Una hermosa trampa
Capítulo VI
Nos conocimos mejor a la mañana siguiente, frente a una taza de café. Me enteré de que Misty tenía veinticinco años de edad, había venido de Des Moines, y era huérfana desde los dieciséis.
Las huérfanas, aun las huérfanas bonitas como Misty, deben aprender desde pequeñas a cuidar de sí mismas; Misty había pasado por experiencias que le habían enseñado amargas lecciones. Había habido hombres (siempre los hay), y Misty había recibido la instrucción primaria sobre las verdades de esta vida mediante los oficios del decrépito y paternal supervisor del orfanato a donde la mandaron al morir sus padres. Lo que me gustó de su relato fue el modo que tenía ella de hacerlo sin subrayar la sordidez. No pedía que se le tuviera lástima y, lo que era mejor aún, yo sabía que tampoco trataba de ofrecer excusas.
Cuando salió para la oficina, mi imaginación comenzó a construir castillos sobre la efímera y dubitativa sonrisa que me ofreció, transformándola en la media promesa de algo que aún podía suceder entre nosotros.
Después pensé: No, no te pasa nada malo, Westfall, salvo que te gustaría enamorarte de ella. Y enamorarte en este momento podría ser la última hazaña de tu vida, especialmente tratándose de una dama que puede estar tan metida en este lío como el propio Dawson. Pues, ¿qué otra cosa sabes de ella, excepto que viene de Des Moines y que te ofreció un sitio donde dormir? Entonces, otra voz dentro de mí, quizá mi conciencia, dijo:
¿Qué te pasa Westfall, ya no confías en nadie?
No había mucho que elegir, empero, en lo que se refiere a pasar la mañana en su departamento, porque en la calle cada policía debía tenerme primero en su lista. Alrededor de la una pensé que ya había esperado bastante y telefoneé a Misty.
—¿Alguna novedad? —pregunté.
—Sí —contestó—. Dawson recibió un llamado que puede haber sido de tu doble.
—¿Y qué pasó?
—El hombre que telefoneó dijo que estaba en otro sitio. No dio su nombre pero dijo que debía ver a Dawson inmediatamente. Algo había pasado.
—¿Dio las señas del nuevo sitio?
—Forest Road 7820.
—Eso es en las afueras.
—Quizá tenga el dinero ahí.
—¿Ya se fue Dawson?
—No, todavía está aquí. ¿Qué harás?
—Iré a Forest Road.
—¿No habría que llamar a la policía?
—Primero las pruebas, nena.
—Ten cuidado, Vance. —Hubo una pausa embarazosa y luego agregó, con voz queda y pequeña—: No quisiera perderte ahora.
—Me cuidaré. Si a las ocho no tienes noticias mías, llama a la policía.
Corté. Traté de pensar un modo de obligar a Dawson a permanecer en su oficina mientras yo me dirigía a Forest Road. Minutos después levanté nuevamente el auricular y llamé al Securities Exchange Bank. Cuando me contestaron, puse un pañuelo sobre el micrófono y pedí hablar con Dawson.
Al rato oí que decía:
—Dawson habla.
—Míster Dawson, habla Paul Storm de la Gibraltar Fidelity. Hay algo de que quisiéramos conversar ahora mismo. ¿Se quedará en su oficina algo más?
—No, tengo que atender un negocio afuera —dijo—. Podría verlos mañana.
—No, no. Tiene que ser hoy.
—¿No podemos discutirlo por teléfono?
—Sí, pero no todo.
—¿De qué se trata?
—Hemos recibido una carta de Vance Westfall.
—¡Westfall! ¿Qué dice la carta?
—¿Qué le parece que dirá? —le respondí, cortante.
Se puso belicoso:
—Vea, míster Storm, soy un hombre ocupado. No puedo estarme aquí sentado aguantando su interrogatorio todo el día.
—No hago más que cumplir con mi deber, Míster Dawson. Sucede que Westfall quiere entregarse y declarar ante la corte. Pero dice que usted está complicado con él y que usted tiene el dinero.
