Una hermosa trampa
Capítulo XI
En la Biblioteca Pública me dirigí a la Sala de Consultas y busqué en la Guía de la Ciudad hasta dar con el domicilio particular de un Fisk que trabajaba para la Gibraltar Fidelity. Entonces le telefoneé.
Cuando hubo contestado, le dije:
—Habla Westfall. No trate de localizar esta llamada. Colgaré antes de que intente nada.
—¿Qué quiere?
—¿Me puede ver dentro de una hora?
—¿Por qué?
—Encontré el dinero.
—¿En dónde?
—Se lo diré si me encuentra en el bar de la calle Veinticinco y Martí.
—Tengo el pálpito que no irá.
—Tengo el pálpito de que es mejor que usted vaya.
Hubo una pausa. Por fin, dijo:
—¿Una hora?
—Sí, pero no traiga a ninguno de sus amigos de la Policía. Porque si lo hace no hay apuesta que valga.
Colgué y llamé a mi amigo Harry, el que había hurtado las cartas sobre mi falsa solicitud de empleo. Harry y yo habíamos sido buenos amigos hacía tiempo. Tenía que confiar en que lo fuese mejor ahora. Contestó al teléfono. Dije:
—Harry, habla Vance.
Su voz pareció titubear.
—Ah…
—Te daré la mitad del cuarto millón si me haces un favor.
—¿Dónde estás? —preguntó—. ¿En la cárcel?
—Harry —dije—, gracias por no decirle a la policía que yo te pedí que quitaras esas cartas de los archivos.
—¿Y crees que iba a decirles que los anduve revolviendo? ¡Soy padre de familia!
—Harry, si me ayudas una vez más, podré probar que soy inocente.
—¿Y a mí qué me importa lo que puedas probar? Déjame en paz,
¿quieres?
—Tú sabes que soy inocente, Harry.
—Yo no sé nada. Tengo una tara mental.
—Harry, si me pescan les diré que tú quitaste esas cartas del archivo.
—Ya veremos si se lo dices.
—Ya verás que se lo digo. Esto no es juguete.
Maldijo y preguntó:
—¿Qué quieres?
—Una coartada. Quiero que digas que he dormido en tu casa las dos noches pasadas.
—¡Estás loco!
—¡Maldito seas —le dije—, buen amigo resultaste! Ya te he dicho que nada tuve que ver con todo este asunto. Si puedes proveerme de una coartada para las dos últimas noches, podré probar precisamente quién fue el culpable.
—Si lo digo iré a la cárcel.
—Sí —dije—, tal vez. Y tal vez perdieras tu empleo si yo le digo a la policía que anduviste revolviendo ese archivo. ¿Qué es peor?
—Está bien. Estuviste con Betty y conmigo las dos últimas noches. Y
espero no verte nunca más —colgó.
Crucé la calle y entré en una papelería, donde compré una caja de papel para cartas y sobres, que hice empaquetar. De regreso a la biblioteca, me dirigí al fondo de la Sala de Consultas, tiré el papel a un canasto, y puse en su lugar el revólver que le había quitado a Dawson y la llave de su departamento. Empaqueté la caja y la até. Escribí con letras de imprenta.
“Para Mr. A. K. Marmon, Poste Restante. Reténgase hasta que se reclame”.
Por lo menos me libraba de un arma. Ahora me quedaba la que le quitara a Laura Struthers.
Compré estampillas, puse el paquete en un buzón, y llamé a la policía.
Al hombre que me atendió, le dije:
—Quiero denunciar que mientras caminaba por un corredor oí algo que pareció un tiro.
—Un minuto —respondió su voz inconmovible—, más despacio.
Entendámonos. ¿De qué corredor se trata?
—Hace unos minutos. Departamento Fortier. Cuarto piso. Habitación 432 —era el cuarto de Dawson—. Quizá alguien haya disparado contra otro.
—Sí —dijo la voz—, quizá. ¿Su nombre?
—Ah, eso no. No señor. No quiero mezclarme en nada. Sólo he querido cumplir con mi deber de ciudadano. Y eso es todo —colgué.
Salí y tomé un taxi hasta Solly’s, la casa de empeños donde Misty dijera haber comprado su revólver.
Solly era uno de los decanos de la gente que vive en ese angosto callejón que corre entre lo legal y lo ilegal; y sin duda era de los más hábiles cuando se trataba de cruzar de una vereda a la otra. Comprador de efectos robados un día, delator al día siguiente, había dedicado su vida al estudio de “la mejor oportunidad”.
