Volver a Carranque

Bernabé Mohedano Cuadrado · Capítulo 20 de 37

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Segunda parte

 

 

«La medida del amor es amar sin medida.

Ama y haz lo que quieras».

SAN AGUSTÍN

Parada de la procesión de Materno Cinegio

Milán, agosto de 389

 

I

 

Achantia aguardaba con impaciencia su próxima cita. A las seis, solo tres

horas más tarde, había quedado con Ambrosio.

Nuestra protagonista tenía mucha afinidad con el viejo obispo de Milán al

ser noble de cuna y rico de herencia y, además, le admiraba por su espléndida

fama, naturaleza y convicción.

Siendo gobernador de Emilia-Liguria, al morir Auxencio, el anterior

obispo de Milán, la capital de su provincia, medió en la disputa entre arrianos

y nicenos para acabar siendo él su sucesor por aclamación. Había quien

aseguraba que detrás de aquella sorpresa se encontraba la alargada mano de

Petronio Probo, el prefecto del pretorio de Valentiniano en Italia aquellos

días, una de las voces más reputadas del Senado, de los que tejían los hilos

con los que se cosía el imperio. Probo representaba al dinero viejo, tanto

como su sangre, de los que el más férreo principio es alinearse siempre en el

bando correcto. Pagano, poco interesado en las peleas entre galileos, decidió

colocar en Milán a un niceno después del arriano Auxencio y escogió a

Ambrosio por su gran capacidad y lealtad como gobernador. Lo que no

sospechaba era que aquel lobo cazaría solo y que junto a sus funciones

también cambiaría de jefe, olvidando al imperio para consagrarse a Dios.

Ambrosio llegó con fuerza: estudió a fondo la doctrina eclesiástica para

poder discutir de igual a igual con cualquier otro prelado, donó gran parte de

su fortuna a los milaneses más necesitados y se embarcó en la construcción de

iglesias, hospitales y escuelas. Recientemente había por fin terminado una

basílica en honor a los mártires, la Ambrosiana la llamaban como

agradecimiento. Con su esfuerzo, inteligencia y generosidad logró el

desconcierto de sus iguales, el cariño del pueblo milanés, el respeto de la cristiandad, y, primordialmente, dotar de autenticidad y coherencia a su

doctrina.

Su discurso y entrega eran sinceros, pues tan singular era aquel obispo

que, a diferencia de la mayoría, aspiraba a la virtud y no a la gloria,

independientemente de que se disfrazara de fama, poder o dinero. Muchas

eran, además, sus otras cualidades pues se trataba de un hombre inteligente,

culto, independiente y osado. También célibe, enemigo de los excesos, el

boato y la adulación. Siempre obsesionado por la justicia, en contra de la

lógica del interesado, era estricto con el rico y caritativo con el pobre, de los

que sospechan del éxito y lo aíslan del mérito al no confundir prosperidad con

capacidad.

Durante los quince años que llevaba como obispo de Milán, ya asentado y

seguro de su posición, sonadas habían sido sus discusiones con gran parte de

la aristocracia senatorial romana afeándoles sus dispendios, acusándoles de

egoísmo y denunciando sus abusos. Brutales y no siempre victoriosas

resultaron sus peleas con Quinto Aurelio Símaco, quizás el más notable

compañero de Petronio Probo y estandarte pagano, por supuesto también con

Valentiniano hijo y Justina, siendo esta la chispa que había prendido la guerra

contra Magno Máximo.

Bien sabía Achantia mientras planificaba su visita, que Ambrosio, desde

la muerte del papa Dámaso cuatro años antes, era el principal baluarte del

pensamiento niceno, la misma trinchera en la que ella había servido a

Teodosio en Oriente junto a Cinegio. Con atención escuchaba los relatos de

cuantos le conocían y que, fruto de su pasado, le definían como un hombre

práctico, alejado de las grandes ideas y centrado en mejorar cuanto le

rodeaba, de los afortunados que desarrollan una vida plena al llenar su rutina

a base de trabajo infatigable: oración, caridad, estudio, limosna, justicia,

consuelo, denuncia, enseñanza y ejemplo. Tal era la cantidad y variedad de

sus buenas obras que merecía alojarse en el bando correcto

independientemente de que lo juzgase un dios o una conciencia.

Mejor una obra que cien explicaciones, tal era su doctrina.

