

Encontré una farmacia y busqué en la guía el domicilio de Dawson.

Esperé un ómnibus y bajé unas cuadras antes de su departamento. El portero me dio el número de su habitación. Subí en el ascensor y ya me acercaba a su cuarto cuando comenzó a abrirse su puerta. Me metí en un hueco de la pared. Segundos después, Laura Struthers pasaba frente a mí, del cuarto de Dawson hacia los ascensores. Oí el ruido del ascensor, y aguardé unos tres minutos antes de ir a la habitación de Dawson. Golpeé. Se abrió la puerta, y allí estaba él, con chaqueta de terciopelo negro y un whisky en la mano. Sonrió cordialmente.

—Adelante, míster Westfall.

Entré. Con razón necesitaba robar un cuarto de millón de dólares. La instalación de aquel departamento debía de haberle costado una fortuna. Las paredes estaban recubiertas de caoba. En el medio de la pieza había una pequeña pileta. El moblaje estaba tapizado en cuero rojo. La alfombra era tan acolchada que se podría haber nadado en ella.

—Lindo sitio —dije.

—Aquí puedo descansar al fin del día.

—¿Tiene un revólver en el bolsillo de eso que lleva puesto?

—Quizá.

—No sé cuál es su próxima jugada en nuestra partida de ajedrez, Dawson, pero ya la ha perdido. ¿Quiere saber por qué?

Sonrió.

—Prosiga.

—La foto que hallé en su escritorio… Un amigo mío con el equipo apropiado buscó en ella las impresiones digitales que podría haber. Y

encontró las mías. Pero también las de algún otro. Estas últimas son las mismas que aparecen en la carta que, pidiendo referencias, usted le escribió

a mi antiguo patrón. De ese modo probaré que usted tenía mi foto sobre su mesa antes del crimen y del robo.

—Mi querido amigo, no lo negaría. ¿No recuerda acaso que usted mismo nos dio esa foto cuando vino a pedir trabajo?

Oí una sirena en la calle.

—Debe ser la policía —dijo Dawson—, miss Struthers lo vio a usted escondido en ese hueco cuando pasó, yendo al ascensor. Me telefoneó desde la planta baja y yo llamé a la policía. ¿Por qué no se tranquiliza y toma algo?

—Dawson —le dije—, usted no está tan loco como para entregarme,

¿no? Ha preparado un lindo enredo, pero habrá mucho que deberá explicar usted cuando le cuente mi historia a la policía. De todos modos, tengo una cita con otra persona esta noche, así es que deles mis saludos a los agentes,

¿quiere?

Eché a correr hacia la puerta, pero no llegué muy lejos. Una fea pistola automática había hecho su aparición en su mano.

—Usted tiene fama de escapar a la policía —dijo—. Es por eso que recibirá un balazo al tratar de huir —miró su reloj—. Dentro de unos dos minutos.

Callamos. Podía ver el dedo de Dawson en el gatillo, tenso y blanco.

Sonreía, pero sus ojos, detrás de sus anteojos de marco negro, eran duros como balas.

—Dawson, usted olvidó una cosa —observé.

—Queda un minuto —dijo.

—Olvidó lo que al final de cuentas lo liquidará, Dawson. Sus impresiones digitales están en la cómoda de mi dormitorio. Ahí quedaron cuando fue a buscar mi revólver. Son mejores aún las que usted dejó en mi valija, cuando la abrió para sacar la peluca. Y tenemos fotos de ellas, mi amigo y yo. Llegarán hasta la policía con una declaración jurada acerca del sitio en que las halló, si no recibe noticias mías dentro de cuarenta y cinco minutos.

Respiré hondo.

—¿Usted creía que sería tan tonto venir hasta aquí sin alguna clase de protección? —comencé a caminar—. Saldré por esta puerta, Dawson.

Esos tres metros hasta la puerta me parecieron mil millas. Mis piernas estaban por ceder.

Extendí una mano y toqué el picaporte. Abrí la puerta. Salí. Oí voces que venían del ascensor; rápidamente me metí en el hueco y vi pasar a Ed Brocha seguido de tres agentes.

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