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Capítulo 6
6
I
Lambaesis, Numidia, mayo de 368
A Cinegio y a Clivio les había costado alcanzar Lambaesis, la sede de
Romano, más tiempo que tristeza. Hasta allí les enviaba el despacho de
Remigio para ponerse a las órdenes del comes Africae.
Durante su periplo, llegados la primavera anterior a Roma desde Tréveris
y pese al caótico ambiente reinante en la capital, decidieron conocer, visitar y
disfrutarla.
—No creo ser ni tan joven ni tan afortunado como para volver a ver la
Ciudad Eterna, hijo y quién sabe si tú lo harás alguna vez. Pecado sería no
detenerse. Atrapa cuanto te rodea, pues Roma resume cuanto somos. La cima
y el abismo. Fácil suele resultar vislumbrar la cima.
La vía Sacra, ancha y espaciosa pese a su constante ajetreo, nacía en lo
alto de la colina Capitolina para atravesar el foro y morir en el Coliseo.
Clivio, como cualquier otro, disfrutaba recorriendo al atardecer su senda por
el foro. El territorio donde las leyendas pugnaban desde hacía siglos por dejar
su sello.
—Habrás de salir de aquí reconociendo todo lo que ves —le dijo a su
sobrino el primer día de paseo, mientras cruzaban el arco de Tito, admirando
los edificios, templos, arcos y columnas que se repartían en el horizonte como
las estrellas en el firmamento de una oscura y despejada noche.
Observando a Cinegio, perdido ante semejante panorama, incapaz de
marcar un objetivo, decidió ayudarle señalando uno de los más
impresionantes edificios por su tamaño que se situaba a su derecha.
—¿Ves ese edificio, el que está sobre la colina Velia? —le preguntó—. Es
la basílica de Majencio que concluyó Constantino. La actual sede de la
administración de justicia y el principal templo cristiano. De hecho, su planta
y forma son ahora el ejemplo a imitar por todas las iglesias galileas. Fíjate que
la recordaba aún más grande.
—Es monstruosa —le contradijo Cinegio, embobado, recorriendo sus tres
naves con la vista desde el propio foro hasta el templo de Venus—. ¿Y este?
—Señaló a su izquierda.
—Tienes buen ojo, uno de mis favoritos. El templo de Saturno, del que
recordamos su inauguración cada Saturnalia, como hicimos en Tréveris. —
Cinegio asintió compartiendo el agradable e indeleble recuerdo—. Y aquí está
el arco de Septimio Severo conmemorando su victoria contra los partos —
continuó Clivio ejerciendo de guía. Se encontraban justo enfrente del templo
de Saturno, contemplando un enorme arco donde se distinguía la lejana y
legendaria batalla esculpida en relieve.
Las sombras y reflejos de la piedra daban cierto movimiento a los
elefantes, catafractos y carros de arqueros partos peleando contra la infantería
romana que marchaba con sus escudos en formación y las lanzas y gladii en
guardia.
Había llovido hasta media tarde y el aire cargaba la humedad típicamente
romana, la que enamoraba a los mosquitos. La que les acompañó durante
cerca del año que allí residieron endureciendo singularmente verano e
invierno.
Aguantaron el tiempo suficiente para leer la larga inscripción de cada
fachada. En ambas se loaba a Septimio Severo y a su hijo Marco Aurelio, el
que luego sería recordado como Caracalla por la capa gala que introdujo en la
corte. Siguieron admirando sus columnas hasta retomar el agradable paseo
perdidos entre el gentío.
—¿Y los que hemos pasado? —preguntó Cinegio siempre curioso por
aprender, volviéndose, rompiendo el sentido del paseo y señalando otros dos
templos próximos al arco de Tito.
—El de la Concordia y el de Vespasiano —le respondió su tío,
señalándolos respectivamente antes de continuar—. Este que nos habíamos
pasado es el templo de Cástor y Pólux —explicó, tras otro silencio, volviendo
sobre sus pasos hacia el arco de Tito y la casa de las vestales. Acercándose
con parsimonia hasta las columnas señaló un detalle—: Observa las flores del
capitel.
—Parecen recién esculpidas —apuntilló Cinegio, tras observar la
magnífica obra durante un rato.
—Pues son casi tan viejas como la ciudad. Aunque la medalla de la
antigüedad se la lleva otro. La Lapis Niger, la tumba de Rómulo —dijo,
volviéndose y retomando el paso. Ya con el sol agonizante y el cielo
vistiéndose de naranja y rosa. Al llegar a su puerta, deteniéndose y observándola continuó con un toque de resignación—. Cerrada. Casi siempre
está así.
—Y esto debe ser la Curia —dijo Cinegio, señalándola justo enfrente de
la tumba.
Allí sí consiguieron entrar, comprobar su acústica y sentarse en una de sus
bancadas de mármol fingiendo ser alguno de los elegidos que dirigía el
mundo conocido.
Durante su estancia, asiduos fueron de la biblioteca Ulpia, legada por
Trajano, y de la Capitolina de Augusto. Se bañaron en las termas de Caracalla
y compraron en varias de los cientos de tiendas que abarrotaban el mercado
de Trajano.
