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Capítulo 25
25
I
Antioquía, Siria, diciembre de 384
Cinegio, descansado en la terraza de sus habitaciones, alojado ya en el palacio
imperial de Antioquía, en el que residió Valente justo antes de marchar hacia
su muerte en Adrianópolis, podía recordar prácticamente cada jornada desde
que había abandonado Alejandría.
Disfrutaba viajar desde que con su tío Clivio comenzara a hacerlo tantos
años antes. Saboreando el incómodo traqueteo sobre la calzada o el camino,
viendo pasar los árboles, cruzar los arroyos o ríos, adivinar las especies de los
pájaros que sobre su cabeza cruzaban, las formas que las nubes dibujaban, el
tipo de cultivo de los campos, los inquilinos de las cabañas y poblados, o la
perspectiva del paisaje y el horizonte que habría de hallar tras cada recodo del
camino.
Viajar vaciaba su cabeza liberándole de pensar produciéndole la sensación
contraria a las noches de insomnio. De viaje todo eran oportunidades y
escasos los peligros. Le regalaba la paz de pensar en lo nuevo y olvidar lo
viejo, de descubrirse a uno mismo diferente cada día.
Tras aprovisionarse y prepararse en la vieja Menfis, en cuyo encanto bien
valdría detenerse si no quedaran tantas cosas por contar, cruzaron el mágico
Nilo en su época de máximo esplendor, en la que todavía los egipcios
llamaban estación de Akhet o Ajet, la de la inundación, la que atribuían a las
lágrimas de Isis por la muerte de Osiris, aunque Diodoro Sículo, otro griego
buscando explicaciones, lo refutara en su Bibliotheca historica, culpando del
cíclico suceso a las lluvias que cayeran en las montañas de los pueblos nubios
al sur.
Desde allí tomaron la vía Trajana Nova, otra indeleble huella de Trajano,
el Camino de los Reyes cruzando el desierto. La había comenzado al
anexionar a los nabateos para ensanchar el imperio con una nueva provincia,
la Arabia Petraea, terminándola seis años más tarde.
Allí sorprendieron a Cinegio por desconocidos los nómadas nabateos del
sur. Aquellos que cruzaban como si de una pradera se tratase el crudo desierto
árabe. Sus auténticos dueños, pese al esfuerzo de Trajano.
—¿Por qué nos detenemos? —preguntó Cinegio al notar la parada de su
carruca, cuando no tocaba, aún lejos del atardecer. Quince millas antes habían
dejado una mansio en la que se habían detenido para almorzar tras haber
salido al alba.
Asomado sobre la calzada empedrada que medía seis pasos de ancho
permitiendo la doble dirección, no distinguió nada en la lontananza más que
arena, tierra y algún lejano arbusto, ni siquiera alguna torre de las que se
utilizaban para señales o los miliarios que la medían.
—Nabateos —contestó lacónico Pomponio Flato, el capitán del manípulo
que lo escoltaba—. Lo mejor es dejar que se pierdan, pues indescifrable es su
conducta —añadió.
—Pero no distingo más de cincuenta hombres desde aquí —calibró un
sorprendido Cinegio—. No creo que se atrevieran a desafiarnos ni
igualándonos —concluyó.
—Cosas peores han hecho, illustris. Mejor es no tentar a la suerte. —Ante
la inquisitiva mirada del prefecto, sabedor de su curiosidad, mientras
observaban cómo los árabes, o mejor dicho la nube de polvo que les perseguía
se perdía en el horizonte, el manipulario Pomponio le relató cuanto sabía—:
Las costumbres de estos nabateos convierten a los hunos en civilizados. A
ningún lugar llaman su casa y en ninguno permanecen salvo para comerciar
con lo que transportan o necesitan.