Sus escritos se replicaban y volaban entre las bibliotecas cristianas, sus

sermones dominicales resonaban en todo el imperio y la liturgia y los cantos

que concebía para que su comunidad los recitase durante la eucaristía se

imponían como práctica habitual en muchas otras iglesias. Su rigor desde el

púlpito y la pluma fustigaba las conciencias impuras.

Fácil era que Achantia deseara volver a encontrarse a tan insigne

personaje, aunque fuera tan amarga la última vez que se habían entrevistado.

Desde aquel aciago día no lo veía.

El obispo, por su parte, se debatía ante la visita hispana entre sentimientos

encontrados. La carta de Achantia había despertado en su conciencia una

extraña combinación de deber, justicia, pena y alegría.

Su posición y la relevancia de la embajada le obligaban a la máxima

hospitalidad. Milán, su ciudad, territorio y feligreses aguardaban con

entusiasmo e impaciencia la llegada de la procesión desde Constantinopla y la

posterior eucaristía del domingo. De rendir honores a Materno Cinegio, el de

facto cónsul de Oriente, el brazo derecho del emperador Teodosio para

establecer su mando la última década. Uno de sus hombres de máxima

confianza. Él, como obispo milanés, debía asegurar que recibiría un trato

acorde al honor de la visita. Más aún con la ausencia de Teodosio aquellos

días.

En segundo término, en el corazón de Ambrosio, al deber se le unía la

justicia. La de tenerla con un hombre al que admiraba. Uno de los pocos.

Medidas eran sus cartas y relevantes sus preguntas. No era habitual

encontrarse con gente de su altura. Con tino había redactado edictos y leyes y

hasta buen ojo tenía para el talento, como demostraba su descubrimiento de

Agustín el de Hipona que cada vez contaba con más adeptos. Varias eran las

cartas que habían cruzado y en él se advertía siempre una prosa limpia y culta.

Materno Cinegio había recorrido Oriente para afianzar su mismo credo, crear

comunidades cristianas, erigir iglesias, clausurar templos impíos, relevar a

obispos díscolos por afines y levantar la voz cuando se requería. Famoso por

perseguir el paganismo, el arrianismo y la herejía. Se trataba de un camarada,

aunque no vistiera hábito. Un alter ego con un recorrido vital que bien

hubiera podido ser el suyo de haber tenido éxito en la administración y no

haber sido nombrado obispo tantos años antes.

Llegaba, además, convenientemente representado, desde la insigne iglesia

de los Santos Apóstoles, el mausoleo de Constantino, camino a su villa de

Hispania, a hombros, en gran medida, pues muchas eran sus paradas ante la

expectación y el respeto que levantaba en su camino. Tamaña locura, como

muchas de sus acciones e iniciativas en Oriente según se rumoreaba, se

debían a su esposa Achantia. Solo la terquedad de la hispana había doblegado

el brazo del emperador para permitirle tal favor.

Ella era asimismo la gran protagonista de los dos sentimientos que

permanecían en el corazón del obispo.

La pena, inmensa, se debía a cómo recordaba su último encuentro. En

Tréveris, en la ejecución de Prisciliano. Sentados juntos mientras llovía sobre el toldo que les guardaba y que resonaba como un tambor. Observando cómo

el mártir hispano les sonreía y bendecía desde el cadalso. Impotentes ante

tamaña injusticia.

La curiosidad por encontrarse a Achantia, aquel cuarto sentimiento era el

último que entraba en escena y el que se adueñaba sin rival de su corazón,

aislándose de la infinita colección de habladurías y rumores que sobre ella

corrían desde hacía años y guiándose por la crudeza que él tan bien conocía:

¿de qué materia estaba hecha aquella hispana? ¿Qué clase de mujer exhumaba

a su esposo de sagrado para cruzar medio orbe y enterrarle en su villa?

¿Cómo había sido capaz de conseguir el permiso de Teodosio por muy primo

suyo que fuera?

Cierto era que Achantia le había impresionado y había comprobado su

tenacidad, inteligencia y generosidad en Tréveris en la semana que

coincidieron, pero no imaginaba algo así. Debía rendirse ante la grandeza

femenina. Él, que tan bien creía conocerla, al haberse criado con su madre

Justina y vivir con su hermana Marcelina. Él, que tanto había escrito sobre la

abnegación y entrega de la mujer, se seguía sorprendiendo por su capacidad

para alcanzar lo imposible. Aquel derroche, en cualquier caso, ni siquiera era

imaginable en una emperatriz. Por mucho que Teodosio le debiera una al no

haber intervenido con Prisciliano. No podía ser simple extravagancia, pues

exigía mucho más que eso. Coraje, obstinación, valor, inteligencia, influencia,

poder, amor.