Muchas veces había oído hablar de él, pero ésta era la primera vez que lo veía; un hombre corpulento, bien por encima de los ciento cincuenta kilos, que se movía a través del roñoso piso de su negocio, sobre un par de deformes pantuflas marrones y me miraba ahora con esos ojos casi escondidos tras unos enormes párpados blancuzcos.
Su voz era aguda, casi afeminada.
—¿Qué desea, caballero?
—Vi un revólver aquí, hace unos días —dije.
Le describí el revólver con que Misty había matado a Dawson.
—Quisiera comprarlo.
—Imposible —contestó—. Está vendido.
—¡Caramba! —dije—. Ese revólver me gustaba.
Se quedó inmóvil, con los brazos cruzados, sin decir nada.
—¿Quién lo compró? —pregunté.
Sonrió.
—Más bien entrometido, ¿eh?
—Supongo que así le parecerá, discúlpeme. Lo que pasa es que me hubiera gustado ese revólver. Eso es todo. Pienso que si conociera al tipo que lo compró podría dar con él y ofrecerle mucho más de lo que él pagó.
Lo siento. Debí haberme decidido hace algunos días, cuando todavía estaba a tiempo —hice una pausa—. Mire, si por casualidad tiene el nombre del tipo que lo compró y me lo puede dar, gustoso daría a usted cinco dólares.
Hasta eso haría por conseguirlo.
—No era un hombre. Era una dama —Solly se humedeció los labios ávidamente—. Una rubia preciosa. Debería cobrar cien dólares por dar el nombre de una nena como ésa, ¿me entiende?
—Sí —y me reí—, pero lo que me interesa es el revólver —saqué un billete de cinco—. Ahí tiene el dinero.
Consultó unas carpetas, detrás del mostrador.
—Se llama Ella Brown. El domicilio es Palmer Street 2560. A un par de cuadras de aquí.
—Bueno —dije— gracias. —Comenzaba a irme cuando Solly me gritó:
—Después cuénteme cómo le fue. Me refiero a la chica.
Salí del negocio y a un par de cuadras me metí en un pequeño restaurante. Pedí una albóndiga, la comí y volví a lo de Solly.
—¿Qué pasa? —preguntó Solly.
—Vea —dije—, le diré. Seguramente no debiera meterme, pero como usted me hizo un favor, recién, y yo tenía que pasar de vuelta por aquí, se me ocurrió que podía hacerle yo uno a usted. Usted se dejó engañar por esa rubia. No existe esa dirección. El nombre también era falso, seguramente —
me encogí de hombros—. ¡Qué diablos! A mí no me importa que una dama salga a comprar un revólver y dé un nombre falso, pero pensé que a usted le gustaría saberlo.
—Muy bien —dijo—, ahora ya lo sé.
—No se enoje conmigo. Se me ocurrió que podría quedar bien con la policía llamándolos por teléfono e informándoles sobre esta mujer. Me parece que usted anda en la buena, que el negocio florece, y que ésta sería una buena nota a su favor en el Departamento. Pero si quiere no me haga
caso, a mí no me importa. Como le dije, yo no tengo nada que ver, sólo que me daría pena perder ese revólver.
—Bueno, bueno —dijo—, no arme escándalo. ¿Y si le ofrezco otro revólver? Tengo muchos.
—Si tiene otro como aquél, me interesaría. Si no, seguiré buscando.
—Podría conseguirle uno igual. ¿Por qué no pasa mañana?
—¿A qué hora?
—Alrededor del mediodía.
—Está bien. Aquí estaré —miré a mi alrededor—. ¿Tiene Leicas?
También busco una. Con objetivo f2.
—Puedo conseguirle una de esas.
—Muy bien. Se ganó un cliente.
Le dije buenas noches y salí del negocio. En realidad no creía poder convencer a un hombre como Solly que engañara a la policía, pero por otra parte, Misty no era precisamente su amiga y quizá fuera ésta una de esas semanas en que necesitaba unas cuantas buenas notas en el Departamento.
Todo cuanto podía hacer ahora era esperar a ver qué sucedía.
Aguardé en la esquina y tomé un taxi que me llevó hasta el drugstore en donde debía encontrarme con Fisk. A media cuadra y cruzando la calle, encontré un restaurante desde el cual podía ver la entrada del drugstore. Me detuve frente al restaurante le hice señas a un taxi vacío. Le dije al conductor:
—¿Quiere ganarse cinco dólares?