»Solo marchan varones y si en alguna de sus paradas triunfan con alguna
mujer, de ellas se prenden para siempre, sin serles jamás infieles con otra,
aunque las abandonen a su marcha. A ellas regresan en futuras paradas,
cortejándolas y agasajándolas con regalos, por lo que siempre son
bienvenidos, aunque ellas ya estén comprometidas. Si de su fugaz unión algún
hijo naciera, lo sustentan con ellas hasta que a los siete años lo incorporan a la
caravana y si ven que el grupo mengua no dudan en robar algún otro que se
crucen por el pueblo y como uno más es tratado. Si alguno enferma o
envejece lo abandonan en algún oasis a su suerte con un puñado de dátiles.
—En eso se parecen a los hunos, entonces —terció Cinegio—. ¿Y dime
Flato, a quién adoran?
—A Hubal, al que llaman Alá, también a un trío de diosas que creo que
son sus hijas. —Pomponio Flato, fiel seguidor de Mitra como muchos de sus
compañeros, parándose, decidió inteligentemente cortar aquel tema, pues temía que pudiera traerle algún problema conociendo las querencias del
prefecto—. Aunque mucho caso no me hagas, pues yo me pierdo en estos
temas religiosos.
—No te preocupes —le dijo un afable Cinegio, intuyendo su reparo—.
Continúa, ¿qué más sabes de ellos?
—Sé que son extremadamente limpios, pese a que nunca se afeiten, y
extraordinariamente alegres, pues fácil se escuchan sus risas, coros y música
en la quietud de la noche e incluso sus historias, aunque nunca hablen ni del
pasado ni del futuro. También sé que conocen el desierto como nadie, que si
los ves subir a un alto es que se avecina una tormenta de arena y que de
necesitar agua has de tratar de seguirles, pero tomando todas las precauciones
posibles, pues jamás puedes de ellos fiarte. Lo mismo te reciben como a un
hermano de encontrarte perdido como atacan a un manípulo como el nuestro
siendo solo un tercio. Imposible es descifrar sus razones al depender del azar,
los augurios o a quien tengas la suerte de parecerte. Hazme caso, illustris.
Mejor es perder algo de tiempo y que capten nuestro respeto deteniéndonos.
Dejaron atrás la singular Petra, la ciudad que convertía la roca en arte y el
desierto en jardín, algo tristes al comprobar cómo las heridas del terremoto
que la había devastado dos décadas antes seguían supurando, pensando qué
difícil resultaría que recobrase su esplendor.
Siguieron ascendiendo por Palestina, entrando en la vieja Idumea por la
fortaleza de Masada, el último gran reducto judío en su rebelión contra
Vespasiano y Tito tres siglos antes, y continuaron hacia Judea con destino
Jerusalén dejando a su izquierda el gran lago Asphaltites donde muere el río
Jordán. Un lago único, tan enorme como el mar y mucho más salado que este,
tanto que más parece mina que agua e imposible resulta ahogarse en él.
Según ascendían, la naturaleza cada vez se mostraba más amable,
pintando el paisaje de colores, cultivos y hombres. Constantes resultaban las
invitaciones al paso del prefecto de los colonos romanos y potentados
fenicios, egipcios, árabes e incluso griegos. Casi imposible era encontrarlas de
judíos y no solo por su escaso número desde que habían sido expulsados por
Adriano.
¡Qué raza esta!
Si única es su historia, mucho más lo es su carácter. Ese que provoca que
estorben en cualquier lugar del imperio. Al que acompañaba el desprecio y la
envidia del resto, incluso el aborrecimiento. El que provocó la curiosidad de
Cinegio buscando una explicación ahora que pisaba la tierra que propia consideraban. Reuniéndose con ellos, leyendo sus libros, mientras viajaba por
Judea, Samaria y Galilea.
En sus lecturas y entrevistas alguna cosa aprendió.
