Volver a Carranque

Bernabé Mohedano Cuadrado · Capítulo 6 de 37

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Capítulo 4

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Puerto de Hadrumetum, África, julio de 366

 

Cinegio observaba a Clodia y Gala menguar. Aún las distinguía en el muelle,

ajenas al ajetreo que las rodeaba en el bullicioso puerto. Abrazadas por la

cintura, clavadas al suelo, saludaban esporádicamente, lanzando incluso más

besos de los que le dieran durante el trayecto o desde el anuncio de su partida

tres meses antes. Jamás imaginaron un adiós tan cargado de tristeza.

Sintiendo el dolor de su madre, intuyendo su amargor, hizo lo único que

pensó que podría alegrarle de poder observarle y rezó una sincera oración al

Padre.

Le pidió regresar a casa para volver a abrazarla, que estuviera bien y

siguiera tan fuerte. También oró por su hermana, por sus amigos y familiares.

Dudaba de si servía para algo, pero a él le sentaba bien. Era su forma de

devolver parte del agradecimiento que sentía porque su madre se hubiera

arrojado a los brazos de Cristo y no a los de cualquier otro. También, sabedor

de que esa esperanza había allanado la existencia de su madre aportando

cordura en la demencia, vehementemente anhelaba encontrar su fe en un final

distinto al que vivieran en los últimos días de su padre. Ese que se escribía en

esa otra vida de la que constantemente hablaban los cristianos.

Suspirando, besando al viento por última vez, confiando en él como

mensajero para que se lo entregara a Clodia y Gala, decidió cortar con la

despedida y cruzar de popa a proa. No le llevó mucho tiempo.

Navegaban en el Claudia, que así bautizaron la nave en honor de la

primogénita del patrón. Contaba tres palos para setenta codos de eslora y más

de veinte de manga. En el del medio, el mayor, observó el habitual sólido de

oro clavado en su base, el pago al barquero Caronte en caso de que

perecieran. Nervioso se arrebujó en su capa, aunque la suave brisa no fuera la

culpable de su escalofrío.

En proa se encontraba su tío Clivio apoyado en la regala, junto al bauprés,

mirando el horizonte infinito en el que se peleaban el añil del cielo con el azul

del mar. Junto a él se apostó Cinegio, en silencio, disfrutando del sol y la

brisa que le azotaban la cara, oliendo a libertad, observando cómo esta

empujaba la verga y tensaba los aparejos para ceñir la vela. Al ganar velocidad, los marineros abandonaron el remo para confiar en el mucho más

cómodo viento.

Un numeroso grupo de enormes peces comenzaron a saltar junto a la

estela que enmarcaba su recorrido. Los marineros y el capitán celebraron su

presencia con gritos, abrazos y aplausos.

—Delfines —dijo su tío mientras sonreía—. El mejor augurio al iniciar un

viaje.

—¿Por qué? —le preguntó Cinegio, curioso.

—Son los compañeros de Neptuno, sus mensajeros, los más inteligentes

de entre las criaturas del mar —respondió Clivio para continuar en ese tono

aterciopelado y docente con el que hacía tan agradable escucharle—: El

Dionisos griego, nuestro Baco, es el culpable. Bebía tranquilamente en un

acantilado cuando unos piratas, confundiéndole con un príncipe o un rey, le

raptaron presumiendo un enorme rescate. Ya en el barco, divertido con la

equivocación de aquellos desgraciados, el dios comenzó a hacer crecer vides

y parras por el casco y la velas y se rodeó de animales salvajes que le

defendieran, un león y un oso, creo recordar. Los piratas, aterrados,

conscientes de su afrenta al dios, saltaron por la borda convirtiéndose en

delfines al tocar el agua. Desde aquel día vagan por los océanos ayudando a

los hombres como pueden en tormentas, guerras o naufragios. Soñando con

expiar su culpa y ser perdonados. Por eso, verlos al inicio de cualquier

travesía es el mejor de los presagios. —Tras un silencio, señaló con la cabeza

a los jubilosos marineros que seguían jaleando entusiasmados los saltos y

trucos de los delfines, y continuó—: Míralos. Celebran su presencia como si

ya hubiéramos llegado a Ostia.

—Y nosotros ¿no nos alegramos? —preguntó de nuevo Cinegio,

intuyendo que, como casi siempre, su tío sabría la respuesta.