—¿Cómo? ¡Es inaudito! Si usted pretende acusarme de algo, puede tener la seguridad de que lo demandaré por calumnia y lo dejaré en la calle.
—No, no, un minuto, míster Dawson. Yo no he dicho que creyésemos a Westfall. Todo lo que dije es que queríamos hablar con usted.
—Muy bien. ¿Cuánto van a tardar?
—Espero un llamado de larga distancia, de un momento a otro. Y en seguida voy para allá.
—Muy bien.
Colgué. Luego disqué el número de la Gibraltar Fidelity and Guaranty Company y pedí con el Departamento de Investigaciones. Me contestó una voz de hombre; le dije:
—Habla Dawson, del Securities Exchange. Acaba de suceder algo que tiene que ver con el robo —bajé la voz—. Pero no puedo hablar por teléfono. ¿Podrían mandar un hombre para aquí?
—De inmediato, señor —dijo la voz.
—Mejor que lo demore unos tres cuartos de hora —sugerí—. Estaré en reunión hasta entonces.
—Sí, señor.
—¿Podría decirme el nombre de la persona que enviarán, así le digo a mi secretaria que lo espere?
—Irá Fisk, míster Dawson. Ha trabajado en este asunto. Creo que usted lo conoce.
—Ah, sí. Lo espero. Dentro de cuarenta y cinco minutos. Adiós.
Volví a llamar al banco y hablé con Dawson. Puse el pañuelo sobre el micrófono y dije:
—Storm habla, de la Gibraltar, míster Dawson. Siento molestarlo de nuevo pero esta llamada parece que va a demorar. Irá Fisk en lugar mío.
Usted lo conoce, creo.
Dawson gruñó. Yo dije:
—Gracias, señor —y colgué.
Me puse el saco y el sombrero y bajé las escaleras. No bien estuve a un par de cuadras del departamento de Misty hice señas a un taxi y di al conductor la dirección en Forest Road. Nos llevó una media hora llegar hasta ahí. Se trataba de una desvencijada estructura de tres pisos, de madera, alejada de la calle tras una barrera de olmos centenarios. Las ventanas estaban tapiadas y unas enredaderas silvestres habían crecido sobre las paredes. El conductor dijo:
—¿Seguro que este es el sitio que busca?
—Sí, seguro.
—¿Quiere que espere?
—No.
—Son cinco dólares.
—No está mal por media hora de trabajo…
—No es tanto. Pago siete dólares por el taxi por un turno de doce horas.
Pago la nafta y el aceite. Pago dos dólares por día al fondo común de previsión. Tengo mujer y dos chicos. No me estoy haciendo rico.
—Es bravo vivir… —comenté.
—Sí —dijo meditativo—. ¿A qué viene a este desierto?
—Vengo a buscar al tipo que robó el dinero del banco anteayer.
—Esa sí que fue una redada —se rio—. Por un minuto creí que iba a encontrarse con algún duende.
—Ajá. Bueno, aquí están sus cinco dólares. Que le vaya bien.
Se fue y caminé por el sendero de piedras hacia la dilapidada casa.
Trepé los podridos escalones hasta el porche y traté de espiar adentro por una ranura entre los tablones. Giré el picaporte de la puerta principal.
Empujé lentamente. La puerta chirrió y se abrió.
Entré al hall oscuro. La luz se filtraba por una grieta en una puerta de la izquierda. Desde detrás de la puerta una voz dijo:
—¿Eres tú, Dawson?
—Sí —dije.
Se abrió la puerta y apareció un hombre más o menos como yo, revólver en mano. Un hombre más o menos como yo, pensé. ¡Dios mío! ¡No! ¡Era prácticamente idéntico! Un toque de maquillaje y la gente no podía notar ninguna diferencia.
—No sabe imitar la voz de Dawson muy bien —dijo, sonriendo.
—Si cualquier otro me lo hubiera dicho —contesté— me enojaría. Pero de un tipo como tú, un experto en imitaciones, lo tomo como un consejo de maestro.