Que nadie podía negar su antigüedad y cómo hasta Roma sobrevivieron a
pesar de vivir rodeados de las más grandes civilizaciones. Siempre cerrados
como las almejas que no ceden al vapor del agua. Odiando a todos. Peleando
contra el mundo o entre ellos. Sin descanso. Astutos, fieros, desconfiados,
arteros, crueles. Cerrados al progreso, a la civilización, a cualquier cosa que
no fuera su palabra o sus escritos. Guiados, y esta es su peculiaridad, lo que
les distingue del resto como hacen las púas con el puercoespín, no por un afán
de independencia, control o riqueza como los hispanos o britanos, sino
estrictamente por su fanatismo religioso. El que les hace estar convencidos de
ser «el Pueblo». Los escogidos de Dios. De su Yahvé.
Tan arrogantes como los emperadores o faraones que como dioses
nacieron, los judíos se distinguen de los demás pueblos como la raza elegida.
Hijos de un dios superior al del resto por el que, ciegos, se lanzan al combate
contra cualquiera, independientemente de su tamaño o recursos. Testarudos
ante la historia y la constante derrota de la que nunca escapan, atribuyendo
esta a sus pecados y no a la estadística. Mortificándose con leyes y más leyes
que les dividen y encadenan perpetuando su tristeza y constante
insatisfacción.
Ahora, aquellos con los que se entrevistaba Cinegio, altivos rabinos
guardianes de la verdad, cultos, inteligentes, los que con alegría expulsaban
de las sinagogas a cualquier no ortodoxo, no atravesaban su mejor momento.
Encerrados en su realidad, con el Talmud como guía, desconfiaban de todos.
Por supuesto, también de Cinegio, por romano y por cristiano. Más por lo
segundo, pese a sus coincidencias, pues les acusaban de haber robado su viejo
libro y dios para crear el suyo propio. Un sucedáneo. Un Mesías universal que
solo a ellos debía pertenecerles. Nada extraño en cualquier caso pues hasta a
sus correligionarios dispersos por el imperio criticaban considerándolos
débiles, traidores e idólatras. Exigiéndoles su deber de vuelta a Palestina para
recuperar su tierra.
No, tras conocerlos, Cinegio no envidiaba a los judíos, pues convencido
estaba de que jamás encontrarían su lugar salvo que fueran capaces de
someter al mundo entero.
II
Tanto como nabateos y judíos impactó a Cinegio la entrada a Antioquía.
Tras cruzar su puerta sur, esculpida en granito egipcio como si un templo
del Nilo custodiara, dos millas entre pórticos daban acceso a la capital de
Siria. Tiberio fue quien se lo inventó como la mayor parte de la ciudad,
cuando albergó hasta medio millón de habitantes y rivalizaba con Alejandría e
incluso la misma Roma. Antes y en honor a Dafne la había creado el primer
Seleuco, otro general macedonio de Alejandro que, como Ptolomeo, fundaría
su propia dinastía para gobernar media Asia, el apodado como Nicátor, el
vencedor.
En dirección al mar, que se encontraba a unas veinte millas al oeste,
emergía abruptamente sobre la llanura el monte Silpio. Allí se advertían las
villae de los clarissimi con sus jardines en cascada desafiando a la naturaleza.
En lo alto del monte también se distinguía al venerado Charonion, una cabeza
de Caronte, el barquero del Hades, que Antríoco, un viejo rey seleúcida,
ordenó esculpir sobre la roca para aplacar la salida de tantas almas para el
inframundo tras una terrible epidemia de peste.
Cruzada la majestuosa y tumultuosa entrada, al llegar a la ciudad, en
medio de un enorme y concurrido mercado, refulgía elegante sobre una colina
un viejo templo en honor a Zeus, frente a él estaba el ágora, la celebérrima
escuela de retórica en la que descollaba Libanio y a pocos pasos los foros de
Tiberio y Valente. Tras ellos se bebía de un manantial según una tradición tan
vieja que se remontaba a Alejandro. Esta misma agua daba también para
albergar termas y piscinas de curativas propiedades como todo noble
manantial que se precie. Trajano y Domiciano eran los que habían hecho las
más espectaculares. Cinegio pudo comprobar que el agua, si no mágica, al
menos sí era fresca y estaba bastante buena.