Se bebieron Roma. Tanto como para descubrir su amargor.
Tampoco era difícil vislumbrar el abismo.
Olybrio, prefecto de la ciudad, estaba acusado de envenenamiento por
Chilón, exvicario de África, y su esposa Máxima. Las víctimas eran Serico
Absolio, maestro de luchadores, y el arúspice Campensis. Un ajuste de
cuentas por una importante cantidad perdida en los últimos juegos circenses
parecían ser el móvil.
Maximino, un mero prefecto de la annona o encargado del suministro de
grano, un antiguo gobernador de provincias de escaso rango, tomó el mando
de la acusación. Ni le tembló el pulso ni le faltó ambición. Apoyándose en un
severo juez, sembró el miedo y detuvo a cuantos consideró oportuno
arrancando numerosas revelaciones. La mayoría gente de clase ínfima:
delincuentes, delatores y esclavos. El resultado de las torturas y el oro arrojó
todo tipo de acusaciones y crímenes que se presentaron como prueba de la
corrupción de Roma a un Valentiniano dispuesto a dar ejemplo.
Roma era un estercolero, un nido de burócratas vagos, inútiles y
vividores. Un desagüe. El gran Valentiniano, el emperador soldado, la
limpiaría. Nadie estaba a salvo. La envidia, la codicia y la venganza
encontraron con facilidad el camino de ser escuchadas.
Cinegio y Clivio evitaban relación alguna con cortesanos, políticos o
funcionarios, pues cualquier conocido o contacto podía caer bajo sospecha e
incriminarles en supuestos delitos con tal de rebajar su condena. Adulterio,
espionaje, magia, traición, asesinato, robo, violación; cualquier excusa era
buena para el castigo físico o fiscal. Todo un negocio para el estado y sus
funcionarios.
Decidieron partir para continuar con su misión cuando vieron cómo los
acusados, muchos de ellos ilustres, como el senador Cettugo, el abogado Marino o el procónsul Hymecio, caían como higos en agosto.
Tras su experiencia en Roma, con una sonrisa, admiraba Cinegio ahora las
murallas de Lambaesis, su triple arco de entrada, doble piso y su avenida
porticada previa. Molde de aprendiz. Poco más que un campamento militar
venido a más. Roma daba otra perspectiva. Jamás volvería a ver Cinegio un
girasol más alto, una amapola más roja o una dama más elegante en una
fiesta. Roma era la luz entre las sombras de la cueva platónica.
II
Lambaesis era la capital militar que regía todo el norte africano. La vieja sede
de la Legio III Augusta que trasladó primero Tito y más tarde fortaleció
Adriano desde su acantonamiento allí para defender el limes de los bereberes.
La que regía ahora Romano, experto en cobrar pronto y pagar tarde, con más
habilidad para mantener contactos en la corte que el orden en su protectorado.
No existía esa misma unidad para el gobierno religioso ni civil desde el
reformador Diocleciano que multiplicó las provincias para incrementar
tributos, control y poder para Roma. El África Proconsular, el granero del
imperio, la región más rica y extensa, era demasiado golosa como para
confiarla en unas solas manos que no fueran las del emperador. Diocleciano la
dejó en un tercio con dos legados en Cartago e Hipona. A occidente fundó la
Numidia y más al oeste aún dividiría la Mauritania, también religiosamente
cediendo la nueva Mauritania Tingitana a la Diócesis Hispana. Aquella era la
tierra de Firmo. Su misión. El objeto de su visita.
Con gusto volvió a sentir Cinegio la sequedad africana. El reino del sol.
Aquel calor limpio que tanto extrañaba y que por mucho que apretara jamás
hacía sudar.
Llegaban en una de las caravanas que partían desde Milevum dos veces
por semana, protegidos por una escolta de cuatro hombres que les habían
recibido en el mismo puerto. Al llegar a Lambaesis, demostrando su
condición militar, la intendencia funcionó sin problema y los alojaron junto a
la residencia de Romano, aunque informándoles de que estaba en Oea. El
comes Africae no solo tenía problemas en la Mauritania.
Oea llevaba desde el emperador Joviano sufriendo ataques de los
austurianos, una inmanejable tribu nómada. Dura y cruel como el desierto en
que vivían. Tan pronto pasaba años ignorada, viviendo de la caza y sus
rebaños, como quemaba media provincia devastando cuanto encontraba. Los tripolitanos, hartos de los recurrentes ataques, tiempo llevaban quejándose al
emperador sobre la dejación de Romano.
Valentiniano, pese a escuchar los interesados consejos de Remigio en la
corte, probablemente ya cansado de las quejas que recurrentemente llegaban
desde África sobre Romano, había enviado al legado Paladio para comprobar
de primera mano la información. A su encuentro había marchado Romano
con el ánimo de comprar su voluntad. Siempre resulta más barato comprar un
legado que librar una guerra.
Enterados de la reciente llegada de Clivio y Cinegio, dos legionarios allí
destinados acudieron a recibirlos. Pancracio y Severo. Mauritanos. Equites de
la IV cohorte de los Sagitarii. Veteranos de las guerras partas. Sabían que eran
el hermano y el hijo de Ausonio Cinegio.