—Quizá.
—Dentro de cinco minutos, un tipo llamado Fisk estará frente a ese drugstore. Cuando yo le haga una señal (yo estaré dentro del restaurante) usted pasa y lo levanta.
—¿Y después? ¿Lo rapto?
—Él lo estará esperando.
—¿Y adónde lo llevo?
—A la esquina de la 20 a Irving Place.
—¿Y los cinco?
Le entregué el dinero. Se estacionó junto al cordón. Entré al restaurante y miré a través de la vidriera hasta que apareció Fisk. Aguardé aún unos
minutos… luego usé el teléfono público del restaurante para llamar al drugstore. Le dije al empleado que me atendió:
—Hay un hombre llamado Fisk frente a su negocio. Debía encontrarme con él pero no podré. ¿Le sería posible llamarlo al teléfono? Quisiera darle un mensaje. El empleado dijo que estaba bien y se alejó. Unos minutos después, Fisk me hablaba:
—Hola.
Dije:
—Dentro de unos minutos un taxi pasará frente al drugstore. Del otro lado de la calle. Suba a él. El conductor sabe adonde llevarlo. Ahí estaré yo esperándolo.
—No sé por qué me presto a estos juegos.
—Sí que sabe. Porque quiere recuperar ese dinero.
—Hasta luego —dijo.
Le hice la señal al conductor. Puso el coche en marcha y se alejó lentamente hacia el drugstore. Fisk reapareció en la entrada del drugstore y miró a su alrededor. Vio el taxi y cruzó la calle. Subió. Cambió la luz de tránsito y el taxi tomó velocidad.
Lo seguí con la mirada durante una cuadra. Nadie iba detrás de él. Tal vez Fisk no hubiera avisado a la policía. Tomé otro taxi y le dije al conductor que siguiera al primero. Miré repetidamente por la ventanilla trasera. Nadie. El primer taxi dobló a la izquierda. Lo seguimos. Derecho cinco cuadras, y otra vez a la izquierda. Cuando por fin se detuvo, nos pusimos a su lado y le dije a Fisk que subiera. Di al conductor la dirección del departamento de Misty y partimos.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó Fisk—. ¿En el cementerio?
—En el departamento de la secretaria de Dawson. Su nombre es Thompson. Hacia allí nos dirigimos.
—Muy bien —dijo—, ya fui lo bastante tonto como para venir. De modo que también puedo escuchar su historia. ¿Qué papel juega ella aquí?
—Es la cabecilla. Dawson está loco por ella. ¡Qué mujer!
—Sí, la he visto.
—Esta tarde le dije que había escuchado una conversación entre Watson y Dawson, pero no le dije todo lo que sabía. Watson estaba enojado porque
Dawson había confiado el dinero a la Thompson.
—Me parece que esta tarde usted dijo que lo había forzado a Dawson a contarle dónde estaba escondido el dinero, cuando se encontraron en la casa de Forest Road.
—Eso es. Lo obligué a que me diera el nombre de la chica. Porque cuando escuché esta primera conversación, no oí el nombre, sino sólo el hecho de que una mujer tenía el dinero. Cuando me zafé de Watson inspeccioné la habitación de la Thompson. Allí es dónde encontré la sombrerera que le llevé esta tarde. Cometí el error, sin embargo, de no revisar la bolsa de lona antes de llevársela a usted.
—Un minuto. ¿Es la chica a quien usted me hizo telefonear esta tarde y que me dijo que Dawson tenía ayer una cita con alguien en Forest Road 7820?
—Eso es.
—Muy bien. Supongamos por un segundo que su historia acerca de Dawson sea cierta. Pero si esta chica estuviera en combinación con él, seguramente no me diría por el teléfono que Dawson está ligado de algún modo con Forest Road.
—Seguramente que sí se lo diría. Y le explicaré por qué. ¿Recuerda usted que le pedí que le hablara como si usted ya supiera que Dawson había ido a Forest Road? Bueno. Yo hablé con esta Thompson antes del almuerzo y le dije que pertenecía a la compañía de seguros y que quería almorzar con ella para hablar de algo relacionado con el robo. Nos pusimos de acuerdo en encontrarnos en el Brown Jug. Pues bien, nos encontramos y a pesar de que me reconoció no hizo el menor ademán de llamar a la policía. Eso, de por sí, es una prueba bastante perjudicial. Si era inocente, ¿por qué diablos iba a almorzar con alguien de quien los diarios decían que era un asesino y un ladrón? Puede llamar al restaurante para confirmar si estuvimos o no. Sea como fuere, le dije que le había dicho a usted que Watson había llamado a Dawson desde Forest Road cuando yo estaba allí.
