Volver a Carranque
Primera parte
«El pasado ya no es y el futuro no es todavía».
SAN AGUSTÍN
Salida de la procesión de Materno Cinegio
Iglesia de los Santos Apóstoles, Constantinopla, marzo de 389
El sol saludaba el arranque de la procesión aquella clara mañana después de
una semana de intensas lluvias. Bajo su brillo, Constantinopla refulgía con su
bullicioso pueblo arrojado a la calle, ansiando ser testigo del insólito
acontecimiento que se celebraba. Meses llevaban discutiéndose en mercados,
salones y tabernas los pormenores, provocando al más discreto y reacio a los
rumores la curiosidad por contemplar y juzgar cuanto acontecía.
El gentío aguardaba la salida con ramas de olivo, lirios, claveles y cuantas
flores acompañan al esplendor que derrama la primavera a su llegada. Los
pétalos y una cama de juncias alfombraban la calle hasta el foro de Teodosio.
Su perfume se mezclaba con el del incienso que los numerosos sacerdotes
esparcían con sus dorados pebeteros entre el cortejo.
Bajaban por la empedrada calle que serpenteaba desde la cuarta colina
bizantina, donde Constantino erigió la iglesia de los Santos Apóstoles
soñando ser venerado como el decimotercero de ellos. Por presenciar en
honrosa posición la exhumación de Materno Cinegio se había peleado toda la
aristocracia oriental del imperio. También gran parte de la occidental ahora
que Teodosio, tras ganar la guerra, ejercía como señor del mundo.
Sencillo resultaba señalar a los embajadores de las diversas provincias
pese al indudable deje romano compartido. Pocos, de todas formas, salían del
mausoleo del gran Constantino que ahora servía como modelo a cada nueva
iglesia edificada. Tal privilegio solo lo había merecido la familia imperial y lo
más granado de la corte.
Encabezaban la procesión la misma banda cívica compuesta por más de
tres centenares de instrumentos entre bronces, tambores, pífanos, trompetas y
timbales que le había recibido un año antes en el muelle de Juliano cuando
llegaba para ser cónsul. A ellos les seguían las plañideras entonando sus
cantos fúnebres y los histriones que divertían al público y que cojeando y
disfrazados de cónsul imitaban a Cinegio. Luego seguían los actores vestidos con las máscaras de cera de sus antepasados y tras ellos los símbolos
conmemorativos de sus grandes obras: batallas de África y Moesia, templos,
bibliotecas, su estatua de Alejandría, tratados sobre los más variados temas,
decenas de leyes administrativas y religiosas y en último lugar la paz firmada
en Acilisene con los persas y los barcos que sirvieran de señuelo en la guerra
contra Máximo.
Tras ellos aparecía Cinegio, con la cara al descubierto, en perfecto estado
pese a llevar ya un año muerto, llevado a hombros en un feretrum de fino
vidrio sobre unas parihuelas formando una cruz griega. Junto él marchaba
Achantia, su viuda, a pie junto a Clivio, su hijo.
De haberlo intentado, fácil le hubiera resultado distinguir su nombre entre
los susurros del pueblo.
—Yo la vi una vez, en Tréveris, en el juicio a Prisciliano, cuando…
—Esa es, sí es cierto que podría ser Juno por su belleza…
—Dicen que fue ella la que convenció a Cinegio para…
—En su momento fue acusada de brujería en Hispania, pero gracias a…
A Achantia, los rumores le importaban tan poco como las hormigas al
águila.
Era la tormenta que azotaba su alma lo que la turbaba. Sin prácticamente
haber dado aún un paso, vislumbraba su misión prácticamente cumplida al
haber podido por fin liberar a su esposo. Tal victoria en lugar de satisfacerla
le cansaba. Aturdida, se sentía vacía, exhausta, tan consumida como con la
muerte de Julia, Aelia Flaccilla y Prisciliano.
Estaba harta de pelear contra todos, de ignorar interesados consejos de
prudencia que solo buscaban silenciarla.
Ansiaba desaparecer, desvanecerse sin dejar rastro alguno.
Era el último favor que le pediría a su primo, el único para ella, aunque en
el fondo tampoco lo fuera. Obligado estaba, después de cómo le había
ignorado con Prisciliano sabiendo para mayor escarnio la injusticia que se
cometía. Por ese imbécil de Máximo, además, el que a ella le pretendiera y al
que Teodosio acababa de derrotar en Aquileia para hacerse con el control del
imperio.
El emperador se lo debía después de tanto, ¿qué más le daba ahora que
casi era un dios?
De sobra conocía el postrero deseo de su fiel amigo, su obsesión con
regresar a Carranque, su merecido descanso, su obscena persecución de la
discreción, sencillez y humildad.
Achantia no permitiría abandonar la memoria de su marido en aquella
cueva de oro. No era aquel su lugar, pese a que acabase siendo su sino. Menos
aún después del juramento en su lecho nupcial y de cómo se lo recordara en
su último aliento. Poco significaba para él ser cónsul pudiendo ser libre. Nada
le hubiera importado abandonar el lecho de santos y emperadores. Ninguno le
valía, salvo con el que soñara en casa.