—Adentro —dijo. Hizo un ademán con el revólver. Entré a la pieza que estaba detrás de él. Había dos sillas destartaladas en el centro. Del cielo raso colgaban telarañas. Una lamparita cubierta de polvo proyectaba débil brillo amarillo sobre las paredes alabeadas y podridas. No me gustó la sonrisa de mi amigo. Parecía un incendiario viendo hacerse humo un depósito.
—¿Qué te parece la buena vida? —dije.
—¿Eh?
—Nunca habías robado un cuarto de millón antes, ¿no?
—Idiota.
—Sí, yo soy idiota. Pero, ¿sabes qué eres tú? Un bobo. Un pobre bobo.
Eso le picó. Me dio un empellón. Caí al suelo. Mi cabeza golpeó contra una pared.
—¡Un bobo! —repetí.
—¡Cállate!
—Dawson te va a traicionar. Quiere el dinero para él.
—¿Qué quieres decir?
—¡No pensarás que va a repartir el botín contigo! ¡No pensarás que se va a dar el lujo de que andes por ahí suelto, siendo tú el único tipo que sabe que no fui yo quien se alzó con el dinero! ¿Qué pasaría si te emborracharas en un bar dentro de un año y hablaras demasiado? ¿Y si trataras de extorsionarlo? Eres el próximo de la lista, ¡bobo! El próximo…, después de mí.
—Me parece que no tienes ganas de vivir mucho.
—¿Hay teléfono por aquí? —pregunté.
—Sí.
—Muy bien. Te probaré que Dawson se está pasando de vivo. Llama tú mismo a la Gibraltar Fidelity y pregunta si míster Fisk salió ya para ver a Dawson. Dawson llamó a la Gibraltar hace una hora. ¿Y sabes por qué?
Porque te va a delatar.
—¿Cómo lo sabes?
—No eres el único que tiene amigos en el banco.
—¡Arriba! —ordenó.
Me puse de rodillas. Apoyé una mano en la pared y me puse de pie. Me empujó hacia la puerta.
—A la izquierda —dijo. Encendió una luz en el pasillo. En el extremo había un teléfono. Me obligó a pararme a unos dos metros del teléfono mientras él discaba. Pidió con Información y obtuvo el número de la Gibraltar. Alcancé a oír el teléfono que llamaba en el otro extremo de la línea. Una voz femenina contestó. Mi amigo dijo:
—Llamo de parte de míster Dawson, del Securities Exchange Bank.
¿Me podría decir si ya salió Mr. Fisk?
Hubo una pausa. Luego, mi amigo:
—¿Seguro que salió para ver a míster Dawson? ¿No iba a otro sitio?
Otra pausa. Mi amigo colgó. Su cara denotaba asombro.
—¿Ves? —dije—. Eres el próximo de la lista —hice una pausa—.
¿Dónde está el dinero? Será mejor que busques el dinero. ¡Rápido!
Entonces estalló.
—¡La culpa es de esa amiga que tiene!
—¿Qué amiga? —pregunté.
Se rio en mi cara.
—Creí que lo sabías todo, viejo.
—Sé sólo una cosa. Sé que te tienen bien agarrado.
—No me delatarán —dijo—. Contaría todo a la policía.
—Lo malo contigo —comenté—, es que no tienes imaginación. Te delatarán, pero la policía nunca te encontrará. Porque estarás muerto, hermano, al borde del camino —su cara, con aquella sonrisa que recordaba a una máscara, se acercó a la mía. Me reí sin alegría—. ¡Cómo te han jugado sucio!
Se me vino encima. El cañón de su revólver subió y me pegó en el mentón. Su mano libre venía detrás. Me llevé la mano a la boca y la retiré ensangrentada.
Volvió a golpearme. Esta vez el revólver pegó en el costado de mi cabeza. Lo oí gritar a un millón de millas de distancia. Caí. Me levantó como a una bolsa de papas. Su puño me dio en plena cara. Me sentí en un tobogán que me llevaba locamente hacia un pozo sin fondo. Un par de eones más tarde cesó el torbellino y yo moría, linda y fácilmente. Me hundía en una pileta llena de barro negro. Cada vez que intentaba salir, el barro subía un poco más. Un ejército de pigmeos hacía maniobras en mi espina dorsal. Traté de levantar las manos pero no podía moverlas.
