Yo, mentira

Silvia Hidalgo · Capítulo 21 de 44

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Yo, mentira

Capítulo 21

 

A la mañana siguiente me levanto y me visto de mí, de la de siempre. Preparo la ropa pequeña y hago café. Al Escritor le remuevo el azúcar. Le confieso que leí su manuscrito y le pregunto por qué lo cambió. Su editora le pidió una novela actual, una mujer de verdad, signifique lo que signifique eso. Me gustaban más sus estereotipos, todo resultaba más fácil, más exacto. La mártir o la culpable.

Pobre mío, página a página se ha enamorado de su protagonista, es joven, peligrosa y egoísta, pero ama trágicamente.

Le pregunto si será generoso, si, aunque la castigue (bien es sabido que las heroínas siempre pagan la pasión con su vida), en última instancia le regalará un puñal, una autoría final, la de su propia muerte. Me responde que no lo sabe, que tendré que leer el final.

Recibo su beso en los labios, hoy él llevará al pequeño a la escuela.

Recibo el abrazo del niño.

Nada ha cambiado. He fracasado. Sigo siendo yo. Ni siquiera el tribunal más duro me cosería una letra escarlata, porque todos sabemos que la A de adúltera solo se escribe con semen. Quería esa mancha. Quiero que diga por mí que no soy lo que esperaban, que me señale como mala esposa, como perdida, indecente, desleal y mala madre; una marca que diga que soy una bruja; una letra escarlata que dé miedo, que dé envidia y que dé asco a todos, a todos los que todo lo saben, a los rectos, a los intachables, sobre todo a esos.

En el café le cuento a Pantera la historia del anillo y el fracaso, la sensación efímera de ser otra. Me contesta que también soy eso y me pregunta por la culpa.

Puede que sí la sienta, porque algunos días lloro sin motivo, aunque solo en la piscina. A veces espero bajo el agua a que mi pequeño, dos calles más allá, se sumerja; entonces veo su cuerpo caer, transparente, todo brazos y piernas, una medusa que se abandona y queda suspendida inmóvil; y es insoportable lo livianos y solos que parecemos.

Cruzo la oficina y me acerco donde mi Tinieblo está sentado. Me mira y levanta la mano, está a punto de decir algo. No lo oigo, ahora tengo la impresión de que no estamos en el mismo plano de la realidad, de que el simple hecho de decirle hola sería una ridiculez del todo innecesaria.

Salgo de la oficina, ojalá lloviera o supiese fumar.

Camino hasta llegar a un banco junto a una fuente; el agua sube y baja, incluso los gorriones parecen hipnotizados por este milagro de ocasión mientras los gatos callejeros acechan desde el matorral. Mi nuevo problema aparece y me pregunta si puede acompañarme, si estoy bien. Le digo que sí, porque ya nunca digo la verdad, porque ya solo hablo para que me quieran. Se sienta junto a mí. Me pregunta si quiero ir a algún lugar, me pregunta a dónde me gusta ir normalmente. No lo sé, le contesto, tengo un niño, un trabajo y un marido. Él afirma tener también sus compromisos, no es tan joven. Me contesta, con cierta timidez, las preguntas que le hago sobre su novia.

Quiero saber si la quiere mucho, si está enamorado, si siempre le ha sido fiel. Confiesa que hace poco tuvo una aventura con una amiga. Aventura es una palabra que implica peligro, ¿qué peligro había? ¿También la quería? Quiero que me lo cuente todo. Teme que piense cosas horribles de él. No, no, querido; le llamo querido y es como si fuese una palabra hechizada, me vuelve vulnerable y me siento menos sola. Estiramos los momentos. Me propone que demos un paseo y cuando lo dice me gustaría tocarle los labios. Temo levantarme porque hoy me puse vestido e intuirá mi cuerpo y leerá en él, como quien lo hace en las líneas de la mano.

Está nervioso, por algún motivo niega con la cabeza como si supiera algo que yo no. Le cuento que no lo había visto hasta el día del ojo morado. Me dice que él a mí sí. Yo presentaba unos datos, la sala a oscuras, el proyector sobre la pared. Recuerdo las siluetas grises como sombras de una ecografía. Me cuenta que me quedé callada, en blanco. Por unos segundos me fui a otra parte y quiso saber a dónde. Dice que cuando vio mi ojo morado me imaginó como un animal que cada mañana se convertía de nuevo en mujer, y que desde ese día quiso cuidar de mí.

Todos queremos salvar a alguien.

Me acaricia la ceja y se ríe. Sus ojos desaparecen y me besa. Lo hace impetuoso, fiero, como si no tuviera tiempo, como si fuera su única oportunidad. Me abruma y le advierto que no soy ese animal que piensa, ni siquiera una mujer pasional. Me pregunta por qué entonces, por qué estoy aquí con él. Y le beso yo, le explico con mis labios tibios que conmigo nunca nada es una aventura, que no hay peligro en mí; le cuento con mi lengua lenta que apenas existo, quiero decirle que cada día siento cómo me desconecto más y más de todo lo que me rodea, que allí a donde fui aquella mañana no hay nada, que si estoy aquí es porque este beso me une un poco a él, incluso a los demás, porque en estos segundos sí me aparezco.

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