—Es un honor para nosotros conoceros —les dijo Severo, tras un fuerte
apretón de manos. Era bajo y robusto, cetrino, sin pelo ni apenas dientes. Tan
parecido a Pancracio, su acompañante, como para pasar por hermanos. Su voz
resultaba extraña y cómicamente aguda para su aspecto. Como si un jilguero
cantara dentro de un buitre. Ambos iban perfectamente aseados y en traje de
gala—. Vuestro padre y hermano era un estandarte para nosotros. Una
referencia. Aún se brinda por su incursión en Amida.
—¿Y qué se dice? —preguntó Cinegio instintivamente. Mil veces había
escuchado hablar sobre ello, pero nunca por un testimonio directo sino de
forma abstracta; como se escucha al burócrata hablar de la guerra, al hombre
del parto o al clérigo célibe del matrimonio.
—Que de haberlo podido conseguir alguien hubiera sido él —respondió
su compañero Pancracio mientras también apretaba con fuerza la mano de
Cinegio—. Nadie más que él. Cerca estuvo de alcanzar la tienda. No existe
phalera otorgada de forma más justa. —Advirtiendo el interés de Cinegio,
viéndole como nervioso se peinaba su rizado pelo hacia la derecha y echaba
mano a un bolsillo interior de su túnica, decidió extenderse—: Conoces la
historia, ¿verdad?
—Más o menos —respondió algo azorado, pues lo cierto era que poco la
conocía. Su referencia era los gritos de su padre ebrio recordándola desde la
cama entre insultos, blasfemias y vejaciones. Postrado, sin posibilidad de
andar, tal y como había llegado de aquella maldita guerra.
—Con sumo gusto te la relataré entonces —le dijo Pancracio—.
Llevábamos días esperando; la noche estaba nublada, oscura, propicia para
hacer una salida sin ser descubiertos. De tu propio padre era aquel plan que
nadie más había sido capaz de vislumbrar. A tiro veía la tienda de Sapor. La cabeza de la serpiente. El final del sitio, la guerra y el problema. Caería sobre
él como el halcón o la flecha. La idea resultaba tan sencilla como
descabellada: saldría por una de las puertas laterales de la muralla de Amida y
atacaría por el flanco izquierdo, algo descuidado y a favor de la pendiente.
»Poco más que la sorpresa, su velocidad y su destreza serían sus aliadas,
pero bien valía la pena arriesgar su vida por aquel objetivo. Sus hombres
tampoco dudaban, ansiosos por acabar con aquel sitio que ya se alargaba
meses, orgullosos de su tribuno. Toda la cohorte se presentó voluntaria para
ser uno de los sesenta hombres que le escoltarían.
»Tu padre, tu hermano, encabezaba los dos escuadrones como el pato del
bando, en punta de lanza, sin mirar atrás ni reparar en nada. Cabalgando como
si el mundo se borrara a su espalda, pegado el cuello al de su rocín, abrazado
a su grupa. Directo, veloz, determinado, llegó a arrojar una lanza que alcanzó
la tienda antes de que su caballo cayera herido y él fuera fatalmente arrollado.
De milagro pudo escapar rescatado por uno de sus hombres, pues sobre él
caía ya medio ejército parto.
—Gracias —dijo Cinegio tras un largo silencio. Con los ojos empañados.
Imaginando a su padre cabalgando. Persiguiendo aquella cara, aquella sonrisa
y aquella voz en lo más profundo de su memoria. Luchando por conservar
aquel recuerdo y no el de su aciago final. Acariciándolo de alguna forma al
hacerlo con su phalera. Allí le sentía en plenitud.
—Desgraciadamente, nos llegó la noticia de su muerte hace un par de
años, mucho lo sentimos. Pero, bueno, sin querer abusar de vuestra confianza,
¿qué os trae aquí? —les preguntó Severo, amistoso, con su tono chillón—.
Muchas son las visitas ilustres al comes Africae últimamente —susurró con
cierto sarcasmo ridiculizando el título.
—Eso nos avisaron a nuestra llegada. Venimos a transmitirle un mensaje
nada más —le confesó discretamente Clivio—. Pero habremos de esperar
pues se encuentra en Leptis Magna.
—Mejor para vosotros —susurró Pancracio, simulando una seca tos y
enlazando una mirada cómplice para subrayar el mensaje. Cinegio y Clivio se
pusieron en guardia. Reconociendo la complicidad y recobrando el tono
normal el soldado continuó—: Tenéis tiempo entonces, perfecto. Seguidnos y
brindaremos por el gran Ausonio. Por su valor y ejemplo. Pocas ocasiones lo
merecen tanto.
Se dirigieron a una taberna donde Severo y Pancracio eran conocidos. Las
preguntas ardían en la lengua de Cinegio, pero su intuición y una inquisitiva
mirada de su tío antes de salir de la casa habían bastado para apagarlas.