—¿Cómo hizo para que le creyera que yo lo creería? Al fin y al cabo, era su palabra contra la de Dawson.
—La arrinconé. Le dije que usted no me había creído pero que también usted me había dicho que sería fácil verificarlo porque todos los teléfonos
del banco están intervenidos.
—Y ella naturalmente se tragó eso…, aunque está prohibido intervenir un teléfono sin orden judicial.
—Lo tragó —dije— porque estaba asustada y no pensaba en esos detalles. Y de todos modos, a lo mejor usted tenía una orden judicial. Le dije que usted podía llamar más tarde para preguntarle algo acerca de la cita de Dawson en Forest Road, y que si negaba saber nada acerca de la cita, sólo conseguiría despertar sospechas en usted, porque usted ya sabía, estando los teléfonos intervenidos, que tal cita había sido convenida.
—¿Así que usted pretendía que yo crea eso sencillamente en base a que su almuerzo con ella la asustó y la decidió a admitir la cita en Forest Road, cuando yo llamé esta tarde?
—Mire, aunque ella no me creyera, no podía correr el albur de si era o no cierta. Probablemente se figuró que si ustedes ponían en apuros a Dawson, convenía que ella simulara no tener nada que ver con él. Un modo de hacerlo sería proveer voluntariamente la información sobre la cita en Forest Road.
—¿De qué le serviría? Si deteníamos a Dawson, él la acusaría. Ella debía imaginarlo.
—Quizá piense deshacerse de él antes de que eso suceda. Diablos, no puedo saber todo lo que ella piensa. Usted me pidió que le explicara por qué ella le dio los datos de lo de Forest Road, y yo le expongo mi teoría. Quizá hubiera alguna otra razón. No lo sé. Le diré una cosa, sin embargo. Lo que le dije en el almuerzo la asustó. En un punto dado se puso de pie, y dijo que iba al toilette. Lo que en realidad hizo fue telefonear a su ala derecha, Dawson, y decirle que fuera a esperarnos al restaurante. Así lo hizo.
Cuando salimos, me dispararon un tiro. Eso lo puede verificar con la policía. Verá que tienen un tiroteo pendiente en sus archivos, frente al Brown Jug, hoy.
El taxi se detuvo. Estábamos frente al departamento de Misty. Pagué y entramos.
—¿Usted halló la sombrerera aquí? —me preguntó Fisk.
—Sí.
—¿Cómo hizo para entrar?
—Rehusó contestarle, y alego que podría incriminarme.
—¿Cómo entramos ahora?
—Supongo que estará en casa —llegamos a la puerta del departamento y golpeé. Aguardamos. No hubo respuesta.
—¿Ustedes tienen llaves especiales para estas circunstancias? —le pregunté.
—Sí, pero hay alguien que se encarga de esas cosas, y está de vacaciones descansando en una isla en la Bahía de San Francisco.
—Usted ya llegó hasta aquí —le dije—. ¿Por qué no sigue hasta el final?
—Maldito sea —estalló—, a usted lo busca la policía por dos asesinatos y el robo de un cuarto de millón de dólares. Me encierra en un baño y se lleva mis ropas. Me arrastra en mitad de la noche a cazar patos silvestres y ahora quiere que viole el departamento de una chica sin una orden del juez.
—Le he dado algunas pruebas de bastante peso.
—No me ha dado hasta ahora absolutamente nada.
—Usted no vino sólo por el viaje. Me creyó cuando le dije que había encontrado el dinero.
—Yo no le creo nada. Pero sucede que estoy al servicio de una compañía que me paga un buen salario y pienso que lo menos que puedo hacer es verificar cada nueva pista, aunque provenga de usted.
—No sabía que todavía hubiera gente a la que le gustara su trabajo.
—Con lo que usted ignora podría hacerse una enciclopedia.
—Sólo sé una cosa: el dinero está en este departamento —extraje el revólver de Laura Struthers y apunté a Fisk—. Y usted nos hará entrar a este departamento, o ya podemos ir buscando algún baño desocupado para que comience a quitarse las ropas.