Los años y su afición a la comida y la bebida le provocaban cierta papada

que crecía con la edad marcándose bajo su barbilla. A ella ayudaba su

constante sonrisa. Sincera la mayoría de las veces y agria cuando había de

serlo. Disfrutaba cada conversación y en gran parte de las ocasiones adoptaba

la opinión contraria de la mayoría, lo que provocaba no dejar a nadie

indiferente y a muchos resultarle molesto. Poco le importaba, pues prefería

encontrar ideas antes que buscar amigos.

Se había quedado claramente más bajo que él, pero tenía una autoridad

innata, la que le daba su inteligencia y criterio propio, la que era capaz de

cuadrar a hombres que le doblaban en tamaño. Su mirada, profunda como la

caída al vacío en un sueño, penetraba adivinando el pensamiento contrario.

—¡Claro que lo hacemos! Pero por otro motivo o así lo hago yo, al menos

—respondió Clivio, consciente de que siempre su sobrino asumía la posición

que él tomaba; luego le comentaría algo al respecto. Ahora seguía observando

a la tripulación—. No puedo compartir la razón de su regocijo, pues dudo que

los dioses, en el improbable caso de hablarnos, utilizaran mensajeros de este

tipo. Delfines, gaviotas, el hígado de un toro blanco en un sacrificio, la aleta

de un tiburón a popa, el infarto de un sacerdote anciano o un día concreto del

calendario. Los augurios nada me importan, salvo por la impresión que

causan en quien me rodea. Lo que para mí no entraña interés alguno, para

otros resulta crucial. Verdaderos o falsos, los presagios varían el destino al

afectar a las acciones de los hombres.

»Por eso, me alegro de que esos celebren la llegada de los delfines, pues

convencido estoy de que con ellos confiados tendremos una mejor singladura.

De ahí que sea tan importante advertir los augurios, Cinegio, conocer sus

consecuencias, saber cómo actuar en su presencia y cómo interpretarlos para

tu beneficio. Conoce lo que motiva al hombre de enfrente y poco más habrás

de necesitar para conseguir de él lo que desees.

El silencio reinó de nuevo mientras Cinegio pensaba en las palabras de su

tío. En lo impresionable y lo gregario del ser humano. En dioses, augurios y

supersticiones. En la libertad y a la vez la responsabilidad y el vértigo que

suponía ignorarlos o por lo menos ser capaz de plantearse su existencia.

—A muchos gobernarás, si la razón te gobierna a ti —reflexionó Cinegio,

tras un cómodo silencio, citando a Séneca como sabía que a Clivio le gustaba

y solía hacer, pues no viajaba a ningún lado sin sus Epístolas a Lucilio y hacía

que su sobrino las conociese de memoria.

—¡Bien dicho, hijo! —exclamó Clivio tras una carcajada—. Mucho tienes

que aprender aún. —Le acarició cariñosamente la cabeza, reclinándose con su

codo izquierdo, apoyado en la borda para encararle—. Entre otras cosas, a

tener tu propia opinión. A creer o no según tu criterio, según la razón o el

corazón te empujen. La razón a la que Séneca se refiere no es algo general o

compartido, sino completamente propio, personal. Tanto como el alma, pues

parte de la propia convicción. No siempre has de coincidir conmigo y mucho

menos coincidir con todos. Debes razonar tus pensamientos, saber por qué

piensas lo que piensas o crees en lo que crees. Luego ya serás libre de con

quién compartirlo. A eso es a lo que yo quiero ayudarte. No discrepar es muy

aburrido, espero que empieces pronto a llevarme la contraria. —Sonriendo, le

dio un abrazo y una carantoña antes de continuar—: Este viaje debe implicar para ti mucho más que ir de un punto a otro. Hoy comienzas una nueva vida.

Escucha y aprende rápido. Vuela.

—¿Y cómo podré hacer eso, tío?

—Sé parco en palabras, que los hechos hablen por ti. Ya no está tu madre

para guiarte, y aunque yo lo haga, quiero verte alerta, representando una

ayuda y no una carga. ¿Quién sabe cuándo habré de necesitar de ti? —Rebajó

el tono, sonriéndole siempre, y mirándole fijamente, prosiguió—: Vayamos a

la primera lección práctica, ¿sabes cifrar un mensaje? —Cinegio se encogió

de hombros—. En la schola nos enseñaron un sistema, tan sencillo como

efectivo, que inventó el mismísimo Julio César en la guerra civil contra

Pompeyo: el doble alfabeto.