Bien conocía ya Clivio el singular carácter de su sobrino. Normalmente
sereno pero agitado en aquel momento por la intensa emoción que le producía
cualquier referencia a su padre. Como decía su admirado Séneca: «El alma
noble posee la gran cualidad de apasionarse por las cosas honestas», y su
sobrino poseía esa fuerza de las grandes almas que disciernen el grano de la
paja. Capaz de sentir en toda su profundidad cuando el momento y la
situación lo requerían, de amar aquello que valía realmente la pena. A
Cinegio, ininteligible para el que se detiene en los detalles en lugar de admirar
la obra, la perspicacia y el amor de Clivio le permitían contemplarle en todo
su esplendor. Orgulloso al reconocer en él al superior entre iguales y apenado
al vislumbrar en su futuro más días de tormento que de calma. Difícil es
alcanzar el sosiego para el extraordinario.
Al llegar a la taberna se sentaron en una mesa al fondo, separados del
comedor principal.
—Gracias por acompañarnos y disculpad la intriga, pero al acercarnos a
vosotros no solo buscábamos saludaros —dijo Pancracio, volviendo a callar al
llegar el posadero que saludó solo con un gesto de cabeza, conocedor de que
no debía interrumpir las conversaciones que se celebraban en aquella mesa.
Dejó una frasca de vino y cuatro copas y regresó a atender al resto de los
clientes. Pancracio retomó el discurso mientras servía el vino—. No os
preocupéis. Aquí hablaremos tranquilos, algo poco habitual por estos lares. —
Una vez finalizó, tras dar un trago y asentir, continuó—: Seré claro: no sois
bienvenidos en Lambaesis. Lo que es peor, aquí no estáis seguros. Romano,
tan peligroso como expeditivo, conoce de primera mano vuestras quejas ante
Valentiniano con respecto a Firmo. Todo cuanto se discute en la corte se
escucha en este campamento. El sello del emperador, vuestra escolta o un
salvoconducto no tienen valor alguno. Este es su territorio. —Mirando
fijamente a tío y sobrino, muy seriamente, concluyó—: Mañana mismo
partiréis bastante antes del alba, id sopesando el destino. Nosotros os
ayudaremos. Se lo debemos a la memoria de Ausonio.
La ciudad todavía conservaba el tono de los sueños y, remolona, escondía
sus matices hasta la visita del sol.
El aviso, dos ligeros toques en la puerta, encontró dispuestos a Cinegio y
Clivio. En realidad, lo hubiera hecho en cualquier momento de la noche, pues
el sueño se había mostrado esquivo durante todo el transcurso de esta,
escapándose al correr de las horas como el agua que trata de guardarse entre
las manos y acaba siempre encontrando una fuga. Pésima consejera es la
oscuridad para el ánimo y la lucidez. Cualquier nimiedad se magnifica y los problemas se entretejen como si el universo conspirara en contra nuestra.
Cinegio, inquieto en su lecho, mezclaba su incierto destino, el heroico
recuerdo de su padre y el miedo a Romano de forma confusa, sin encontrar
solución alguna.
—Soy Claudio, seré vuestro guía, seguidme —les dijo el legionario que
fue a buscarlos, un decurión—, sin apenas detenerse.
El trío se movía silencioso por las calles, aunque a Cinegio, con los
sentidos más alerta de lo que jamás se habían encontrado, cada paso le
retumbaba en los oídos como el repique de las campanas de una iglesia.
Cualquier ruido amenazaba con ser el de una partida a punto de detenerlos y
de entre las sombras surgían aviesas figuras con ánimo de atraparle. Jamás
había sentido un temor similar, como el del conejo que divisa al enemigo
demasiado lejos de su madriguera y sin escapatoria posible aguanta pisado,
inmóvil ante la amenaza, rezando por no ser visto. Frenético, trataba de
controlar el desbocado galope de su corazón acariciando la medalla de su
padre, solicitándole el valor que sabía que atesoraba; a punto estuvo de
reventarle el pecho con el maullido y posterior carrera de un gato cercano.
Por fortuna, no se intuía ni un alma pues se encontraban en esas horas en
las que tanto panadero como tabernero coinciden durmiendo, las que solo
conocen las almas zarandeadas por la inspiración, el miedo, el amor o
cualquier combinación entre ellas.
Salieron por una puerta lateral de la fortaleza donde otros tres hombres les
esperaban con sus caballos ensillados. La tierra aún era azabache e imposible
resultaba distinguir el matorral del árbol a escasos pies de distancia. En el
cielo, sin luna, aún reinaban las constelaciones, esparcidas en su infinita
profundidad.
Cinegio, regalándose el primer momento de relajación desde los dos
toques en la puerta de Claudio, pudo fácilmente distinguir la estrella polar,
Géminis, Tauro y Orión del que era visible, además del cinturón y la espada,
el casco y el arco. Ahí estaban y ahí seguirían, independientemente de lo que
a él le sucediera. Impasibles ante el ajetreo de su alma mortal.
La repentina y nítida revelación sobre su pequeñez, sobre su completa
intrascendencia, le aportó cierto sosiego y consiguió arrancarle una sarcástica
sonrisa en el rostro. ¿Qué más daba lo que le sucediera, al fin y al cabo?
—A Icosium —dijo Clivio y, con un silencioso asentimiento de cabeza
por parte de su escolta, emprendieron la marcha.