—Guarde ese revólver. Pierde el tiempo —bostezó y comenzó a alejarse
—. Voy a casa a dormir —me miró y me dijo—: ¿Cómo entró a su departamento la otra vez si ahora le cuesta tanto?
—Seguramente usted no me creería —dije—, pero la puerta estaba sin llave.
—Seguro —comentó escépticamente—, y a lo mejor ahora también.
—A lo mejor —dije, y probé, rogando que Misty hubiera recordado mis instrucciones. La puerta se abrió fácilmente—. ¡Eh! ¡Mire! —le grité.
Se dio vuelta y vio lo que había pasado.
Entré y encendí la luz. Esperé. En seguida apareció Fisk al lado mío. Le hice señas de que me siguiera. Me dirigí al dormitorio.
Había ropas desparramadas al azar sobre la cama, y varios pares de zapatos por la pieza. Los cajones del escritorio estaban abiertos. Fisk dijo:
—Parece que se ha ido muy apurada.
—Sí.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó Fisk.
—Es obvio, ¿no? Se lo llevó consigo. Está decidida a fugarse.
Se echó el sombrero hacia atrás y me miró con curiosidad.
—Precisamente, ¿cuál es el bien que usted cree que se hace a sí mismo llevándome a la caza de “pruebas” que no prueban nada?
—Pensé que ahora sí se daría usted cuenta. Me estoy haciendo el loco para alegar demencia ante la corte —fui al teléfono—. Le demostraré lo loco que en realidad estoy. Lo llamaré a Dawson —busqué en la guía y marqué el número de Dawson. El teléfono llamó tres veces. Luego alguien atendió. Supuse que era la policía. Dije:
—¿Dawson?
—Sí.
—Habla Vance Westfall. Hablé con Laura Struthers esta tarde. Sobre la nota que ella encontró en su puerta la tarde que mataron a su hermano. Sabe que su hermano no la escribió. Y yo también lo sé. Y usted también, Dawson, porque la escribió usted.
Hubo una larga pausa del otro lado. Continué.
—Lo cual lo deja desorientado, ¿eh?
La voz dijo:
—¿Por qué no se viene para aquí? Aquí podremos charlar mejor.
—Sí, y así le doy otra oportunidad para probar llenarme de plomo, como hace un par de noches. No gracias, amigo. La próxima vez que nos veamos será en el Departamento de Policía.
—Realmente me gustaría que viniera aquí, Westfall. Quizá lleguemos a un acuerdo.
—¿Por ejemplo?
—Venga. Ya hablaremos.
Hice una pausa. Luego dije:
—Muy bien, iré. Pero le advierto: llamaré a un amigo mío y le diré a dónde me dirijo. Si no doy señales de vida dentro de una hora, llamará a la policía.
—Lo esperaré —dijo la voz.
Colgué y le dije a Fisk:
—Ahí tiene más pruebas. No negó nada —meneé la cabeza—. Tiene algo pensado, sin embargo. Quiere que vaya. Bueno, usted ha venido hasta aquí. ¿Quiere acompañarme a su casa?
—Sí —dijo—, de acuerdo.
—Muy bien. Quiero hacer otra llamada —llamé a Harry. Cuando atendió le dije—: Harry, voy a lo de Fred Dawson. Es uno de los del banco.
Si no te llamo antes de una hora, avisa a la policía, porque eso significaría que me ha matado. Hasta luego —colgué y le dije a Fisk:
—Vamos.
Fuimos hasta lo de Dawson. No había coches de la policía a la vista.
Entramos y tomamos el ascensor. El piso estaba vacío. Le dije a Fisk:
—Usted escóndase en el nicho, cerca de la puerta. Golpearé. En cuanto entre, escuche por la cerradura y oiga lo que pasa. ¿Está bien?
—Está bien —convino cansado.
Golpeé a la puerta. Una voz dijo:
—¿Quién es?
—Westfall —dije.
La puerta se abrió. Un policía me enfrentaba apuntándome con el revólver. Detrás de él vi tres hombres muy serios de labios apretados, con ropas civiles.
—¡Eh! ¿Qué diablos pasa? —exclamé.
El agente dijo:
—Entre, Westfall. Está detenido.