Encontrar esa respuesta, desnudar esa misteriosa alma, era lo que más

anhelaba Ambrosio en la cita que se avecinaba.

 

II

 

La tarde era bochornosa, asfixiante. Un fuerte chaparrón al alba, propio del

cielo norteño desatado en verano, había refrescado la mañana para convertirse

en insoportable humedad tras el almuerzo. Sorprendida por aquel calor

africano en la Galia Cisalpina, desagradada por cómo se le pegaba a la piel la

blanca túnica de hilo egipcio que vestía, y amenazando romper a sudar por el

intenso calor, Achantia decidió salir de palacio y tomar la litera para dar una

vuelta y recorrer la ciudad antes de dirigirse a la basílica de los Mártires. Allí

le esperaba Ambrosio y habría de celebrarse la eucaristía al día siguiente.

Cogieron el cardo máximo en dirección sur camino de la Ambrosiana.

Tiempo les llevó recorrer el complejo palatino de Maximiano dejando atrás

sus gigantescas termas de Hércules y el circo, el mayor de la Tetrarquía de principios de siglo, con casi tres estadios de largo por medio de alto. Achantia

sonrió recordando cuánto le gustaba a Cinegio acudir a las carreras, también

al anfiteatro a las peleas de gladiadores para su disgusto. Ojalá no se lo

hubiera reprochado tanto, pensó con una sonrisa.

Una vez fuera de palacio, Achantia, curiosa, a través de las cortinas

estratégicamente entreabiertas para ver sin ser vista, advertía cómo era

ignorada por la plebe que caminaba junto a ella, pese a la obvia categoría de

su litera y su escolta de diez lictores. Tampoco distinguía al enjambre de

pordioseros con el que habitualmente se cruzaba en cada parada. Sin duda,

Milán acostumbraba a ver literas de calidad y pocos de sus habitantes

recurrían a la limosna como sustento.

La ciudad bullía, sencillo era reconocer en sus diversos rincones la

generosidad de Teodosio, que había decidido reforzarla como centro

cortesano y de negocios, como su capital de Occidente devolviendo a

Valentiniano al trono, aunque vigilado por Merobaudes y Syagrio.

Un caos ordenado, donde todo el mundo sabía a dónde se dirigía, envolvía

a Achantia que por todos lados se topaba con carretas que descargaban sus

materiales en las obras de cantidad de edificios. Especialmente le sobrecogió

las de la futura basílica de San Lorenzo por la impresionante columnata de

capiteles corintios que le servirían como atrio; se trataba del mayor

monumento que emprendía Teodosio en su capital occidental y para ello se

servía de los vestigios de los templos paganos de la ciudad. Poco importaría a

las piedras el cambio de dioses.

Tras la fugacidad con la que transcurren las dos primeras horas en que uno

descubre una ciudad por vez primera, Achantia divisó la basílica de los

Mártires.

El obispo aguardaba a la litera ante el pórtico de su iglesia, sin guardia

alguna, contemplando las columnas y oteando el horizonte de vez en cuando,

algo encorvado sin parecer viejo. Al verle, Achantia desde su furtiva ventana,

rápidamente comprendió que el sobrenombre que recibía la basílica como

Ambrosiana no se debía solo a la gratitud del pueblo con su constructor, sino

también a su ingenio por el curioso parecido entre ambos.

De talla no eran altos y sí anchos, algo desproporcionados, como el viejo

olivo de cuatro patas que parece sujetar la tierra y no al revés. También

compartían porte, que, siendo aseado y decente, asombraba por su sobriedad;

en el caso de la iglesia se lo daba el ladrillo local con el que estaba construida,

rojizo, el que Achantia había descubierto durante su recorrido en multitud de

edificios anónimos, alejado de los materiales nobles llegados de Oriente o Hispania con los que se erigían los templos. Su intención era enviar un

mensaje de humildad. De introspección. De contenido y no de continente. De

corazón y no de hábito. El de Ambrosio, por su parte, era una túnica negra

abrochada con un cíngulo plateado, poco más vestía, aparte de unas sandalias

comunes y una sencilla, robusta y bella cruz de oro latina de considerable

tamaño al cuello.