Dirigirse a Icosium era una opción que venía barruntando Clivio desde su
salida de Tréveris, a pesar de que el despacho de Remigio les ordenaba marchar a Lambaesis para ponerse a las órdenes de Romano. El aviso de
Pancracio y Severo sobre el comes Africae había confirmado sus peores
temores. Obligados a cambiar el plan, no se le ocurrió ninguno mejor que el
que les ordenara directamente el emperador: ir a Icosium y convencer a Nubel
para que vigilara a sus vástagos.
Tardarían una semana a buen ritmo en alcanzar el famoso puerto de la
Mauritania Cesariense. Precavidos contra Romano, lo hicieron evitando las
ciudades cercanas a la costa, bordeando el Atlas, caminando por tierra dura en
lugar de blanda para evitar el posible rastro.
Cinegio gozaba de los zigzagueantes senderos que ascendían y descendían
entre los bosques de cedros y robles, alerta por si la buena fortuna les cruzaba
algún jabalí o un ciervo y la mala una pantera, un leopardo o un león. No
imaginaba montañas de aquel calibre tan cerca de casa, tan distintas y a su vez
similares a los Alpes que conociera en su viaje a Tréveris.
En contadas ocasiones, Clivio, espectador empedernido cuando la
naturaleza mostraba sus encantos, se rezagaba para contemplar los fértiles
valles a sus pies, soñando ser una de las águilas que con frecuencia les
sobrevolaban.
—¿Recuerdas a qué debían su nombre? —le preguntó el tío al sobrino,
contemplando los montes que les rodeaban, sin mirarle, advirtiendo cómo se
le acercaba.
—¿Te refieres al Atlas? —preguntó, obteniendo un escueto asentimiento
por respuesta—. Esta sí la sé —añadió, sonriendo al recordar la lección.
Colocándose a su derecha, perdida también la vista en el paisaje, seguro tras
un silencio, continuó en el didáctico tono que su tío solía utilizar con él—:
Por los escritos de Homero y Hesíodo, de hecho. —Una sonrisa se dibujó en
la cara de Clivio ante la referencia mientras siguió escuchando—. Perseo fue
el causante. El titán Atlas, el condenado por Zeus a sostener el cielo para toda
la eternidad tras la guerra entre titanes y olímpicos, reinaba sobre Arcadia y
África. Aquí custodiaba el árbol divino. Un árbol de hojas y manzanas de oro,
las mismas que Gea regaló a Zeus en su boda con Hera.
»Pese a su terrible castigo, que le arrancaba recurrentes gemidos pese a su
fortaleza, todo le marchaba razonablemente bien a Atlas; se había casado con
la bella Hesperis, la guardiana del atardecer, con quien tuvo seis hijas, las
Hespérides, que solícitas cuidaban su jardín y el codiciado árbol. Todo hasta
que Perseo, después de matar a Medusa, le pidió cobijo y el titán se lo negó,
temeroso de que un hijo de Zeus le robara sus riquezas como aseguraba una
vieja profecía. Como castigo a su negativa, Perseo le enseñó la cabeza convirtiéndolo en piedra. Un titán del calibre de Atlas había de ser esto y no
una estatua cualquiera.
III
A Cinegio, en el primer vistazo, Icosium le pareció poco más que un montón
de casuchas amontonadas persiguiendo el mar. Humilde para tratarse de una
de las ciudades más importantes de la Mauritania Cesariense y de los pocos
abrigos que la tierra le ganaba a aquel mar sin puertos como lo había
bautizado Salustio.
De origen púnico y refundada como colonia romana por Augusto, Icosium
también se había visto inmerso en las reformas políticas de Diocleciano que
colocó a su vecina Caesarea como la capital de la nueva provincia.
Atardecía con parsimonia, pues ya al sol le costaba esconderse, ansioso en
aquellos primeros días de junio por alargar al máximo su reinado. Era el
momento del día en el que las ciudades africanas reviven convirtiéndose en
bullicioso mercado.
Clivio, Cinegio y su escolta se cruzaban con mulos cargados de abultadas
alforjas, camellos apáticos, lentos carros tirados por bueyes y hombres y
mujeres ajetreados en sus diferentes tareas. La mayoría los ignoraba, aunque
no pocos les dirigían inquisitivas miradas o se acercaban ofreciendo sus
servicios. Conforme fueron avanzando por su avenida principal, escoltados
por un regio acueducto que partía la ciudad desde una colina cercana,
comenzaron a percatarse de que aquel poblacho escondía más riqueza de lo
que parecía. Las casas, modestas en su fachada, ocupaban manzanas enteras y
en su interior se intuían hermosos patios por las copas de los árboles y el
rumor del agua. Al pasar junto a una casa, por una ventana abierta
probablemente en busca de la corriente, Cinegio pudo distinguir una gran
familia sentada a una mesa excelentemente provista de un caldo, pescado,
carne asada, dulces de almendras y varias jarras de vino. Si aquello sabía
como pintaba y olía, se trataba de un brutal banquete.
