Una hermosa trampa

William Pearson · Capítulo 1 de 13

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Una hermosa trampa

Capítulo I

Estuve parado en la vereda de enfrente durante treinta minutos antes de juntar coraje para intentarlo a plena luz del día.

Pero era un hombre bravo; en cuanto vi salir a alguien por la entrada de servicio, disparé a través de la calle y atajé la puerta antes de que se cerrara.

Porque no pretendía entrar por la puerta principal. No: tan bravo no era.

Subí las escaleras de a dos en dos hasta el tercer piso. El departamento era el segundo contando desde la escalera. Me detuve un minuto afuera, escuchando, y luego pensé: “Qué diablos, no van a tener un hombre ahí esperando veinticuatro horas por día. Ni por mil quinientos dólares”. Puse la llave en la cerradura, y me escurrí adentro.

“Es una locura”, pensé, pero hasta ahora marchaba. Probablemente me buscaban en todas partes menos aquí. En todas partes menos en mi departamento.

Eché una ojeada. Este era el sitio del cual había partido hacía veintinueve días. El mismo sitio, sin lugar a dudas. Salvo que algún otro guardara una botella de whisky añejo bajo la pileta de la cocina, una botella alrededor de la cual una etiqueta improvisada dijera, en beneficio de eventuales policías que revisaran el lugar:

“Esta botella contiene aún cuatro pulgadas de whisky. Si llega a contener menos cuando yo regrese, presentaré un informe al jefe de policía”.

Esa clase de humorismo no me ganaría muchos amigos en la policía.

Pero después de aquel artículo mío publicado en True, no debía tener muchos. Abrí la botella, puse un poco de hielo en un vaso, y vertí.

Llevé el vaso a la sala y me senté a planear mis actividades de las próximas veinticuatro horas y a especular sobre qué haría con el suculento

cheque que recibiría una vez transcurridas esas veinticuatro horas. Lo cual sólo demuestra lo poco que uno sabe sobre su propio destino.

El mayordomo había dejado la correspondencia sobre el estante junto a la silla; comencé a revisarla. Mi vista se detuvo ante un sobre del Securities Exchange Bank y lo abrí, pensando en que probablemente se relacionaría con los trescientos que había pedido prestados antes de aceptar la misión.

Pero no. Era una notificación del tipo de las que se adjuntan a las declaraciones de réditos, donde se especifica el salario recibido y el impuesto deducido del mismo. Esta indicaba que el Securities Exchange Bank me había pagado ciento veinticinco dólares en calidad de salarios durante las últimas dos semanas de diciembre. Estábamos a 14 de enero. Y

yo jamás en mi vida había trabajado allí ni un día.

Me concentré. Examiné la nota de nuevo y vi que la dirección anotada en ella no era la mía. Me fijé entonces en el sobre. La dirección era la misma que la de la nota. Alguien había tachado con lápiz el número de la calle, y escrito “No se encuentra”. Luego mi verdadero domicilio había sido escrito en el sobre, con tinta. Me sentí mejor. Había alguien en la ciudad que se llamaba como yo, y yo había recibido por error su nota de retención.

A veces se dan coincidencias de ese tipo. Pero para más seguridad revolví el departamento hasta encontrar mi tarjeta de seguro social. Comparé mi número con el que figuraba en la nota. Eran idénticos, cifra por cifra.

Quizá —pensé— he padecido de amnesia durante los últimos veintinueve días; y a lo mejor sí he trabajado en el banco sin saberlo. Tal vez esta teoría fuera interesante; pero no soportaba un análisis cuidadoso.

Los últimos veintinueve días habían sido todo lo enrevesados que quisiera; pero sabía que no los había pasado trabajando en el Securities Exchange Bank. La verdad es que no había trabajado en nada. Porque sólo sin trabajar tenía posibilidades de salirme con la mía.

Todo comenzó a raíz de un artículo acerca de la corrupción en la policía que escribí para True. Un artículo que me llevó sus buenos meses, y me hizo pisar muchos pies importantes en Middleburg, incluso los del intendente y el jefe de policía. El tipo que me dio la clave fue Fred Davis.