Contaba cincuenta años y aunque cualquiera le imaginará lúgubre tras

haber leído en los anteriores párrafos que era bajo, gordo, austero y cheposo,

de haberle visto como Achantia, no le hubiera echado más de cuarenta y,

como a ella, le hubiera gustado.

No resulta sencillo explicar por qué, pero aquel hombre atraía a cuantos le

rodeaban como la estrella del norte al marinero. Quizás fuera su tez lozana,

joven y fresca, o su completa y blanca dentadura, o aquel canoso pelo que aún

conservaba y llevaba quizás demasiado largo para un sacerdote. Posiblemente

ayudaba su mirada sincera, demasiado inquisitiva para el protocolo cortesano,

pero amistosa y comprensiva para cualquiera poco preocupado por las

etiquetas. Una mirada de las que se preocupan por ayudar y no por acusar.

También atraía su característica voz, algo aguda, con cierto toque infantil que

le hacía familiar, simpático y agradable de escuchar para cualquiera al resultar

ingenua y tierna.

—Querida Achantia —le dijo, acercándose galante y con una sonrisa

mientras ella descendía de su litera, ayudándole al sujetarle por el codo—.

¡Cuánto tiempo! Sé sinceramente bienvenida, mucho me alegró recibir tu

carta y conocer tu llegada. —Adoptando un tono más grave y tras el amistoso

saludo inicial, continuó—: En primer lugar, decirte que, naturalmente,

lamento la razón de nuestro encuentro, parece que estemos gafados, aunque,

como sabes, jamás llegué a conocer a Cinegio en persona, sabes cuánto le

admiraba y la excelente relación postal que manteníamos. En su caso, bien

vale el apelativo de extraordinario que se regala tan fácilmente en estas

ocasiones. Celebro, aunque sea de forma póstuma, poder asegurar que así se

le rendirá culto en Milán en la eucaristía de mañana.

—Muchas gracias por tu bienvenida y cariño, Ambrosio —contestó

sinceramente Achantia—. Ojalá él hubiera podido disfrutar de esta visita,

pues, como bien sabes, el respeto y la admiración eran mutuos. —Ella se

detuvo justo antes de entrar en el atrio, y acercándose a Ambrosio, en un

susurro de confidencia, le dijo—: Te contaré algo que no te dije en Tréveris,

ya que allí estábamos a otro menester. Mi marido, en cada una de nuestras

escalas, en cualquier rincón de Oriente al que nos guiaba su cometido, enseguida se preocupaba por encargar algún tratado, descubrir novedades

literarias y encontrar algún nuevo escrito. —Tras un instante con la mirada

perdida en el suelo y la cabeza quién sabe dónde, suspiró—. Con asiduidad y

avidez solía preguntar por los tuyos, por los del insigne Ambrosio de Milán.

Dudo que haya alguno con el que no contemos en nuestra biblioteca de

Carranque. Incluso una de mis últimas adquisiciones es tu De Officiis, pues

pienso continuar su legado y engrandecer nuestra colección, aunque haya

quedado tan huérfana como el barco sin timón. —Recobrando de nuevo el

paso para acceder al atrio, olvidando el momento de debilidad y recuperando

su aplomo, con una sonrisa juguetona, concluyó—: Que sepas que, pese a ser

de tan reciente cuño, ya lo he leído, aunque no suela estar yo muy habituada a

ello, pues deseando estaba poder discutirlo con el autor de primera mano.

Cruzaron la puerta principal para ingresar en el alargado atrio longitudinal

que formaba el cuadripórtico de la basílica. Unos arcos sostenidos por pilares

de piedra dejaban unos pórticos en cuya sombra grupos de fieles, prelados y

catecúmenos cejaron en sus quehaceres para observar cómo la famosa pareja

cruzaba tranquilamente. Esta, ignorándolos, contemplaba la fachada al frente.

Como la del exterior, era larga y baja, formada por dos pisos, el inferior

compuesto por tres arcos que se unían al atrio y el superior por cinco algo más

altos que los inferiores. Sin adorno alguno, estaba realizada en el ladrillo

rojizo de la zona, algo de piedra de sillería y un poco de yeso blanco en algún

remate.