Tras acomodarse nuestros protagonistas poco tardaron en conocer el
paradero de la casa de Nubel. Una magnífica domus señoreando una suave
colina a la entrada de la ciudad. Allí, tras solicitar audiencia, se encontraron
con él la tarde del cuarto día desde su llegada.
—Clivio, Cinegio, es un honor recibir a legados del augusto Valentiniano
en mi humilde morada —les dijo un afable Nubel, saludándoles y
recibiéndoles en una espléndida terraza desde donde se divisaba la blanca ciudad salpicada del verde de los patios y con el azul verdoso del mar como
fondo. Por el medio, el oscuro color de la piedra del acueducto firmaba la
presencia romana—. Espero que hayáis tenido un agradable viaje.
Su aspecto, pese a su avanzada edad, era intachable, limpio, su voz grave,
el latín culto y sus modales refinados, muy alejados de la rudeza bereber que
intuían previo a su visita. Vestía blanca túnica de fina seda que, salvo por el
cordón áureo con incrustaciones de rojo rubí que abrochaba su cintura, flotaba
sobre su ya envejecido y algo encorvado cuerpo. El peso del sol no le
afectaba, salvo para moverse por la sombra de una espectacular parra,
derrochando elegancia y soltura en cada ademán. De altura significativa, tanto
como para hacer parecer un niño a Clivio, mostraba una rasurada cara afilada
con los rasgos singularmente grandes. Estos contrastaban con su pequeña y
arrugada frente pues el pelo, llamativamente poblado, corto y canoso, le nacía
casi sobre las cejas. Sus ojos poderosamente negros le daban una fresca
mirada que engañaba sobre una edad que avanzaba según te alejabas de ellos.
Envejeciendo con cada rasgo y arruga.
—Muchas gracias, ilustre Nubel. El honor es nuestro —respondió
ceremonioso Clivio—. Son impresionantes las vistas desde tu terraza —
afirmó mientras observaba en la lontananza los botes de los pescadores que, a
aquella hora, ya acercándose el final de la tarde, salían a faenar en busca de
alguna captura vespertina.
—No puedo negarlo —admitió Nubel, callando ante el estruendo de unas
gaviotas que se perseguían cercanas, saboreando cuanto le rodeaba, aspirando
con fuerza el potente olor a jazmín que reinaba en la terraza—. Poco más
puede anhelarse si además se está acompañado por quien uno ama. —
Haciéndose a un lado, dio paso a tres hombres y una mujer cuya edad y
parecido dejaban clara su ascendencia—. Os presento a mis hijos Zamac,
Mazuca, Gildo y Kiria.
Kiria atrapó a Cinegio desde el primer instante. El joven, habitualmente
tímido, aunque cada vez más consciente de su extravagante atractivo, solía
esquivar la mirada de las mujeres con las que se cruzaba. Con Kiria no
sucedió y ambos aguantaron la vista del otro, la eternidad en un segundo.
Perdido en una sima, el joven descubrió algo que no esperaba. Un golpe
similar al que le acometiera en el coliseo sintiéndose Cónsul, pero mezclado
con algo totalmente distinto.
Aquellos ojos negros, en los que sin entender por qué razón sabía que
podía confiar, se le clavaban desnudándole. Se sentía atrapado, ahogado,
desnudo, sin salida, incapaz de negarles nada. Iguales en forma que los de su padre no transmitían su viveza sino una infinita carga de profundidad, ternura
y confianza. De dulzura y peligro a la vez. De misterio. La saeta había
acertado el blanco.
Cinegio, aturdido, se preguntó si no estaría confundiendo aquella extraña
sensación con el amor, pues aquella bereber, pese a su evidente juventud, era
de una belleza escandalosa, agresiva, apabullante. Junto a sus redondos ojos
negros aparecían unos pómulos altos y angulosos y más abajo una graciosa
nariz, de buen tamaño, algo ancha en su base y respingona en la punta. Su
pelo era también negro y además lo llevaba largo y rizado. Tan frondoso y
recio como en la cola de un caballo. Un rizo largo, como el de la ola poderosa
y no el del cabo enrollado. La boca, redonda, grande, apetitosa, la enmarcaban
unos gruesos labios del color del higo maduro abierto. Vestía una simple
túnica verde esmeralda con dibujos floreados, que permitía vislumbrar un
pecho generoso y rotundo pese a su estrecho talle y dejaba al aire sus finos
tobillos adornados con brazaletes de oro y plata.
El galope del corazón de Cinegio hubiera aniquilado en la carrera al que
sintió al cruzarse aquel maldito gato en su huida de Lambaesis.
Tras las presentaciones, Nubel los invitó a tomar asiento en unos divanes
situados bajo la parra y en cuyo centro se hallaba una gran mesa baja de
granito con anchas patas de hierro verde, repleta de dátiles, cuencos con leche
fresca, variadas frutas y dulces.
—Sorprendido estoy con Icosium —dijo Clivio mientras se sentaba,
mostrando a la primera su habilidad diplomática e innata capacidad para
generar conversación. Nubel, con una sonrisa, mientras pedía a un esclavo
con un ligero gesto que les atendiera, le invitó a explicarse—: No le hace
justicia entrada tan deslucida y sus confusas calles, pero para el buen
observador es sencillo advertir sus encantos. Más aún gana desde aquí donde
fácil se señalan sus templos antiguos, nuevas iglesias, palacios y la categoría
de muchas de las casas que entre sus enmarañadas calles parecen poco más
que chamizos.