Fred había pasado trece de sus quince años de policía en la Sección de Personas Desaparecidas; y algunas noches mientras en el café de Murphy

reformábamos el mundo frente a una botella de cerveza, me contó algunas historias de aquellos trece años.

La mayoría de las personas desaparecidas, me dijo entonces Fred, eran registradas como casos de amnesia. Pero Fred era un cínico, y sabía que nadie se perdía de vista porque sí. Y era, además, una enciclopedia andante de las razones que los hombres tienen para desaparecer. Así es que, cuando a Fred le tocaba ir a la caza de un desaparecido, comenzaba presuponiendo que su presa se empeñaba tanto en esconderse de él, como él en encontrarla.

Lo que fascinaba a Fred (y luego de oírlo a Fred comenzó a fascinarme a mí también) era el simple hecho de que gente sin experiencia previa de fugitivos pudiera desaparecer sin dejar rastros. Lo fascinaba porque sabía cuanto hay por saber de la maquinaria que se ponía en marcha cada vez que llegaba la noticia de un caso de éstos, cómo se hurgaba el pasado del individuo y de sus allegados, los mensajes que se enviaban a los Departamentos de Personas Desaparecidas de todo el país, el dinero que se gastaba siguiendo todas las pistas posibles.

Así es que cuando terminé el artículo sobre la corrupción policial y me dediqué a buscar otro tema, fue natural que tentase en varias revistas la posibilidad de hacer una nota sobre la gente que desaparece. Pero a nadie le interesaba el asunto. Ya iba a renunciar a la idea, cuando se me ocurrió un truco que convenció a los del Saturday Evening Post. Una cosa muy simple.

Yo mismo me convertiría en víctima de la amnesia —de esa “amnesia” a que aludía Fred—, la del tipo que no está perdido, sino que sólo trata de perderse.

Desaparecería por treinta días. El Post enviaría circulares a todas las comisarías del país, con mi foto y mi descripción, y veríamos si podía escaparles durante treinta días enteros. Ahí fue cuando chocamos contra el primer obstáculo. La policía del país ya tenía bastante que hacer como para ocuparse de buscar falsas víctimas de la amnesia. Fue entonces cuando mi agente, una chica llamada Dee Francis, se apareció con la idea de que el Post ofreciera mil quinientos dólares a la asociación policial de socorros mutuos de la ciudad que me encontrara. Y para interesar al público, el Post publicó un aviso propio ofreciendo otros quinientos a quien me descubriera.

Si yo era capaz de pasar los treinta días sin ser capturado, recibiría los mil quinientos y los quinientos, además de lo que obtuviera por el artículo.

Ni siquiera la oferta de mil quinientos dólares se ganó la simpatía de la policía, pero conseguimos la participación de suficientes ciudades como para hacer factible el proyecto. El Post estableció una serie de reglas de juego para mí; por ejemplo, sólo podía esconderme en las ciudades que participaban; y, estando en esas ciudades, no debía ponerme en contacto con ningún conocido ni buscar su protección. Tenía que desaparecer, hacerme invisible, y esfumarme literalmente en el paisaje.

Todo había comenzado hacía ya veintinueve días. La noche anterior había regresado a Middleburg; dormí en un establecimiento de caridad de Skid Row. Cuando desperté, mis últimos cinco dólares se habían ido. No tenía ganas de pasar las próximas veinticuatro horas allí. Fred Davis me había prevenido que la policía suele registrar esos lugares en busca de personas desaparecidas. Supongo que me las habría arreglado hasta el día siguiente sin dinero; pero se me ocurrió que nadie vigilaría mi departamento, y que sería un toque de ironía pasar las últimas veinticuatro horas en casa. Y aquí estaba.

Sí, aquí estaba, sin duda, con una nota de retención de ciento veinticinco dólares por parte de un banco en el que había estado sólo una vez en mi vida —seis semanas atrás, cuando pedí prestado el dinero para financiar mi viaje de treinta días—. Y cuanto más miraba a esa nota más quería saber qué sucedía. Podía haber aguardado veinticuatro horas, supongo, pero pensé que nadie del banco me denunciaría. Habían invertido dinero en mí.