Ambrosio, pese a su habitual locuacidad, simplemente caminaba junto a

Achantia sobre el empedrado suelo del atrio. Mudo, no le explicaba los

detalles de construcción tal y como solía al haber participado activamente en

la estructura, el diseño y los materiales. Tampoco le presentaba a ninguno de

los presbíteros que enseñaban las Escrituras en el atrio a los jóvenes, o a los

feligreses más habituales que por allí rondaban deseando tal distinción,

muchos buenos y viejos conocidos suyos.

Sin esperarlo en absoluto, el obispo había quedado de nuevo apabullado

por la hispana. Pese a su recuerdo y fama, no la evocaba tan hermosa. Ni

siquiera había reparado previamente a su visita en la posibilidad de caer

cautivado de tal manera, hechizado como el perro con el palo. En Tréveris no

se comportaba de igual manera, sí recordaba sublimes facciones, cinceladas a

la griega, su nariz recta, sus gruesos labios, sus dientes de marfil, sus ojos

claros, su pelo castaño o su gentil figura propia de una mujer veinte años más

joven. También su perfecto griego prácticamente sin deje hispano, señal de

una educación con un maestro heleno de primer nivel. Lo que ahora le embobaba era su estilo, su compás, su manera de mirar y saberse mirada, de

cimbrearse como el junco con la brisa. De sonreír, de caminar, de recogerse el

pelo. De su elegancia. Tan cómoda, atractiva y educada a la vez. Su forma de

manejar la conversación, de pararle, tocarle o hacer que se moviera a su son.

Bailando, jugando, divirtiéndose con él como el centurión con el recluta

novato. Ambrosio no recordaba esa extraña sensación. Esa sobria embriaguez.

Él no estaba acostumbrado a eso.

Obediente, seducido, desarmado, en cierto modo orgulloso por la

referencia a su trabajo, cuando ya se acercaban al final del atrio y a la puerta

de entrada a la iglesia, decidió asegurarse de si realmente le interesaba o se

trataba solo de un cínico cumplido.

—¿Y qué es exactamente sobre lo que dudas o necesitas indicación de mi

libro? —le preguntó Ambrosio, también sonriendo, dispuesto a entrar en

aquel agradable juego.

—Bueno, es algo más allá de un tema puntual —contestó Achantia

parándose y recuperando cierta seriedad, ordenando sus ideas, concentrándose

en su discurso. A Ambrosio cada gesto le atrapaba, sorprendido al descubrir

nuevos detalles o mohines que hacían a aquella mujer aún más irresistible. En

aquel momento, fruncía ligeramente el ceño con sus doradas cejas hasta que

retomó la conversación—: Reconozco que tu libro me llamó la atención según

escuché el título. De Officiis. Evocar a Cicerón es cuando menos arriesgado y

ciertamente roza la osadía hasta para la pluma más afortunada. —Ambrosio

sonrió abiertamente. Súbitamente olvidó el físico de Achantia para centrarse

en su cabeza, en su discurso, un terreno en el que se sentía mucho más

cómodo. Ella continuó con su diatriba—: Es verdad que lo resuelves con

maestría. Mantienes la estructura del genio y del mismo modo que él buscaba

crear una guía de comportamiento para el foro y los senadores, tú lo haces

ahora con la Iglesia y sus prelados. Tu prosa es directa, incluso tan certera

como la del maestro y como la que perseguía mi marido. Curioso es pensar

que han pasado casi tres siglos y medio entre vuestras obras. —Tras dejar una

reflexiva pausa, continuó con energía renovada—: ¡Más allá del estilo, tus

palabras me retorcieron! Me llegaron. Sentí cierto vértigo al recordar frases

casi olvidadas. Cierto talante y ambición que ya me suenan lejanos. Cambios

que se vislumbran y que espero que sean para bien.

—¡Seguro! —terció el obispo, tras otro deliberado silencio—. Te

agradezco mucho tu amabilidad y el cumplido. —Retomaron el paso para

ingresar en la iglesia.

La vacía basílica, dividida en tres naves, era de dimensiones muy

similares al atrio sin contar con los ábsides laterales. La nave central era

aproximadamente el doble que las laterales y estaban separadas por robustos

arcos transversales. En uno de los extremos, el oriental, un cimborrio

octogonal estaba cubierto por una cúpula que no llegaron a admirar.

Ambrosio, como pidiendo perdón, ya repuesto de la primera impresión se

permitió un necesario inciso en la conversación.