—No te falta razón —respondió Nubel—. Efectivamente, difícil es
advertir la riqueza en Icosium a la primera, aunque exista en cantidad. Tal
cosa se debe tanto a la modestia de sus dueños como a que está bien repartida.
—Recogió la copa de vino que le ofrecía el esclavo, y tras dar un trago y
aprobarlo con la cabeza para que lo compartiera entre los invitados, continuó
—: Por ejemplo, en el campo, y bien conozco la materia, atrás quedaron los
tiempos de los grandes propietarios. Tan atrás como la lex Manciana que
dispuso que los arrendatarios, los colonos que llegaban, solo nos pagarían a los señores un tercio de sus cosechas y que además las mantendrían
hereditariamente salvo si dejaban de trabajarla dos años. Decenas tengo yo de
ese tipo. No negaré que el sistema tiene sus ventajas, pues jamás rindieron las
cosechas como ahora en que se obtiene hasta diez veces lo sembrado, pero
exaspera no regir tu propia riqueza y la de tu pueblo.
—Muchos también se han enriquecido con las caravanas de oro, marfil y
esclavos del sur —señaló Gildo, el hijo más joven presente, la viva imagen de
su padre, relevándole en el discurso de forma que le permitió alcanzar un
trozo de melón y otro de pan blanco—. También nuestro pueblo les saca
partido, sobre todo desde que comenzamos a utilizar los camellos hace cuatro
generaciones.
—Riqueza hay, cierto es —volvió a tomar la palabra Nubel tras haber
comido—, pero somos modestos, amigo, debemos serlo. «Con gran peligro se
guarda lo que a muchos agrada».
—Séneca —le interrumpió Cinegio, arrancando el asentimiento de su tío y
percatándose demasiado tarde de que lo había dicho de viva voz.
—¡Vaya! —exclamó Nubel—. Resulta que, además de apuesto, nuestro
joven amigo Materno Cinegio es un erudito —subrayó, turbando al joven,
arrancando una carcajada en sus hijos y Clivio y una sincera sonrisa,
acompañada de una interesada mirada, en Kiria—. Celebro todavía más
hallarme entre vosotros, entonces.
La noche transcurrió plácida, tan rápida como corre el tiempo cuando se le
distrae en amena conversación. Nubel, cosa no sencilla, competía con Clivio
en ingenio y conocimiento. Cinegio se bebía la conversación, pues los temas
brotaban sin cesar del manantial más inagotable: la cultura.
Con las antorchas a medio consumir, Nubel por fin realizó la pregunta que
horas llevaban esperando.
—¿A qué se debe el interés del emperador por nosotros?
—De acuerdo, Nubel. Creo que ya podemos hablar sin ambages, entre
iguales —respondió Clivio, mostrándose de pronto grave y formal, seguro,
agrandando su figura hasta al menos igualar a su anfitrión en altura. Una vez
cogido el ritmo, continuó—: El emperador está preocupado con África.
No fue su tono, en cualquier caso, lo que sorprendió a Cinegio, sino
advertir su total ignorancia sobre el futuro derrotero de la conversación.
Atónito reparó en que desconocía qué argumentos utilizaría Clivio e incluso
que objetivos perseguía. Incómodo, se culpó por su ingenuidad y no haberlo
preparado previamente.
Clivio, inconsciente de la agitación del alma de su sobrino, proseguía
hablando:
—Relativamente, claro, pues, como sabrás, muchos son los frentes
abiertos. También sus fuerzas, gracias a los dioses.
—A Dios —puntualizó de forma abrupta Nubel, mirando al cielo y
santiguándose, ya que tenía fama de devoto cristiano. También él había
cambiado su actitud y expresión corporal. La prudencia había conquistado el
reino de la sonrisa.
—A quien desees, por mí no hay problema con tal de que esté en mi
bando —continuó Clivio, que se había empequeñecido algo percibiendo poca
docilidad en su oponente—. La cuestión es que el augusto no desea que surjan
problemas donde no existen.
—Coincido con él plenamente —volvió a interrumpirle el bereber
viniéndose arriba—. ¿Y acaso considera que aquí existe alguno?
—Por favor, Nubel, no me infravalores ni me hagas perder el tiempo.
Bien lo sabemos ambos. —Cinegio observó orgulloso cómo su tío aguantaba
el envite y apostaba fuerte. Él era el legado del emperador, aunque, como le
pasara anteriormente con Romano, se encontrara a disposición de Nubel—.
Estamos aquí por tu hijo, por Firmo. —Los dos aguantaban la mirada sin
apenas moverse, calibrándose. Hasta que Nubel no asintió, no continuó Clivio
—: Consciente es el emperador de que nada realmente grave ha hecho y por
eso venimos dos humildes mensajeros, dos amigos, y no la Legio III Augusta.
