Una hermosa trampa
Capítulo V
Bajé hasta la calle por la escalera de incendio.
Luego me encaminé hacia el Edificio de Comercio para cumplir con mi cita con la secretaria de Dawson —si es que ella aparecía—. Me estacioné en un zaguán a una media cuadra del Edificio de Comercio, en la acera de enfrente. No se veía a nadie. Si ella había avisado a la policía y me esperaban, por cierto que estaban bien escondidos.
Unos minutos después de las ocho, oí un taconeo femenino en la otra acera. Misty. Sola. Llegó a la entrada del Edificio de Comercio, miró su reloj, y comenzó a pasearse de un lado al otro. Me quedé donde estaba.
Pasaron veinticinco minutos.
Un agente de facción pasó junto a ella y la miró, sospechoso. Eso la decidió. Comenzó a caminar de regreso en la dirección de la que había venido. La dejé adelantarse una cuadra; nadie la seguía, nadie salía de ningún escondite. Entonces fui tras ella, lentamente, de mi lado de la calle.
Entró en una farmacia. A través de la ventana vi que telefoneaba.
Cuando salió crucé la calle para cortarle el paso y la tomé del brazo antes de que me viera.
—¿A quién llamabas, Misty? ¿A la policía?
Sus ojos llamearon.
—No confías en nadie.
—No. ¿A quién llamabas?
—Llamaba al tipo que planté para poder venir aquí esta noche.
—Bueno, bueno, perdóname. Tenía que esperar a que te fueras, para saber que no me estaba metiendo en una trampa.
Miré a mi alrededor. Estábamos demasiado al descubierto. La tomé del brazo y la llevé por una calle lateral.
—¿Qué hubo hoy? ¿Preguntó Dawson por la foto?
Asintió, y por primera vez pude ver lo tensa que estaba su cara bajo el maquillaje.
—Quería saber si alguna vez había visto la foto que ayer estaba sobre su mesa. Le dije que sí. Luego, bromeando, preguntó si sabía de quién era la foto.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que me parecía que era la persona que había estado ayer a la tarde.
—¿Le dijiste eso?
—Lo siento. Supongo que entonces todavía no te creía.
—¿Pero ahora?
Me miró, y sus ojos denotaban miedo.
—Aquí estoy, ¿no es cierto?
—Sí. Me gustaría saber para qué. No habrás hablado con Ed Brocha,
¿no?
—¿Quién?
—Nadie…
Se detuvo.
—Mira —dijo—, creí que habías pedido que viniera. Debo haber entendido mal. Quizá sea mejor que me vaya.
—Seguramente.
Pero no se movió. La miré y vi que sus labios temblaban. Mi Dios, pensé, en cinco segundos estará llorando.
Le dije:
—No quiero que te vayas, Misty, y no te conviene irte. Es simple como el abecé. Te necesito porque estás dentro del banco y me necesitas porque soy la única persona que trata de desenmascarar a Dawson. Y mientras Dawson esté en circulación, tú corres el peligro de terminar como Struthers.
Entendido, ¿no?
—Sí.
—¿Me ayudarás?
—Sí —consiguió sonreír—. ¿Qué debo hacer?
—¿Vives sola?
—Sí, tengo un departamento.
—¿Tienes algo de comer allí arriba?
—Sí.
Pensé en el caramelo que había sido mi almuerzo.
—¿Por qué no me llevas y me das de comer?
Asintió.
—Será mejor que tomemos un taxi.
—No podemos. Alguien me robó la billetera —palpé automáticamente el bolsillo—. Había algo. Metí la mano y saqué una billetera. Me eché a reír.
—¿Qué pasa? —dijo.
—¡La billetera! Hace un rato robé el saco de un tipo. Debo haberle robado la billetera también —miré adentro. Habría unos sesenta dólares—.
¿Quieres ser cómplice de un delito? —dije.
—Seguro.
—Bueno, tomemos un taxi.
Esta vez fue distinto que a la mañana. Ahora me acompañaba el tibio aroma perfumado de su presencia.
—Cuéntame qué pasó en el banco hoy —dije.
—Hubo policía entrando y saliendo todo el día. Y gente de la compañía arrendataria. Míster Dawson se fue temprano.
—¿Hizo algo raro?
—Al menos yo no vi nada.
—Estuve con él esta noche. Trató de matarme.
Pude oír su respiración profunda, temblorosa.
—¿Conoces a Laura Struthers? —pregunté.
—Sí —susurró.
—Está con él. Salía de su cuarto cuando yo llegaba. Tiene que haber un motivo importante para que Dawson se complique en un crimen y en un robo. Y el motivo muy bien puede ser una mujer.
—¿Te parece tan bonita?
—No diría bonita.
—¿Y la viste salir de su departamento?
—Sí, y supongo que ella me vio esconderme en el pasillo. Es una buena actriz. Pasó junto a mí sin alterarse, bajó y le avisó a Dawson. Él me
esperaba con un revólver. Y le dije que sus impresiones digitales estaban en mi departamento. Le dije que un amigo mío estaba listo para mandar una foto de las impresiones digitales a la policía si yo no aparecía. Me dejó ir.
—Pero, ¿por qué lo hizo? Si te dejaba ir, podía imaginar que tú mismo las mandarías.
—Sí, pero necesitaba tiempo para darse cuenta de eso. La policía ya estaba en el edificio cuando le dije lo de las impresiones.
—¿Qué harás con las impresiones? ¿Las mandarás a la policía?
—No hay tales impresiones, Misty.
—¿Lo engañaste?
—Sí.
Miró hacia afuera un rato antes de decir:
—¿Qué debo hacer en el banco?
—¿Hay alguna manera de escuchar las conversaciones telefónicas con Dawson, desde tu escritorio?