Estaban atadas, sin duda, porque ya no estaba en la pileta de barro.
Yacía en el suelo húmedo de una de las habitaciones de Forest Road 7820.
Traté de abrir los ojos y pareció como si alguien hubiera atado pesas de cien kilos a mis párpados. Una orquesta de martillos comenzó a ejecutar en mi cráneo una fuga sobre el tema de una alarma contra robos. Mi garganta estaba seca como una tormenta de tierra en el desierto.
Rodé sobre un costado y me arrodillé. Me arrastré hasta la puerta que se veía en la semioscuridad, y me retorcí tratando de bajar el picaporte con las manos, que estaban atadas en la espalda. La puerta tenía llave.
Todo parecía indicar que mi amigo el del revólver esperaría a Dawson antes de meterme en un baúl y mandarme contra reembolso a Forest Lawn.
Lo cual me hizo calcular cuántos minutos de tiempo prestado me quedaban.
Me contorsioné hasta que pude meter las manos en un bolsillo de mi pantalón. Me costó trabajo, pero valía la pena, porque el Risueño me había dejado el encendedor. Lo extraje y lo puse en el suelo, a mis espaldas. Tuve que probar cinco veces antes que encendiera. Y pasaron cinco minutos antes de que se quemara la soga que me ataba las manos.
Recogí el encendedor y pasé revista a la habitación. Había una vieja lámpara de pie en un rincón, junto a la lámpara una mesita de tres patas.
Todo lo que necesitaba era fabricarme un revólver con esas patas, y mi problema quedaba resuelto.
Probé la lámpara. Encendió. La desenchufé. Arrimé el encendedor al sitio donde el cordón entraba al pie de la lámpara. Cuando se quemó casi
del todo, torcí varias veces el alambre hasta que se rompió. Conseguí así dos metros y medio de cordón. Lo corté por la mitad. Tomé una mitad y pelé unos quince centímetros de un extremo. Arrollé ese trozo en el picaporte. Pelé unos treinta centímetros del otro trozo del cordón y lo coloqué en el piso, junto a la puerta. Me paré sobre la mesa y destornillé la lamparita del techo. Encontré un trozo de papel en el bolsillo y lo encendí.
Entonces lo pasé por debajo de la puerta, y me senté junto al enchufe de la pared.
Y me puse a gritar:
—¡Fuego! ¡Socorro! ¡Se incendia…! —y comencé a patear en el suelo.
Se oyeron pisadas en las escaleras. Pude oír a mi amigo, del otro lado de la puerta, poniendo una llave en la cerradura. Lo oí oprimir el botón que debía encender la luz. Esperé a que abriera la puerta y que tuviera un pie dentro de la habitación. Entonces encajé el tomacorriente en el enchufe.
Pegó un grito como de águila herida.
Habría atravesado el cielo raso si no hubiera sido porque su mano estaba pegada al picaporte. Habría sido un placer verlo aguantar los ciento diez voltios. Respiré hondo y olí carne quemada. Comenzaba a cocinarse.
Finalmente le cedieron las piernas.
Esperé un minuto más antes de desenchufar. Se desplomó. Revisé sus bolsillos y hallé su billetera. El registro de conductor decía Harold Watson.
Daba un domicilio en los suburbios. Me guardé la billetera y revisé los otros bolsillos. En uno de ellos encontré lo que debía ser el trozo derecho de un talón de depósito de equipajes. Lo examiné cuidadosamente.
No sin cierto trabajo pude leer:
6459
por día
sponsables
os. Todo
mado dentro
será
gastos.
Me quité el zapato y guardé el talón dentro de la media. Luego volví a ponerme el zapato y salí.
Al llegar a las escaleras, comenzó la reacción. El estómago empezó a subírseme a la boca. Las manos me temblaban tanto que a duras penas podía sostenerme de la baranda. No sé cómo llegué a la planta baja. Fui al teléfono del pasillo y llamé a la policía.