—Aquí celebraremos la misa mañana, no imaginas lo que ha supuesto la

organización y la curiosidad que despiertas. —Señaló a su izquierda, a los

primeros bancos de la nave central—. Te he reservado para ti y tus invitados

unos diez puestos en las tres primeras filas, lógicamente tendrás que

compartirlas con Valentiniano y las principales autoridades. Podrían ser más

si lo necesitaras.

—Me basta, muchas gracias —respondió Achantia, agradeciendo el gesto

con una ligera reverencia.

—Perfecto, más sencillo. Ha sido una locura, como te decía. Hasta para

oficiar la ceremonia he tenido enredo, pues no ha habido obispo en Italia,

Hispania y la Galia que no quisiera acompañarme y mostrarte su respeto.

Debes sentirte muy orgullosa por el cariño que despiertas. —Tras un

agradable silencio compartido en el que ambos recorrieron y observaron las

capillas laterales que albergaban las reliquias de los mártires Víctor, Nabor,

Vital, Félix, Valeria, Gervasio, Protasio y la del propio hermano de

Ambrosio, Sátiro, el obispo le indicó a Achantia el camino a una pequeña

salita tras el altar. Tras entrar en ella y tomando asiento le dijo—: Bueno, no

te aburriré con pequeñeces, convencido estoy de que estás más que

acostumbrada a ceremonias como la que mañana celebraremos y sus

pormenores. Solo espero estar a la altura.

—No tengo duda sobre ello —respondió Achantia mientras se sentaba

mirando la sala.

Como hubiera apostado sin temor a perder, esta brillaba por su sencillez.

El ladrillo visto de las paredes no se revestía en el interior y, dado su color, le

daba un cierto tono rojizo a la poca luz que entraba desde sus cuadradas y

pequeñas ventanas que se abrían en el interior tratando de repartirla. El sol

aún estaba alto, lo que hacía inútiles las seis velas que sujetaban los dos

candelabros que descansaban sobre la mesa del despacho. Esta era

rectangular, de sencilla madera de pino, con una silla presidiendo y dos a su

frente, las tres sencillas, sin almohadón que las protegiera, algo toscas. Detrás

de la de Ambrosio, de la que presidía, a su izquierda, un nicho de obra empotrado en la pared guardaba los hábitos, casullas, cíngulos y túnicas y a su

derecha se distinguía una tímida y ligera estantería dorada con varios libros

dispersos. Achantia intuyó con acierto que no debía de ser aquella su

biblioteca personal.

—Tenemos un excelente zumo de cidra —le dijo solícito Ambrosio

mientras le retiraba un poco la silla para que tomara asiento—. También hay

agua o vino, poco más puedo ofrecerte como bebida. Estos dulces quizás para

acompañarlo, roscas rellenas de la cidra con la que hacemos el zumo. Se

cotizan, pues son muy buenas.

—Probaré el zumo y una de estas, gracias —dijo Achantia mientras

alcanzaba una de las roscas que le ofrecía Ambrosio.

—Perfecto, te aseguro que valdrá la pena. —Tras servir dos copas de una

jarra que le trajo uno de los prelados que les seguían, sentándose en su silla

retomó la conversación que mantenían antes de acceder a la iglesia—:

Volvamos donde nos encontrábamos, pues mucho me interesa tu juicio sobre

mi obra. Te aseguro que no se trata de mera egolatría ni habrá de resultar un

ejercicio en vano, pues en mucho valoro tu opinión y experiencia tras haber

viajado por medio imperio. Yo, para bien y para mal, me he convertido en

hombre de una sola ciudad. —Dio un sorbo para que le imitara. A ella, al

probar aquel zumo helado con fuerte y dulce sabor a cidra, se le escapó un

leve gemido de sorpresa y placer. Ambrosio lo celebró con una carcajada—:

Está bueno, ¿verdad? Somos austeros, pero no tontos. Como en palacio,

guardamos la nieve del invierno en un pozo y bebemos zumo helado de cidra

durante todo el año. El dulzor lo aporta un toque de miel especial. Siento no

poder decirte la cantidad y la fruta de la que la sacamos, pero eso es un

secreto más sagrado que el de la confesión. Degustar esto durante el

insoportable calor de nuestro verano es para mí un lujo. —Dando otro trago y

tras una nueva sonrisa, prosiguió—: Pero, bueno, sigamos que me pierdo y no

tengo ya edad para dislates.