Entonces se adelantó Ed Brocha. Ed era alto y pesado, un hombrachón de rudo andar; las orejas y la barba azulada que le había crecido en las mejillas, decían a las claras el tipo de vida que había hecho últimamente;
demasiadas trasnochadas en edificios policiales, en salas de billar y night-clubs baratos, el único aire fresco, respirado en el intervalo entre una portería y el coche policial que lo esperaba siempre junto al cordón. El cigarro que llevaba enchufado como un corcho en la boca, brillaba al rojo mientras él daba cortas y orgullosas pitadas mirando a su prisionero.
—Pálpenlo —carraspeó.
El policía metió sus manos en mis bolsillos.
—Tiene un revólver, capitán —y sacó el revólver de Laura Struthers y se lo entregó a Brocha. Brocha lo olió y dijo con evidente desengaño:
—No ha sido disparado.
Luego dio varias vueltas a mi alrededor como si fuera un comprador de ganado examinando un toro.
—Bueno, Westfall, aquí estamos de nuevo, luego de unos cuantos asesinatos y un cuarto de millón de dólares. Sólo que esta vez los artículos que usted escriba serán un poquito distintos —se detuvo frente a mí—. Por ejemplo, ¿ha escrito usted alguna vez una confesión?
—Brocha —dije—, usted es demasiado buen policía para hacer de mí un chivo emisario. Soy inocente y lo voy a probar y usted lo aceptará por más que le duela:
Brocha soltó una carcajada.
—¡Ah —dijo—, pico de oro! Escápate de ésta con tu charla y dejo de fumar por un año. ¡Lo juro por Dios!
Ahora ya aparecía Fisk, diciendo:
—Brocha, ¿qué diablos hace usted aquí?
—Alguien ha liquidado a Dawson —explicó Brocha—. Un tipo que oyó el tiro nos pasó el dato. Estábamos recogiendo impresiones digitales cuando llamó Westfall. Creyó que hablaba con Dawson. Lo engatusamos para que viniera.
—¡Dawson muerto! —exclamó Fisk.
Brocha asintió. Fisk dijo:
—¿Recuerda que lo llamé esta tarde para contarle la maniobra que Westfall había realizado en mi oficina con esa caja vacía? Bueno. Esta noche volvió a llamarme. Dijo que tenía el dinero. Así es que nos encontramos y fuimos al departamento de la secretaria de Dawson. Él
sostenía que ella tenía el dinero, pero ella no estaba ni tampoco el dinero.
Yo estaba a su lado cuando le telefoneó a usted —se volvió hacia mí—.
Ahora, mi amigo, ¿qué le parece si nos entrega el dinero?
—Yo no lo tengo. Lo que le dije es la verdad.
Brocha mordisqueó su cigarro. No quería más charla.
—¿Por qué mataste a Dawson? —dijo.
—¿Por qué lo maté? ¡Yo no lo maté, por los clavos de Cristo! ¿Para qué iba a matarlo? Era el único tipo que podía probar que yo soy inocente.
Brocha se agarró el cuello.
—¡Mentiroso de porquería! ¡Esta vez estás listo! Pero si firmas una confesión reconociendo esos asesinatos y devuelves el dinero, quizá salgas con vida.
—¿Qué clase de policía eres? —le pregunté—. ¿Crees que mataría a un hombre y luego lo llamaría por teléfono para caer en una trampa policial sabiendo que se me busca por todos los crímenes anotados en tus libros?
—Sí, soy lo bastante estúpido como para creerlo. Podría ser una buena coartada tuya. ¿Sabes qué es lo que resuelve los crímenes, Westfall? La estupidez.
La estupidez, tal como ahora me hago el estúpido. Siendo estúpido, uno no se traga tan fácilmente el primer bolazo que le ponen ante las narices.
—¡Al diablo! —dije disgustado.
—Puede que haya algo de cierto en su historia, Ed —intervino Fisk—.
Me refiero a la que ya te dije que contó esta tarde. Sobre Dawson.
—¡Ya lo creo que lo hay! —dije. Me volví hacia Brocha—. ¿No te llamó la atención la nota que Struthers dejó en la puerta de su hermana la noche en que lo mataron? ¿O no sabías que estaba escrita a máquina? Un hombre apurado, como debía estar Struthers, si tenía miedo, no se hubiera tomado el tiempo de escribir una nota a máquina. La hubiera escrito a mano. Pero Dawson no, porque resultaría más difícil identificar la caligrafía de una nota tipeada…
De pronto Fisk señaló hacia la silla y exclamó:
—¿Es ésa la cartera?