—Será necesario que se den un paseíto por Forest Road 7820 —dije—.
Puede que haya un cliente para la heladera. Tercer piso. La puerta está abierta.
Colgué y me arrastré hasta afuera. El aire fresco me pegó como una ducha fría. Respiré hondo varias veces, y luego caminé hacia la calle. Me paré en mitad del camino con las piernas abiertas y agité las manos cuando apareció el primer coche que iba hacia la ciudad.
Chirriaron los frenos y se detuvo. Corrí hasta la portezuela opuesta a la del conductor, abrí y cerré rápidamente la billetera de Watson frente a la cara asustada del conductor, gritando:
—¡Policía! ¡Siga al coche verde que va adelante! ¡Rápido, amigo! —de un salto me senté a su lado.
El conductor era un hombre calvo de traje azul arrugado. Comenzó a manipular nerviosamente los cambios.
—No tiene nada que temer —le dije—, no habrá tiroteo. No tienen armas.
—¿Q… qué pasó? —tartamudeó.
—¿Qué le parece? —le dije impacientemente—. Me zurraron.
—¿Q… quiénes?
—La banda del Este. Del círculo de la marihuana. Los vinieron a buscar, si no, no se habrían metido a apalear a un policía.
Estuvimos callados un rato. Lo pesqué mirándome de reojo. Me observé en el espejito. El espectáculo era hermoso: dos colinas, de color violáceo, en cada ojo y en cada mejilla, comenzaban a hincharse fabulosamente. La sangre de la nariz se había coagulado sobre mi labio superior, y un tajo de tres centímetros en el mentón, dejaría seguramente otra cicatriz en mi colección.
—Ustedes sí que se ganan el sueldo —comentó el conductor pensativamente.
—Sí. La gente en general se olvida de que existimos. Pero un día les roban el coche o lo que sea, y entonces se dan cuenta de lo que significa tenernos a nosotros —bajé la ventanilla y escupí. Volví a subirla—.
Apoyando a la fuerza policial se apoya a la comunidad.
—Así es —asintió mi compañero.
—Tengo cinco entradas para el Baile de la Policía —dije—. Quizá usted quiera quitármelas de encima.
—No, ya tengo —contestó.
—No tiene por qué usarlas usted mismo. Se las puede pasar a un amigo.
Tosió, incómodo.
—Me gustaría. Pero usted sabe cómo es…, uno tiene un límite de dinero para gastar en esas cosas.
—Sí, ya sé. La inflación. Lo que sube y nunca baja.
A mitad de camino hacia la ciudad, se nos cruzó un coche de policía en la otra dirección, con la sirena a todo volumen.
—¿Qué me cuenta? —dije, orgulloso—. Siempre listos. Día y noche.
Cuando llegamos a una farmacia entré y llamé a Misty. No contestaba.
Esperé quince minutos y probé de nuevo. Esta vez contestó y yo dije:
—Habla Vance.
—Vance —exclamó alegremente—. ¿Desde dónde? Ya me estaba volviendo loca.
—Estoy en una farmacia en North Cook y Michigan. El cómplice de Dawson me dio una paliza y me siento bastante mal.
—Quédate ahí —dijo—. Voy en seguida.
Bueno. Colgué. En seguida llamé a Dee Francis.
—Dee —dije—, habla Vance.
—Oh, ¿cómo está usted? —contestó muy formalmente.
—¿Qué pasa? ¿Hay alguien ahí?
—Sí, me alegro de que me haya llamado.
—¿La policía?
—Por cierto —dijo—. Enteramente de acuerdo.
—¿Te preguntan por mí?
—Sí, me parece muy bien.
—Bueno, te llamaré luego. Pero creo que necesitaré mucho dinero cuanto antes. ¿Qué hay del premio del Post? ¿Saldrá eso o no saldrá?
—No me parece que pueda arreglarse eso en las presentes circunstancias.