Tras cumplir debidamente con la tradición, sobre un espectacular puente
construido por Trajano, se cruzaba a una isla sobre el mismo río Orontes. La
corona de Antioquía que albergaba el palacio fundado por Diocleciano y
posteriormente utilizado por Valente. Sobrio, elegante y de estilo marcial.
También engalanaba aquella isla un anfiteatro, el circo, cantidad de establos
donde se criaban muchos de los caballos más valorados del imperio y, sobre
todo, la Domus Áurea, una catedral octogonal de dorada cúpula comenzada
por Constantino y terminada por Constancio.
En medio de aquel paraíso, desde sus habitaciones, en una terraza sobre el
río y de cara a la ciudad, la que se había convertido en la nueva torre de
Alejandría de la pareja, con el mar en la distancia, Cinegio se ordenaba a sí
mismo y al imperio.
Suficiente había visto ya para comenzar a tomar decisiones. Allí iniciaría
una frenética carrera en la que en sus tres años como prefecto de Oriente
redactaría más de cincuenta edictos y derogaría muchos más. Inteligente,
práctico, emulaba conscientemente al gran Cornelio Tácito y su
Corruptissima republica, plurimae leges.
En los primeros edictos de decurionibus, una de sus principales obras
como cuerpo de leyes, simplificaba procesos, asignaba poderes y
responsabilidades a los funcionarios y reestablecía el consejo e intervención
de los curiales en el gobierno civil. Completaba su obra como comes
sacrarum largitionum. Eso era lo que más le preocupaba, por encima de la
religión. Aquellos problemas que había descubierto en la visita a su madre en
Occidente y que se repetían en cualquier ciudad o pueblo de Oriente. No era
sostenible aquella dejación de funciones, aquella corrupción de la norma y
burocracia ingente. Villas y ciudades languidecían en un barbecho eterno.
Debían ponerse a producir.
Padre además de prefecto, también disfrutaba en Antioquía de los seis
meses que había cumplido ya Clivio y del buen momento de Achantia,
encantada en la ciudad, un bastión niceno de vasta tradición cristiana, tanto
como para ser allí donde se había acuñado ese nombre para los seguidores de
Jesús.
Cinegio observaba a Clivio con devoción, agradeciendo que comenzara a
interactuar de alguna forma, cogiéndole el dedo o riendo ante sus bromas.
También agradecía el supuesto parecido con su madre, aunque él no lo viera
del todo cierto. Por ejemplo, desafortunadamente, los ojos eran suyos;
rasgados, profundos, enterrados en las mejillas, pareciendo siempre sonreír.
De la madre era el resto: la altura, el pelo castaño rizado, las graciosas pecas
en las mejillas, la nariz respingona y la boca redonda. Ensimismado, pasaba
las horas el padre queriendo captar cómo crecía redondo y fuerte, envidiando
la simplicidad de su vida, su bienestar con lo básico. Comer, defecar y dormir.
A eso se restringía el mundo. Aquel mundo que reinaba en chozas, palacios,
islas y desiertos. El auténtico y eterno.
Aquella maravillosa calma la rompió Achantia.
Una fatídica noticia llegó desde Burdeos.
—¡Te lo dije! —gritaba descompuesta recorriendo la terraza de esquina a
esquina, tirando cuanto se cruzaba—. Sabía que sucedería. Todos están
vendidos. ¡Cobardes, malnacidos! —aullaba, gemía, chillaba—. ¡Vergüenza
me dan la mayoría!
—¿Qué? —se atrevió a preguntar Cinegio, que había avistado la llegada
de un torbellino mientras trabajaba en un escritorio que hasta la terraza había
hecho llevar.