»Aciertas de pleno con que buscaba emular a Cicerón, aunque

sinceramente no soy tan osado de aspirar a superarle. Más en el fondo que en

la forma. Es un tributo sincero y, por supuesto, una ayuda para mi objetivo.

Marcar un código ético o de conducta. Saber si lo conseguí es lo que me

gustaría que tú enjuiciaras si fueras tan amable de hacerlo.

—Con gusto lo haré, por supuesto, ¡cualquier cosa por alargar la

conversación y beberme una segunda copa de este maravilloso zumo! —

contestó Achantia, dando otro trago y arrancando una nueva carcajada en

Ambrosio—. Te ruego que en poco consideres mi parecer de todos modos, pues no he de ser yo referencia de nada. Con Cinegio sí habrías encontrado

crítica de altura en estos ámbitos.

—Vamos, no seas humilde —le cortó Ambrosio—. Y tampoco amable,

me interesa la crítica sincera, pues solo con halagos es imposible progresar y

difícil es encontrar sinceridad hoy día.

—De acuerdo. Allá voy. Te reafirmo que me ha gustado tu obra. No se

trataba de un cumplido vacío. La leí con fruición y poco es rebatible

deteniéndote en el detalle. Cuando antes te hablaba del vértigo que sentía al

leer frases ya olvidadas, no mentía. En tus palabras reconozco muchas de las

de nuestro amigo Prisciliano y me recuerdan en cierta manera mis ideales de

juventud. Cuando apenas conocía el mundo. Ahora, desgraciadamente, creo

que todo es más difícil. Yendo al fondo, resumiendo, tu código para el

sacerdocio es sencillo: pobreza y castidad. Evitar los tratos comerciales o de

negocios para vivir o bien de la propia Iglesia o de rentas propias con alguna

porción de tierra. Abogas también por el celibato e incluso en el supuesto

caso de que el clérigo esté ya casado demandas la abstinencia sexual con su

mujer. Dedicación absoluta.

»A partir de ahí, fuera de ese código de deber, apuestas por algo más

profundo, por la cohesión social basada en la comunidad donde no deberían

existir pobres. Un poco lo que también en alguna ocasión sabes que hemos

discutido con Agustín al que tanto cariño guardaba Cinegio. Esto me encanta,

pues vas mucho más allá que Cicerón con la ciudadanía, pues este luchaba

por su clase y su familia, al fin y al cabo. Leyéndote encuentro más a Séneca

y su idea de compartir la propiedad en vez de poseerla. Para la comunidad

cristiana, obviamente.

»Instas a la misericordia ante cualquier hermano necesitado como si de tu

auténtica familia se tratara. A mí esto me parece excesivo. Llámame egoísta.

Esto le hubiera encantado a mi amiga Aelia Flaccilla.

Tras coger aire, algo más suelta, retomó el discurso:

—Quizás, tras conocer Milán, pueda entenderte algo mejor. Por regresar a

Occidente y observar de nuevo esta parte del mundo. Por eso, al leer tus

palabras me recordaban a las de Prisciliano en busca de un mundo superior,

más justo, mejor repartido. En Oriente o el limes todo es distinto. Esto parece

un decorado, un teatro comparado con aquel caos. Desconozco si has tenido

oportunidad de leer a Basilio de Cesarea o conocer a Juan Crisóstomo de

Constantinopla. Te darían una interesante perspectiva de la realidad que allí

se percibe. De lo que es la auténtica pobreza y la dificultad de combatirla. De las enormes diferencias sociales que aquí solo se atisban y allí son abismo

insondable.

»Hoy, en mi camino hasta aquí desde palacio, ni siquiera se han acercado

a mi litera en busca de limosna, cuando en cualquier ciudad de Oriente he de

contratar a varios lictores para que abran paso y mantengan cierta distancia.

Todo el mundo parece estar ocupado y bien provisto en Milán.

Ambrosio, al ver que Achantia terminaba su copa, le sirvió con gusto la

siguiente. ¡Qué mujer!

Ella lo agradeció con una encantadora sonrisa y tras un nuevo largo trago

y el segundo ligerísimo gemido, concluyó:

—Por desgracia, no siempre es así. El mundo es muy grande, y repartir

por igual la riqueza es casi tan complicado como volver a encontrar un zumo

como este en cualquier otro lugar.