—¡Maldito sea, tiene que arreglarse! ¡Quizá tenga que coimear al primer policía que me detenga!
Al decir eso, oí el leve ruido de un forcejeo del otro lado del aparato y una áspera voz de hombre que decía:
—Habla Ed Brocha, Westfall. ¿Por qué no trata de coimearme a mí?
—Hola, Brocha —dije—. Me apena verlo trabajar tanto por nada. No fui yo.
—Entonces, ¿por qué no se entrega? Le trataremos muy bien.
—Brocha —dije—, he estado fuera de la ciudad durante todo el último mes.
—No es eso lo que dice su agente. Ella misma lo vio en el banco.
—Muy bien —contesté—. Si es así, entonces yo a mi vez puedo decirle a usted que la vi en el Wellington Arms la tarde que Struthers fue asesinado.
Brocha se rio.
—¡Eso me gusta! ¡Amistad! ¡Espíritu de camaradería! Pero llega tarde, Westfall. Ella ya nos contó eso. Y nos dijo que estuvo en el cuarto de Struthers. Y le creemos. ¿Por qué no nos cuenta usted su historia? Quizá también le creamos.
—Si les contó todo, también les debe haber dicho que me vio en el hall, no en la pieza de Struthers. Lo cual debería absolverme de toda culpa.
—Eso no lo daña, pero tampoco la ayuda. No olvide que fue usted quién la llamó a ella. Quizá usted quería que ella la viera. No habría sido una mala coartada…
Fue en ese momento cuando vi lo que pretendía. Estaba jugando conmigo mientras uno de sus hombres localizaba mi llamada desde otro aparato. Si ése era el caso, quizá podría ayudarlo. Miré el número de mi teléfono en la caja de monedas. Era Plaza 8-8042. Agité el receptor varias veces y en mi mejor falsete dije:
—Tremont 9-9042, se terminan los tres minutos. Deposite otros diez centavos, por favor.
Entonces contesté:
—He terminado, operadora. Anótelo en la cuenta de la policía.
Colgué y salí de la farmacia. No creía que el hombre de Brocha hubiera alcanzado a ubicar la llamada antes de que yo colgara, pero si había tenido tiempo, la policía no se anunciaría con sirenas. Crucé la calle, me metí en un pasaje oscuro y esperé. Veinte minutos después apareció Misty en un taxi; me lancé a través de la calle y me metí en el auto antes que tuviera tiempo de bajarse.
— Siga, siga —le dije al conductor.
—Vance —gritó Misty—. ¿Qué te pasó? Tu cara…
—Encontré a mi doble. Supongo que estaba decidido a liquidarme cuándo llegase Dawson, pero me escapé antes.
Ella dijo:
—¡Qué locura, qué locura! ¿Por qué hiciste eso?
Me volví para poder verle la cara y ella se inclinó y me besó ligeramente los labios. Me quejé. Dolía hasta que ella misma me tocara.
—Creí que iba a encontrar una pista que me llevara hasta el escondite del dinero.
—¿Y?
—Tal vez lo haya encontrado. Tengo un pedazo de un talón de equipaje.
Y descubrí que hay una mujer complicada con Dawson. Supongo que mi doble tenía la tercera parte del talón, Dawson otro tercio, y esa mujer el otro. Algo así como un seguro de vida para los tres. Garantiza la permanencia de la sociedad —me hundí en el fondo del asiento—. Va a ser divertidísimo buscar a la mujer. ¿Cuántas mujeres hay en Middleburg?
Hasta ahora he eliminado a todas menos tres: Dee Francis, Laura Struthers y tú.
—No me gustan esos chistes —dijo.
—Sólo para divertirnos —continué—, hagamos de cuenta que tú tomaste el dinero. ¿Qué harías con él si lo tuvieras?
—Sólo para divertirnos —dijo—, hagamos de cuenta que tú tomaste el dinero. ¿Qué harías con él?
—Buscarme un abogado.
—Lo que pasa contigo es que estás pensando demasiado —dijo—. ¿Por qué no le das un respiro a tu cerebro…, y a ti mismo?