—Sí.
—Muy bien. Quiero que mañana interceptes todas sus llamadas. Quizá entre en contacto con mi doble. Si lo ubicamos, podremos abrirnos paso en esta maraña. Revísale el escritorio cuando salga a almorzar. Quizá encuentres una llave de su departamento. Me gustaría revisarlo.
—¿Y tú qué estarás haciendo?
—No sé. Hay un punto, en alguna parte, que he pasado por alto. Quiero encontrarlo. ¿Qué es lo que Struthers descubrió ayer por la tarde como para que quisiera hablarme? ¿Cómo hicieron para que mi doble se pareciera a mí? Debía tener un maquillador profesional. Quizá tenga que llamar a todos los maquilladores de la guía telefónica. No sé. No puedo pensar más. ¿Falta mucho para llegar?
—Una cuadra.
—Desde aquí caminaremos.
La calle estaba desierta. Misty me dijo el número de su departamento y la mandé adelante. Cuando llegué, unos minutos después, ya estaba trabajando en la cocina. Me senté en un banquito junto a ella y la miré. Al mirarla, pensé en la brillante carrera que podía hacer, con esa exuberante cabellera rubia y aquellos sensuales labios carnosos.
Su voz me sobresaltó.
—Te has teñido el pelo —asentí, y ella agregó—: Me gusta.
Unos minutos más y ya ponía delante de mí un plato de huevos con tocino.
—¿Te sientes mejor? —preguntó al rato.
Asentí.
—Vance —dijo—, esa cicatriz en tu mejilla derecha…, ¿cómo fue?
Me la palpé con la mano. Entonces me di cuenta.
Salté de la silla.
—¡Caracoles! —dije—. ¡La cicatriz! ¡Esa es mi coartada!
Creyó que me había vuelto loco.
—Misty —grité—, la cicatriz prueba que no estaba trabajando en el banco. Porque mi doble no tenía cicatriz. No la podía tener porque cuando me fui de Middleburg yo mismo no la tenía. Pero ahora sí la tengo. Y
cualquier médico puede probar que hace más de una semana que la tengo.
Eso significa que no era yo la persona que trabajó en el banco esta última semana.
Pero Misty meneó la cabeza.
—No sirve, Vance. Cualquier mujer te lo puede explicar. Ven conmigo
—y se dirigió al dormitorio.
La seguí a una habitación pequeña, con cortinas baratas de cretona, y cuadritos sin importancia en las paredes. Se sentó en un taburete y tomó un frasco.
—Siéntate aquí —dijo—. Te maquillaré.
Comenzó a aplicarme crema, y en un par de minutos dijo:
—Mírate en el espejo.
Miré. La cicatriz casi no se veía.
—No es un trabajito muy profesional —dijo—. Alguien con el equipo apropiado podría hacerla desaparecer del todo. Pero te puedes dar cuenta de lo que significa.
—Sí. Podría haber sido yo el del banco, con o sin cicatriz. En el banco, la escondo con maquillaje. Luego, si me pescan después del robo, digo que no fui yo porque el hombre que se llevó el dinero no tenía una cicatriz.
Asintió.
—Lo siento, Vance.
De pronto pareció darse cuenta de nuestra proximidad en el taburete. Se sonrojó y se puso de pie.
—Te puedes quitar eso en el baño —dijo.
—Me lo dejaré. La policía busca a un hombre con una cicatriz en su mejilla derecha. Son pequeñas ventajitas —me puse de pie—. Gracias por la comida, Misty. Nos pondremos en contacto mañana.
Meneé la cabeza.
—Yo daré contigo.
Suspiró.
—Todavía no confías en nadie.
—No, no del todo.
—Debe ser una vida solitaria.
—Sobrevivo, lo cual es el noventa por ciento de la batalla. ¡Qué diablos! ¿Cómo hago para saber que en realidad no estás al servicio de Dawson?
—Así es —dijo amargamente—. Soy su secretaria. Podrías tener razón.
¿Por qué no te vas y no vuelves a ponerte en contacto conmigo mañana, ni nunca?
Creo que el haberla tocado fue el motivo. De pronto estaba junto a mí, hecha toda emoción y mujer, sollozando silenciosamente en mi hombro. La apreté fuerte contra mí y hundí mi cabeza en ese cabello hermoso.
—Misty, Misty —dije suavemente.
Me miró y susurró:
—Vance, tengo miedo. Estoy asustada.
Le quité un mechón de sus ojos y nuestros labios se juntaron. Ese primer contacto fue un vino salvaje, un vino dulce. Sus manos se aferraron a mi espalda, y navegamos la loca corriente de nuestras emociones. Había en mí un incontrolable deseo físico que me tentó a rasgarle el fino vestido que llevaba puesto para que la total perfección de su cuerpo apareciera desnudo ante mí.
Luego, no sé cómo, nos controlamos y quedamos de pie, un poco separados, embarazados e incómodos y conscientes de lo que en realidad éramos: extraños. Quise disculparme, pero no había palabras, por lo menos
en el lenguaje que habíamos estado usando. Se dio vuelta para arreglarse el vestido y aún este gesto casual era rico en matices íntimos. Finalmente dijo:
—Fue culpa mía, Vance.
—No sentí ningún dolor —dije.
—No me dejes sola esta noche, Vance. Tengo unas frazadas de más.
Puedes hacerte una cama en el sofá.
Yo era demasiado consciente de su preocupado pudor, luego de nuestros abrazos involuntarios, como para ver en ello cualquier otro tipo de invitación; así es que, diez minutos después yacía sobre el sofá en la oscuridad, mirando cómo las luces de la calle jugaban en el techo, y escuchando la lenta respiración de Misty que llegaba por la puerta entreabierta de su dormitorio.
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