Brocha dijo:
—Sí —se rascó la cabeza—. Es un lío. Dawson puso un aviso en el diario ofreciendo trescientos dólares de recompensa a quien devolviera la cartera. Hallamos un ejemplar del diario junto al cadáver, con el aviso marcado. Para asegurarnos, consultamos al Daily Sentinel. Conseguimos la dirección de la chica que tomó el aviso. En efecto, fue Dawson quien se lo había dado. Dijo que estaba nervioso cuando se lo dictó por teléfono.
Después, en lugar de pagarlo él mismo, le dio a alguien un dólar para que fuera a las oficinas del Sentinel y se ocupara de hacerlo, de modo de que la chica no pudiera identificarlo más tarde. La empleada lo recuerda porque la persona que le pagó comentó algo sobre el tipo de aspecto nervioso que le había dado el dólar. La descripción concuerda con la de Dawson.
—No tiene nada de raro eso —dije—. Como le dije a Fisk esta tarde, Watson tenía la cartera con la que pensaba extorsionarlo a Dawson. Dawson tenía que recuperarla. Es por eso que, muerto Watson y no pudiendo Dawson encontrar la cartera, ofreció una recompensa por ella.
—¿Qué había en la cartera? —preguntó Fisk.
—Nada —dijo Brocha—. Sólo un recorte de diario sobre una vieja estafa en el National Commerce Bank.
—¡National Commerce! —dijo Fisk—. Lo recuerdo. Éramos la compañía aseguradora. Nunca recuperaron el dinero. El tipo que lo había robado sostuvo hasta el final ser inocente. El juez le echó todo el fardo encima.
—¿Trabajó alguna vez Dawson en el National Commerce Bank? —
pregunté.
—¡Tú, cállate! —ladró Brocha.
—Pensaba —continué— que podría haber sido culpable de eso también.
Watson estaba enterado y lo extorsionó. Tenía el recorte en la cartera de Dawson y lo amenazaba con ello la noche en que los oí conversar. Por supuesto, creí que discutían sobre la cartera, pero me doy cuenta ahora de que en realidad se trataba del recorte que había adentro. Así es que, muerto Watson, Dawson tenía que recuperar la cartera. De otro modo, el recorte estaría aún en circulación y si la policía encontraba la cartera y el recorte, hubiera atado cabos y reabierto el caso del National Commerce. Por eso puso el aviso en el diario.
—¿Las pensaste todas, no es cierto? —dijo Brocha.
—Todas, no —dije—. Casi todas.
—Veremos si el jurado te cree.
—A mí no me importa.
—¿Averiguó si Dawson recibió visitas esta noche? —preguntó Fisk a Brocha.
—Sí, una. Una mujer. Verificamos con la telefonista las llamadas telefónicas. Un poco después de las siete, una chica llamó desde el cuarto de Dawson y pidió que la comunicaran con United Air Lines. Fue unos treinta minutos antes de que se oyera el tiro y nos lo comunicaran.
—¿Hablaron a la United? —preguntó Fisk.
—Sí, pero no hacía falta; porque Dawson tenía en el bolsillo una nota escrita con lápiz acerca de dos asientos reservados en el avión de medianoche. Alguien recogió los pasajes en la United hace una hora. No recuerdan quién. Tenemos gente en el aeródromo que detendrá a quienquiera que se presente a ocupar esos asientos.
—Parece que Westfall no anda errado —comentó Fisk.
—Vigilen ese avión —dije— y se encontrarán con que la secretaria de Dawson sube a bordo. Cuando Fisk y yo estuvimos en su departamento parecía que acababa de pasar un ciclón. Salió muy de prisa. ¿Por qué? El cadáver de Dawson es una buena explicación. Otra explicación es el hecho de que esta tarde, charlando con ella con mucha franqueza en el Brown Jug, le infundí un miedo espantoso. Y ella y Dawson trataron de liquidarme cuando salí del restaurante. Ustedes pueden confrontar sus propias anotaciones y encontrarán el informe de un disparo hecho en esa vecindad desde un automóvil no identificado. El blanco era yo.
Brocha sonrió.
—Es una pena que hayan errado. No te ofendes si de todos modos te arresto, ¿no es cierto?
—Puede proceder. Después podré tomarme una larga vacación con el dinero que obtenga demandándote por detención injustificada.
—Me aterrorizas —dijo Brocha—. Llévenlo, muchachos.
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