De pronto me sentí endiabladamente cansado.
—Creo que me vas a convencer —dije.
Estuvimos callados un rato. Luego Misty preguntó:
—¿Cómo lograste escapar?
—Mi guardián me encerró. Me divertí atando un cordón eléctrico al picaporte. Cuando volvió, mandé corriente. Después ya no hubo problemas.
Tembló.
—¿Está vivo?
—No sé. Avisé a la policía.
—¡La policía!
—Ahora sabré dónde encontrarlo si lo necesito —le pedí un cigarrillo.
Mi mano temblaba cuando lo encendí—. ¿Y tú? ¿Alguna novedad?
—Sí. Y espero una buena felicitación. Hallé una llave del departamento de Dawson.
Le palmeé el brazo.
—Misty, eres una buena chica.
—No tan buena como tú crees —contestó fríamente—, pero estoy segura de hacer un buen trabajo con tus heridas no bien lleguemos a casa.
Cuando por fin llegamos, me tiré en la cama y dije:
—Muy bien, Florence Nightingale, manos a la obra.
Misty entró al baño y salió con un paño húmedo. Comenzó a frotarme la cara.
—Por suerte no te han roto ningún hueso —observó.
—Por suerte tengo una enfermera, también.
—¿Tienes hambre?, ¿sed?
—Podría beber algo.
Asintió y salió. Fui a la sala y me senté en el sofá. Misty vino de la cocina trayendo dos Martinis helados en vasos grandes. Se sentó junto a mí en una gran otomana roja.
—Queda un poco de carne fría del último fin de semana —dijo.
Tomé un Martini y dejé que me quemara por dentro. En cuanto lo terminé, Misty me trajo otro. No transcurrió mucho tiempo antes de que sintiera una linda aureola tibia a mi alrededor; y supongo que Misty debe haber reaccionado del mismo modo, porque sé que estábamos hablando de cosas que no tenían nada que ver con nada. Se quitó el saco y comenzó a arreglarse el cabello frente a un pequeño espejo de pared, y sus pechos se movían nerviosamente bajo su blusa color chartreuse cada vez que levantaba los brazos.
—Tengo calor —dijo.
Se dio vuelta lentamente y se acercó a donde yo estaba. Sus labios estaban húmedos y brillantes.
—Bailemos —dijo.
Me hizo poner de pie, se quitó los zapatos, y comenzamos a bailar.
—Un segundo —observé—, necesitamos un poco de música.
Encendí la radio y se oyó el ritmo de una rumba. Misty estiró los brazos y su cuerpo comenzó a moverse provocadoramente.
Supongo que yo estaba tratando de hacerme el héroe o algo por el estilo, pues antes de darme cuenta de lo que hacía, dije:
—Prepáranos algo de comer, Misty. Me daré una ducha para refrescarme un poco. Eso me va a dejar como nuevo.
—No demasiado nuevo, Vance —oí que decía detrás de mí. A lo mejor entonces no me gustas.
Cerré la puerta del baño y me quité la ropa. Abrí la canilla y me metí bajo la ducha. Me estaba enjabonando la cara cuando alguien me tocó en un hombro.
—Sí —dije, con los ojos aún cerrados.
—Hola —susurró Misty—, decidí darme una ducha yo también.
Me quité el jabón de los ojos rápidamente. Los abrí. Allí estaba ella, de pie junto a mí, en la bañera. Tenía un Martini en la mano. Una gorra de baño sobre su cabellera era toda su indumentaria. Desde sus llenos y núbiles senos hasta sus justos y bien torneados tobillos, estaba completamente desnuda, desnuda, hermosa y pícara. Se inclinó y posó el Martini sobre la pileta. Luego se me acercó, con los brazos a los costados como una modesta colegiala saliendo al escenario para recitar un poema.
—Vance —dijo—, enjabóname la espalda.
—Bruja… —dije.
Se meneó acercándose más y el brillo aún no se había ido de sus ojos.
—¿Ves, querido? —murmuró—, te dije que no era una chica tan buena…
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