—¿Un doble alfabeto? —se sorprendió Cinegio.

—Colocas un alfabeto sobre otro, el primero comenzando de la forma

tradicional y el segundo según indique la clave de dos letras acordada. —

Cinegio le observaba como la vaca que pasta junto al camino. Su tío,

advirtiéndolo, le tranquilizo—: No te preocupes, no es tan difícil. Verás,

nuestra clave serán las iniciales de tu madre y hermana, Clodia y Gala, la C y

la G. El mensaje se escribirá en el alfabeto tradicional: A, B, C… y para

descifrarlo debes sustituir las letras que contenga por el segundo alfabeto

donde la C se sustituye por la G, la D por la H, la E por la I y así

sucesivamente. —Le dio unos segundos y cuando su sobrino asintió con la

mirada, entendiéndolo, prosiguió sin sonreír—: Recuérdalo bien, Cinegio,

pues quién sabe si dependeremos de ello.

Cinegio asintió esta vez con la cabeza y de nuevo el silencio se impuso.

No lo olvidaría. Reflexionando sobre la importancia del camino que iniciaba,

se peinó hacia la derecha y acarició el medallón de la phalera de oro de su

padre. Su madre, separando de las nueve phalerae de oro la que más le

gustaba, un disco con un caballero cabalgando grabado, se lo había cosido a

un bolsillo interior en la túnica para que pasara desapercibido, confiando en

que le protegiera y guiara. Que le ayudara en caso de necesitarlo.

En ese momento le pedía estar a la altura de lo que su tío esperaba de él.

Adoraba a Clivio. No pensaba defraudarle. No podía imaginar mejor

compañero.

Teóricamente viajaban como la comitiva oficial de Thysdrus para renovar

los convenios agrícolas con Roma y felicitar al emperador por su ya no tan

reciente nombramiento. Casi un año les había llevado a Clivio y Urso, el otro

embajador y principal mecenas de la urbe, recaudar los fondos para el viaje y, sobre todo, la tremenda estatua de oro de Valentiniano cabalgando que

llevaban en la bodega del barco como generoso presente.

En realidad, el principal objetivo del viaje para Clivio no era ese. Clivio

ejercía como uno de los dos agentes in rebus de la provincia, el más

respetado, pues ostentaba el cargo en el cuerpo equivalente a tribuno, a un

paso de convertirse en princeps officii.

Hacía algo más de dos años que había recibido el primer indicio de

movimiento de revuelta en la Mauritania. Varios informantes denunciaban

cómo algunos de los hijos de Nubel, rey de la tribu de los iubalenos,

reconocido como potentissimus por el imperio, recurrentemente injuriaban en

sus celebraciones a Romano, el comes Africae, Roma y su augusto, aludiendo

a la debilidad del imperio desde la muerte de Juliano.

Un tal Firmo era el peor de todos. Peleado con su padre y bastantes de sus

hermanos y aliado con otros, pues eran tantos legítimos o ilegítimos como los

que pare una coneja, había terminado retirándose al interior de la provincia,

concretamente a Altava. En el último año, varias tribus, como mazices,

musones o tyndenses le mandaban embajadas interesándose por su situación.

Ninguna soportaba la avaricia de Romano, dedicado a su beneficio personal y

no al del imperio.

El peligro de un levantamiento comenzaba a ser real y Clivio no había

obtenido fruto alguno de sus denuncias sobre Firmo y Romano con Clodio

Octaviano, procónsul de África. Dudando sobre los motivos de tamaña

dejación por parte de este y temiendo que la revuelta estallara, Clivio,

valiente, había decidido viajar él mismo a denunciarlo ante Valentiniano, o al

menos ante el princeps scholae Romaniano, la principal autoridad de su

cuerpo. Se arriesgaba, pues sabía que el comes Romano contaba con los

mejores contactos en la corte, ya que era nada menos que cuñado de Remigio,

el magister officiorum.

Poco antes de partir, se había enterado de que Valentiniano no estaba ni

en Roma ni en Milán, sino mucho más la norte. Tréveris había de ser su

destino.