Fui al dormitorio, me cambié la ropa, extraje de un cajón mi billetera con algún dinero, metí en ella mi tarjeta de seguro social y la nota del banco, y me dirigí al Securities Exchange Bank. En la esquina llamé un taxi y traté de desentrañar el asunto mientras nos abríamos camino entre grupitos de chicos horribles que jugaban a la rayuela en la calle, y taxis que parecían balas de cañón.

Cuando visité el Securities Exchange Bank, seis semanas atrás, lo había hecho enviado por Dee Francis, mi agente. Según ella, el presidente del directorio se había portado como un ángel con media docena de productores teatrales, lo cual autorizaba a pensar que correría enorme riesgo de prestar

dinero sin garantías a un escritor. Dee tenía infinidad de conocidos; en esta oportunidad, el encargado de empréstitos del Securities Exchange. Cuando llegué, esa primera vez, Dee ya había allanado el camino mediante una llamada telefónica.

Aún después de llenar la solicitud, sólo esperaba una negativa. Pero el tipo de los empréstitos me llevó a ver a uno de los vicepresidentes adjuntos.

Este me escuchó y se interesó en conocer la historia de mi vida. Le dije que antes de la guerra había sido contador, que el ejército me había asignado un puesto en la revista Yank, que una vez había escrito una “columna” porque el encargado de ella estaba enfermo, que eso me llevó a redactar los artículos de fondo de Yank, y que desde entonces me había ganado la vida con colaboraciones periodísticas.

Cuando mi relato llegó a la parte de la misión del Post, se entusiasmó más que yo. Al principio no creyó que yo pudiera conseguir lo que me proponía, pero debo de haberlo convencido. Cuando terminé, sonrió, ordenó a su secretaria que le trajera un pagaré en blanco, me lo hizo firmar y me entregó los trescientos dólares.

Estaba dándole vueltas al asunto cuando llegamos al banco. Pagué el taxi y entré a la réplica estilo siglo veinte de un templo griego. Crucé lo que parecía ser media cuadra de piso de imitación mármol, y llegué a la oficina de préstamos. Aún estaba allí el hombre que me atendiera hacía seis semanas. Su nombre, según leí en la chapa de bronce que había sobre su mesa, era Robert Struthers.

—¿Míster Struthers? —dije.

Me miró con ojos vidriosos.

—Sí.

—Mi nombre es Vance Westfall. Hace seis semanas solicité un préstamo de trescientos dólares.

Me miró como si tuviera lepra.

—Sí —repitió.

Hurgué en mi billetera y extraje la nota del banco.

—Mire esto, por favor. Según esta nota gané ciento veinticinco dólares aquí el año pasado. Pero sucede que nunca trabajé aquí. Si es un error desearía aclararlo. No quiero que la Oficina de Réditos piense que he

ganado ciento veinticinco más de lo que en realidad gané. Y si no es un error…, si alguien está usando mi nombre, quisiera aclarar eso también.

—¿ Quién es usted? —preguntó Struthers.

—¿Cómo quién soy? Se lo acabo de decir: Vance Westfall.

—No —replicó—, usted no es Westfall. A Westfall lo conozco bien.

Tiene bigote. Usted no. Tiene pelo largo. Usted lo usa casi al ras. Tiene mejillas lisas. Usted tiene una cicatriz púrpura en la derecha.

—Míster Struthers —dije—, me parece que tiene usted muy buena memoria para haberme visto sólo una vez. ¿Cómo se explica eso?

La sombra de una sonrisa cruzó su cara, pero no había sonrisa en su voz.

—Exactamente, ¿qué es lo que quiere insinuar con ello?

—No importa —agité la nota bajo sus narices—. Volvamos a esto.

Quiero saber qué pasa. Está claro que aparezco diferente ahora. No pensará que me iba a embarcar en esa misión periodística sin antes disfrazarme de algún modo, ¿no?

—¿Qué misión periodística? —dijo él.

O era un buen actor, o estaba totalmente desconcertado. Pero yo no tenía tiempo para averiguarlo. Lo hice a un lado.

—Un minuto… —protestó.

Pero yo ya me dirigía a la oficina privada del vicepresidente adjunto que conociera la primera vez. Al llegar a su puerta casi me estrello contra una rubia deliciosa. Llevaba su block de dictado como si estuviera exhibiéndose en un desfile de modelos.