Era una pregunta estúpida, o sin necesidad de respuesta al menos, pues
con tino intuía que había de tratarse de algo concerniente a Prisciliano.
Ninguna otra cosa alteraba a Achantia de aquel modo y pendiente estaba de
conocer el veredicto de aquel tribunal.
Supongo que esta es la ocasión idónea para contar lo que con él acontecía,
pues, aunque siempre estuviera presente en las vidas de nuestros
protagonistas, en sus conversaciones y discusiones, entre los pensamientos
que ocupaban sus noches de insomnio, entre sus esperanzas y temores, poco
más de él se ha relatado desde lo que hiciera Aelia Flaccilla en Tesalónica
sobre su juicio en Caesaraugusta, en el que había sido declarado culpable sin
ni siquiera presentarse.
A corto plazo, poco le había afectado aquel revés. Sus amigos Instancio y
Salvanio le consagraron obispo de Abula un par de años más tarde. Aun así,
desde aquel día, constantemente había tenido que defenderse del lusitano
Itacio de Ossonoba y de Hidacio, la cabeza de la diócesis hispana que ya le
había llevado al juicio previo y no le reconocía como obispo, aborreciéndole
por sus poderosos contactos, indisciplina y prácticas poco ortodoxas. Por
desafiar el orden establecido. Por su predicamento entre las capas sociales
más altas y la admiración de las más bajas.
Las quejas de Prisciliano por esta injusta persecución habían llevado a
Graciano, empujado por Teodosio, a ordenar a Macedonio, su magister
officiorum, que le confirmara en Abula y expulsara a Itacio de Ossonoba de
Hispania. En ese punto, victoriosa, creyó Achantia que su amigo Prisciliano
había ganado la guerra cuando solo se trataba de una batalla.
Itacio no se amilanó, y con el apoyo de gran parte de la jerarquía
eclesiástica hispana y gala, y el cambio de poder en Occidente y la llegada de
Magno Máximo siguió en su persecución hasta que logró en Roma, por parte
de Dámaso, la admisión de un nuevo juicio contra Prisciliano.
Prisciliano viajó a Roma sin ser recibido por Dámaso, tampoco en Milán
por Ambrosio. A ambos había escrito Achantia sin más recompensa que
buenas palabras. Cobardes.
Del papa Dámaso, pese a supuestamente ignorarle al no recibirle,
Prisciliano al menos consiguió que su juicio no fuera en la Hispania que regía
Hidacio. Por eso se había celebrado en la Aquitania. En Burdeos.
—¡Hereje, así le declaran! ¡Así les declaran a todos! —seguía gritando
Achantia. Roja, despeinada, estirándose las mangas de su túnica, tirando al
suelo cuanto se encontraba a su paso, frenética.
Junto a Prisciliano habían juzgado a los que le acompañaban en Burdeos.
Muchos conocidos, amigos y algunos familiares de Achantia. Fieles que no
habían querido abandonar a su maestro para compartir la suerte de su destino.
La pena asociada al veredicto eran la muerte o el destierro. Achantia seguía
gritando:
—Les acusan de prácticas maniqueístas y maleficium, nada menos. ¡Como
si la abstinencia, el ascetismo o la privación fueran magia negra! ¡Malditos
perros envidiosos! Nada pueden reprocharle.
—Tranquila —le dijo Cinegio, comenzando a comprender su histerismo,
la gravedad de aquello. Aquel juicio no era el de Caesaraugusta cuatro años
antes. Aquí Prisciliano se había implicado al máximo y su derrota era
incontestable. Sobreponiéndose, cumpliendo con su papel conciliador,
consciente de las consecuencias de tal sentencia, trató de terciar para calmar a
su esposa—. Jamás ha muerto obispo cristiano alguno y mucho menos siendo
católico y juzgado por nosotros mismos. Aún podrá apelar a Dámaso en
Roma e incluso a Máximo en Tréveris.