Recordando su singularidad, su encandiladora testarudez, su recalcitrante
tranquilidad, su inteligencia y capacidad de persuasión, Achantia, mientras
caminaba, amenazó con derramar una lágrima y exhibir la debilidad que
detestaba.
Rápidamente se volvió buscando una cara amiga.
Allí vio a su padre Floro, su madre Julia y su hermana Faustina junto a
Syagrio, su marido. A sus sobrinos Arcadio y Honorio, su tía Egeria y su
amiga María. La última le sonrió. Su amiga de siempre junto a Flaccilla.
Cuánto extrañaría sus confidencias, su sabio consejo, su complicidad. Mucho
se habían unido tras la muerte de Aelia Flaccilla y especialmente en el último
año, en el que ambas pelearon el permiso para recuperar a Cinegio. María
había fantaseado con acompañarla, aunque intuyera la disconformidad de su
cuñado. Teodosio deseaba mantener a la familia unida, por eso había ahijado
a sus sobrinas, sus hijas con Honorio y se las había traído desde Hispania al
morir este. Lo que la fantasía de María inició como viaje completo a
Hispania, más tarde se quedó en Milán para acabar muriendo en la nada.
Partiría ella sola.
Agradeció la amistosa mirada de María. Reconfortada por el cariño que le
transmitía, Achantia se volvió para mirar al frente. Ambas sabían que jamás
volverían a verse.
Pasaron el interminable acueducto comenzado por Constantino y
finalizado por Valente y que llegaba hasta la tercera colina. El féretro de
Cinegio seguía meciéndose por el acompasado ritmo de los porteadores.
Habían tenido que establecer turnos ante la demanda de voluntarios, aunque
Achantia sospechaba que más se debía a la propina que al afecto.
El lujo en el luto de la muchedumbre declinaba según se alejaban de la
iglesia y se ensanchaba la calle. Llegaban al foro en el que trabajaba
Teodosio, el que debía dejar su firma para la posteridad. Lo hacía sobre el
antiguo del Toro, ampliándolo y engalanándolo con estatuas e iglesias.
Achantia buscó el enorme pedestal que el emperador construía para cuando
llegase el obelisco desde Alejandría. Aquel que Cinegio le recomendó como
símbolo de triunfo sobre Máximo obviando su consejo. Para ella era más un objeto pagano que un monumento de victoria. Motivo de discordia y no de
grandeza. Algo digno de esconderse o cuando menos olvidarse arrumbado en
su lugar de procedencia y no materia de exhibición y orgullo.
Lo que para ella era incoherencia, para él era perspectiva. Cuántas veces
habrían discutido por materias como aquella y con cuánto mimo había tratado
sus momentos de radical locura como cuando, desatada en Siria, destruyó
templos, estatuas y cuantos símbolos paganos se cruzaron en su camino.
Nadie había sabido tratarle como él.
Desde el foro de Teodosio finalmente enfilaron la Mese, la calle principal
de la ciudad que comunicaba el palacio con la vía Egnatia, por la Puerta
Áurea. La calle se ensanchaba muriendo en pórticos que albergaban múltiples
y variados comercios a duras penas visibles entre las cabezas del gentío. Un
par de docenas de palomas cruzaron el cielo asustadas por el coro de las
campanas de las múltiples iglesias que repicaron las dos.
A paso corto y solemne, emplearon unas tres horas y media en recorrer la
ciudad. Achantia vislumbraba ya las torres cuadrangulares que flanqueaban la
inmensa Puerta Áurea. Abierta en sus arcadas laterales para su cónsul,
coronadas estas por las parejas de elefantes de oro que le enviara Sapor para
celebrar la paz que su marido firmó en Acisilene. Sin duda tres de las mejores
semanas de su vida, cuando había recuperado su relación con Cinegio y había
concebido a su pequeña Cinegia, que marchaba en una carroza posterior.
Al llegar a las puertas, sobre la central, cerrada e inmensa, pudo leer la
inscripción que recientemente había mandado inscribir Teodosio tras su
victoria sobre Máximo:
Haec loca Theudosius decorat post fata tyranni
Aurea saecla gerit qui portam construit auro
Teodosio decoró este lugar tras la caída del tirano.
Él trajo una edad dorada que construyó esta puerta con oro.
Su intención, que la historia cumpliría, era que de allí en adelante solo se
abriría para recibir al emperador victorioso.
La vía Egnatia se abrió ante ella para llegar hasta Roma. Ella se desviaría
antes. En Milán para seguir hasta Hispania.
A la orilla del camino todavía una muchedumbre les vitoreaba; según
avanzaron se espació y desapareció en el horizonte. Este aparecía diáfano y,
como siempre, se perdía en la distancia. Allí, tras las miles de leguas que le
acechaban, Achantia creía observar el Dirrama cruzando frente a su casa, el
infinito camino de entrada flanqueado por cipreses y álamos, el olor de su cuarto y su terma y el del azahar del jardín en aquella misma época del año.
Su hogar. Por fin lo había conseguido. Regresaba a Carranque.