—¡Oh! —exclamó, al verme.

—Hola —dije—. ¿Por qué tanta sorpresa?

—Perdón —contestó, y se dirigió a su escritorio. Me quedé mirándola unos diez segundos y cuando se dio vuelta hundió la cabeza rápidamente al ver que yo aún estaba allí. Golpeé en la puerta de la oficina privada y entré.

El nombre escrito en la puerta decía Míster Dawson; y aquel hombre pesado, algo calvo, sentado detrás del escritorio con tapa de vidrio era el mismo con quien había hablado durante mi primera visita. Estaba cuidadosa y conservadoramente vestido con un traje azul rayado; llevaba un clavel en

el ojal, y en este momento me miraba fijamente desde detrás de unos gruesos anteojos de armazón negra.

—Sí, señor —dijo.

—Míster Dawson, soy Vance Westfall —contesté—. Estuve aquí hace seis semanas. Usted me concedió un préstamo de trescientos dólares.

Se puso de pie y se acercó a estrecharme la mano.

—Claro que sí. Recuerdo. Usted es el joven escritor. ¿Cómo le fue?

—Me fue bien. Pero estoy un poco intrigado por algo. Usted me reconoció. ¿No tengo aspecto distinto?

Sonrió.

—Sin bigote. Pelo corto. Una cicatriz reciente en la mejilla derecha.

Pero el parecido subsiste.

—¿Y entonces cómo es que Struthers, ahí afuera, no me reconoció?

—Struthers —masculló— es un tonto.

—¿Cómo dijo?

Agitó una mano, al acaso.

—Nada. Discúlpeme.

—Míster Dawson, he estado aquí sólo una vez, antes. Sin embargo, Struthers conocía mi descripción de memoria. Y usted también. ¿Cómo se entiende eso?

Rio.

—Gran parte de nuestro negocio consiste en prestar dinero; y como el carácter de un hombre se dice que está escrito en su cara, nuestro negocio, en realidad, consiste en estudiar caras.

—No está mal —dije—. Pero no me convence. Míster Dawson, he regresado hoy y encontré esto entre mi correspondencia —le entregué la nota de retención—. Quizá pueda usted explicarme. Parece que tengo un hermano mellizo.

Examinó la nota. Rio amablemente.

—Me imagino su molestia, pero no creo que sea nada como para preocuparse. Tenemos alrededor de cuatrocientos empleados en este banco.

Y evidentemente hay uno que se llama Vance Westfall.

—Humm… un poquito más que eso. Esa nota tiene mi número de seguro social.

Me miró con una expresión de total confusión.

—¡Imposible!

Le mostré mi tarjeta. Dijo:

—Verificaré con nuestro tenedor de libros. ¿Le molestaría esperar un momento?

—No. Esperaré. ¿Por qué no hace entrar a esa rubia?

Volvió a reír amablemente y salió de la habitación. Saqué mi pipa del bolsillo y la encendí. Quizá estuviese haciendo trabajar demasiado a mi imaginación, pero no podía dejar de pensar en la forma como me habían recibido Struthers y Dawson; en la forma como uno había rehusado reconocerme y el otro lo había hecho apenas traspuse el umbral de su oficina. De ahí a deducir que si Dawson me conocía tan bien quizá yo debía tratar de conocerlo a él un poco mejor, no había más que un paso. Observé la habitación; una acuarela con una cabaña junto a un lago colgaba en la pared opuesta; y había una bibliotequita con libros sobre temas bancarios y colecciones de discursos. Sobre el escritorio, a mis espaldas, había un portarretratos triple, de cuero; seguramente, pensé, las fotografías usuales con grupos familiares. Advertí una pila de papeles en la esquina del escritorio más cercana a mí, y entonces mi reacción fue automática. Con un ojo en la puerta comencé a revolver los papeles. No imaginaba lo que podía encontrar.

Me quedé frío.

Ahí, escondida entre los papeles, había una gran fotografía mía, de medio cuerpo; y no se trataba de la clásica fotografía que el Post había hecho circular entre los Departamentos de Policía. Era una foto que yo jamás había visto.

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