—¡Claro! —le gritó Achantia, dirigiendo hacia él su ira contenida—. ¿De
esos bastardos son de los que ahora debemos fiarnos? Dime, Cinegio. —Le
miró fijamente a los ojos, despechada, escupiendo mientras hablaba, poseída
—: ¿Hubieras dejado que me hubieran condenado a mí de estar con ellos?
¿Tú, illustris, noble prefecto del pretorio de Oriente? Mejor aún, ¿lo hubiera
permitido mi primo el emperador? Con su púrpura y su coraza de oro
refulgiendo al sol. Con su corona y su cetro. ¡Mentira! ¡Todo es mentira!
Tenía que haber acudido a Burdeos con Aelia Flaccilla, tal y como le dije.
Insistirle cuando ella se disculpó excusándose siempre con sus labores como
esposa, madre y el trabajo que hace con enfermos y hospitales en
Constantinopla. Incluso haberme ido sola de ser necesario. Dejarte a Clivio
con la nodriza y marchar.
»Demasiado he confiado en que Martín de Tours, con su elocuencia,
contactos y capacidad, defendiera noblemente nuestra causa, pero está claro
que aún más poderosos son nuestros enemigos. Tenía que haber ido. Esa era
la forma de involucraros, pues ciegos y sordos os habéis mostrado con la
injusticia llamando a vuestra puerta. Solo os preocupáis por vuestros
intereses. Prisciliano es un hombre bueno, bueno… Es todo basura. Para nada
sirve vuestro poder. Para nada.
Empezó a sollozar, haciendo pucheros mientras miraba al suelo,
súbitamente derrotada, sentándose derrengada en uno de los divanes de
espaldas a Cinegio, negando con la cabeza la realidad, apoyándola sobre sus
brazos desesperada.
—Vamos, Achantia, sabes que yo nada puedo hacer —se excusó Cinegio
de forma tan suave como irrefutable, acercándosele, sentándose a su lado y
pasándole la mano sobre el hombro para atraerla hacia él consolándola—. Es
algo que le he repetido en cada encuentro o carta que con Teodosio me he
cruzado. También sobre esto he escrito a Hidacio, Dámaso, Martín y
Ambrosio. Incluso a Agustín, ahora que está entre Roma y Milán.
—¡Harta estoy de escuchar eso! —replicó, levantándose de nuevo airada
—. Lo mismo por parte de todo el mundo. —Volviendo a sentarse,
meditando, recomponiéndose, continuó—: Palabras, palabras, palabras.
Veremos si ahora seguirá siendo así. Prisciliano, como tú señalabas, me dice
que utilizará el ius provocationis, apelará al emperador, a Máximo en este
caso. Eso, por lo pronto, paralizará el juicio y las penas de Burdeos. No
acatará las acusaciones sobre él vomitadas y más confía en el trono que en la
cruz, aunque Martín, el panonio de Tours, le advierta del riesgo. Convencido
está de que su petición será aceptada, pues la mayoría se lavará las manos
como Pilato temiendo salir represaliado por cualquiera de los bandos. —
Levantando la vista, observando fríamente a Cinegio, midiéndole, continuó
—: Ha llegado el momento de demostrar las querencias. Harta estoy de
solucionar los problemas del resto.
»De la falsa de la emperatriz Justina y sus peleas con el soberbio de
Ambrosio o de la fragilidad del maldito limes del Danubio. De si aquel
merece una provincia y ese otro perderla. De si esta curia o aquella. De leyes
e impuestos. Ahora es cuando debemos probar nuestro poder e influencia. Mi
primo el primero con Flaccilla como gran aliada. Espero que no sea débil e
insista. Siempre ha sido demasiado buena. Necesitará ayuda. Recoge cuanto
necesites, Cinegio, me da lo mismo en qué andes, partimos inmediatamente
hacia Constantinopla.
Y levantándose, urgida como si hubiera oído el desgarrado llanto de
Clivio, le dio la espalda y abandonó la terraza.