Mi cometido es transmitirte o solicitarte que lo controles. Con urgencia. —
Clivio inspiró con fuerza antes de concluir—: El emperador promete ser
generoso, pero debes actuar inmediatamente. Muy generoso. Bien conoce tu
posición como potentissimus y tu merecimiento para aspirar a cualquier
puesto o distinción. El imperio no solicita ayuda sin devolverla.
Las gaviotas volvieron a escucharse en el prolongado silencio que surgió
tras las palabras de Clivio, el más duradero de la noche. Nubel, calmado,
preparaba su respuesta. Cuando contestó, el viejo lo hizo sonriendo.
—Tienes razón, y a qué jugar con rodeos. —Recuperó su amistosa actitud
inicial—. Con sumo gusto me dispondría a hacer lo que dices, pues bien
presente tengo aquello de: «Corrige a tu hijo mientras aún hay esperanza; no
te hagas cómplice de su muerte». Pero, por muchos hijos que tenga, no debo
castigar a ninguno si no lo merece, menos aún por conseguir un beneficio
personal. ¿Cómo me presentaría con tal pecado ante Dios el día del juicio?
Difícil es controlar a mi hijo, pero peor es, en cualquier caso, su fama que sus
actos. No es mal chico, pero le puede su orgullo y obstinación. El vino tampoco es su mejor aliado y cierta es su enemistad con Romano, aunque eso
resulta común en estas tierras. —Nubel guardó un silencio intencionado que
hizo intuir a Cinegio y Clivio que conocía perfectamente su situación—. En
cualquier caso, no deja de ser un chiquillo algo descarriado. ¿Qué prueba
necesita el emperador de nuestra lealtad? ¿De la de los iubalenos? No somos
más que vasallos suyos, y Firmo, te aseguro, Clivio, que el segundo tras su
padre.
—Así será comunicado, Nubel, te honra tu honestidad, pero no sé si
lamentablemente será suficiente con la palabra. Citas bien a Salomón, aunque
creo que en este caso encaja mejor otro de sus proverbios sobre la educación
y la templanza: «No escatimes la disciplina del niño; aunque lo castigues con
vara, no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma» —le interrumpió
Clivio. Pese al diplomático acercamiento de Nubel, él mantenía el tono
formal. Cinegio admiró sus reflejos, su cultura y su empaque, pues capaz era
de seguir exigiendo mientras él solo deseaba salir de allí y con aquella
declaración se hubiera dado más que por satisfecho.
Ojalá su tío hubiera pensado igual.
—¿Qué sugieres? ¿Qué me pide el emperador entonces, Clivio? ¿Con qué
vara quieres que castigue a mi hijo?
—Necesito una certeza, Nubel.
—Una certeza… —repitió el rey—. La tendrás. No lo dudes, Clivio —
añadió tras un silencio, antes de concluir—: Ahora ya es tarde y mucho he
trasnochado para lo que para mí es habitual. Descansemos, reflexionemos y
mañana continuaremos para encontrarla.
Dado que era noche cerrada, Cinegio y Clivio aceptaron la hospitalidad de
Nubel. Dormirían en estancias separadas; Clivio en la planta principal y
Cinegio en uno de los cuartos que asomaba al atrium.
Ninguno de los dos intuía que la rápida despedida que se dieron en la
escalera al desearse buenas noches sería la última.
IV
Tres horas más tarde, Kiria entró sigilosamente en el cuarto de Cinegio.
Silenciosa, se sentó en su cama para despertarle empujándole suave pero
firmemente. Cinegio, aplastado por el peso del letargo, apenas percibía nada
hasta que una nueva sacudida derribó su última resistencia. Al abrir los ojos y
verla, despertar conllevó regresar al agradable sueño en el que andaba
sumido.
—¿Realmente estás aquí? —le preguntó somnoliento Cinegio. Alegre al
confirmar esa premonición que había sentido al verla y que de alguna forma
le decía que ella sería especial para él.
Desinhibido, excitado, como si continuase en un onírico mundo paralelo,
con el ánimo y atrevimiento que no tenía despierto, se incorporó con ánimo
de besarla y abrazarla. Sabía que podía confiar en ella, que debía obedecerla,
que estaba allí para algo.
—¿Qué haces, loco? Silencio, no hay tiempo para tonterías, espabila —le
susurró la pequeña bereber bruscamente, apartándole las manos, aunque,
halagada, utilizara cierto tono meloso, intrigada por aquel extraño joven. No
había tiempo para jugar, en cualquier caso—. Lee esto mientras te vistes.
Debes partir inmediatamente, yo te indicaré el camino —concluyó.
Asustado, extrañado por no verse correspondido tal y como esperaba, aún
medio dormido, Cinegio decidió obedecer la orden de la diosa.
Mientras se vestía leyó en el trozo de papiro que le había dado Kiria:
Un barreño de agua helada le cayó por la cabeza con cada letra.
El doble alfabeto del gran Julio. Clodia y Gala. La C por la G.
Raudo, ya completamente alerta, no tardó en descifrar el mensaje de su
tío, pues, esperando una ocasión como aquella, había memorizado
perfectamente la combinación de cada letra entre ambos alfabetos con la clave
acordada.
El mensaje era en realidad otra orden:
HUYE. TE ESPERO FUERA